Jeremy Corbyn

© Garry Knight/Flickr

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Actualización: 2 noviembre 2017

Reino Unido

Líder del Partido Laborista (2015-)

  • Jeremy Bernard Corbyn
  • Mandato: 12 septiembre 2015 - En ejercicio
  • Nacimiento: Chippenham, condado de Wiltshire, South West, Inglaterra, 26 mayo 1949
  • Partido político: Partido Laborista
  • Profesión: Sindicalista
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Presentación

El fracaso del Partido Laborista en las elecciones de mayo de 2015 en el Reino Unido desembocó el 12 de septiembre en la sorpresiva ascensión al liderazgo de Jeremy Corbyn, el rostro del ala más a la izquierda del laborismo, la adherida a las ideas del socialismo democrático. La misma que durante décadas estuvo marginada por una dirigencia de turno que osciló entre la socialdemocracia tradicional de Neil Kinnock y John Smith, el social liberalismo del New Labour y la Third Way de Tony Blair, y los planteamientos intermedios o híbridos de Gordon Brown y Ed Miliband. Ahora, Corbyn encarna un drástico viraje la izquierda sin concesiones al centro y con un mensaje anticapitalista implícito, modelo que, sin salir del partido opositor, algunos consideran trasnochado y suicida de cara a las urnas, y otros, en cambio, urgente y necesario.

Han sido los miembros de base y los simpatizantes externos quienes, contra el criterio del establishment laborista, visiblemente inquieto por esta elección, han catapultado como sucesor del dimitido Miliband a un veterano parlamentario barbudo de 66 años que nunca ha ostentado puestos de relieve en la formación y que trae una reputación de incansable rebelde y defensor de causas habitualmente asociadas a la hard left en el Reino Unido. Así, la militancia de este sindicalista y activista nato, quien violó en cientos de ocasiones la disciplina parlamentaria de su grupo, ha girado siempre en torno al pacifismo, el antiatlantismo, el desarme nuclear unilateral, el antifascismo, la promoción de los Derechos Humanos, las reivindicaciones de los palestinos, la protección de la naturaleza, la lucha contra las brechas sociales y las discriminaciones de género, y el rechazo frontal a las políticas económicas liberales que trajo la era Thatcher.

Más aún, Corbyn es un político heterodoxo e irreverente que, a despecho de sus formas amables, hurga en varias cuestiones sensibles de su país: nada menos que tiene simpatías republicanas, desdeña los símbolos de la monarquía, repudia la confesionalidad anglicana del Estado inglés y la institución de los Lores, no suscribe el unionismo británico, sostuvo reuniones con terroristas del IRA para favorecer el proceso de paz y apoya a los católicos norirlandeses en su meta de una Irlanda unida. Quien sigue presidiendo el movimiento Stop the War Coalition abjura de las "guerras ilegales y neocoloniales" llevadas por las potencias occidentales a Afganistán, Irak o Libia, niega la eficacia de los bombardeos contra el Estado Islámico en Siria y tiende a justificar la injerencia de Rusia en Ucrania.

Es en su plataforma programática, elaborada con motivo de su envite interno frente a tres adversarios de posiciones más moderadas y que gozaban de mayores peso y apoyos en las estructuras del partido, donde Corbyn, al que ya comparan con Michael Foot (el líder intelectual del laborismo que en las elecciones de 1983 sucumbió estrepitosamente ante Thatcher esgrimiendo un manifiesto calificado entonces de "ultraizquierdista"), sustancia su ruptura con esquemas arraigados en la política mainstream de Gran Bretaña y sobre los que el Partido Laborista mantenía hasta ahora un cierto consenso con el gobernante Partido Conservador de David Cameron. La tesis central del nuevo líder de la oposición en Westminster es que el Reino Unido tiene que librarse de las políticas de recortes y austeridad que han hecho de este un país "más injusto" y luchar por una "economía democrática" concentrada en la recuperación de los niveles de rentas familiares y de gasto público en el estado del bienestar, los cuales, denuncia Corbyn, han sufrido un enorme retroceso desde que gobiernan los tories.

Para obtener un crecimiento ligado a los "empleos y servicios públicos decentes" y con unos objetivos de "reducción justa" del déficit, Corbyn invoca unos impuestos más progresivos, el blindaje de la Sanidad pública (NHS) frente a cualquier intento de privatización y una fórmula (People's Quantitative Easing) por la que el Banco de Inglaterra imprimiría dinero para invertirlo en infraestructuras públicas. Otras recetas, polémicas por su carácter intervencionista, de las Corbynomics son la renacionalización de los ferrocarriles y el sector energético, y la creación de un "banco nacional de inversiones". En las políticas exterior, de seguridad y de defensa, mantiene su vieja reclamación de desmantelar la disuasión nuclear estratégica basada en submarinos, pero ya no habla de salir de la OTAN, organización que, opina, debió disolverse cuando terminó la Guerra Fría. En cuanto al tema candente de un posible Brexit, Corbyn aparca su anterior euroescepticismo en favor de una permanencia británica en una UE, eso sí, "mejorada". Paladín del multiculturalismo, su discurso va particularmente a contracorriente en la cuestión de la inmigración, fenómeno que considera "beneficioso" para las sociedades en un sentido bidireccional, y para el que no concibe otra política que no sea la de puertas abiertas.

Modelo de integridad, compromiso con los desfavorecidos y pureza ideológica para sus admiradores, político desleal, sectario y portador de una visión utópica o irreal del mundo para sus detractores, Corbyn se muestra convencido de que su idealismo contra viento y marea es el punto de partida correcto para darle la vuelta al diagnóstico negativo que traza de la situación económica y social del Reino Unido. La elección de Corbyn suscita dudas sobre su capacidad para mantener unido un partido que podría entrar en una etapa de graves disensiones internas, ya tocado por la hemorragia de votos en su otrora bastión, Escocia (en beneficio del independentista Partido Nacional Escocés), y que, por si fuera poco, afronta una delicada situación financiera. También está abierto el análisis sobre los paralelismos del nuevo laborismo de Corbyn con la SYRIZA griega, la Die Linke alemana o el Podemos español. Por de pronto, Corbyn ya ha empezado a subrayar su antagonismo parlamentario con Cameron, al que tacha de "negacionista de la pobreza", en tanto que el primer ministro le califica de "amenaza para la seguridad nacional".


(Texto actualizado hasta septiembre 2015)

Biografía

1. Sindicalista y parlamentario del ala izquierda del laborismo británico
2. Activismo heterodoxo y definición de una plataforma ideológica
3. Elección como líder del partido y de la oposición de Westminster con un mensaje de cambio radical


1. Sindicalista y parlamentario del ala izquierda del laborismo británico

Nacido en 1949 en el condado de Wiltshire, en la Inglaterra meridional, pero desde los siete años criado y educado en Shropshire, en los Midlands, más al norte, sus padres, ingeniero eléctrico él y profesora de Matemáticas ella, formaron un hogar de clase media acomodada e imbuido de ideas laboristas y pacifistas. El muchacho se formó en la Castle House Preparatory School y la Adams' Grammar School, dos centros de pago de la localidad de Newport. Siendo un adolescente, Corbyn empezó a adiestrarse en la militancia del laborismo como miembro de los Labour Party Young Socialists (LPYS), donde solían ser frecuentes las disputas entre facciones radicales que reclamaban un ideario revolucionario de tradición trotskista. Fue también en las aulas donde nació su activismo en favor del desarme nuclear, quizá la constante más representativa de su trayectoria.

Tras examinarse en dos pruebas A-Level (equivalentes a un final de bachillerato) con resultado de grado E, es decir, la nota más baja, Corbyn, sin muchas opciones para realizar unos estudios superiores, optó por enrolarse en el Voluntary Service Overseas (VSO), organización caritativa internacional con la que pasó dos años en Jamaica, desarrollando labores de cooperante al desarrollo. A su vuelta a Inglaterra intentó sin éxito sacarse un título en el North London Polytechnic. El joven carecía de formación para poder aspirar a un trabajo cualificado, pero encontró una salida profesional como organizador a sueldo de la National Union of Public Employees (NUPE), uno de los más potentes sindicatos del país, al que estaban afiliados más de medio millón de funcionarios de todo el Reino Unido. De ahí pasó a la National Union of Tailors and Garment Workers (NUTGW), otro gremio laboral, en este caso representante de los trabajadores del declinante sector del textil.

Corbyn dio sus primeros pasos en la política representativa con 25 años, en 1974, el año en que el Reino Unido celebró dos elecciones generales consecutivas que supusieron el relevo del Gobierno conservador de Edward Heath y el regreso al 10 de Downing Street del líder laborista Harold Wilson. Entonces, el sindicalista ganó un puesto de concejal en Haringey, municipio (borough) del norte del Gran Londres, y comenzó a ejercer de secretario de la sección del Partido Laborista en el también distrito londinense de Islington.

Como otros laboristas situados en las corrientes más izquierdistas del partido, el concejal votó en contra de la permanencia del Reino Unido en las Comunidades Europeas, a las que el país se había adherido en 1973 gobernando los conservadores de Heath, en el referéndum nacional de junio de 1975. La consulta fue convocada por el Gobierno Wilson en cumplimiento de un compromiso asumido por los laboristas en sus manifiestos para las elecciones de febrero y octubre de 1974. Aunque Wilson, la mayoría de sus ministros y buena parte de los dirigentes del laborismo reclamaron que se votara a favor de seguir perteneciendo a la CEE, opción que efectivamente se impuso, Corbyn, así como figuras del partido como Michael Foot y Tony Benn, optaron por el no, postura que traslucía el temor a que las políticas comunitarias perjudicaran a los productores agrícolas nacionales y menoscabaran la soberanía de Londres a la hora de adoptar medidas estatalistas de apoyo a la industria, atenazada por la crisis.

Durante bastantes años, la carrera política de Corbyn discurrió por unos cauces discretos, al menos por lo que respectó a su situación en los escalafones del Partido Laborista, el cual comenzó en 1979, con James Callaghan de líder saliente, una larguísima y amarga etapa de 18 años en la oposición a los gobiernos conservadores de Margaret Thatcher y John Major. En 1981 el concejal trabajó en el equipo de la campaña de Tony Benn, con resultado infructuoso, para arrebatar a Denis Healey el puesto de vicelíder de la formación a la diestra de Michael Foot. Paralelamente a sus cometidos internos del partido, Corbyn desarrollaba un apasionado activismo de calle que igual se manifestaba contra las polémicas políticas de Thatcher en la economía -la traumática aplicación de recetas neoliberales y monetaristas para reducir la inflación y liquidar la propiedad estatal y el poder sindical en la siderurgia, la minería y otras ramas industriales- y en la seguridad y la defensa -el despliegue de los euromisiles de la OTAN-, que se solidarizaba con los palestinos o reclamaba la libertad de los famosos Cuatro de Guildford y Seis de Birmingham, grupos de reos norirlandeses, condenados con pruebas fabricadas o sobre la base de autoincriminaciones arrancadas con torturas, por su supuesta implicación en los atentados con bomba cometidos por el IRA en Inglaterra en la década anterior.

El debut de Corbyn en la política de Westminster llegó con las elecciones generales de junio de 1983. Las mismas fueron ganadas de manera avasalladora por una Thatcher en la cima de la popularidad a raíz de su enérgica actuación en la Guerra de las Malvinas. Con el 40,4% de los votos, el treintañero retuvo para el partido el escaño por la circunscripción de Islington North, un bastión intocable del laborismo londinense desde 1937 y que en los últimos 14 años había representado Michael O'Halloran, mientras que su formación sufría sus peores resultados nacionales en 65 años. La debacle laborista de 1983 fue achacada por los observadores al manifiesto "ultraizquierdista", lleno de acentos keynesianos e intervencionistas influidos por el socialismo fabiano, elaborado por Foot, quien aspiraba a convertirse en primer ministro formulando propuestas tan audaces como la renacionalización de la industria, la creación de un banco de inversiones público, el abandono de la CEE y el desarme nuclear unilateral.

Foot estaba considerado un intelectual brillante y un socialista de honestidad intachable, pero también era visto como un político un tanto anticuado y desconectado de la realidad que no se daba cuenta de que el electorado británico medio era ahora mismo bastante moderado y vivía con preocupación el recrudecimiento de la Guerra Fría. Los laboristas naufragaron en 1983 al sobrestimar el grado de enfado ciudadano por las políticas radicalmente antisociales de Thatcher e infravalorar la popularidad de la primera ministra en las clases medias, aunque también les perjudicó bastante la reciente escisión de su ala derecha, el Partido Social Demócrata (SDP) de Roy Jenkins y David Owen, que arrebató un buen puñado de escaños en alianza centrista con el Partido Liberal de David Steel. A posteriori, el manifiesto laborista de 1983 fue llamado con sarcasmo "la nota de suicidio más larga de la historia".

Una vez sentado en la Cámara de los Comunes, Corbyn se encuadró en la facción de diputados conocida como el Socialist Campaign Group (SCG). Creado en 1982 por Tony Benn, Stuart Holland, Michael Meacher, Dennis Skinner y otros parlamentarios de la extrema izquierda del partido, el SCG se adhería al socialismo democrático, luego difería de los planteamientos laboristas socialdemócratas y criticaba abiertamente el modelo capitalista. El sucesor del dimitido Foot en el liderazgo, Neil Kinnock, partidario de acercar el laborismo británico a los esquemas de la socialdemocracia de Europa continental, era regularmente presionado por el grupo de Corbyn, quien vertía estas opiniones en su columna regular del tabloide de línea marxista Morning Star, para que la oposición parlamentaria al Gobierno conservador no cejara nunca en la defensa cerrada del sector público, la protección del estado del bienestar achicado por Thatcher y el intervencionismo del Estado en la economía de mercado, que el SCG aspiraba a transformar para dar paso a un modelo socialista.


2. Activismo heterodoxo y definición de una plataforma ideológica

En las décadas de los ochenta y noventa el itinerario político de Corbyn no experimentó ningún ascenso en la jerarquía del Partido Laborista, donde siguió confinado en la posición de diputado de base, un mero backbencher cuyo cometido básico era votar en la sesiones de los Comunes. Ni Kinnock ni su efímero sucesor, el malogrado John Smith, le sentaron en el frontbench y el shadow cabinet laboristas, lo que imposibilitaba el lucimiento personal en los debates parlamentarios. Opaco en Westminster, donde estaba afiliado a varias organizaciones sindicales y grupos de interés de signo progresista, Corbyn era sin embargo un político conocido y popular en su circunscripción londinense, donde fue reelegido con el 50% de los votos en los comicios de 1987 y con el 57% en los de 1992, vueltos a ganar ambos por los conservadores.

El barbudo parlamentario estaba volcando en su activismo fuera de la Cámara, que tendía a provocar ampollas entre sus compañeros de filas más moderados y podía buscarle complicaciones personales, como en 1984, cuando fue brevemente arrestado por Scotland Yard en el curso de una encartelada contra el apartheid frente a la legación diplomática de Sudáfrica. Impetuoso e irreverente, Corbyn solía ir por libre, y aquel mismo año, en plena ofensiva terrorista del IRA, levantó una densa polvareda por su iniciativa particular de invitar a Londres al líder del Sinn Féin, Gerry Adams, para mantener unas conversaciones sobre el conflicto de Irlanda del Norte; aquí, su postura, a contracorriente del unionismo británico y en consonancia con el republicanismo católico, era la de que el Ulster y la República de Irlanda debían formar un solo Estado isleño.

Durante el reflujo de la Guerra Fría en los años de la Perestroika de Gorbachov, Corbyn continuó despotricando contra la OTAN, los arsenales nucleares y la política exterior de Estados Unidos. En 1990, el año de la caída de Thatcher, no dejó de participar en la campaña de resistencia vecinal contra el poll tax, el impopular impuesto municipal de tipo único para todas las rentas, por lo que estuvo a punto de ser detenido. Por otro lado, en 1991 él y Benn promovieron en el Parlamento la Commonwealth of Britain Bill, una proposición de ley, condenada a no prosperar, para que el Reino Unido se convirtiera en una "Comunidad de Naciones británica democrática, federal y secular", sin monarquía, ni Iglesia de Inglaterra, ni Cámara de los Lores, con un presidente como jefe del Estado y con amplios autogobiernos para Inglaterra, Escocia y Gales.

En 1996 Corbyn volvió a poner en una situación comprometida a su partido al descubrirse que había concertado una nueva cita con Gerry Adams en Londres y que había sostenido, junto con su compañero de bancada Ken Livingstone, futuro alcalde de Londres, una serie de encuentros privados con miembros del IRA en el mismísimo Palacio de Westminster. El asunto mereció una indagación de la preocupada speaker de los Comunes, Betty Boothroyd, y una reprimenda del jefe disciplinario (chief whip) del grupo laborista, Donald Dewar. Entonces se dijo que la presencia de estos miembros de la organización terrorista, que todavía no había declarado un alto el fuego definitivo (este iba a llegar en 1997, como paso previo a la firma del Acuerdo de Viernes Santo de 1998), había puesto en peligro la seguridad del Parlamento. El protagonista del escándalo justificó sus contactos personales con miembros del IRA y el Sinn Féin porque según él favorecían el necesario clima de diálogo entre todas las partes implicadas en el tortuoso proceso de paz de Irlanda del Norte.

Para entonces, y desde 1994, el jefe de Corbyn en el partido era el escocés Tony Blair, adalid de un "reformismo radical" con un programa de profunda transformación, doctrinal y orgánica, del laborismo, el cual requería la retirada en los estatutos de los últimos vestigios de compromiso con el socialismo clásico, la supresión del poder decisorio de los sindicatos y el viraje a una asunción pragmática de los principios de la economía de libre mercado. Los postulados de la Third Way y el New Labour, con su énfasis en los conceptos de innovación, eficacia, responsabilidad individual y revisión del Welfare State, suponía una enmienda de tipo social liberal a la socialdemocracia tradicional que dejó atónitos a Corbyn y sus colegas del SCG, reducido a la condición de resistente simbólico frente a la marea blairista. Más arrinconado que nunca en el backbench laborista, el parlamentario no recibió de sus superiores ningún encargo especial después de que en mayo de 1997 el partido arrasara en las elecciones generales y Blair formara Gobierno en medio de una euforia como no se conocía desde tiempos de Wilson en la década de los sesenta. Para Corbyn, reelegido por tercera vez en Islington North con un contundente 69,3% de los votos, fue el comienzo de un período de rebeldía sistemática que le llevó a violar en cerca de 500 ocasiones la disciplina de voto de su bancada. De hecho, entre 1997 y 2010 ostentó el récord de desafíos al látigo de un grupo parlamentario en esta Cámara de 650 miembros.

En septiembre de 2001, luego de revalidar mandato parlamentario con el 62% de los votos, Corbyn y su camarada y amigo inseparable, Tony Benn, estuvieron entre los fundadores de la Stop the War Coalition, movimiento que nació voceando su rechazo frontal a las operaciones militares anglo-estadounidenses en Afganistán para derrocar al régimen talibán y expulsar a Al Qaeda del país asiático, y a la misma estrategia de la guerra global contra el terrorismo orquestada por la Administración Bush tras los atentados del 11-S. El miembro de Amnistía Internacional, adherente a Unite Against Fascism y a la Palestine Solidarity Campaign, y vicepresidente de la Campaign for Nuclear Disarmament (CNDUK), iba a ser elegido presidente de Stop the War en septiembre de 2011, al cumplirse la década de vida del movimiento.

La postura contra el viento del disidente nato llegó a su clímax a principios de 2003, en vísperas de la invasión de Irak. Entonces, Corbyn, aupado como uno de los organizadores de las marchas contra la guerra, se desgañitó en arengas que arremetían contra la decisión intervencionista de Blair. El liderazgo laborista y la jefatura del Gobierno de Gordon Brown desde 2007 hasta 2010 no trajeron ningún intento de acercamiento entre el parlamentario y la cúpula del partido, que siguió viéndole como un agitador excéntrico defensor de causas, en el mejor de los casos, quijotescas. Ahora bien, en 2008 Corbyn aplaudió la decisión de Brown de rescatar parcialmente la banca privada, nacionalizándola de hecho, para salvarla del colapso de liquidez en pleno terremoto causado por la quiebra de Lehman Brothers en Estados Unidos, así como su estrategia fiscal de estímulo keynesiano de la economía para limitar el impacto de la Gran Recesión.

El recalcitrante activismo de izquierdas de Corbyn, que gustaba de de hacer sus alocuciones callejeras tocado con una gorra negra con visera de estilo leninista, podía causar dolores de cabeza a sus superiores, pero en 2009 el público se enteró de que él había sido el miembro del Parlamento que menos facturas había cargado a la caja de la Cámara en concepto de dietas y gastos varios, marcando un fuerte contraste con multitud de diputados que habían abusado de estos emolumentos. Este detalle robusteció su imagen de político recto y honrado, mas allá de si sus ideas parecían ingenuas o trasnochadas.

El regreso al poder de los conservadores de David Cameron, en coalición con los liberaldemócratas de Nick Clegg, en mayo de 2010 abrió un nuevo capítulo en la trayectoria de Corbyn, que ahora se encontró más cómodo para formular su discurso oposicionista con la coherencia que suponía pertenecer al partido, no del Gobierno, sino de la oposición. Al diputado de ideario socialista, que no necesitaba las instrucciones de su jefe de turno, ahora Ed Miliband, el cual le ignoró al igual que Kinnock, Smith, Blair y Brown antes que él, le faltó tiempo para poner de vuelta y media el masivo programa de recortes públicos y austeridad ejecutado por Cameron para embridar el desorbitado déficit público. Caballos de batalla suyos, divulgados en artículos de prensa, pronunciamientos políticos y declaraciones a los medios, eran el alquiler social de vivienda, la reducción de las brechas de desigualdad y el blindaje de la titularidad pública del Servicio Nacional de Salud (NHS).

Corbyn, que, para consternación de la chief whip laborista, Rosie Winterton, siguió practicando con fruición la indisciplina parlamentaria, no encontró estimulante el nuevo liderazgo de Ed Miliband, ex miembro del Gabinete Brown y hermano menor de David Miliband, quien fuera secretario del Foreign Office y al que, en un insólito duelo fraterno, disputó con éxito las riendas del partido tras la renuncia de Brown. El menor de los Miliband arrancó su jefatura opositora en septiembre de 2010 declarando caducado el New Labour, pero aclarando que el nuevo rumbo no suponía el retorno al viejo laborismo vigente hasta los noventa y moldeado en el socialismo clásico. Miliband tuvo problemas para afianzar su liderazgo y de cara a las elecciones parlamentarias de 2015 presentó un manifiesto orientado a la izquierda que, sin renuncia al principio de la responsabilidad fiscal y a unos objetivos de reducción de déficit, pregonaba el aumento de los impuestos a los ricos, la ampliación de las coberturas sociales, la reversión de los planes conservadores de externalización y privatización de servicios del NHS, y la reducción de las tasas universitarias.

Por otro lado, el Partido Laborista, sensible al discurso nacional-populista de Nigel Farage y su Partido de la Independencia del Reino Unido (UKIP), incorporó a su manifiesto medidas restrictivas de la inmigración, algo que pugnaba con los planteamientos fuertemente multiculturalistas de Corbyn, partidario de una política de puertas abiertas. Además, Miliband, haciendo fruncir de nuevo el ceño a Corbyn, insistió en su compromiso con el mantenimiento de la disuasión nuclear estratégica basada en submarinos (programas Trident-Vanguard).


3. Elección como líder del partido y de la oposición de Westminster con un mensaje de cambio radical

La oferta de los laboristas no sedujo a los británicos y el partido, en realidad sin perder votos con respecto a la última vez, sucumbió en las elecciones a los Comunes del 7 de mayo de 2015. Con el 30,5% de los sufragios y 232 escaños, su cuota mas floja desde los años de Thatcher, los de Corbyn fueron vapuleados por Cameron y los conservadores, que ganaron otro turno de Gobierno con mayoría absoluta, lo que no habían conseguido en 2010. De inmediato, Miliband presentó la dimisión irrevocable y la vicelíder, Harriet Harman, como ya había hecho en 2010 a la marcha de Brown, asumió las funciones de líder con carácter interino. En el partido había quienes querían cerrar esta provisionalidad cuanto antes, procurando no repetir la experiencia de un lustro atrás, cuando la titularidad del liderazgo estuvo vacante durante cuatro meses, aunque al final ese era exactamente el tiempo que iba a requerir ahora el cambio de guardia.

El nuevo líder iba a ser elegido de acuerdo con el procedimiento interno modificado en 2014. Hasta entonces, a los líderes laboristas los había elegido un colegio electoral formado por tres estamentos, el de los parlamentarios (los diputados de la Cámara de los Comunes y del Parlamento Europeo), el de los militantes individuales y el de los grupos y secciones afiliados, en su mayoría de naturaleza sindical. Bajo el nuevo sistema, más sencillo, el censo electoral del partido lo integraban miembros plenos, simpatizantes afiliados (sindicalistas y miembros de las asociaciones socialistas) y simpatizantes registrados para la consulta previo abono de tres libras, todos a título individual y con sus votos, que podrían efectuarse por Internet, valiendo lo mismo. Para concurrir, los candidatos necesitaban ser nominados por al menos 35 parlamentarios. Lo que no cambiaba era la elección a doble vuelta, con exigencia del 50% más uno de los votos para ser proclamado vencedor en la primera votación.

Varios fueron los aspirantes a suceder a Miliband, y uno de ellos, el último en anunciarlo, fue Corbyn, quien ya iba por su octava legislatura en Westminster. El 3 de junio, a través del Islington Tribune, el diputado lanzó su postulación, que sostenía, aseguraba al diario local, "una clara plataforma antiausteridad" y daba respuesta a "un llamamiento abrumador de los miembros del Partido Laborista, que quieren ver un elenco más amplio de candidatos y un debate profundo sobre el futuro del partido". Antes que él ya habían comunicado sus ambiciones tres adversarios de posiciones ideológicas más moderadas y que gozaban de mayores peso y apoyo en las estructuras del partido, así como de experiencia gubernamental. Estos eran: Andy Burnham, titular de Salud en el Shadow Cabinet laborista y miembro del Gabinete Brown; Yvette Cooper, shadow minister del Interior con Miliband y procedente de la facción brownita; y Liz Kendall, shadow minister de Atención a la Tercera Edad y señalada como blairista, si bien el ex primer ministro no se pronunció públicamente por ella.

Esgrimiendo el eslogan Hablar claro, política honesta, Corbyn registró su nominación el 15 de junio avalado por tan solo 36 miembros del Partido Parlamentario, es decir, uno más de los mínimos exigidos. Este pobre acopio de endorsements, sin embargo, no contaba para el desenlace de una elección sujeta al principio de un hombre, un voto, en la que la decisión de las bases iba a resultar determinante. Antes de conocerse a los nominados, los sondeos previos, hechos sobre la base de una batería de nombres barajados por los medios, ni siquiera incluían a Corbyn en la carrera. En junio, el candidato más a la izquierda comenzó su campaña a remolque de Burnham y Cooper, pero a mediados de julio las encuestas empezaron a situarle en cabeza. En la segunda semana de agosto, Corbyn, que brilló en los debates televisados de los cuatro contendientes, consolidó su condición de gran favorito para inquietud y alarma de multitud de frontbenchers y miembros del aparato ejecutivo del partido inicialmente persuadidos de que su irrupción en la contienda había sido inane o folclórica.

El "outsider" de la competición laborista presentó un manifiesto que era toda una profesión de principios ideológicos poco susceptible de ser mal interpretada, aunque sí muy criticada por lo que pudiera tener de "utópica", "ingenua" e "irresponsable". Echando mano de la expresión popular stand and deliver, pero cambiándola de contexto, Corbyn estaba "presto a cumplir" con una especie de decálogo de metas, entre las que estaban: "una nueva forma de hacer política", para conseguir un país "más justo basado en la innovación, los empleos decentes y los servicios públicos decentes"; el "crecimiento sin austeridad", partiendo de unos "impuestos justos para todos", acentuando la progresividad fiscal, y de una "reducción justa del déficit"; la "protección del trabajo", empezando por la supresión de los llamados zero hours contracts (que exigen al asalariado estar disponible para el empresario las 24 horas del día); un NHS "plenamente financiado" con dinero público, desterrando cualquier tentativa de implicación de capital privado en la prestación de sus servicios, así como una "atención médica infantil universal"; el lanzamiento de un "gran programa de construcción de viviendas de rentas controladas"; y en el ámbito educativo, la abolición de tasas universitarias, el restablecimiento de becas canceladas por el Gobierno Cameron y la puesta en marcha de un Servicio Nacional de Educación, equivalente al NHS en la Sanidad.

Como medidas concretas dentro del apartado económico, Corbyn proponía crear un "banco nacional de inversiones", que el Banco de Inglaterra imprimiera dinero para invertirlo en vivienda y transporte públicos (esta política fue bautizada por el candidato como "People's Quantitative Easing") y renacionalizar los ferrocarriles y empresas clave del sector energético. Estos puntos de las llamadas Corbynomics, elaboradas con la estrecha asesoría del profesor Richard Murphy, presentaban un recio sabor socialista (el primero, de hecho, calcaba exactamente una de las propuestas estrella hechas por Foot en 1983) y hacían llevar las manos a la cabeza a los detractores internos, muchos identificados con el New Labour y el legado de Blair, quien, por cierto, fue categórico en su advertencia de que el partido corría el riesgo de una "aniquilación" en las urnas si a Miliband le sucedía el valedor de unas políticas "de fantasía" dignas de "Alicia en el País de las Maravillas"; Brown, más comedido y sin nombrar a Corbyn, también deslizó su preocupación porque el laborismo británico fuera a convertirse en un mero "partido protesta". Además, Quien venía siendo un abanderado de las energías renovables, de la economía verde y del rechazo al fracking propugnaba una "acción sobre el cambio climático en el interés del planeta a largo plazo, más que en el interés a corto plazo de los beneficios empresariales".

En cuanto a la política exterior, esta, proseguía Corbyn, debía regirse por la consigna de "no más guerras ilegales y neocoloniales" con el pretexto de la lucha contra el terrorismo, y "priorizar la justicia y la asistencia". El Reino Unido tenía que reformular sus relaciones internacionales, para abordar los problemas del mundo con "soluciones políticas y no militares". Este descarte de las campañas bélicas del Ejército y la RAF en el extranjero no hacía exclusión de la que en la ahora mismo tenía lugar contra el Estado Islámico en Siria e Irak. En consonancia con estas tesis pacifistas y con el viejo sueño del desarme nuclear en todo el planeta, el programa de misiles balísticos Trident basados en los submarinos Vanguard de la Royal Navy, al igual que los propios submarinos, de estar gobernando los laboristas, no sería reemplazado cuando caducase.

El 27 de agosto, en un debate online de los cuatro candidatos organizado por el Daily Mirror, Corbyn, cuestionado por sus rivales por haber achacado la injerencia de Rusia en la crisis de Ucrania a la "expansión al este" de la OTAN, volvió a repetir el parecer de que la Alianza Atlántica era una "organización de la Guerra Fría" que "debió haberse disuelto" en 1990, pero ya no sostuvo la propuesta de que el Reino Unido la abandonara, pues admitía que "no había un apetito de la gente por salir". Eso sí, la OTAN tenía que "restringir su papel". Por lo que respectaba a la UE, Corbyn, primero sugirió que podría votar por la salida del Reino Unido en el referéndum nacional previsto para 2017 si es que Cameron, en sus negociaciones con Bruselas, no conseguía la debida "protección" legal de los trabajadores y el medio ambiente, pero luego aclaró que él era europeísta y que estaba por la permanencia en una UE necesitada, ahora bien, de "reformas" y "mejoras", algo por lo que iba a luchar. Los diez ejes del programa del candidato eran, en síntesis, la economía, el bienestar social, la salud, la educación, la vivienda, los transportes, la paz, la justicia, los Derechos Humanos y el medio ambiente.

El 12 de septiembre, confirmando lo que apuntaban los últimos sondeos, Corbyn se proclamó líder del Partido Laborista en única votación con el respaldo del 59,5% de los participantes en la elección, en números absolutos 251.417. Se trataba de un porcentaje superior al sacado por Blair en 1994, cuando se batió con John Prescott y Margaret Beckett por la sucesión del fallecido John Smith. La magnitud del apoyo a Corbyn fue superlativa entre los simpatizantes registrados para la ocasión, es decir, los menos ligados al Partido Laborista, que se decantaron por él en un 83,8%. En cuanto a la posición de vicelíder, adjudicada en una elección aparte, esta recayó en Tom Watson, ex ministro de Compromiso Digital y ubicado también en el ala izquierda. Como líder de la oposición al Gobierno Cameron, el primer cometido de Corbyn iba a ser nombrar el nuevo Shadow Cabinet laborista para las réplicas parlamentarias del Ejecutivo conservador. Por cierto que del mismo se descartó Miliband, no obstante ofrecerle su apoyo a su sucesor. Luego, tendría lugar su debut en Westminster con el nuevo rol y el 27 de septiembre se reuniría con los militantes del partido en su Conferencia Anual.

En su primer mensaje a los asistentes a la Conferencia especial sobre el Liderazgo, y horas antes de sumarse a una multitudinaria manifestación de apoyo a los refugiados de Oriente Próximo en el centro de Londres, Corbyn manifestó que: "Los tories se han valido de la crisis económica de 2008 para imponer una carga terrible a las personas más pobres de este país. Los que han visto sus salarios congelados o recortados, los que no pueden permitirse siquiera mantenerse dignamente, aquellos que dependen de los bancos de alimentos para arreglárselas. Esto no está bien, no tiene porqué pasar y tiene que cambiar. Necesitamos una estrategia económica que mejore la vida de la gente, que expanda la economía y cubra las necesidades de todos. Eso no podéis lograrlo si a la vez no hacéis nada contra los niveles grotescos de inequidad en nuestra sociedad. Necesitamos desarrollar una política económica que se encargue de estas cuestiones".

Las reacciones a la elección de Corbyn, que de entrada causaba en el establishment laborista una convulsión histórica cuyas profundas consecuencias se sabrían en un futuro seguramente cercano, fueron variopintas. En casa, felicitaron al nuevo líder laborista, con lógicos matices, el UKIP de Farage y el Partido Nacional Escocés (SNP) de Nicola Sturgeon, mientras que Cameron no se anduvo con rodeos y vía Twitter calificó la mudanza en la formación adversaria de "amenaza para la seguridad nacional, la seguridad de nuestra economía y la seguridad de nuestras familias". De puertas al exterior, llegaron mensajes de satisfacción y contento de la SYRIZA griega, el PSOE y el Podemos españoles, el Parti de Gauche francés y la Die Linke alemana.

Jeremy Corbyn, receptor en 2013 del Gandhi International Peace Award "por sus constantes esfuerzos en sus 30 años de carrera parlamentaria por promover los valores de Gandhi de la justicia social y la no-violencia", ha estado casado tres veces. Su primer matrimonio, entre 1974 y 1979, fue con Jane Chapman, una compañera de militancia laborista. Más tarde, en 1987, el político contrajo segundas nupcias con Claudia Bracchitta, una chilena exiliada en Londres desde los 11 años, edad a la que escapó con sus padres del golpe de Estado de Pinochet, y a su vez nieta de españoles republicanos exiliados tras la Guerra Civil. La pareja procreó tres hijos varones, pero en la relación surgieron desavenencias (Corbyn ha revelado que estas giraron en torno a la educación escolar de uno sus hijos, Ben, que la madre quería que fuera en un centro privado con criterios selectivos de ingreso, mientras que él insistía en una escuela pública cercana al hogar pero señalada por el bajo rendimiento académico de sus alumnos) y la misma terminó en un divorcio en 1999. Desde 2013 el político está casado con Laura Álvarez, una ciudadana mexicana dedicada al comercio justo de café y con la que vive en su barrio de siempre, Islington. De resultas de sus matrimonios con latinoamericanas, Corbyn, que carece de coche, sigue dieta vegetariana y, al menos hasta ahora, se desplaza habitualmente en bicicleta, habla con fluidez el español.

(Cobertura informativa hasta 15/9/2015)

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