George Robertson

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Actualización: 1 noviembre 2017

Reino Unido

Secretario general de la OTAN (1999-2003); secretario de Defensa (1997-1999)

  • George Islay MacNeill Robertson, Barón (Lord) Robertson of Port Ellen
  • Mandato: 14 octubre 1999 - 17 diciembre 2003
  • Nacimiento: Port Ellen, Isla de Islay, concejo de Argyll and Bute, Escocia, Reino Unido, 12 abril 1946
  • Partido político: Partido Laborista
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Biografía

Hijo y nieto de policías, su familia estaba afincada en la isla escocesa de Islay, del grupo meridional de islas perteneciente al archipiélago de las Hébridas Interiores, a su vez parte del condado tradicional de Argyllshire. Se educó en centros de la Escocia británica, en el Grammar School de Dunoon y la Universidad de Dundee, por la que recibió la licenciatura en Economía en 1968. En la universidad fue vicepresidente del consejo estudiantil y presidente del Club Laborista, además de tomar parte en la dirección de la Unión de Estudiantes Escoceses.

Miembro de la ejecutiva del Partido Laborista Escocés (SLP), rama regional del Partido Laborista (LP) nacional, a partir de 1973 y presidente de la misma desde 1977, a lo largo de una década sus funciones partidistas corrieron paralelas al activismo sindical como organizador del gremio GMB, que agrupaba a los trabajadores de la industria del whisky escocés y al que se vinculó poco después de salir de la Universidad. En 1976 ingresó también en la junta rectora de la Agencia Escocesa para el Desarrollo (SDA). Su trayectoria en la política representativa arranca el 1 de junio de 1978, ocupando los laboristas el Gobierno de Londres en la persona de James Callaghan, cuando ganó el escaño de la Cámara de los Comunes a su contrincante del Partido Nacionalista Escocés (SNP) en una elección parcial en Hamilton, circunscripción del condado sureño de Lanarkshire. Robertson iba a seguir representando Hamilton en los 21 años siguientes a fuer de cinco reelecciones consecutivas en los comicios generales.

Secretario parlamentario del secretario de Estado (ministro) de Servicios Sociales, a la sazón David Ennals, en los últimos meses del Gobierno Callaghan en 1979, Robertson fue un candidato permanente a ministro laborista durante los años del dominio del Partido Conservador (CP). Después de las elecciones del 3 de mayo que dieron aquel año el triunfo a Margaret Thatcher, el antiguo dirigente sindical accedió al opposition front bench -bancada del principal partido de la oposición para las réplicas al gobierno de turno- del Parlamento, fungiendo de portavoz, primero de Asuntos Escoceses y luego, desde 1982 a 1993, de Defensa, Asuntos de la Comunidad Europea y, fundamentalmente, Asuntos Exteriores y de la Commonwealth. En el bienio 1987-1988, asimismo, volvió a presidir el SLP.

En 1993, al año de ganar la cuarta reelección como legislador y continuando los conservadores en el poder de la mano de John Major, el LP nombró a Robertson miembro del shadow cabinet -figura arraigada del parlamentarismo británico que viene a consistir en un gobierno alternativo, simbólico, del principal partido de la oposición, de manera que cada uno de los ministros del Ejecutivo encuentra su alter ego en el opposition front bench del Legislativo- en calidad de secretario de Estado para Escocia, para la que defendió un marco de autonomía política. También en 1993 fue elegido Parlamentario del Año por su papel constructivo en la espinosa ratificación por los Comunes, el mes de julio, del Tratado de la Unión Europea, trámite indispensable que a punto estuvo de hacer naufragar al gabinete tory de Major, quien encontró más apoyos entre los laboristas que en su propio partido.

Ubicado, no obstante su pasado sindical, en el ala más moderada del LP, esto es, europeísta a la vez que proestadounidense y partidaria de un modelo de economía de mercado basado mayormente en los principios liberales, su abogacía del cumplimiento íntegro de los compromisos adquiridos por el Reino Unido en la defensa atlántica permaneció inalterable en unos años, la década de los ochenta, en que cobraron auge las tesis pacifistas y de desarme unilateral en la sociedad británica en particular y la europea occidental en general.

El laborismo británico, que entre 1980 y 1992 tuvo como líderes a dos personalidades de tradición izquierdista, Michael Foot y Neil Kinnock, fue sacudido por un fortísimo debate interno a raíz de la decisión del Gobierno Thatcher, en asunción de la célebre doble decisión adoptada por la OTAN en diciembre de 1979, de desplegar a partir de finales de 1983 160 Misiles de Crucero Lanzados desde Tierra (GLCM) estadounidenses en las instalaciones que las Reales Fuerzas Aéreas (RAF) tenían en Molesworth y Greenham Common. Entonces, Robertson era un diputado no de rango alto de la bancada laborista que, sujeto a la disciplina partidaria, tenía que vocear en los Comunes la postura oficial de su formación sobre el particular; ésta fue absolutamente hostil en la época en que el liderazgo correspondió a Foot (quien renunció en octubre de 1983 después de encajar el LP una humillante derrota en las parlamentarias de junio), un campeón de la causa antinuclear cuyo ideario nítidamente socialista no podía ser más disímil del de Robertson.

En este prolongado período de semianonimato a los ojos del público, Robertson cimentó su experiencia internacional como miembro del Consejo del Royal Institute of International Affairs (RIIA, también conocido como Chatham House) de Londres, entre 1985 y 1991, presidente del grupo interparlamentario Anglo-Alemán de 1992 a 1994, vicepresidente del grupo interparlamentario Anglo-Americano, cofundador en marzo de 1992 y vicepresidente hasta 1994 de la Westminster Foundation for Democracy (WFD) basada en Londres, vicepresidente del Britain-Russia Centre, vicepresidente del British Council y director adjunto de la Ditchley Foundation.

Al día siguiente de la victoria laborista, por primera vez desde 1974, en las elecciones generales del 1 de mayo de 1997, Tony Blair, líder del partido desde 1994 y ahora flamante primer ministro, además de paisano escocés, otorgó a Robertson la Secretaría de Defensa, uno de los puestos más potentes del Ejecutivo. Al mismo tiempo, el Palacio de Buckingham le nombró miembro del Consejo Privado (Privy Council) de la reina. Considerado uno de los ministros laboristas más próximos a Washington, Robertson procedió a recortar el arsenal nuclear británico y durante la intervención militar, del 24 de marzo al 10 de junio de 1999, de la OTAN contra la República Federal de Yugoslavia para obligar al Gobierno de la República de Serbia a parar la violenta represión del separatismo albanés en su provincia de Kosovo, defendió a ultranza las operaciones de bombardeo aéreo contra objetivos serbios tanto en Kosovo como en la propia Serbia.

Como Blair, Robertson se mostró incluso dispuesto a que el Ejército británico tomara parte en una intervención terrestre masiva en el caso de que los ataques aéreos no arrancaran del presidente Slobodan Milosevic la orden de retirada de sus fuerzas militares de la provincia, tal como estipulaba el documento de paz presentado a la parte serbia en la fracasada conferencia de Rambouillet celebrada en marzo. Posteriormente, Robertson reconoció que el mando militar de la OTAN había elaborado un plan, de nombre clave Bravo Minus, para invadir Kosovo el 15 de septiembre si para entonces Milosevic no había dado su brazo a torcer.

Con la capitulación del Gobierno de Belgrado el 10 de junio, Robertson dio las órdenes oportunas a 13.000 soldados británicos que formaron el contingente más nutrido de la Fuerza multinacional de pacificación liderada por la OTAN, la KFOR, cuyo despliegue autorizó el Consejo de Seguridad de la ONU y que arrancó el 12 de junio. A esos efectivos debían sumarse los que venía sirviendo en Bosnia-Herzegovina en el seno de la Fuerza de Estabilización, la SFOR, desde diciembre de 1996. El esfuerzo del Ejército británico en operaciones de interposición y pacificación de conflictos internacionales cuya ejecución correspondía a Robertson por la decisión política del Gobierno se incrementó poco después, en septiembre, cuando el Reino Unido tomó parte en la operación militar multinacional Stabilize en Timor Oriental, el desembarco de la Fuerza Internacional (INTERFET) convocada por la ONU para detener las matanzas de timoreses independentistas a manos de las milicias proindonesias.

Cuando en junio de 1999 se planteó el relevo en la Secretaría General de la OTAN del español Javier Solana, designado por el Consejo Europeo para tomar el nuevo puesto de Alto Representante de la Política Exterior y de Seguridad Común (PESC) de la Unión Europea (UE), entre los nombres inicialmente barajados para sucederle estuvieron los del ministro de defensa alemán, Rudolf Scharping, y el de otro político británico con más relumbre, Paddy Ashdown, líder saliente del Partido Liberal Demócrata, que contaba con las simpatías de Blair.

Sin embargo, la opción de Ashdown terminó siendo descartada por su completa inexperiencia gubernamental. Entonces se abrió paso con fuerza la alternativa de Robertson, quien, con el empuje decisivo de Estados Unidos, fue el elegido por el Consejo Atlántico el 4 de agosto con la unanimidad -como establecen las normas en esta organización intergubernamental- de los 19 embajadores nacionales. Se trataba del tercer británico (los anteriores fueron Hastings Ismay, en 1952-1957, y Peter Carrington, en 1984-1988) en ocupar un puesto que ya iba por su décimo titular.

La elección de Robertson suscitó temores entre algunos comunitaristas de los países miembros, fundamentalmente de Francia y Alemania, que también pertenecían a la Unión Europea (UE) sobre un posible menoscabo del avance en el seno de la Alianza Atlántica de la Identidad Europea de Seguridad y Defensa (IESD), concepto lanzado en 1994 y que había terminado por equipararse con la definición del pilar europeo de la OTAN, llamado a reaccionar independientemente de Estados Unido ante determinados problemas y necesidades de seguridad típicamente europeos. Sin embargo, el interesado se definió como un partidario de la progresiva asunción de responsabilidades por los europeos en la defensa continental sin perjuicio, eso sí, de los vínculos y los compromisos adquiridos con Estados Unidos por el Tratado del Atlántico Norte firmado en Washington en abril de 1949, y, por ejemplo, señaló que si la reciente guerra de Kosovo había puesto algo de manifiesto era la necesidad que tenían los aliados de esta orilla del océano de reforzar sus capacidades militares conjuntas.

Los medios de comunicación señalaron que la personalidad de Robertson, menos carismática y diplomática que la de Solana, a la vez que de bajo perfil político, sintonizaba bien con el mundo castrense y las situaciones graves que pudieran necesitar la toma de decisiones con energía y sin dilación. Al acceder a su nuevo puesto en Bruselas, del que tomó posesión el 14 de octubre con un mandato de cuatro años extensible al quinto, Robertson cesó como diputado en la Cámara de los Comunes y el 24 de agosto recibió el título de Barón Robertson of Port Ellen, con tratamiento de Lord, y par vitalicio del Reino.

Robertson tenía por delante varias tareas fundamentales. Quizá la más compleja era el desarrollo en la práctica del Nuevo Concepto Estratégico (NCE), doctrina terminada de elaborar recientemente, tras ocho años de reflexiones, y aprobada en abril anterior por el Consejo Atlántico reunido en la capital estadounidense con motivo del quincuagésimo aniversario del Tratado de 1949. En virtud del NCE, la OTAN expandía su radio de acción allende sus fronteras, a escenarios de crisis más variados y complejos de los derivados de la agresión por ejércitos regulares, y se arrogaba nuevos roles además de su función central clásica de garantizar la defensa y la seguridad de sus estados miembros, como eran la intervención militar con carácter humanitario, la interposición en conflictos armados (en ambas situaciones, incluso sin contar con el permiso expreso de la ONU) como fase eventual dentro de un esfuerzo de prevención y gestión de crisis, o la lucha contra el terrorismo y la proliferación de armas de destrucción masiva.

Otras labores que constaban en la agenda de Robertson eran: dar sustantividad también al concepto, directamente vinculado a las nociones de la IESD y el pilar europeo de la Alianza, y aprobado en junio de 1996, de las Fuerzas Operativas Combinadas Conjuntas (FOCC, CJTF en su sigla en inglés), dispositivo "separable, pero no separado" que debía permitir a los aliados europeos llevar a cabo operaciones militares de tipo medio sin la participación de tropas de Estados Unidos; tomar la decisión, eminentemente política, de precisar un segundo turno de ingresos de entre los países de Europa central y oriental solicitantes de membresía, después de las históricas adhesiones de Polonia, Hungría y la República Checa en marzo de 1999; restañar las heridas que la campaña bélica contra Serbia había abierto en las relaciones con Rusia, que entonces discurrían en el marco de cooperación establecido por el Acta Fundacional Rusia-OTAN firmada en mayo de 1997; y, conducir con éxito las misiones de paz en Bosnia-Herzegovina y Kosovo, y humanitaria en Albania.

Por de pronto, fue la delicada cuestión kosovar la que suscitó los primeros desenvolvimientos de Robertson de cara a la opinión pública. Durante la guerra el británico había alternado las advertencias tanto al régimen de Milosevic, al que acusó de estar perpetrando una limpieza étnica de resabios genocidas en la provincia de mayoría albanesa, como a los dirigentes guerrilleros del Ejército de Liberación de Kosovo (UCK), en el sentido de que se abstuvieran de hacer provocaciones que arruinaran el precario cese de hostilidades vigilado por los 50.000 soldados de la KFOR, donde participaban países no miembros de la OTAN, en la llamada Operación Joint Guardian.

En Kosovo la OTAN se hizo cargo del pilar de la paz y la seguridad, mientras que la ONU, la OSCE y la UE acometieron las responsabilidades propias de la administración civil, con carácter interino y dando forma a un protectorado de hecho, que eran el orden policial, la administración de justicia, la organización de elecciones, la constitución de instituciones democráticas y la reconstrucción económica. Aunque el tiempo, sin duda, corría a su favor, los albaneses escucharon una y otra vez de Robertson que se fueran olvidando de la independencia y que no se les ocurriera hacer desafíos y proclamas unilaterales.

Sin embargo, tanto el Gobierno socialista de Milosevic como el formado por los partidos de la oposición democrática serbia que alcanzaron el poder en Belgrado después de la insurrección popular de octubre de 2000 acusaron a la OTAN de parcialidad proalbanesa. Estas imputaciones se sustentaban en la prolongación de las actividades terroristas de partidas vinculadas al UCK -disuelto oficialmente el 20 de septiembre de 1999-, las violaciones de Derechos Humanos cometidas por miembros del nuevo Cuerpo de Protección de Kosovo (TMK), el sucesor del UCK investido por la Misión de la ONU, la UNMIK, de funciones de protección civil supervisadas por la KFOR, y, en general, la proliferación de crímenes sectarios de signo revanchista que se cebaron con los pocos civiles serbios que no habían huido aún de la provincia.

Robertson negó que la KFOR no se empleara a fondo para impedir las provocaciones armadas de los albanokosovares más radicales y enfatizó que no iba a tolerarse a los "extremistas y creadores de problemas exhibir divisionismo, separatismo y odio étnico", aunque reconoció que la situación en la provincia seguía siendo volátil y elevó la advertencia a los gobiernos aliados de que sin una mayor dotación de recursos, fundamentalmente económicos, la misión de pacificación podría fracasar.

Las violencias en Kosovo fueron remitiendo paulatinamente hasta la celebración de las elecciones parlamentarias de noviembre de 2001, pero entre tanto apareció un grave foco de inseguridad en la propia Serbia a cargo de un nebuloso Ejército de Liberación de Presevo, Medvedja y Bujanovac (UCPMB), dado a conocer en enero de 2000 por elementos armados penetrados desde la provincia que se embarcaron en una cascada de ataques terroristas antiserbios en esas áreas de este lado de la frontera que también contaban con mayoría de población albanesa.

El Gobierno de Serbia presidido por Zoran Djindjic exigió a Robertson una reacción enérgica contra el UCPMB y el 8 de marzo de 2001 el secretario general autorizó al Ejército yugoslavo a penetrar parcialmente en la franja de seguridad de 5 km establecida por la KFOR en el interior de la provincia en su perímetro fronterizo con Serbia. Cuatro días más tarde la propia OTAN firmó por cuenta de Belgrado con el UCPMB un alto el fuego y el 14 de marzo 900 efectivos de la Policía serbia y del Ejército yugoslavo accedieron a la zona de seguridad desde el valle de Presevo. El despliegue de las fuerzas serbo-yugoslavas en toda la franja de seguridad estuvo completado para el 2 de junio paralelamente al desarme y la desmovilización de los maquis albaneses. Este desarrollo mejoró la seguridad en la zona y de paso sirvió como medida de confianza entre las autoridades internacionales que administraban Kosovo y las de Belgrado.

De nuevo, la OTAN recondujo una situación de inseguridad con albaneses involucrados para toparse con otra, también producida como un efecto de contagio y estimulada por la porosidad de las fronteras kosovares, lugares de trasiego de activistas y de armas que la KFOR, ya que tal era su misión también, debió haber impedido; esta vez se trató de un escenario que había permanecido precariamente al margen de los estragos bélicos padecidos en el resto de la antigua Yugoslavia desde 1991: Macedonia.

A comienzos de marzo de 2001 los peores augurios en este país habitado por un 67% de eslavos mayoritariamente cristianos ortodoxos y un 23% de albaneses musulmanes se hicieron realidad con el estallido en las áreas noroccidentales adyacentes a Kosovo de violencias sectarias provocadas por partisanos albaneses, entre los que no estaba muy claro quién era kosovar y quién macedonio, obligando a intervenir a las fuerzas de seguridad del Gobierno de Skopje, el cual no contaba con los medios suficientes para derrotar a unas bandas que actuaban a caballo entre la lucha guerrillera, el terrorismo y el bandolerismo, pero que plantearon reivindicaciones políticas, sobre el reconocimiento de la especificidad albanesa en la Constitución macedonia y el final de la discriminación en aspectos de la vida pública.

Los choques produjeron un reguero de muertos y adquirieron una envergadura bélica tan preocupante que el espectro de una guerra civil de incalculables consecuencias se atisbó tanto en Skopje como en Bruselas, sobre todo porque los partidos legales de la minoría macedonia salieron a apoyar las demandas –que no los métodos- de los rebeldes. Durante meses, el primer ministro macedonio, Ljubco Georgievski, se desgañitó de acusaciones a la OTAN sobre que no estaba reaccionado con la debida diligencia para sofocar un incendio en cuya raíz tenía una alta responsabilidad, tildó de completamente insuficiente el despliegue de fuerzas autorizado al Gobierno de Belgrado en el valle de Presevo y exigió a Robertson que las tropas de la KFOR auxiliaran directamente al Ejército macedonio.

Robertson replicó que la OTAN no tenía mandato para esa intervención armada y rechazó las imputaciones de desatención por la KFOR de la vigilancia de los límites con Kosovo, si bien notificó el refuerzo de las medidas de desarme de paramilitares albaneses en el sur de la provincia y de taponamiento de los puntos donde se producían infiltraciones. Más importante, Robertson anunció su implicación personal conjuntamente con Javier Solana, una mediación al alimón de la OTAN y la UE como sujetos de diplomacia preventiva (para ser más exactos, contentiva y pacificadora, ya que el conflicto, que debía calificarse de bélico, aunque de dimensiones todavía limitadas, ya estaba en marcha) en lo que sólo podía ser una mesa de diálogo y negociación al más alto nivel entre el Estado macedonio y los representantes democráticos de la minoría albanesa.

Urgidos por el agravamiento de los combates, desde el 26 de julio Robertson y Solana realizaron en Skopje una maratoniana labor de mediación con idas y venidas que por momentos adquirió el aspecto de un diktat internacional a las atribuladas autoridades macedonias y que desembocó en un acuerdo global de paz el 8 de agosto en la localidad de Ohrid. El 13 de agosto, en una ceremonia nada festiva, Robertson, Solana y los enviados especiales de la UE, François Léotard, y Estados Unidos, James Pardew, asistieron como testigos a la firma por el primer ministro Georgievski, el presidente Boris Trajkovski y los líderes de los partidos albaneses del documento que establecía la desmovilización y el desarme de los guerrilleros en un proceso sobre el que la OTAN dio "seguridades", la amnistía a los rebeldes no involucrados en actos susceptibles de ser tipificados como crímenes de guerra y la aprobación parlamentaria de un abanico de reformas legales y administrativas para dar preponderancia al idioma albanés y una mayor presencia a esta comunidad en las instituciones del Estado.

Para Robertson, lo firmado era un "hecho histórico que marcaba "la entrada de Macedonia en la moderna corriente principal de Europa". No obstante, una encuesta sobre valoración de personalidades protagonistas de la política macedonia arrojó un 60% de opiniones negativas sobre Robertson, porcentaje, empero, que era mayor en los casos de Georgievski y Solana. La guerrilla asumió de inmediato los términos del acuerdo y procedió a negociar con la OTAN los detalles técnicos de la requisa de armas por etapas, que comenzaría antes de la aprobación por los diputados de la ley de amnistía y que debería estar completada en no más de 45 días. Con presteza esta vez, el Consejo Atlántico aprobó el 15 de agosto el envío a Skopje de una avanzadilla de 400 soldados británicos y checos en misión logística previa al despliegue del contingente principal, integrado mayormente por británicos, hasta alcanzar los 3.500 hombres.

La operación, denominada Essential Harvest, se puso en marcha el 22 de agosto de 2001, cuando el Consejo constató la durabilidad y solidez del alto el fuego, y se dio por concluida con éxito el 26 de septiembre. Entonces, la Alianza activó la Operación Amber Fox, un dispositivo de aproximadamente 1.000 soldados comandado por Alemania y con la misión específica de proteger a los cerca de 300 observadores enviados por la OSCE y la UE para supervisar la aplicación de los acuerdos de Ohrid.

El 16 de diciembre de 2002 Amber Fox, a petición del presidente Trajkovski, fue a su vez reemplazado por el operativo Allied Harmony, 450 hombres con funciones de vigilancia de la seguridad en un contexto ya normalizado, y el 31 de marzo de 2003 la presencia de la OTAN en Macedonia tocó a su fin con el traspaso del testigo a la UE, que desplegó la primera misión militar de su historia, un contingente de 400 soldados bajo la designación de Operación Concordia. Durante meses, Robertson siguió involucrado en la cuestión macedonia, atento a la implementación de los aspectos políticos de los acuerdos de Ohrid.

Sin embargo, en 2001 la convulsión internacional que colocó a la OTAN en lo más parecido a un zafarrancho de combate fue el histórico ataque terrorista del 11 de septiembre contra Nueva York y Washington, llamado a alterar drásticamente equilibrios estratégicos y a inaugurar o reforzar una serie de tendencias de las potencias occidentales, muy especialmente de Estados Unidos, en el sistema internacional del arranque de siglo. El mismo día 11, inmediatamente después de confirmarse la naturaleza terrorista de las catástrofes del World Trade Center neoyorkino y el Pentágono, Robertson se sumó al coro universal de execraciones. En la jornada siguiente, el Consejo Atlántico sostuvo una reunión de urgencia para declarar su disposición a, por primera vez en los 52 años de la organización, activar el artículo 5 del Tratado del Atlántico Norte, es decir, la defensa colectiva de un aliado agredido, tan pronto como el cuartel general de Bruselas recibiera del Gobierno estadounidense la confirmación de que había sido objeto de un ataque.

En una primera valoración de lo sucedido, tratándose de una acción terrorista suicida -aviones secuestrados y usados como proyectiles-, ejecutada desde el interior de Estados Unidos, la calificación de ataque armado susceptible de recibir una respuesta militar de la OTAN era discutible, ya que el articulado del Tratado lo que contempla, implícitamente, para aplicar la defensa colectiva de cualquiera de sus signatarios es un ataque clásico, por fuerzas militares de un tercer Estado.

Ahora bien, muy pronto quedó patente que la ejecución y la planificación de los atentados fueron obra de extranjeros, de integristas musulmanes pertenecientes a la organización terrorista transnacional Al Qaeda, dirigida por el renegado saudí Osama bin Laden, quien estaba refugiado en Afganistán junto con sus principales lugartenientes. El presidente George W. Bush no esperó para proclamar que Estados Unidos había sufrido unos "actos de guerra" y que el Gobierno consideraba al país, igualmente, en estado de guerra, luego se reservaba devolver el golpe en el momento, el lugar y la modalidad que considerara oportunos, derecho que le fue reconocido por la práctica totalidad de la comunidad internacional.

El 2 de octubre el Consejo Atlántico recibió del embajador estadounidense, Frank Taylor, un informe de su gobierno que establecía sin lugar dudas la autoría de los atentados en Al Qaeda, luego el supremo órgano de la Alianza confirmó la invocación del artículo 5. El 10 de octubre Robertson se reunió con Bush en la Casa Blanca y notificó el apoyo sin fisuras de la OTAN a la que llamó "una coalición global contra los más diabólicos criminales de nuestro tiempo". El secretario general remató su alocución con otro aserto contundente: "estaremos hombro con hombro en este nuevo tipo de lucha, una lucha que vamos a ganar".

En las semanas y meses siguientes, por las manos de Robertson pasó un abanico de opciones de contribución de la OTAN en la lucha global contra el terrorismo proclamada por Bush. Al principio se estudiaron opciones sólo operativas, pero más tarde se asumieron nociones de un profundo calado estratégico y doctrinal. En el primer terreno, militar e inmediato, la Alianza movilizó a unidades de sus Fuerzas Navales Permanentes del Mediterráneo (STANAVFORMED) en misiones de vigilancia de aguas internacionales y de control del tráfico naval en distintos sectores del mar. La operación, llamada Active Endeavour, se amplió más tarde con la participación de las Fuerzas Navales Permanentes del Atlántico (STANAVFORLANT) y la asunción de funciones de escolta de buques civiles con flete sensible en el estrecho de Gibraltar. También se activó, hasta mayo de 2002, el operativo Eagle Assist, consistente en la asistencia de varios aviones-radar AWACS en la vigilancia del espacio aéreo de Estados Unidos.

A estos dos modestos dispositivos se limitó la realización de lo proclamado el 2 de octubre, luego la invocación defensiva tuvo un carácter más bien simbólico, de expresión de solidaridad con Estados Unidos. En realidad, el Gobierno de Bush rehusó involucrar a la OTAN en la campaña global contra el terrorismo, la Operación Enduring Freedom, cuyo primer escenario bélico fue el Afganistán talibán, y optó por formular demandas específicas país por país, a nivel bilateral, tejiendo una urdimbre asimétrica de gobiernos coaligados y cooperantes de acuerdo con unos intereses estrictamente nacionales.

Por boca de Robertson, cuyo talante filoestadounidense prevaleció en todo momento, no trascendió de manera explícita, pero entre los aliados europeos y canadiense de la Alianza se instaló una sensación de desconcierto y, con intensidad creciente, de malestar por una decisión de Estados Unidos cuyo epítome venía a ser una divisa cara al Departamento de Defensa y al núcleo duro de altos funcionarios, profundamente nacionalistas y unilateralistas en política exterior, de la Casa Blanca: que la misión era la que determinaba o precedía a la coalición, y no al revés. Eso significaba que, en lo sucesivo, Estados Unidos, haciendo un uso sin complejos de su inmenso poderío armamentístico, se arrogaba el derecho a improvisar alianzas políticas y militares en función de la crisis que atañera a su seguridad nacional o de la necesidad de alcanzar determinados objetivos exteriores en un momento dado. La superpotencia no quería depender de estructuras permanentes que, como la OTAN, requerían la unanimidad intergubernamental en la toma de decisiones y podían restarle libertad de decisión.

Sorprendido por la actitud condescendiente de los estadounidenses hacia su organización, en junio de 2002 Robertson afirmó que "una coalición permanente es mejor que una provisional", máxime cuando en esta orilla del Atlántico los gobiernos habían insistido en que la tropelía del 11 de septiembre fue un ataque contra la sociedad democrática occidental en su conjunto. Pero el secretario general también se declaró dispuesto a "reinventar" la OTAN a tenor del nuevo estado de cosas en el panorama internacional.

Más que asistencia puntual para el frente de batalla en Afganistán, Estados Unidos demandó a sus aliados europeos y canadiense la implicación, con el dinero y los medios que hiciesen falta, en la lucha contra el terrorismo en un sentido general y contra el trasiego incontrolado de armas de destrucción masiva sin distingos geográficos. La OTAN debía ponerse al día con urgencia, acondicionarse para hacer frente a las nuevas amenazas globales que eran una pavorosa realidad y no espectros intangibles, y convertirse en una organización de seguridad y de defensa plenamente funcional, tan reactiva como anticipatoria y preventiva. Eso sí, saltaba a la vista que Estados Unidos, llegado el caso, bien podía arreglárselas sin la OTAN para lidiar con una crisis de seguridad que le afectase de lleno. Según esta visión de la administración Bush, la organización aparecía para Estados Unidos más como un recurso auxiliar que como un pilar de apoyo imprescindible.

Como el encargado de promover y dirigir el proceso de consultas y de toma de decisiones en el seno de la Alianza, Robertson cogió al vuelo la exhortación de los estadounidenses, que de hecho significaba plasmar a toda velocidad, y con más audacia de la prevista, el NCE, y puso a trabajar a las divisiones concernidas del Cuartel General, al Consejo Atlántico y al Comité de Planes de Defensa (CDP). Este proceso interno desembocó en las decisiones aprobadas por el Consejo Atlántico reunido en Praga el 21 de noviembre de 2002 al nivel de jefes de Estado y de Gobierno. En la capital checa, los líderes de la OTAN acordaron ejercer la defensa militar contra los ataques de categoría terrorista y presentaron un elenco de medidas para responder adecuadamente a ésta y otras amenazas a la seguridad propias, en palabras de Robertson, de la "nueva era de inestabilidad e incertidumbre" posterior al 11 de septiembre de 2001.

En la estructura puramente militar, el Consejo aprobó la reforma de la cadena de mandos en aras de una mayor eficacia y operatividad, amén del llamado Compromiso de Praga sobre Capacidades (PCC), dirigido a mejorar o desarrollar las capacidades militares de la Alianza para, en caso de necesidad, librar una "guerra moderna en un entorno de alto riesgo". En relación con el nuevo concepto militar antiterrorista, que por el momento no se detalló y el PCC, la Alianza decidió dotarse de una Fuerza de Respuesta (NRF) "tecnológicamente avanzada, flexible, desplegable, interoperativa y sostenible", que incluyera elementos terrestres, navales y aéreos "capaces de actuar con rapidez allá donde sean necesarios". Por la boca grande, no se decía, pero la OTAN, de hecho, asumía la doctrina estadounidense del ataque preventivo sin límites geográficos.

La NRF -que no debe confundirse con el Cuerpo de Reacción Rápida del Mando Aliado Europeo (ARRC), aprobado por el Consejo Atlántico de Roma en 1991 y lanzado en 1992- contaría con una dotación de 20.000 soldados perfectamente adiestrados para el combate prolongado y en un entorno hostil como el creado por la concurrencia de amenazas terroristas, nucleares, biológicas y químicas, y debería estar operativa antes de octubre de 2004, a pleno rendimiento para octubre de 2006. La NRF fue lanzada oficialmente el 15 de octubre de 2003 con la presentación en el cuartel general de las Fuerzas Aliadas regionales del Norte de Europa (AFNORTH) en Brunssum, Países Bajos, de su núcleo inicial de 9.000 efectivos, aportados, en orden de importancia, por España, Francia, Alemania y Estados Unidos.

La cita de Praga, que, al menos sobre el papel, diluyó la crisis de identidad producida en la OTAN por los atentados del 11 de septiembre, mereció la consideración de histórica también porque dio luz verde a la mayor ampliación desde 1949 (a los 12 aliados originales se les sumó Grecia y Turquía en 1952, la República Federal de Alemania en 1955, España en 1982 y las ya citadas Polonia, Hungría y República Checa en 1999) con la invitación a Rumanía, Bulgaria, Eslovenia, Eslovaquia, Lituania, Letonia y Estonia para ingresar en la primavera de 2004.

El cronograma trazado en Praga se aplicó puntualmente: las conversaciones con estos siete países del antiguo bloque comunista arrancaron el 29 de enero de 2003, sus respectivos protocolos de adhesión fueron firmados por los embajadores en el Consejo Atlántico reunido en Bruselas el 26 de marzo siguiente y a continuación se abrió un proceso de ratificación por los 19 países miembros –necesario al tratarse los protocolos de enmiendas al Tratado fundacional- que cuando Robertson dejó la Secretaria General en diciembre todavía no había concluido pero que sí lo iba a hacer a tiempo para el nacimiento de la OTAN de los 26 antes de la reunión en Estambul del Consejo Atlántico al nivel de jefes de Estado y de Gobierno, programado para mayo de 2004.

Sobre el horizonte de la ampliación, a lo largo de 2000 y 2001 Robertson había advertido a los países que le inquirían con impaciencia que hasta 2002 no se tomaría ninguna decisión, y después de que ésta fue tomada, alabó a los siete los progresos realizados aunque les instó a que hicieran más esfuerzos en la transformación de sus Fuerzas Armadas y, a veces con tono áspero, no dejó de criticarles determinadas dilaciones de índole política. Robertson, incluso, expresó su disgusto porque hubiera opiniones públicas nacionales poco entusiastas con el próximo ingreso, tal como indicaban las encuestas de opinión, y no tuvo ambages en advertir de las negras consecuencias de no votar a aquellas opciones políticas férreamente proatlantistas que se hallaban en el poder, como fue el caso del partido del primer ministro eslovaco, Mikulás Dzurinda, en los comicios generales de septiembre de 2002 en este Estado centroeuropeo.

Robertson no se anduvo por las ramas y con su franqueza característica cortó de raíz las expectativas de Croacia y Albania –país, por ejemplo, cuyo Ejército es una caricatura de lo que la OTAN entiende por tal- de obtener el ingreso a corto plazo. A estos dos países, y a Macedonia, les llegaría su oportunidad en un futuro sin fecha; hasta entonces, seguirían participando del diálogo y la cooperación con la Alianza en el seno del Consejo de la Asociación Euro-Atlántica (CAEA), creado en 1997, y en el programa Asociación para la Paz, activado en 1994. También contaban con el Plan de Acción para el Ingreso (MAP), puesto en marcha en abril de 1999 con el objeto de asistir a los países solicitantes en todos los aspectos prácticos de su aspiración.

Por lo que se refiere a las relaciones con Rusia, los atentados del 11 de septiembre propiciaron una atmósfera de cierre de filas ante un enemigo que se consideraba común y de mutua confianza que produjo resultados muy positivos. Dos días después de aquellos hechos, el Consejo Conjunto Permanente (CCP) OTAN-Rusia emitió una declaración de unidad en la lucha contra el terrorismo, el 3 de octubre siguiente el presidente Vladímir Putin se reunió con Robertson en Bruselas y el 23 de noviembre el británico le devolvió la visita al ruso en Moscú.

El 28 de mayo de 2002, en el Consejo Atlántico reunido al nivel de jefes de Estado y de Gobierno en la base área de Pratica di Mare cerca de Roma, los mandatarios aliados y Putin firmaron el establecimiento del Consejo de Cooperación OTAN-Rusia en sustitución del CCP y saludaron el nacimiento de una "nueva era" en las relaciones bilaterales, que alcanzaban unos niveles de cooperación, consulta, toma de decisiones y ejecución de acciones, también conjunta, sin precedentes. El nuevo Consejo de Cooperación brindaba un foro "19+1" en el que Rusia y los aliados hablarían al mismo nivel con la excepción de que el país eslavo no tendría derecho de veto sobre las decisiones allí tomadas. Su formato abarcaba desde las reuniones mensuales de los representantes permanentes hasta las cumbres ocasionales de los jefes de Estado y de Gobierno, pasando por las reuniones anuales de los ministros de Asuntos Exteriores y de Defensa.

Después de las importantísimas decisiones aprobadas en 2002 Robertson alardeó de una "nueva OTAN" que, ciertamente, difería de la encontrada cuando asumió la Secretaría General tres años atrás. Sin embargo, un nuevo escenario de crisis internacional, el de Irak, volvió a sembrar el desconcierto en la Alianza, turbación que alcanzó la categoría de terremoto interno cuando cundió el divisionismo político y, como resultado de ello, una inquietante parálisis operativa que, por ejemplo, dejó perplejos a los países que se disponían a entrar en la organización.

En el otoño de 2002 el Gobierno de Estados Unidos fue dejando meridianamente clara su intención de atacar a Irak con el objetivo declarado -el tiempo confirmó que éste, más bien, se trataba de un pretexto- de arrebatarle al régimen de Saddam Hussein las armas de destrucción masiva que, era la sospecha rayana en la certeza, escondía desde el final de la liberación de Kuwait en 1991 a pesar de la prohibición impuesta por el Consejo de Seguridad de la ONU. Otro argumento esgrimido por Washington para justificar el derrocamiento de Saddam era que no podía tolerarse que el Gobierno irakí trabase una alianza antioccidental con Al Qaeda, si es que no lo había hecho ya.

En noviembre, a instancias de los estadounidenses, la OTAN empezó a reflexionar sobre su papel en caso de conflagración en Irak. Su implicación militar se antojaba insoslayable si Turquía se sentía amenazada, y no digamos atacada, por Saddam en la frontera del Kurdistán. Al igual que lo que había sucedido en Afganistán, la administración Bush no imaginaba a la Alianza desempeñando un rol relevante en Irak, o ninguno en absoluto, al menos en la fase inicial puramente bélica; sí, tal vez, en una segunda etapa, de mantenimiento de la paz en un contexto de ocupación y reconstrucción.

Las dudas afloraron entre los aliados y a finales de diciembre Robertson recordó en alto que la Alianza tenía la "obligación moral" de apoyar a Estados Unidos si había invasión, aunque se mostró convencido de que Bush no lanzaría la campaña militar sin contar con el respaldo del Consejo de Seguridad de la ONU, que por el momento aguardaba a las conclusiones de los equipos de inspectores que sobre el terreno rastreaban la posible existencia de sistemas, componentes y municiones de armamento químico, biológico y nuclear, todos los cuales Bagdad aseguraba no poseer ya. El caso fue que el secretario general erró de cabo a rabo en la presunción de que la guerra iba a contar con la debida cobertura legal.

En la segunda quincena de enero Francia, Alemania y Bélgica frustraron el guión prebélico de Estados Unidos y su fiel aliado del Reino Unido al considerar que no era procedente en esos momentos (el día 27 los inspectores informaron al Consejo de Seguridad de la ONU que no habían encontrado armamento prohibido y solicitaron más tiempo para culminar su misión) dar luz verde a los planes de apoyo logístico aliado a una eventual invasión de Irak. La movilización militar requerida por los anglo-estadounidenses atañía básicamente a la protección de Turquía, y la verdadera patata caliente le cayó al Consejo Atlántico el 10 de febrero cuando fue el propio Gobierno de Ankara el que invocó el artículo 4 del Tratado, que preceptúa el inicio de consultas sobre la prestación de protección militar al país solicitante en la percepción de que su seguridad está amenazada. Lo que turcos y estadounidenses demandaban a los demas aliados era el envío de un dispositivo de defensa cautelar consistente en una dotación de aviones-radar AWACS, sistemas antimisiles Patriot y unidades terrestres de guerra antinuclear, química y bacteriológica.

Con todo, franceses, alemanes y belgas insistieron en no transigir. Discrepaban sobre el verdadero alcance de la "amenaza potencial" de Irak a Turquía y expresaron su temor a que la OTAN no hiciera otra cosa que alentar una "lógica de la guerra" (de todas maneras, la maquinaria bélica de Estados Unidos no se detuvo en ningún momento, generando la sensación de un ataque militar decidido de antemano e inexorable) muy perjudicial para los esfuerzos diplomáticos que buscaban resolver la crisis del desarme irakí sin recurrir a la fuerza, intentos que se libraban en el Consejo de Seguridad de la ONU, pasto también de las divisiones y regateos más ásperos. La parálisis del Consejo Atlántico obedeció a las posturas políticas de fondo que cada gobierno aliado había abrazado con respecto a la cuestión irakí. El trío franco-belga-alemán no quería una guerra, al menos por el momento, ya que pensaban que aún había tiempo para que las inspecciones de desarme ofrecieran resultados, y consideraban que la ambigua resolución 1.441 aprobada por el Consejo de Seguridad el 8 de noviembre de 2002 de ninguna manera contenía un mandato explícito para desencadenar las hostilidades.

Oficiales de los gobiernos de estos países, amén de potencias extraatlánticas como Rusia y China, veían en la movilización de recursos de la OTAN a favor de Turquía una mera cobertura o instrumentación al servicio de un objetivo puramente ofensivo de Estados Unidos como era la apertura del frente de invasión terrestre en la región norteña del Kurdistán. El Gobierno turco que presidía Abdullah Gül, por su parte, tampoco deseaba quedarse al margen del conflicto por razones de estrategia nacional y sostenía con el estadounidense una durísima porfía sobre el cheque económico a cambio del sostén logístico y los pasillos de tránsito para los 62.000 soldados y cientos de vehículos que aguardaban a ser desembarcados. El caso era que en la zona se veía mucho más prolegómeno de agresión a Irak desde Turquía que indicios de lo contrario.

No obstante, el dúo anglo-estadounidense, secundado por países como España, Países Bajos, Italia y Dinamarca (aunque con diversos matices de militancia o convicción), arguía que, independientemente de la pertinencia o la probabilidad de la invasión de Irak, lo que había sobre la mesa era una petición de ayuda de un aliado, y eso no se podía ignorar so pena de arruinar la esencia misma de la Alianza. El cruce de acusaciones entre gobiernos subió de tono y Robertson, atribulado, confesó que el bloqueo en el Consejo podía acarrear "serias consecuencias" para la organización y para los países que impedían el acuerdo. El secretario general intentó mitigar el negativo impacto mediático imponiendo el llamado procedimiento de silencio, consistente en pasar por alto el debate estéril y fijar una hora previa a la toma de la decisión; si ningún miembro salía a expresar su opinión negativa antes de expirar el plazo, el Consejo podía considerar que había alcanzado un consenso sobre el plan militar y, por ende, darlo por aprobado.

Pero el trío de los discordantes no vaciló en romper el procedimiento de silencio, así que Robertson se dedicó a convocar reunión tras reunión del Consejo, en un proceso tan maratoniano como crispante. Robertson encajó numerosas críticas, internas y externas, siendo la más grave la que le acusaba de someterse a la apremiante agenda militar de Estados Unidos, que quería desatar la invasión de inmediato.

Finalmente, todo este desgaste no sirvió para nada, ya que Estados Unidos, para sortear el rechazo de Francia, trasladó la cuestión a un órgano, el CDP, donde el país europeo estaba voluntariamente excluido. En este entorno, Alemania y Bélgica (de hecho Bélgica en soledad, ya que el otro país dio su brazo a torcer) no se sintieron con fuerza para mantener la obstrucción y el plan de defensa de Turquía fue aprobado el 16 de febrero, dos días después de que los inspectores de armamento comunicaran su segundo informe, básicamente con las mismas conclusiones que el primero, ante el Consejo de Seguridad de la ONU. El compromiso incluía una mención expresa a la ONU como el ámbito donde debía solucionarse la crisis irakí.

Robertson manifestó: "mi obligación era buscar el consenso con todo mi ahínco, y al final lo hemos logrado". Pero también añadió: "nuestra credibilidad ha resultado dañada, así como las relaciones de Estados Unidos con algunos miembros, en particular los que mantuvieron el bloqueo, pero confío en que sean superadas". Ciertamente, la sensación general era que la OTAN había dado una penosa imagen y que una fractura sin precedentes se había instalado en las relaciones transatlánticas. Comentaristas y observadores hablaron del "prestigio mellado" y subrayaron las escasas dotes para el consenso del secretario general, quien, no obstante, ya había anunciado su próxima partida: fue el 22 de enero, cuando declaró que no pensaba acogerse a la prórroga del quinto año adicional al término del mandato en diciembre. Días después se produjo la ironía de que el Parlamento turco rechazó el plan del Gobierno para el despliegue de tropas de invasión estadounidenses en el país, aunque las medidas "preventivas, disuasorias y prudentes", en la expresión de Robertson, para la asistencia de Turquía sí se llevaron a cabo.

El 20 de marzo comenzó la guerra y la OTAN fungió de mera espectadora de las operaciones conducidas por los ejércitos nacionales de Estados Unidos y el Reino Unido, a los que siguieron unidades menores de retaguardia de otros países aliados como Italia, España, Polonia y Países Bajos. Cuando los combates de envergadura terminaron (al cabo de la conquista de Bagdad y el derrocamiento del Gobierno de Saddam) y dio comienzo el régimen de ocupación, que tardó varios meses en ser legalizado por la ONU, Washington únicamente requirió a la Alianza para que auxiliara a Polonia en el mando de la División Multinacional Centro-Sur (MND-CS). Durante el mandato de Robertson la OTAN no existió en Irak más que como el agregado de algunos de sus miembros que acudieron al llamado unilateral de Estados Unidos.

En Afganistán, en cambio, la Alianza sí se involucró directamente y el 11 de agosto de 2003, con un contingente a sus órdenes de 5.700 soldados, asumió el mando de la Fuerza Internacional de Asistencia para la Seguridad (ISAF), operativo militar multinacional autorizado por la ONU y desplegado en Kabul y sus alrededores. La llamada ISAF IV, que iba a concluir el 9 de febrero de 2004, fue la primera misión de la OTAN fuera de su área territorial y zonas aledañas.

En los meses previos a su despedida Robertson hubo de lidiar con la agudización, en parte también una secuela de la crisis interna creada por la cuestión de Irak, de una pugna preexistente: el deseo de algunos aliados de desarrollar una defensa estrictamente europea. El 29 de abril de 2003 el presidente de Francia, Jacques Chirac, el canciller de Alemania, Gerhard Schröder, el primer ministro de Bélgica, Guy Verhofstadt, y el primer ministro de Luxemburgo, Jean-Claude Juncker, lanzaron formalmente en Bruselas una iniciativa del mandatario belga, paladín de lo que él llamó un "poder de defensa europeo", sobre el proyecto de "Unión Europea de Seguridad y de Defensa (UESD)", la cual, yendo más allá de lo contemplado por la Política Europea de Seguridad y de Defensa (PESD) de la UE, entendían como un "núcleo con capacidad colectiva de planificación y de dirección de operaciones militares de la UE", abierto a los estados comunitarios que lo deseasen y autónomo de los medios y capacidades de la OTAN, luego independiente del paraguas defensivo de Estados Unidos.

La ambiciosas pretensiones de prescindir de los sistemas de planificación militar de la OTAN -hoy por hoy, los únicos existentes-, de levantar un cuartel general europeo en Tervuren, Bélgica, paralelo al Cuartel General Supremo de los Poderes Aliados (SHAPE) en Mons, y de establecer una cláusula de defensa mutua para los países que quisieran avanzar más rápidamente en la defensa autónoma europea, fueron acogidas negativamente por Blair y con máximo escepticismo por Robertson. El secretario general, implícitamente, se abonó a la respuesta de Blair de que no le parecía creíble que la UESD pudiera ser "complementaria" a la OTAN. El Gobierno británico manifestó que la UESD le parecía más bien una "competidora" de la Alianza Atlántica, y de paso recordó que esta última seguía siendo la base de la defensa colectiva de sus miembros y que el Tratado de Niza aprobado en diciembre de 2000 por el Consejo Europeo establecía el desarrollo operativo de la PESC-PESD en coordinación con la OTAN. Sobre todo, el proyecto de Berlín disgustó en Estados Unidos, cuyo Gobierno venía tildando de "demagógicas" las "veleidades" de los aliados más europeístas.

Luego, el 20 de septiembre, en una cumbre tripartita en Berlín, Chirac, Schröder y Blair llegaron a un acuerdo de compromiso por el que el eje franco-alemán renunciaba de momento al cuartel general europeo y Blair reconocía el principio de la autonomía en la planificación y la ejecución por la UE de aquellas operaciones militares que deseara lanzar sin depender de la OTAN en ningún aspecto. Robertson volvió a pedir a la UE y a Solana que evitaran "duplicidades y competencias" con la organización atlántica.

El 17 de diciembre de 2003 Robertson abandonó la Secretaría General de la OTAN, que el 5 de enero de 2004 asumió el holandés Jaap de Hoop Scheffer, hasta entonces ministro de Asuntos Exteriores de su país. En el ínterin, el vicesecretario general, el italiano Alessandro Minuto Rizzo, ocupó la oficina en funciones. El 1 de febrero de 2004 Lord Robertson se incorporó al sector privado como vicepresidente consejero de relaciones internacionales de de la compañía británica de telecomunicaciones Cable & Wireless plc., puesto que actualmente compatibiliza con su condición de miembro de la Cámara de los Comunes y con otras pertenencias a tiempo parcial, como una dirección no ejecutiva en la compañía Weir Group plc., una consejería en el Royal Bank of Canada-Europe y una membresía en la Junta Asesora de la firma de inversiones Englefield Capital.

El político británico se halla en posesión de la Gran Cruz de la Orden del Mérito de la República Federal de Alemania (1991), la Gran Cruz de la Orden de la Estrella de Rumanía (2000), la Gran Cruz de la Orden de Orange-Nassau (Países Bajos) con el rango de caballero (2003) y la Medalla de la Libertad del Presidente de Estados Unidos (2003). Es también doctor honorario por las universidades de Dundee, Bradford, Cranfield y Estatal de Bakú. En el terreno familiar, cabe comentar que en junio de 2004 un hijo suyo contrajo matrimonio con una hija del difunto John Smith, el que fuera líder del Partido Laborista desde 1992 hasta su fallecimiento en 1994.

(Cobertura informativa hasta 1/7/2004)