Jacinda Ardern

© New Zealand Young Labour

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Actualización: 3 noviembre 2017

Nueva Zelanda

Primera ministra (2017-)

  • Jacinda Kate Laurell Ardern
  • Mandato: 26 octubre 2017 - En ejercicio
  • Nacimiento: Hamilton, región de Waikato, 26 julio 1980
  • Partido político: Partido Laborista de Nueva Zelanda (NZLP)
  • Profesión: Investigadora política
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Presentación

Jacinda Ardern, líder del Partido Laborista de Nueva Zelanda, ha alcanzado la jefatura del Gobierno de su país el 26 de octubre de 2017 montada en la ola de simpatía popular que suscita su carismática personalidad. En las votaciones parlamentarias del 23 de septiembre, los laboristas, partiendo de su cota electoral más baja en casi un siglo y gracias exclusivamente a ella, experimentaron una fuerte subida, aunque no tanto como para desbancar de la primera posición, perdida en los comicios de 2005, al conservador Partido Nacional del primer ministro saliente, Bill English, quien solo llevaba menos de un año en el cargo. Sin embargo, Ardern se ha asegurado el retorno de su grupo al poder merced a una coalición con el partido nacionalista New Zealand First y los Verdes.

Al frente del NZLP tan solo desde el 1 de agosto de este año y vicelíder desde marzo, Ardern dispuso de pocos meses para seducir a sus paisanos kiwis -gentilicio con que los propios neozelandeses se refieren a sí mismos- con unos rasgos distintivos tanto de forma como de contenido. De sonrisa protuberante y espontánea, irradia empatía y sensibilidad con los problemas sociales, y se adhiere a cuestiones tales como la protección del estado del bienestar, la lucha contra el calentamiento global, la adopción del sistema de gobierno republicano o la legalización parcial del cannabis. Ella se considera "progresista", "feminista" y una "socialdemócrata" para la que el capitalismo es un "fracaso flagrante" si se observan fenómenos como el déficit de vivienda y la pobreza infantil. Estos son, justamente, los dos problemas principales que los laboristas detectan en un país que no deja de ser uno de los más desarrollados, y con una situación económica más estable, de la OCDE. Por otro lado, la nueva gobernante quiere reducir a más de la mitad, poniendo topes anuales, el flujo de inmigrantes y renegociar el acuerdo multilateral de libre comercio TPP para impedir la especulación inmobiliaria de inversores chinos y australianos.

Ardern es la tercera primera ministra que ha tenido el archipiélago anglófono del Pacífico, después de la nacional Jenny Shipley (1997-1999) y la también laborista Helen Clark, (1999-2008), de quien es una devota discípula. Además, el actual gobernador general del país es otra mujer, Patsy Reddy. A sus 37 años, se trata también de la más joven de las 28 jefas de Estado y de Gobierno que hay en el mundo en este momento. Por proximidad generacional y unos similares rasgos de dinamismo y frescura, Ardern ya ha sido comparada con sus colegas Justin Trudeau de Canadá, Emmanuel Macron de Francia, Leo Varadkar de Irlanda y Sebastian Kurz de Austria, todos ellos nacidos entre 1971 y 1986.


(Texto actualizado hasta noviembre 2017)

Biografía

1. Recorrido en el Partido Laborista de Nueva Zelanda
2. Salto al estrellato político nacional en 2017 y subida al Gobierno


1. Recorrido en el Partido Laborista de Nueva Zelanda

Criada en el hogar de clase trabajadora y religión mormona formado por un policía local y una empleada de escuela, recibió la educación primaria y secundaria en Morrinsville, población de la región norteña de Waikato, y la superior en la cercana Universidad Waikato de su ciudad natal, Hamilton, por la que en 2001 se graduó con el título de Bachelor of Communication Studies, que ella deseaba orientar a las relaciones públicas y la política. Su compromiso con el Partido Laborista de Nueva Zelanda (NZLP) se remonta a la adolescencia y en sus días de universitaria destacó en la organización juvenil de la formación, la New Zealand Young Labour, de la que llegó a ser presidenta.

Al terminar la carrera en Waikato, Ardern fue reclutada por la entonces líder del NZLP y jefa del Gobierno, Helen Clark, como asistenta académica adscrita a la Oficina del Primer Ministro. Joven con inquietudes sociales e internacionales, la futura dirigente neozelandesa pasó sendas temporadas en Nueva York, para realizar labores de voluntariado a pie de calle, en barrios golpeados por la indigencia, y Londres, donde trabajó en el equipo de asesores políticos del primer ministro laborista Tony Blair, así como para el Departamento británico del Interior.

Esta estadía de tres años en el Reino Unido permitió ensanchar su círculo de contactos a Ardern, que en enero de 2008, en un congreso celebrado en la República Dominicana, resultó elegida presidenta de la Unión Internacional de Juventudes Socialistas (IUSY), organización, con sede en Viena, de la que son miembros multitud de ramas juveniles de partidos socialistas, socialdemócratas y laboristas de todo el mundo. En noviembre de ese mismo año, Ardern, a los 28, ganó su primer escaño en la Cámara de Representantes de Wellington, en unos comicios que, empero, depararon la derrota final de su partido al cabo de tres victorias consecutivas bajo el liderazgo de Clark, de la que aquella se tenía por admirada discípula. Entonces, la primera ministra hubo de ceder el Gobierno al líder del conservador Partido Nacional (NP), John Key, y de paso el mando del partido, que recayó en Phil Goff, ex ministro de Exteriores y ministro de Defensa del Gabinete saliente.

Una vez en el Parlamento, donde debutó como el miembro de menor edad, Ardern fue sentada por Goff en el front bench laborista y asumió el área de Asuntos de la Juventud. En las elecciones de noviembre de 2011, vueltas a perder por el partido con una merma adicional de votos, la ya treintañera, repitiendo el proceder de 2008, contendió por un escaño uninominal, pero sucumbió ante su contrincante del NP, fracaso que resultó compensado con su reelección a través de la lista nacional del NZLP, donde estaba colocada en la decimotercera posición.

El reemplazo de Goff por David Shearer en diciembre de 2011 se tradujo para Ardern en una mayor visibilidad parlamentaria al ser incluida en el Shadow Cabinet del nuevo líder. En su segunda legislatura, la diputada llevó las portavocía laboristas de Desarrollo Social e Infancia, funciones que mantuvo al hacerse David Cunliffe con las riendas del partido en septiembre de 2013. Además, amplió sus competencias a Arte, Cultura y Patrimonio, Policía e Instituciones Correccionales. Llegada la elección general del 20 de septiembre de 2014, Ardern intentó de nuevo ser elegida por la circunscripción de Auckland Central y de nuevo fue derrotada por su adversario nacional por unos cientos de votos. Sin embargo, su concurrencia simultánea en la lista nacional le aseguró, al igual que en 2008 y 2011, el asiento en la Cámara.

El tercer retroceso electoral consecutivo del NZLP, que del 41,1% de los votos y los 50 escaños sacados en 2005 con Clark había pasado respectivamente al 25,1% y los 32, tratándose de hecho de sus peores resultados desde los comicios de 1922 (seis años después de la fundación del partido), costó el liderazgo a Cunliffe. El 18 de noviembre el grupo parlamentario se decantó por Andrew Little para la difícil misión de dirigir una oposición mucho más eficaz al Gobierno nacional de John Key, un primer ministro popular y en apariencia imbatible. El quinto líder laborista en tan solo seis años mantuvo en la primera fila a Ardern, en lo sucesivo shadow minister de Justicia, Infancia, Pequeñas Empresas, y Arte, Cultura y Patrimonio.


2. Salto al estrellato político nacional en 2017 y subida al Gobierno

La inesperada dimisión, aparentemente solo por motivos personales (para dedicarle, adujo, más tiempo a su familia), del primer ministro Key en diciembre de 2016 trajo al por lo general tranquilo curso parlamentario neozelandés un sobresalto llamado a cambiar su derrotero. El sucesor de Key en las jefaturas del NP y el Gobierno, Bill English, era un político de 55 años con una muy amplia experiencia y una reputación de gestor económico eficiente, pero bien pronto se advirtió que como primer ministro no era capaz de acercarse siquiera al tirón de Key, un dirigente dotado de un tremendo gancho popular por su estilo sencillo y cercano, sin tics elitistas, muy grato al neozelandés común.

En el NZLP, se abrió un debate sobre la estrategia, tanto de imagen como de fondo, más adecuada para ganarles la partida a los nacionales en las próximas elecciones generales. Cundía la sensación de que el liderazgo de Little, como los de Goff, Shearer y Cunliffe antes que él, no terminaba de generar el deseado efecto movilizador. Muchos miembros del partido empezaron a fijarse en Ardern, una miembro del Shadow Cabinet de espontánea y luminosa sonrisa que transmitía dinamismo, ilusión, sensibilidad y empatía con las preocupaciones cotidianas de sus paisanos en los terrenos económico y social. Su ideario era, decía de sí misma, progresista en el sentido más amplio de la expresión, lo que pasaba por defender a capa y espada los logros del estado del bienestar y los derechos laborales, aplaudir el matrimonio de personas del mismo sexo (legal en Nueva Zelanda desde 2013), promover la liberalización de la legislación sobre el aborto, sostener los derechos culturales de la minoría maorí y abrazar el feminismo, causa que no tenía nada de "retro" y que seguía teniendo pleno sentido incluso en un país moderno y avanzado como Nueva Zelanda.

Receptiva al runrún ambiental que la animaba a destapar sus ambiciones de liderazgo, Ardern empezó a tomar pasos inequívocos en esa dirección. El 25 de febrero de 2017 disputó y ganó en una elección parcial el escaño por Mount Albert, circunscripción uninominal de Auckland que David Shearer dejaba vacante por renuncia. El 77% de los votos con que laminó a su contrincante del Partido Verde de Aotearoa, Julie Anne Genter, fue todo un aldabonazo en las filas laboristas. Al poco, el 7 de marzo, otra dimisión interna, la de la casi septuagenaria Annette King, que deseaba jubilarse, puso en bandeja a Ardern su elección por unanimidad como vicelíder del partido. La, así bautizada por la prensa local, Jacindamania ya estaba en marcha, pero el NZLP, con Little a los mandos, no terminaba de despegar. Las elecciones generales tocaban en el otoño y el NP seguía señoreando los sondeos con hasta 20 puntos o más de ventaja.

Llegado el verano, todo el mundo tenía claro, Little incluido, que solo con Ardern de abanderada el laborismo tendría posibilidades de darle un vuelco a las encuestas. El relevo en la cúpula se produjo, por tanto, sin ningún tipo de pugna o resistencia. El 1 de agosto de 2017, Little, haciendo realidad los rumores acumulado durante semanas, compareció para leer una breve declaración en la que comunicaba su marcha a la luz de los "decepcionantes" sondeos del momento y su deseo de que el partido se dotara de un nuevo liderazgo "capaz de hacerlo mejor" de aquí hasta las elecciones, de las que debía salir el Gobierno laborista que el país necesitaba. El dimisionario no mencionó a Ardern, pero la decisión sobre la sucesión ya estaba tomada. Ese mismo día, con un lapso de horas, los 32 diputados laboristas celebraron una votación interna y coronaron a Ardern como la segunda líder femenina del partido y, a sus 37 años, el más joven de su historia.

Sin perder un instante, pues el tiempo hasta las elecciones de octubre era escaso, Ardern confeccionó un equipo de lugartenientes que apenas difería del Shadow Cabinet de su predecesor. Kelvin Davis pasó a ser el nuevo vicelíder y el propio Little siguió en la brecha como ministro de Justicia en la sombra. A modo de adelanto del manifiesto electoral del partido, la nueva líder se colocó bajo foco para describirse como una persona de ideas "socialdemócratas", en todo "progresista" y de una "positividad implacable". De paso, recordó su feminismo y su deseo de que Nueva Zelanda se planteara la posibilidad de adoptar el sistema republicano de gobierno, sin menoscabo por supuesto de los vínculos históricos con el Reino Unido en el seno de la Commonwealth.

De inmediato, la intención de voto de los laboristas se disparó, hasta ponerse a la par que los nacionales e incluso tomarles la delantera. El efecto de simpatía que su nueva jefa producía no lo conocían los laboristas desde tiempos de Helen Clark, pero estaba por ver si con las meras virtudes personales de Ardern el NZLP sería capaz de imponerse a un NP que tenía a sus espaldas muchos aplausos por sus aciertos de gobierno desde 2008. Sin embargo, en el duelo particular de aspirantes, Ardern batía a English sin lugar a dudas.

En las semanas siguientes, Ardern, catapultada al estrellato nacional, y los laboristas se afanaron en explicar su programa para las votaciones. En la economía y las finanzas, un área donde el Gobierno del NP tenía ciertamente motivos para sacar pecho (el PIB crecía a un ritmo del 2,5% interanual, la inflación no llegaba al 2%, el paro había caído por debajo del 5%, la balanza fiscal presentaba superávit y la deuda pública andaba en el 30% del PIB, uno de los porcentajes más bajos de la OCDE), el partido opositor prometía revertir la bajada de impuestos directos, sobre todo a las rentas altas, ya aprobada por el Gabinete English y, por el contrario, se comprometía a aumentar muchas partidas presupuestarias del gasto social, como determinados beneficios para los hogares con hijos, las ayudas para la adquisición de vivienda, cuya carencia aguda, impropia de un país clasificado entre los de muy alto desarrollo, constituía quizás el problema número uno de Nueva Zelanda, y los fondos destinados a acabar con las bolsas de pobreza infantil, que se cebaba en las familias urbanas de etnia maorí. También había que subir el salario mínimo para ajustarlo al encarecimiento de la vida.

Lo que sí reduciría un Gobierno laborista, señalaba Ardern, serían las diversas tarifas del copago sanitario que funcionaba en la sanidad pública. A lo largo de la campaña, no quedó del todo claro, por el cruce de declaraciones contradictorias, sobre si un hipotético Gobierno Ardern, para financiar todos esos costes, subiría los impuestos directos e introduciría el impuesto a los beneficios de capital en la próxima legislatura de tres años o si bien aparcaría cualquier alza tributaria para más adelante, en el caso de ganar la reválida en 2020.

Ahora bien, en el sensible capítulo de la inmigración, los planteamientos del NZLP procuraban no contradecir a la mainstream de la opinión pública neozelandesa, identificada con las medidas de vigilancia y restricción. Ardern habló de reducir a una horquilla comprendida entre los 20.000 y los 30.000 el número de inmigrantes netos por año, cuota que representaba menos de la mitad de las cifras registradas entre junio de 2016 y junio de 2017, período en el que al archipiélago del Pacífico habían arribado con la intención de quedarse 72.300 ciudadanos extranjeros.

El énfasis puesto en la eliminación de subterfugios para eludir los controles migratorios, como podían ser las estancias con permisos de estudios prolongadas irregularmente, en la contratación laboral preferente de nacionales y en priorizar la concesión de visados a los trabajadores con mejores cualificaciones recortaba las distancias que los laboristas pudieran tener aquí con el NP de English y con Nueva Zelanda Primero (NZ First), el partido nacionalista, proteccionista y vagamente populista que desde su puesta en marcha en 1993 lideraba Winston Peters.

NZ First, pese a su conservadurismo en temas como el aborto y el matrimonio gay, no era ninguna antítesis del NZLP, al que de hecho había prestado soporte parlamentario en los últimos años del Gobierno Clark, entre 2005 y 2008, trienio en el que Peters, además, fungió de ministro de Exteriores sin estar considerado miembro del Gabinete. Es más, en lo relativo a la protección social, NZ First podía situarse a la izquierda del NZLP. El posible tope de 20.000 inmigrantes anuales netos barajado por Ardern se acercaba bastante al límite de 10.000 que mencionaba Peters. Este punto no pasó desapercibido e hizo pensar en un discreto principio de entendimiento entre ambas formaciones. Ahora bien, Ardern fue taxativa con que el país debía acoger a más personas que tuvieran el perfil de refugiados.

Al final, el empuje personal de Ardern no resultó suficiente para hacer que su partido, sumido en su cota más baja del último siglo, volviera a ser el primero de Nueva Zelanda. En las elecciones generales del 23 de septiembre de 2017 el NZLP, con el 36,9% de los votos y 46 escaños, experimentó una fuerte subida y consiguió sus mejores resultados desde 2005, pero el NP de English, moderadamente erosionado, volvió a ganar con el 44,4% de los sufragios y 56 diputados, es decir, mayoría simple. De todas maneras, English se encontró con que ya no le era posible seguir gobernando recostado en una mayoría absoluta fiada al apoyo parlamentario de los pequeños partidos Futuro Unido (liberales centristas), ACT (liberales derechistas) y Maorí, que en la anterior legislatura sumaban cuatro escaños; ahora, Futuro Unido y el Partido Maorí se habían quedado sin representación.

La alternancia en el Gobierno quedó sellada al emprender Ardern, reelegida diputada por Mount Albert, y Peters una conversaciones de coalición a las que se sumó el Partido Verde de Aotearoa que dirigía James Shaw. El 19 de octubre Ardern confirmó la adopción de un pacto a tres para alumbrar "un Gobierno progresista liderado por los laboristas". Dos días después, en una entrevista televisada, la primera ministra en ciernes afirmó que los kiwis, es decir, los neozelandeses, "no notaban los beneficios o cualquier forma de prosperidad", a pesar de las cifras macroeconómicas desgranadas por el Gobierno del NP, y que el capitalismo podía considerarse un "fracaso flagrante" desde el momento en que en un país tan pequeño como Nueva Zelanda "cientos de miles de niños viven en hogares sin lo justo para vivir".

Aparte, Ardern informó de sus intenciones de convocar un referéndum sobre la legalización del consumo de cannabis para usos recreativos y, un poco al hilo del debate revisionista generado por el presidente Donald Trump (por cierto que muy criticado por ella en los pasados meses) con su anuncio de que Estados Unidos se retiraba de este bloque comercial, y de renegociar algunos puntos del Partenariado Trans-Pacífico (TPP), pese a que Nueva Zelanda ya lo había ratificado en mayo anterior, para favorecer los intereses nacionales antes de la entrada en vigor del acuerdo. En concreto, Ardern y Peters querían a toda costa prohibir la adquisición de vivienda en las islas por compradores extranjeros. En el punto de mira estaban los especuladores de propiedad chinos, australianos y de otros países de la región de Asia-Pacífico.

El 26 de octubre de 2017 quedó constituido el Gobierno Ardern, oficialmente de coalición solo entre el NZLP y NZ First, aunque con la adición, con tres ministros fuera del Gabinete y la prestación de soporte parlamentario, de los Verdes. Además de primera ministra, Ardern encabezaba los departamentos de Seguridad Nacional e Inteligencia, Arte, Cultura y Patrimonio, y -su gran fijación- Reducción de la Pobreza Infantil. Peters era el viceprimer ministro y ministro de Exteriores. Kelvin Davis, el vicelíder laborista, figuraba como el número tres. El NZLP se quedaba entre otros con el Ministerio de Finanzas, para Grant Robertson, mientras que NZ First disponía de cuatro puestos en total, incluidos los ministerios de Defensa, para Ron Mark, e Interior, para Tracey Martin. La unión de laboristas, nacionalistas y verdes sumaba 63 diputados, en una Cámara de 120 miembros. Tras prestar juramento ante la gobernadora general (representante de la jefa titular del Estado, la reina Isabel II del Reino Unido) Patsy Reddy, la, con 37 años, más joven de las 28 mujeres jefas de Estado y de Gobierno que en ese momento había en el mundo prometió un Ejecutivo "activo, centrado, empático y fuerte".

La primera ministra de Nueva Zelanda es soltera y no tiene hijos, si bien mantiene una estable relación de pareja con el periodista Clarke Gayford, un popular presentador televisivo que de hecho se dio a conocer al gran público varios años antes que ella. Ardern se declara agnóstica y recuerda que en 2005 puso fin a su pertenencia, heredada de sus progenitores, a la Iglesia Mormona, en parte debido a una cuestión de fe y en parte también por el conservadurismo de esta confesión religiosa en materia de moralidad y costumbres sociales, concepciones que chocaban con su mentalidad mucho más liberal.

(Cobertura informativa hasta 1/11/2017)

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