El Egipto post Mubarak

El día 25 de febrero empezaron las movilizaciones populares en Egipto que, en poco más de tres semanas, consiguieron forzar la dimisión de Hosni Mubarak. Unos días antes, el Presidente tunecino, Zine el Abidine Ben Ali, había huido al exilio ante las protestas que sacudieron su país desde la inmolación de Mohamed Bouazizi. Mubarak no quiso tomar el camino del exilio y él, que había gobernando el país desde 1981, hizo todo lo posible por mantenerse en su cargo y el 10 de febrero se dirigió a la nación en un discurso cuya única concesión era la cesión de parte de sus responsabilidades al vicepresidente, Omar Suleiman. Ante la intensificación de las protestas y las presiones de la comunidad internacional, el 11 de febrero, solo un día después de la alocución presidencial, el propio Suleiman pronunciaba ante las cámaras un breve comunicado en el que anunciaba la dimisión de Mubarak.

Las movilizaciones de enero y febrero de 2011 fueron la culminación de una década de protestas. En 2004 surgió el movimiento Kifaya, que significa ‘basta’ en árabe, un movimiento con reivindicaciones políticas (impedir un nuevo mandato de Mubarak, fin del estado de excepción, etc.) pero sin voluntad de erigirse como fuerza política. Este grupo protagonizó concentraciones pacíficas y empleó nuevos mecanismos de movilización política que encontraron eco en una nueva generación de comunicadores que utilizaban las nuevas tecnologías de la comunicación y en especial los blog (y las redes sociales). En paralelo, las protestas de tipo social y laboral también experimentaron un crecimiento exponencial desde 2006. Desde esa fecha hasta 2010, se contabilizaron 3.000 huelgas. Los años 2008 y 2009 fueron años especialmente intensos, especialmente a raíz de las protestas en la ciudad industrial de Mahalla al Kubra el 6 de abril de 2008. El malestar por una posible sucesión presidencial en el seno familiar y por los resultados de unas elecciones legislativas de 2010 que reducían a la mínima expresión la pluralidad política, agravaron el descontento político. Los movimientos políticos y sociales eran duramente reprimidos por las fuerzas policiales, en ocasiones con víctimas. Una de ellas fue Khaled Saïd, un joven de Alejandría torturado hasta la muerte y que se convirtió en uno de los iconos de las protestas de 2011.

Con la dimisión de Hosni Mubarak, el país entró en una delicada fase de transición política. El Consejo Supremo de las Fuerzas Armadas (SCAF en sus siglas inglesas), con el Mariscal Tantawi a la cabeza asumió el mando de la situación. La constitución fue suspendida, se creó un gobierno transitorio encabezado por Ahmed Shafik, uno de los candidatos a la presidencia en las elecciones de 2012. El 19 de mayo se celebró un referéndum para modificar la constitución. Los Hermanos Musulmanes, así como el SCAF, defendieron el voto afirmativo y este consiguió un 77% de los sufragios. Fue la primera vez que los egipcios acudían a las urnas tras la caída de Mubarak, luego vendrían las elecciones legislativas que se prologaron entre el 28 de noviembre de 2011 y el 11 de enero de 2012, al producirse en varias fases y al renovarse ambas cámaras. Los resultados, otorgaron una clara victoria al Partido de la Libertad y la Justicia, vinculado a los Hermanos Musulmanes, y la revelación fue el altísimo número de votos cosechado por los partidos salafistas, y especialmente por Al-Nour. El resto de fuerzas: nacionalistas, laicos, socialistas, liberales y representantes del antiguo régimen se situaban a mucha distancia de los dos primeros. En el debate político ha tenido un peso especial la posible redacción de una nueva constitución. La composición de la comisión encargada de proponer un nuevo texto, así como la posibilidad de adoptar previamente unos principios supra-constitucionales, generaron una alta controversia, no sólo en los despachos sino también en las calles. La transición política también ha tenido nombres propios, como el de Mohamed el-Baredei, que decidió no presentarse a las elecciones, el de Essam Sharaf, Primer Ministro durante el gobierno de transición, un político que estuvo presente en las concentraciones de Tahrir y que presentó su dimisión al SCAF en noviembre de 2011 y, especialmente, el de los principales candidatos (link a sección de candidatos) a las elecciones presidenciales, Amr Moussa, Ahmed Shafik, Abdelmoneim Abul Futuh y Mohamed Morsi.

La reorganización el mapa político egipcio ha ido acompañada de numerosas protestas populares. El poder del Consejo Superior de las Fuerzas Armadas, con su clara voluntad de tutelar la transición y mantener su poder económico y privilegios sociales, ha continuado movilizando a grupos de oposición que consideran que se ha secuestrado la revolución. Aunque se estén depurando responsabilidades en el entorno más cercano a Mubarak y a su hijo, Gamal Mubarak, los líderes del movimiento revolucionario argumentan que no se ha roto con el antiguo régimen. La detención y los juicios militares contra activistas civiles, una práctica a la que sólo recientemente se ha puesto límites, ha sido uno de los ejemplos de que no se producido la ruptura. Así pues, Egipto ha vivido desde abril de 2011 y hasta la actualidad, numerosísimas protestas, cuyo epicentro ha continuado siendo la Plaza Tahrir pero que también se han reproducido en otras ciudades como Alejandría, Suez o Ismailia. La represión de las fuerzas de seguridad, con escándalos como los tests de virginidad o las imágenes de la tristemente célebre “chica del sujetador azul”, humillada y golpeada por las fuerzas policiales, dio la vuelta al mundo. El pulso entre el SCAF y los opositores se trasladó a la escena internacional, con polémicas como la detención de miembros de ONG norteamericanas o la condena de Naciones Unidas y de los propios EEUU por el nivel de violencia ejercido contra los manifestantes.

La justicia social ha sido uno de los elementos movilizadores de las protestas de 2011. Pasada la euforia revolucionaria, el día a día en Egipto ha estado muy marcado por el estancamiento económico, especialmente por el mal momento que está atravesando el sector turístico. Junto con su transición política, Egipto se enfrenta a una transición económica difícil con temas espinosos como el peso de los subsidios, la lucha contra la pobreza, las políticas de competencia y el papel de las Fuerzas Armadas en el sector económico.

En todo este proceso, el clima de violencia no ha favorecido ni la actividad económica ni la evolución política. Entre los episodios más controvertidos cabe destacar el ataque por parte de grupos violentos de la embajada israelí en setiembre de 2011, los choques comunitarios en Asuán, seguidos por enfrentamientos entre coptos y fuerzas de seguridad en el barrio cairota de Maspero en octubre de 2011, la violencia desatada en los estadios de fútbol entre seguidores y fuerzas de seguridad o, ya en 2012, la violencia que rodeó el anuncio de que el candidato salafista, Hazam Salah Abu Ismail, no podía presentarse a las elecciones porque su madre presuntamente había obtenido la nacionalidad norteamericana. La conflictividad y las protestas han sido la tónica dominante en el Egipto post-Mubarak, es probable que sigan vivas en plena campaña presidencial y que continúen tras las elecciones.

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