¿Salvará el Estado Islámico a Bashar al-Asad?

¿Salvará el Estado Islámico a Bashar al-Asad?

Fecha de publicación:
09/2014
Autor:
Héctor Sánchez Margalef, asistente de investigación y Eduard Soler i Lecha, coordinador de investigación, CIDOB
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Héctor Sánchez Margalef, asistente de investigación y

Eduard Soler i Lecha, coordinador de investigación, CIDOB

10 de septiembre de 2014 / Opinión CIDOB, nº. 257

Así lo espera el propio Bashar al-Asad. El Estado Islámico (EI), antes Estado Islámico de Irak y el Levante (ISIL), está contribuyendo con su brutalidad a que al-Asad se presente, dentro y fuera de Siria, como un mal menor y un colaborador necesario para contenerles. No obstante, sin la brutalidad empleada por el régimen de Damasco desde marzo de 2011, el EI no habría reclutado tantos combatientes (sobre todo fuera de Siria e Irak) ni abierto tantos y tan generosos canales de financiación. La amenaza que supone la expansión del yihadismo del EI está dando ahora oxígeno a al-Asad aunque el precio a pagar sea ahogar a toda la región.

Refuerza el discurso oficial del régimen. Desde el inicio del conflicto, Bashar al-Asad ha calificado a toda la oposición de terroristas, poniendo en el mismo saco al muy debilitado Ejército Libre Sirio (ELS) y a las diferentes milicias islamistas. Que el enemigo mejor armado y con mayor control del territorio sea un grupo como el EI, -al que incluso al-Qaeda considera como excesivamente radical y violento- facilita que el discurso anti-terrorista vaya calando dentro y fuera del país. Que en sus filas estén combatiendo jóvenes radicalizados de más de ochenta nacionalidades, ayuda a Damasco a agitar el miedo en cancillerías, ministerios del interior y servicios de inteligencia, especialmente en Europa, Oriente Medio y el Norte de África.

Contribuye a la percepción del conflicto en Siria como un enfrentamiento sectario de dimensión regional. Puesto que la mayoría de la población siria es sunní y que el régimen en Damasco se auto-califica como laico, al-Asad no puede presentar las acciones de su gobierno y de las fuerzas de seguridad como una lucha contra los sunníes, pero sí que insiste en que la oposición, mezclando al EI con grupos que no comparten su ideario y sus métodos, busca imponer un poder sunní sobre las minorías. La estrategia del miedo busca garantizarse la fidelidad (y en el peor de los casos la neutralidad o desmovilización) de las minorías en Siria pero también apoyos regionales en Irán e Irak, países de mayoría chií y de Hezbollah, el brazo armado de los chiíes libaneses. Uno de los riesgos que corre al-Asad es que precisamente sus aliados entiendan que él es parte del problema y que su permanencia sólo da alas al EI. Este puede ser su verdadero talón de Aquiles. Sobre todo si Arabia Saudí e Irán, que han empleado Siria como un espacio de confrontación regional, uniesen fuerzas para frenar a un enemigo común. La duda es si Rusia seguiría apoyando en solitario a al-Asad. Con todo, todavía no hay indicios de que ni en Teherán (y aún menos en Moscú) se esté haciendo este tipo de razonamiento. Al-Asad juega también con el temor de muchos líderes políticos y creadores de opinión en Europa y América por la suerte de los cristianos de Oriente, y si bien es difícil que ello se traduzca en un apoyo explícito a su régimen, aumenta las vacilaciones y divisiones sobre qué hacer en Siria.

Es más, Damasco ha contribuido al crecimiento del EI de tres maneras. La primera, con liberaciones de presos, como la que se hizo ya en mayo de 2011 en la prisión militar de Sadnaya, aprovechadas por algunos de ellos para engrosar las filas del Estado Islámico. La segunda, centrando sus acciones contra otros grupos rebeldes, y evitando hasta hace pocas semanas una confrontación directa con el EI. A pesar de que sobre el papel era la principal amenaza, el ejército de al-Asad no bombardeó su base de operaciones en Raqqa hasta junio de 2014. Oficiales del régimen han desmentido que el gobierno controle o dé órdenes al EI pero no han negado que atacarlos no había sido hasta ahora su prioridad. Y la tercera, financiando al EI indirectamente al comprar a conciencia reservas de gas y petróleo provenientes de los campos que ahora se encuentran en manos del grupo terrorista en el noreste de Siria y el noroeste de Irak.

Además del régimen de al-Asad, los kurdos e Irán pueden salir beneficiados de un EI convertido en la principal amenaza para la seguridad regional. El gobierno regional del Kurdistán irakí (KRG) es un actor indispensable para frenar el avance del EI en Irak. El KRG y su fuerza de seguridad, los pershmergas, están recibiendo armamento, ayuda humanitaria y apoyo financiero y colaboran con otros grupos kurdos como el PKK y el PYD. A medio plazo, los kurdos iraquíes aspiran a un mayor reconocimiento internacional, a incorporar nuevos territorios a través de un referéndum en Kirkuk y a un trato más favorable en el reparto de las rentas del petróleo aunque tengan que aplazar, pero no abandonar, su deseo de independencia. El otro actor regional que puede sacar provecho de esta situación es Irán. Teherán ya ha enviado asesores y material militar a las milicias kurdas para combatir al Estado Islámico y, del mismo modo que ya colaboró con los Estados Unidos contra los talibanes en Afganistán, ahora tiende la mano a Obama. Si se materializa, y coincidiendo con avances en las negociaciones sobre el dossier nuclear iraní, podría contribuir a la distensión entre Washington y Teherán que tanto preocupa en Israel y Arabia Saudí. En suma, aunque Bashar al-Asad no sea el único beneficiario del fortalecimiento del EI, el resto de actores que ven aumentada su influencia o relevancia regional no suponen una amenaza para su régimen.

A diferencia de lo que ha confesado Obama, parece que al-Asad no sólo tiene una estrategia sino que además ésta le da resultados. Ya es la segunda vez que ocurre. Primero fue con los ataques con armas químicas de agosto de 2013 y la posterior oferta de destrucción del arsenal químico. Esta maniobra le propulsó como un interlocutor no sólo válido sino también imprescindible. Respecto al EI, la idea de base es enfrentar a sus ciudadanos y la comunidad internacional ante el dilema de escoger entre su régimen o un mal mayor. El mensaje ha ido calando hasta el punto que Richard N. Haass, presidente del muy influyente Council on Foreign Relations de Washington, abría la puerta a colaborar con al-Asad, invocando una célebre frase Churchill “Si Hitler hubiera invadido el infierno, yo habría hecho por lo menos una alusión favorable al demonio en la Cámara de los Comunes”.

Que el fortalecimiento del EI haya aumentado las posibilidades de supervivencia del régimen de Bashar al-Assad no es fruto del azar, sino de una estrategia que Damasco ha ido implementando desde el principio del conflicto. El precio a pagar es tener que gobernar un estado fallido, roto y devastado en una región cada vez más inflamable. Partes del territorio escapan y seguirán escapando al control gubernamental, algunas de ellas en manos del EI o de una nueva mutación de este grupo. Irak y, en menor medida Líbano, sufren ya las consecuencias de esta amenaza, y otros países de la región podrían hacerlo próximamente. Bashar al-Asad va comprando tiempo, aunque sea a base de sembrar de minas todo Oriente Medio. Desminarlo requerirá un gobierno inclusivo en Damasco (algo improbable o incluso imposible con Bashar al frente), un acercamiento de posiciones entre las principales potencias regionales, empezando por Arabia Saudí e Irán, y un respaldo internacional sostenido.