Charles Taylor

© UN Photo/Eskinder Debebe

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Actualización: 8 febrero 2016

Liberia

Presidente de la República (1997-2003)

  • Ghankay Charles MacArthur Dapkana Taylor
  • Mandato: 2 agosto 1997 - 11 agosto 2003
  • Nacimiento: Arthington, Monrovia, condado de Montserrado, 29 enero 1948
  • Partido político: Partido Patriótico Nacional (NPP)
  • Profesión: Funcionario del Estado
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Biografía

Durante años, las biografías le presentaron como el tercero de los 15 hijos de padres liberianos afincados en un suburbio de Monrovia; ella, una sirvienta doméstica de la tribu gola, una de las muchas de que consta la comunidad étnica indígena, y él, un maestro y magistrado de religión baptista y perteneciente al muy minoritario colectivo de los américo-liberianos, esto es, los descendientes de los antiguos esclavos convertidos en libertos por las sociedades abolicionistas de Estados Unidos y que en 1847 fundaron Liberia como la primera república negra de África, más de un siglo antes de que accedieran a la independencia las colonias europeas.

Más recientemente, se ha difundido una versión sobre el origen del padre de Taylor harto diferente, según la cual aquel nació, creció y trabajó de profesor en Trinidad y Tobago cuando este archipiélago caribeño era una colonia británica, antes de marchar a Liberia, donde fue encarcelado por motivos políticos. Tal es así que Taylor tendría en la actualidad familiares directos en dicho país americano.

Taylor, ni ha confirmado ni ha desmentido estas informaciones sobre su familia, y las reseñas biográficas sobre sus andanzas antes de darse a conocer como líder guerrillero en 1989 son parcas e imprecisas. Fuentes periodísticas le presentan como un estudiante contestatario de los regímenes dictatoriales de William Tubman y de su sucesor desde 1971, William Tolbert, últimos eslabones de la hegemonía política y económica detentada por la casta américo-liberiana asentada en la costa, única franja de desarrollo urbano, por lo demás precario, en un país sumido en el atraso y la miseria.

Bajo las jefaturas de Tubman y Tolbert, el centenario partido-Estado, el True Whig Party, se había abierto un poco, con nombramientos en la administración y el fomento de los matrimonios mixtos, al 95% de población indígena tradicionalmente encuadrada en 16 tribus y otros tantos homelands, marcando una suerte de precedente del apartheid o sistema de segregación racial de los negros establecido por los blancos en Sudáfrica.

A finales de los años setenta Taylor se encontraba en Massachusetts, Estados Unidos, donde pasó unos años trabajando en una planta gasificadora y en una fábrica de plásticos, así como estudiando Economía en el Bently College de Waltham. Activista político en la Unión de Asociaciones Liberianas, lugar de encuentro de las comunidades de exiliados liberianos de Estados Unidos, según consta en una biografía oficial facilitada por el Gobierno liberiano, en 1979 él y sus compañeros irrumpieron en la oficina de Liberia en la sede de Naciones Unidas en Nueva York y emplazaron al embajador a difundir una proclama sediciosa contra el régimen del presidente Tolbert.

Inesperadamente, a comienzos de 1980 Tolbert le invitó a regresar a Monrovia para encabezar una delegación estudiantil. Él así lo hizo, y el 12 de abril se encontraba en su país cuando Tubman y buena parte de las principales figuras de su administración cleptocrática fueron asesinados en un golpe de Estado perpetrado por suboficiales krahns, una de las etnias del interior selvático que desde la independencia habían rendido servidumbre a las elites américo-liberianas de la costa.

El cabecilla de esta sangrienta toma del poder que tuvo efectos de revolución social por el drástico trastrueque de amos y sojuzgados, Samuel Doe, un sargento mayor semianalfabeto de 28 años, tomó a Taylor a su servicio, le confió la Agencia de Recursos Generales, la intendencia de la administración del Estado, y además le nombró viceministro de Comercio, oficinas que le dieron acceso a todo tipo de recursos lucrativos. Pero en octubre de 1983 Taylor huyó inesperadamente a Estados Unidos y poco después de desaparecer, Doe le acusó de apropiarse ilegalmente de 900.000 dólares de los fondos públicos.

En 1984 las autoridades del país americano atendieron la demanda de extradición del Gobierno liberiano, arrestaron a Taylor en Sommerville, Massachusetts, y le internaron en un centro de alta seguridad del estado, la penitenciaría del condado de Plymouth. El caído en desgracia no aguardó a que se ejecutara la repatriación a Monrovia, donde le aguardaba un destino de lo más ominoso: en septiembre de 1985 se evadió -según algunas fuentes periodísticas, valiéndose de los métodos tradicionales de la sierra de barrotes, las sábanas anudadas y el soborno a los guardianes-, junto con otros reclusos; todos fueron aprehendidos excepto él, dando comienzo a un rocambolesco itinerario que le llevó hasta Ghana vía México, España y Francia.

Se ignora a ciencia cierta el paradero de Taylor en los siguientes cuatro años, pero parece altamente probable que estuvo una temporada en Libia, acogido a la protección de Muammar al-Gaddafi y recibiendo adiestramiento como guerrillero. El caso es que el 24 de diciembre de 1989 Taylor reapareció al frente de un comando de no más de 200 hombres que penetrando desde Côte d'Ivoire atacó el puesto fronterizo de Butuo, en el condado de Nimba. Lejos de protagonizar un choque esporádico con las tropas de Gobierno, la exigua tropa de Taylor, seguramente entrenada, como él mismo, en Libia, era una fuerza de invasión que tenía como objetivos capturar Monrovia y derrocar a Doe.

Esta incursión habría sido barrida por las fuerzas gubernamentales salidas a su encuentro de no distraerse éstas en una espiral de atrocidades contra civiles de las tribus gío y mano, víctimas periódicas de las purgas de Doe, cada vez más aferrado al sectarismo krahn. Ávidos de revancha, miles de gíos y manos se unieron al bando de Taylor, que se organizó como el Frente Nacional Patriótico de Liberia (NPFL) y presentó la traza de una guerrilla poderosa y peligrosa para un dictador brutal y completamente inepto, cada vez más desconectado de la realidad de su país.

En julio de 1990 el NPFL alcanzó Monrovia y puso bajo asedio el aeropuerto internacional. Parecía el preludio de una captura rápida de los centros neurálgicos del poder, malamente defendidos por las Fuerzas Armadas de Liberia (AFL), muy marcadas étnicamente por la política de favoritismo krahn de Doe. Pero en lugar de acometer la embestida final con disciplina militar, los hombres de Taylor se entregaron al pillaje sistemático de lo que encontraban a su paso, multiplicando los padecimientos de la población. Estas acciones criminales fueron toleradas por Taylor, que nunca invirtió mucho esfuerzo en mitigar la imagen de su rebelión armada como una ambición personal de enriquecimiento y de poder más allá de las consignas propagandísticas sobre la democratización y la regeneración nacionales.

Peor todavía, la contienda civil se transformó en una guerra de exterminio étnico en la que los gíos y manos de Taylor y los krahns y mandingas afectos a Doe se afanaron en la mutua eliminación. Las violencias adquirieron un componente especialmente arbitrario y aterrador con la irrupción de miles de jóvenes y niños provistos de armas automáticas. Reclutados sin recato por el NPFL, estos jóvenes vestidos como para una macabra kermés, portando fetiches y trofeos de sus víctimas con un trasfondo de magia y hechicería, fueron instigados por los hombres de Taylor a una especie de amok étnico mediante drogas estimulantes y con carta blanca para cometer todo tipo de desmanes.

La situación se tornó más caótica si cabe cuando un lugarteniente de Taylor, Prince Johnson, se declaró desafecto y formó su propia guerrilla, el Frente Nacional Patriótico Independiente de Liberia (INPFL), una escisión desprovista de cualquier significado ideológico y más bien relacionada con las ambiciones y envidias personales por el reparto del botín.

Fue Johnson, deseoso de publicidad, quien el 9 de septiembre de 1990 capturó y mando atormentar hasta la muerte a Doe, imprudentemente salido desde el palacio presidencial al encuentro de los 4.000 soldados del Ecomog, o Grupo de Monitorización de la Comunidad Económica de Estados de África Occidental (CEDEAO, o ECOWAS en su sigla inglesa), que habían desembarcado el 24 de agosto en misión de interposición. Se trataba de una decisión unilateral de la organización africana ante la incapacidad de los jefes militares liberianos para establecer una tregua.

Fueron, por tanto, la escisión de Johnson, la presencia de los pacificadores africanos y, fundamentalmente, la indisciplina y venalidad de sus fuerzas, las razones que privaron a Taylor de la victoria militar cuando la tenía al alcance de la mano. Pero el más poderoso de los señores de la guerra (warlords) liberianos, caudillo de 25.000 combatientes, no se resignó, y en los siete años siguientes iba a perseguir su objetivo, la Presidencia de la República, por todos los medios posibles, primero por la fuerza, luego mediante la negociación y finalmente con las urnas.

Siempre con el sostén, de difícil cuantificación pero sin duda importante, de los gobiernos de Libia, Côte d'Ivoire y Burkina Faso (los dos últimos países, presididos respectivamente por Félix Houphouët-Boigny y Blaise Compaoré, limitaron con su autoexclusión del dispositivo militar las posibilidades sobre el terreno del Ecomog, convertido en la práctica en una misión de países anglófonos, y apostaron, como los demás miembros francófonos de la CEDEAO, por una solución del conflicto por canales diplomáticos), Taylor alternó las acometidas militares contra el poderoso contingente nigeriano, médula del Ecomog, con las concesiones negociadoras, asegurándose un papel señero en el tortuoso proceso de paz y arrogándose el rol de interlocutor imprescindible con los mediadores internacionales.

Desde octubre de 1990, el NPFL combatió desventajosamente al Ecomog y sus aliados coyunturales del INPFL y las AFL -cuyos restos después de la muerte de Doe se habían reorganizado como una milicia autónoma más- y no pudo impedir el control de Monrovia por los nigerianos como antesala de la instalación, el 22 de noviembre, del Gobierno Interino de Unidad Nacional (IGNU) presidido por Amos Sawyer, una personalidad académica y política, dirigente del Partido Popular Liberiano (LPP), que se había destacado en la oposición a la dictadura de Doe, y cuya designación recayó en la CEDEAO. Hasta entonces, rigieron unos meses de caos en los que Taylor intentó dotarse de legitimidad institucional haciéndose llamar primero, ya desde el 27 de julio, "jefe del Gobierno Provisional", y a partir del 21 de octubre, "presidente de la República de la Gran Liberia".

Taylor instaló su cuartel general y la sede de su administración paralela denominada Gobierno y Asamblea de Reconstrucción Patriótica Nacional (NPRAG) en la ciudad de Gbarnga, en el condado norteño de Bong, que le permitía dominar una extensa área selvática y las rutas de aprovisionamiento con Sierra Leona, Guinea y Côte d'Ivoire. Dicho sea de paso, Johnson también se autoproclamó presidente tan pronto como se deshizo de Doe y su tropa se hizo fuerte en algunos barrios de Monrovia. De todas formas, el poder de esta facción fue declinando, y en octubre de 1992, finalmente, el INPFL se rindió al Ecomog y su jefe marchó al exilio.

El establecimiento manu militari por el Ecomog de una precaria autoridad en Monrovia con reconocimiento internacional aconsejó a Taylor a aceptar una tregua táctica, aunque siguió negándose a reconocer cualquier emanación institucional de las conferencias de paz organizadas por la CEDEAO. El 28 de noviembre de 1990 las partes firmaron en Bamako un cese de hostilidades y el 14 de febrero de 1991 acordaron en Lomé un documento más amplio que recogía los compromisos previos y estipulaba también el desarme de las milicias y la convocatoria de una nueva conferencia nacional. Ésta se inauguró en Monrovia el 15 de marzo, pero la no comparecencia de Taylor la condenó al fracaso. Otro acuerdo suscrito en Yamoussoukro, Côte d'Ivoire, en septiembre de 1991 para el desarme y el repliegue de las facciones, quedó en papel mojado igualmente.

El celo por consolidar y ampliar los territorios bajo su control, que llegaron a suponer las cuatro quintas partes de la extensión nacional, y sus gananciosos negocios de compraventa de armas y de productos naturales como el oro, los diamantes, el caucho y las maderas preciosas, los cuales le convirtieron, probablemente, en el hombre más rico del país, indujo a Taylor a lanzar en octubre de 1992 una ofensiva contra la costa que fue repelida por una fuerza combinada del Ecomog (reforzado en marzo de 1993 hasta los 15.000 hombres con contingentes de países francófonos), las AFL y el Movimiento Unido de Liberación por la Democracia en Liberia (ULIMO), facción organizada en Sierra Leona en junio de 1991 por antiguos partidarios de Doe.

Taylor justificó su arremetida para defenderse de las agresiones de la nueva guerrilla, que en agosto había arrebatado al NPFL el control de algunas minas de diamantes en el noroeste, y acusó a los pacificadores africanos de parcialidad y de operar como una facción más, imputación que, ciertamente, no carecía de fundamento. En el verano de 1993 las pérdidas del aeródromo de Robertsfield y el puerto de mar de Buchanan, más los efectos de los embargos de armas y de carburante impuestos por la ONU y la CEDEAO, acercaron de nuevo a Taylor a la mesa de negociaciones, de la que salió un acuerdo político en Ginebra, el 19 de julio, y otro militar de alto el fuego en Cotonou, Benín, el 25 de julio.

Como resultado, el 7 de marzo de 1994 se instalaron en Monrovia las primeras instituciones multipartitas: el Gobierno Nacional de Transición Liberiano (LNTG), encabezado por un Consejo de Estado de cinco miembros y con presidencia nominal del abogado David Kpomakpor, y la Asamblea Legislativa de Transición, de 35 integrantes. Las membresías de las dos instancias se repartieron más o menos equitativamente entre el NPFL, el ULIMO y el IGNU, este último como representante de la sociedad civil.

Se abrió entonces un extremadamente complicado proceso de reconciliación nacional cuya meta era la celebración de elecciones generales en septiembre de 1994 en un clima de paz y de seguridad. Ello pasaba por el desarme y la desmovilización de los 60.000 combatientes encuadrados en las distintas facciones y milicias, pero la dinámica inicua de divisiones internas y de desconfianzas mutuas imposibilitó el remate electoral durante tres años. Las actitudes hostiles o favorables a Taylor y su guerrilla gravitaron en la proliferación de partidos y disidencias armadas con un trasfondo étnico.

El mismo NPFL no escapó a esta dinámica, y en septiembre de 1994 se separó de él un Consejo Central Revolucionario (NPFL-CRC) acaudillado por mandos militares del NPRAG. A lo largo del año siguiente, Taylor condujo una serie de purgas internas de elementos considerados desleales, pero lo cierto fue que el NPFL siguió siendo con diferencia la milicia más fuerte de Liberia y también la menos sesgada tribalmente.

Los buenos oficios del presidente Jerry Rawlings de Ghana, segundo país proveedor de tropas al Ecomog, que facilitaron negociaciones secretas entre Taylor y el dictador militar nigeriano Sani Abacha, el cual, a diferencia de sus predecesores y sucesores, no le concitó animosidad, trajeron un acuerdo militar y político en Abuja el 19 de agosto de 1995 sobre un alto el fuego, efectivo el 26 de agosto, y un nuevo Consejo de Estado interino (LNTG II) de seis miembros, que fue inaugurado el 1 de septiembre. Presidido por otro representante neutral de la sociedad civil, el profesor Wilton Sankawulo, el LNTG II revistió la trascendencia de integrar en su seno a los cabezas de facción en persona, no a delegados de segunda fila.

Así, Taylor bajó de su bastión norteño a Monrovia para asumir una de las cuatro vicepresidencias militares del órgano, siendo las otras tres para Alhaji Kromah, líder de una de las facciones en que recientemente se había dividido el ULIMO, el ULIMO-K, Roosevelt Johnson, jefe del rival del anterior, el ULIMO-J, y George Boley, ex ministro krahn de Doe y jefe del Consejo de la Paz Liberiano (LPC), que, a pesar de su nombre, era otra milicia armada, acusada como las demás de cometer atrocidades contra la población civil. Una quinta vicepresidencia fue para Oscar Quiah, representando al organismo civil Conferencia Nacional de Liberia (LNC).

Las continuas violaciones del alto el fuego y los golpes de fuerza degeneraron en combates de gran magnitud en Monrovia el 6 de abril de 1996 entre el NPFL y el ULIMO-K (de base preferentemente mandinga y musulmana) por un lado, y el ULIMO-J (facción mayoritariamente krahn), las AFL y el LPC por el otro. Los choques estallaron cuando Johnson se revolvió contra los que le habían defenestrado dentro de su facción y contra el LNTG, que, por instigación de Taylor, le había suspendido en el Consejo de Estado para a continuación dictarle una orden de arresto en conexión con el asesinato de su sustituto al frente de la guerrilla.

Este último espasmo bélico produjo devastaciones en Monrovia y alrededor de 3.000 muertos, pero Taylor consiguió deshacerse de Johnson, que tras refugiarse en la embajada de Estados Unidos partió a Ghana. A finales de junio el Ecomog completó una operación de requisa de armas en Monrovia y a partir de ahí se recuperó un cierto clima de seguridad que permitió iniciar la cuenta atrás para las elecciones tantas veces pospuestas.

El 31 de julio de 1996, al cabo de una cumbre de la CEDEAO celebrada en Abuja, Taylor y los demás jefes de facción anunciaron su acatamiento del alto el fuego y la desmovilización de sus subordinados conforme a lo estipulado en 1995, y el 17 de agosto, por el segundo Acuerdo de Abuja (Abuja II), consensuaron un nuevo Consejo de Estado (LNTG III) presidido por la ex senadora Ruth Perry, que entró en funciones el 3 de septiembre. El cese de hostilidades de Abuja II se consideró el final de una guerra civil de seis años que había asolado Liberia, matado a entre 150.000 y 200.000 personas, y desplazado de sus hogares fuera y dentro del país a 800.000 personas más, sobre una población inferior a los tres millones.

En octubre Taylor fue objeto de un intento de asesinato que no fue reivindicado, aunque las sospechas recayeron sobre el ULIMO-J. Taylor, sin embargo, deseoso de obtener legitimidad y reconocimiento, no desató represalias, pues los acuerdos de Abuja establecían sanciones y hasta el procesamiento por crímenes de guerra a los cabezas de facción que incumplieran los compromisos, inhabilitándoles de paso para tomar parte en el proceso político que se iniciaba.

El plazo para la desmovilización de los combatientes expiró el 31 de enero de 1997 con éxito sólo parcial; a pesar de que miles de hombres seguían armados, las facciones se consideraron disueltas o transformadas en partidos políticos desde esa fecha. Un trabajoso proceso normativo y logístico para asegurar unos mínimos de orden y estabilidad conducido por el Ecomog y la Misión de Naciones Unidas, UNOMIL, permitió lo que para muchos era poco menos que un milagro, considerando la terrible anarquía que había señoreado el país hasta hacía bien poco.

Tras anunciar su candidatura presidencial, lo que le obligó, por prescripción de la Comisión Electoral, a darse de baja en el Consejo de Estado, Taylor fundó el Partido Patriótico Nacional (NPP), aseguró haber disuelto el brazo armado de su facción y puso en marcha una maquinaria propagandística a lo largo y ancho del país que costeó con su fortuna particular, fruto de las depredaciones de guerra y del tráfico de mercancías. El emporio de Taylor incluía varias estaciones de radio y televisión privadas, lógicamente puestas al servicio de su campaña electoral.

Mezclando con desparpajo populismo y cinismo, durante una campaña que no se libró de las crónicas violencias sectarias Taylor pidió públicamente disculpas por lo que le correspondía de la génesis y la prolongación de la guerra civil, repartió alimentos en las zonas azotadas por la violencia y enfatizó sus virtudes de líder fuerte y responsable, que era, según él, justo lo que la nación necesitaba en la etapa de reconstrucción y de reconciliación que ahora comenzaba.

Apelando al borrón y cuenta nueva, y, por tanto, a la inmadurez política de los liberianos, que sabrían disculpar un rosario de excesos que no habían sido sino la consecuencia de unas circunstancias extraordinarias, el aspirante presidencial osó acuñar unos eslóganes que en cualquier otro país habrían abocado a su protagonista al suicidio político. Así, se aventaron mensajes como "Él mató a mi mamá, mató a mi papá, pero voy a votarle de todas maneras", o "Mejor el diablo que conoces que el ángel que no conoces". De una manera casi explícita, Taylor venía a advertir que, o ganaba las elecciones, o habría guerra de nuevo.

Numerosos representantes de la sociedad civil liberiana y de la comunidad internacional coincidieron en destacar lo grotesco e inquietante de un Taylor, a todas luces un criminal de guerra en toda regla, revestido de legitimidad electoral y convertido en respetable presidente de la República. Pero el 19 de julio de 1997 el tenaz y habilidoso warlord en trance de convertirse en estadista demostró conocer mejor que nadie los temores y ansias de sus atormentado paisanos, dispuestos a votarle por convicciones como que retomaría las armas si era derrotado, o de que, una vez en el poder, destinaría parte de su fortuna privada al restablecimiento de los servicios mínimos. Esta psicología del paternalismo y el amedrentamiento a partes iguales dio unos frutos insospechados.

Con el 75,3% de los votos, Taylor arrasó a once contrincantes, de los que los más adelantados fueron: Ellen Johnson-Sirleaf, ex ministra de Finanzas y hasta ahora alta funcionaria de la ONU, que al frente del Partido de la Unidad (UP) le venía descalificando sin matices por su pasado violento; Kromah, jefe del Partido de la Coalición Pan-Liberiana (ALCOP); Boley, con su Partido Nacional Democrático de Liberia (NDPL); Cletus Wortorston, por la Alianza de Partidos Políticos (APP); el ex ministro de Exteriores Gabriel Bacchus Matthews, por el Partido Popular Unido (UPP); y, Togba-Nah Tipoteh, por el Partido Popular Liberiano (LPP). Taylor redondeó su triunfo en las legislativas al obtener el NPP 49 de los 64 escaños de la Cámara de Representantes y 21 de los 26 senadores.

Los observadores de los organismos internacionales, y especialmente los del Centro Carter, prefirieron no destacar los casos de intimidaciones constatados en los colegios electorales y alabaron los primeros comicios celebrados desde 1985 (si bien aquella edición fue convertida por Doe en una mascarada) como un éxito democrático de participación, el 80% del censo, y de transparencia. El 2 de agosto, recién cumplido el 150 aniversario de la independencia de Liberia, Taylor juró como presidente de la República con un mandato de seis años, culminando una ambición emprendida en 1989 por derroteros harto diferentes.

La principal preocupación de Taylor tras asumir la jefatura del Estado fue extender la autoridad gubernamental a todos los aspectos de la seguridad y asumir la plena soberanía, lo que pasaba por el efectivo sometimiento de los clanes aún armados y, sobre todo, por la retirada del Ecomog al considerar que tras la culminación de los acuerdos de paz su presencia en el país no tenía razón de ser. Este celo estimuló fuertes tensiones que comprometieron una paz civil siempre en la cuerda floja.

En un calco a menor escala de los sucesos de 1996, en septiembre de 1998 estalló una violenta refriega con el grupo de Roosevelt Johnson después de que Taylor le destituyera como ministro de Medio Ambiente en el Gobierno de coalición y le acusara de pergeñar una conspiración golpista. Con una orden de captura por el delito de alta traición sobre su cabeza, Johnson logró evadirse a Nigeria con la protección de la embajada de Estados Unidos, un gesto que fue considerado hostil por Taylor. Por otro lado, el forcejeo con la CEDEAO para la total evacuación del Ecomog se saldó en victoria para el presidente liberiano con la partida de los contingentes nigeriano y ghanés en enero de 1999.

Las suspicacias con Taylor del Gobierno de Estados Unidos, que tuvo un influjo fundamental sobre los regímenes de Tubman, Tolbert y Doe, y que ahora observaba con desagrado los inmejorables vínculos entre Liberia y Libia, se vieron inicialmente contrarrestadas por la impresionante red de amistades y valedores que el antiguo guerrillero tenía en el país americano, que presentaba aspectos de lobby.

Líderes religiosos baptistas y políticos de tendencia liberal tan influyentes como el reverendo Jesse Jackson (organizador de una Conferencia Nacional en 1998 en Virginia, a la que asistió Taylor y que fue boicoteada por asociaciones de la diáspora no américo-liberiana por considerarla un mero ejercicio de relaciones públicas) y el ex presidente Jimmy Carter menudearon desde 1997 sus encuentros con Taylor y sus visitas a Liberia para supervisar los progresos hechos en la construcción democrática, unas simpatías que se fundaban en un moralismo indulgente y en un sentimiento de responsabilidad por los trágicos avatares de la nación fundada por esclavos libertos de Estados Unidos.

Dicho sea de paso que Taylor se describía a sí mismo como un hombre profundamente religioso y temeroso de Dios, declaración de fe que, según comentaristas familiarizados con la cultura política liberiana, escondía creencias supersticiosas tan arraigadas en África Occidental como la numerología y la brujería. Susceptible a las críticas y codicioso de reconocimientos, tomó el título oficial de Dahkpannah o Jefe de jefes, alusivo al liderazgo simbólico sobre las 16 tribus indígenas de Liberia.

Ahora bien, en los años siguientes, el Gobierno de Taylor fue acumulado tantos balances negativos que le hizo desacreditarse muy pronto ante sus interlocutores exteriores y ante sus propios ciudadanos, hasta granjearse la condena y el aislamiento internacionales. Su actuación interior, según atestiguaban diplomáticos, empleados de organismos internacionales y de las ONG, siguió guiada por la mentalidad de señor de la guerra y sus lógicas del poder absoluto, el patrimonialismo y la rapiña de recursos naturales, incompatibles con una visión de Estado de Derecho.

Por ejemplo, se calcula que Taylor y su red de allegados llegaron a controlar el 90% de la economía liberiana a través de los monopolios del Estado y un uso discrecional de las licencias de exportación, los derechos de aduana y los ingresos por los fletes marítimos bajo el famoso pabellón de conveniencia liberiano. Sobre este último punto, produce estupefacción la paradoja de que Liberia, paradigma de país hundido, que aporta la diezmilésima parte del PIB mundial y que, hasta que dejó de ser hábil para la estadística (1993), ocupaba un lugar terminal en las tablas sobre desarrollo humano de la ONU, posee, debido a las matriculaciones de buques extranjeros, la segunda mayor flota marítima del mundo en términos de tonelaje, esto es, el 18,5% del total.

Bajo el régimen de Taylor no se definieron unas instituciones verdaderamente nacionales ni existió un proyecto de recuperación económica claro. El dirigente sí activó algunos procesos de reconstrucción política, como sendas comisiones de Derechos Humanos y de Reconciliación, además del mencionado Gobierno multipartito. De la ruina total de la economía prefirió culpar a la comunidad internacional, por no volcarse con sus ayudas e inversiones. Los programas de reconstrucción, agrícola, industrial y sanitaria y educativa, brillaban por su ausencia, aunque tres cuartas partes del presupuesto nacional se destinaban a las cuestiones de seguridad. Taylor tampoco demostró albergar la voluntad de dotar al país de unas Fuerzas Armadas despolitizadas y multiétnicas.

En el cambio de década, los informes de la ONG Amnistía Internacional pintaban un panorama muy sombrío de los Derechos Humanos en Liberia por los abundantes casos de asesinatos, desapariciones y ejecuciones extrajudiciales de activistas sociales, periodistas y políticos críticos con el poder, así como por la arbitrariedad y los abusos de las abundantes y omnipresentes fuerzas de seguridad, que en el escenario posbélico convirtieron a Monrovia en una de las capitales más inseguras del mundo, no faltando quien trazara comparaciones con el Puerto Príncipe, la capital de Haití, de la era de los Duvalier y su tenebrosa milicia de terrorismo político, los Tontons Macoute.

Una de las tropas paramilitares más temidas por sus exacciones, la Unidad Antiterrorista (ATU), estuvo comandada por Chuckie Taylor, el hijo tenido por el presidente (por lo demás, un preclaro defensor de la poligamia intertribal como remedio para la vertebración nacional) con una esposa anterior en Estados Unidos y que contaba con nacionalidad de ese país. La enrarecida atmósfera de Monrovia cubrió de brumas la muerte el 24 de junio de 2000 del vicepresidente de la República, Enoch Dogolea, antiguo lugarteniente en el NPFL, que según Taylor sólo se debió a causas naturales, pero que para algunos oposicionistas tuvo que ver con un envenenamiento o una paliza propinada por guardias presidenciales.

Pero fue la actuación exterior de Taylor lo que más airó a la comunidad internacional, en especial a Estados Unidos, el Reino Unido y los países anglófonos de la CEDEAO. El autócrata liberiano fue un sostén fundamental de la guerrilla de Sierra Leona Frente Unido Revolucionario (RUF, tristemente célebre por sus prácticas de mutilación de miembros de civiles indefensos) desde que en marzo de 1991 lanzara su rebelión contra el Gobierno de Freetown partiendo, precisamente, del taylorland del noroeste de Liberia. De hecho, el líder del RUF, Foday Sankoh, era un viejo camarada de Taylor, a quien, según parece, le conoció en los campos de entrenamiento libios para subversivos de todo el continente.

Desde 1997 a 2000 este patrocinio continuó cuando los hombres de Sankoh intentaron repetidamente desalojar del poder al presidente democráticamente elegido, Ahmad Tejan Kabbah, y se enfrentaron sucesivamente al Ecomog, a los cascos azules de la ONU y a una tropa expedicionaria británica. También, de marzo de 1998 a octubre de 1999, Taylor acogió en Monrovia al militar golpista Johnny Paul Koroma, que había derrocado a Kabbah en mayo de 1997 y había sido expulsado por el Ecomog diez meses después.

Las gestiones de Jesse Jackson, enviado especial de Bill Clinton para África, facilitaron la adopción en Conakry, Guinea, en noviembre de 1998 de un amplio acuerdo entre Taylor, Tejan Kabbah y el presidente del país anfitrión, Lansana Conté, que tenía como finalidad reducir las tensiones políticas en la región y reforzar la cooperación económica entre los tres países, que dentro de la CEDEAO componen un foro de consultas intergubernamental denominado Unión del Río Mano.

Pero las convulsiones internas en los tres estados echaron por tierra el espíritu de Conakry, y las recriminaciones mutuas volvieron por sus fueros: Tejan Kabbah y Conté acusaron a Taylor de desestabilizar sus países sosteniendo activamente al RUF y a la incipiente disidencia armada guineana, y exportando sus problemas humanitarios al otro lado de las fronteras, mientras que el presidente liberiano señaló a Conté por alentar una rebelión iniciada en fecha incierta en el condado de Lofa en el último tramo de 1999 y que escaló en violencia en noviembre de 2000.

La sensación compartida por varios gobiernos era que el régimen de Taylor, con su caótica gestión del retorno de los refugiados, su incapacidad para desligar las agitaciones domésticas de la subversión sierraleonesa, y su heterodoxa concepción del comercio transnacional de diamantes, estaba desestabilizando fatalmente toda esta área del África extremo-occidental, con inquietantes salpicaduras sobre las otrora tranquilas Guinea y Côte d'Ivoire.

Entre mayo y julio de 2000 Taylor evidenció su ascendiente sobre la guerrilla de Sankoh al conseguir que liberara a varios cascos azules secuestrados. Tal era así que la CEDEAO consideró oportuno investirle en un papel de mediador entre las partes enfrentadas en Sierra Leona. Pero precisamente por ello, el Gobierno de Estados Unidos, alarmado por un foco de desorden incompatible con sus intereses políticos y económicos en esta parte de África, promovió en la ONU un movimiento en contra del Gobierno liberiano que no tenía precedentes en el siglo y medio de existencia del país.

En diciembre de 2000 un panel de investigación de la ONU concluyó que el Gobierno de Taylor estaba contribuyendo a prolongar la guerra civil sierraleonesa al brindar entrenamiento en suelo liberiano a los combatientes del RUF y al suministrarles armas a cambio de diamantes expoliados en las áreas que controlaba la guerrilla, diamantes que por tanto carecían del certificado de origen del Gobierno sierraleonés. El negocio era de tal magnitud que los expertos estimaron que Liberia estaba colocando en el mercado internacional más diamantes extraídos del país vecino que los producidos por sus propias minas.

Taylor acusó a su vez a Washington y a Londres de orquestar un complot internacional contra su país y de exhibir un doble rasero por no comentar sus denuncias de injerencia de Guinea, y aunque reconoció tener unos vínculos históricos con Sankoh, negó categóricamente cualquier colaboración en sus asechanzas contra el Gobierno de Freetown. En febrero de 2001 el presidente anunció que todas las personas relacionadas con el RUF habían sido expulsadas de Liberia, pero no pudo remediar que el Consejo de Seguridad de la ONU hiciera suyo el informe del panel de expertos y tomara cartas en el asunto.

El 7 de marzo de 2001 el Consejo aprobó una resolución por la que imponía a Liberia un embargo reforzado de armas y un ultimátum de dos meses para que cortara todos sus vínculos con el RUF; considerada insatisfecha la exigencia, el 7 de mayo entró en vigor el segundo paquete de sanciones, que boicoteaba totalmente la exportación de diamantes liberianos, prohibía a Taylor y sus colaboradores desplazarse al extranjero y desautorizaba todo vuelo internacional de las líneas áreas liberianas.

Esta grave punición internacional del régimen de Taylor coincidió con la ruptura de relaciones diplomáticas con Guinea, a rebufo de una gravísima crisis de seguridad tanto por la avalancha de refugiados liberianos y sierraleoneses que huían de las convulsiones de sus respectivos países, como por los ataques de rebeldes guineanos presuntamente azuzados por Monrovia y el RUF.

Entretanto, la insurrección de Lofa se extendía. Los combates se generalizaron en el condado y amagaron con desbordarse en dirección a Monrovia. La opinión pública internacional empezó a saber que en Lofa operaba un enigmático movimiento guerrillero llamado Liberianos Unidos por la Reconciliación y la Democracia (LURD), con retaguardia en la jungla guineana y compuesto por antiguos combatientes de las diversas facciones armadas de los años noventa, fundamentalmente del ULIMO-K, cuyo nexo era la animadversión a Taylor. Trascendió la identidad de dos de sus jefes, Sékou Damate Conneh, mandinga y yerno de un hombre de confianza del presidente de Guinea, y Chayee Doe, hermano menor del difunto Samuel Doe.

Para noviembre de 2001, Liberia se había adentrado de nuevo en un escenario de guerra civil, si bien menos virulento (aún) y más simplificado que en el período 1990-1996. Las hostilidades continuaron a lo largo de 2002, con sucesivas tentativas de invasión de Monrovia por el LURD, calificado de "terrorista" por Taylor, que en alguna ocasión le llevaron hasta las mismas puertas de la ciudad, alternadas con ofensivas gubernamentales contra los bastiones norteños de la guerrilla, no produciéndose alteraciones sustanciales en el balance estratégico de la contienda, aunque sí un saldo creciente de víctimas mortales y de refugiados. En febrero de 2002, Taylor elevó una protesta por la "conspiración de silencio" de la comunidad internacional y exigió a las grandes potencias que se pronunciaran sobre los "horrores perpetrados contra el pueblo de Liberia" con el mismo vigor con que condenaban expresiones de violencia en otros países.

Unas conversaciones multipartitas celebradas los días 15 y 16 de marzo en la capital nigeriana de Abuja bajo la égida de la CEDEAO, a las que asistieron personajes de la talla de Sawyer, Perry, Johnson-Sirleaf y Kromah, y en las que se habló de convocar una Conferencia Nacional Liberiana de Paz y Reconciliación y de crear unas verdaderas Fuerzas Armadas nacionales, fracasaron en obtener una declaración de alto el fuego de los beligerantes, puesto que Taylor no mostró mucho interés en la iniciativa y el LURD ni siquiera envió delegados. Otro encuentro de similares características en Ouagadougou, Burkina Faso, en los primeros días de julio, sí contó con representantes del LURD, pero en esta ocasión el que practicó el boicot fue Taylor.

El estado de emergencia decretado el 8 de febrero de 2002 brindó a Taylor la excusa para achicar la ficción de democracia. Aduciendo que no eran "tiempos normales" para el país, el 26 de abril el Gobierno prohibió las reuniones públicas no autorizadas y tres días después, coincidiendo con el retorno a Monrovia de Johnson-Sirleaf para relanzar sus aspiraciones políticas, suspendió todas las actividades de los partidos en los 18 meses que restaban hasta la celebración de las elecciones generales. En estas circunstancias, el 26 de julio Taylor declaró abierta la Conferencia Nacional prevista en Abuja. El foro, con la asistencia de 270 delegados, celebró su primer plenario en el Centro de Conferencias de Virginia el 24 de agosto, pero sus deliberaciones tuvieron un efecto nulo en la ominosa marcha de los acontecimientos.

El 14 de septiembre Taylor levantó el estado de emergencia con la explicación de que la rebelión ya había sido "aplastada". Nada más lejos de la realidad: en las semanas y meses siguientes, el LURD redobló sus arremetidas y, además, hizo su aparición un segundo y nebuloso frente insurgente en áreas orientales lindantes con Côte d'Ivoire, país que, a su vez, se deslizó por la senda de su propia guerra civil, todo lo cual regó de violencias, inseguridad y caos mutuamente actuantes toda esta parte de África. El mandatario emplazó a la ONU a que, o bien le levantara el embargo de armas para poder librar una defensa más eficaz contra los rebeldes, o bien enviara una fuerza de interposición, y a la CEDEAO le urgió a que interviniera con un nuevo Ecomog, pero ambos llamamientos cayeron en saco roto.

En febrero de 2003 el LURD volvió a acercarse a Monrovia y los mediadores africanos, esta vez reunidos en Freetown, se esforzaron en vano para conseguir el cese de hostilidades, ya que el LURD pasó a poner como condición para un acuerdo de paz la previa dimisión de Taylor. El 1 de marzo el Ministerio de Defensa denunció una incursión de mercenarios desde Côte d'Ivoire y exigió explicaciones al Gobierno de Laurent Gbagbo sobre un hecho que le parecía "equivalente a una declaración de guerra".

Las autoridades de Yamoussoukro replicaron acusando una vez más a Taylor de estar detrás de sus poderosas rebeliones (Movimiento Popular Marfileño del Gran Oeste -MPIGO- y Movimiento por la Justicia y la Paz -MPJ-) asentadas en el norte y en las ricas áreas productoras de café y cacao del oeste, las cuales recientemente se habían plegado a un frágil acuerdo de paz y de reparto de poder.

Un suceso colateral se registró el 6 de mayo, el mismo día en que el Consejo de Seguridad de la ONU endureció las sanciones con la extensión del embargo a la importación de madera liberiana: la muerte en combate junto a la frontera marfileña de Sam Bockarie, alias Mosquito, antiguo comandante del RUF reclamado por el Tribunal Especial de la ONU para Sierra Leona para juzgarle por crímenes de guerra. Según el Gobierno liberiano, Bockarie, de tenebrosa reputación en su país, fue abatido cuando intentaba penetrar en Liberia desde Côte d'Ivoire al mando de un pelotón de milicianos del RUF y se resistió a ser prendido. Recientemente, Taylor había declarado que no creía que Bockarie y Koroma, ambos reclamados desde Freetown, estuvieran en Liberia, pero que si daba con ellos, los entregaría.

Toda vez que menudeaban las informaciones sobre la presencia de ambos prófugos en Liberia, donde estarían comandando unas unidades de combate al servicio de Taylor, los medios elucubraron sobre un asesinato planeado de Bockarie, quien estaba en condiciones de revelar datos incriminatorios de Taylor en torno a su participación en la guerra civil de Sierra Leona. Que otros muchos presidentes africanos estuvieran involucrados en el aliento de tensiones y guerras en el continente y ningún tribunal les acusara de nada, seguramente brindaba a Taylor un argumento a la hora de dar rienda suelta a su victimismo.

Sea como fuere, las preocupaciones tomaron un cariz verdaderamente serio para Taylor el 4 de junio con el anuncio por el Tribunal Especial de Sierra Leona, formado con fiscales y jueces internacionales y nacionales, de que le acusaba formalmente de "la mayor responsabilidad en los crímenes de guerra, crímenes contra la humanidad y serias violaciones de la ley humanitaria internacional" cometidos durante la guerra civil de ese país. Al acta de incriminación le acompañó una orden internacional de captura, así que Taylor podía darse por atrapado en Monrovia, cogido en la pinza de la justicia externa y la rebelión interna, aunque, por de pronto, pudo retornar sin problemas de Accra, Ghana.

El mismo 4 de junio Taylor acababa de llegar a Accra para tomar parte en la apertura de unas conversaciones de paz de la CEDEAO y, por primera vez, había hablado de la posibilidad de ceder poder, e incluso de abandonarlo enteramente. Con tono emocional y pose de mártir, declaró: "Estoy preparado para hacer cualquier cosa que sirva para traer la paz a mi pueblo y detener las atrocidades (...) Porque, vosotros, países poderosos, odiáis a Charles Taylor. Así que me sacrificaré, por amor a Liberia". Y ya si acentos religiosos, remató: "Si el presidente Taylor es visto como un problema, entonces me retiraré. Hago esto porque estoy cansando de ver a toda esta gente muriendo. Ya no puedo seguir asistiendo a este genocidio en Liberia". Ahora bien, en cuanto supo de la novedad cualitativa afectando a su situación personal, endureció su postura.

Más porfiado que nunca, Taylor se aprestó a detener el amenazador avance sobre Monrovia de los rebeldes, espoleados por la imputación del Tribunal de Sierra Leona, a la vez que repartió denuestos a sus múltiples enemigos internacionales: zanjó que "llamar criminal de guerra al presidente de Liberia" era algo que "Dios no iba a permitir", y que no habría paz a menos que se le levantara ese procedimiento penal; acusó, sin citar, a "diplomáticos occidentales" en Monrovia de inducir al golpe de Estado a miembros de su Gobierno aprovechando que él estaba en Ghana; y, echó en cara a los países de la CEDEAO que no se decidieran a enviar tropas de interposición.

El 17 de junio la CEDEAO arrancó en Accra lo que parecía ser la última oportunidad de alejar el baño de sangre en Liberia. Las partes aceptaron en principio iniciar con carácter inmediato el alto el fuego, el cual sería verificado por una misión de la CEDEAO con soporte logístico y financiero de Estados Unidos. A continuación, se desplegaría una Fuerza de Estabilización de 2.000 soldados a la que podrían unirse efectivos de la potencia americana y de otros países occidentales. Simultáneamente, tendrían lugar negociaciones políticas y en el plazo de un mes debería estar listo un acuerdo global de paz tras el cual se constituiría un gobierno de transición multipartito en el que Taylor ya no estaría presente. Como fecha tope de su estancia en el poder se estableció enero de 2004, que era cuando expiraba su mandato sexenal.

Taylor, resuelto a no perder por las buenas el único escudo que poseía, su condición de presidente en ejercicio, frente al tribunal penal de Freetown, no tardó mucho en desmentir aquel extremo. El 20 de junio aseguró que no iba a dimitir e, incluso, que estaba dispuesto a presentarse a las elecciones que tocaba celebrar este año y a servir un nuevo mandato, ya que "la vasta mayoría de nuestro pueblo protesta porque yo tenga que irme sin su aprobación". La reacción del LURD fue retirarse de las conversaciones de Accra e intensificar la batalla en el extrarradio de Monrovia, en particular por la posesión del puerto.

Desde finales de mes, los combates fueron ininterrumpidos en Monrovia, al ritmo de las ofensivas del LURD y las contraofensivas de los tayloristas, y los muertos civiles empezaron a contarse por centenares. El presidente de Estados Unidos, George W. Bush, reclamó sin tapujos a Taylor que abandonara el poder pero esquivó las peticiones internacionales y de los bandos liberianos para que su país adoptara un rol activo en la crisis, y, llegado el caso, a semejanza de lo hecho por los británicos en Sierra Leona y los franceses en Côte d'Ivoire y, apenas unos días atrás, en Congo-Kinshasa, desembarcara tropas como vanguardia de una fuerza internacional que el secretario general de la ONU, Kofi Annan, solicitó con urgencia al Consejo de Seguridad.

A principios de julio se atisbó una salida para el angustioso drama de Liberia cuando el presidente nigeriano, Olusegun Obansajo, en una visita relámpago a Monrovia, ofreció personalmente a Taylor un exilio seguro en su país con la promesa de que no sería entregado a Sierra Leona, máxime cuando Nigeria no tenía legislación que permitiera ese tipo de extradiciones.

El ex guerrillero respondió con posibilismo que estaba listo para marcharse siempre que le dieran las debidas garantías personales de seguridad e inmunidad, y si antes se desplegaba en Monrovia una fuerza internacional de interposición encabezada por Estados Unidos, como prólogo necesario de una transferencia ordenada del mando al vicepresidente, Moses Blah. Luego Taylor seguía resistiéndose a la precondición de Washington, que era su partida, a la par que un alto en fuego en firme, para el despliegue de sus tropas.

El 28 de julio se cumplía el noveno día de lo que parecía ser la batalla decisiva por el control de Monrovia cuando saltó la noticia de que una reciente escisión del LURD, el Movimiento por la Democracia en Liberia (MODEL), había capturado Buchanan, segunda ciudad del país y estratégico puerto de mar. Considerada una subversión menos poderosa, pero más disciplinada y eficaz que el LURD, y con apoyos en Côte d'Ivoire, el MODEL tenía como jefe a Thomas Yaya Nimely , un psicólogo de etnia krahn residente en Estados Unidos y con nacionalidad de ese país.

Confrontado a una situación insostenible, Taylor terminó por arrojar la toalla. El 31 de julio los presidentes de la CEDEAO reunidos en Accra aprobaron enviar una fuerza de interposición, la Misión de la CEDEAO en Liberia (ECOMIL), de 3.250 soldados aportados por Nigeria, Ghana, Malí y Senegal, y con una vanguardia de 1.500 efectivos del primer país citado. Los nigerianos empezarían a desplegarse en tres días, tras lo cual Taylor resignaría y abandonaría el país.

El 1 de agosto el Consejo de Seguridad de la ONU autorizó el despliegue de una Fuerza Multinacional en Liberia, de la que la ECOMIL era integrante, para respaldar la aplicación del acuerdo de alto el fuego del 17 de junio y como antesala de una fuerza de estabilización y de mantenimiento de la paz propiamente de la ONU que asumiría el control a más tardar el 1 de octubre. Cosa insólita en los mandatos del Consejo de Seguridad, el texto recogía la necesidad de que Taylor, cuyo nombre se citaba expresamente, acatara los acuerdos de Accra y dejara el poder.

Agobiado por las presiones de la ONU, Bush y sus colegas africanos, el 2 de agosto Taylor prometió que dimitiría el día 11 del mes en curso. El 4 fueron aerotransportados a Monrovia los primeros soldados de la ECOMIL apoyados por la fuerza anfibia de la Armada estadounidense, con 2.300 marines a bordo listos para desembarcar en apoyo de los nigerianos. Taylor envió finalmente su carta de dimisión al Parlamento el 7 de agosto y ésta fue efectiva el día 11 con la asunción de Blah, que como vicepresidente había sufrido el mes anterior un arresto de 10 días bajo la acusación de conspirar con la embajada estadounidense para derrocar al jefe del Estado. Persona de bajo perfil político, de Blah se esperaba que dirigiera el país con carácter interino hasta la designación en los próximos días de un presidente neutral, quien sería el encargado de pilotar el período de transición de dos años, elecciones inclusive.

En el acto de traspaso de poderes a Blah y antes de subirse al avión que iba a conducirle al exilio en Nigeria, concretamente en un complejo de viviendas especialmente acondicionado para él, su esposa Jewel, sus dos hijas y miembros de su séquito en la ciudad de Calabar, en un entorno selvático del estado de Cross River (luego, convenientemente alejado de los lugares de asilo de Roosevelt y Prince Johnson), Taylor dijo aceptar el papel de "cordero sacrificial" y de "chivo expiatorio", y se despidió con una advertencia a los presidentes africanos asistentes a la ceremonia, entre ellos el sudafricano Thabo Mbeki, el ghanés John Kufuor y el mozambiqueño Joaquim Chissano: "Cuidado, hoy es Taylor, pero mañana pueden ser ustedes", en alusión a la "interferencia exterior" que tan decisiva había resultado en este desenlace de derrota.

Dirigiéndose ahora al pueblo, Taylor aseguró que lo amaba "desde el fondo de su corazón" y le deseó la protección de Dios antes de terminar con un desafiante "volveré", lo que se interpretó como un aviso de que no renunciaba a ejercer un ascendiente sobre la política nacional.

(Cobertura informativa hasta 3/9/2003)