Jean-Luc Mélenchon

© facebook.com/JLMelenchon

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Update: 24 June 2022

Francia

Líder de LFI (2017-2021) y NUPES (2022-); candidato presidencial (2012, 2017, 2022); eurodiputado (2009-2017)

  • Jean-Luc Antoine Pierre Mélenchon
  • Birth: Tánger (Marruecos), 19 august 1951
  • Political party: La Francia Insumisa (LFI) y el Partido de la Izquierda (PG); ant., del Partido Socialista (PS)
  • Profession: Profesor de escuela y periodista
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Presentation

Tras tres tentativas presidenciales y a la improbable edad de 70 años, Jean-Luc Mélenchon, tribuno del izquierdismo radical con acentos populistas, ha alcanzado una posición clave en la política francesa como resultado de las elecciones legislativas de junio de 2022. La coalición por él forjada, la Nueva Unión Popular Ecologista y Social (NUPES), que reúne a su formación, La Francia Insumisa (LFI), a sus dos anteriores partidos, el Socialista (PS) y el de la Izquierda (PG), a ecologistas y a comunistas, conquistó en los comicios a doble vuelta la segunda posición en la Asamblea Nacional. Aunque su ambición expresa era ganar estas votaciones y obligar así a Emmanuel Macron a nombrarle primer ministro, su éxito matizado convierte a Mélenchon en el líder indiscutible de la oposición al bloque de fuerzas afín al presidente, reelegido en mayo en el Elíseo pero ahora confrontado a su debilidad parlamentaria: la mayoría presidencial del macronismo, la coalición centrista Ensemble, ha quedado reducida a una minoría presidencial. Es un escenario del que no hay precedentes en la V República —ni mayoría operativa ni cohabitación— y que anticipa inestabilidad.

La potente irrupción de la NUPES con 131 escaños y el 31,6% de los votos en la segunda vuelta (10 puntos más que los sacados por su abanderado en las presidenciales, donde quedó tercero, y siete menos que Ensemble), la subida de la extrema derecha de Marine Le Pen y el hundimiento de Los Republicanos, el centro-derecha tradicional, trasladan al Parlamento un ambiente político polarizado del que Mélenchon, el viejo disidente y rebelde de la izquierda que terminó aglutinando en torno a su persona a todo ese flanco del espectro, podría obtener mayores réditos. Por de pronto, el 21 de junio, tan sólo dos días después del segundo turno electoral, el melenchonismo, acometedor, ha anunciado una moción de censura contra el Gobierno cuyo efecto automático ha sido el ofrecimiento de dimisión de la primera ministra Élisabeth Borne, nombrada por Macron hace tan solo un mes; con la misma rapidez, el presidente ha pedido que continúe a Borne, a la que Mélenchon exige de paso el sometimiento a una moción de confianza.


(Texto actualizado hasta 23 junio 2022)

Biography

Con ancestros españoles por parte de tres de sus abuelos (su apellido es una forma afrancesada del murciano Melenchón, además de que el político habla un perfecto español) e hijo de un pareja de franco-argelinos, jefe de correos él y profesora de primaria ella, Jean-Luc Antoine Pierre Mélenchon nació en la zona internacional de la ciudad marroquí de Tánger. El joven se licenció en Filosofía y Literatura por la Universidad del Franco Condado en Besançon, tras lo cual se instaló profesionalmente como profesor de instituto técnico en el departamento del Jura. Durante unos años compaginó la docencia escolar y la práctica periodística en la prensa local.

En 1976, partiendo de un activismo estudiantil en los epígonos del Mayo del 68 y de una primera militancia trotskista, Mélenchon, admirador de Jean Jaurès, se adhirió al Partido Socialista (PS) de François Mitterrand, en cuyas filas anudó una ristra de mandatos municipales, departamentales y senatoriales a partir de 1983, año en que inició también su compromiso masón con el Gran Oriente de Francia. Por entonces, el futuro dirigente estaba casado con Bernadette Abriel, madre en 1974 de una hija en común, Maryline. La pareja iba a divorciarse en 1994, tras lo cual él permaneció soltero. Desde un principio, Mélenchon estuvo identificado con el ala más izquierdista del PS, laicista vehemente y promotora de la union de la gauche con el PCF y los radicales de izquierda, escenario de confluencia estratégica frente al centro-derecha neogaullista y liberal que en la V República Francesa operó de manera intermitente a partir de 1972. Su mitterrandismo de izquierda le empujó a contender con otras facciones y familias del socialismo galo, como las animadas por Michel Rocard y Jean-Pierre Chevènement.

En 1986, siendo concejal de la comuna de Massy y consejero general (departamental) de Essonne, en la región de Isla de Francia, Mélenchon ganó su primer ejercicio en el Senado francés con un mandato de nueve años, convirtiéndose a sus 35 en el más joven miembro de la Cámara alta. En 1989 agregó la condición de teniente de alcalde de Massy y un año más tarde empezó a hacerse notar en el PS nacional como presentador de una moción propia bajo la etiqueta de la Izquierda Socialista (GS), creada en 1988 junto con Julien Dray, que obtuvo un testimonial 1,3% de los votos en el Congreso de Rennes. Toda la década de los noventa fue un período de consolidación política para Mélenchon, verso suelto del socialismo galo por sus planteamientos radicales, chocantes, o directamente incompatibles, con algunas de las líneas oficiales del partido, el cual dirigió Francia entre 1981 y 1995 con Mitterrand en la Presidencia de la República y varios de sus primeros espadas (Pierre Mauroy, Laurent Fabius, Michel Rocard, Pierre Bérégovoy) en la jefatura del Gobierno.

En política exterior, Mélenchon voceaba su hostilidad a la supremacía económica y cultural de Estados Unidos, aunque su disonancia más notable acabó siendo en relación con la Unión Europea. Aquí, el senador, después de pedir el voto favorable al Tratado de Maastricht en el referéndum de 1992 con el argumento de la que la moneda única europea era un excelente valladar contra la preponderancia del dólar, pasó a esgrimir la opinión contraria: desde 1996, todas las mociones de su corriente minoritaria incluyeron la reclamación de la salida de Francia de la Eurozona. En el Congreso de Le Bourget de octubre 1993, en plena resaca por el descalabro del PS en las legislativas de marzo y la subsiguiente pérdida del Gobierno, la GS no presentó su ya habitual ponencia "alternativa", sino que optó por respaldar la moción unitaria de Rocard, Fabius y Lionel Jospin. Rocard fue elegido primer secretario del PS y Mélenchon accedió entonces al Buró Nacional, donde tomó el área de prensa.

En noviembre de 1997, recién iniciada la cohabitación inversa entre el presidente neogaullista Jacques Chirac y el Gobierno de la izquierda plural encabezado por Jospin, Mélenchon desafió en solitario la postulación a la Primera Secretaría de François Hollande, candidato del aparato oficialista, en el Congreso de Brest. El retador, con una fama ya de lenguaraz y rebelde, recabó menos del 9% de los votos. Meses después, en virtud de las elecciones cantonales de marzo de 1998 y cerrando un hiato de seis años, Mélenchon volvió al Consejo General de Essonne, esta vez con la función añadida de vicepresidente del departamento, adjunto a Michel Berson.


INDISCIPLINA EN EL PS, ESCISIÓN DEL PG Y PRIMERA CANDIDATURA PRESIDENCIAL EN 2012
En 1998 Hollande impuso una sanción disciplinaria a Mélenchon por insistir en su oposición al euro. La severa amonestación de su partido no acalló a Mélenchon, que redobló su discurso euroescéptico, atacando los tratados europeos por, según él, impulsar un modelo de integración que no avanzaba ni hacia el "Gobierno económico" ni hacia la "Europa social" y, al contrario, daba alas al "capitalismo trasnacional". El representante díscolo del PS pregonaba su concepto de esa "otra izquierda" socialista, estrictamente adherida a los valores del republicanismo laico, anticapitalista y antiglobalista, desde las palestras políticas y a través también de una obra ensayística que llegó a ser copiosa. Asimismo, expresaba sus simpatías por el chavismo venezolano, el socialismo brasileño de Lula da Silva y las otras corrientes nacionales de la izquierda emergente en América Latina.

Aunque contestatario en sus propias filas, Mélenchon difundía unos mensajes que tenían cabida en el Gobierno de la gauche plurielle, por la que él siempre había abogado. Así, en marzo de 2000 el senador aceptó participar en el Gobierno Jospin desde el puesto de ministro delegado para la Enseñanza Profesional. No era una cartera del Gabinete, sino un cargo supeditado al ministro de Educación Nacional, Jack Lang. El servicio gubernamental duró hasta mayo de 2002, cuando Jospin, barrido en la primera vuelta de las presidenciales en abril, hizo efectiva su dimisión y facilitó al reelegido Chirac el nombramiento de un Gabinete conservador de su gusto, cerrando así la experiencia de la cohabitación.

La humillación de ser desbancados por el ultraderechista Jean-Marie Le Pen en las presidenciales de 2002 hizo reafirmarse a Mélenchon en su diagnóstico de que el PS, a menos que imprimiera un fuerte viraje a la izquierda y de alguna manera regresara "a los orígenes", se arriesgaba a quedar desconectado de las aspiraciones de la ciudadanía movilizada, la clase trabajadora en particular, y a perder la condición de fuerza motriz del progreso social en Francia. El abandono de la GS y la puesta en marcha, acompañado por Henri Emmanuelli, de otra corriente interna de nombre Nuevo Mundo fueron interpretados como que Mélenchon daba una última oportunidad a su partido para rectificar. La moción de Nuevo Mundo obtuvo un 16,3% de apoyos en el Congreso de Dijon de 2003, empatando con la del Nuevo Partido Socialista de Arnaud Montebourg, pero sin la capacidad de hacerle sombra a la ponencia del oficialismo, representado por Hollande.

Mélenchon, vuelto al Senado en 2004 con un mandato sexenal, tensó al máximo la cuerda de su disidencia en 2005 con motivo del referéndum nacional de ratificación del Tratado que debía dotar a la UE de una Constitución. Desobedeciendo la consigna del , decidida por el PS en una consulta interna y compartida por el Gobierno de la UMP de Chirac, el ex ministro se unió al PCF de Marie-George Buffet, a la Liga Comunista Revolucionaria (LCR) de Olivier Besancenot y al agrosindicalista y conservacionista José Bové para hacer campaña por el no, opción que efectivamente se impuso en las urnas el 29 de mayo. El terremoto del referéndum sobre la Constitución Europea sacudió con violencia el PS y para Mélenchon supuso desasirse de Nuevo Mundo y continuar en la brecha con otra corriente más personalizada, Trait d'union (El Guión). Para sorpresa de muchos, Trait d'union decidió apoyar al social liberal Laurent Fabius frente a Dominique Strauss-Kahn y Ségolène Royal de cara a la primaria socialista para la definición del candidato presidencial en 2007. A la vez, Mélenchon presentó Por una República Social (PRS), una asociación al margen del partido.

La paciencia de Mélenchon con lo que consideraba inmovilismo de su partido empezó a agotarse tras la derrota electoral de Royal a manos de Nicolas Sarkozy, adalid del conservadurismo posgaullista. En el Congreso de Reims, a mediados de noviembre de 2008, Mélenchon intentó de nuevo sacar adelante su proyecto para "reinventar" la izquierda y para ello trabó alianza entre otros con Emmanuelli, el joven Benoît Hamon, Marie-Noëlle Lienemann, Gérard Filoche, Paul Quiles y Marc Dolez, esto es, el neosocialismo y el ala izquierda al completo. Esta ponencia de síntesis, titulada Un mundo por delante, cosechó pocos apoyos entre los congresistas y únicamente fue la cuarta más votada. Martine Aubry derrotó a Hamon en la competición por la Primera Secretaría que también pretendía Royal, pero luego Hamon se incorporó al equipo de Aubry.

Con esta última decepción, Mélenchon, Doles y un puñado de descontentos resolvieron dar portazo al PS y, "por fidelidad a los compromisos", fundar un movimiento político independiente que no hiciera "concesiones a la derecha". Así, el 29 de noviembre de 2008 los escindidos lanzaron el Partido de la Izquierda (Parti de gauche, PG). La denominación podía traer equívocamente a mientes el Partido Radical de la Izquierda (PRG), una formación radical-socialista con mucha solera, próxima al PS y, pese a su nombre, ideológicamente moderada. El PG y el PRG no tenían mucho que ver entre sí. Para Mélenchon y sus compañeros el modelo inspirador de su proyecto era la alemana Die Linke (La Izquierda), fuerza de doctrina socialista democrática creada en 2007 por el antiguo socialdemócrata Oskar Lafontaine y el postcomunista Lothar Bisky. Al nuevo PG se incorporaron políticos no socialistas como Éric Coquerel, antiguo miembro de la LCR, y Martine Billard, venida de Los Verdes. La presencia de personalidades como Billard aportó a la flamante formación una vertiente ecosocialista. En adelante, la sostenibilidad ambiental y la acción contra el cambio climático fueron centrales en la narrativa política de Mélenchon, para quien ecología y capitalismo eran "incompatibles".

Para Mélenchon, daba comienzo una etapa frenética en su ya dilatada carrera política. Desde el primer día de andadura del PG, que celebró su congreso fundacional el 1 de febrero de 2009, el sector de Mélenchon negoció con el PCF y un ramillete de agrupaciones minoritarias de extrema izquierda o ultraizquierda la creación de un Frente de Izquierda (FG) para competir en las próximas elecciones europeas. Unidos por su ideario antiliberal, soberanista euroescéptico y altermundialista, los socios del FG se conjuraron contra la entrada en vigor del Tratado de Lisboa, "instrumento neoliberal" que el Parlamento y la Presidencia franceses ya habían ratificado en febrero de 2008, antes que los demás estados miembros. En las europeas del 7 de junio de 2019 el FG tuvo un debut electoral discreto con el 6,5% de los votos y cinco eurodiputados. A la cabeza de los mismos estaba Mélenchon, que el 14 de julio inauguró su mandato en el Parlamento Europeo adscrito al Grupo Confederal de la Izquierda Unitaria Europea/Izquierda Verde Nórdica (GUE/NGL). En noviembre de 2010 el dirigente pasó a compartir la presidencia del Buró Nacional del PG con Martine Billard.

Su condición de eurodiputado (aunque muy poco asistente a los plenarios) y el vendaval económico, político y social que levantaron la gran crisis de las deudas soberanas del euro y la subsiguiente secuencia de rescates crediticios de los países en apuros espolearon la proyección pública de Mélenchon. El político francés se erigió en uno de los principales fustigadores de las políticas de austeridad, divisa del Gobierno alemán de Ángela Merkel compartida por Sarkozy, y los planes de ajuste económico y estabilidad financiera preceptuados por la Troika de la Comisión Europea, el Banco Central Europeo y el FMI. Mélenchon, luciendo su faz más mitinera y combativa, alternando las alocuciones institucionales, las diatribas por escrito (con repercusión para su manifiesto de 2010 Qu'ils s'en aillent tous!: Vite, la révolution citoyenne, en expresiones tomadas de la política sudamericana) y las arengas a pie de calle contra las "élites" y los "oligarcas", confirmó su aspiración al Elíseo en enero de 2011.

Para las elecciones generales francesas de 2012 el PF y el FG presentaron un programa que incidía en la abrogación del ya vigente Tratado de Lisboa, la "planificación" ecológica y energética por el Estado, la "recuperación del poder" en manos de los bancos y el "reparto de la riqueza" con una fuerte subida de salarios e impuestos. Durante la campaña, el candidato del FG encabezó numerosas asambleas y manifestaciones, algunas multitudinarias.

En las presidenciales del 22 de abril Mélenchon quedó cuarto con el 11,1% de los votos, por detrás de Marine Le Pen del Frente Nacional, el titular reeleccionista Sarkozy por la conservadora UMP y el socialista Hollande, a la postre ganador del balotaje del 6 de mayo. En sí misma, la cuota obtenida por el eurodiputado no tenía nada de impresionante, aunque se trataba del mejor resultado cosechado por un candidato de la extrema izquierda desde 1981, cuando el líder comunista Georges Marchais sacó el 15%. Mélenchon superó además al experimentado François Bayrou, del centrista Movimiento Demócrata (MoDem), tercero en la liza de 2007 y cuarto en la de 2002. De todas maneras, en el FG hubo cierta decepción porque en la recta final de la campaña los sondeos habían augurado hasta un 15% para su candidato, quien tras ser eliminado reclamó el voto para Hollande en la segunda vuelta.

Luego, tuvieron lugar las legislativas del 10 y el 17 de junio. Mélenchon se presentaba a la Asamblea Nacional como candidato en la 11ª Circunscripción de Paso de Calais, zona de tradición obrera, actual plaza fuerte del FN y donde esperaba ganar su primer escaño también Marine Le Pen, a la que el izquierdista quería "bloquear" en su terreno. De nuevo, Mélenchon no logró sus expectativas y fue apeado en la primera vuelta por Le Pen, quien le sacó más de 20 puntos de ventaja, y por el socialista Philippe Kemel, finalmente ajustado vencedor. A nivel nacional, el FG recibió el 6,9% de los votos en la primera vuelta y entró en la Asamblea con apenas una decena de diputados, cinco menos de los que el PCF por sí solo había tenido en la anterior legislatura.


LA FRANCIA INSUMISA Y LA CAMPAÑA PRESIDENCIAL DE 2017
Los discretos resultados electorales de 2012 no templaron los ímpetus de Mélenchon, listo para redoblar su embestida contra un adversario de múltiples cabezas y seguir practicando una oposición dura, teniendo en el Ejecutivo de casa esta vez a su antiguo partido, el PS.

De hecho, comenzó para él una nueva etapa de luchas políticas y sociales, en la que tomó el estandarte de las movilizaciones populares en Francia contra las reformas económicas y fiscales de los gobiernos de Hollande, denostado por "capitular" ante Merkel, y contra el "diktat" del núcleo duro europeo en la interminable crisis del euro. En mayo de 2013 una "Marcha Ciudadana por la Sexta República" dirigida por Mélenchon, embutido en su icónico cubrecuello rojo, congregó a cerca de 200.000 personas, según los organizadores, en el centro de París. Las principales cabeceras de la prensa gala, y no solo de la derecha, empezaron a cargar las tintas contra el líder del PG, poniéndole de irresponsable, populista, demagogo, por coquetear con la antipolítica (el "que se vayan todos"), abusar de la oratoria agresiva y formular promesas impracticables. Mélenchon también era recriminado por su tendencia a polemizar con periodistas críticos, a los que respondía con insultos. La indignación del político por el tratamiento que algunos periodistas y medios daban a su persona iba a derivar en invectivas sistemáticas contra el "partido mediático" y las "marionetas de la casta", y en denuncias por difamación en su contra, saldadas con multas.

Por el momento, los efectos electorales de esta estrategia beligerante no eran alentadores. En las europeas de mayo de 2014, que excitaron el debate sobre la "impagable" deuda griega, el FG perdió un escaño y descendió de la quinta a la sexta posición, siendo rebasado por la Europa Ecología Los Verdes (EÉLV) de Emmanuelle Cosse. Además, la antípoda ideológica de Mélenchon, Le Pen, colega nacional en el hemiciclo de Bruselas, acaparó los focos por la subida meteórica del FN al primer puesto, logro histórico de la extrema derecha que dejó a todo el arco de la izquierda horrorizado.

Mélenchon, que admiraba y envidiaba el éxito de Alexis Tsipras y su SYRIZA en Grecia (líder de la oposición en Atenas desde 2012 y finalmente primer ministro en 2015), no eludió el problema del estancamiento del FG y se sometió a autocrítica, aunque limitada. A su entender, el PG estaba excesivamente identificado con su persona y había que dotarlo de una dirección colegiada. La reducción de la exposición pública pasó por retirarse de la presidencia del Buró Nacional del PG, a la vez que la otra copresidenta, Billard. En agosto de 2014 los izquierdistas abolieron la presidencia bicéfala, reorganizaron su Secretaría Nacional en un sentido asambleario y designaron para el nuevo puesto de coordinador/portavoz a Éric Coquerel, al que en 2015 iba a sumarse Danielle Simonnet.

La marcha de Mélenchon de los órganos directivos de un PG que no terminaba de dar el salto fue el preludio del siguiente proyecto político del eurodiputado, con la mirada clavada en las elecciones generales de 2017. El 10 de febrero de 2016, en un movimiento sorpresa que no fue consultado con los socios del FG e irritó a los comunistas, Mélenchon anunció en las redes sociales y desde los estudios de TF1 su segunda apuesta presidencial en 2017 y la plataforma La Francia Insumisa (LFI), nombre bien ilustrativo de su deseo de conectar con los movimientos de rebelión ciudadana contra las élites y el sistema. Su candidatura era directa y quedaba al margen de la denominada primaria ciudadana, concebida por el PS y sus aliados y a la que iban a presentar sus precandidaturas entre otros Benoît Hamon, Arnaud Montebourg y Manuel Valls, en esos momentos primer ministro con Hollande.

La France insoumise era inicialmente un vehículo suprapartidista, una marca abierta a adhesiones, no necesariamente desde dentro del FG, y una herramienta digital para hacer proselitismo en Internet. En octubre siguiente, la plataforma melenchonista adoptó su programa, El futuro en común, un voluminoso texto que poco después apareció en los comercios en forma de libro (y con gran éxito de ventas), y el 23 de enero de 2017 se constituyó como un partido político propiamente dicho, adherido al socialismo democrático y el ecosocialismo. Empero, Mélenchon seguía siendo miembro del PG. LFI no nacía para suplantar al PG, sino para enriquecer el panorama de la izquierda y crear sinergias electorales. En el resto del FG, las diversas personalidades y partidos fueron desgranando su respaldo al eurodiputado, quien era de largo la figura más carismática de la coalición. También desde la EÉLV le salieron numerosas adhesiones a título particular.

El programa que Mélenchon exponía En L'Avenir en commun se prestaba a pocas o ninguna duda; compacto y contundente, evocaba el sentimiento de una izquierda radical que se aferraba a la validez de los postulados de la socialdemocracia clásica, a su juicio completamente devaluados, si no "traicionados", por unos partidos de la Internacional Socialista, el PS en particular, "rendidos al liberalismo". Los temas tratados eran la redistribución social de la riqueza, la salvaguardia del estado del bienestar y la intervención del Estado en la economía, un repertorio socialdemócrata prístino, pero trascendidos con toda una paleta de matices anticapitalistas, antiglobalistas y ecologistas, más de los tiempos actuales.

Mélenchon y Le Pen partían de situarse en polos ideológicos opuestos, lo que hacía paradójico el paralelismo de varias de sus propuestas, en algún punto calcadas. Estas similitudes obedecían fundamentalmente al deseo de la líder ultraderechista de presentarse como la campeona del pueblo, la gran defensora de la clase trabajadora, lo que requería la apropiación por el FN de muchos elementos del discurso social y estatista típicos de la extrema izquierda.

Dos eran los mecanismos, previsibles a la luz de sus credenciales, de la política económica y fiscal del candidato de los insumisos. Por una parte, hablaba de destinar 100.000 millones de euros a "grandes proyectos de interés nacional", junto con otro paquete de gasto público en vivienda. Tales inversiones del Estado se financiarían exclusivamente con muy fuertes alzas impositivas a los ricos, los bancos y las corporaciones. Estos grandes contribuyentes tributarían bajo un impuesto sobre la renta mucho más progresivo: los cinco tramos actuales pasarían a ser 14, con un tipo del 100% para los ingresos salariales de más de 33.000 euros al mes. Además, les afectaría un nuevo IVA especial para productos de "gran lujo" (mientras que los bienes de primera necesidad se beneficiarían de un IVA superreducido), un también nuevo "impuesto ciudadano" sobre los ingresos "basado en la nacionalidad" (luego aplicado a todo francés "donde quiera que se halle en la Tierra"), la eliminación de los "nichos fiscales injustos, socialmente ineficaces y ecológicamente perjudiciales", el endurecimiento del impuesto de sociedades para los beneficios no reinvertidos en Francia, y el encarecimiento igualmente del impuesto de solidaridad sobre las fortunas (ISF) y de los derechos de sucesión en los grandes patrimonios. A todo esto, Mélenchon lo llamaba su "revolución fiscal".

Por otra parte, Mélenchon preconizaba las renacionalizaciones de compañías de sectores que, como el energético, el bancario o los transportes, tuvieran carácter "estratégico", así como la mano dura contra el fraude, la evasión tributaria, los paraísos fiscales y las operaciones financieras de carácter especulativo. Controlar los "dividendos exorbitantes de los grandes accionistas", tasar las transacciones de capital y perseguir a los "delincuentes financieros" respondían a la meta de "liberar la economía de las finanzas". La norma general, transmitía Mélenchon, era que el Estado interviniese en el sector privado siempre que lo creyera oportuno y en nombre del "interés general". De igual manera, la administración pública estaba obligada a garantizar la prestación de unos servicios avanzados, universales y gratuitos en la sanidad y la educación.

Mélenchon encontraba escandaloso que en Francia hubiera seis millones de trabajadores (el 10% de la población activa) en paro. Para impulsar la actividad, crear 3,5 millones de puestos de trabajo, proteger los puestos existentes y llegar al pleno empleo, se impondrían, entre otras, las siguientes medidas: reducir y repartir el tiempo de trabajo en las empresas con el acatamiento estricto de la jornada de 35 horas (reforma introducida por Jospin en 2000 pero luego muy relativizada por los gobiernos del centro-derecha), el inicio de la transición a la semana de 32 horas y la penalización severa de las horas extraordinarias; abolir la reforma laboral de 2016; permitir la jubilación a los 60 años con 40 años de cotización para tener derecho a la pensión íntegra; prohibir el reparto de dividendos en las empresas que despidieran trabajadores; dar a los sindicatos el poder de vetar los ERE; acelerar la transición energética; y abrazar un "proteccionismo solidario" dirigido contra las multinacionales, la globalización financiera y tratados de libre comercio como el TTIP, cuyo destino era según Mélenchon la papelera. Además, tocaba aumentar el salario mínimo y la pensión contributiva mínima hasta los 1.326 euros al mes, revalorizar las pensiones básicas a los 1.000 euros y descongelar los sueldos de los funcionarios. Y prohibir los desahucios hipotecarios de no ofrecerse alojamiento alternativo.

Otro de los ejes del programa de LFI para las elecciones de 2017 era la convocatoria de una Asamblea Constituyente para la fundación de la VI República Francesa. Caballo de batalla de Mélenchon desde hacía años, esta noción la manejaba también el socialista Hamon, pero su competidor de la izquierda rehuía toda vaguedad y le daba un argumentario radical: se trataba de "cambiar de arriba abajo" la Constitución de 1958 para "abolir la monarquía presidencial" en favor de la Asamblea Nacional, "restaurar el poder de la iniciativa popular" y librar al país "de la oligarquía financiera y la casta que está a su servicio".

En el candente tema migratorio, Mélenchon veía las cosas con un prisma diametralmente opuesto al de Le Pen. Aquí, los insumisos se oponían de manera tajante a cualquier reforma restrictiva de las regulaciones sobre la inmigración, el asilo y la nacionalidad, asuntos que a su jefe le parecían "demasiado serios como para dejarlos a las pujas de oportunistas y los impulsos incontrolados". Él ponía el dedo en las raíces del problema y le daba rostro, la suma de innumerables dramas personales que eran, argüía, la consecuencia de un orden internacional injusto impuesto por la fuerza ("guerras y acuerdos comerciales desiguales"). El candidato izquierdista invocaba la "dignidad humana" de quienes habían de huir de sus países, y pedía tanto reafirmar el derecho de asilo que asistía a los refugiados como "refundar la política europea sobre el control de las fronteras", poniendo fin a la "militarización del control de los flujos migratorios". Adicionalmente, Mélenchon reclamaba unas fuerzas policiales orientadas al servicio cercano de los ciudadanos y a las tareas de prevención y disuasión, así como una estrategia antiterrorista "consecuente", desligada de la "política aberrante de los números". Decía que era hora de levantar el estado de urgencia, declarado por Hollande en noviembre de 2015 a raíz de los atentados yihadistas de París, porque "con la lógica de la excepción no se protege mejor el estado de derecho".

Sobre la UE, Mélenchon recortaba de nuevo trecho con Le Pen. Su posición aquí, de rechazo también, no era tan extrema y visceral como la de ella (la ruptura total y por las bravas, únicamente sujeta a un referéndum); él mantenía un cierto margen de posibilismo, pero a cambio de resultar un tanto confuso. El soberanista euroescéptico que siempre había sido se revolvía contra una Unión que imponía a los ciudadanos políticas de recortes "sin inversiones públicas con el pretexto de una deuda que todo el mundo sabe que no se puede pagar", y cuyo ordenamiento jurídico consagraba "la austeridad presupuestaria, el libre cambio y la destrucción de servicios públicos". Para recobrar "nuestra independencia de acción" y la "soberanía de nuestras decisiones" frente a instituciones como esa Comisión Europea "compuesta de burócratas y dominada por Alemania", Francia tenía que "librarse de los Tratados Europeos", desobedecer la "regla absurda" del tope del 3% de déficit fijado por el Pacto de Estabilidad y forzar una modificación de los estatutos del BCE para que el emisor monetario pudiera prestar dinero directamente a los gobiernos.

Mélenchon ofrecía su particular hoja de ruta para este gran viraje, consistente en un Plan A y, si fallaba este, un Plan B. El Plan A proponía que el Gobierno de París convocara una "refundación democrática, social y ecológica" de la UE con vistas a una "salida concertada" de los Tratados y que luego presentara los resultados de esta "renegociación de las reglas" al pueblo francés, el cual decidiría "de manera soberana" sobre la conveniencia de seguir participando en la UE o no. El Plan B consistía en proceder a la "salida unilateral" de los Tratados, lo que de entrada supondría suspender la contribución nacional anual de 22.000 millones de euros al presupuesto de la Unión. El portazo galo implicaría también "transformar el euro en una moneda común y no ya única", o sea, recuperar el franco y ponerlo en cocirculación, y aplicar controles de mercancías y capitales en las fronteras nacionales.

La causa de la soberanía nacional impelía asimismo al abandono de la OTAN, organización que no era más que la "herramienta de la tutela militar de Estados Unidos y sus locuras imperiales". Francia, afirmaba Mélenchon, debía preservar una defensa autónoma al margen de toda "alianza militar permanente" y, como la "nación universal" que era, hacer banderas de la diplomacia al servicio de la paz, el entendimiento entre los pueblos, la cooperación con los países emergentes y las relaciones especiales con las naciones ribereñas del Mediterráneo y el África francófona. La "vocación" de Francia no estaba en la OTAN, sino en la ONU, aseveraba el candidato, para el que "construir la paz en Siria e Irak" era una tarea que correspondía a una "coalición universal bajo la égida de la ONU", no a "alianzas hipócritas con las petromonarquías del Golfo".

LFI abrazaba el ecologismo en la interpretación socialista de que este y el capitalismo eran irreconciliables. En L'Avenir en commun, Mélenchon explicaba sus propuestas de "planificación ambiental" para la transición energética y la acción contra el cambio climático, que abarcaban desde la desnuclearización de Francia hasta la consecución de un cambio profundo en los hábitos de consumo y la conciencia medioambiental. Para 2050, toda la electricidad que consumiera el país tendrían que generarla las energías renovables.

Por otro lado, Mélenchon opinaba que al Gobierno le tocaba hacer lo necesario para que la igualdad legal de los sexos llegara también a los salarios, suscribía a pies juntillas el principio de la excepción cultural francesa y, aspecto curioso, hacía gala de una auténtica pasión por la exploración espacial y la astronomía. El documento programático dedicaba un apartado específicamente al espacio, "nuestra ambición" y un "formidable desafío para la humanidad", amén de "nuestro bien común". Entre otras metas astronáuticas y científicas, tan positivas para el desarrollo del I+D+i, se mencionaban un plan de lucha contra la contaminación lumínica que impedía la buena observación nocturna de los astros, una nueva estación espacial internacional, una base permanente en la Luna y las misiones tripuladas a Marte.

El recetario de multiplicación del gasto público, drástica subida de impuestos a los ricos, blindaje del Estado del bienestar, renacionalizaciones, "proteccionismo solidario", "planificación ambiental", "salida concertada" de los Tratados Europeos y portazo a la OTAN resultaba seductor, a tenor de los sondeos. Ya desde julio de 2016, faltando diez meses para las presidenciales, las encuestas situaron a Mélenchon por delante del presidente Hollande, el primer ministro Valls y cualquier otro aspirante del PS, partido gobernante en horas bajas y cayendo, o del conjunto de la izquierda. Luego, Hollande, resignado a sus paupérrimos índices de popularidad, declinó presentarse a la reelección y Valls perdió la primaria ciudadana frente a Hamon, el cual tampoco fue capaz de adelantar a Mélenchon.

Finalmente, el líder de LFI iba a medirse en las urnas con tres contrincantes que le llevaban delantera, ubicados entre la extrema derecha y el centro liberal progresista, pasando por el centro-derecha conservador. Estos eran Le Pen por el FN, el anterior primer ministro François Fillon por Los Republicanos (LR, ex UMP) y la sensación del momento, Emmanuel Macron, treintañero ex ministro de Economía del Gabinete Valls y disruptor del escenario político con su nueva opción de centro reformista, ¡La República en Marcha! (LREM), capaz de dinamitar lo que quedaba del viejo bipartidismo. El caso fue que los cuatro candidatos cabeceros disputaron una campaña bastante igualada, sin conseguir ninguno despegarse de los demás. Macron y Le Pen iban primeros, pero con muy pocos puntos de ventaja sobre Fillon y Mélenchon.

Las buenas notas a su actuación en los debates presidenciales, el gran poder de convocatoria de sus mítines y su optimismo inveterado convencieron a Mélenchon de que el Elíseo estaba a su alcance. El cálculo no era desatinado: si lograba colarse de refilón en la segunda vuelta junto con Le Pen o Fillon, igual le daba, entonces la victoria sería suya. En cambio, en un cara a cara con Macron perdería de seguro. Era lo que decían todos los sondeos.

Mélenchon agotó la campaña electoral clavado en el 19% y la cuarta posición, y esos fueron exactamente los guarismos que obtuvo el 23 de abril de 2017: el 19,58% de los sufragios a la zaga de Fillon (el 20,01%), Le Pen (21,3%) y Macron (24,01%). En un lejano quinto lugar (con el 6,36%) quedó Hamon, expresión del cuasi colapso del partido que había sido pilar de la V República y que por el momento seguía gobernando Francia. Por primera vez desde 1969, un candidato no del PS había sido el más votado de la izquierda. Satisfacción añadida para los insumisos, su candidato había quedado primero en cinco de las principales ciudades del país: en Marsella, Toulouse, Lille, Montpellier y Grenoble (en tanto que Macron se había impuesto en París, Lyon, Burdeos, Estrasburgo y Nantes).

A Mélenchon le resultaba desagradable pedir el voto para Macron, al que veía como el candidato del libre mercado y los agentes financieros, para a Le Pen en el balotaje. Entonces, optó por llamar a la gente de LFI para que diera su parecer por Internet. En la consulta virtual participaron 243.000 simpatizantes inscritos, algo más de la mitad de los afiliados, y el resultado fue que un 36% se decantaba por el voto en blanco o nulo, un 35% por votar a Macron y el 29% restante por abstenerse; el voto a Le Pen no figuraba entre las opciones propuestas. Mélenchon no concebía la consulta como una consigna sobre qué hacer con la papeleta y su propia opción se la calló, aclarando únicamente que por Le Pen desde luego no iba a votar. El silencio de Mélenchon fue criticado por el PCF de Pierre Laurent, que no dudó en llamar al cierre de filas tras Macron, como en 2002 con Chirac para impedir el triunfo de Le Pen padre. Entonces, precisamente, Mélenchon se había pronunciado en favor de Chirac, pero ahora indicó que no contaran con él para reeditar el "frente republicano" anti-FN.

Las legislativas del 11 y el 18 de junio de 2017 debían trasladar a la Asamblea Nacional el peso electoral adquirido por Mélenchon en las presidenciales, pero LFI, que en la práctica reemplazaba a un FG oficialmente no disuelto, se quedó bastante corto en las expectativas. Con el 11,03% de los votos en la primera vuelta y solo el 4,86% en la segunda (donde fue superado por el PS y el MoDem), hubo de conformarse con un grupo parlamentario de 17 diputados. A diferencia de la vez anterior, Mélenchon se hizo con el escaño, el de la 4ª Circunscripción de Bocas del Ródano, correspondiente a Marsella y un baluarte inexpugnable de la izquierda. El líder insumiso se adelantó en el primer turno y en el balotaje derrotó a la contendiente de LREM, Corinne Versini, con el 60% de los votos. Días después, una vez despedido del Parlamento Europeo, Mélenchon estrenó su asiento en la Asamblea Nacional como jefe del grupo parlamentario de LFI. Más tarde, en noviembre, Manuel Bompard, el secretario nacional del PG, fue elegido primer coordinador de LFI.


TERCERA POSTULACIÓN AL ELÍSEO EN 2022 Y LA COALICIÓN NUPES PARA LAS LEGISLATIVAS
(Epígrafe en preparación)

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