Euroescepticismo: tres en uno

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Euroescepticismo: tres en uno

Notes internacionals CIDOB, núm. 118

Dídac Gutiérrez-Peris, investigador asociado en la UCL (Institute of Education) y postgrado en Política y Gobierno de la UE. Director de estudios europeos en el Instituto Viavoice en París. 

Este mes de mayo marca justo un año desde la celebración de las últimas elecciones europeas. Una legislatura que empezó con el auge de partidos abiertamente anti-europeos como el Front National y el UKIP (United Kingdom Independence Party, Partido de la Independencia del Reino Unido), ambos los más votados en dos de los estados miembros que tienen mayor representación en la Eurocámara, Francia y el Reino Unido. Su éxito hizo repuntar el interés sobre qué significa en el contexto actual el ‘discurso euroescéptico’ y cómo clasificar las diferentes variantes que influencian las actitudes públicas respecto al proceso de integración. Shore y Finaldi explican que la pregunta que se ha vuelto hoy en día capital es la de entender con mayor precisión cómo se forma el apoyo ciudadano hacia la Unión, ya que ésta última utiliza dicho apoyo para justificar su propia existencia. Mientras otros proyectos políticos pueden apoyarse en argumentos de corte más esencialista, como la invocación de colectivos nacionales o estructuras estatales, la Unión Europea se nutre de dos fuentes de legitimidad sujetas a vaivenes: por un lado, la necesaria adhesión mayoritaria al principio de unidad transnacional y, por el otro, la capacidad de seguir demostrando que la política a escala europea se traduce en resultados eficaces y rentables (la output legitimacy).

En este contexto, el debate académico ha ofrecido los últimos años dos grandes respuestas a dicha desconexión: por un lado, invocar una mayor politización de la esfera europea y, por otro, buscar un subdemos a escala continental. Ambas hipótesis se complementan bien con nuevas y sugerentes aproximaciones que plantean la cuestión en términos de una superposición de distintos ejes. Como si estudiar el respaldo de los ciudadanos a la UE fuera más el producto de una suma o ecuación, y no tanto la falta de algo en concreto.

Primero, el eje respecto a la cuestión de la potestad política. ¿Una entidad continental tiene suficiente legitimidad hoy en día para declararse depositaria de una parte de la soberanía política? Básicamente, este eje evalúa el nivel de apoyo de la opinión pública al dilema que presentó Jacques Delors al afirmar que ir hacia Europa era ‘recuperar’ la soberanía política que los estados miembros han ido perdiendo progresivamente en un contexto de globalización. En este marco, el debate pasa por investigar si el principio de unidad europea es percibido como un instrumento eficaz para defender los intereses de las sociedades actuales o si, por el contrario, otras círculos geográficos (local, regional, autonómico o nacional) son percibidos como más adecuados y legítimos para llevar a cabo la tarea.

Segundo, la cuestión del posicionamiento de los ciudadanos respecto al papel que deberían jugar las instituciones representativas a escala continental. Estas expectativas conciernen no sólo el comportamiento cotidiano o circunstancial de dichas instituciones -como su coste financiero o sus límites comunicativos (la percepción, por ejemplo, de costes y salarios exagerados)-, sino más concretamente, el rol que dichas instituciones deberían tener entre ellas. Y aquí el dilema se presenta más bien a modo de confrontación entre un modelo más colegial e intergubernamental -el que existe hoy en día bajo el liderazgo de la Comisión y el Consejo Europeo- y uno donde un Parlamento transnacional –como el que empieza a dibujarse hoy- ejerce sin ambigüedades el poder legislativo, tratando cuestiones como el empleo, la sanidad o la inmigración como desafíos transnacionales.

Por último, la cuestión del euroescepticismo también puede definirse en función de las propuestas actuales políticas e ideológicas que existen hoy en día en Europa. En este caso la cuestión es qué nivel de fractura existe entre, por un lado, unas élites representativas y la línea ideológica que dicen defender y, por otro, las expectativas de la sociedad y la línea ideológica que dicen exigir.

El ‘discurso eurocrítico’, -si se adopta el modelo de los tres ejes propuesto-, se presta pues a una evaluación múltiple. No hay un solo discurso eurocrítico, sino varios dependiendo del eje analizado. Y no todos expresan el mismo valor ‘crítico’, calificativo que se presta con facilidad al juicio de valor. La hipótesis radica a mí entender en presentar el(los) discurso(s) eurocrítico(s) como la tendencia de la opinión pública a moverse, al mismo tiempo, hacia los extremos de los tres dilemas presentados: menos aceptación a europeizar la soberanía política, mayores niveles de desaprobación hacia las instituciones (tanto en su organización como en los equilibrios de poder entre el Consejo, la Comisión y el Parlamento) y una fuerte discordancia ideológica entre la agenda defendida en las esferas de decisión europeas y las expectativas de la sociedad, en particular en el período actual de crisis económica. 

Datos recientes

A través la organización de focus groups en Bélgica, Francia y Reino Unido, los últimos trabajos de Virginie Val Ingelgom arrojan nuevas perspectivas sobre las percepciones ciudadanas respecto a estos ejes. Los resultados ofrecen algunas pistas como, por ejemplo la hipótesis de que a la hora de hacer balance, los encuestados se muestran preocupados en primer lugar por la “pequeñez de los estados”, un argumento que validaría en gran parte la visión de uno de los padres del europeísmo como Jacques Delors.

El mercado común aparece como la segunda razón esgrimida para seguir avanzando en la integración europea, aunque el estudio refleja una preocupación creciente frente a las disparidades en materia de beneficios sociales, salarios y mercado laboral. Finalmente, las posibilidades asociadas a la libre circulación (como la utilización del euro y la posibilidad de viajar sin controles fronterizos) son evaluadas de forma positiva, muy por delante la percepción negativa de dicho fenómeno. Tres resultados pues que permiten de entrada relativizar el discurso pesimista sobre el nivel de apego al principio de unidad europea.

El reciente eurobarómetro especial sobre las ‘Promesas de la UE’ va en la misma línea, aunque coincide en señalar que la otra cara de la moneda es la imagen de las instituciones europeas, estructuras tildadas de “opacas, distantes, ineficaces, inadaptadas, paralizadas por los egoísmos nacionales y obsesionadas por la regulación legislativa” (Malherbe, 2015).

Esta crítica a lo institucional se traduce en la práctica con una subida y normalización de partidos políticos abiertamente críticos con el funcionamiento de la Unión. El Front National ganó por primera vez unos comicios en 2014, con 24,85% de los votos y 24 eurodiputados, una subida del 330% respecto a los resultados de 2009 cuando el partido obtuvo 3 eurodiputados con el respaldo de poco más del 6% de los votantes. En Inglaterra, el UKIP, liderado por Nigel Farage, consiguió casi unos resultados idénticos: 26,6% de los votos y 24 eurodiputados, multiplicando de esta forma por dos sus resultados anteriores.

El elemento que hace que estos números sean diferentes no son tanto los porcentajes (de por sí récord), si no una diferencia apreciativa en ambos casos. En el caso francés, el FN está consiguiendo llevar a cabo una estrategia de normalización del partido y su ideario, optando por un discurso más anti-elitista y anti-europeo, y con vocación gubernamental. Uno de los reportajes que mejor ilustran este cambio fue el que publicó el diario Le Figaro a finales de 2013, con varios ejemplos de la captación estratégica que está llevando a cabo Marine Le Pen en el mundo académico, el mundo de la comunicación y los sindicatos. La subida de la ultraderecha eurocrítica siempre es ampliamente comentada en los medios de comunicación, favoreciendo una cierta sobreexposición. Durante los meses anteriores a los comicios de 2014, el Financial Times anunció un ‘Tea Party’ en la Eurocámara, The Guardian vaticinó el posible bloqueo legislativo a raíz de los resultados, y el entonces primer ministro italiano, Enrico Letta, invitaba a los demócratas a plantarle cara a la extrema derecha, un mensaje similar al de ‘presentar batalla’ que propusieron algunos analistas en España.

Si en 2009 un total de doce estados habían enviado al Parlamento Europeo eurodiputados anti-europeos, en 2014 hasta quince países eligieron representantes de fuerzas marcadamente nacionalistas y anti-europeas. Cinco nuevos partidos de esta índole (utilizando la clasificación del think tank inglés Counterpoint) tienen representación en esta octava legislatura: la AfD (Alternativa para Alemania), el NPD (Partido Nacionaldemócrata de Alemania), Aurora Dorada, los Demócratas Suecos y el polaco KNP (Congreso de la Nueva Derecha); por tres de extrema derecha que salieron del Parlamento, el BNP (Partido Nacional Británico), Greater Romania, y Attack). Un dato relevante que se tuvo poco en cuenta es que del total de 34 partidos nuevos que, en los comicios de 2014, entraron en el Parlamento Europeo, solo cinco de ellos son de extrema derecha eurocrítica. ¿Cuánto tiempo los medios de comunicación dedicaron a los 29 nuevos partidos restantes?

 

Evolución de la extrema derecha anti-europea en la 8ª legislatura del Parlamento Europeo

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* Indica los partidos que han sido elegidos por primera vez en 2014

 

El desafío de la apropiación

En el contexto académico actual el acento está en evaluar las consecuencias del euroescepticismo, lo que provoca que las razones algo más complejas, que van más allá de la mera crítica institucional, pasan a un segundo plano. En particular, dos factores cruciales son obviados: el de la apropiación sociológica –por retomar uno de los argumentos que esgrimió Habermas recientemente- y el de la indiferencia.

En el resumen del seminario que se celebró el 10 de octubre para presentar las conclusiones de la encuesta paneuropea entre Notre Europe y el CIDOB, ‘The EU looks ahead’, la cuestión de la desconfianza hacia la UE se presentó como un desafío ‘top-down’. Es decir, algo que las instituciones han de esforzarse en resolver. Este enfoque, en sintonía con la visión de la integración europea como un proyecto ilustrado y civilizador, ha promovido una curiosa ‘des-responsabilización’ de la ciudadanía respecto al proyecto de integración. Los déficits democráticos o informativos siempre son analizados como la responsabilidad (y el deber) de las instituciones, de forma casi exclusiva, mientras la ciudadanía y los agentes sociales son presentados a menudo como víctimas colaterales de un proyecto exclusivo.

En este sentido, uno de los elementos reveladores de la encuesta de Notre Europe es el apartado en el que 8 ciudadanos de cada país formulan sus ideas más urgentes para mejorar la comunicación sobre Europa. Curiosamente de las seis recomendaciones que planteaba el focus group en España, cuatro ya están implementadas en la actualidad. Los ciudadanos le ponen la segunda mejor nota (un 8,7/10) a la idea de tener un punto de información público y gratuito para hacer todo tipo de consultas sobre la UE. Una demanda que ya ha sido atendida a través la red de Europe Direct. Otra sugerencia bien valorada -la de un ‘canal de televisión 24 horas sobre Europa’- también ha sido respondida por el exitoso canal de noticias ‘Euronews’ en el que el erario europeo ya se gasta actualmente 6,5 millones de euros anuales. En la misma línea, destaca la demanda de disponer de canales de televisión ‘interculturales’. De nuevo esta sugerencia ya está parcialmente puesta en marcha con el canal franco-alemán ARTE (público también) que retransmite en varias lenguas desde 1988. Y por último, la demanda de establecer encuestas a nivel europeo está satisfecha desde los años setenta con la publicación de los Eurobarómetro en más de 20 lenguas.

Surge pues cierta contradicción entre la capacidad de promover nuevos canales de socialización ‘europeos’ y el desinterés por parte de los representantes y de la sociedad para apropiarse de ellos. Lo que se pide, a menudo, ya existe. Al mismo tiempo, la encuesta también apunta hacia tres demandas muy claras, transversales y transnacionales de toda la ciudadanía europea, para incrementar la eficacia de la estrategia comunicativa e institucional en las instituciones europeas.

La primera es la cuestión de la proximidad y accesibilidad. La iniciativa más valorada tanto por los encuestados españoles como por el resto de los encuestados en los otros 18 países europeos, con un 8,8/10, es la posibilidad de ‘ver’ físicamente a los profesionales que dan vida a la Unión: funcionarios, eurodiputados, comisarios, etc. ¿Deberían exigirse a los eurodiputados que dediquen una parte de su tiempo a discutir y hablar con sus conciudadanos, tal como es tradición en Inglaterra con las llamadas oficinas de proximidad? La exvicepresidenta de la Comisión, Viviane Reding, pareció apostar por ello a largo del 2013 y 2014, al movilizar a miles de ciudadanos en todas las capitales de Europa con sus llamados ‘diálogos ciudadanos’. Un modelo inspirado de los ‘town-hall meetings’ en Estados Unidos, con cada comisario europeo respondiendo directamente a preguntas de la ciudadanía.

La segunda demanda es la cuestión de la regularidad. Los encuestados coinciden en que consultar a los ciudadanos de forma regular es la clave para hacerles partícipes de la política europea. En otras palabras, asegurar la regularidad como palanca para la credibilidad, mantener la interacción con los ciudadanos como un continuum, y reflexionar sobre cómo dotar la comunicación institucional para que sea un proceso sostenido. Es decir, percibir, en términos concretos, qué resultados produce la implicación y la mera participación de cada uno.

La última demanda reclama una utilización más interactiva de las redes digitales y de las páginas webs institucionales. En ese sentido, la evolución de la web del Parlamento Europeo ofrece pistas. En 2010, la Eurocámara apostó de forma pionera por el acceso y la rendición de cuentas. Se modificó el diseño de la página, se crearon sinergias con VoteWatch (la web donde se contabilizan todos los votos de los eurodiputados). Se apostó por un equipo que no solo canalizara información sino que la digiriera y jerarquizara. Se dejó atrás la visión de la información neutra y aséptica, dos pequeños mantras bien anclados en el mundo de la comunicación pública institucional.

Al problema de la apropiación se añade la dificultad de reinventar el concepto de ‘identidad’. Un proyecto de integración política como el europeo que se basa poco o nada en argumentos históricos presupone que la ciudadanía adhiere a una definición de identidad muy cosmopolita y constructivista, sin a priori. Una identidad que idealmente se amolda, siendo intrínsecamente fluida, permeable al cambio y multidimensional. Algo poco habitual en el modelo rígido de ‘Estado-nación’ europeo. La filósofa Yasemin Soysal (2002, p.56) lo expresaba bien al afirmar que Europa es borrosa, sin unicidad ni continuidad histórica. “Europa no puede permitirse desarrollar sus particularismos discriminatorios y sus marcas de ‘autenticidad’ porque deriva su legitimidad de una visión de futuro que proyecta, y de una serie de valores universales”.

En este sentido, el debate sobre la ‘identidad’ europea es relevante para el futuro del discurso eurocrítico porque permite identificar uno de los desafíos para los próximos años. Sin un proceso de socialización transnacional a largo plazo, la apropiación del proyecto europeo será todavía más difícil. Es probable que la digestión del cambio de paradigma que presupone el proyecto europeo solo pueda ser llevada a cabo con el tiempo y dependa en gran parte de las experiencias sociológicas que tengan las futuras generaciones.

En esa misma línea, uno de los filósofos estudiosos del nacionalismo, el inglés Will Kymlicka, explica que cualquier democracia representativa se caracteriza por una ciudadanía con cuatro virtudes: a) el espíritu público, entendido como la habilidad de evaluar la actuación de los que ocupan un cargo electo; b) el sentido de la justicia, entendido como la capacidad de discernir y respetar los derechos de los demás, y de moderar sus propias demandas en función de ello; c) el civismo y la tolerancia; y d) un sentimiento común de solidaridad y lealtad. El estudio de la actitud pública hacia la Unión Europea pasa también por un examen objetivo de estas cuatro virtudes. ¿Cuán extendidas están en los 28 estados miembro?

En un contexto así, mi hipótesis es que dos conceptos estarán cada vez más presentes en el debate académico y político sobre dicha cuestión. Por un lado, la educación por la ciudadanía europea: a nivel de primaria y secundaria, diferentes países implementan algún tipo de educación por la ciudadanía. La Unión Europea no ha conseguido implementar unas líneas comunes en esos programas, por lo que cada Estado aplica y promueve aquella educación ‘cívica’ que más le interesa, dependiendo de los programas escolares aprobados o del contexto social, histórico, territorial y económico de cada país.

Por el otro, lo que autores como António Nóvoa han identificado como la creciente‘dimensión europea’ en la educación: un concepto que no requiere necesariamente un curso aparte. Hablar de dimensión europea en la educación supone reflexionar sobre programas curriculares que pretendan desarrollar ciertas aptitudes sociales y cívicas, en particular los programas de educación multilingües, el aprendizaje de similitudes y diferencias culturales entre naciones europeas en una variedad de campos: costumbres, arte, valores, etc., y la ‘europeización’ de los cursos de Historia y Geografía.

Los datos más recientes sobre la actitud pública respecto a la Unión Europea ofrecen una hipótesis curiosa: si bien la evaluación de las opiniones desde los años cincuenta validan la existencia de un ‘consenso permisivo’ hasta los años noventa, no se puede decir lo mismo del argumento que pretende que Europa atraviesa un período de ‘disensión eurocrítica’. Trabajos como los de Virginie Van Ingelgom (2012) demuestran cómo el auténtico cambio de paradigma desde Maastricht es una fuerte subida de la indiferencia y de la indecisión hacia Europa. Los ciudadanos que se dicen ‘indiferentes’ e ‘indecisos’ aumentan a un ritmo mayor y más sostenido que los ‘eurocríticos’.

Una indiferencia que de forma sintomática parece tener una penetración cada vez mayor en aquellos países que por su adhesión reciente tienen una aproximación algo más utilitarista y menos idealista del proyecto de integración. 

 

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Fuente: Parlamento Europeo Elaboración del autor.

En conclusión, la visión ‘triple’ del discurso eurocrítico, presentada aquí, subraya dos problemas infravalorados hoy en día en esta cuestión: la casi ausencia de políticas públicas para promover canales de socialización y apropiación del proyecto europeo por parte de la ciudadanía, y el interrogante del papel de la indiferencia de forma global en esta cuestión. En definitiva, un panorama que, más allá del auge de partidos antieuropeos, presenta una situación en la que la percepción de las instituciones se erosiona a marchas forzadas, mientras escasean las políticas de promoción de un proyecto político que por su especificidad depende del apoyo social para justificar su propia existencia.

 

Referencias bibliográficas:

Kymlicka, Will. Politics in the Vernacular: Nationalism, Multiculturalism, and Citizenship. Oxford: Oxford University Press, 2001.

Soysal, Yasemin. “Locating European Identity in Education”. En: Nóvoa, A. y Lawn, M. (eds) (2002) Fabricating Europe. The formation of an Education Space. Netherlands: Kluwer Academic Publishers, (2002), pp. 55-69.

Van Ingelgom, Virginie. “Mesurer l'indifférence. Intégration européenne et attitudes des citoyens”, Sociologie, 2012/1 (Vol. 3).

Dídac Gutiérrez-Peris, investigador asociado en la UCL (Institute of Education) y postgrado en Política y Gobierno de la UE. Director de estudios europeos en el Instituto Viavoice en París.

Fecha de publicación: 05/2015

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