Venezuela en crisis: la revolución chavista a prueba

Fecha de publicación:
04/2014
Autor:
Juan Carlos Triviño, investigador de la Universitat Pompeu Fabra
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Juan Carlos Triviño

Investigador de la Universitat Pompeu Fabra

7 de Abril, 2014 / Opinión CIDOB, n.º 232 / E-ISSN 2014-0843

Las noticias que han circulado estos días por distintos medios de comunicación que muestran una Venezuela asediada por la inflación, el desabastecimiento, las protestas sociales y la dura respuesta policial plantean dudas sobre si el ciclo iniciado por Hugo Chávez en 1998 se agota. La desaparición física de su omnipresente figura agudizó la animadversión entre el Chavismo y los grupos opositores, al tiempo que se acrecentaron problemas socio-económicos que su carisma y la chequera petrolera eclipsaban. La actual confrontación plantea al menos dos interrogantes: ¿Cómo se llegó hasta aquí? y ¿qué significa la coyuntura actual para los herederos del Chavismo y los partidos opositores aglutinados alrededor de la Mesa de Unidad Democrática (MUD)?

La situación actual parte del perfil del Chavismo como movimiento personalista, centrado en la figura del comandante y la Revolución Bolivariana (de corte socialista, nacionalista, anti neo-liberal pero con tintes capitalistas). Este proceso se estructuró en torno a la premisa de que Chávez era la Revolución y la Revolución era Chávez. La concentración de poder en su persona no solo afectó la institucionalidad del Estado sino que también cercenó la posibilidad de que liderazgos emergentes pudiesen tomar el relevo. Esta es una de las razones por la que Nicolás Maduro, escogido por el comandante como su sucesor, sea percibido como una figura débil que no convence ni a la dirigencia chavista ni a los seguidores del comandante. El poder del actual gobierno se reparte en un triunvirato de intereses conformado por Maduro mismo, el poderosísimo presidente de la Asamblea Legislativa Diosdado Cabello y el ministro de relaciones exteriores Elías Jaua.

Como factor adicional está el fracaso de la promesa inicial del presidente Chávez de cambiar un modelo productivo dependiente del petróleo por uno diversificado y basado en la producción nacional que ha llevado a la presente realidad económica de escasez. Después de años de cabalgar sobre la alta renta petrolera, la monumental estructura burocrática de subsidios y ayudas sociales en donde se cimienta el actual Estado venezolano se empezó a resquebrajar. La implementación de un modelo económico nacionalizador sumado al estrangulamiento de la actividad privada han generado serias distorsiones en la economía que hacen hoy por hoy más rentable importar que producir. Esto provoca escasez de divisas extranjeras, una espiral inflacionaria y el desabastecimiento de productos de primera necesidad.

Además de las dificultades económicas, la inseguridad y la violencia son un flagelo para los venezolanos. La cifra de homicidios saltó de 4.500 en 1999 a la friolera de 24.700 en 2013 en una población de casi 30 millones de habitantes. Las causas señalan al descontrolado aumento de armas en las calles, el debilitamiento del sistema judicial y la falta de políticas transversales de lucha contra el crimen.

Con este panorama, una protesta iniciada el 2 de febrero por estudiantes universitarios en la ciudad de San Cristóbal, Estado Táchira, y el posterior encarcelamiento de algunos de sus líderes fue el punto de implosión de la movilización social. La organización de marchas por todo el país pidiendo la liberación de estos, el rol de ciertos líderes de la MUD al apoyar activamente las protestas y el hartazgo de amplios sectores de la población con los problemas socio-económicos se convirtieron así en un coctel explosivo. La muerte de manifestantes en dichas marchas a manos de miembros de la fuerza pública y grupos armados no identificados, la represión ejercida por parte de la Guardia Nacional y el discurso combativo del gobierno radicalizaron aún más las posiciones.

Para el Chavismo la ola de protestas ha significado un revés a la consolidación de una transición post-Chávez gracias a la estrecha victoria presidencial de Maduro en abril del 2013 y de las municipales de diciembre del mismo año. La magnitud de las protestas, el uso de la fuerza contra las mismas y las dificultades de Maduro para controlar la situación contribuyen a la debilidad institucional de su gobierno. Las veladas críticas de líderes Chavistas como Cabello cuestionando algunas decisiones del presidente o el descubrimiento de que miembros de estamentos de seguridad del Estado no siguieron órdenes del ejecutivo, muestran que las varias corrientes del Chavismo pueden llevarle a potenciales escisiones en el movimiento.

Para la Mesa de Unidad Democrática (MUD), la plataforma que aglutina a los partidos políticos opositores al Chavismo, estas protestas han constituido también un punto de quiebre. Después de vencer la tradicional fragmentación de la oposición y lograr elegir a Henrique Capriles como su único candidato en las elecciones presidenciales de 2012 y 2013, sus dos derrotas consecutivas han generado fisuras que se han visibilizado con las protestas actuales. Por un lado los que abogan por la vía electoral como forma de derrotar al Chavismo con Capriles a la cabeza se han visto debilitados con sus llamados a la unidad y el consenso; por otro lado, los que abogan por la vía de presión a través de marchas y protestas ciudadanas, a la cabeza de los cuales está el ahora encarcelado Leopoldo López y la diputada María Corina Machado, se han fortalecido a través de su estrategia denominada ‘La Salida’. Ello pone a prueba al movimiento opositor como grupo de partidos con intereses propios (desde los tradicionales –que algunos acusan de ser los causantes de la llegada de Chávez al poder– a los nuevos sectores reformistas) pero con el objetivo común de debilitar o sacar al Chavismo del poder. La diversidad interna de la MUD puede poner en peligro el proceso de legitimación de la vía electoral que Capriles ha defendido como estrategia opositora.

La capacidad de adaptación del Chavismo a los nuevos tiempos dependerá de que logre salir unido de la actual crisis. De lo contrario el futuro podría ser similar al Peronismo argentino y sus decenas de movimientos o incluso a su disolución en el mapa político venezolano. Por lo que respecta a la opositora MUD, su supervivencia dependerá de la conciliación de las estrategias para alcanzar sus objetivos y de la institucionalización de un programa político, que no solo gire en torno a oponerse al Chavismo. Más importante aún, del reconocimiento mutuo (Chavistas y MUD) como representantes de dos sectores que a la larga son un solo país depende la posibilidad de sentar las bases para la estabilidad de Venezuela. Pero eso solo el tiempo lo dirá.