El futuro de la abenomics: ¿hacia la consolidación de un modelo o la constatación de un fracaso?

ASIA - 20/2/2015

El catedrático de Economía de la Universidad Senshu, Tomomi Kozaki y los profesores Lluc López i Vidal (UOC) y Àngels Pelegrín (UB) se dieron cita el pasado 12 de febrero en una nueva edición del ciclo de conferencias “¿Qué pasa en el mundo?” organizadas por CIDOB.

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El catedrático de Economía de la Universidad Senshu, Tomomi Kozaki y los profesores Lluc López i Vidal (UOC) y Àngels Pelegrín (UB) se dieron cita el pasado 12 de febrero en una nueva edición del ciclo de conferencias “¿Qué pasa en el mundo?” organizadas por CIDOB.

En esta ocasión, la reflexión se estructuró en torno al pasado, el presente y el futuro de abenomics, la apuesta económica del primer ministro japonés Shinzo Abe, que busca impulsar de nuevo el crecimiento de la economía tras dos décadas de estancamiento.

Pero, ¿quién es Shinzo Abe? Partiendo de este interrogante inicial, Lluc López nos presentó a un político breve -algo habitual en Japón-, un político que dimite –en 2007, oficialmente por motivos de salud, y tras solo un turbulento año como primer ministro-, y un político de casta, ya que proviene de una estirpe familiar perteneciente a la élite japonesa, de la que hereda su cercanía a Washington y su perfil conservador. Tras su espectacular regreso al frente del partido y del Gabinete, Abe demuestra una profunda reflexión y el convencimiento de que la economía japonesa permitirá a Japón volver a ser un país de primer orden. Tras una primera legislatura donde prima su perfil de halcón en relaciones internacionales, Shinzo Abe parece haber entendido que la ciudadanía se preocupa fundamentalmente por bread and butter issues, es decir, por aspectos que afectan a su vida cotidiana y a la idea de la prosperidad como objetivo.

Así toma forma abenomics, un término que hace fortuna y que enmarca en un plan de dinamización que, mediante tres flechas o actuaciones combinadas (política monetaria hiperexpansiva, reforma fiscal y reformas estructurales), debe afrontar de una vez por todas los grandes retos de la economía japonesa. Algunas de estas medidas implican una transformación de la mentalidad en temas tan sensibles como la reforma de la agricultura (y el caso paradigmático del arroz) que, cabe decirlo, es también una política valiente, ya que mina la base del propio Partido Liberal Democrático y se entremezcla con acciones de política exterior, como la posible firma por parte de Japón del Tratado Trans-Pacifico (TPP) promovido por los EE.UU.

Llegados a este punto, Lluc López hace referencia a una dimensión menos conocida de la agenda de Abe y que, por analogía con el primero, califica de abegeopolitics, sustentada en tres ejes principales: la diplomacia pacifista proactiva (que implica poder participar en coaliciones militares), una firme alianza con EE.UU. y una política de corte muy presidencialista. Esta dimensión, que en su primer mandato fue el centro de la actividad de Abe, ocupa un segundo plano en la actualidad pero sigue estando presente y alimenta el debate público, por ejemplo, en torno a la posible reforma o la reinterpretación de la constitución pacifista.

¿Y cómo llega Japón a abenomics? Àngels Pelegrín contextualizó el origen de la burbuja, que se remonta a los Acuerdos del Hotel Plaza (1985) y la consecuente apreciación del yen, que encareció e hizo menos atractivas las exportaciones de Japón. Como contrapeso, el Gobierno respondió con un mayor gasto en obras públicas, una bajada de los impuestos y un descenso de los tipos de interés. La desregulación del sistema financiero y una política monetaria expansiva propiciaron la tormenta perfecta, una burbuja económica que se hinchó rápidamente con la euforia económica entre 1987 y 1990: el Nikkei (el índice bursátil más popular del mercado japonés) y el índice del suelo se triplicaron. Un escenario que recuerda a la España de finales de los 90 y principios de la década del 2000, marcado por un efecto riqueza que generó un fuerte consumo e inversión, y que terminó por provocar un exceso de la demanda interna, con una subida de los precios (en especial del suelo, tomando como ejemplo el hecho de que en su cénit, el valor del terreno sobre el que se ubica el Palacio Imperial de Tokio tenía el valor equivalente a todo el Estado de California) y un aumento de los tipos de interés que, finalmente, pincharon la burbuja.

En ese momento, detonó una triple crisis -bancaria, empresarial y familiar- que dio lugar a un cambio de cultura económica que, ante la incertidumbre, privilegió el ahorro y disminuyó el consumo. Sin embargo, Pelegrín insistió en que “no podemos hablar de décadas perdidas, sino de ciclos recesivos periódicos”, que se produjeron en Japón entre 1991 y 2001 pero que, en momentos puntuales, también se acompañaron de cortos periodos de recuperación. Según su interpretación, uno de los principales motivos de la larga recesión fue la lentitud en la respuesta de las autoridades, que pospusieron largo tiempo la limpieza necesaria de activos tóxicos, a diferencia, por ejemplo, de lo que aconteció en España en la reciente crisis económica. Por el contrario, en Japón se dio prioridad al mantenimiento de los puestos de trabajo a cambio de un gran sacrificio colectivo, un ejercicio que no se produjo en España.

Tras la parálisis inicial, Japón puso en marcha una reestructuración a fondo a través del Plan Takenaka (2002-2005) que supuso forzar procesos de fusión, la recapitalización y nacionalización de algunos bancos, la compra de activos tóxicos y la quiebra de bancos débiles.

Así pues, ¿qué podemos aprender nosotros de esta situación? Que la crisis puede ser larga, que los estímulos fiscales y monetarios pueden ser insuficientes si no se resuelve la crisis bancaria y que “la efectividad de las políticas se debilita cuando la incertidumbre crece”.

Para completar este análisis, Tomomi Kozaki inició su exposición hablando de las seis dificultades que las empresas privadas detectaron en 2012: la elevada apreciación del yen, la comparativamente alta tasación de la actividad productiva –que favorece las deslocalizaciones-, la incertidumbre y la demora en la firma del TPP, la estricta regularización laboral, la estricta regularización ambiental y los altos costes de energía.

Kozaki se mostró pesimista en cuanto al monto acumulado de la deuda pública (entorno al 250% del PIB), la más elevada del mundo y que, si bien se muestra estable en cuanto a volatilidad (al estar en manos principalmente de creditores japoneses), presenta un tamaño que es crítico para la sostenibilidad de la economía y peligroso ante posibles variaciones del tipo de interés. En su opinión, y en el peor de los escenarios, la economía japonesa necesita de actuaciones acertadas en un plazo no superior a dos años, momento en el cual Japón podría entrar en una crisis por culpa de la deuda. De este modo, abenomics se presenta como “la única vía” y se desarrollaría de acuerdo a la siguiente lógica en el tiempo: la expansión monetaria llevaría a una mejora en los resultados de las empresas, que a su vez implicaría un aumento de los salarios y, por consiguiente, del consumo. Estos tres factores desencadenarían una subida de la Bolsa, que a su vez provocaría la salida de la deflación, repercutiría en la tasa de consumo, incrementándola en un 10% para abril de 2017, y, finalmente, conseguiría el equilibrio fiscal.

Según Kozaki, el elemento más importante de abenomics, más allá de las reformas económicas, es su capacidad para reformar la mentalidad de los japoneses, de insuflarles confianza y de recuperar el consumo en el corto plazo, dado que algunos de los objetivos que se plantea, quizá los más difíciles de imponer para el primer ministro, tan sólo generarán resultados –y por tanto podrán valorarse– en el medio y largo plazo. Sin embargo, el próximo test para Abe es mucho más cercano y se sitúa en el mes de abril, cuando van a tener lugar las elecciones locales en Japón.

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