Elecciones presidenciales en Colombia: el desencanto de la política

Elecciones presidenciales en Colombia: el desencanto de la política

Fecha de publicación:
05/2014
Autor:
Farid Samir Benavides Vanegas, profesor de derecho, Universidad de los Andes
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Farid Samir Benavides Vanegas

Profesor de Derecho, Universidad de los Andes

30 de Mayo 2014 / Opinión CIDOB, n.º 240 / E-ISSN 2014-0843

El pasado 25 de mayo los colombianos votaron para elegir Presidente del país. Como en los últimos doce años, la figura de Álvaro Uribe Vélez ha gravitado alrededor de esta elección. El candidato presidente, Juan Manuel Santos, del partido de la U, Oscar Iván Zuluaga, del Centro Democrático, y la candidata Marta Lucía Ramírez –por el partido conservador- fueron ministros de Uribe. El candidato Enrique Peñalosa ha sido cercano a la influencia del expresidente, hasta el punto que en las elecciones del 2008 recibió el apoyo de Uribe para ser alcalde de Bogotá. Sólo la candidata de la izquierda, Clara López está fuera de la órbita de influencia de Uribe.

Los resultados de la primera vuelta dejaron como ganador a Oscar Iván Zuluaga con un 29,25% de los votos; Santos obtuvo el 25,68%; Marta Lucía Ramírez obtuvo el 15,52% de los votos; Clara López, por el Polo Democrático, obtuvo un 15,23% de los votos; Enrique Peñalosa, por el Partido Verde, un 8,28% de los votos; y un 5,99 de votos en blanco. La abstención ha sido la más alta de los últimos años, con un 60% de personas que decidieron no votar por ninguno de los candidatos.

¿Cuáles son las lecciones que nos deja esta elección?

En primer lugar, la ausencia de debates significativos sobre las ideas y las propuestas de los candidatos, centrando toda la discusión en dos aspectos fundamentales: las acusaciones por actos de corrupción de los candidatos y el proceso de paz con las FARC. Lo que nos mostró esta elección es que las ideas no cuentan para hacerse elegir presidente, lo que cuenta es la maquinaria electoral.

La segunda lección son las dudas sobre las campañas de los dos candidatos que pasaron a la segunda vuelta. Ramírez, López y Peñalosa intentaron darle altura al debate presentando argumentos y mostrando sus programas y estando dispuestos a debatir sobre ellos. Santos y Zuluaga se negaron hasta el último momento a debatir, y cuando lo hicieron no aportaron razones sino insultos. La campaña de Zuluaga acusó a Santos de hacer contactos con el líder de Los Urabeños, una organización criminal producto del proceso de desmovilización de las AUC (la organización paramilitar Autodefensa Unidas de Colombia), la respuesta de Santos no pudo ser más desconcertante: “esto es algo que ocurre todo el tiempo”, como si en las democracias fuera normal que los jefes del crimen organizado negociaran su entrega con representantes de los presidentes; la campaña de Zuluaga fue acusada de “chuzadas”, esto es de interceptar las comunicaciones privadas de sus adversarios en incluso de seguidores suyos, como es el caso de Francisco Santos, ex-vicepresidente de Uribe. Esto recuerda claramente las actividades ilegales del DAS –servicio de inteligencia colombiano- durante el gobierno de Uribe y, como advirtió Peñalosa en uno de los debates, manda un mensaje preocupante sobre el tipo de gobierno que puede tener Colombia.

La tercera lección es la de los peligros que entraña llevar a cabo un proceso de paz sin que exista un consenso estatal que lo respalde. El proceso de paz se erigió en tema de la campaña política, hasta el punto que de nuevo las FARC se convirtieron, como vienen siéndolo desde la elección de Andrés Pastrana, en un factor que determina las elecciones de los votantes. En la primera vuelta ganaron los dos candidatos con ideas totalmente opuestas respecto al proceso: Santos comprometido con unas negociaciones de paz que, si bien tienen críticas, considera que son la salida más razonable al conflicto; y un candidato uribista, que insiste en la solución militar –enmascarada de exigencias a la guerrilla- pese al hecho de que ocho años de gobierno de Uribe mostraron los límites de esa apuesta.

La cuarta lección es que Enrique Peñalosa fue un buen alcalde de Bogotá, pero nada más. Desde que dejo la alcaldía en 2001, Peñalosa ha perdido todas las elecciones a las que se ha presentado. Esto es consecuencia no solo de la debilidad de la opción verde, un partido de derecha con algunas inclinaciones de izquierda, sino por la constante indefinición política de Peñalosa, quien ha pasado del uribismo a las críticas contra el expresidente según las conveniencias. Esta elección puede significar el fin de la carrera política de Peñalosa y la necesidad de revisar las alternativas dentro de la derecha.

La quinta lección es la fuerza de las mujeres. Las dos candidatas –Ramírez y López- obtuvieron un poco más del 30% de los votos, con lo que se convierten en factores determinantes para la segunda vuelta. Sin embargo, los temas como el aborto, el matrimonio de personas del mismo sexo, la igualdad de las mujeres, o las políticas de acción afirmativa no formaron parte de la discusión pública. Corresponde a ellas hacer que sean parte del debate para la segunda vuelta.

La última lección que nos dejan estas presidenciales cargadas de escándalos es el desencanto de la política. La abstención electoral es el resultado de la falta de confianza en las opciones planteadas. Para la segunda vuelta Colombia debe elegir entre un presidente mal valorado y un candidato que parece carente de autonomía para tomar sus propias decisiones, tanto que se le ha calificado de marioneta de Álvaro Uribe.

En una columna en la revista Semana, el periodista y escritor Antonio Caballero manifestó que votaría por Juan Manuel Santos, aunque no le guste, solo por temor a que llegara Zuluaga y con ello toda la época terrible del gobierno de Uribe. En mi opinión no es la mejor de las elecciones, pero tristemente es la única elección posible.