El peligro ya no viene de Teherán

El peligro ya no viene de Teherán

Fecha de publicación:
07/2015
Autor:
Roberto Toscano, investigador sénior asociado, CIDOB
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Roberto Toscano

Investigador Sénior Asociado, CIDOB

20 de julio, 2015 / Opinión CIDOB, n.º  344

* Este artículo fue publicado previamente en La Stampa 

 

Tras más de diez años de negociaciones acompañadas de intensas polémicas y debates casi diarios a nivel político y entre expertos, y últimamente, una serie de plazos que no eran tales, prórrogas, y negociaciones al límite, finalmente se ha llegado a un acuerdo sobre el programa nuclear iraní. Un acuerdo cuya importancia ha quedado demostrada tanto por la dificultad que ha supuesto alcanzarlo como por la determinación de ambas partes en conseguirlo, a pesar de críticas, acusaciones, hostilidades y dudas.

Por lo que respecta a las dificultades, no deberíamos llamarnos a engaño sobre  las complejidades del dossier nuclear. Para su superación ha sido necesaria toda la habilidad de grandes negociadores profesionales. Si se hubiera aplicado  el Tratado de No Proliferación, se habría llegado una solución hace más de diez años, en época del gobierno reformista de Jatami, que ya entonces estaba dispuesto a aceptar básicamente los mismos compromisos que conforman las bases del actual compromiso de Viena. Una síntesis entre el reconocimiento del derecho iraní a la energía nuclear y la aceptación de límites e inspecciones. Pero Irán se consideraba “especial” por toda una serie de razones: el prolongado aislamiento internacional; la recíproca hostilidad con los Estados Unidos, legado de una historia difícil de superar; la sospecha de sus ambiciones hegemónicas por parte de los países árabes del Golfo; las acusaciones israelíes de antisemitismo e intenciones genocidas, alimentadas por la retórica islamo-populista de Mahmud Ahmadineyad.

Si finalmente se ha alcanzado un acuerdo es porque tanto los estadounidenses como los europeos han llegado a la conclusión de que –más allá de la historia, de las rivalidades geopolíticas y de la retórica revolucionaria– Irán es en realidad un país racional, tal y como dijo Barack Obama respecto del acuerdo y, por lo tanto, con Irán se puede llegar a entendimientos, aceptar compromisos basados en consideraciones de interés nacional más que de ideología, y establecer relaciones a partir de una combinación de colaboración y contraposición, de contención y reconocimiento de intereses nacionales legítimos.

El verdadero conflicto en cuanto a la oportunidad de llegar o no a un acuerdo nuclear -y que aún puede dar lugar a sorpresas, especialmente en el Congreso estadounidense, dónde, como ha dicho Obama, podría ser necesario recurrir al veto presidencial para evitar un rechazo-, nunca ha sido, a pesar de las apariencias, el número de centrifugadoras o las reservas de uranio enriquecido, sino la naturaleza del régimen iraní, su papel regional y sus ambiciones geopolíticas.

En este sentido, resulta ilustrativo el hecho de que en los últimos días las negociaciones amenazaran con estancarse en un tema que no tiene nada que ver con lo nuclear, el embargo a la venta de armas en Irán –que el acuerdo de Viena mantiene en vigor durante los próximos cinco años–. Es por ello que los detractores del acuerdo, en lugar de considerar improbables los ataques  nucleares iraníes contra Israel, han puesto el acento en el peligro que puede suponer el levantamiento de las sanciones en tanto que permitiría al régimen iraní disponer de enormes recursos financieros adicionales para destinar a una política subversiva y expansiva a nivel regional.

Es precisamente el contexto regional lo que ha motivado la disposición al compromiso (inevitable cuando no se trata de una simple y llana rendición) por parte del Presidente Obama, pero no exclusivamente. A día de hoy, resulta francamente difícil aceptar el argumento del primer ministro israelí, Benyamín Netanyahu, que sitúa a Irán como su principal enemigo y amenaza contra la estabilidad regional, o incluso mundial, justo cuando el Estado Islámico está haciendo gala no solo de una tremenda sostenibilidad militar, sino también de ambiciones expansivas desde un punto de vista tanto ideológico como militar. Ambiciones que el régimen iraní ha abandonado hace tiempo, tras los primeros años de ilusiones revolucionarias, ante una constatación realista de la imposibilidad de expandir a nivel regional el jomeinismo desde un país irremediablemente minoritario, en la medida en que es persa y no árabe, y es chií y no suní.

Irán sigue siendo, incluso después del acuerdo nuclear, un interlocutor/adversario problemático, pero no irracional ni fanático. Si acaso cínico, hábil en la estrategia y en la táctica, pero en aras de su propio interés nacional y no de un plan desproporcionado y apocalíptico como el Califato del Estado Islámico. Un Estado Islámico cuya amenaza creemos que ha pesado bastante a la hora de convencer a los 5+1 de la necesidad de establecer, a través de la eliminación del obstáculo que supone la cuestión nuclear, un tipo de relación menos conflictiva con Irán, convencidos de que Teherán puede constituir, como ya está haciendo en Irak, un baluarte contra el avance del Estado Islámico y la amenaza de una caída del Estado iraquí.

Sin duda, en Viena se ha pensado en Irak, y también en Siria, dado que solo una intervención decidida iraní podría inclinar la balanza hacia la solución diplomática que el presidente sirio, Bashar al-Asad, incapaz de imponerse pero difícil de derrocar militarmente, estaría dispuesto a aceptar solo bajo presión de su principal aliado, Irán. No podemos descartar que Teherán esté dispuesto a aceptar un compromiso en lugar de correr el riesgo de que Siria acabe por caer bajo el control de yihadismo más radical, a la par que anti-occidental y anti-iraní.

Se trata de una apuesta importante y no exenta de riesgo, pero no muy distinta de la que en su día supuso la base de la distensión con la URSS o la normalización con China, enemigos bastante más amenazadores, tanto en el plano militar como en el ideológico, de lo que jamás haya sido Irán. Una apuesta cuyo resultado promete (o amenaza, según afirman los que la temen) reestructurar el conjunto del marco geopolítico de Oriente Medio y, además,  también determinar profundas transformaciones internas dentro del régimen iraní.

Es evidente que Obama, al aceptar emprender un difícil proceso de normalización con Irán, abandona el plan, tanto hipotético como arriesgado, de un cambio de régimen en Teherán –y los saudíes e israelíes difícilmente se lo perdonarán–, si bien cabe destacar que no solo los ciudadanos iraníes, sino también la gran mayoría de la diáspora iraní, sin excluir a los disidentes más valientes, cuya credibilidad política y moral ha quedado demostrada por la represión sufrida, acogen este acuerdo como la prometedora premisa de un cambio en el régimen, capaz de allanar el camino hacia el resurgimiento de un país más próspero y más fuerte, también a nivel internacional, que no vuelva a estar nunca más aislado ni boicoteado.

Se espera que en estas condiciones sea más fácil retomar, aunque sea gradualmente, un plan de cambio en el sentido democrático. Justo por ese motivo, en las corrientes más radicales del régimen, no escasean los temores sobre las posibles repercusiones internas del acuerdo firmado en Viena. Los detractores del acuerdo se han apresurado a definirlo como “un regalo para los ayatolás” basado en peligrosas concesiones. En Teherán, por el contrario, el pueblo, no el régimen, lo celebra a lo grande.

E-ISSN: 2014-0843
D.L.: B-8439-2012