La victoria de Juan Manuel Santos: claves y consecuencias para el futuro

La victoria de Juan Manuel Santos: claves y consecuencias para el futuro

Fecha de publicación:
06/2014
Autor:
Rafael Grasa, Presidente del Institut Català Internacional per a la Pau, ICIP, y profesor de Relaciones Internacionales de la UAB
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Rafael Grasa

Presidente del Institut Català Internacional per a la Pau, ICIP , y profesor de Relaciones Internacionales de la UAB

17 junio 2014 / Opinión CIDOB, n.º 243 / E-ISSN 2014-0843

*Una versión corta del presente artículo ha sido publicada en La vanguardia, el 17 de junio de 2014.

La victoria de Santos cierra la campaña más disputada de las presidenciales recientes en Colombia, y la primera -de las tres últimas- que pierde Uribe, puesto que Juan Manuel Santos ganó en el 2010 con su apoyo. Los titulares y resúmenes son claros y fáciles: una campaña apasionante y apasionada, con abundante juego sucio y unos medios de comunicación alineados; un país polarizado; una fuerza consolidada, el uribismo, con algo más de pluralidad; apoyo nítido al proceso de paz, y a la rapidez en cerrarlo; una “coalición” o alianza ganadora que mueve a Santos hacia el centroizquierda; muchas deudas clientelares, tanto a las maquinarias partidistas territoriales -como en el caso de la zona costeña-, o la de la izquierda en Bogotá; y una legislatura compleja. El resumen puede ser cuantitativo, mediante una cifra clave: 8 millones de sufragios para Santos, duplicando de largo los obtenidos en la primera vuelta, enfrentados a los casi 7, en números redondos, de Óscar Iván Zuluaga.

La clave de la victoria radica en dos elementos contextuales y en dos tácticos. Empezando por los contextuales, lo fundamental ha sido la polarización anti-uribista y el respaldo al proceso de paz, traducido en la llamada al voto de la izquierda y, por tanto, en la transferencia de gran parte de sus tres millones de votos de la primera vuelta. Ha sido muy claro en Bogotá, donde la victoria de Santos, después de los malos resultados de su partido en las legislativas y en la primera vuelta de las presidenciales, ha sida clara y contundente. Hay que señalar además que influyó también el respaldo de muchos intelectuales y analistas con impacto en los medios, así como de un sector importante del empresariado.

En cuanto a los factores tácticos, el primero ha sido el conjunto de aciertos, cambios y errores en las campañas de los candidatos. Tras los resultados de la primera vuelta, la paz estuvo en el centro: en el caso de Santos, por decisión explícita y a causa de la alianza con la izquierda, superando ciertos complejos y dudas del primer período. En el caso de Zuluaga, fue producto –en mi opinión- de la compensación al apoyo de la candidata conservadora, lo que obligó a matizar la dureza de sus afirmaciones en la primera vuelta y a hablar de negociaciones y de paz pero no a cualquier precio. Parece haber drenado algunos votos. A ello hay que añadir el mal desempeño de Zuluaga en los debates televisados, incluyendo malas formas.

No obstante, el segundo factor táctico es quizás el fundamental: el impacto de la maquinaria electoral, que funcionó esta vez a pleno rendimiento en el caso de Santos, con el clientelismo (el reparto de “mermelada”) en una posición central.

La activación plena de esta maquinaria electoral partidista, claramente dormida en la zona costeña (caribeña y atlántica) en la primera vuelta, fue clave para incrementar la participación, junto al ya comentado anhelo de paz y el miedo a Uribe, aunque no se ha llegado al 50%, a sido un 19% más que en mayo. En el caso de Santos, destaca el resultado de la zona costeña, donde en algunos casos el incremento ha sido del 70%, un millón de votos adicionales cosechados en el Atlántico y el Caribe. Parece confirmarse mi tesis, publicada tras la primera vuelta, que el hecho de que Santos sacara en general menos votos que la U en las legislativas se explicaba por el cálculo estratégico de la maquinaria partidista territorial: se reservaba para la segunda vuelta, para poner de manifiesto su papel crucial. En el caso de Bogotá, un terreno en que Clara López había obtenido muy buenos resultados, la clave de la victoria han sido los votos procedentes de la izquierda. La mayor participación, el descenso del voto en blanco a causa de la polarización y la transferencia de votos han sido las claves de la victoria.

Las consecuencias son nítidas. Si nos fijamos en el ganador, Santos, parece obvio que su segundo mandado va a tener que cambiar mucho. Primero, deberá ser mejor ejecutor, con mucho margen para mejorar, y va a necesitar un mejor Gobierno, y mejores funcionarios de segundo nivel. Segundo, va a tener que pactar con la izquierda, tanto la agenda de construcción de la paz post-acuerdo como en temas sociales. En mi opinión la campaña de infarto, los pactos y el resultado final, polarizado pero innegablemente favorable a Santos y a hacer las paces con las FARC, es lo mejor que le podía pasar al proceso de paz: será inevitable no sólo hacer las paces, firmar el acuerdo, sino construir la paz de verdad. De esa forma se evitará el doble riesgo, interrelacionado, de conducta lampedusiana (que todo cambie para que nada cambie) y el estructural, la reproducción intergeneracional de la violencia que ha sido la norma desde hace más de un siglo.

En tercer lugar, también deberá buscar acomodos con la derecha. Por un lado, con el Centro Democrático de Uribe: ha ganado en más de la mitad de municipios, en más del 40% de los departamentos, en 14 ciudades con más de 100.000 habitantes, y en ciertas zonas, como las petroleras y extractivas, ha doblado y cuasi triplicado a Santos. Es decir, el partido de Uribe tiene posibilidades serias de pelear en un bueno número de lugares en las municipales y departamentales de 2015. Deberá también intentar recuperar al Partido Conservador, dividido, entre una cuarentena de legisladores que le apoyaron explícitamente, y el grueso del aparato, con una candidata revelación, que estuvo con Zuluaga. En cuarto lugar, aunque la polarización quedará mitigada al inaugurase las sesiones del Congreso a mediados de julio, y predominarán los matices de gris ante los gruesos trazos en blanco y negro del presente, lo cierto es que para llevar adelante los acuerdos con los grupos insurgentes necesita votos de todo el espectro legislativo.

Todo ello inaugura una legislatura complicada, polarizada, donde cada ley y cada voto deberán pelearse y pactarse. Puede ser una oportunidad, para entrar en la senda de consensos de más larga duración y no en el simple intercambio de prebendas por votos. El país lo necesita desde hace tiempo. Y también ha de ser una oportunidad para cambiar cosas: la campaña ha sido sucia, y eso se está haciendo estructural, y los medios ni siquiera han ocultado su falta de neutralidad. El sistema de partidos y el sistema electoral necesitan cambios y poco a poco se impondrán. En suma, una victoria que hace buena la maldición china, modificada: que los electores te regalen tiempos interesantes. Y se los han regalado al presidente, al Legislativo, a los partidos políticos, a las fuerzas insurgentes, a la sociedad en su conjunto y a los analistas. Se avecinan seis meses apasionantes y movidos.