Los ecos geopolíticos de Oriente Medio

La Vanguardia - 7/4/2019

La frustración social, política, territorial y generacional crecen, y con ella el riesgo de desestabilización

Texto del artículo

De vez en cuando el ritmo de los acontecimientos en Oriente Medio y el Norte de África se acelera repentinamente. Estamos en uno de estos momentos: la dimisión de Buteflika en Argelia, la pérdida del último bastión territorial del autodenominado Estado Islámico, la ofensiva hacia Trípoli del mariscal Haftar o la decisión unilateral de Trump sobre los altos del Golán por poner sólo tres ejemplos.

Los niveles de frustración social, política, territorial y generacional van creciendo. Allí donde las instituciones pierden legitimidad, la gente acumula agravios y se deterioran las condiciones de vida, sube exponencialmente el riesgo de desestabilización. Ante este escenario de riesgo, algunos proponen autoritarismo y mano dura. Habría que recordarles que la ausencia de cambio es lo que provoca inestabilidad e inseguridad a largo plazo.

Oriente Medio es una de las regiones más violentadas del mundo. Proliferan los conflictos y fracasan las iniciativas de paz. En Siria casi la mitad de la población ha tenido que abandonar sus casas. Yemen, de cuya guerra se cumplen cuatro años, sufre una horrible crisis humanitaria y cada día ocho niños mueren o resultan heridos. Libia, a unos centenares de kilómetros de Europa, ha eclosionado en varios centros de poder. Y Palestina es un mal precedente si pensamos en términos de durabilidad del conflicto y retorno de refugiados.

Son muchas las líneas de falla geopolítica que atraviesan la región. Hay rivalidades muy sólidas, como la que enfrenta a Arabia Saudí e Irán, pero las alianzas son cada vez más líquidas. Prima la desconfianza, también hacia los supuestos amigos. La sensación de vulnerabilidad es muy aguda y muchos líderes piensan que solo pueden contar con sus propios medios para defenderse y, por lo tanto, van hinchando los presupuestos militares.

Este es uno de los escenarios donde las grandes potencias globales echan un pulso. Se habla mucho del desenganche de Estados Unidos de Oriente Medio. Pero cada día vemos cómo las acciones e inacciones de Trump continúan pesando y mucho. Rusia, por su lado, intenta llenar lo que percibe como un vacío de poder y en buena medida lo consigue. Y China está cada vez más presente y lo hace con inversiones a largo plazo como la nueva ruta de la seda a la base militar en Yibuti.

Europa, al fin, ha comprendido que no puede cerrar los ojos. En el 2015, tras los atentados de París o la crisis de refugiados, los líderes europeos entendieron que su futuro político también dependía de lo que sucediera al otro lado del Mediterráneo. El ascenso de Vox en España, coincidiendo entre otros factores con un aumento de los flujos migratorios en el estrecho de Gibraltar, vuelve a recordárnoslo.

Los ecos del ruido geopolítico en Oriente Medio y el Norte de África llegan a Europa. Sin reconciliación, sin cooperación para hacer frente a los enormes desafíos sociales y climáticos y sin un mínimo de confianza y esperanzas de cambio, los decibelios irán aumentando. Y seguro que ponerse tapones en las orejas no es la solución.

Eduard Soler i Lecha, investigador senior de CIDOB y coordinador científico del proyecto MENARA

Descarga de archivos