Nicaragua postrevolucionaria: el laberinto sandinista y la difícil consolidación democrática

Fecha de publicación:
12/1996
Autor:
Salvador Martí
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LA DERROTA ELECTORAL SANDINISTA Y EL INICIO DE LA CONFUSIÓN

“Al saber de la derrota electoral del FSLN me sentí como una mierda. Me pregunté que había hecho para que nos pasara esto. Sentí que lo que había hecho era poco, y me cuestioné las bacanales (...) Me puse helado; pensaba que esto se iba a convertir en una carnicería... Luego apareció Juan Rivas, el pintor, y quisimos formar un comando. Nos montamos en su carro, fuimos para arriba y para abajo. Terminamos borrachos y llorando. Después nos reímos de todo”. A las seis de la mañana del 26 de febrero de 1990, Daniel Ortega, el candidato a la presidencia del Frente Sandinista de Liberación Nacional (FSLN), expuso la tendencia que ofrecían los resultados electorales sobre la base de un escrutinio del 50% de los votos. Al mediodía, el Consejo Supremo Electoral dio a conocer su último informe: sobre un total de 1.101.397 votos el 54% correspondían a la coalición opositora de la Unión Nacional Opositora (UNO) y el 44% al FSLN. Faltaba el recuento de unos 500 mil sufragios y las tendencias observadas eran irreversibles. El resultado electoral sorprendió tanto a los analistas y observadores internacionales como a las fuerzas políticas que concurrieron en los comicios. La mayoría de previsiones y encuestas electorales realizadas durante el año anterior otorgaban una notable ventaja a los sandinistas. Los meses anteriores a las elecciones, varios estudiosos de asuntos interamericanos expusieron a la Administración Bush –en diversas editoriales de periódicos norteamericanos (como el Boston Globe, el Miami Herald o el New York Times)– la necesidad de replantear las relaciones políticas entre los Estados Unidos y Nicaragua después del desenlace electoral en el que, supuestamente, ganarían los sandinistas.