El legado de Obama en América Latina: rémoras del pasado e incógnitas de futuro

Fecha de publicación:
10/2016
Autor:
Anna Ayuso, investigadora sénior, CIDOB
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América Latina recibió expectante la llegada de Barack Obama a la Casa Blanca. Tras los dos mandatos del republicano George Bush Jr., que catalogó al continente en amigos versus enemigos y contribuyó a inflamar el discurso antiamericano de gobiernos de izquierda encabezados por Venezuela y Cuba, Obama entró en escena con un discurso idealista. Propuso una nueva asociación de buena vecindad inspirada en las cuatro libertades del discurso de Roosevelt de enero de 1941 (libertad de expresión, libertad de religión, libertad de vivir sin miedo y sin pobreza). Pero su narrativa no encontró un público tan predispuesto como el jurado del premio Nobel.

El discurso frente a la realidad

Meses después de su juramento, en la V Cumbre de las Américas celebrada en Trinidad y Tobago en abril de 2009, Obama afirmó que ya ningún país de América Latina era considerado una amenaza para Estados Unidos. Pero su discurso conciliador se enfrentó a la negativa a suscribir la Declaración final de Puerto España de los países del «eje bolivariano» (liderados por Venezuela, Bolivia, Ecuador y Nicaragua) en solidaridad con Cuba, ausente y objeto del embargo estadounidense. Para rememorar la historia, el presidente venezolano Hugo Chávez regaló a Obama el libro de Eduardo Galeano Las venas abiertas de América Latina, que narra la pasada complicidad de Estados Unidos con regímenes totalitarios de Latinoamérica. El presidente brasileño Lula da Silva, a quien Obama había saludado unas semanas antes en la cumbre del G20 con un «That’s my man», le recordó que América Latina aspiraba a una nueva manera de vencer las divergencias.

La primera gira oficial de Obama a la región (al margen del vecino México) no llegó hasta marzo de 2011, y fue mucho menos histórica de lo que la Casa Blanca pretendía. Al elegir a Chile, Brasil y El Salvador, provocó el disgusto transandino de Argentina. Tampoco contentó a Brasil, que esperaba en vano un pronunciamiento en favor de sus aspiraciones a un asiento permanente en el Consejo de Seguridad de la ONU. El Discurso de las Américas, pronunciado en el Palacio de la Moneda donde el presidente Salvador Allende fue víctima de un golpe militar, no disipó el déficit de atención por la región de un Obama lidiando con la peor crisis económica desde la gran depresión, en plena intervención militar en Libia, pendiente del desastre nuclear en Japón y las negociaciones con Irán. Obama hizo loa de las transiciones democráticas y el crecimiento económico en la región y llamo a pasar página de las «pugnas ideológicas».

Allí ya pronunció una frase que dio la vuelta al mundo años más tarde, cuando anunció la apertura de relaciones diplomáticas con Cuba el 17 de diciembre de 2014: «Todos somos americanos». Allí también reconoció la responsabilidad de Estados Unidos en los problemas de seguridad de la región por el mercado de drogas y el tráfico de armas, y se comprometió a buscar soluciones los problemas de la política migratoria de Estados Unidos. Pero en ninguno de estos ámbitos se avanzó de forma significativa.

Del idealismo al pragmatismo

El desacuerdo entre Estados Unidos y el eje bolivariano se acrecentó con la polarización en torno al golpe de Estado en Honduras del 28 de junio de 2009. La radicalización de la revolución en Venezuela y el empoderamiento del grupo de la Alianza Bolivariana para América (ALBA) en la Organización de los Estados Americanos (OEA) bloquearon el margen de maniobra de Estados Unidos. Brasil, embarcado en consolidar su zona de influencia en América del Sur, impulsó organizaciones como la Unión de Naciones Suramericanas (UNASUR) y la Comunidad de Estados Latinoamericanos y Caribeños (CELAC) con las que contrarrestar la influencia de la OEA y convertirse en árbitro de las tensiones regionales. Brasil también se alineó con los BRICS en foros internacionales como el G20 o en el Consejo de Seguridad en resoluciones sobre Libia o Siria. China, por su parte, ha estado minando la influencia económica de Estados Unidos en términos porcentuales. Aun así, según la CEPAL (Comisión Económica para América Latina y el Caribe), el porcentaje del comercio global de Estados Unidos con América Latina y Caribe ha aumentado en los últimos diez años del 19,3% a más del 22%. Aunque concentrado en México y pocos países más, la región sigue siendo un socio económico de peso para Estados Unidos que ha tratado de consolidarlo con tratados bilaterales. Ni siquiera los conflictos con Venezuela han llevado a la ruptura del comercio.

La crisis de las escuchas ilegales que afectaron a la presidenta Dilma Rousseff o el affaire Snowden contribuyeron a incrementar las críticas de la izquierda latinoamericana y a debilitar la influencia norteamericana. La VI Cumbre de las Américas, en Colombia en 2012, a la que faltaron la mayoría de los presidentes de los países del ALBA, acabó con la amenaza de disolverse si no se incluía a Cuba. Fue un punto de inflexión que se aceleró con las elecciones de mitad de mandato al Congreso en 2014 en que, liberado de presiones electoralistas, Obama se decidió a dar el paso de restaurar las relaciones con Cuba tras 55 años de ruptura. La VII Cumbre de las Américas del 10 y 11 de abril de 2015, en Panamá, fue un ejercicio de pragmatismo en la estrategia con Cuba, pero no acabó con las disensiones. Obama, de nuevo, escucho voces de rechazo a las sanciones de Estados Unidos a cargos venezolanos acusados de violar derechos humanos. La respuesta de Obama consistió en declarar que el acercamiento pragmático no implica que Estados Unidos renuncie a los principios del orden liberal.

El nuevo tablero de las Américas

A pesar de mantenerse las disensiones ideológicas, se ha producido una evolución en la política hemisférica de Estado Unidos. El encauzamiento de las relaciones con Cuba y la firma de la paz en Colombia, patrocinada por la Habana, son los dos grandes acontecimientos que ilustran lo que el secretario de Estado John Kerry, en un discurso ante la OEA en 2013, caracterizó como «el fin de la Doctrina Monroe». El patio trasero se ha convertido en un tablero del juego global. Pero el fin del mandato de Obama coincide con un cambio del ciclo económico y político en la región que ha traído gobiernos de corte más moderado. La inestabilidad creciente en Venezuela tras la muerte de Chávez, el debilitamiento de Brasil tras la caída del Partido de los Trabajadores y la Argentina de Macri parecen dibujar un escenario más propicio a unas relaciones más fluidas. Algo que podría darse si la demócrata Hillary Clinton es la nueva ocupante de la Casa Blanca, más realista que el idealista Obama. En cambio, el republicano Donald Trump ha hecho de su discurso antilatino de consumo interno un lastre en las relaciones que podría dinamitar los puentes tendidos, incluso con aliados tan fuertes y estratégicos como México.