Libyans' time for unity

El momento de la unidad para los libios

Fecha de publicación:
10/2011
Autor:
Juan Garrigues, Investigador principal, CIDOB
Descarga

Juan Garrigues,
Investigador principal, CIDOB

21 de octubre de 2011 / Opinión CIDOB, nº 131

La muerte de Gaddafi abre una nueva era en Libia. Tras ocho meses de conflicto, el país ha sido declarado oficialmente “liberado”. Con Gadafi en paradero desconocido, persistía la preocupación ante la posibilidad de que sus fuerzas leales (hasta 12.000 sólo en Sirte) pudiesen organizar una guerrilla que obstruyese los esfuerzos del Consejo Nacional de Transición (CNT). Con Gadafi borrado del mapa y la salida de la OTAN a la vista, el futuro de Libia depende exclusivamente en la capacidad que los Libios tengan de trabajar juntos.

Muchos correrán a hacer balance de lo que representa ahora Libia en el contexto de los cambios que se están produciendo en el Mundo Árabe. Francia y el Reino Unido han vaticinado un gran futuro para Libia con la esperanza de que su papel de liderazgo en la OTAN sea gratamente recordado. Pero más allá de algunos elementos positivos para el optimismo sobre el próximo futuro de Libia, existen también poderosas razones para la preocupación. Antes de evaluarlas, será útil dar un paso atrás y repasar un debate distinto, que tuvo lugar hace sólo un par de meses, cuando las fuerzas leales a Gadafi abandonaron Trípoli: el éxito de la intervención internacional?

Primero, estaban aquellos que sostenían que la actuación de la OTAN representaba un nuevo modelo de intervención humanitaria. “Liderando desde atrás”, como lo denominó un miembro de la administración Obama, fue reivindicado por algunos como un nuevo modelo para que los EE.UU. pudieran estar a la altura de sus principios de protección de civiles sin asumir por ello riesgos excesivos (cero víctimas para los soldados estadounidenses), o dinero gastado en lugares como Libia (coste estimado de 1.000 millones de dólares), que era un país considerado “no de interés vital”, como dijo el Secretario de Defensa, Robert Gates.

Por otro lado, los escépticos argumentaron que, con más de 30.000 muertos, no se habría conseguido el objetivo original de proteger a los civiles. Además, la decisión de traspasar el mandato de protección de civiles que estipulaba el mandato de la ONU, en favor de una campaña aérea que derrocase el régimen de Gadafi, traería consecuencias negativas para el futuro. Conseguir el apoyo internacional necesario para futuras misiones inspiradas en el principio de la Responsabilidad de Proteger (R2P) será más difícil en los próximos años. De hecho, Rusia y China ya han utilizado la intervención en Libia como excusa para oponerse a actuar en Siria.

El fruto de este debate –así como la manera en que, en un contexto árabe más amplio, la revolución libia será recordada- sólo será satisfactorio una vez que quede claro qué o quién reemplaza al régimen de Gadafi. La Jamahiriyya (“el estado de las masas”) de Gadafi era un sistema despótico e ineficiente del que la mayoría de libios está encantado de haberse deshecho aunque, tras 42 años, concurre la preocupación sobre cómo llenar el enorme vacío institucional existente. Un sistema judicial y unos partidos políticos, entre otras cosas, tendrán que ponerse en pie casi desde la nada. En verdad, el mayor desafío para Libia está en superar las divisiones internas y construir unas instituciones legítimas que puedan facilitar la construcción de un futuro común.

Será difícil forjar un consenso entre las facciones. El asesinato del General Abdel Fatah Younis, el 29 de julio, fue una señal inquietante. El presidente del CNT, Mustafa Abdul Jalil, tuvo que admitir que el crimen tuvo su origen en una facción de los rebeldes. Además, mientras distintas facciones presionan con intensidad creciente para conseguir influencia en el seno del CNT, el presidente Jalil y el primer ministro Mahmoud Jibril se han visto forzados a prometer que dimitirían tan pronto cayese Sirte. Las fuertes divisiones regionales y tribales, que el propio Gadafi fue incapaz de superar, amenazan hoy la estabilidad del CNT. Estas divisiones podrían incluso acentuarse a raíz de las lealtades forjadas entre las distintas milicias durante los meses de conflicto.

Como ha sido el caso en Túnez o en Egipto, los islamistas aparecen como el actor político más unificado y mejor organizado. Los Hermanos Musulmanes se muestran crecientemente activos, e individuos como Abdelhakim Belhadj, comandante y antiguo emir del Grupo Combatiente Islámico Libio, son actores influyentes que cuentan con seguidores muy leales. Aunque hasta ahora han actuado como una fuerza positiva, a algunos les preocupa su capacidad para entenderse con los liberales y con otros actores, especialmente durante el proceso Constitucional que va a abrirse pronto.

Y existen otros retos importantes que Libia tendrá que afrontar: acusaciones de graves violaciones de derechos humanos durante el conflicto por parte de ambos lados, la proliferación de misiles superifcie-aire portátiles y de otras armas, el regreso de cientos de miles de refugiados y de desplazados internos, y la desmovilización de milicias fuertemente armadas (hasta 120 sólo en Misrata), entre otras cuestiones.

Ante este panorama, sería fácil mostrarse plenamente pesimista. Pero también existen algunas razones de peso para el optimismo.

En primer lugar está el hecho de que Libia sea un país con una población pequeña (6 millones) y con una enorme cantidad de reservas petrolíferas de alta calidad. Habiendo sido el sector petrolífero –en palabras de Dirk Vandewalle, experto en Libia- “el gran perturbador” bajo el régimen de Gadafi, el reto ahora está en cómo puede pasar de ser la base de un sistema corrupto a transformarse en el pilar de la estabilidad de un afortunado país árabe del Mediterráneo. Partiendo de una relativamente elevada renta per cápita antes de la guerra (casi 15,000 dólares en 2010), debería ser posible. Las primeras señales –con la producción de petróleo moviéndose rápidamente y la iniciativa privada proliferando- son positivas.

Y a pesar de las divisiones, el CNT ha realizado progresos que han superado las expectativas de la comunidad internacional. Contando con un equipo de 70 personas, se ha puesto en marcha un plan de estabilización que ha conseguido asegurar necesidades básicas como la falta de combustible o la recolección de basuras. Tal y como el enviado de la ONU, Ian Martin, le dijo al Consejo de Seguridad, Libia no es un típico país postconflicto. Ha demostrado ser “una nación con personal cualificado, preparados para liderar el país en muchos aspectos”.

Libia es también un país relativamente homogéneo a nivel étnico y religioso. Al ser casi enteramente árabes sunníes, contrariamente a lo que ocurre en Líbano o en Irak, los libios no tendrán que hacer frente a divisiones fácilmente exacerbadas por actores externos. Si los libios alcanzan a superar divisiones internas y a crear instituciones legítimas que unifiquen el país, Libia podría convertirse en un país estable y próspero en una región necesitada desesperadamente de historias de éxito. En cualquier caso, el camino por recorrer no será fácil.

Juan Garrigues,
Investigador principal, CIDOB

Juan Garrigues, Investigador principal, CIDOB