Tadzhikistán: ¿un nuevo escenario para la insurgencia islamista?

Fecha de publicación:
09/2010
Autor:
Nicolás de Pedro, investigador CIDOB
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Nicolás de Pedro,
Investigador de CIDOB

10 de septiembre de 2010 / Opinión CIDOB, n.º 83

Las últimas noticias provenientes de Tadzhikistán son preocupantes. La noche del domingo 5 de septiembre, una explosión en un local nocturno de Dushanbé, presuntamente provocada por una bomba casera, causó una decena de heridos, algunos de ellos de gravedad. El viernes anterior un coche bomba, aparentemente conducido por uno o dos terroristas suicidas, hizo explosión frente a una comisaría de policía de la ciudad Judzhand, en el valle de Ferganá, causando unos treinta heridos de gravedad. Si se confirma, será el primer atentado de estas características en el país. Diez días antes del ataque, veinticinco peligrosos reclusos vinculados con el extremismo islamista y el terrorismo internacional se fugaron de una prisión en Dushanbé, capital tadzhika. Hasta el momento, sólo uno de ellos ha sido detenido. A los restantes se los supone en el valle de Rasht, en la región de Tavildará, tradicional feudo de los islamistas de Tadzhikistán o incluso en Afganistán, donde cuentan con una red de apoyo desde los tiempos de la guerra civil tadzhika La cuestión clave ahora es dilucidar si esta secuencia de acontecimientos augura un incremento de la presión yihadista en Tadzhikistán y el resto de Asia Central.

Tadzhikistán es la única de las repúblicas centroasiáticas ex soviéticas que sufrió una guerra civil tras la descomposición de la URSS. El conflicto se desarrolló en clave de enfrentamiento regional –fundamentalmente kulyabíes y judzhandíes contra gharmíes-, pero contaba también con un componente ideológico de antiguos apparatchiks soviéticos enfrentados a las fuerzas islamistas que recibían apoyo por parte de líderes afganos tadzhikos como el legendario comandante Ahmad Shah Massoud. Los tadzhikos son, junto con los uzbekos, la etnia epónima centroasiática con un grado de islamización más profundo. Por este motivo, el gobierno de Dushanbé muestra un celo y preocupación mayor frente a un fenómeno que puede alterar la estabilidad del país y, sobre todo, amenazar la supervivencia del actual régimen.

En Tadzhikistán, al igual que sucede en los países vecinos, se aplican la represión y el control sobre la vida religiosa, aunque cierta oposición islamista es permitida por el régimen. La legalidad del partido de Renacimiento Islámico quedó establecida en los acuerdos de paz de 1997. Mujiddin Kabiri, dirigente inteligente y pragmático, encabeza el partido desde la muerte en 2006 del carismático fundador y líder durante la guerra civil, Said Abdulloh Nuri. La legalidad y la participación, con todas sus limitaciones, en la vida institucional y política del país han contribuido a anclar el partido en un discurso moderado y posibilista, alejado del radicalismo; si bien, el control que ejerce la clase dirigente sobre los miles de miembros con los que cuenta la organización dispersos por todo Tadzhikistán es dudoso y precario. Una cuestión clave pues, será la reacción del segmento de militancia más activa ante este sangriento atentado y no la previsible condena desde la cúspide del partido.

Por otro lado, este atentado, así como la fuga de los militantes islamistas, no pueden desligarse del intento por parte del presidente Emomali Rajmón de establecer las bases para una potencial dinastía familiar –a favor de su hijo de Rustami– y de su aparente campaña para acabar con los pocos que aún parecen capaces de desafiar su poder. En julio de 2009, en el curso de una operación militar para capturar a un grupo de islamistas retornados de las áreas tribales de Pakistán, fue asesinado en oscuras circunstancias el ex ministro Mirzo Ziyoev. Aguerrido comandante durante la guerra, Ziyoev era una figura poderosa en Tavildará y una de las pocas con capacidad para aglutinar a los diversos grupúsculos del extremismo islamista local. De hecho, era conocido por sus contactos con organizaciones como el Movimiento Islámico de Uzbekistán (MIU), grupo terrorista uzbeko vinculado con la insurgencia talibán y la red Al Qaeda y al que apuntan las primeras hipótesis de la autoría del atentado en Judzhand. Según la versión oficial, Ziyoev fue abatido cuando pretendía hacerse con el control de Tavildará para después tomar el gobierno de Dushanbé. Hipótesis que resulta poco creíble para diversos analistas tadzhikos próximos al poder en Dushanbé. En cualquier caso, las tensiones entre las bambalinas del poder parecen evidentes y la presencia de un hermano y un tío de Ziyoev entre los reclusos fugados, junto con Gaffor Mirzoev, antiguo jefe de la guardia presidencial, es, sin duda, un motivo de preocupación para el gobierno. Está por ver si esta disputa se resuelve en clave interna o tendrá un impacto regional.

El horizonte geoestratégico centroasiático gravita sobre la anunciada retirada de Afganistán por parte de la OTAN y la posibilidad de que se constituya un nuevo poder talibán en Kabul. Conviene recordar que tras la consolidación del dominio talibán sobre Mazar-i-Shariff y el norte de Afganistán en 1999 se produjo una ofensiva yihadista sobre Asia Central y el Cáucaso. El MIU inició sus incursiones veraniegas sobre Kirguizstán y Uzbekistán, utilizando, precisamente, la región de Tavildará como base operativa, y cientos de activistas chechenos penetraron en el territorio de Daguestán, reactivándose el conflicto de Chechenia. La cuestión ahora es dilucidar si un poder neotalibán respaldaría la agenda regional de los activistas centroasiáticos que forman parte de la nebulosa insurgente afgana. En estos momentos, es conocida la presencia de algunos contingentes significativos de uzbekos, uigures, kirguizos y caucásicos en las filas talibán. La preocupación de los regímenes centroasiáticos ante un potencial escenario de este tipo tiene, pues, cierto fundamento.

Sin embargo, la cuestión clave sigue sin afrontarse. Organizaciones terroristas como el MIU o los diversos grupúsculos salafistas que pululan por zonas convulsas y frágiles de Tadzhikistán y el sur de Kirguiztán, suponen una peligrosa amenaza a la seguridad y tienen capacidad de golpear y desestabilizar, pero ¿representan un verdadero desafío estratégico regional? En el contexto actual parece que no, fundamentalmente porque no cuentan con demasiados apoyos ni despiertan grandes simpatías entre la población. Por ello, el verdadero dilema sobre el papel del Islam político en Asia Central es de carácter sociológico y la clave serán las dos próximas generaciones de ciudadanos centroasiáticos. Así, grupos teóricamente alejados de la insurgencia y el terrorismo como el Hizb-ut-Tahrir, sólidamente implantado en la zona de Osh, y que ofrecen un modelo de socialización alternativo, representan el verdadero desafío si se quiere mantener Asia Central anclada en el ámbito de influencia europeo y alejada de fundamentalismos.

Nicolás de Pedro,
Investigador de CIDOB