El conflicto de Xinjiang se agrava, y seguirá haciéndolo

El conflicto de Xinjiang se agrava, y seguirá haciéndolo

Fecha de publicación:
10/2014
Autor:
Nicolás de Pedro, investigador principal, CIDOB
Descarga

Nicolás de Pedro, investigador principal, CIDOB

3 de Octubre 2014 / Opinión CIDOB, nº. 268

Xinjiang va a peor y, si el gobierno chino no cambia sus políticas, el deterioro vendrá acompañado de nuevos episodios de violencia. El activismo uigur no tiene capacidad para quebrar el control chino sobre esta región, pero el auge incesante del malestar de buena parte de la comunidad uigur será difícil de contener. En los dos últimos años, el número de incidentes violentos en la región se ha disparado y la cifra de muertos supera de largo el centenar anual. De igual forma, se han producido también incidentes y ataques terroristas lejos del territorio de Xinjiang, que anuncian un nivel de organización y una deriva inquietante dentro de un sector del activismo uigur radicalizado y con posibles conexiones internacionales. La soberanía china sobre Xinjiang no está en cuestión, pero la estabilidad del Oeste de China sí.

La evolución reciente de este conflicto tiene algo de paradójico y mucho de profecía autocumplida. Por un lado, las políticas de Beijing han sido, en buena medida, exitosas. La transformación de Xinjiang en las dos últimas décadas es espectacular; la región está hoy más integrada que nunca con el resto de China y actúa, cada vez más, como polo de referencia de la Gran Asia Central. Pero, al mismo tiempo, la desafección y la agitación uigur han alcanzado, también, un nivel sin precedentes. Los grandes planes de desarrollo no han conseguido disipar este malestar, sino todo lo contrario, ya que tienen un impacto muy desigual en clave étnica, y producen una sinificación imparable que incluye, además, una sistemática afluencia de inmigrantes han del resto de China. Es este desplazamiento de población lo que ha constituido, precisamente, el principal combustible de la “angustia demográfica” de una masa uigur progresivamente desplazada y arrinconada. Una paradoja que las autoridades chinas, ancladas en una narrativa desarrollista para Xinjiang que no admite matices, no parecen dispuestas a asumir.

Por otro lado, la combinación de asimilación proactiva y represión intensa ha sido muy eficaz en aplacar al activismo uigur moderado y en afianzar el control de Beijing, pero resulta contraproducente a largo plazo. Este enfoque no sólo no evita los recurrentes incidentes violentos, sino que los propicia. De los datos disponibles puede inferirse, en buena medida, una sucesión de estallidos de rabia espontáneos graves, pero de corto recorrido y normalmente precedidos por algún agravio o acción concreta de las fuerzas de seguridad chinas contra uigures. De igual forma, la dureza de Beijing facilita la progresiva radicalización de un segmento de la comunidad uigur. El rodillo represivo frente a una difusa (y controvertida) amenaza terrorista, que Beijing lleva décadas aplicando va camino de convertirse en una profecía autocumplida. El ataque indiscriminado con machetes del 1 de marzo en la estación de Kunming –con más de 30 muertos y 140 heridos– o el atentado con explosivos contra el mercado de Urumchí del 23 de mayo -31 muertos y más de 90 heridos– por poner dos ejemplos, son, indiscutiblemente, acciones terroristas con un creciente, y preocupante, nivel de organización y sofisticación.

Beijing insiste en las conexiones exteriores para explicar este brote terrorista. No es algo nuevo. Lo lleva haciendo desde los atentados del 11S en EEUU vinculando al activismo uigur con Al Qaeda, pero de forma más intensa –y sin explicitar con qué grupos– en los últimos dos años. La reducida militancia uigur en el escenario AfPak no puede desligarse del contexto del vínculo estratégico entre Islamabad y Beijing en el que opera, y que se traduce en un riguroso control pakistaní de la actividad uigur en su territorio. El aumento de ataques contra nacionales e intereses chinos en Pakistán inquieta en Beijing por la relevancia del plan para construir un corredor energético y logístico que conecte Xinjiang con los puertos pakistaníes del mar Arábigo, particularmente, con el de Gwadar. Sin embargo y hasta la fecha, estos ataques tienen que ver, sobre todo, con grupos baluchis y no uigures. En el momento actual y al igual que sucede en otros países, la presencia de yihadistas uigures en Siria es la principal preocupación de Beijing y la cuestión más preocupante con relación a la cuestión uigur.

En su discurso y actuación pública, las autoridades chinas no hacen distinciones y toda disidencia uigur, independientemente de su naturaleza, queda conceptualizada dentro de la conocida (y nefasta) fórmula de “combate contra las tres fuerzas” –extremismo, separatismo y terrorismo–. De esta manera, dentro de esta narrativa china, el Congreso Uigur Mundial (WUC en sus siglas en inglés y con sede en Múnich) forma parte de la amenaza terrorista, con lo que el diálogo resulta inviable. Pero el WUC, con Rebiya Kadeer al frente y con todas sus inconsistencias, es el intento uigur de articular una plataforma similar a la de los tibetanos en el exilio. La reciente condena a cadena perpetua al académico uigur Ilham Tohti es una muestra más de la cerrazón de Beijing a aceptar la más mínima crítica en la cuestión de Xinjiang, por moderada y leal con la integridad territorial china que sea. Y el abultado número de condenas a uigures por atentar “contra la seguridad del Estado” da cuenta tanto de la preocupación de Beijing como del sesgo étnico que aplica. Los uigures representan menos del 2 por ciento de la población de China, pero reciben más de la mitad del total de estas condenas.

Sin entrar en detalles, y obviando el enconado debate sobre sus orígenes, puede afirmarse que el conflicto de Xinjiang lleva décadas gestándose, entró en una nueva fase en los años 90 tras la desaparición del poder soviético en Asia Central, y tuvo un claro punto de inflexión con el estallido de violencia interétnica que sacudió Urumchí, la capital regional, a principios de julio de 2009. Con aquellos disturbios se pasa de un enfrentamiento del activismo uigur contra las autoridades chinas a un conflicto abierto entre la comunidad uigur, por un lado, y la comunidad han, por otro. Las recientes promesas del presidente chino Xi Jinping, durante su visita a la región, de más dinero y medidas más duras contra el separatismo no cambiarán las cosas, sino que auguran nuevas turbulencias. La modernización imparable lleva aparejada una sinificación que alimenta irremediablemente, la conflictividad en un Xinjiang, cada vez más convulso.