ASIA-PACÍFICO EN EL 2015: ADIÓS AL STATU QUO

Data de publicació:
06/2016
Autor:
Oriol Farrés
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El enfoque más conveniente para comprender la actualidad de la región en 2015 se compone de los tres niveles que caracterizan la compleja red de intereses y alianzas que singularizan el mundo actual, globalizado e interdependiente. Asia Oriental es, además, el hábitat natural en el que se expande China, la potencia que aspira a cuestionar el rol dominante de los EEUU en un futuro próximo. Asia es la región que muta más rápidamente del mundo -entendiendo este cambio como una transformación positiva, y no como un colapso- y es también un nuevo tablero de juego para ensayar e implementar las nuevas estrategias globales, más allá de la mera gestión de conflictos que se lleva a cabo en Oriente Medio y el Oeste de Asia. Un ejemplo de ello es, en materia de comercio, la firma del Tratado Trans-Pacífico (TTP) entre doce naciones asiáticas y americanas, que Washington busca replicar hacia el Atlántico, con no pocos obstáculos. En ambos casos se trata de acuerdos que tienen un marcado perfil geopolítico, que en Asia Oriental obedece a la apuesta de Washington por “contener” las aspiraciones chinas, reforzando viejas alianzas y ganándose otras nuevas con países de perfil creciente, como Malasia, Birmania o Vietnam.

A escala regional, profundizaremos en tres sucesos que han marcado la actualidad del año, dos vinculados a China y un tercero a Japón. En primer lugar, la política “asertiva” de reclamación territorial lanzada por Beijing en 2014 en el Mar de China Meridional, y en particular en las islas Spratly, donde ha construido estructuras estables y más grandes en los islotes de soberanía disputada. En segundo lugar, y tras décadas de crecimiento sostenido, en 2015 la economía china ha dado signos de ralentización, que no por esperada fue menos sentida en los mercados de materias primas y los flujos de mercancías. Finalmente y en tercer lugar, cabe señalar que en Japón el gobierno del primer ministro Abe logró en septiembre aprobar un paquete de medidas legislativas que persigue ampliar las capacidades defensivas niponas en una línea que, para la mayoría, sobrepasa las restricciones constitucionales aún vigentes. Como tantos otros, este suceso tiene su eco en la citada triple dimensión: global (en virtud de la Alianza con EEUU y su proyección en el mundo), regional (alterando la estabilidad regional) y doméstica, dando lugar a manifestaciones de miles de personas contra el gobierno y la activación de múltiples colectivos de la sociedad civil, como los periodistas o los estudiantes.

Una competencia global, que se dirime regionalmente

Lo cierto es que en Asia-Pacífico asistimos hoy a la confluencia de tres grandes estrategias promovidas por las principales potencias de la región: la “Ruta de la Seda Marítima” de China, el “Pivote hacia Asia” de los EEUU y la “Act East Policy” de la India, que si bien es cierto que no son totalmente incompatibles, sí que son de difícil encaje. Desde la perspectiva china, se contempla la posibilidad de perder el acceso a las aguas oceánicas (del Pacífico y del crucial océano Índico) llegado el caso de un conflicto, debido a las particularidades de la geografía y al denso entramado de alianzas militares que EEUU mantiene en la zona, particularmente en el nordeste de Asia. En su curso hacia el oeste, el flujo del tráfico marítimo chino se concentra en el estrecho de Malacca, una ratonera de poco más de 3 kilómetros de ancho en su punto más estrecho, por la que transita el 25% de todo el comercio mundial de mercancías, el 80% de todo el crudo que importa China y el 60% de las importaciones energéticas de Japón.

En Asia Oriental, el ascenso económico de China también se ha acompañado de un refuerzo del sentimiento nacionalista –alentado por la euforia del crecimiento- que quizá ha venido a llenar en parte el vacío dejado por la desideologización del sistema en su avance hacia el “autoritarismo de mercado”, que, de paso, ha desmentido a todos la creencia de que existe un vínculo inquebrantable entre democracia y liberalismo económico.

Si duda, en pocos lugares se han seguido tan atentamente los avances chinos como en Washington, donde los halcones de la política exterior, nostálgicos de rivales, han leído su emergencia como el reto más inmediato a la hegemonía norteamericana en el mundo. Desde esta perspectiva, EEUU ha implementado su famosa estrategia de “la zanahoria y el palo”, planteando en paralelo incentivos a su inserción en el sistema internacional y una estrategia de contención casi “física”, que sigue solidificándose en Asia Oriental, donde cabe decir que ya existía un trasfondo de desconfianza hacia una China fuerte, en base a las disputas existentes y los agravios que aún remueven la memoria histórica. Desde 2014, y tras años de tratar de convencer a sus vecinos de que protagonizaba un auge pacífico, China ha enseñado músculo en sus reclamaciones territoriales, lo que ha llenado de razones a los que desconfiaban de sus aparentes pacíficas intenciones.

En este momento no es aún posible hablar de una actitud ofensiva de Beijing, aunque sí muestra síntomas de una posición fuerte y unilateral, lo que despierta una desconfianza de los países de la región con quien mantiene disputas territoriales. La respuesta de estos ha sido una llamada inquieta a EEUU y sus afines (como Japón) para trabar nuevos acuerdos militares, y por ejemplo, en el caso de Filipinas, invitar a Washington a hacer uso de instalaciones militares clave, como la base aérea de Ángeles (Clark) en Luzón, que controla los estrechos y las islas en disputa.

Ciertamente, la actitud china parece guiada por el dicho “en río revuelto, ganancia de pescadores”, es decir, destinada a consolidar su posición en una región vital para sus intereses –su “patio trasero”- en virtud a su defendida “línea de 9 puntos”, ahora que aún existen resquicios legales -y en cierto modo, morales- para tomar posiciones en islotes y atolones de la región. La posición oficial de Beijing es que el objetivo de tal política es “fomentar bienes públicos” en apoyo a una navegación más segura (mediante nuevos faros y posibles puertos de abastecimiento). Sin embargo, los satélites muestran pistas de aterrizaje suficientemente grandes como para acoger toda clase de aeronaves, así como estaciones de radar que permitirían un control detallado de la navegación en un área, de evidente interés para Beijing. Más allá de su riesgo intrínseco (en caso de un accidente o una respuesta desproporcionada), lo cierto es que estos conflictos son un buen marcador de las tensiones “tectónicas” que se vislumbran entre los principales actores regionales. Es más, articulados con sapiencia los conflictos de la región, aun procediendo de pequeños enclaves en medio del mar, podrían ser la semilla que diera lugar a sólidos foros y marcos de entendimiento que alejen el fantasma de males mayores.

Nuevas geometrías simultáneas de agregación económica: AIIB y TPP

En el terreno económico y comercial también la rivalidad geopolítica juega su partida, en este caso, en condiciones algo más paritarias. En 2015 se rubricó el nacimiento del emblemático Banco Asiático de Inversión en Infraestructuras (en sus siglas inglesas, AIIB) promovido por Beijing como alternativa al ya existente Banco Asiático de Desarrollo (ADB, promovido en su momento por Japón) y con el claro objetivo de dar a Beijing un papel protagonista en el desarrollo de los países emergentes. De inicio, 57 países entraron a formar parte de la nueva entidad, y eso a pesar de la presión de Washington para desalentar a sus socios, tarea en la que no tuvo éxito ni con sus aliados más sólidos: Reino Unido, Australia, Alemania, Francia o Italia. En este, como en otros temas, la narrativa que se genera es importante, ya que conforma las visiones y las percepciones de los actores entre sí. Una narrativa que ve derrota en la victoria del otro no es, evidentemente, una narrativa constructiva ni conducente a una convivencia, que podrá o no ser pacífica, pero que será inevitable. En este sentido, algunos analistas proponen relatos alternativos más positivos pero también empíricos, como por ejemplo, y a partir de la constatación de que aun con el trabajo realizado, la dotación actual del ADB no es suficiente para resolver los grandes retos de desarrollo en la región. Y, en este sentido, la implementación de nuevas iniciativas, aunque sean paralelas, pueden complementar el beneficio final.

Por su parte, EEUU logró el apoyo de diversos estados del Pacífico para la firma del Tratado Trans-Pacífico (TPP), un marco de integración comercial que no incluye a China, que abarca el 40% de la riqueza del mundo y que se enmarca en la lógica de Washington de consolidar su hegemonía gracias a la dimensión bi-oceanica, situándose en el nexo de dos grandes tratados, a este y oeste, el TPP y TTIP, pensados para dictar las normas y los estándares del comercio mundial del futuro. Ahora bien, no ha sido fácil para algunos de sus firmantes su incorporación, como por ejemplo Japón, donde existe una elevada protección de sectores clave, como la agricultura. En este sentido, ante la dicotomía de estar dentro o quedar fuera, muchos de los firmantes han optado por la primera opción. Cabe mencionar sin embargo que existen otros tratados similares en negociación que podrían alcanzarse en el futuro, con geometrías alternativas (con China y sin EEUU) e incluso de máximos (con ambos).

En este terreno, como en tantos otros, los tratados de agregación de intereses serán solamente perjudiciales si buscan excluir, mantenerse estancos o cerrados. Posiblemente en un momento como el actual, de cierta “renegociación” del orden internacional, es posible que veamos trenes que avanzan en vías paralelas; eso será mejor, en cualquier caso, que ver a los mismos trenes avanzar en una dinámica de choque.

ASEAN: grandes expectativas, modestas realidades

Según el calendario de integración de ASEAN, 2015 era la fecha elegida para la puesta en marcha de la llamada “Comunidad Asean”, una evolución de las relaciones entre los estados miembros basada en las hojas de ruta de 2007 -para las áreas de economía, política y seguridad- y que aspira a un mercado unificado de 622 millones de personas y un valor conjunto de 2,6 billones de dólares.

Cabe decir a este respecto que la expectación acerca de la fecha pasó relativamente inadvertida, ya que para ser sinceros, muchos de los grandes logros de la organización ya se habían llevado a cabo en años anteriores (como el refuerzo del comercio y la inversión intra-Asean, el establecimiento de mecanismos de resolución de conflictos, prevención de catástrofes, el levantamiento de aranceles, o la política de cielos abiertos para el tráfico aéreo), mientras que no se espera que los objetivos más costosos se alcancen en el más corto plazo. En este sentido, puede afirmarse que el 2015 no fue un año catártico para ASEAN, sino más bien todo lo contrario, una oportunidad para mirar hacia atrás (y medir los logros) y volver la vista al frente, para darse un año más en cuanto a lo más urgente (finales de 2016) y aprobar un nuevo horizonte de reforma, previsto para 2025.

El otro drama de los refugiados

Asia-Pacífico no ha quedado al margen de la crisis global de refugiados, si bien la mayor parte de la atención internacional estaba puesta en la situación del Mediterráneo y el flujo de personas de Siria e Irak y hacia Turquía y Pakistán. Sin embargo, miles de refugiados en su mayoría pertenecientes a la etnia rohingya en Birmania, víctimas de una persecución que algunos tipifican de verdadero genocidio, y también otros provenientes de Bangladesh, se lanzaron al mar a lo largo de 2014 y 2015 con la intención de alcanzar territorio de Malasia o de algún otro país del Sudeste Asiático que pudiera acogerlos. En el punto álgido de la crisis, en mayo, Malasia, Tailandia e Indonesia se negaron a permitir la entrada a unos 5.000 refugiados a los que inicialmente avituallaron y forzaron a volver al mar, trasladando el problema a sus vecinos.

Ciertamente, se trata de países que gozan de recursos limitados para gestionar este tipo de crisis y que no han dado muestras de coordinación ante tales circunstancias, ni siquiera en el marco de ASEAN.

El hecho de que los países europeos -que sí disponen de los medios y la capacidad, no hayan asumido mayores responsabilidades con sus refugiados, no es sin duda ningún buen ejemplo para la comunidad internacional y resta capacidad de influir sobre los estados de acogida. Por lo tanto, indirectamente la incapacidad de los europeos de gestionar con ejemplaridad su parte de la crisis puede costar también vidas en Asia, donde los viajes son más peligrosos y largos y los recursos de acogida son más limitados.

En este mismo contexto, en 2015 siguió vigente el acuerdo entre Australia (el gigante en Oceanía) y Nauru (uno de los estados más pequeños y pobres) para que el segundo acoja en su territorio un campo de internamiento de demandantes de asilo, que siguió siendo noticia por los constantes abusos de derechos humanos y las penosas condiciones de vida de los internos, que según la ONU se encuentran de situación de desamparo y protagonizan periódicos motines. Sirva el caso de ejemplo para anticipar que “pagar a otros” para que resuelvan o se hagan cargo de los propios males genera no pocas distorsiones inesperadas (la economía nauruana se magnetizó entorno al campo de internamiento) y abusos en la asignación de recursos.

En este sentido, el tratado entre Australia y Camboya supone un claro ejemplo de ello, ya que se dotó con 55 millones de dólares para el realojamiento de refugiados, que se aplicó a tan solo 5 personas en 2015, lo que supuso un coste de 11 millones de dólares por cabeza.

Cumbre del Clima de París y el papel de los pequeños estados insulares

La creciente amenaza del cambio climático y la espada de Damocles que amenaza las cabezas de los pequeños estados insulares del Pacífico, que ven peligrar su supervivencia en el corto plazo, nos permite afirmar que en un futuro no muy lejano oiremos hablar con mucha más frecuencia de Kiribati, Vanuatu o Tuvalu, archipiélagos que se elevan pocos metros por encima del nivel del mar y que van a ganar peso relativo en el escenario internacional como “sondas de aviso” frente al cambio climático. Todos ellos ven con preocupación como sus limitados recursos (que además suponen un rompecabezas logístico debido a la dispersión de sus territorios) languidecen, bien por la salinización de la tierra o sumergidos definitivamente bajo las aguas. En París, Enele Sopoaga, primer ministro de Tuvalu condicionó la supervivencia de su país al límite máximo de un incremento de 1,5 °C en la temperatura global, mientras que su homólogo Anote Tong, de Kiribati, manifestó que, de seguir el curso actual, su país habrá desaparecido totalmente en tan solo 60 años.

Tendencias en China en 2015: ¿Hacia una sociedad moderadamente “incómoda”?

Cuando China estornuda, medio mundo siente los escalofríos, en especial sus socios comerciales clave en el sector de las primeras materias, como Brasil o Australia, que han experimentado una mayor prosperidad gracias al despertar económico chino. En ocasiones anteriores (y no pocas, por cierto), los analistas económicos han pronosticado ya el colapso de la economía China. Allá en 2004, por ejemplo, se temía un recalentamiento, hoy por el contrario, la preocupación es que se esté templando.

De lo que no hay duda, es de que China ha crecido mucho y sostenidamente durante las dos últimas décadas y -algo sin muchos precedentes-, lo ha hecho en tiempos de relativa paz. Sin embargo, el modelo no está carente de defectos y, por ejemplo, ha generado una creciente desigualdad social, con muchos beneficiándose un poco, y unos pocos beneficiándose mucho. Entre estos últimos, de un modo poco sorprendente, se encuentran los más cercanos a los órganos de poder que han pilotado las reformas. El nuevo contexto ha generado nuevas pautas de consumo (con un floreciente mercado del lujo o la transformación de la dieta) y nuevas demandas hacia los poderes públicos (más transparencia, mejor gestión). También se han generado relaciones algo más chirriantes entre las diversas generaciones, todo ello, en un entorno marcado por la degradación ambiental y una urbanización fulgurante.

Sin embargo, la emergencia de nuevos polos de atracción de la inversión (que en un mundo globalizado es volátil y temerosa, y siempre anda en busca de “the next big thing”) posiblemente reste atractivo relativo a la economía china, que tarde o temprano será menos competitiva, es decir, menos precaria para sus propios ciudadanos. Por puro sentido común, es difícil pensar que la apabullante masa de fondos a disposición de los distintos gobiernos chinos (del central y de los provinciales) haya sido asignada del modo más eficiente en todos los casos, y por ello, tarde o temprano aflorarán las deficiencias (las “burbujas”) de colocar tanto capital en tan poco tiempo. En este sentido, existe un consenso razonable acerca de que las cifras de las que disponemos sobre la economía china han estado ligeramente maquilladas, en especial acerca del déficit público. Esto sería en parte resultado de los estímulos financieros que siguieron al estallido de la crisis financiera en EEUU y Europa, que favorecieron el sobrendeudamiento de los actores públicos y privados, y que probablemente aflorará con la moderación del crecimiento. En una economía global, cada vez más tamizada por elementos tan etéreos como el “sentimiento de los mercados”, es difícil –y nada aconsejable- realizar predicciones. Hoy, no solo son los magnates de Wall Street los que pronostican la próxima crisis en China; también los organismos internacionales (como el FMI) advierten de una recesión global que seguirá a la crisis de la economía china, de la que ya tuvimos un prólogo en verano de 2015. En este sentido, es pertinente preguntarse si en un contexto en el que la eurozona aún está convaleciente, y Estados Unidos va a afrontar las incertidumbres de un año electoral especialmente polarizado, es conveniente alimentar la visión de una crisis en China que pueda precipitar de un golpe las correcciones que deberán afrontarse tarde o temprano. En 2015, la intervención radical del gobierno chino (congelando la cotización de la bolsa) sirvió para atajar el pánico, pero no disipó los temores. Evidentemente, las actuaciones sobre los problemas de fondo son potestad esencial del gobierno chino. Sin embargo, es cada vez más pertinente preguntar a las mayores economías del mundo si les resulta más temible un escenario en el que China tenga éxito en sus reformas u otro en el que el gigante asiático fracase.

Japón: conflicto constitucional y el desinflado de Abenomics

En septiembre de 2015, el gabinete del primer ministro japonés Shinzo Abe, líder del Partido Liberal Democrático, promovió un paquete legislativo que sacó adelante en la Dieta –en medio de intensas discusiones- y que perseguía dotar al ejecutivo de la capacidad de reinterpretar las cláusulas contenidas en la constitución japonesa que prohíben la intervención de las Fuerzas de Autodefensa (SDF) en acciones que vayan más allá de la pura defensa del país. De acuerdo con la nueva legislación, el gobierno podría activar a las SDF en defensa de un aliado, lo que para muchos japoneses, contiene un elemento claramente contrario a la carta magna. Esto llevó de nuevo, y tras años sin grandes protestas, a miles de personas a manifestarse de nuevo en las calles contra la medida. La nueva legislación también despertó críticas frontales por parte de los estados vecinos de Japón, como China o Corea del Sur, donde aún siguen muy vivos los agravios del pasado militarista nipón.

Sin embargo, lejos de las interpretaciones más belicosas, tiene sentido que desde la perspectiva del ejecutivo japonés se busque dar más incentivos a EEUU para que mantenga su compromiso con la alianza bilateral (y dejar de ser un free-rider en materia de seguridad), y al mismo tiempo, dotar al país de mayor autonomía en su defensa, cuestionando la mentalidad pacifista que sigue imperando en la sociedad japonesa.

La legislación ha sido aprobada, y posiblemente seguirá en pie hasta que se resuelvan las cuestiones constitucionales que a bien seguro se interpondrán. El proceso de debate y aprobación de las leyes ha sido enormemente costoso para el primer ministro Abe, que ha visto como su buque insignia en materia económica, la Abenomics, que prometía inyectar nuevas energías en la fatigada economía japonesa, no logra los objetivos deseados. Diseñada entorno a tres grandes áreas (o flechas), la nueva política económica tuvo un relativo éxito en la primera de ellas (la monetaria) que, efectivamente, generó una fuerte ilusión y esperanza de progreso; la segunda flecha, la reforma fiscal, ya experimentó reveses importantes, como por ejemplo, la caída fulgurante del consumo frente a un modesto aumento del IVA. Y en tercer lugar, queda aún por conducir la más compleja y necesaria de todas, la reforma estructural, que implicaría cambios de fondo (como en el mercado de trabajo). Esta última es sin duda la más difícil de alcanzar. También en 2015, el país accedió al TTP tras un duro debate que temía por los efectos del tratado en los sectores clave y altamente protegidos tarifariamente, como el agrario y el alimentario. Con ello, es posible que la idea del primer ministro Abe fuera doble: por un lado, no quedar fuera del que se propone como “el tratado” llamado a marcar reglas esenciales del comercio mundial desde Asia, y en segundo lugar, emplear el TPP como palanca para realizar algunas de las reformas más difíciles, argumentando la necesidad impuesta.

2015: adiós a los milagros

Acostumbrados a muchos años de “milagros” asiáticos, el 2015 fue en Asia-Pacífico un año mucho más prosaico, con la vista puesta en los retos que toman forma cada vez más clara en el horizonte.

Las tres mayores potencias presentes en Asia-Pacífico han desarrollado sus propias estrategias geopolíticas, y todo apunta a que competirán por el control de los accesos al eje Indo-Pacífico: EEUU buscará controlarlos, India alcanzarlos y China multiplicarlos.

La economía china, tarde o temprano experimentará las correcciones propias de su reciente éxito fulgurante. Posiblemente, el enorme endeudamiento, la existencia de burbujas y la maduración de la economía den sobresaltos a los dirigentes chinos, y de modo indirecto, contagien a otros emergentes y a los principales proveedores de materias primas de Beijing. Es preciso, sin embargo, que el resto de economías globales reflexionen anticipadamente sobre el hecho de si es más arriesgado dejar que China triunfe en su empeño de reforma o, por el contrario, que fracase. Aunque sea ahondar en el tópico, la economía china sí cumple sobradamente la fórmula del “too-big-to-fail” en su acepción post-crisis.

Las tensiones en el mar de China aún no han tocado techo en 2015, y no se prevén soluciones en el corto plazo, sino nuevas ventanas para el repunte del conflicto, como las que pueden provocar, por ejemplo, la resolución de la Corte Internacional de arbitraje de las Naciones Unidas ante el recurso interpuesto por Filipinas por la soberanía de las zonas disputadas.

Corea del Norte casi no ha aparecido en este balance, pero lejos de contribuir a la estabilidad regional, sin duda seguirá presionando a los actores de Asia Oriental para lograr concesiones y seguir estando “presente” en la agenda de conflictos internacionales, dado que su papel es menor en otras áreas de las relaciones internacionales.

El año culmina con la inminente celebración de elecciones en Taiwán a principios de 2016, que según todos los sondeos va a devolver al PDP al gobierno, un partido que tradicionalmente ha mantenido una relación muy tensa con Beijing. La duda será si la actual deriva favorable de las relaciones se mantiene, o si por el contrario, asistimos a un recrudecimiento del conflicto. Será interesante ver, si llegara ese contexto, quién se muestra más hostil y con qué posibles objetivos.