Cambio de poder en Cuba: ¿Un mero trámite?

Cambio de poder en Cuba: ¿Un mero trámite?

Data de publicació:
04/2018
Autor:
Susanne Gratius, investigadora asociada, CIDOB
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Desde el 19 de abril, Cuba tiene un presidente post-castrista. Con dos meses de retraso, Miguel Díaz-Canel fue elegido, con 603 de los 604 votos posibles, por una Asamblea Nacional del Poder Popular que apenas sirve de caja de resonancia al ejecutivo. El régimen se empeñó en presentar el histórico traspaso de poder como “una legislatura más” o, como lo calificó Granma, la “continuidad del proceso emancipador” para bajar las expectativas de cambio a cero. No sorprendió que el primer discurso del nuevo presidente fuera conservador, combativo, histórico, soberanista y de homenaje a Raúl Castro que, desde su posición de secretario del Partido Comunista de Cuba (PCC) vigilará a su delfín hasta que la salud se lo permita. Consciente de ello, Miguel Díaz Canel aseguró que “aquí no hay espacios para una transición” o “una restauración capitalista”. Aunque nada trascendió de su opaco discurso leído, la mención de la “Revolución socialista y democrática”, la referencia a los artistas, intelectuales y periodistas, la creatividad, la importancia de internet o la participación de la población en las decisiones podrían ser interpretadas como un guiño a posibles cambios.

Entre los 31 miembros electos del Consejo de Estado destaca la continuidad de los “históricos” y los militares. Con ello, el régimen cubano garantizó la continuidad del proceso iniciado desde los años noventa: una transformación gradual y ordenada. Pero, aunque al Gobierno cubano quiso restar importancia al acto y se esforzó en venderlo como un mero trámite para evitar cualquier expectativa y proyectar una imagen de cohesión en el interior y el exterior, ya nada va a ser como antes.

Una nueva etapa

El fin del liderazgo histórico abre un nuevo horizonte político y crea un equilibrio de poder diferente en la cúpula dirigente. Para evitar sorpresas, el ascenso al poder de Miguel Díaz-Canel cuenta con la doble tutela de las Fuerzas Armadas Revolucionarias, que se convirtieron durante los doce años del mandato de Raúl Castro en el principal sostén del régimen, y del mismo Raúl, de 86 años, que actuará desde la sombra como último guardián de la Revolución. Es cierto que el régimen parece tener “todo atado”, pero otras experiencias de delfines y sucesiones, entre ellas la española, enseñan que la historia no se puede predeterminar sino que busca su propio camino. Por varias razones, la presidencia del ingeniero electrónico Miguel Díaz-Canel -un apparátchik de 58 años con una larga carrera en el PCC-, inicia una nueva etapa en Cuba.

En primer lugar, al ser el primer presidente post-revolucionario, su legitimidad ya no será otorgada por el proceso histórico sino que dependerá de los resultados de su gestión que tendrá que ser aprobada por los que ya no serán simples seguidores sino ciudadanos, en un ciclo político y económico diferente. En segundo lugar, su mantenimiento en el poder depende de las Fuerzas Armada Revolucionarias y del PCC que tendrán que apoyar al nuevo presidente. En tercer lugar, ya no será posible poner más frenos al proceso de cambios en marcha desde la presidencia de Raúl Castro y particularmente a partir de los alineamientos del VII Congreso del PCC en 2011. Aparte de implementar el 70% restante del paquete de medidas aprobadas en aquel entonces hay otras más importantes: la unificación monetaria para poner fin a la circulación independiente de dos monedas, el CUC y el peso; mayor espacio para el emergente sector privado; una apertura política que permita nuevos espacios de debate; la “reparlamentarización” de la Asamblea Nacional (que contaría con la resistencia de su presidente Esteban Lazo, que representa el ala más conservadora); una mayor descentralización territorial; y cambios constitucionales y electorales. En el plano económico, dicho proceso de cambio tendría que acelerarse por el difícil contexto internacional que afronta Cuba: sin su aliado, Venezuela, que ya no puede suministrar la cuota de petróleo acordada, con escasas perspectivas de aumentar la cooperación con China y sin la esperanza de mejorar relaciones con EE.UU. durante el mandato de Donald Trump. Sólo queda intensificar las relaciones con economías que operan en condiciones de mercado: Canadá, la Unión Europea y los vecinos latinoamericanos. 

El tamaño del paquete de reformas pendientes contrasta con las bajas expectativas de cambio político. Evidentemente, el relevo generacional no es equivalente al relevo de ideas. Hasta el momento, el primer presidente no castrista más bien se había caracterizado por su escaso protagonismo y carisma, así como por su actuación desde la sombra en línea con los postulados oficiales. A partir de ahora, desde la presidencia del país, Miguel Díaz-Canel representa esta zona gris entre el sistema de control conocido y la liberalización de nuevos espacios económicos y políticos. 

Escenarios de cambio

De cara al presente y al futuro, el cambio en el poder puede traducirse en cuatro fases diferentes, representadas por cuatro “Ts”:

1) Traspaso de poder. Corresponde a la primera fase del proceso y sería el escenario preferido del gobierno actual para garantizar un mero trámite ordenado sin mayores alteraciones en la agenda política y económica que, en este horizonte, seguiría con escasas reformas y al ritmo actual.

2) Transferencia de poder. Esta etapa se iniciaría después. La trayectoria del mandato de Miguel Díaz-Canel depende en gran medida de su habilidad de negociar con los diferentes facciones dentro de la cúpula dirigente, pero también de cuánto poder estén dispuestos a ceder los líderes actuales, incluyendo a Raúl, y los históricos que todavía representan una mayoría dentro del recién reelecto Consejo de Estado.

3) Transición. Éste sería el horizonte preferible de muchos analistas, pero nada indica que se produzca. Durante el mandato de Raúl Castro se ha iniciado una fase de liberalización política o una limitada apertura democrática por la reducción de presos políticos, la libertad de movimiento de los disidentes y una mayor tolerancia con un espacio político y social más diverso y variopinto. Otras experiencias, entre ellas la “Primavera Árabe” que no tuvo lugar, enseñaron que el camino entre liberalización y transición democrática no es lineal: Según el Informe 2017 de Freedom House, los ciudadanos que viven en regímenes democráticos representan sólo el 39% de la población mundial frente a aquellos con gobiernos híbridos o autoritarios (61%). 

4) Transformación. Aunque el gobierno prefiere este término ante la palabra transición, tanto en la teoría como en la práctica significa un proceso de cambio simultáneo dual: la transición política del autoritarismo a la democracia y el cambio del socialismo hacia una economía de mercado. Hasta ahora, Cuba ha iniciado tímidamente la segunda parte de la transformación, pero no ha emprendido la primera. No se ha comprobado que ambas se produzcan simultáneamente ni tampoco que se condicionen mutuamente.

Sólo cuando haya transcurrido el primer año del nuevo gobierno se podrá decidir cuál de estas cuatro “Ts” representa mejor el relevo político de Castro a Díaz-Canel. En este momento, estamos en la fase uno: un traspaso de poder largamente anunciado y planificado cuyo desenlace es difícil de predecir porque depende de la capacidad del nuevo presidente de satisfacer las demandas de reformas de los que prefieren los escenarios 3 y 4 sin provocar el descontento de aquellos que prefieren las opciones 1 y 2. Una tarea nada fácil de realizar y menos en un contexto regional e internacional adverso en el cual Cuba carece de un aliado estratégico -como tradicionalmente, primero la URSS y luego Venezuela, habían garantizado la supervivencia económica de la Revolución cubana-.

Su mandato, sea corto o largo, decidirá  la continuidad o no del creciente abismo entre un gobierno comprometido con el pasado y una sociedad comprometida con el futuro. Unir estos dos espacios independientes, una sociedad muy abierta y diversa y un oficialismo cerrado y monolítico, es una principal tarea del nuevo/viejo liderazgo político. El hecho de que las expectativas de cambio no sean muy altas le da más margen de maniobra, y cualquier gesto de apertura será acogido favorablemente por una población que acepta resignadamente esta dualidad de perspectivas.