¿Es la democracia lo único que está en juego en Kirguizistán?

El País - Oct 26, 2011

Artículo de opinión de Nicolás de Pedro, investigador de CIDOB, sobre las elecciones presidenciales de Kirguizistán del próximo 30 de octubre de 2011. Lograr una cierta estabilidad y evitar un nuevo estallido de violencia que ponga a la república centroasiática al borde del colapso, son en palabras de Nicolas de Pedro, los dos principales objetivos de estos comicios.

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Probablemente, ya no. Y eso, a pesar de que Kirguizistán es la única república centroasiática en la que el Parlamento tiene un papel relevante, en la que la presidenta (interina) no trata de acaparar el poder, en la que hay diversos líderes y partidos con peso específico y en la que la existe una activa sociedad civil. Sin embargo, el deterioro general de la situación en los últimos años, incluyendo las graves tensiones étnicas en el sur, han cambiado las prioridades en la agenda del país y sus ciudadanos. Lograr una cierta estabilidad y evitar un nuevo estallido de violencia que sitúen a Kirguizistán al borde del colapso son el objetivo inmediato ante las elecciones presidenciales que se celebran el domingo 30 de octubre.

El hasta hace poco primer ministro, Almazbek Atambáyev, es el máximo favorito en estos comicios. Su triunfo difícilmente ilusiona, pero, dadas las circunstancias, se le puede considerar un mal menor. Nacionalismo agresivo y talante violento son las señas de identidad de los otros candidatos con más posibilidades, Adaján Madumárov y Kamchybek Tashíev. Especialmente este último, un exboxeador pendenciero que recluta a muchos de sus cuadros entre lo más granado de los gimnasios más sórdidos. Muchos de sus seguidores, por cierto, fueron los principales instigadores y ejecutores del estallido de violencia étnica de junio de 2010 que se saldó con casi 500 muertos, 2.000 heridos, 400.000 desplazados y 3.000 viviendas y negocios destruidos, en su mayor parte pertenecientes a la minoría uzbeka, principal víctima de este brutal episodio.

La necesidad —más que probable— de recurrir a una segunda vuelta con los dos candidatos más votados tensará mucho la situación. La costumbre de organizar algaradas callejeras como medio de presión está demasiado extendida como para no resultar previsible, especialmente si entre el segundo y el tercer clasificado se da una diferencia de votos estrecha. De igual forma, una agudización de las tensiones regionales intrakirguises es previsible durante la segunda vuelta. La fractura norte-sur es clave en el panorama político kirguís. Atambáyev cuenta con respaldo en las siete provincias (oblast) del país y, de hecho, es el único candidato que puede presumir de ello, pero representa a la elite del norte; mientras que Tashíev, el máximo favorito para acompañarle en una segunda vuelta, o Madumárov, son candidatos del sur, de Jalalabad y Osh respectivamente. Es decir, de las capitales de la zona meridional y de la parte kirguís del valle de Fergana, epicentro del fenómeno islamista en Asia Central y que concentra los principales problemas de seguridad y gobernabilidad regionales.

Con toda seguridad, salga quien salga elegido nuevo presidente de Kirguizistán tratará de reforzar sus poderes en detrimento de los del Parlamento, tal como establece la Constitución adoptada mediante referéndum hace un año. La sempiterna crisis política y económica kirguís limita el entusiasmo y el margen de maniobra de los que apuestan por la democracia parlamentaria tanto dentro como fuera del país. Un respaldo tácito o un desinterés manifiesto son las reacciones previsibles entre las grandes potencias ante una hipotética reconcentración del poder en manos del presidente. Ni Rusia ni China, en particular la primera, se muestran especialmente entusiastas con el establecimiento de un régimen parlamentario en Kirguizistán. En palabras del presidente ruso, Dmitri Medvédev, esto no hace sino facilitar la toma del poder por parte de islamistas extremistas. Los ecos de la primavera árabe apenas se han dejado sentir en Asia Central y tampoco han influido demasiado en el enfoque y la agenda para la región tanto de la UE como de Estados Unidos. Por mucho que ambas hayan respaldado la opción democratizadora en Kirguizistán, su voluntad e incluso su capacidad, especialmente en el caso europeo, para influir de forma decisiva en la realidad kirguís son limitadas. Además, la situación es tan incierta, y las perspectivas tan sombrías, que cualquier opción que garantice cierta estabilidad y evite un colapso traumático del país puede resultar aceptable para Washington y Bruselas, concentradas ambas en facilitar la retirada del grueso de las tropas de Afganistán. Por todo ello, si la situación estalla, es poco probable que ninguno de estos actores se muestre dispuesto a intervenir en el agitado y complejo avispero en el que tiene visos de convertirse Kirguizistán.

La inquietante deriva de la apuesta kirguís por el parlamentarismo sirve de excusa argumental a los regímenes autocráticos de los países vecinos. Lo más preocupante es que este discurso cala en el imaginario colectivo centroasiático. La democracia no ha sido más que un mero recurso retórico en manos de los dirigentes locales en un periodo marcado por el latrocinio y el auge de las tensiones. Y lo cierto es que precedentes como la guerra civil a principios de los noventa en Tadzhikistán, la crisis de Andizhán en mayo de 2005, las revueltas en Bishkek en abril de 2010 o los ciclos de violencia interétnica en Osh y Jalalabad en junio de 1990 y 2010, obligan a no descartar ningún escenario en las aparentemente estables pero previsiblemente conflictivas repúblicas centroasiáticas.

Nicolás de Pedro, investigador de CIDOB