EL MEDITERRÁNEO Y ORIENTE MEDIO EN 2015: CONFLICTO, ALIANZAS Y RECURSOS

Fecha de publicación:
06/2016
Autor:
Eduard Soler i Lecha
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¿Aún puede ir a peor? Es una pregunta recurrente cuando cada año se hace un balance del Mediterráneo y Oriente Medio. Y la tendencia continúa: salvo por el acuerdo nuclear iraní, rubricado en julio, no han abundado las buenas noticias en la zona. Al contrario, en 2015 se han disparado las alarmas continuamente. Como ya sucedió en 2014, la región ha continuado marcada por el conflicto, la rivalidad y los bajos precios del petróleo. Todo ello se ha traducido en países y sociedades más vulnerables y en una tensión evidente entre quienes buscan conquistar nuevos espacios de libertad y los que priorizan la estabilidad. Las elecciones en Turquía y las políticas europeas hacia esta región han sido un buen reflejo de esta disyuntiva.

Más conflicto

El Global Index for Peace del año 2015 situaba a Oriente Medio como la región menos pacífica del planeta. El epicentro de la violencia se sitúa en Siria, donde cuatro años de guerra han producido más de 200.000 víctimas, cuatro millones de refugiados y ocho millones de desplazados internos.

Este conflicto fue adquiriendo dimensiones globales por tres motivos. El primero porque la autoproclamada organización Estado Islámico (EI), conocida también por el acrónimo árabe Daesh, recabó apoyos y ganó vasallajes de otros grupos radicales localizados en Nigeria, el Sinaí o Libia. El segundo porque las consecuencias de este conflicto ya no se dejaron sentir solo en países colindantes sino también en África y Europa, en forma de ataques terroristas y llegada masiva de refugiados. Y, el tercero, porque Federación Rusa, Estados Unidos y Francia intensificaron su presencia militar, especialmente en forma de bombardeos.

El objetivo de Moscú fue apuntalar el régimen de al-Assad en un momento en que el avance rebelde amenazaba sus feudos en la costa mediterránea. En cambio los bombardeos de Francia y de la coalición liderada por Washington se circunscribieron a los territorios controlados por EI, tanto en Siria como en Irak. En el campo de batalla, EI se hizo con Palmira y Ramadi pero también sufrió severas derrotas en ambos países gracias al avance de las fuerzas locales, especialmente de los kurdos y del gobierno de Bagdad. En el frente diplomático, se redoblaron los esfuerzos para encontrar una salida política al conflicto armado y algunos de los que antes pedían la cabeza de al-Assad empezaron a rehabilitarle.

En otro escenario, Yemen se sumó a la lista de conflictos regionales, deteriorando todavía más las condiciones de vida en uno de los países más pobres y con peores indicadores de desarrollo humano del mundo árabe. Este es un conflicto en el que se solapan enfrentamientos tribales, sectarios y territoriales y se suma a focos crónicos de inestabilidad debido a la presencia de Al Qaeda de la Península Arábiga (AQPA) en el este del país. Además, su situación geográfica y la composición étnico-religiosa convierte a este país es un espacio propicio para la injerencia de las principales potencias regionales con intereses no siempre coincidentes.

Desde finales de 2014, los hutíes, un grupo insurgente chií tradicionalmente enfrentado con el gobierno, fue aprovechando la inestabilidad para hacerse fuerte en el norte del país. Estableció el control sobre Sanaa y disolvió el parlamento en febrero. Luego lanzó una ofensiva hacia el sur, con duros combates en la ciudad portuaria de Adén. El gobierno de Abd Rabbuh Mansur Hadi consiguió el apoyo de Arabia Saudí que veía a los hutíes como un agente iraní y desde Riad se inició una arriesgada operación militar con apoyo de otros países suníes. Esta nueva guerra representa una prueba de fuego para la dinastía saudí, en la medida en que ha sido una apuesta personal del rey Salman (que accedió al trono el 23 de enero de 2015) y también de su hijo Mohammad, segundo en la línea de sucesión y ministro de Defensa.

En el norte de África, Libia siguió siendo el principal foco de inestabilidad. Un país con dos gobiernos, partes del territorio que escapan al control de cualquiera de ellos y un número indeterminado de milicias. El desgobierno dio alas tanto a grupos criminales como a la expansión del terrorismo a través de grupos afines a EI que se hicieron fuertes en el centro y el este del país. También se constató la injerencia de diversos actores regionales, como Egipto y Emiratos Árabes Unidos, ambos apoyando abiertamente al gobierno de Tobruk y, de forma algo más discreta, con qataríes y turcos situándose al lado de Trípoli. Uno de los momentos de mayor tensión ocurrió en febrero tras el asesinato de veintiún rehenes egipcios, con represalias posteriores por parte de El Cairo.

La comunidad internacional canalizó esfuerzos en el proceso liderado por Naciones Unidas para establecer un gobierno de unidad nacional. Con la esperanza de hallar una solución al rompecabezas libio, los más optimistas apuntaron a que la violencia se ha mantenido en un nivel relativamente bajo. También prevaleció el posicionamiento a favor del acuerdo entre las milicias y autoridades de la ciudad de Misrata, y a la firma y aplicación de acuerdos bilaterales para intercambiar prisioneros y cesar las hostilidades entre distintos gobiernos municipales.

Junto a estos tres conflictos relativamente “jóvenes”, no podemos olvidar los “viejos” conflictos regionales. En cuanto al conflicto árabe-israelí, 2015 será recordado por la victoria de Netanyahu en las elecciones de marzo y la formación de un gobierno más conservador y ultra-ortodoxo. Y, segundo, por el estallido de una nueva ola de violencia, esta vez centrada en Jerusalén y Cisjordania que algunos analistas calificaron como tercera intifada, intifada de los cuchillos o intifada digital. Ni el resultado electoral ni el clima de violencia permitieron resucitar un proceso de paz que, desde hace años, se encuentra estancado en vía muerta. Por otro lado, en cuanto a las siempre difíciles relaciones entre Marruecos y Argelia y al bloqueo para encontrar una solución al contencioso del Sáhara Occidental, tampoco hubo ningún avance significativo, manteniéndose como el principal escollo para la integración regional en el Magreb.

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Juego de alianzas en Oriente Medio

Las potencias regionales continuaron proyectando su ambición, apoyando a grupos enfrentados en los conflictos regionales y redibujando alianzas coyunturales. Aunque todo parece moverse en Oriente Medio, hay algunas constantes inamovibles, como la existencia de cinco grandes potencias regionales: Egipto, Arabia Saudí, Israel, Irán y Turquía. Durante un tiempo se habló de la emergencia de un sexto actor, Qatar, que proyectaba su influencia a través de medios menos convencionales como los medios de comunicación, la diplomacia deportiva y cultural y los esfuerzos mediadores en distintos escenarios de conflicto. Sin embargo, en 2015 se volvió a poner de manifiesto que se mantienen los cinco protagonistas iniciales en el tablero de juego.

Arabia Saudí e Irán son rivales en casi todo y se perciben rodeados de enemigos. En este contexto, Arabia Saudí ha interpretado en clave de enfrentamiento regional las dinámicas políticas en Bahréin, Irak o Yemen, argumentando que Irán estaría instigando a la población chíi de los tres países para alejarlos de la órbita saudí. Del mismo modo Irán ha sostenido que el apoyo saudí a los rebeldes sirios tiene como objetivo hacer caer a uno de los aliados más sólidos de Irán.

Desde Riad se vio con especial preocupación la firma del acuerdo nuclear entre Irán, los cinco miembros permanentes del Consejo de Seguridad de Naciones Unidas y Alemania (el grupo 5+1), con la mediación de la Unión Europea. Este acuerdo, sellado en Viena en julio, se concreta en un documento cuyo objetivo es limitar las capacidades nucleares de Irán (almacenamiento y enriquecimiento), fijar los mecanismos de supervisión y, como contrapartida, la derogación de las sanciones internacionales que han ahogado la economía del país.

La trascendencia del acuerdo estriba, por un lado, en que marca un punto de inflexión en las relaciones entre Estados Unidos e Irán después de más de treinta años de enfrentamiento; y por el otro, en la medida que altera o puede alterar los equilibrios de poder y los diferentes conflictos activos en Oriente Medio. Ambas dimensiones han generado recelos entre los aliados tradicionales de Washington en la región. Israel y Arabia Saudí se oponían a que el acuerdo saliese adelante y aunque Netanyahu fue mucho más vehemente que la monarquía saudí, ambos compartían dos preocupaciones que trascienden la dimensión nuclear: la construcción de una hegemonía iraní en la región y la financiación de grupos afines con los recursos liberados con el levantamiento de las sanciones internacionales.

Las negociaciones de Viena, como antes las llamadas “primaveras árabes” y la guerra en Siria, fueron poniendo de manifiesto que Israel ha perdido capacidad para alterar las dinámicas regionales. Su rango como potencia regional quedó circunscrito a un indudable poderío militar y a la contención de las amenazas que pudieran cernirse sobre su territorio. Este factor ha hecho que en Israel se estén levantando voces argumentando que, ante el riesgo de aislamiento y la emergencia de Irán, debería articularse una paz duradera con los países árabes. A pesar de las buenas relaciones con Egipto y la alianza táctica (y nunca verbalizada) con los saudíes, esto no se ha concretado en paso alguno que permita resolver el conflicto árabe-israelí en clave regional.

De hecho, es un ámbito vinculado al conflicto árabe-israelí donde empezaron a surgir tensiones entre dos supuestos aliados, Egipto y Arabia Saudí. En julio de 2015, Khaled Meshal, el líder en el exilio de Hamas (la rama palestina de los Hermanos Musulmanes) se entrevistó con altos dirigentes saudíes, incluido el rey Salman. Esta maniobra puso de manifiesto una nueva orientación en la política exterior saudí centrada en articular un eje suní que choca con las prioridades del régimen egipcio, cuyo enemigo principal sigue siendo los Hermanos Musulmanes. Esto también se ha traducido en un ligero acercamiento entre Ankara y Riad, por un lado y, en la dirección opuesta, entre El Cairo y Damasco.

Turquía ya no insiste en la lógica de antaño “cero problemas con los vecinos” y no ha vacilado en tomar partido: rotundamente en contra de las políticas israelíes en Palestina; exigiendo la caída de al-Assad en Siria; y condenando el régimen salido de la intervención militar en Egipto. En relación a Siria, Turquía se ha sentido cada vez más sola y precisamente es, a la vez, quien se juega más y, por lo tanto, quien puede salir peor parada. Sobre todo, porque a diferencia de otras potencias regionales Turquía tiene una larguísima frontera con Siria: 822 kilómetros. Eso se ha traducido en la llegada de dos millones de refugiados a suelo turco; en escaramuzas fronterizas con el ejército de al-Assad; en el temor a que EI pasara a la acción en territorio turco (como finalmente sucedió en Suruç en julio y en Ankara en octubre de este año) y, no menos importante, la inquietud por la creación de un espacio autogobernado por los kurdos en el norte de Siria.

El episodio del derribo de un cazabombardero ruso por parte de Turquía, el 24 de noviembre, fue un claro indicador de que no estamos solo ante una rivalidad regional, sino que este juego de alianzas adquiere notables dimensiones globales. No es casual que este incidente tuviera lugar cuando Francia y Federación Rusa acercaban posiciones en la lucha contra EI tras los atentados terroristas de París del 13 de noviembre y cuando Estados Unidos impulsaba una solución política al conflicto, en la cual la participación de al-Assad ya no sería un tabú. Turquía, visiblemente molesta por el renovado intervencionismo del Kremlin en Siria, quería testar los límites y comprobar con quién contaba. Esta crisis ha confirmado que la Federación Rusa ha vuelto con paso firme a Oriente Medio y que los aliados tradicionales de Occidente son cada vez más autónomos y, por consiguiente, menos predecibles.

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Petróleo a precios bajos

Los países de Oriente Medio y el norte de África son el principal exportador mundial de hidrocarburos y buena parte de sus gobiernos basan sus políticas económicas y sociales en las rentas que obtienen de la comercialización del petróleo y el gas natural. En verano de 2014 se produjo una brusca caída de los precios del crudo, que se han mantenido en una horquilla de 40-60 dólares el barril durante el 2015. El buen ritmo en la producción saudí e irakí (que compensa con creces la bajada de producción en Libia y Siria), la expectativa de que el fin de las sanciones sobre Irán se traduzca en un aumento en la oferta y una demanda menos intensa por la incertidumbre sobre la economía china y la ya llamada “crisis de los emergentes” mantuvieron la energía en precios inusualmente bajos. A todo ello hay que sumar transformaciones estructurales a nivel global, como los avances en materia de renovables y eficiencia energética.

Los precios bajos no afectan a todos los países por igual ni lo hacen en la misma dirección. Por ejemplo, países importadores vieron estos precios bajos como una oportunidad para afrontar deficiencias estructurales de sus economías. Por ejemplo, Marruecos y Egipto aprovecharon estas circunstancias para reducir subsidios y a Turquía le ha servido para contener su déficit exterior.

En cuanto a productores y exportadores, no todos pueden hacer frente a esta situación en igualdad de condiciones. Por ejemplo, aunque para ser sostenible Arabia Saudí necesitaría que los precios volvieran a situarse en torno a los 85-100 dólares el barril, puede sobreponerse a precios bajos durante varios años. Principalmente porque sigue teniendo margen para aumentar la producción y porque cuenta con un abultado colchón de 700.000 millones de dólares en fondos de reservas que le permite amortiguar el golpe.

Más precaria es la situación de Argelia, donde tras años de escasa inversión en el sector energético el país no tiene capacidad para aumentar su producción a corto plazo. Además, ha visto como surgía un potente movimiento de oposición al fracking en las provincias del sur. Es importante recordar que en este país un 98% de los ingresos del estado proviene del sector energético y en 2015 se estima que habrán caído a la mitad, traduciéndose en un déficit abultado, un aumento de la inflación y dudas crecientes sobre la sostenibilidad del sistema, ya que en dos o tres años podrían agotarse los fondos de reservas en moneda extranjera.

Otro actor de la región en situación crítica a causa de los precios de los hidrocarburos es el gobierno del Kurdistán irakí (KRG). A pesar de que en 2015 Iraq alcanzó un récord histórico de producción, el gobierno de Irbil se quedó sin fondos, debiendo parte de las nóminas a sus trabajadores (incluidos las fuerzas de seguridad). Y los retos a los que ha de hacer frente el gobierno del KRG no son pocos, si tenemos en cuenta los costes de la lucha contra EI y el aumento de refugiados y desplazados internos en su territorio.

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El terrorismo se ceba con Túnez

Túnez sigue sobreviviendo como la única esperanza de las llamadas “primaveras árabes”. Y precisamente por haber seguido avanzando en una transición inclusiva, se otorgó el Premio Nobel de la Paz al llamado "Cuarteto del Diálogo" formado por el sindicato Unión General Tunecina del Trabajo (UGTT); la Liga de Derechos Humanos de Túnez (LTDH); la patronal Confederación Tunecina de Industria, Comercio y Artesanía (UTICA) y la Orden Tunecina de Abogados.

En 2015 el proceso tunecino se vio afectado por cuatro amenazas: la inestabilidad gubernamental con un aumento de las disensiones en el partido Nida Tounes como reacción al aumento de poder del hijo del presidente; una economía que no acaba de despegar, con un aumento de las protestas y las huelgas especialmente en el centro y el sur del país; la inestabilidad de la vecina Libia; y, sobre todo, un aumento de acciones terroristas.

El 18 de marzo de 2015 dos terroristas intentaron asaltar el Parlamento donde se estaba discutiendo, precisamente, la ley antiterrorista. Al no conseguirlo se dirigieron a un edificio cercano, el Museo del Bardo, una de las principales atracciones turísticas de la capital, provocando 24 muertos, la mayoría turistas. El segundo gran atentado se produjo tres meses después, el 26 de junio, cuando otro terrorista asesinó a 38 turistas, 30 de ellos británicos, en un complejo turístico en Sousse. Ante tales acontecimientos, el gobierno tunecino reaccionó adoptando nuevas medidas antiterroristas, incluyendo el cierre de varias mezquitas radicales, el despliegue de más efectivos en zonas turísticas y la depuración de responsabilidades dentro de la policía. Finalmente, el 24 de noviembre un terrorista suicida provocó 14 víctimas en un ataque contra un autobús de la guardia presidencial. A todo ello hay que sumar los enfrentamientos y emboscadas en la zona montañosa de Chanbi entre fuerzas de seguridad y grupos radicales.

EI se atribuyó la autoría de los tres grandes atentados y eso hizo poner el foco sobre el altísimo número de combatientes extranjeros tunecinos en Siria e Irak. No obstante, las autoridades tunecinas señalaron los lazos de los terroristas con grupos radicales locales y la existencia de vínculos con otros grupos afines en Libia. Por todo ello, el gobierno tunecino decidió empezar la construcción de un muro en la frontera con este país.

Más poder para Erdogan

Turquía celebró dos elecciones parlamentarias en menos de cinco meses. Las primeras tuvieron lugar el 7 de junio y, por primera vez en trece años, dieron lugar a un parlamento en el que ningún partido contaba con mayoría suficiente para gobernar en solitario. El Partido de la Justicia y el Desarrollo (AKP, en sus siglas en turco) le sacó más de quince puntos al Partido Republicano del Pueblo (CHP) y obtuvo casi diecinueve millones de votos. No obstante, el crecimiento del derechista MHP y, sobre todo, el pro-kurdo HDP redibujaron el mapa parlamentario. Este último partido llevó a cabo una estrategia exitosa de apertura a sectores diversos de la sociedad turca (grupos minoritarios, jóvenes, simpatizantes con las protestas de Gezi de 2013), pero también supo rentabilizar el desacuerdo de buena parte del electorado kurdo respecto a la política de Ankara hacia Siria. Además, se produjo un voto táctico ya que era esencial que el HDP superara el umbral del 10% de los votos para impedir que Erdogan tuviera una gran mayoría. Al final, sobrepasaron el 13%, por encima de las previsiones.

Con estos resultados sobre la mesa se abrió un proceso de consultas y negociaciones entre los líderes políticos. Pronto quedó claro que solo había dos opciones plausibles: una gran coalición (la opción preferida por buena parte de la clase empresarial y los socios internacionales) o nuevas elecciones (según algunas fuentes, lo que Erdogan quería desde un buen principio).

Y la apuesta salió bien. Erdogan y su partido supieron canalizar con éxito las ansias de estabilidad del votante más conservador. Mientras que en las elecciones de junio se discutió, sobre todo, de cuánto poder había que darle a Erdogan y, en menor medida, de los escándalos de corrupción, la agenda para las elecciones de noviembre estuvo copada por la seguridad. Los dos grandes atentados contra concentraciones pacifistas que sufrió Turquía (el de Suruç en julio y el de Ankara en octubre), así como la escalada de violencia entre el PKK y las fuerzas de seguridad, despertaron viejos fantasmas del pasado.

De ahí que en poco menos de cinco meses se produjera un cambio tan notable en las preferencias electorales. En noviembre el AKP consiguió casi cinco millones de nuevos votos, el CHP se mantuvo igual, el HDP perdió un millón de votos pero se mantuvo por encima del 10% y el gran derrotado fue el MHP, con casi dos millones de votos menos. El resultado fue un parlamento que le dará a Erdogan un gobierno afín, que le permitirá ejercer como presidente ejecutivo de facto pero que le obligará a entablar diálogo con otras fuerzas o conseguir respaldos de diputados individuales para reformar la constitución.

Las relaciones euromediterráneas: veinte años después

El 27 de noviembre se cumplió el veinte aniversario del llamado Proceso de Barcelona, una iniciativa de diálogo y cooperación que se lanzó en 1995 entre la UE y los socios del sur y del este del Mediterráneo. Un marco que sigue en pie pero que se vio alterado, primero, con la puesta en marcha de la Política Europea de Vecindad (PEV) y, luego, con la creación de la Unión por el Mediterráneo (UpM).

Precisamente en noviembre se conoció el resultado del proceso de consultas con los distintos gobiernos y con organizaciones de la sociedad civil para revisar la PEV. El nuevo enfoque refleja el momento crítico que vive tanto la región como la UE. La estabilidad sube posiciones en la escala de prioridades y ya no se habla de condicionalidad. La diferenciación se convierte en la palabra clave: con cada vecino se tendrá una relación distinta, en función de lo que este esté dispuesto a hacer. Y en este texto también se hace un alarde de humildad, admitiendo que los incentivos puestos sobre la mesa han sido incapaces de alterar la voluntad de aquellos gobiernos menos dispuestos a entrar en un proceso de reformas. Finalmente, las instituciones piden dar más juego a la UpM, cuyo secretariado se puso en marcha cinco años atrás en la ciudad de Barcelona y que durante este tiempo se ha centrado en el impulso de proyectos en ámbitos como las energías renovables, la educación superior o las infraestructuras, entre otros.

Tanto en el marco euromediterráneo como en la lógica de vecindad hay dos cuestiones que irrumpieron con fuerza en la escala de prioridades: la cooperación en materia antiterrorista y la gestión de la crisis de los refugiados. La primera, porque los procesos de radicalización son transnacionales, porque las acciones de grupos terroristas no respetan las fronteras y porque la presencia de combatientes europeos en Siria y en Irak se ha convertido en una amenaza compartida. La segunda, porque la llegada masiva de refugiados, sobre todo a partir de la primavera de 2015, ha llevado hasta territorio europeo una tragedia que zonas menos desarrolladas del planeta han sobrellevado durante años. Todo ello ha obligado a la UE a mirar cada vez más hacia el sur.

Perspectivas de futuro

El Mediterráneo y Oriente Medio seguirán siendo un quebradero de cabeza de dimensión global. El futuro de la región dependerá de cómo se gestionen y canalicen estos cinco factores:

1. Frustración. Cinco años después de las “primaveras árabes”, la inmensa mayoría de ciudadanos de la región ni viven más seguros, ni son más libres, ni gozan de mayor desarrollo que en 2011. En este contexto, Túnez va a seguir apareciendo como una excepción frágil y solitaria en un contexto de reformas inacabadas e involución autoritaria. Uno de los elementos más preocupantes sería si la expresión del descontento se manifestase de forma cada vez menos pacífica y transversal.

2. Violencia. Van a intensificarse los esfuerzos para encontrar una salida diplomática a los distintos conflictos regionales. En un escenario optimista alguno de ellos podría dar fruto pero incluso así no supondría el fin de la violencia. Habría grupos que no darían legitimidad alguna a estos procesos y, por consiguiente, mantendrían la lucha armada. En un escenario todavía más negativo, podría ser que ninguno de los esfuerzos para estabilizar la región saliera adelante, que los conflictos siguieran aumentando en intensidad y que cada vez más países e incluso Europa se vieran arrastrados en esta deriva violenta. Con independencia de cuál de estos escenarios se materialice hay algo que difícilmente va a cambiar: en la medida que la violencia no va a cesar y va a ser demasiado pronto para hablar de reconstrucción y reconciliación, seguirá habiendo una grave crisis de refugiados y desplazados internos.

3. Rivalidad. Las potencias regionales difícilmente van a abandonar la lógica de suma negativa en la que llevan instalada durante años o a prescindir de sus peones en los distintos espacios de conflicto. Parecen dispuestas a perder siempre que sus rivales pierdan todavía más y rechazan ganancias modestas para evitar que las de sus enemigos sean superiores. Solo la percepción de unas amenazas compartidas o un impulso más decidido por parte de los principales actores podría, eventualmente, actuar como aglutinador externo.

4. Vulnerabilidad. La confluencia de varios factores puede acentuar situaciones de especial vulnerabilidad en la región. Es el caso de Argelia, donde coinciden la incertidumbre sobre la sucesión de Bouteflika con unos precios de la energía anómalamente bajos. O la del Líbano, con un delicado equilibrio político y social alterado por los efectos de la guerra en Siria en forma de refugiados y aumento de la violencia.

5. Interdependencia. Europa no podrá seguir dándose la vuelta e ignorar lo que sucede en la otra orilla del Mediterráneo. Los problemas para la seguridad de sus vecinos (terrorismo, crimen organizado) así como la emergencia humanitaria (refugiados) han adquirido dimensión europea y requieren respuestas colectivas. Pero si Europa sigue inmersa en sus múltiples crisis o despliega una actitud defensiva y cortoplacista, poco podrá hacer para encontrar respuestas a los grandes desafíos de esta región.