Nota internacional CIDOB nº 270

Elecciones en Francia, guerra en Europa

Data de publicació:
04/2022
Autor:
Carme Colomina (coord.), Moussa Bourekba, Francis Ghilès y Héctor Sánchez-Margalef
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Francia celebra sus elecciones presidenciales en un escenario de excepcionalidad: en las postrimerías de una pandemia global y en medio de una guerra en Ucrania, lo que ha provocado en la Unión Europea (UE) un sentimiento compartido de amenaza existencial. El presidente Emmanuel Macron se juega su continuidad con la abstención como principal reto. Asimismo, las encuestas que dan por cierta la reelección del presidente no pueden ocultar el profundo malestar económico y político que siente una Francia obsesionada por su propio declive. Macron dejará atrás un quinquenio marcado por el desafío de los chalecos amarillos, justo cuando el impacto de una nueva crisis energética y las tensiones inflacionistas amenazan, una vez más, a los sectores sociales más vulnerables.

En un sistema político cada vez más fragmentado, el hiperliderazgo de Macron, que en 2017 había declarado la muerte del eje derecha-izquierda, ha acabado creando nuevas líneas divisorias, empezando por la distancia entre el presidente y la Francia periférica. De hecho, esa misma voluntad de proyección personal, también lo ha convertido en uno de los polos diplomáticos del conflicto entre Rusia y Ucrania. La agenda internacional del presidente ha marcado la campaña de unas elecciones que, el próximo domingo 10 de abril, se celebrará la primera vuelta. Será el momento de confirmar la reedición del duelo entre Emmanuel Macron y Marine Le Pen, de cara a la segunda vuelta, a celebrar dos semanas después, el 24 de abril. Sin embargo, la ventaja de Macron es engañosa. La capacidad de movilización del presidente es hoy inferior a la de cinco años atrás, como también lo es el peso del voto útil para frenar a la extrema derecha.

Esta Nota Internacional de CIDOB analiza cuatro grandes interrogantes de una campaña marcada por una nueva consciencia de vulnerabilidad: ¿cuál es el capital político de Emmanuel Macron para su reelección?; ¿cómo se va a dirimir la batalla por la extrema derecha?; ¿qué impacto tendrá el contexto internacional en las urnas?; ¿dónde está la izquierda? 

Una victoria previsible (hasta el momento) para una campaña excepcional 

Francis Ghilès, investigador sénior asociado, CIDOB

Hace poco más de un mes, la invasión rusa de Ucrania puso patas arriba lo que había sido, hasta entonces, una campaña presidencial francesa caracterizada por la irrupción tumultuosa del polemista de derechas Éric Zemmour y la ausencia total del principal contendiente, Emmanuel Macron. Dos semanas antes de las elecciones presidenciales, el presidente francés aún se mantenía distante, negándose a debatir su programa con sus numerosos adversarios. Mientras tanto, sus asesores insistían en el importante papel que desempeñaba en el escenario internacional, sobre todo porque Francia preside la Unión Europea hasta junio.

De momento, esta postura no ha tenido un coste para Emmanuel Macron en las encuestas de opinión, donde se mantiene holgadamente por delante de su principal adversaria, Marine Le Pen. En su haber, tiene sus reformas económicas de los últimos cinco años, que son reales, y el hecho de que una mano firme al volante es fundamental en una época convulsa. Los franceses, como ocurre en otras democracias, inevitablemente se unirán en torno al jefe en tiempos de crisis. Sin embargo, el interés por Ucrania disminuirá en algún momento y resurgirá el malestar social y económico, difuso pero muy real, que acecha a amplias partes de la sociedad francesa.

La profunda ira social por la forma en que Francia está siendo gobernada, así como la sensación de crecientes disparidades económicas, independientemente de lo que muestren las estadísticas oficiales sobre empleo y crecimiento de puestos de trabajo en los últimos años, no ha desaparecido. Macron hizo campaña hace cinco años con la promesa de ser un antídoto contra el pensamiento convencional, al defender la transparencia, la apertura y el optimismo. Pero, para críticos como Brigitte Granville, ha quedado dolorosamente claro que la «no ideología de Macron era, en realidad, una metaideología que revistió el sistema heredado de un nuevo centrismo incoloro». El partido creado por el presidente para llegar al Elíseo, La Republique en Marche, carece de organización de base. Sus diputados tienen poca influencia sobre un Gobierno que simboliza la forma en que Francia siempre ha sido y sigue siendo gobernada.

Otros son más indulgentes con el historial del presidente, argumentando que supo gestionar bastante bien la crisis de la COVID-19 y garantizar que las redes de seguridad social necesarias funcionaran bien. En cualquier caso, aunque Macron ya no luce la cara fresca y nueva que presentaba en 2017, todavía puede parecer bastante arrogante, lo que no es sorprendente teniendo en cuenta su experiencia profesional, tanto en la banca de inversión Lazard Freres, que simboliza la sangre más azul del sector, como en los rangos altos del servicio público. Sin duda, hará todo lo posible para arrojar zanahorias económicas a diferentes subgrupos de electores antes de la votación, aunque solo sea para contrarrestar los ataques de Marine Le Pen, que apela a los votantes de la clase trabajadora, de los pueblos pequeños, y entre los jóvenes temerosos de un futuro próximo incierto.

En esta primera vuelta, la gran incógnita es el nivel de abstención. Una cifra superior a la de hace cinco años confirmaría el creciente desencanto de los electores con las élites políticas. De momento, se puede contar con la participación de los votantes mayores e instruidos: el electorado natural de Macron. Si este gana un segundo mandato, lo que parece probable, sus problemas podrían comenzar tras las elecciones, cuando los franceses estén llamados a elegir también nuevos diputados el próximo mes de junio. Entonces, si su partido no obtiene la mayoría en la Asamblea, se verá obligado a hacer concesiones. Tratándose de Francia, el profundo malestar que continúa aquejando al país bien podría, una vez más, expresarse en las calles. 

Macron, negociador en jefe

Carme Colomina, investigadora principal, CIDOB

La invasión rusa de Ucrania alteró todas las estrategias de campaña, especialmente las del presidente-candidato. En los últimos cuatro meses, Emmanuel Macron ha mantenido hasta 17 conversaciones telefónicas con Vladimir Putin y 25 con Volodymir Zelenski, todo ello mientras ocupa también la presidencia rotatoria de la Unión Europea. Su hiperactividad exterior –visitando al Kremlin y al Gobierno de Kíev, presidiendo cumbres europeas en la grandeza de Versalles, o coordinando sanciones con sus homólogos de la UE– retrasó al máximo su entrada en el cuerpo a cuerpo electoral. La diplomacia de guerra ha actuado como sustituta de la no-campaña, y como factor aglutinador de apoyo a un Emmanuel Macron que siempre ha tenido en Europa el primer escenario de su proyección de poder y liderazgo. A pesar del fracaso negociador para evitar la invasión rusa, el factor Putin reforzó la posición de Macron, a la vez que incomodaba a aquellos líderes tradicionalmente más afines al presidente ruso.

Si la agenda francesa y europea normalmente ya se retroalimentan, la guerra en Ucrania ha reforzado algunos de los pilares básicos de la visión macronista para la Unión. El actual inquilino del Elíseo fue el precursor de la recuperación del concepto de poder asociado a la UE, desde su emblemático discurso pronunciado en la Sorbona en 2017, y el pasado mes de enero, durante la presentación de las prioridades de la presidencia francesa de la UE, reclamaba un impulso sustancial a las políticas de defensa común. Solo unos meses después, con una guerra y miles de muertos en sus fronteras, la UE ha entrado en una fase de rearme, ha reforzado su unidad sancionadora, y el concepto de l’Europe qui protege, que Macron acuñó para resucitar el maltrecho pilar de la Europa social, parece hoy abarcar una nueva acepción.

Sin embargo, la duda, tanto para Macron como para la UE, reside en cuánto puede durar el «efecto bandera», que ha favorecido el cierre de filas en torno a la figura presidencial y ha reforzado la transformación geopolítica de la Unión. Por un lado, el francés insiste en recordar que, a pesar de la escalada retórica y bélica, la arquitectura de seguridad europea no estará completa hasta que no se encuentre un encaje para Rusia. Por otro, la misma guerra que fortaleció el liderazgo internacional de Macron, agrava también las penurias económicas de una clase media francesa empobrecida, lo que puede acabar ensanchando la distancia entre el presidente y una parte importante del electorado. El aumento de los precios de la energía se suma a la inflación que ha acompañado a la recuperación pospandemia, y ya hace mella en la economía de empresas y hogares.

Según una encuesta del 28 de marzo, el impacto de la guerra pierde preeminencia política en la campaña: solo el 23% de los encuestados admite que tendrá importancia para su voto, un 10% menos que dos semanas antes. En cambio, la atención se centra ahora en las consecuencias económicas de la crisis de Ucrania, con el 43% de los encuestados afirmando que están «muy preocupados». La reelección de Macron se debate, pues, entre el miedo al cambio en tiempos de desafíos existenciales y el malestar por la vulnerabilidad acumulada en esta Unión Europea de las múltiples crisis, que ahonda las desigualdades entre ciudadanos y territorios. 

Zemmour fragmenta a la extrema derecha

Moussa Bourekba, investigador, CIDOB

Sin duda, la gran novedad de esta campaña ha sido la candidatura del polemista Éric Zemmour. De inédita a probable, la irrupción de este personaje en la pugna electoral puso en duda el escenario que, desde 2017, daba por inevitable un duelo entre Macron y Le Pen en la segunda vuelta. En otoño de 2021, el defensor de la teoría de la gran sustitución pasó en pocas semanas del 8% al 16% en intención de voto, igualando a la candidata de Agrupación Nacional (RN, por sus siglas en francés), Marine Le Pen. Zemmour aprovechó así un espacio relativamente vacío a la derecha del espectro político para llenarlo con una forma de populismo inspirada en el expresidente estadounidense Donald Trump. El programa de Zemmour se centra, ante todo, en la lucha contra la inmigración y el islam, ambos vistos como los responsables del declive de la «civilización judeo-cristiana» y, con ello, de la grandeur de Francia. Al mezclar una visión de la sociedad radicalmente xenófoba con un programa económico abiertamente liberal –reducción drástica del gasto público, bajadas masivas de los impuestos sobre sociedades, etc.–, el ultraderechista logró captar la intención de voto de dos segmentos electorales: por una parte, la franja más radical de Agrupación Nacional, descontenta con la estrategia de Le Pen de suavizar la imagen del partido y, por otra parte, el segmento más conservador y burgués del electorado de François Fillon de 2017.

Ante esa novedad, ¿se ha fragmentado la extrema derecha francesa? Sin duda alguna, la irrupción del polemista obligó a Marine Le Pen a reconfigurar su campaña. Desde octubre de 2021, ante la radicalidad del discurso de Zemmour sobre la inmigración, el islam y la seguridad, y teniendo en cuenta las similitudes ideológicas al respecto, Le Pen optó por centrar su campaña en un tema transversal y potencialmente unificador: el poder adquisitivo. Mediante un programa que preconiza un Estado muy intervencionista a nivel social (reducción de los precios de la energía y del IVA, nacionalización de las autopistas, aumento del salario mínimo, etc.) y la defensa de la France des oubliés (familias, madres monoparentales, personas con discapacidad, personal sanitario, etc.), Marine Le Pen supo imponerse –a ojos de su electorado– como la candidata del pueblo por oposición a un ultraderechista liberal cuyo discurso económico atrae a los sectores más adinerados e instruidos de la extrema derecha.

A pesar de la amenaza inicial que representaba el autor de El suicidio francés, la estrategia lepenista ha dado resultados: se ha distanciado de su rival, se mantiene en segunda posición para la primera vuelta y ha consolidado su imagen de mujer presidenciable. Además, ha logrado aparecer como la candidata de extrema derecha moderada, razonable y unificadora por oposición a un Zemmour cada vez más radical, obsesionado con el tema migratorio e incapaz de federar a los indecisos alrededor de un proyecto que pretende restaurar la Francia del siglo xx.

No obstante, no debemos equivocarnos: si la fragmentación de la extrema derecha es una realidad, conviene recordar que tanto Le Pen como Zemmour están librando una misma batalla con estrategias distintas. Para acceder al poder, Le Pen se muestra moderada y razonable en comparación con el ultraderechista Zemmour, mientras que este último se beneficia de la operación de suavizado de la imagen de la líder de RN. Desde esta perspectiva, en vez de considerarlos como opositores, tal vez sería más relevante verlos como dos figuras complementarias y al servicio de un mismo ideal: el de un país gobernado por la extrema derecha. 

La izquierda en Francia: perder por incomparecencia

Héctor Sánchez Margalef, investigador, CIDOB

¿Tenía opciones la izquierda –cualquiera de ellas– en estas elecciones presidenciales? Haciendo cada una la lucha por su cuenta es evidente que no. Hay cuatro candidatos de izquierda: Jean-Luc Mélenchon, La Francia Insumisa (LFI); Anne Hidalgo, Partido Socialista (PS); Yannick Jadot, Europa Ecología Los Verdes (EELV); y Fabien Roussel, Partido Comunista Francés (PCF), y llegó a haber hasta cinco, pero la exministra del Gobierno socialista, Christiane Taubira, ganadora de las primarias populares, decidió retirarse de la carrera presidencial. Entre todos, según las encuestas, suman cerca del 24% de intención de voto. Por separado no le alcanza a ninguno de ellos para llegar a la segunda vuelta.

Una difícil papeleta la tiene Jadot, líder de los ecologistas, que parecen no saber rentabilizar el éxito cosechado en las elecciones locales de 2020 en alianza con el Partido Socialista. Pero la más difícil de todas la tiene Anne Hidalgo, la actual alcaldesa de París, que aceptó el reto de resucitar a la socialdemocracia francesa la cual no se recupera ni de la vuelta al rigor de François Mitterrand en 1983, ni de la desdibujada presidencia de François Hollande (2012-2017), ni de la OPA hostil de Macron absorbiendo apoyos y mandos intermedios. Si antes de oficializar su candidatura, sus opciones eran menos malas, la campaña no le ha sentado nada bien y sus posibilidades –entorno al 2%– son ahora nulas. Queda claro que París no es Francia.

Socialistas, verdes y comunistas, que ensayaron coaliciones en las elecciones locales de 2020, lo descartaron para las presidenciales. Las primarias populares que debían servir para unificar las candidaturas de izquierda –en principio organizadas por la sociedad civil pero vistas con desconfianza por algunos de los candidatos, que las consideraban como un movimiento para lanzar a Taubira– añadieron una nueva opción en el campo de la izquierda y consiguieron justo lo contrario de lo que se proponían. Los principales candidatos rechazaron estas consultas, incluso antes de que se celebrasen, lo que muestra la desconfianza de la clase política hacia las iniciativas ciudadanas que escapan de su control, ampliándose así la brecha entre representados y representantes.

El mejor colocado para intentar pasar a la segunda ronda es el insumiso Mélenchon, que tiene entre el 11% y el 16% de intención de voto. Pero su candidatura se ha visto perjudicada por la decisión de concurrir por parte de Roussel, secretario general del histórico Partido Comunista Francés, que en las elecciones de 2012 y 2017 había apoyado a Mélenchon. Hay sondeos que apuntan que, con su apoyo, el insumiso tendría más posibilidades de pasar a segunda vuelta. Con todo, Mélenchon es el único que tiene opciones. Así lo estimó la exministra socialista Ségolène Royal, quien afirmó en febrero que el voto útil para la izquierda era el insumiso, aunque sus posiciones en política exterior, en un momento como el actual, parece difícil que le ayuden.

Esta dispersión del voto revela que la irrelevancia a la que poco a poco se ven abocados los partidos de izquierda se debe, entre otras cosas, a la falta de dirección estratégica, junto con la desconexión entre partidos y sociedad, además de la falta de un liderazgo lo suficientemente carismático y transversal. La izquierda acumula reivindicaciones, pero no sabe ni cómo darles respuesta, ni cuáles deberían ser las prioridades; mientras, a medida que el perfil de su electorado se hacía más diverso y, por tanto, sus problemas y prioridades empezaban a divergir, la izquierda no ha sabido dibujar un futuro donde todos se sintiesen integrados. Asimismo, los partidos también se ven tensionados por una división generacional: grosso modo, los mayores empujan hacia las luchas tradicionales y los jóvenes hacia unas más posmateriales. Finalmente, que Macron haya conseguido mantenerse suficientemente camaleónico para seguir atrayendo antiguos votantes del Partido Socialista, y que las posturas entre los diferentes partidos de izquierda sean aparentemente irreconciliables, desmoviliza al electorado.

En medio de la incertidumbre, de la precariedad, del miedo a la transición ecológica, y de la desconfianza en el futuro, la izquierda francesa es incapaz de generar un marco de debate propio y juega en el campo de la derecha, siendo más reactiva que proactiva. Va a perder estas elecciones por incomparecencia porque, en esta ocasión, no ha salido ni a competir. La paradoja es que seguramente es más lo que les une que lo que los separa. Los egos de los candidatos y las luchas de poder entre partidos imposibilitan una candidatura unitaria, a la postre, la única opción de la izquierda para aspirar a volver a recuperar el poder.

DOI: https://doi.org/10.24241/NotesInt.2022/270/es

E-ISSN: 2013-4428