Grecia: geopolítica y rescate

Grecia: geopolítica y rescate

Fecha de publicación:
07/2015
Autor:
Josep M. Lloveras, Doctor en economía y ex-miembro de la Task Force Grecia en la Comisión Europea
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Josep M. Lloveras

Doctor en economía y ex-miembro de la Task Force Grecia en la Comisión Europea

23 de julio, 2015 / Opinión CIDOB, n.º  346

La pertenencia de Grecia a la Unión Europea y al euro son productos de la geopolítica. También lo es el tercer rescate griego. Desde una lógica puramente económica el último rescate tiene poco sentido. Sin embargo la razón política indica precisamente lo contrario. En este sentido, tanto el ministro alemán de Finanzas, Wolfgang Schäuble, cuando propugna una salida de Grecia del euro, como la canciller Angela Merkel cuando decide lo contrario, tienen razón: cada cual según su papel.

En los dos primeros rescates griegos (2010 y 2012) predominaron las motivaciones económicas. Convenía evitar el efecto contagio sobre las economías más vulnerables de la zona euro porque, debido al mal diseño del proyecto, no se contaba con instrumentos adecuados para afrontar la crisis y había que darse tiempo para crearlos. Las circunstancias son hoy diferentes. Queda mucho por hacer pero la zona euro ha corregido, mediante reformas de funcionamiento y ajustes en los países más débiles, algunas de sus principales disfunciones. Sin embargo, el gobierno de Syriza, endureció sus posiciones negociadoras al tiempo que se debilitaba su economía, hasta llegar al reciente referéndum. Así se comprende que Grecia se haya acercado tanto a un posible  Grexit. En los días y horas que precedieron al difícil acuerdo del 13 de julio en Bruselas el órdago estuvo sobre la mesa. No es aventurado pensar que en esta ocasión y con una lógica puramente económica la UE habría inducido a Grecia a salir ordenadamente del euro. Los mercados financieros internacionales reaccionaron con relativa calma ante tal eventualidad. Sin embargo, una vez más, la política, o si se quiere la geopolítica, salieron en ayuda de Grecia y la han salvado in extremis, al menos de momento. Para comprenderlo hay que considerar la historia.

Ante los avatares del tercer rescate se han oído voces reclamando ayuda europea a Grecia como reconocimiento a su contribución histórica a la creación del concepto mismo de democracia. Sin ignorar el aporte de la Grecia clásica, es preciso reconocer que la actual República Helénica tiene poco que ver con aquella. La Grecia actual es un país europeo y mediterráneo reciente, que se construyó por etapas entre 1832 y 1947. Es también un país balcánico, hijo de 400 años de dominación otomana, que lo han aislado de las grandes corrientes de la modernidad: renacimiento, reforma, revolución científica, ilustración, revolución francesa, revolución industrial. La historia de Grecia ha marcado profundamente el carácter del país dejando un rastro profundo de relaciones de patronazgo y clientelismo, una burocracia extendida e ineficiente y una débil noción de estado.

La Grecia actual es además un producto de la Guerra Fría. Sin la intervención de los Estados Unidos la guerra civil griega de 1946 -1949 habría dejado un país comunista más en los Balcanes tal como parecían imponerlo el peso combinado de la historia y la geografía. Con ello Grecia no habría podido unirse a la UE hasta después de la caída del muro de Berlín o tal vez estaría aún hoy esperando su adhesión junto con varios de sus vecinos. Pero la historia ha sido muy distinta. Grecia se unió a la OTAN tan pronto como en 1952. Accedió – contra la opinión de la Comisión Europea –a las entonces Comunidades Europeas, como décimo miembro, en 1981. Por último, y de nuevo contra la opinión de la Comisión, entró a formar parte del euro desde su introducción en 1999, en lo que fue otra decisión política y en este caso un error económico, hoy ampliamente reconocido, cuyas consecuencias se seguirán pagando durante años.

Pero una cosa es reconocer el error de aceptar a Grecia en el euro y otra distinta pensar que se pueda subsanar expulsándola del sistema o facilitándole una salida ordenada. Aunque aquí examinamos el caso desde la perspectiva del Eurogrupo y la Unión, valga una referencia desde la perspectiva griega. Las encuestas indican que una amplia y estable mayoría de griegos está a favor de la permanencia en la moneda única. Ello no sorprende puesto que, a parte de los sacrificios, incertidumbres y pérdida de confianza que una salida del euro les acarrearía, el éxito de la devaluación requiere dos condiciones básicas: una sólida e independiente política económica y un potencial exportador. Las credenciales griegas son dudosas en ambos frentes. Por ello suponer que la salida de Grecia del euro auguraría un prometedor despegue económico, como argumentan algunos analistas, es sumamente discutible.

Los argumentos a favor de la salida de Grecia del euro abundan también desde la perspectiva de los acreedores. Se argumenta que se dejaría así de arrojar dinero a un pozo sin fondo, considerando que la deuda actual es ya en buena parte irrecuperable. Estas opiniones suelen provenir de analistas que razonan en términos puramente económicos, ignorando el funcionamiento de la UE y la dimensión política. También proceden a veces de personas escépticas u hostiles al euro o al proyecto europeo.

La salida de Grecia del euro en estos momentos tendría importantes consecuencias políticas negativas para el futuro de la propia divisa y de la UE en general. Para la primera porque la experiencia europea indica que las reformas suelen hacerse a la medida de las crisis. Las debilidades originales del euro son hoy, después de la crisis financiera internacional bien conocidas e identificadas y se encuentran en parte en vías de solución: unión bancaria, sistema único de resolución, mecanismo de estabilidad, supervisión macroeconómica, etc. Queda mucho por hacer y hay propuestas sobre la mesa para completar la unión económica. En este sentido, la permanencia de Grecia como eslabón débil dentro del sistema es un incentivo más para imprimir urgencia y profundidad a las reformas. Su salida, por el contrario, confirmaría la reversibilidad el euro y debilitaría el imperativo de cambio.

Pero la salida de Grecia del euro sería hoy también negativa para el funcionamiento de la UE por cuanto dejaría con toda probabilidad un socio griego frustrado y poco colaborador. Ello se manifestaría en áreas clave como la política exterior que requieren unanimidad y en particular en las sensibles relaciones con Rusia, hermano mayor ortodoxo de Grecia. También presentaría dificultades en la política de ampliación, hoy centrada en los Balcanes o en la política de diversificación energética. No se olvide tampoco que Grecia es una vía importante de inmigración ilegal del Medio y Lejano Oriente. La Unión quedaría también debilitada en su capacidad de neutralizar el Brexit frente al Reino Unido. En general la capacidad de la UE para afrontar el ambicioso programa de reformas pendientes quedaría mermada. Sería paradójico que para paliar esta situación se acabase con una Grecia fuera del euro pero financieramente asistida, neutralizando así las supuestas economías del Grexit y perdiendo la influencia sobre el acreedor que se consigue con su permanencia en el euro.

La decisión geopolítica de conceder un tercer rescate a Grecia no está aún materializada, ni su éxito garantizado, ni es un paso irreversible. Incluso bajo un escenario favorable hay que prever un camino largo y plagado de dificultades. Pero es un paso acertado para la mejor defensa de los intereses de la Unión y proseguir con las reformas pendientes. También es lo menos malo para Grecia.

E-ISSN: 2014-0843
D.L.: B-8439-2012