Las elecciones catalanas y la situación de la izquierda en Europa

Fecha de publicación:
12/2010
Autor:
Joan Subirats, Catedrático de Ciencia Política de la UAB
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Joan Subirats,
Catedrático de Ciencia Política de la UAB

13 de diciembre 2010 / Opinión CIDOB, n.º 93

Las elecciones celebradas en Cataluña el pasado 28 de noviembre se han saldado con un fuerte retroceso de las distintas fuerzas políticas de la izquierda. Las tres fuerzas políticas que acabaron con la hegemonía de Convergència i Unió (CiU) en el 2003, han visto ahora, siete años después, como perdían en su conjunto medio millón de votos y más de veinte diputados. CiU, la coalición nacionalista, regresará al gobierno, mientras el partido Popular aumenta asimismo votos y representación parlamentaria. Se confirma pues, también en Cataluña, el significativo giro de la ciudadanía europea hacia posiciones políticas más conservadoras, con retroceso general de las opciones socialdemócratas o de izquierda.

Las grandes transformaciones económicas, tecnológicas y sociales de los últimos tiempos, así como las sombras que proyectan sobre el mantenimiento del bienestar conseguido en Europa occidental en la segunda mitad del siglo XX, parece que empujan a crecientes sectores de la ciudadanía hacia posiciones que apuntan a políticas más restrictivas en relación a la inmigración, hacia la universalidad de las prestaciones sociales o que demandan más mano dura para infractores y trasgresores del orden. En momentos como los actuales, y ante la sensación de amenaza que muchos ciudadanos pueden tener en relación a la sostenibilidad de prestaciones sociales de todo tipo, se puede empezar con la heterofobia, acusando a “otros” de lo que nos viene sucediendo, y acabar con posiciones de racismo que no tengan de hecho base racial. Ha sucedido con los “otros” clásicos (los gitanos), se ha ido siguiendo con los nuevos “otros” (islamofobia), y al final puede ampliarse el rechazo hacia esos “tantos” que abusan de los derechos adquiridos y ponen en peligro el poco trabajo y el poco o mucho bienestar del que “nosotros” ahora disponemos. Es evidente que la Europa actual se ha edificado sobre innumerables conflictos de religión, y ello había hecho de la libertad religiosa algo insoslayable. Pero, el miedo al radicalismo de aquellos que no han hecho aún los deberes de secularización de sus pautas de conducta pública y política, ha generado una exacerbación de las diferencias, y ha incluso convertido a la religión en la divisoria cultural y en el límite de la incorporación a la plena ciudadanía. Señalo estos temas, ya que en Cataluña, como en otras partes de Europa, estos han sido algunos de los fantasmas agitados en la campaña electoral por parte de los partidos conservadores.

Por otro lado, el fuerte impacto de los resultados electorales sobre el sistema político catalán está aún por digerir. En la izquierda, la derrota ha impactado sobre todo a los socialistas del PSC y a los independentistas de ERC. El debate mezcla hasta ahora nombres e ideas. Más nombres de personas que ideas de renovación. En el PSC, su debate conecta con la renovación de la socialdemocracia en toda Europa. Como sabemos, la socialdemocracia surge como fuerza hegemónica en la Europa de la segunda posguerra mundial, al ser capaz de combinar, con acierto, aceptación de la economía de mercado con un énfasis redistribuidor que se plasma en las políticas sociales de universalización de una base de bienestar común. El problema es que las bases estructurales en que se asentaba esa combinación están hoy profundamente en cuestión. No disponemos ni de una estructura de clases estable, ni de una economía fundamentada en un mercado nacional, ni de la capacidad de asegurar el futuro de las políticas de bienestar para una población crecientemente vulnerable y laboralmente precarizada. Tras tantos años de gestión del capitalismo de rostro humano, en el momento en que el sistema económico tiende a naturalizarse y quiere desprenderse de los costes de la redistribución, puede ser que la socialdemocracia haya pasado de ser parte de la solución a convertirse en parte del problema.

Una persona tan poco susceptible de ser calificada de radical como Michael Walzer, afirmaba hace poco en la revista “Dissent” que el problema de la socialdemocracia en el mundo occidental es que su posición no puede ser calificada ya ni de revolucionaria ni de reformista, y que se está convirtiendo en simplemente convencional. Según Walzer, ¿qué caracteriza a la socialdemocracia? Una combinación de democracia, de regulación de la economía de mercado y un conjunto de políticas de bienestar. En los tres aspectos, la socialdemocracia no logra dar con nuevos enfoques a los nuevos problemas planteados. Predomina una democracia de baja intensidad, se tiende a gestionar de la mejor manera posible la deriva financiera del capitalismo, y tras la aceptación acrítica del New Public Management y sus lógicas eficientistas, no parece haber capacidad para rearticular pactos sociales por la defensa de una renovada visión de la inclusión social. Walzer afirma que si se quiere seguir luchando por el componente básico de la izquierda: la equidad, debe recuperarse la política, la insurgencia.

La acumulación de interrogantes que tiene planteada hoy la izquierda europea es significativa. ¿De qué se habla cuando nos referimos a crecimiento? ¿Sigue siendo el horizonte de progreso la construcción de más infraestructuras, más coches, más ocupación abusiva del suelo y el derroche de recursos? ¿Son los inmigrantes o los pobres que no se esfuerzan los que ponen en peligro las políticas de bienestar? ¿Ha de avanzarse hacia la nueva sociedad del conocimiento sobre la base de mantener los privilegios de los de siempre? ¿Con quién ha de establecer alianzas la nueva izquierda? ¿Cuáles son los agentes de cambio y de transformación en el siglo XXI? Immanuel Wallerstein ha dicho recientemente que la socialdemocracia ha dejado de ser un movimiento político para convertirse en una expresión cultural. Suena a epitafio, pero lo cierto es que la fuerza social y política de la socialdemocracia europea es aún muy significativa, y es por tanto imaginable que existan esfuerzos combinados para buscar nuevas propuestas a viejos y nuevos problemas. En Cataluña parecen estar en ello.