Mark Rutte

© Unión Europea (2012)

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Actualización: 10 marzo 2017

Países Bajos

Primer ministro (2010-)

  • Mandato: 14 octubre 2010 - En ejercicio
  • Nacimiento: La Haya, provincia de Zuid-Holland (Holanda del Sur), 14 febrero 1967
  • Partido político: Partido Popular por la Libertad y la Democracia (VVD)
  • Profesión: Gestor de recursos humanos
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Presentación

Las elecciones de 2010 en los Países Bajos rompieron la primacía alternante de democristianos (CDA) y laboristas (PvdA), prolongada desde el final de la Segunda Guerra Mundial, al situar como primera fuerza al Partido Popular por la Libertad y la Democracia (VVD), de signo liberal conservador. Su líder desde 2006, Mark Rutte, se convirtió entonces en jefe de un Gobierno de coalición con la CDA, la formación del primer ministro saliente, Jan Peter Balkenende, y fiado al respaldo del derechista Partido por la Libertad (PVV, escindido en su momento del VVD) de Geert Wilders, el polémico adalid del rechazo a la presencia del Islam en la sociedad holandesa y a la inmigración. El ímpetu electoral del euroescéptico, nacionalista y xenófobo PVV, testimonio de una corriente de opinión en auge en la UE, estaba llamado a modular el nuevo curso político en Holanda, afrontado por Rutte con una agenda que combinaba el endurecimiento, exigido por Wilders, de la legislación sobre inmigración y asilo, y la ortodoxia fiscal, demandada por la UE pero asumida por él con convicción ideológica, para combatir el déficit público excesivo.

Este primer Gobierno Rutte de minoría sucumbió prematuramente en 2012 al retirarle el PVV el sostén parlamentario en desacuerdo con las medidas adicionales de ajuste económico. En las subsiguientes elecciones anticipadas, el primer ministro saboreó la victoria recrecida de su agrupación, que cosechó los mejores resultados de su historia, tras lo cual entró en una gran coalición de mayoría con el PvdA. El empeño en priorizar la estabilidad financiera permitió a Holanda constreñir su déficit por debajo del 3% en 2013, pero al precio de retrasar la salida de la segunda recesión y de recortar la protección social. Quien venía de encarnar la tendencia más progresista de su partido y un europeísmo inequívocamente integracionista se encontró bajo la presión combinada de los debates y problemáticas de los sacrificios de la austeridad, los límites y la reformulación del Estado del bienestar, la integración de los musulmanes en la sociedad, la acogida de los refugiados y la solidaridad crediticia con los socios de la Eurozona en apuros. En consecuencia, su discurso y sus políticas se tiñeron de matices revisionistas y exigentes que procuraban transmitir identificación con las preocupaciones de un número creciente de ciudadanos.

Miembro del núcleo duro del euro capitaneado por Alemania, Rutte, junto con su ministro de Finanzas y presidente del Eurogrupo, el laborista Jeroen Dijsselbloem, como él valedor de la disciplina presupuestaria, destacó en 2015 por sus apremios a una Grecia rescatada por tercera vez. Luego, en el primer semestre de 2016, ostentando su país la presidencia nacional de turno del Consejo de la UE, fue uno de los muñidores del controvertido acuerdo con Turquía para la externalización de la atención de los refugiados sirios y por ende del cuidado de las fronteras exteriores de la Unión en el Mediterráneo oriental. Además, encajó el triunfo del Brexit en el referéndum del Reino Unido, escenario muy temido por el Ejecutivo de La Haya por su impacto en las exportaciones, pues Holanda sigue siendo un país de prósperos comerciantes que tienen en el vecino insular a algunos de sus mejores clientes, y porque estimula a las propias fuerzas cengrífugas de casa, los heraldos del Nexit.

En suma, ha sido con Rutte cuando la noción de los Países Bajos como país acogedor, tolerante y en la médula del proyecto unificador europeo ha entrado definitivamente en una crisisdisco en apariencia irreversible. Rutte, que tras siete años de ejercicio figura ya como uno de los estadistas más antiguos de la UE, no es en realidad un gobernante tocado por la impopularidad personal, pero la situación, con un descontento ciudadano al alza del que Wilders es tanto inductor como beneficiario, no le es propicia. Tal estado de ánimo contrasta con una situación económica que ya querrían tener la mayoría de los socios europeos: el PIB crece a un ritmo superior al 2% anual, el déficit va camino de extinguirse, el riego-país es inapreciable y el paro apenas supera el 5%. La proximidad de las elecciones generales del 15 de marzo de 2017, a las que el VVD y el PVV, indican las sondeos, llegan bastante igualados, ha llevado a Rutte al extremo de adoptar el tono del islamófobo Wilders, que no para de ganar adeptos, cuando espeta a los inmigrantes que "abusan de la libertad" que encuentran en Holanda, "rehúsan adaptarse" y vienen a "estropear las cosas" con un: "si rechazas nuestro país tan fundamentalmente, prefiero que te vayas (...) Compórtate con normalidad o vete".


(Texto actualizado hasta marzo 2017)

Biografía

1. Participación en el Gobierno Balkenende y líder del VVD
2. Primer ministro coaligado con los democristianos y tolerado por Geert Wilders
3. Caída prematura del primer Gobierno, premio en las urnas y gran coalición con los laboristas
4. Prolongación de la austeridad antidéficit, auge de la derecha nacionalista, el vendaval del Brexit y la gran prueba electoral de 2017



1. Participación en el Gobierno Balkenende y líder del VVD

Mark Rutte es el más joven de los cuatro hijos alumbrados por el segundo matrimonio de su padre, Izaäk Rutte, un antiguo empleado de una empresa mercantil en la Indonesia colonial que tras enviudar de su primera esposa, muerta en cautiverio japonés durante la Segunda Guerra Mundial, contrajo segundas nupcias con la hermana de la difunta, Hermina Cornelia Dilling, secretaria de profesión. En 1985, tras completar la educación escolar en su La Haya natal y cancelando la ambición inicial de realizar estudios superiores de música para convertirse en pianista profesional, el joven emprendió la carrera de Historia en la Universidad de Leiden, por la que se licenció en 1992. A continuación, fue contratado para su área de recursos humanos por la compañía de alimentación Unilever.

Desde su etapa universitaria, Rutte desarrolló una militancia en la Organización Juvenil Libertad y Democracia (JOVD), las juventudes del Partido Popular por la Libertad y la Democracia (VVD). Se trataba esta de una formación liberal conservadora de tamaño medio que desde su creación en 1948 venía funcionando de manera intermitente como un comodín parlamentario para formar gobiernos de mayoría, aliado ora con la Llamada Demócrata Cristiana (CDA) y sus predecesores conservadores, ora con el Partido Laborista (PvdA), las dos fuerzas predominantes de la política nacional. Entre noviembre de 1988 y junio de 1991 Rutte fungió de presidente nacional de la JOVD y en 1993 entró a formar parte del Consejo Central del VVD mientras el partido estaba liderado por Friks Bolkestein, antiguo ministro de Defensa, y se hallaba en la oposición al Gobierno Lubbers de gran coalición entre la CDA y el PvdA.

En 1997, cuando el VVD llevaba tres años formando parte del Gobierno de coalición encabezado por el laborista Wim Kok, Rutte causó baja en la ejecutiva del partido y en el lustro siguiente se mantuvo apartado de los puestos de responsabilidad política, concentrado en su carrera profesional en el sector privado. Así, fue sucesivamente gerente de personal de Van den Bergh Nederland, subsidiaria de Unilever que operaba la marca de salsas Calvé, en Delft, miembro del Consejo Ejecutivo de Recursos Humanos del conglomerado y finalmente, desde 2002, director de Recursos Humanos del grupo IgloMora, otra filial del gigante anglo-holandés de la alimentación y los cosméticos.

La proximidad de las elecciones generales del 15 de mayo de 2002 marcó el regreso de Rutte a la actividad política en el VVD. Participó en el proceso de selección de los candidatos a la Tweede Kamer o Cámara baja de los Staten-Generaal o Parlamento, donde el partido liberal, de la mano de Hans Dijkstal, quien fuera viceprimer ministro y ministro del Interior en el primer Gobierno Kok (1994-1998), vio malograrse el segundo puesto alcanzado en las votaciones de 1998 y regresó a su tercera posición tradicional por la pérdida de 14 escaños, descendiendo así al nivel de las elecciones de 1989.

Pese al varapalo en las urnas, los liberales conservadores, en adelante liderados por Gerrit Zalm, fueron requeridos por Jan Peter Balkenende, cabeza del partido vencedor, la CDA, para formar un gobierno de coalición que incorporó también al verdadero triunfador en las elecciones con su espectacular segundo puesto, la Lista de Pim Fortuyn (LPF), el partido hostil a la acogida de inmigrantes musulmanes fundado hacía tan solo tres meses por el polémico y carismático Pim Fortuyn, cuyo asesinato en vísperas de los comicios conmocionó al país. El VVD recibió cuatro ministerios y cuatro secretarías de Estado, una de las cuales, la de Asuntos Sociales y Empleo, le fue otorgada a Rutte. El debut del gestor de recursos humanos en la política representativa y de paso en el servicio gubernamental tuvo lugar el 22 de julio de 2002 al constituirse el Gobierno Balkenende.

Rutte no vio alterado su cometido en el Ejecutivo neerlandés al formar Balkenende su segundo Gabinete el 27 de mayo de 2003, luego de que el primer ministro se viera obligado a disolver el primero en un tiempo récord debido a las peleas entre los ministros de la LPF, y a convocar elecciones anticipadas. Estas votaciones tuvieron lugar el 22 de enero de 2003 y depararon al VVD un moderado ascenso, desde los 24 a los 28 diputados; uno de ellos era Rutte, ganador de su primer mandato popular, aunque al continuar en el Ejecutivo, de acuerdo con la ley, hubo de renunciar al escaño.

Transferido a la Secretaría de Estado de Educación Superior, Cultura y Ciencia el 17 de junio de 2004, dos años después Rutte se posicionó como uno de los aspirantes a tomar el relevo como líder del grupo parlamentario en la Tweede Kamer (fractievoorzitter) y cabeza de lista (lijsttrekker) para las próximas votaciones generales al ex ministro de Exteriores (1998-2002) Jozias van Aartsen, sucesor de Gerrit Zalm en 2004 y dimitido a raíz de los malos resultados cosechados por la formación en las municipales del 7 de marzo de 2006, cuya campaña Rutte coordinó.

La votación interna, que movilizó al 74% de los militantes –unas 29.000 personas- tuvo lugar el 31 de mayo de 2006 y en ella Rutte, respaldado por el grueso de la dirección del partido, se impuso con un ajustado 51,5% a su principal contrincante, la ministra de Inmigración e Integración Rita Verdonk. En un lejano tercer lugar quedó el diputado Jelleke Veenendaal. El 28 de junio Rutte se marchó del Gobierno y al día siguiente inició su andadura como fractievoorzitter y lijsttrekker, cometidos que le convirtieron en el indiscutible líder del partido (partijleider). Días después, Balkenende constituía su tercer Gobierno, luego de deshacerse el tripartito vigente desde 2003 por la marcha de los Demócratas 66 (D66), un partido de corte social liberal situado a la izquierda del VVD.

Rutte encarnaba una tendencia progresista del VVD y sus primeros mensajes, expresados con una oratoria ágil, hicieron hincapié en la necesidad de abrirse a la sociedad, renunciando a los tics elitistas y tomando más en consideración las preocupaciones diarias de los ciudadanos. El liderazgo de Rutte fue puesto a prueba casi de inmediato, en las elecciones generales del 22 de noviembre de 2006, que dejaron un mal sabor de boca en los demoliberales. Con un muy discreto 14,7% de los votos, el partido perdió seis diputados y cayó a la cuarta posición tras la CDA, el PvdA y el pujante Partido Socialista (SP) de Jan Marijnissen, muy crítico con las políticas económicas dictadas desde Europa.

Los comentaristas destacaron las dificultades que encontró Rutte, quien ofrecía una imagen juvenil y telegénica pero carecía de mordiente, para hacerse destacar entre Balkenende y Wouter Bos, los cabezas de lista democristiano y laborista, que en febrero de 2007 pasaron a ser socios de un gobierno de gran coalición con la adición de la pequeña Unión Cristiana (CU). Incluso sus colegas de partido Verdonk, quien recibió más votos que él, y Zalm tendieron a eclipsar a Rutte durante la campaña para las generales de 2006. De hecho, la polémica ex ministra de Inmigración, identificada con la corriente más derechista del VVD, no se había resignado al resultado de la elección interna de mayo de 2006 y parecía dispuesta a arrebatarle las riendas del partido a Rutte, al que criticaba abiertamente por su línea "izquierdista" y por su discurso "invisible" en el debate público sobre las problemáticas de la inmigración y la multiculturalidad, de creciente intensidad en el país. En septiembre de 2007 Rutte impuso su autoridad y expulsó del grupo parlamentario a Verdonk, quien poco después abandonó el VVD y montó su propia agrupación, Orgullo de los Países Bajos (TON).


2. Primer ministro coaligado con los democristianos y tolerado por Geert Wilders

La disolución el 20 de febrero de 2010 del cuarto Gobierno Balkenende por la dimisión de los ministros laboristas en desacuerdo con la prórroga de la misión militar en Afganistán condujo a los Países Bajos a unas elecciones generales anticipadas que el VVD encaró con excelentes perspectivas. Las encuestas daban como favoritos para ganar los comicios con mayoría simple a los de Rutte. La decisión de silenciar la facción de Verdonk, escorada al populismo de derechas, para disipar las dudas sobre la naturaleza liberal clásica, pro mercado y fiscalmente conservadora, del partido iba a comprobarse acertada en términos electorales.

El 9 de junio de 2010, el VVD, con Rutte como cabeza de lista de nuevo, obtuvo unos resultados que sin ser sobresalientes le convirtieron, por primera vez en sus 62 años de existencia, en el primer partido del país y en el eje del próximo Gobierno. Así, los liberales se pusieron en cabeza en la Cámara baja con únicamente el 20,5% de los votos y 31 escaños, unos resultados que no alcanzaban su cota histórica de 1998 (el 24,6% y 38) y que solo igualaban la marcada en 1994 (el 19,9% y 31).

El VVD conquistó su exigua primacía, perseguido muy de cerca por un PvdA enflaquecido, en parte por méritos propios y en parte también gracias al histórico desplome de la CDA, relegado a una insólita cuarta posición. Pero los titulares periodísticos tendieron a destacar el sensacional empuje, más que duplicando sus votos y ascendiendo al tercer puesto, del Partido por la Libertad (PVV), la fuerza emergente de la derecha radical anti-Islam y euroescéptica, fundada cuatro años atrás y capitaneada por la estrella política del momento, Geert Wilders. Antiguo miembro del VVD, Wilders, radicalizando el discurso nacionalista del malogrado Pim Fortuyn, venía agitando la política nacional con su ensalzamiento de los "valores judeo-cristianos", su campaña para prohibir el Corán en Holanda por tratarse de un "libro fascista" que incitaba "al odio y el asesinato", y sus llamamientos a parar la "islamización acelerada" de la sociedad y echar el cerrojo a la "inmigración masiva".

Cabían varias fórmulas de coalición encabezadas por Rutte y el VVD, que podían explorar abrirse a la derecha o a la izquierda. Aunque el Parlamento electo era muy plural, los electores habían transmitido dos claros mensajes: primero, que les preocupaba el estado de la economía y las finanzas en la débil convalecencia, recuperación que los liberales estaban dispuestos a pilotar con una cura de austeridad, tras la Gran Recesión y la emergencia bancaria de 2008-2009, cuando el PIB cayó casi un 4% y el Estado hubo de invertir 40.000 millones de euros en el salvamento y reestructuración de los bancos Fortis Bank Nederland, ING y ABN AMRO; y segundo, que miraban con recelo la vigente legislación sobre inmigración, que el PVV quería endurecer de manera drástica, pasando página a la tradición de Holanda como país de acogida. Antes de las elecciones, Rutte ya había manifestado su preferencia por un acuerdo con la CDA, partido con el que no había grandes divergencias programáticas, pero su hundimiento electoral complicaba enormemente la aritmética parlamentaria. Wilders se apresuró a demandar un tripartito para alcanzar una mayoría que sería la mínima absoluta, de 76 escaños.

Sin sorpresas, las conversaciones poselectorales conducentes a la formación de un gobierno de coalición presidido por Rutte fueron procelosas: llevaron todo el verano y buena parte del otoño. De acuerdo con los formalismos del sistema parlamentario, primero tocaba una fase exploratoria dirigida por un informador nombrado por la reina y previo acuerdo de los cabezas de facción.

El primer informador, Uri Rosenthal, líder del grupo del VVD en la Eerste Kamer o Senado, exploró las posibilidades de un Gabinete VVD-PVV-CDA. Sus conversaciones con Rutte, Wilders y Maxime Verhagen, sucesor de Balkenende en el liderazgo de los democristianos, convencieron a Rosenthal de la imposibilidad de esa fórmula. A continuación, Rosenthal consideró dos opciones centralizadas en el dúo VVD-PvdA: una orientada a la izquierda que incorporaría a los D66 y los Verdes (GroenLinks), y otra centrista con la sola adición de la CDA. Tampoco aquí hubo acuerdo, pues Rutte se inclinaba por el tripartito, mientras que el líder laborista Job Cohen insistió en el cuatripartito, denominado púrpura-plus. Quedaba la alternativa de una coalición arco iris formada por los cinco partidos, pero esta posibilidad fue rechazada taxativamente por demoliberales y verdes.

El segundo informador, Herman Tjeenk Willink, miembro del PvdA y vicepresidente del Consejo de Estado, se limitó a desbrozar el camino para la tanda exploratoria conjunta de Rosenthal y el laborista Jacques Wallage, quienes apuntaron como factible la ya sondeada coalición del tipo púrpura-plus. El 20 de julio, sin embargo, VVD, PvdA, D66 y GroenLinks comunicaban el fracaso de las conversaciones. Entró en escena entonces el veterano ex primer ministro (1982-1994) democristiano Ruud Lubbers, quien, volviendo al punto de partida pero con ideas nuevas, arrancó de Rutte, Wilders y Verhagen un principio de negociación sobre la base, inédita en el país europeo, de un Gobierno técnicamente de minoría, formado por el VVD y la CDA pero sostenido desde el Parlamento por un tercer socio sin participación en el Ejecutivo que sería el PVV.

Arrancó entonces la segunda fase del proceso, la negociación propiamente dicha del acuerdo de coalición. Ivo Opstelten, el presidente orgánico del VVD –partijvoorzitter, un cargo burocrático, supeditado al liderazgo del grupo parlamentario-, orquestó las negociaciones desde el 9 de agosto. Rutte acariciaba la jefatura del próximo Gobierno, pero a últimos de ese mes un nutrido sector de la CDA se rebeló contra todo acuerdo con el PVV porque la formación derechista, con sus consignas islamófobas, les parecía un peligro para los principios fundamentales de la libertad de religión y la protección de los derechos de las minorías. El propio Lubbers, en un inesperado cambio de opinión, dejó de ver con buenos ojos este plan, en tanto que Wilders, dirigiendo su dedo acusador a los democristianos, se negó a suscribir ningún pacto. En estas circunstancias, las negociaciones quedaron bloqueadas hasta principios de septiembre. Finalmente, Opstelten reanudó su encomienda real y el 28 de septiembre el informador y los tres cabezas de facción dieron por concluidas la nueva serie de negociaciones, que alumbraron el "acuerdo de tolerancia" tal como lo había ideado Lubbers.

Wilders tendría que ser consultado por el Gobierno liberal-democristiano en las políticas sobre inmigración, asilo y seguridad, así como en todo lo relacionado con la economía y las finanzas. El pacto incluía cambios en el primer ámbito con fuertes restricciones a la reunificación familiar de los residentes extranjeros, la concesión de la doble nacionalidad y la entrada de inmigrantes con baja cualificación laboral, así como un plan para prohibir el uso del velo integral por las mujeres musulmanas en todos los espacios públicos, en la línea de las leyes recientemente aprobadas en Francia y Bélgica. Wilders, que ahora mismo afrontaba un juicio por incitación al odio, discriminación e insultos a los musulmanes, y otros miembros del PVV se congratularon porque los holandeses hubieran decidido "frenar la ola islamizadora de nuestra cultura e identidad", pero Rutte recalcó que ni su partido ni el nuevo Gobierno compartían esos enfoques del Islam, el cual no estaba en su punto de mira, ni siquiera a la hora de reformar la legislación sobre la inmigración y el asilo, la cual no se dirigiría contra ningún colectivo en concreto.

En cuanto al apartado económico, los tres partidos acordaron atacar el déficit público, que en 2009 había alcanzado el 5,4% del PIB, luego violando de largo el Pacto de Estabilidad y Crecimiento de la UE, con un ahorro presupuestario de 18.000 millones de euros hasta 2015. La reforma del sistema de pensiones entraba en los planes del nuevo Ejecutivo con la pretensión de alargar un año, desde los 65 a los 66, la vida laboral de los trabajadores; durante la campaña, Rutte había deslizado su preferencia por retrasar la edad de jubilación hasta los 67 años, mientras que Wilders, en un guiño populista, se había opuesto a cualquier reforma en este terreno. La previsión de la mengua por etapas de diversos aspectos de la providencia social hasta 2020 y la expansión de la generación eléctrica de fuente nuclear, igualmente pregonada por el PVV, eran otros tantos capítulos de una agenda nítidamente liberal y proempresarial.

El 7 de octubre la reina Beatriz encargó la formación del Gabinete a Rutte, quien quedó listo para convertirse en el primer jefe de Gobierno neerlandés de credenciales liberales, luego no salido del laborismo o de la democracia cristiana, desde Pieter Cort van der Linden, primer ministro entre 1913 y 1918, en los lejanos tiempos de la Primera Guerra Mundial. VVD y CDA se repartieron los doce ministerios y las ocho secretarías de Estado a partes iguales, lo que fue un ejercicio de gran generosidad por parte de Rutte, quien de acuerdo con la tradición tomó para sí la cartera de Asuntos Generales. Verhagen era la segunda persona del Gabinete como viceprimer ministro y ministro de Asuntos Económicos, Agricultura e Innovación. Los democristianos se quedaron además con las carteras de Interior (para Piet Hein Donner), Defensa (Hans Hillen) y Finanzas (Jan Kees de Jager), poniendo de manifiesto la confianza de los liberales en sus socios paritarios en la gestión de las áreas más sensibles. Uri Rosenthal tomó el relevo a Verhagen como ministro de Exteriores.

El 14 de octubre prestó juramento el nuevo Gabinete Rutte; ese mismo día, el primer ministro se dio de baja en la Tweede Kamer, donde ya había cedido el puesto de fractievoorzitter a Stef Blok, aunque siguió siendo el partijleider. En cuanto al puesto de partijvoorzitter, Ivo Opstelten, nuevo ministro de Seguridad Pública y Justicia, dejó paso a Mark Verheijen.


3. Caída prematura del primer Gobierno, premio en las urnas y gran coalición con los laboristas

En enero de 2011 el nuevo Gobierno Rutte decidió reanudar la participación de Holanda en la estabilización de Afganistán con el envío a Kunduz de un contingente de más de 500 efectivos policiales para entrenar a las fuerzas locales del Gobierno afgano. Las operaciones de combate del Ejército holandés en el país asiático en el marco de la ISAF de la OTAN, concluidas con la repatriación de las tropas en agosto de 2010 y dejando un balance de 24 bajas mortales en el curso de la misión, se consideraban asunto zanjado.

Mucha más preocupación le causaban a Rutte el sombrío panorama económico y la actitud hostil de Wilders a la eventual adopción de medidas adicionales de ahorro. La recaída en la recesión en el cuarto trimestre de 2011, con un retroceso del PIB del -0,7% en el cómputo intertrimestral (el -0,4% en el cálculo anualizado) a causa básicamente del desplome de las exportaciones, significaba que el Gobierno iba a ingresar menos por la recaudación fiscal directa y tendría que gastar menos de lo previsto. Además, La Haya estaba decidida a preservar a toda costa la preciada calificación AAA de su deuda soberana, un índice de solvencia sobresaliente que permitía al Estado holandés emitir bonos a largo plazo con unas rentabilidades mínimas.

Al comenzar 2012, el PVV empezó a ponerle las cosas difíciles a Rutte con una campaña de tintes xenófobos dirigida contra los inmigrantes laborales del este de Europa. Wilders dio altavoz a su rechazo a la libre circulación de personas de estos países y, por primera vez, se puso a reclamar la celebración de un referéndum sobre la participación de Holanda en la Eurozona, que seguía azotada por la tormenta de las deudas soberanas de los estados del flanco sur, sucesivamente rescatados desde 2010 con paquetes de créditos adelantados por los demás socios del euro. Los Países Bajos, como el resto de estados de la Eurozona, pusieron dinero para auxiliar a Grecia, Portugal, Irlanda y España. Su aporte a la Facilidad Europea de Estabilidad Financiera (FEEF) alcanzó los 44.000 millones de euros, el 5,7% de la dotación de este fondo temporal, mientras que su contribución al Mecanismo Europeo de Estabilidad (MEDE), creado en 2012 para reemplazar al anterior, quedó establecida en 40.000 millones, sobre una suscripción total de 700.000 millones.

Semejante esfuerzo solidario con los socios débiles de la Eurozona no fue bien recibido ni entendido por un sector de la opinión pública. Rutte y su ministro de Finanzas, el democristiano de Jager, procuraron proyectar dureza, hablando de medidas contundentes contra los gobiernos que no cumplieran las reglas y llegando a sugerir la creación de un mecanismo para expulsar de la Eurozona a aquellos rescatados que se resistieran a implementar las medidas de ajuste y las reformas estructurales a cambio de la inyección de fondos europeos a sus arcas exangües. Wilders, deseoso de capitalizar este descontento y de arrimarlo a su ascua nacionalista, argüía que a los holandeses les iría mejor regresando al florín, retirado en 2002. Más aún, condicionó su respaldo parlamentario a Rutte a la convocatoria del referéndum sobre el "proyecto fallido" del euro, demanda que para Rutte era un completo disparate.

El escenario de ruptura se adivinó en marzo de 2012 cuando Rutte y su equipo elaboraron un plan de recorte presupuestario extra de hasta 16.000 millones de euros, a sumar a los 18.000 millones ya pactados en 2010 para el conjunto de la legislatura.

Aunque la coyuntura oscilaba entre la recesión y el crecimiento nulo y el año iba a terminar con una retracción del PIB del 1,1% (frente al 1,4% de crecimiento anotado en 2010 y el 1,7% de 2011), con el consiguiente impacto en el mercado laboral (la tasa de paro, hasta antes del estallido de la crisis de 2008 y aún después la más minúscula de la UE, propia de una situación de pleno empleo, rebasaba ahora el 5%), Rutte y de Jager, muy sensibles a los apremios de la Comisión Europea y partidarios sin reservas del Pacto Fiscal Europeo impulsado por el Gobierno alemán de Angela Merkel, otorgaban prioridad a la reducción del déficit, que en 2011 había podido bajarse al 4,3%; a cambio, la deuda pública había superado la barrera del 60%. Eso, aun cuando la austeridad reforzada requiriera subir el IVA al 21% para determinados bienes de lujo, el alcohol y el tabaco, rebajar las deducciones fiscales de las hipotecas, congelar los sueldos de los funcionarios y meter la tijera en las prestaciones sociales de que gozaban los holandeses, sobre todo en la sanidad pública. El PVV exigía que las partidas sociales no se tocaran y que a cambio se desmantelara la ayuda oficial al desarrollo, equivalente al 0,7% del PIB, verdadero símbolo de la política internacional de los Países Bajos.

El 21 de abril de 2012, Wilders materializó su amenaza y declaró roto su soporte al Ejecutivo porque este, al decantarse por la austeridad con menoscabo del Estado del bienestar, se había doblegado a los "dictados europeos" de no exceder el tope de déficit del 3% del PIB, tal como marcaba el Pacto de Estabilidad y Crecimiento. Rutte, que en este forcejeo parecía actuar más que nada por convicciones de ideología liberal, insistía en no demorar aquella meta rigurosa, como también le requería la oposición de izquierda: él estaba empeñado en cumplirla ya en el año presupuestario de 2013, esfuerzo ingente que bien podía comprometer la salida de la recesión.

Un intento postrero del primer ministro de recomponer las relaciones con el PVV fracasó y dos días después Rutte se resignaba a presentar la renuncia, dando por truncada la legislatura y abocando al país al anticipo electoral para después de las vacaciones de verano. Jornadas más tarde, al dirigente dimisionario le cupo la satisfacción de la "histórica" aprobación parlamentaria, gracias al voto de D66, GroenLinks y los calvinistas de la CU, de sus presupuestos ajustados con podas del gasto y subidas de impuestos. El paquete, con un objetivo de ahorro anual de 12.000 millones de euros, incorporaba además una reforma estructural de calado, el retraso escalonado de la edad de jubilación, que pasaría a ser de 66 años en 2019 y de 67 en 2023.

Contrariamente a lo esperado, Rutte capeó muy bien los ventarrones euroescépticos, propalados a derecha (PVV) e izquierda (SP), y la andanada de recortes del Gobierno tampoco le pasó factura. En las elecciones generales del 12 de septiembre de 2012, las quintas en la última década, el VVD pulverizó los pronósticos y cosechó los mejores resultados de su historia: el 26,6% de los votos y 41 diputados. El desenlace de la jornada fue redondo para el VVD en los sentidos de que los de Wilders sufrieron un revolcón con la sustracción de nueve escaños y que se ganó el duelo particular con el PvdA ahora liderado por Diederik Samsom, el cual sin embargo también subió, hasta los 38 diputados. En cuanto a la CDA, vio agravarse su declive al perder ocho de los 21 escaños que mantenía. Por lo que se veía, los democristianos habían cargado en exclusiva con la erosión derivada del ejercicio del poder.

Eufórico, Rutte interpretó que los resultados electorales suponían un "estímulo para seguir con nuestra política en materia de seguridad e inmigración, y con el curso político de los últimos dos años". El parlamentarismo holandés tenía mucha experiencia con gobiernos de gran coalición y en estos momentos parecía factible uno estrictamente bipartito formado por el VVD y el PvdA, y que descansaría en una confortable mayoría absoluta de 79 escaños. La última vez que las formaciones habían gobernando juntas, los ocho años de ejercicio de Wim Kok, se remontaba a solo una década atrás. Rutte había salido bastante escarmentado de la experiencia de su primer Gobierno y no quería ni oír hablar de un nuevo acuerdo con el PVV. Ahora, él y Samsom podían entenderse en una serie de puntos clave, aunque antes debían vencer ciertas discrepancias de importancia.

Por ejemplo, los dos coincidían en la necesidad de ayudar a los países meridionales del euro, pero no tanto por una cuestión de principios solidarios como en atención de los intereses comerciales nacionales, al tratarse la holandesa de una economía volcada a la exportación, y apostaban por la unión bancaria europea, pero diferían sobre la estrategia de fondo para sacar a la Eurozona de sus penurias. Así, mientras que Rutte era partidario de seguir alineado con Alemania, Finlandia y Austria a la hora de imponer a los países menesterosos la disciplina fiscal a rajatabla y de oponerse a cualquier fórmula de "mutualizar" las deudas nacionales mediante, por ejemplo, la emisión conjunta de eurobonos o la adquisición por el MEDE de bonos soberanos en los mercados secundarios, Samsom se inclinaba por dar más cancha a las medidas de estímulo del crecimiento y la generación de empleo, en la línea propugnada por el nuevo Gobierno socialista de Francia. El capítulo del Estado del bienestar, su alcance y cobertura, también les separaba.

Las negociaciones Rutte-Samsom para formar el nuevo Gobierno sin cambiar de primer ministro discurrieron con presteza y llegaron a buen puerto el 28 de octubre. El líder liberal se salió con la suya y arrancó al laborista un compromiso para ahorrar otros 16.000 millones de euros en los próximos cinco años y mantener intacta la meta de achicar el déficit público a menos del 3% en 2013. Entre las partidas afectadas por los nuevos recortes estaban la sanidad, donde subían el copago hospitalario y las pólizas médicas, y la ayuda al desarrollo. Además, liberales y laboristas acordaron elevar los impuestos y cotizaciones a las rentas más altas (una importante concesión a Samsom, defensor de la mayor progresividad fiscal, que produjo vivo malestar en sectores conservadores), adelantar la reforma de las pensiones (la jubilación a los 66 sería ahora en 2018 y a los 67 en 2021), controlar más de cerca las actividades de la banca nacional para impedir las prácticas especulativas, exigir más requisitos a los inmigrantes para recibir ayudas sociales y acceder a la nacionalidad, y prohibir el burka y el niqab femeninos en los edificios oficiales, los hospitales, las escuelas y el transporte público.

El Gobierno Rutte II prestó juramento ante la reina Beatriz en el Palacio Real de La Haya el 5 de noviembre. Casi paritario, el Gabinete entrante se componía de siete miembros del VVD, incluido Rutte, y seis del PvdA. Entre los primeros destacaban Jeanine Hennis-Plasschaert, la primera mujer ministra de Defensa, e Ivo Opstelten, renovado en Seguridad y Justicia. Los laboristas, además del puesto de viceprimer ministro y ministro de Asuntos Sociales y Empleo, ido a Lodewijk Asscher -en vez de Samsom, quien se conformó con seguir como líder de su grupo en la Tweede Kamer y del partido-, obtuvieron las carteras de Exteriores, para Frans Timmermans, Interior, para Ronald Plasterk, y Finanzas, para Jeroen Dijsselbloem.


4. Prolongación de la austeridad antidéficit, auge de la derecha nacionalista, el vendaval del Brexit y la gran prueba electoral de 2017

En enero de 2013 los Países Bajos adquirieron más peso en el llamado núcleo duro de la Eurozona al ser escogido Dijsselbloem para presidir el Eurogrupo, el grupo informal de ministros de Economía y Finanzas del euro, en sucesión del luxemburgués Jean-Claude Juncker. Con la selección del holandés, grato a su poderoso colega Wolfgang Schäuble, volvió a quedar de manifiesto la autoridad decisoria del Gobierno alemán. Aunque laborista, el ministro de Finanzas de Rutte era un ortodoxo fiscal que estaba absolutamente decidido a conseguir el objetivo de la supresión del déficit en casa y prometía ser "firme como una roca" en la defensa de la disciplina presupuestaria para la estabilidad financiera en la Eurozona, esto es, la consigna básica de Berlín. Antes de estrenar su nueva función europea, Dijsselbloem puso en marcha la compleja operación de nacionalización de SNS Reaal, una corporación de servicios financieros y seguros amenazada de quiebra, la cual seguía por tanto los pasos del ABN AMRO y el Fortis Bank, los bancos intervenidos por el Estado cuando la tormenta bancaria de 2008.

En los meses siguientes, el Gobierno neerlandés se mantuvo volcado en la batalla doméstica contra el déficit. Al comenzar 2014, Rutte ya podía cantar victoria: de la tasa equivalente al 3,9% del PIB registrada en 2012 se había pasado a solo el 2,4% en 2013, nivel que se esperaba empequeñecer todavía más en los próximos ejercicios, hasta alcanzar el equilibrio fiscal, en tanto hubiera crecimiento económico. Se trataba de un logro considerable, más porque todavía a mediados de 2013 el Gobierno se mostraba resignado a retrasar dicha meta hasta 2014. Los Países Bajos volvían a cumplir el Pacto de Estabilidad y Crecimiento en este punto, aunque ahora no en el volumen de deuda, que había trepado al 67% del PIB.

El éxito contable estaba ahí, pero la oposición parlamentaria y multitud de observadores coincidieron en señalar que la prioridad del programa de austeridad a buen seguro había costado al país un retraso de varios meses en zafarse de una vez de la recesión. Solo en el segundo trimestre de 2013 consiguió la economía holandesa entrar en una etapa de crecimiento positivo sostenido, si bien débil, lo que no evitó que el año acabara registrando un decrecimiento medio del PIB del -0,2%, acompañado de un desempleo del 7%, todo un récord en esta parte de Europa. Desde 2008 el país había sufrido una gran recesión y dos mini-recesiones consecutivas. Además, esta prédica del rigor financiero de otros con el ejemplo propio no evitó que en noviembre de 2013 la agencia de rating Standard & Poor's, con el argumento de que la recuperación económica no estaba clara, rebajara un escalón a los bonos neerlandeses; estos perdieron la preciada calificación máxima, la triple A, compartida con los títulos alemanes, finlandeses y luxemburgueses, y pasaron a la categoría AA+, un grado de solvencia ligeramente inferior, pero aún dentro de los niveles de inversión de alta calidad.

En octubre de 2013 Rutte admitió que los ajustes de la economía habían creado desencanto y desarraigo entre la población europea, y que en ese río revuelto estaban echando sus redes líderes populistas como Geert Wilders. Pero lo cierto era que el incansable tribuno del PVV, a golpe de soflama y exabrupto, tendía a llevar la batuta en los debates y polémicas más candentes del momento. Definitivamente, el euroescepticismo y el rechazo a los inmigrantes procedentes de países musulmanes y del flanco oriental de la UE ganaban terreno en Holanda, y Rutte, poco a poco, notando la presión ambiental, fue incorporando todas estas reticencias a su discurso.

Por de pronto, a lo largo de 2014, el primer ministro neerlandés, en una nueva sintonía con Merkel, indicó que en las actuales circunstancias de incertidumbre persistente sobre el futuro de la moneda única no era conveniente acelerar el proceso de integración europea y avanzar hacia una Unión más estrecha. En abril de 2014 el periódico De Volkskrant reveló que en 2012, antes de las elecciones generales, Rutte, contrariamente a su narrativa oficial, había amenazado al presidente del Consejo Europeo, Herman Van Rompuy, con sacar a los Países Bajos de la Eurozona si Bruselas se entrometía en la confección de los presupuestos nacionales para reforzar la integración.

También, Rutte puso pegas, hasta que dio su brazo a torcer, a la elección de Jean-Claude Juncker para presidir la Comisión Europea y transmitió su inquietud por el final de las restricciones a los movimientos de trabajadores de Bulgaria y Rumanía dentro de la UE, lo que podía traducirse en un aumento desmesurado de la emigración hacia la rica Holanda de ciudadanos de ambos países carentes de cualificación laboral y susceptibles de terminar en la economía sumergida. Las elecciones del 22 de mayo de 2014 al Parlamento Europeo dejaron para el VVD las cosas tal como estaban: solo sacó el 12% de los votos y tres eurodiputados (sobre 26), el mismo número que en 2009; curiosamente, los más votados, con el 15% de los sufragios, fueron dos partidos, los D66 y la CDA, que ocupaban posiciones minoritarias en el Parlamento nacional.

Dos meses después, el Gobierno tuvo que lidiar con la tragedia del derribo sobre la región ucraniana del Donbás, seguramente por un misil tierra-aire de fabricación rusa lanzando por los rebeldes que combatían al Gobierno de Kíev, del vuelo 17 de Malaysia Airlines que hacía la ruta Ámsterdam-Kuala Lumpur y que costó la vida a 193 ciudadanos holandeses. En septiembre, la Real Fuerza Aérea de los Países Bajos se incorporó a la campaña de bombardeos contra el Estado Islámico en Irak; Holanda fue el tercer país de la OTAN, tras Estados Unidos y Francia, en dirigir ataques aéreos contra los yihadistas que avanzaban en la guerra del país árabe.

En 2015 y 2016, nuevas disposiciones del Gobierno Rutte vinieron a confirmar que algunos paradigmas arraigados en Holanda estaban en proceso de revisión y cambio. El primer día de 2015 entró en vigor la Ley de Cuidados de Larga Duración, que descargaba a la infraestructura sociosanitaria del Estado del cuidado de ancianos, discapacitados y otros dependientes, endosándoselo a las familias en tanto que "obligación moral" y, en los casos extremos, a los servicios municipales, provistos para estas prestaciones sociales de la adecuada financiación pública. La nueva norma tocaba de lleno el Estado del bienestar holandés, el Verzorgingsstaat, de cuya situación de crisis nadie dudaba, y respondía al concepto, anunciando por el nuevo rey Guillermo Alejandro en su primer discurso de la Corona en septiembre de 2013, de la sociedad participativa (Participatiesamenleving).

En agosto de 2015 Holanda accedió a destinar fondos por enésima vez a una Eurozona en permanente incendio, ahora con motivo del tercer rescate financiero de Grecia. Rutte y Dijsselbloem tuvieron verdaderos problemas para explicar a la ciudadanía la necesidad de seguir ayudando a los crónicamente necesitados helenos, que sin este dispendioso socorro estaban condenados a apearse de la Eurozona, con las impredecibles consecuencias que una turbulencia de tal calibre acarrearía para todos, y fueron sometidos a fuego graneado por las oposiciones de derecha e izquierda en el Parlamento. Wilders, siempre presto a sacar partido personal de toda controversia, acusó al primer ministro de haber "traicionado" al electorado al romper su promesa de que, tras dos salvamentos, La Haya ya no desembolsaría más dinero para Atenas. Sin embargo, el 19 de agosto el Gobierno neutralizó sin dificultades la moción de censura lanzada por el PVV, que recibió el voto contrario del resto de grupos de la Cámara baja.

A renglón seguido, la emergencia de la gran crisis de los refugiados de Oriente Próximo, cientos de miles de personas huidas principalmente de las guerras de Siria e Irak y que, a través de Turquía y el mar Egeo y subiendo por los Balcanes, pretendían tomar cobijo en los países del norte de la UE, agudizó las tensiones que en Holanda ya estaba generando la acogida de población alóctona en circunstancias ordinarias. En enero de 2016, en el Foro de Davos, Rutte salió al paso de este tremendo desafío a las capacidades, la seguridad y la convivencia de los países europeos con la advertencia de que si la UE no daba una "respuesta política" urgente a los flujos masivos de refugiados e inmigrantes que presionaban a sus puertas, entonces el Acuerdo de Schengen podría volar por los aires al recurrir los estados miembros a nuevas barreras unilaterales a la libre circulación de personas y al levantamiento de fronteras internas, teóricamente temporales, que no debían existir en ese espacio.

Los Países Bajos ocupaban la presidencia de turno del Consejo de la UE en el primer semestre de 2016, así que se encontraban en la primera línea de este fuego. Rutte avanzó un plan para mandar de regreso a Turquía, a bordo de ferris, a los refugiados árabes llegados a las costas griegas, plan que se conjugaría con el proyecto de reubicación y asilo de un numero limitado de refugiados ya puesto en marcha, aunque con un grado de aplicación bien escaso, por el bloque europeo siguiendo un esquema de cuotas nacionales "voluntarias". Con todo, el Gobierno holandés seguía mostrando una voluntad de admitir un número significativo de refugiados; solo en 2015 había aceptado 43.000 solicitudes de asilo, el doble que el año anterior.

La idea de externalizar a Turquía la atención del grueso de los refugiados (es decir, los problemas derivados de la vigilancia de las fronteras exteriores de la UE) cristalizó en un acuerdo Bruselas-Ankara que fue aprobado formalmente por el Consejo Europeo de marzo de 2016. En virtud de este acuerdo, Turquía, a cambio de 6.000 millones de euros y la exención de visados para sus ciudadanos, se comprometía a aceptar la devolución sistemática de todos los migrantes irregulares, refugiados incluidos, arribados a los desbordados puertos de Grecia desde sus costas del Egeo, y cuya petición de asilo fuera inicialmente rechazada en la UE; las expulsiones-readmisiones colectivas estarían descartadas, y por cada sirio retornado a Turquía, un refugiado sirio en Turquía sería recolocado en la UE, hasta un número máximo de 72.000.

En la primavera de 2016, dos referendos de naturaleza bien distinta metieron más presión a Rutte y su Gobierno. El primero fue la consulta nacional del 6 de abril sobre el Acuerdo de Asociación entre la UE y Ucrania, cuya celebración había sido requerida por una iniciativa popular amparada en la recogida de firmas. El resultado fue que un 61% del tercio de electores que acudió a las urnas se pronunció por el no, dejando a Rutte en una situación de lo más embarazosa ante los socios europeos, con el pulso geopolítico con Rusia en su apogeo y el conflicto armado del Donbás más apagado desde al alto el fuego de Minsk II de febrero de 2015, pero en absoluto desactivado y mucho menos resuelto. El referéndum no tenía carácter vinculante aunque sí suspensivo, así que el Gobierno se tuvo que poner a trabajar en la confección de una nueva Acta de Aprobación del Acuerdo de Asociación que tendría que someterse al Parlamento para su ratificación.

El fiasco del referéndum de casa sobre el Acuerdo con Ucrania podía verse como un termómetro inquietante de la fortaleza del euroescepticismo en Holanda, fomentado con virulencia por Wilders, cuya postura extrema más bien había que calificar de eurófoba. Si esto era así, un quebradero de cabeza aún mayor para Rutte representaría el eventual resultado negativo del referéndum del 23 de junio de 2016 en el Reino Unido sobre su permanencia en la UE, el cual había sido convocado, en un arriesgado órdago político de muy altos vuelos, por el primer ministro conservador David Cameron. Semanas antes de la trascendental consulta, Rutte, en nombre del Consejo, avisó a su colega británico que la UE podría responder con iguales medidas a la eventual imposición por el Reino Unido de férreos controles al acceso y residencia de los trabajadores de los otros países de la Unión en un escenario de triunfo del Brexit. Esto era que lo que barajaban los cabecillas del bando del Leave, que hablaban de un sistema de selección por puntos hasta ahora solo aplicado a los trabajadores extracomunitarios.

El coro de advertencias internas y externas de los defensores de los beneficios del Remain no surtieron efecto y el 23 de junio los electores británicos aprobaron rescindir la membresía nacional en la UE después de 43 años. Rutte, que de resultas de la dimisión de Cameron quedó como el tercer gobernante más antiguo de los 28 por detrás de Merkel y casi a la par que el húngaro Viktor Orbán, encajó atónito el triunfo del Brexit, al igual que sus pares europeos. Antes de despedirse, el 1 de julio, como presidente nacional de turno del Consejo de la UE, el líder holandés celebró el 24 de junio en Bruselas con Jean-Claude Juncker, Donald Tusk y Martin Schulz una reunión de urgencia para una primera toma de postura de los poderes europeos frente al traumático escenario creado por Gran Bretaña.

El lacónico análisis preliminar de los cuatro presidentes destilaba decepción y realismo: "En un proceso libre y democrático, el pueblo británico ha expresado su deseo de abandonar la Unión Europea. Lamentamos esta decisión, pero la respetamos", empezaba diciendo su comunicado. Se trataba de una "situación sin precedentes", pero ellos estaban "unidos en la respuesta". La Unión de los 27 continuaba y ahora esta esperaba que Londres hiciera efectiva la decisión popular, activando el artículo 50 del Tratado de la Unión que estipulaba el procedimiento de salida, "lo antes posible, a pesar de lo doloroso que el proceso pueda llegar a ser". Entre tanto, en La Haya, Wilders no cabía en sí de gozo por el veredicto de los británicos y redobló su agitación de la bandera del equivalente neerlandés del Brexit, el Nexit, sobre el que más de la mitad de sus paisanos, reveló al poco un sondeo, quería opinar también en referéndum.

Las elecciones generales de marzo de 2017 ya se oteaban en el horizonte y antes de terminar el año el Gobierno anunció otro giro de tuerca, imponiendo más exigencias de integración efectiva en la sociedad a las personas procedentes de fuera, en la normativa sobre inmigración y asilo. También, consiguió la aprobación parlamentaria de la ley que penalizaba con multas el uso del burka, el niqab y cualquier otra prenda que tapara el rostro en edificios oficiales, escuelas y transportes públicos. Por otro lado, 2016 terminaba con un cuadro económico bastante positivo: el PIB, impulsado por el consumo y la inversión, crecía por encima del 2% anual, el déficit público apenas superaba ya el 1%, la deuda pública estaba moderándose también, aunque todavía no había vuelto a colocarse por debajo del 60%, y las cifras del paro, del 5,4% en diciembre, resultaban más digeribles.

El primer ministro neerlandés permanece soltero, no tiene hijos y es miembro de la Iglesia Protestante de los Países Bajos. A pesar de sus responsabilidades gubernamentales, todos los meses destina algunas horas de su vida laboral a dar clases en la red de escuelas Johan de Witt de La Haya

(Cobertura informativa hasta 1/1/2017)

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