Túnez tras las elecciones presidenciales: tres logros, dos incertidumbres y tres retos

Túnez tras las elecciones presidenciales: tres logros, dos incertidumbres y tres retos

Fecha de publicación:
11/2014
Autor:
Iván Martín, investigador sénior, CIDOB
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Iván Martín

Investigador sénior, CIDOB

26 noviembre 2014 / Opinión CIDOB, n.º 281 / E-ISSN 2014-0843

Las elecciones presidenciales tunecinas celebradas el pasado 23 de noviembre han confirmado las grandes orientaciones políticas que emergieron de las elecciones legislativas del 26 de octubre y, sean cuales sean los resultados de la segunda vuelta del 28 de diciembre, permiten hacer un primer balance de la transición tunecina a casi cuatro años de la Revolución de enero de 2011. La presidencia la disputarán el candidato de Nida Tunis y antiguo ministro de Habib Bourguiba, Béji Caïd Essebsi, que reúne a una coalición variopinta que incluye a muchos políticos asociados al antiguo régimen de Ben Ali, que ha conseguido el 39,46% de los votos, y el presidente saliente Moncef Marzouki, antiguo opositor a Ben Ali manifiestamente apoyado por el partido islamista Ennahda, que se le acerca mucho con el 33,43% de los votos. El candidato de izquierdas del Frente Popular, Hamma Hammami, sólo ha conseguido reunir el 7,82% de los votos, y otros dos candidatos apenas superan el 5%.

Tras este primer ciclo electoral plenamente democrático, es posible hacer un balance preliminar de la transición tunecina, la única que ha conseguido transformar la ola revolucionaria de 2011 en los países árabes en un proceso de transición a la democracia frágil, con sobresaltos, pero inequívoco. Aunque perviven algunas incertidumbres importantes y es necesario afrontar una serie de retos fundamentales, podemos hacer un primer inventario de logros que pueden considerarse consolidados:

- Ante todo, la Constitución aprobada por la Asamblea Constituyente en febrero de 2014, por un amplio consenso (200 de los 217 diputados) tras un otoño y un invierno políticos muy tensos tras el asesinato del diputado constituyente progresista Mohamed Brahmi en julio de 2013. La nueva constitución tunecina es la más moderna del mundo árabe. La primera en consagrar la libertad no sólo de culto, sino también religiosa, establecer la igual de hombres y mujeres (incluida la paridad en las listas electorales; en la nueva Asamblea hay un 31% de mujeres) y establecer un sistema político descentralizado y parlamentario (es decir, sin concentrar todo el poder ejecutivo en un presidente).

- A principios de 2015 habrá un gobierno plenamente legitimado políticamente como resultado del proceso revolucionario primero y de transición después. En el caso, bastante probable, de que Caïd Essebsi se imponga en la segunda vuelta de las elecciones del 28 de diciembre, la inestabilidad anunciada por muchos analistas como consecuencia, por un lado, de un régimen parlamentario con representación proporcional y por consiguiente proclive a la fragmentación política y, por otro, de una presidencia sin demasiados poderes no se producirá durante esta legislatura. Nida Tunis dispondrá prácticamente de todos los resortes del poder: 86 de los 217 diputados con diversas opciones para formar la mayoría necesaria de 109 diputados, y probablemente también la Presidencia de la República. Además, contra todo pronóstico habrá un bloque mayoritario laico claro en el Parlamento.

- Los análisis según los cuales la victoria de Nida Tunis supone el regreso del antiguo régimen son excesivamente simplistas. Es cierto que determinados sectores del antiguo partido de gobierno (Asamblea Constitucional Democrática, RCD) bajo Ben Ali se han reciclado, pero ello debe computarse en el activo de la transición y no en su pasivo. El partido de Essebsi ha sabido integrarlos en la medida en que representan también a una parte de la población que además se siente muy decepcionada ante lo que percibe como una situación de inseguridad y un retroceso económico, y ello sin cuestionar su compromiso con el nuevo tiempo político. De hecho, lo primero que hizo Essebsi tras ganar las elecciones legislativas fue anunciar que formaría gobierno con los partidos laicos e izquierdistas opositores al antiguo régimen y reconocer su contribución a la transición, aunque posteriormente haya mantenido mucha mayor ambigüedad sobre su estrategia de formación de coaliciones de gobierno. Si algo parece irreversible tras el proceso revolucionario tunecino son las conquistas de la libertad de expresión y una tolerancia cero con la corrupción que justamente caracterizaba al antiguo régimen; estos anticuerpos hacen inimaginable una restauración del anterior régimen político-económico.

Entre las incertidumbres políticas, cabe destacar dos:

- ¿Cómo se va a posicionar Ennahda en el nuevo tiempo político? Tras la decisión estratégica de no presentar candidato propio a las elecciones presidenciales, seguramente motivado por unas expectativas electorales muy distintas a las que reflejan los resultados de las elecciones legislativas, con 69 diputados y apenas el 27,79% de los votos, pueden quedar como principal partido de oposición durante los próximos cinco años, tras haber gobernado el país entre 2011 y 2013 como resultado de las primeras elecciones democráticas. Ennahda, que cedió el poder a un gobierno técnico a principios de este año para facilitar la transición, ha reclamado participar en un gobierno de concentración nacional.

- ¿Cómo se va a renovar la clase política? La participación ha sido casi igual en las elecciones presidenciales (64%) que en las legislativas (68%), pero ambas cifras se computan sobre los electores registrados (5,23 millones sobre los 8,2 millones de ciudadanos en edad de votar). Sobre la totalidad de los votantes potenciales apenas llega al 40%. Los jóvenes, en particular, se han mantenido masivamente alejados de las urnas. Y las elecciones se han dirimido entre dos candidatos de 88 y de 69 años de edad, con otro de 62 como tercero en liza, en un país donde el 65% de la población tiene menos de 30 años.

En cuanto a los retos a afrontar, destacan tres:

- El terrorismo. Desde hace dos años, los ataques terroristas se suceden, sobre todo en la zona del monte Chaambi, cerca de la frontera con Argelia; sólo en lo que va de 2014 ya han causado la muerte de 43 militares y policías (además de una quincena de presuntos terroristas). La opinión pública tunecina es presa de una gran ansiedad ante el fenómeno del terrorismo y teme ser víctima de la inseguridad de sus vecinos, en especial Libia y Argelia, pero también objetivo de los movimientos jihadistas internacionales que pueden ver en el éxito de la experiencia democrática tunecina, inédita en un país árabe hasta ahora, una amenaza para su proyecto islamista global.

- La economía. El desempleo sigue siendo la lacra que gangrena no sólo el tejido social y las perspectivas vitales de toda una generación (con un 31% de desempleo de licenciados, más de tres cuartas partes de las mujeres en edad de trabajar están sin empleo y hay un 18% de jóvenes entre 19 y 25 años que ni estudian ni trabajan, según una encuesta oficial que seguramente subestima el fenómeno). Sin embargo, la ideología neoliberal de Nida Tunis, aunque puede atraer a inversores y grupos empresariales, no parece la más acorde para hacer frente a esos desafíos, que requerirán una decidida política de Estado en materia de inversiones y política social en particular. A corto plazo sería imperativo un acuerdo nacional como el que fraguó el llamado Cuarteto formado por el antiguo sindicato único UGTT, la patronal UTICA, la Liga Tunecina de Derechos Humanos y el Colegio de Abogados, para desbloquear la situación política a finales de 2013 y conseguir el acuerdo constitucional. El apoyo que pueda recibir el país del exterior (la Unión Europea, los países del Consejo de Cooperación del Golfo o las instituciones financieras internacionales) se configura necesariamente como una variable clave de este proceso, sobre todo en la medida en que pueda lubricar la consecución de dicho acuerdo nacional.

- El desarrollo regional. El atraso de las regiones del interior fue uno de los detonantes de la revolución en 2011, y a pesar de la prioridad que se les ha dado en los presupuestos del Estado desde 2012 (de hecho, entre 2011 y 2013 el Ministerio de Planificación se denominó “y de Desarrollo Regional”), estructuralmente nada ha cambiado hasta ahora. Las elecciones locales de 2015 deberían abrir el juego político y dinamizar el desarrollo local, pero no existe hasta ahora un plan de desarrollo regional claro a escala nacional.