El juicio de la historia

La Vanguardia - 27/11/2016

Adiós a un mito revolucionario

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El fallecimiento a los 90 años de Fidel Castro, aunque previsible, ha dado la vuelta al planeta. Desaparece uno de los líderes que han esculpido el siglo XX. Desde una pequeña isla del Caribe frente a la costa de la primera potencia mundial, el carismático comandante de la revolución construyó un relato épico de resistencia al imperialismo hegemónico y quiso cambiar el rumbo de la historia. La experiencia de la revolución cubana vino marcada por su lucha frente al Goliat de Estados Unidos, desde donde se intentó derrocar el régimen y se impuso el embargo y otro sinnúmero de sanciones buscando el aislamiento político en el bloque occidental y particularmente en América Latina, como medida terapéutica frente al virus del comunismo.

El bloqueo fue determinante de la alineación del Gobierno de Fidel Castro con el bloque soviético opuesto al bloque capitalista occidental. En el contexto de la guerra fría, la difusión internacional de la revolución cubana y el sistema socialista fue una constante de la política exterior cubana como parte del ADN revolucionario que se extendió al apoyo de la liberación de los pueblos coloniales en África. Ello dio lugar a la aparente paradoja de que, a pesar del intento de aislamiento político del régimen revolucionario, Cuba adquirió un protagonismo internacional y regional muy por encima de su peso económico y demográfico. También a un alto coste para los cubanos.

En América Latina se dio en paralelo el ascenso y la caída dramática de los gobiernos de Perón en Argentina y de Allende en Chile y otras fracasadas experiencias de movimientos populares. Una parte de la izquierda latinoamericana adoptó la forma de guerrilla miliciana frente a gobiernos autocráticos de la región y recibió el apoyo de Cuba, como ocurrió en África con las guerras de liberación. La herencia de esas experiencias de lucha armada no fue exitosa. Si bien en África aún hoy se reconoce el apoyo cubano a los movimientos de liberación, en América Latina, en cambio, tras el fin de las dictaduras de los años setenta, la mayoría de los países transitaron hacia democracias liberales. La excepción fue el triunfo de la revolución
sandinista en Nicaragua, que no llegó a consolidarse, en buena parte por la intervención estadounidense.

Con la consolidación de la democracia en la región vino el abandono paulatino de los grupos de lucha armada o su marginalización, con excepción de las FARC en Colombia, que paradójicamente han negociando los acuerdos de paz en La Habana. Cuba sufrió un doble aislamiento al caer el bloque soviético y perder su apoyo, y un empobrecimiento debido a un modelo de desarrollo dependiente de la financiación soviética. En lugar de transitar hacia una reforma del modelo socialista, Fidel Castro se atrincheró y abocó a la isla al periodo especial, con consecuencias dramáticas para la calidad de vida de la población y con un endurecimiento de la persecución de la disidencia política que dañó la imagen del país en los movimientos de izquierda en el mundo y especialmente en la Europa postsoviética.

Pero la llegada al poder de Hugo Chávez en Venezuela en 1998 y el giro a la izquierda de varios países de la región (Argentina con Kirchner, Brasil con Lula, Bolivia con Evo Morales, Ecuador con Correa o Daniel Ortega en Nicaragua) dio nuevas alas al régimen. Gracias a la bonanza económica por el aumento de los precios de las materias primas y sobre todo el petróleo de Venezuela, Cuba pudo sustituir sus antiguos lazos económicos y políticos con nuevos aliados estratégicos.  El impulso de la agenda bolivariana por un grupo de presión de gobiernos del socialismo del siglo XXI devolvió a Cuba a la primera línea política en la región. Se trataba de difundir la idea de una nueva revolución que construyera un nuevo socialismo alternativo a la socialdemocracia liberal. El motor era el petróleo venezolano, que subvencionó al país con 100.000 barriles diarios a cambio de servicios médicos. Eso se acabó, y el régimen cubano de nuevo tiene que reinventarse.

El relevo de Fidel Castro por su hermano Raúl en el 2008 agilizó reformas económicas y políticas eufemísticamente denominadas actualización del modelo. En plena crisis venezolana, el inicio del desbloqueo con Estados Unidos pareció una tabla de salvación que el régimen presentó como un triunfo del pueblo cubano y el reconocimiento del error por parte de Washington.
Ciertamente, las medidas del presidente Obama no han supuesto cesiones aparentes del régimen, pero la muerte de Fidel es un símbolo de un final de etapa en el que la generación de los revolucionarios de Sierra Maestra deberá dar paso a una nueva que debe buscar su legitimidad en el futuro y no en la historia. Para lo bueno y para lo malo, el inmovilismo ya no es una
opción. La muerte de Castro y la elección de Trump en Estados Unidos abren una nueva etapa de incertidumbre que no puede ser
un regreso al pasado.

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