Opinión CIDOB nº 616

Una reclusión planetaria para contener el coronavirus: la resiliencia en tiempos de crisis

Fecha de publicación:
03/2020
Autor:
Pol Bargués, investigador, CIDOB
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El 11 de marzo, la Organización Mundial de la Salud declaró el COVID-19 como una pandemia global. El brote se originó en Wuhan, China, en diciembre de 2019, y desde entonces ha afectado a más de 150 países y ha causado más de 11.000 muertes en todo el mundo. La respuesta ha sido un acto planetario de confinamiento. Una demanda general de restricción individual. Pero, precisamente porque este gesto planetario parece la estrategia más ética para salvar las vidas de las personas más vulnerables, es importante pensar en qué nos estamos convirtiendo como sociedad cuando ralentizamos la vida y nos retiramos de los espacios comunes. Celebramos gestos individuales de autocontrol para parecer que somos resilientes a la crisis. Una detrás de otra.

En Europa, prácticamente todos los estados han implementado medidas de distanciamiento social, tanto si gobiernan partidos de izquierda como de derecha. Primero, se cancelan los eventos multitudinarios, se prohíben las reuniones en grupo y se aprueba el teletrabajo. Después, las personas deben limitar el contacto físico con los demás. Cierran colegios, universidades, restaurantes y comercios. Todo menos los hospitales, que se colapsan, y los supermercados, que son acaparados por compradores en estado de pánico. Las autoridades piden que todo el mundo se quede en casa, y solo se puede salir excepcionalmente para ir al médico o a la farmacia, para pasear a las mascotas o para comprar comida. Finalmente, en algunos países, se despliega la policía e incluso el ejército, para velar por el confinamiento. 

La reclusión planetaria es necesaria porque podríamos transmitir el coronavirus a otras personas, incluso sin tener síntomas (se calcula que el período de incubación, es decir, el tiempo que transcurre entre que nos infectamos y desarrollamos síntomas, es de 2 a 14 días). El objetivo del confinamiento es ‘aplanar la curva’ de la pandemia. Una curva alta implica que el virus se está extendiendo deprisa y el sistema sanitario se desborda y, como consecuencia, algunas personas no pueden recibir el tratamiento médico que necesitan. Así pues, se intenta aplanar la curva –mantener bajo el índice de nuevos casos– y así los hospitales tienen más tiempo y recursos para ofrecer un mejor tratamiento a los pacientes. Esta estrategia para ralentizar la propagación del virus evita tomar decisiones trágicas a los hospitales (entre quién recibe la atención adecuada y quién no) y sirve para proteger a las personas más vulnerables.

La estrategia actual de contención no pretende parar la transmisión del coronavirus, sino desacelerarla. El virus se continuará propagando, aunque su viaje será más lento y, como consecuencia, bajará el índice de fatalidad. Esta estrategia es similar a la de otras acciones para paliar crisis contemporáneas, que igualmente pretenden promover la resiliencia de comunidades y sociedades. En la época actual –que algunos llaman capitalismo tardío, otros el Antropoceno– las respuestas planetarias consisten en adaptarse o mitigar las crisis, en lugar de terminar con ellas.

Por ejemplo, los conflictos parecen cada vez más complejos, difusos, y los intentos para frenarlos generan efectos colaterales donde aparecen nuevos episodios de violencia. De esta manera, para Naciones Unidas y otras organizaciones como la Unión Europea, el objetivo no es poner fin a los conflictos, sino ayudar a sostener la paz. Los procesos de paz siempre son frágiles, inciertos y nunca lineales, y se requieren acciones continuadas, durante largos períodos de tiempo para cultivar la paz. La misma lógica se aplica a aproximaciones que buscan mitigar los efectos del calentamiento global. En el Antropoceno, los desastres naturales son devastadores, las soluciones siempre llegan tarde. Como máximo, podemos aspirar a minimizar sus efectos, a través de la experimentación y el aprendizaje constante. Pero ya no podemos recuperar el Holoceno, el período de estabilidad del clima en el que hemos vivido durante los últimos 12.000 años. En resumen, para abordar los conflictos, los desastres o las pandemias actuales, la resiliencia –que promueve la adaptación constante a las crisis– se ha convertido en el modelo de gobernanza principal.

El hilo conductor que parece unir estas respuestas es que en todas ellas se considera que el problema es el ser humano, ya sea porque alienta la guerra, provoca el calentamiento global, o propaga el virus. Y todos estos problemas inducidos por el colectivo de seres humanos se desarrollan y transmiten de manera inconsciente. El culpable del calentamiento global no es esta empresa o aquel dirigente, sino la era industrial. Solo fuimos conscientes de que la degradación medioambiental era un problema global cuando los científicos descubrieron el agujero en la capa de ozono en las regiones polares de la Tierra. Únicamente supimos del coronavirus cuando ya no pudo ser contenido en el lugar de origen: un gesto tan ingenuo y común como un apretón de manos o un beso en Wuhan ha desencadenado la declaración del estado de emergencia en Italia, el estado de alarma en España, y ha llevado a la Unión Europea a cerrar las fronteras. La lógica de las crisis, que se transmiten subterráneamente y de forma inconsciente, hace que la resiliencia y el autocontrol aparezcan como las únicas respuestas viables. Porque la resiliencia permite adaptarse a la incertidumbre y obliga a los seres humanos a actuar con cautela y humildad.

Las personas aprenden, y la ética del confinamiento se expande tan rápidamente como el virus. Es significativo que la reclusión planetaria para frenar el coronavirus haya sido implementada casi por todo el mundo, con una disciplina calvinista. En Europa, las autoridades ordenan el confinamiento y medios de comunicación, comentaristas, personas informadas, y las que no lo están, piden que nos aislemos socialmente. Todo el mundo da lecciones disciplinarias sobre cómo implementar las medidas de higiene (lavarnos las manos con frecuencia, utilizar guantes durante la compra o cubrirnos la boca y la nariz con el brazo cuando tosemos o estornudamos). Al mismo tiempo, todo el mundo demoniza cualquier encuentro, cualquier salida, cualquier gesto que parezca no cumplir con el confinamiento (sin importar las precauciones que se tomen), como un acto irresponsable y egoísta. Si se hacen fuera de casa, actos de cultura, placer, amistad y amor se consideran superfluos, insolidarios, y se condenan.

Aun así, precisamente porque el aislamiento planetario parece la estrategia más ética para salvar las vidas de los más vulnerables, y genera un consenso prácticamente global, es importante pensar: ¿por qué la resiliencia y el confinamiento son las únicas respuestas? ¿En quién nos estamos convirtiendo cuando nos retiramos del espacio público? Históricamente, los desastres naturales y las crisis humanitarias servían para unir a las comunidades y despertaban un espíritu de aventura, rebelión y confianza en el potencial humano. En el siglo XXI, las estrategias de resiliencia a las crisis desconfían de las personas y piden restricciones sociales y fortaleza psicológica e individual. A pesar de la tarea heroica de los sanitarios, de que las personas aplaudamos desde casa, la solidaridad de hoy se reduce a gestos individuales de autocontrol para ayudar a contener la crisis hasta que estalle la próxima.

Cabe recordar que este retiro planetario también es muy diferente a las lecciones que aprendieron las personas de África occidental durante el brote de ébola de 2014. “La respuesta al ébola no consistió únicamente en evitar el contagio o recibir tratamiento; sino que fue un asunto social más amplio sobre cómo vivir durante la crisis de una manera digna y significativa”, escribe Jonah Lipton. Los africanos aplicaron restricciones de movimiento draconianas, pero evitaron el pánico generalizado. Intentaron vivir (y morir) la crisis con dignidad. Hoy, un clima de pánico en torno a las cuestiones de supervivencia nos está privando de pensar cómo queremos vivir durante y después del estallido de coronavirus. El pensador Giorgio Agamben lo ha expresado así: “nuestra sociedad ya no cree en la vida, tan solo en la vida desnuda”. Y ¿qué es la vida cuando solo podemos sobrevivir?

En Barcelona, la ciudad desde la que escribo, la orilla del mar es un desierto, los amigos ya no pueden reunirse para hablar de la crisis ni hacer crítica social, y los corredores no pueden subir a la colina de la Rovira para contemplar el horizonte de una ciudad atormentada. ¡Si tan solo pudiéramos enterrarnos y vivir en el inframundo!

Palabras clave: coronavirus, resiliencia, crisis, confinamiento, ética

E-ISSN: 2013-4428
D.L.: B-8439-2012

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