¿Misión cumplida?

La Vanguardia - 10/09/2021

“El yihadismo ha sobrevivido a la guerra contra el terror y se ha afianzado y expandido” Moussa Bourekba, investigador de CIDOB.

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Articulo

“Misión cumplida”. Así se podría resumir el discurso de la Administración Biden para justificar la caótica retirada estadounidense de Afganistán y, a través de ella, el fin de la llamada guerra contra el terror . Según Washington, se han cumplido los objetivos de dicha guerra: Afganistán ha dejado de ser un refugio para Al Qaeda; Osama bin Laden fue asesinado, y la amenaza terrorista yihadista sobre Estados Unidos ha bajado drásticamente con respecto al 2001. Ante las imágenes de la caída de Kabul y de la toma del poder por los talibanes, es difícil dar crédito a este relato. Si nos centramos en los demás objetivos que justificaban esta guerra, el balance de esos 20 años es más bien el de una derrota ante el terrorismo yihadista. 

A pesar de lo prometido por George W. Bush en septiembre del 2001, el terrorismo transnacional de cariz yihadista no ha sido erradicado. Sucedió más bien lo contrario: el yihadismo sobrevivió a esta guerra e incluso se consolidó y se expandió en medio de ella. Por una parte, Al Qaeda se descentralizó y se globalizó mediante la creación de franquicias regionales en África, Asia y Oriente Medio, dificultando –por no decir imposibilitando– su erradicación. Por otra parte, varias decenas de grupos yihadistas vieron la luz desde el 11-S. Algunos de ellos fueron incluso más lejos que Al Qaeda en términos de utopía yihadista: con la instauración de un califato entre Siria e Irak durante tres años, Estado Islámico convirtió el sueño de Al Qaeda en realidad. Además, en Libia, Mali, Siria, Somalia y Yemen, varios grupos yihadistas emprendieron diversas experiencias protoestatales, controlando territorios, gobernando según la ideología yihadista y, en ciertos casos, ganándose la confianza de las poblaciones locales. Así, si bien el riesgo de la amenaza terrorista yihadista ha descendido en EE. UU. desde el 11-S, la tendencia a escala global ha sido la contraria: a lo largo de estas dos últimas décadas, el número de combatientes yihadistas se ha multiplicado por cuatro, mientras que el número de víctimas del terrorismo por año se ha multiplicado por cinco. Este crecimiento ha seguido distintas estrategias, desde atentados a gran escala hasta grupos terroristas involucrados en conflictos armados, incluyendo el terrorismo low cost (usando un cuchillo o un coche, por ejemplo) y ataques de lobos solitarios. En otras palabras, la neutralización provisional de Al Qaeda en Afganistán y el asesinato de varios líderes no pusieron un fin al terrorismo yihadista, ni a las condiciones que lo alimentan (conflictos, autoritarismo, corrupción, etcétera). 

En este sentido, los objetivos de estabilidad regional que perseguían los tres predecesores de Joe Biden (en nombre de la guerra contra el terror) no han sido logrados en absoluto. En Afganistán, el repentino colapso del gobierno afgano, la rendición de las fuerzas armadas afganas y la vuelta de los talibanes al poder alejan el país de cualquier escenario de estabilidad política y económica. En Irak, la invasión estadounidense contribuyó a la implantación de Al Qaeda en la zona y, más tarde, a la creación de Estado Islámico y la posterior instauración de un califato territorial entre Siria e Irak (2014-2017). A pesar de los inconmensurables recursos humanos, financieros y militares invertidos tanto en Afganistán como en Irak, no hay perspectivas de paz, estabilidad y democracia en ninguno de los dos países. Más allá de Afganistán e Irak, la mayoría de los regímenes autoritarios en Oriente Medio y África del Norte han usado la lucha antiterrorista como pretexto para reprimir a sus poblaciones y amordazar cualquier forma de disidencia; a menudo con el apoyo de Washington y de sus aliados. La violencia y la frustración que resultan de ello no solo dieron lugar a la plétora de revueltas que sacuden los países árabes desde el 2011, sino que también contribuyeron a hundir Libia, Mali, Siria y Yemen en guerras civiles sin fin. En este contexto, varios grupos yihadistas han sabido explotar esta violencia para extender su presencia en toda la región y engordar sus filas. De este modo, se plantea una posible correlación entre el incremento en los esfuerzos y el incremento del terrorismo yihadista. 

Tras dos décadas de “guerra global ­contra el terror”, en la que murieron 800.000 personas en más de 80 países, es hora de reconocer que, más que “interminable”, se ha tratado de una guerra imposible de ganar. O, simplemente, de una guerra perdida. 

Moussa Bourekba, investigador de CIDOB