Asia Central y el aislamiento iraní

Asia Central y el aislamiento iraní

Fecha de publicación:
10/2012
Autor:
Nicolás de Pedro, investigador de CIDOB
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Nicolás de Pedro,
investigador de CIDOB

3 de octubre de 2012 / Opinión CIDOB, n.º 161 / E-ISSN 2014-0843

Asia Central ocupa un lugar destacado en la estrategia iraní de romper su aislamiento internacional. Las opciones de alianzas diplomáticas iraníes descansan, fundamentalmente, en Rusia, China, India o Turquía y no en sus débiles vecinos del norte. Pero desde la perspectiva de Teherán, Asia Central también puede ser parte de la solución a sus problemas de aislamiento o, por el contrario, contribuir a estrechar el cerco internacional. En tiempos recientes, Irán ha revitalizado su apuesta multilateral a través del Movimiento de los No Alineados, la Organización de Cooperación Económica y la Organización de Cooperación de Shanghái (OCS). En estos dos últimas, las repúblicas centroasiáticas juegan un papel destacado.

Desde la caída de la Unión Soviética, Irán, consciente de los recelos que suscita entre los regímenes vecinos cualquier opción islamista y de lo limitado de sus posibilidades, ha desplegado una diplomacia no ideologizada, de perfil bajo y amigable en Asia Central. Sin embargo, no ha conseguido disipar las suspicacias. Las tensiones en el Caspio, a cuenta de la delimitación de los fondos marinos, los recelos ante un posible respaldo de Teherán a grupos de oposición islamista así como el temor a ser instrumentalizados por Irán o, al menos, verse involucrados en su enfrentamiento con Israel y EEUU, persisten en el pensamiento estratégico centroasiático. Pero las repúblicas centroasiáticas temen igualmente un potencial ataque unilateral que pueda convertir a Irán en un foco que irradie inestabilidad y complique aún más un panorama marcado por las incertidumbres regionales que genera el Afganistán post-2014. Las opciones están abiertas y el contexto se presta, pues, a conjeturas geopolíticas.

Como principio general, en Asia Central se acepta la idea del derecho de cualquier país a disponer de un programa nuclear civil. Sin embargo, esto no implica un respaldo a la posición opaca y obstruccionista de Irán que podría estar disimulando fines militares. Kazajstán y, más soterradamente Uzbekistán, han criticado el desafío iraní. En el caso kazajo, tras la sangrienta represión de un grupo de trabajadores del sector petrolero y el último fraude electoral, resulta evidente la intención de mejorar su imagen frente a EEUU y, en ningún caso, se plantea abanderar iniciativa internacional alguna; por mucho que Nazarbáyev instara a Irán, durante una visita a Berlín en febrero de este año, a seguir su ejemplo y renunciar voluntariamente al armamento nuclear. En cualquier caso Kazajstán, el mayor productor de uranio mundial, contribuye a la acción internacional prohibiendo la exportación de este material a Irán. Uzbekistán, por su parte, ha impulsado el establecimiento de una zona libre de armas nucleares en Asia Central que entró en vigor en diciembre de 2008. El acuerdo cuenta con el respaldo de Rusia y China (y la OCS). Pero en el Reino Unido, Francia y, sobre todo, EEUU despierta suspicacias, fundamentalmente por su ambigüedad con relación al ‘paraguas nuclear ruso’ y, respecto a Irán, porque el tratado contempla su posible expansión a los países vecinos y no explicita su zona de aplicación. Por ello, Washington teme que Irán pueda forzar su ingreso en el tratado y reforzar la legitimidad de su programa nuclear, disfrutando de un mayor respaldo de Rusia y China. Sin embargo, ni Moscú, ni Beijing, ni tampoco Astaná o Tashkent, parecen dispuestas a permitir una maniobra iraní de esas características. Así, las cuatro capitales han rechazado las peticiones iraníes de elevar su condición de observador a la de miembro de pleno derecho de la OCS y, de hecho, en el código sobre la admisión de nuevos miembros adoptado por la OCS en junio de 2010 se establece explícitamente que el candidato “no debe estar sujeto a sanciones de Naciones Unidas”, en clara referencia a Irán.

Tadzhikistán y, en menor grado, Turkmenistán representan la excepciones dentro de este planteamiento general. Tadzhikistán es, de hecho, el único país que mantiene unas relaciones verdaderamente fluidas con Irán y el único en el que despierta una genuina simpatía entre muchos sectores sociales. Simpatía que no responde a afinidades políticas sino etnoculturales. Aunque los tadzhikos son, mayoritariamente, sunitas, su lengua es la variable local del farsi, por lo que ambos idiomas resultan mutuamente inteligibles, y la población siente como propia la herencia cultural persa. Los planes de articulación de un eje geopolítico y cultural que vincule Teherán con Dushanbé, vía Herat, resultan del agrado de ambos. Obviamente, a Dushanbé no le mueven principalmente motivos culturales, sino su imperiosa necesidad de superar el virtual bloqueo que le aplica Uzbekistán y que ahoga la economía tadzhika. De hecho, la proximidad cultural representa más bien un desafío, ya que un espacio cultural persa transfronterizo choca con la narrativa historiográfica oficial de Dushanbé.

Además del ascendiente cultural, al régimen de Rajmón también le inquietan las relaciones que mantiene Irán con la oposición. Irán jugó un papel central en la consecución del acuerdo de paz que puso fin a la guerra civil tadzhika en 1997 y ha mantenido, desde entonces, relaciones con los principales actores políticos locales, particularmente con el Partido del Renacimiento Islámico (IRP en sus siglas en inglés), el único partido islamista legal en Asia Central y, probablemente, la única organización política de toda la región que como tal ofrece una alternativa de Gobierno creíble. A pesar de ser formalmente sunita, en la retórica oficial del IRP los musulmanes son musulmanes a secas y, de momento, no parecen particularmente preocupados por la ola de conversiones al chiísmo. El número real de estas resulta, no obstante, tan incierto como el de los propios militantes del IRP a escala nacional. En cualquier caso, las inversiones iraníes en grandes infraestructuras como túneles o plantas hidroeléctricas conforman los principales temas de la agenda bilateral de unas relaciones fluidas en las que Dushanbé insiste, sin demasiada exhibición mediática, en el derecho de Irán a disponer de un programa nuclear civil.

Para Turkmenistán, la relación con Irán es también de importancia estratégica. La puesta en marcha de dos gasoductos para la exportación de gas turkmeno a Irán, aunque modestos en su capacidad, representaron, hasta la inauguración del gasoducto que conecta con China, la primera superación del monopolio de la demanda que ejercía Rusia sobre la producción turkmena de gas y que limitaba su capacidad de renegociar unos precios significativamente bajos comparados con los precios exigidos por Moscú a sus clientes europeos. Sin embargo, la neutralidad turkmena y su aversión a la apertura al exterior marcan unos límites muy precisos a esta relación de mutuo interés. Persisten, además, tensiones en el Caspio y aunque las recientes muestras de músculo militar de ambos en la zona tienen como destinatario a Azerbaidzhán, ni Teherán ni Ashgabat han sido capaces aún de alcanzar un acuerdo bilateral definitivo sobre la delimitación fronteriza y la explotación de los recursos.

En el sempiterno y en ocasiones pintoresco asunto de la base norteamericana de Manás, próxima a Bishkek, la capital de Kirguizstán, la cuestión iraní ha entrado en el debate tangencialmente. Dirigentes locales han expresado sus temores a las “legítimas” represalias que Irán podría tomar contra Kirguizstán en caso de que EEUU utilizara la base de Manás para el dispositivo de su ataque. De igual forma, la prensa local se ha hecho eco de la siempre prolífica capacidad kirguíz de generar rumores, en este caso, sobre la presencia de espías y pasdaranes iraníes en Bishkek, o incluso fantasmagóricos ataques armados contra la base con conexión iraní. Por último, un factor poco conocido, pero crucial y difícilmente desdeñable, es la intensa cooperación en materia de seguridad, defensa e inteligencia de Kazajstán y Uzbekistán con Israel.

En definitiva, es poco lo que puede obtener Irán de sus vínculos con Asia Central, una relación, además, que está supeditada a la evolución de la posición rusa, china y también india, sobre la cuestión de su programa nuclear, pero debe mover ficha porque su tiempo, a juzgar por la renovada presión de la comunidad internacional a Ahmadineyad en la Asamblea General de NNUU, se está agotando.

Nicolás de Pedro,
investigador de CIDOB