Las siete trampas con Daesh

La Vanguardia - 22/11/2015

“Acabar con Daesh, el autoproclamado Estado Islámico, ni es fácil ni será rápido”. Para Eduard Soler, coordinación de investigación de CIDOB, y Lurdes Vidal, responsable del área de Mundo Árabe y Mediterráneo de IEMed, “es un camino lleno de trampas. La primera es la precipitación. Ante una tragedia de estas características, los dirigentes políticos se sienten presionados a hacer algo. En inglés se denomina do something-ism y suele ir asociado a un riesgo de sobreactuación. Empujados por la necesidad de actuar, de atemperar los ánimos de la ciudadanía o incluso para aliviar su conciencia, pueden llegar a confundir los instrumentos que tienen al alcance de la mano con la respuesta que la amenaza requiere”.

Artículo

Acabar con Daesh, el autoproclamado Estado Islámico ni es fácil ni será rápido. Es un camino lleno de trampas. 

La primera es la precipitación. Ante una tragedia de estas características, los dirigentes políticos se sienten presionados a “hacer algo”. En inglés se denomina “do something-ism” y suele ir asociado a un riesgo de sobreactuación. Empujados por la necesidad de actuar, de atemperar los ánimos de la ciudadanía o incluso para aliviar su conciencia, pueden llegar a confundir los instrumentos que tienen al alcance de la mano con la respuesta que la amenaza requiere. 

Esto nos lleva a la segunda trampa: la vía militar como única respuesta. Daesh es una amenaza compleja y un enemigo no convencional al que hay que hacer frente con una batería de respuestas. En lo militar, los bombardeos sólo tendrán éxito si van acompañados de un apoyo terrestre fundamentalmente local. En lo material, hay que reforzar la inteligencia financiera, luchar contra el tráfico ilícito de antigüedades, acabar con el mercado negro de petróleo y de armas y cortar los mecanismos de captación y reclutamiento. En lo social, abordar en qué están fallando unas estructuras sociales europeas incapaces de prevenir las derivas radicales y violentas. En lo doctrinal, desmontar el proselitismo y las interpretaciones del islam fomentadas desde el Golfo. Y, para no caer en errores del pasado, hay que articular una estrategia sostenible para llenar el vacío de poder que dejaría Daesh si finalmente fuese expulsado de sus feudos en Siria e Irak. 

He aquí la tercera trampa: pensar que quién creó el problema tiene la solución. Daesh no existiría, o en todo caso no en la forma y magnitud actual, sin Bachar Al-Assad. Le proporcionó una causa contra la que luchar, intensificó la dimensión sectaria del conflicto y le dio oxígeno liberando presos, comprándole petróleo, atacando a sus rivales y guardándose bien de entrar en confrontación directa hasta hace poco más de un año. No estamos ante un dilema moral sino ante la constatación de que la victoria de Al-Assad espolearía el radicalismo y el deseo de venganza. 

La cuarta trampa es muy “francesa” y consiste en creer que las otras partes en conflicto también perciben Daesh como su principal amenaza. Olivier Roy en las páginas del New York Times apuntaba que los actores regionales y locales prefieren la contención de esta amenaza antes que arriesgarse a que sus enemigos ocupen su lugar. Tampoco está claro que Rusia y Estados Unidos vean Daesh como una amenaza existencial. El gran peligro para Francia es esperar más de lo que el resto está dispuesto a dar y, sobre todo, dejarse llevar por los cantos de sirena de Moscú. 

Sobredimensionar el poder de Daesh es la quinta trampa en la que muchos han caído y de la debería escaparse cuanto antes. Daesh son unos miles de personas que para nada pueden arrogarse la representatividad de mil quinientos millones de musulmanes. Daesh no es un estado, aunque pretenda serlo. No es un ejército, aunque actúe como si lo fuera. No es omnipresente, aunque lo parezca. El eco mediático que damos a sus sofisticadas producciones audiovisuales, la repetición intensiva de una terminología perversa que habla de califatos y de yihad sólo sirven para legitimarle. Repetir sus mantras, estigmatizar el islam, extender el pánico y materializar un supuesto choque de civilizaciones podría ser su mayor éxito, y casi lo están logrando. 

Daesh irrumpe cuando Al Qaeda estaba en horas bajas, con franquicias locales reconvertidas al crimen organizado. Y de ahí la sexta trampa: pensar que podrá lucharse contra Daesh del mismo modo que se hizo con Al Qaeda. No es sólo que la lucha global contra el terror fuese infructuosa sino que el fenómeno yihadista es ahora menos trabado teológicamente y más digerible en forma de mensajes rápidos y fáciles. Los combatientes ya no se radicalizan en prisiones, o mezquitas sino en apartamentos y entornos difusos como las redes sociales. Son procesos más individuales y los perfiles van cambiando: más jóvenes, más mujeres, nuevos conversos no al islam sino a una radicalidad violenta. Las lentes con las que descifrábamos Al Qaeda podrían llegar a servir para entender las raíces del fenómeno pero no para luchar contra él. 

La séptima y última trampa es una vieja conocida en España: la utilización partidista de la amenaza terrorista. Una trampa que se ensancha si hay elecciones a la vuelta de la esquina como le sucede a Francia con las regionales del próximo mes. Pero no es sólo Francia. En muchos países europeos y más recientemente en Estados Unidos, se está utilizando políticamente la cuestión de los refugiados y asociándolos perversamente con el terrorismo. Y más cerca de casa, las disputas políticas no deberían ser obstáculo para la coordinación entre las distintas administraciones públicas en materia de lucha antiterrorista. 

Son tantas las trampas que quizás sea imposible evitarlas todas. Lo trágico sería caer en todas ellas a la vez.

Eduard Soler Lecha
Coordinador de investigación y investigador sénior del CIDOB.

Lurdes Vidal
Responsable del área Mundo Árabe y Mediterráneo del IEMed

 

Descarga de archivos