Silvio Berlusconi

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Actualización: 22 febrero 2018

Italia

Primer ministro (1994-1995, 2001-2006, 2008-2011)

  • Mandato: 8 mayo 2008 - 16 noviembre 2011
  • Nacimiento: Milán, región de Lombardía, 29 septiembre 1936
  • Partido político: Forza Italia (anteriormente, del Pueblo de la Libertad, PdL)
  • Profesión: Empresario
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Presentación

Ya en el poder, ya en la oposición, Silvio Berlusconi, el más atípico de los líderes europeos, ha dominado la escena política italiana de los últimos 17 años, período que abren y cierran unas circunstancias históricas muy concretas. Su cuasi década en el Ejecutivo, dividida en tres legislaturas y cuatro gobiernos, fue una anomalía democrática permanente, a saber: la reunión en una misma persona de la mayor fortuna privada del país y del cargo de primer ministro. Una situación insólita que este empresario-político, maestro del espectáculo y el ardid, capaz de mantener unas altas cotas de popularidad pese al cúmulo de desaguisados, no hizo más que agudizar en la medida que convirtió el conflicto de intereses y la prevaricación encubierta en principios consuetudinarios de gobierno. Al terminar 2011, el balance de esta singular experiencia es, para Italia y para el conjunto de la Unión Europea, decididamente negativo, a la luz de sus secuelas políticas, económicas, sociales y hasta culturales, terrenos todos ellos degradados en mayor o menor medida.

EL PRIMER PERIODO DE GOBIERNO (1994-1995)
En 1994 Berlusconi irrumpió de manera espectacular en la política italiana en un momento crucial para el país: el hundimiento, socavado por la campaña judicial Mani Pulite contra la corrupción institucionalizada, del edificio de partidos que había dominado la República parlamentaria de la posguerra. Dispuesto a ocupar el inmenso hueco dejado por la Democracia Cristiana y, en parte, el Partido Socialista, el fundador y dueño del holding multisectorial Fininvest lanzó un partido personalista, Forza Italia, haciendo gala de grandes dosis de audacia, oportunismo y populismo, amén de habilidad mediática y sagacidad. Su declaración ideológica, de lo más básica, consistía en la defensa a ultranza de las libertades individuales y de mercado; su objetivo declarado, impedir la llegada al poder del antiguo PCI, para él tramposamente reconvertido a la socialdemocracia; su promesa, una nueva era de crecimiento y prosperidad para una Italia conmocionada y desorientada.

Seducidos por la posibilidad de una gestión pública tan exitosa como la gestión privada del as de los negocios, los italianos, concebidos como electores-televidentes, votaron en masa al Polo del centro-derecha capitaneado por Forza Italia e integrado también por la Alianza Nacional, la Liga Norte y los neodemocristianos. El primer Gobierno Berlusconi, caótico y efímero, sucumbió al cabo de unos meses por los procesos judiciales a los directivos de Fininvest, la reacción sindical contra las políticas liberales y la espantada de la Liga Norte, furiosa por el aparcamiento de la federalización del país. Lejos de finalizar la aventura, Il Cavaliere reafirmó su continuidad en la política, reforzando la impresión de que había desembarcado en la misma sobre todo para protegerse de una manera más eficaz frente a las acciones legales de unos magistrados anticorrupción supuestamente conjurados en su contra y de un Gobierno de la izquierda seguramente hostil.

En este sentido, la imparable berlusconización de la política italiana -potente hasta el punto de empujar al ex comunista PDS a ahondar su reciclado doctrinal deslizándose hacia el centro- vino a malograr las expectativas de regeneración y refundación del sistema republicano tras el naufragio de la Tangentopoli. Desde 1994, los líos judiciales de Berlusconi no hicieron más que enmarañarse y agrandarse, en consonancia con sus ansias de poder.

EL SEGUNDO PERIODO DE GOBIERNO (2001-2006)
En 1996 la alianza de Berlusconi perdió las elecciones ante la coalición del centro-izquierda, El Olivo, pero la revancha llegó en la siguiente ocasión, 2001, cuando la renovada Casa de las Libertades se hizo con una holgada mayoría absoluta. Berlusconi emprendió su segundo ejercicio en el Palacio Chigi y, contra pronóstico, consiguió terminar su mandato de cinco años, hazaña inigualada desde tiempos de Alcide De Gasperi medio siglo atrás. Su equilibrismo fue, empero, de lo más accidentado y además dejó un poso de decepción y desencanto, a fuerza de polémicas y promesas incumplidas. De su programa de mudanzas liberales, sólo vieron la luz las causantes de conflictividad social (reformas del mercado laboral y de las pensiones), mientras que las más populares (bajada general de impuestos) se quedaron en el tintero ante el deterioro de la economía y las finanzas públicas. Una importante reforma constitucional, que otorgaba plenos poderes ejecutivos al presidente del Consejo de Ministros y reducía las competencias del Estado en favor de las regiones, fue aprobada por el Parlamento, aunque en la siguiente legislatura, con el centro-derecha en la oposición, iba ser tumbada en referéndum.

Pero el principal estorbo a la agenda reformista de Berlusconi fue la prioridad absoluta que, con creciente desfachatez, otorgó a la elaboración de leyes ad personam, leyes al servicio de sus intereses corporativos y personales, enmarcadas en su guerra particular con los fiscales y confeccionadas sobre la marcha, al ritmo que marcaban sus múltiples procesos y juicios, y las necesidades mercantiles de un emporio del que ya no era patrón titular, sino sólo accionista mayoritario, por sí mismo o a través de sus hijos y testaferros. Aunque varias de estas normas no prosperaron (las más controvertidas fueron vetadas por el presidente de la República y el Tribunal Constitucional), Berlusconi se valió de las demás para construir un escudo de inmunidad, en este caso indistinguible de la impunidad. La prescripción de los delitos imputados, casi siempre soborno o fraude contable, y las sentencias absolutorias en segunda instancia, arrancados por sus abogados mediante apelaciones dilatorias, hicieron el resto. Así que Berlusconi, aun reiteradamente juzgado y hasta condenado, nunca llegó a pisar la prisión.

En el período de gobierno 2001-2006 Berlusconi consagró los rasgos de personalidad que hicieron de él uno de los estadistas más paradójicos y célebres del mundo, objeto de estudio por politólogos y sociólogos: su demagogia, su victimismo, su teatralidad tornadiza, su narcisismo de acentos machistas y su dudoso sentido del humor, cantera inagotable de anécdotas chuscas y salidas de tono. En la política exterior, el dirigente italiano se alineó, no sin matices, con Estados Unidos durante la crisis de Irak y despachó tropas de ocupación contra el sentir mayoritario de su opinión pública. Encargado de presidir el Consejo Europeo en el segundo semestre de 2003, encajó el baldón del fracaso de la cumbre de Bruselas, que no pudo aprobar entonces el Tratado Constitucional de la UE. La violenta posguerra irakí, la persistente atonía económica y las interminables trifulcas entre los partidos de una coalición con agendas contrapuestas, motivo de sonadas dimisiones ministeriales, desgastaron profundamente al primer ministro, pero este, apagando fuegos y sorteando turbulencias, pudo agotar el quinquenio.

EL TERCER PERIODO DE GOBIERNO (2008-2011)
El centro-izquierda, de nuevo liderado por Romano Prodi, ganó las elecciones de 2006, cuyo resultado el perdedor, en una extravagante pataleta, denunció durante unos días por parecerle fraudulento. Sin embargo, el Gobierno Prodi, minado por las inconsistencias y la fragmentación partidista, no duró más que dos años. Los comicios anticipados de 2008 marcaron el retorno triunfal al Gobierno de Berlusconi, abanderando su nuevo proyecto aglutinador del centro-derecha, El Pueblo de la Libertad (PdL), y esgrimiendo un programa concebido para encandilar, con la doble promesa de podar tributos y de perseguir la inmigración irregular. Ahora bien, quien soterraba la ambición de convertirse algún día en presidente de la República Italiana no podía sospechar entonces la avalancha de calamidades que estaba a punto de encadenar, para daño suyo y de la nación. Varios de estos reveses los iba a provocar él mismo de una manera totalmente gratuita, siendo el precio de su frivolidad.

El año inaugural del Gobierno Berlusconi IV cerró con una recesión económica que empeoró en el ejercicio siguiente, cuando la contracción del PIB superó el 5%. 2009 fue un año negro para el gobernante, convertido en el donjuanesco protagonista, ora involuntario y preocupado, ora –dio la sensación- orgulloso y reincidente, de una sucesión de escándalos de corte sexual, a cual más estrafalario, por sus relaciones extraconyugales con mujeres jóvenes y atractivas reclutadas en sus televisiones y en servicios de prostitución. La profusión de informaciones sensacionalistas sobre las fiestas privadas del multimillonario enturbiaron aún más su imagen, pero la situación se tornó más seria cuando, ya en 2010, la justicia halló en su conducta indicios de delito por incitación a la prostitución de menores con abuso de poder, presuntas ilegalidades que le valieron la apertura del correspondiente sumario procesal, a añadir a los relacionados con la corrupción económica.

Mientras lidiaba con este bizarro alboroto, que movilizó a las mujeres italianas airadas por la imagen que de ellas se estaba proyectando, el primer ministro aplicó su plan de lucha contra la inmigración clandestina, especialmente la de los gitanos venidos de la Europa del este, y la criminalidad común. La nueva ley, que convirtió a los sin papeles en delincuentes sujetos a multas y expulsión, estimuló una ola de xenofobia pródiga en actos violentos.

En 2010 la economía volvió a los valores positivos, pero la recuperación era débil en extremo. Como principal problema se erigió la descomunal deuda pública, que duplicaba ya el PIB y que empezó a afectar a la percepción de la solvencia de los bonos italianos. El arranque de la gran crisis de la deuda soberana de la eurozona, agravada por los rescates sucesivos de Grecia, Irlanda y Portugal, amenazaba con infectar a la tercera economía de la moneda única, tal que Roma hubo de lanzar un primer paquete de austeridad. La efectividad de las medidas de contingencia, como tantas veces antes en las iniciativas de los gobiernos del centro-derecha, se vio inmediatamente malograda por la incesante tensión política, inclusive una guerra intestina que supuso el portazo del grupo de Fini al PdL, tan sólo un año después de su constitución como partido unitario. Para mayor abundamiento del desorden y la crispación, Berlusconi y sus lugartenientes no dejaron de introducir normas específicas para blindar la inmunidad principal, la que proporcionaba el escaño de diputado. De puertas afuera, Berlusconi se vio marginado del directorio europeo impuesto por el eje franco-alemán y dio que hablar más que nada por sus relaciones condescendientes, señoreadas por los intereses comerciales, con el dictador libio Gaddafi.

LA GRAN CRISIS DE 2011 Y LA CAIDA DE BERLUSCONI
Una retahíla de mociones de censura y de confianza, que probaron hasta el límite el respaldo parlamentario con que contaba el Ejecutivo tras el portazo de los finianos, y de huelgas generales convocadas por los sindicatos fue jalonando la antesala en 2011 de una tormenta perfecta que, esta vez sí, iba a llevarse por delante a un dirigente experto en salir airoso de los más variopintos trances. El desastre del oficialismo en las municipales de mayo fue respondido por Berlusconi en julio con un anuncio que parecía impropio de él, su retirada en 2013 y la designación de un heredero político, Angelino Alfano. Aquel mismo mes, con la tasa de crecimiento prácticamente a cero, la borrasca de la deuda arreció sobre Italia a fuer de la escalada del riesgo país y una brutal especulación de los mercados, obligando al Tesoro a elevar la rentabilidad de sus emisiones a largo plazo.

Urgido por sus alarmados socios europeos y las instituciones de Bruselas, Berlusconi presentó un duro plan de ajuste antidéficit y a renglón seguido, en agosto, un segundo paquete con recortes y reformas adicionales dirigido a conseguir el equilibrio presupuestario en 2013. La demora, debido a sus enmiendas de quita y pon, en la aprobación parlamentaria del segundo plan resultó fatal para la última reserva de credibilidad que le quedaba a un Gobierno presa del titubeo. A lo largo de septiembre y octubre, las presiones a la deuda se recrudecieron y sobre Italia comenzó a revolotear el fantasma del salvamento crediticio, perspectiva que a su vez hacía presagiar el colapso del euro.

Llegado noviembre, la mayoría absoluta en la Cámara baja finalmente se evaporó y la prima de riesgo se disparó por encima de los 500 puntos. La situación era insostenible y Berlusconi fue conminando, implícita o explícitamente, a marcharse ya mismo por un abrumador coro de voces de casa y del exterior. Resistiéndose al inevitable mutis y prolongando así innecesariamente su agonía personal y la de todo un país arrastrado a la ruina, Berlusconi terminó por doblegarse ante el presidente de la República, Giorgio Napolitano, quien le impuso el relevo inmediato por una personalidad independiente, el reputado economista Mario Monti, el cual se pondría al mando de un Gabinete exclusivamente apartidista y técnico, aunque sostenido por las fuerzas parlamentarias, sin faltar el PdL. El 12 de noviembre, Berlusconi, a los 75 años, presentó la dimisión y cuatro días después traspasó el poder a Monti. Su adiós al poder, que no a la política, lo pronunció a regañadientes un líder acorralado y noqueado, pero no por los frentes judiciales, los escándalos domésticos, la prensa crítica, la oposición partidista o los ciudadanos echados a la calle, sino por unas fuerzas políticas y económicas externas a la soberanía nacional.

Biografía

1. La construcción de un imperio empresarial
2. Salto a la política en 1994 al frente de Forza Italia
3. Triunfo electoral y el truncado primer Gobierno del centro-derecha
4. Travesía en la oposición y acoso judicial por casos de corrupción
5. Gran victoria sobre el centro-izquierda y retorno al poder en 2001
6. Un dinamismo legislador de signo tendencioso
7. Los retos de la guerra de Irak y la Constitución Europea
8. Barullo permanente en la Casa de las Libertades
9. Ajustada derrota frente a Prodi en 2006 y tercer plácet en las urnas en 2008
10. Criminalización de la inmigración clandestina y relaciones untuosas con Gaddafi
11. Los escándalos sexuales de Il Cavaliere
12. El caos se instala en la política italiana: fundación del PdL, defección de Fini y precariedad gubernamental
13. La gran crisis de la deuda de 2011: el huracán financiero que tumbó a Berlusconi


1. La construcción de un imperio empresarial

El mayor de los tres hijos del matrimonio formado por Luigi Berlusconi (1908-1989), empleado de la Banca Rasini, donde llegó al puesto de procurador general, y Rosa Bossi (1911-2008), dedicada a las tareas del hogar y mujer de profundas convicciones católicas, se crió y educó en un ambiente de clase media-alta milanesa, tan estable y próspero como permitían las graves circunstancias nacionales en los agitados años de la guerra y la posguerra. El bachillerato lo completó en el Liceo Classico Sant’Ambrogio, un instituto regido por los Salesianos y conocido por la rigidez de su enseñanza católica. En 1954 se matriculó en la Facultad de Derecho de la Universidad de Milán, por la que siete años después, en 1961, se sacó la licenciatura summa cum laude con una tesis sobre los aspectos jurídicos de los contratos publicitarios.

Sin embargo, no estaba en el ánimo del inquieto joven milanés convertirse en abogado o en un aburrido funcionario de justicia. Lo suyo era hacer negocios, habilidad que se remontaba a la más tierna infancia, cuando vendía apuntes escolares a sus compañeros de clase. Fuera del colegio, Silvio acrecentaba sus pequeños ahorros vendiendo a domicilio electrodomésticos de la casa Philips y sacando fotos en bodas, bautizos y funerales. Dotado de una aptitud innata para el espectáculo, que tan útil iba a resultarle en su salto a la política cuatro décadas más tarde, y lleno de desparpajo, a los 18 años ganó su primer capital significativo como animador musical y cantante melódico en carnavales, fiestas privadas y cruceros por el Mediterráneo, donde explotó una notable fibra artística que abarcó incluso los espectáculos de magia. Con 23 años, mientras estudiaba en la Universidad, se contrató como agente inmobiliario, escribiendo el preámbulo de la carrera empresarial más sensacional –y polémica- de la Italia republicana.

Ya el año de su licenciatura Berlusconi puso en marcha Cantieri Riuniti Milanesi (Constructores Asociados Milaneses) en sociedad con el constructor Pietro Canali. En 1963 fundó Edilnord di Silvio Berlusconi & C., teniendo como socios financieros al banquero Carlo Rasini, el patrón de su padre y hombre no exento de controversia por gestionar depósitos pertenecientes a miembros destacados de la mafia siciliana, y al abogado Carlo Rezzonico, apoderado de una firma financiera con sede en Lugano. En 1965 el aún veinteañero contrajo primeras nupcias con la ligur Carla Elvira Lucia Dall'Oglio, con la que tuvo dos hijos, Maria Elvira, llamada familiarmente Marina, en 1966, y Pier Silvio, alias Dudi, en 1969.

En 1968 Edilnord terminó de edificar un barrio residencial en Brugherio, en las cercanías de Milán, con capacidad para 4.000 habitantes, el primero de su clase en ser equipado con todos los servicios sociales. Al frente de un equipo de jóvenes arquitectos animados por la idea de una "ciudad sin coches", y él mismo fascinado con el modelo de ciudad perfecta presentado por el humanista británico Tomas Moro en su obra Utopía, Berlusconi emprendió una serie de innovadores proyectos urbanísticos dentro y fuera del país. En 1969, su nueva constructora, Edilnord Centri Residenziali (Edilnord 2), montada con su prima Lidia Borsani, levantó en la comuna de Segrate la ciudad dormitorio Milano 2, con capacidad para 10.000 habitantes, a la que en 1973 siguió Milano 3, para 12.000 inquilinos.

A mediados de los años setenta Berlusconi expandió sus intereses empresariales al mundo de la comunicación, aunque no por ello interrumpió una intensa actividad en el sector inmobiliario, donde fundó la sociedad limitada Italcantieri en 1973 y la Immobiliaria San Martino en 1974, amén de ser, según parece, el artífice de todo un ramillete de sociedades mercantiles que legalmente le eran ajenas, merced a una intrincada madeja de testaferros de toda confianza. El caso era que el emprendedor treintañero milanés parecía gozar de una financiación sin límites, facilitada por ricos amigos prestamistas e inversionistas, y por diversas corporaciones, algunas apenas conocidas y envueltas en una bruma de misterio.

En 1974 los prebostes milaneses Giacomo Properzj y Alceo Moretti organizaron para él la cadena de televisión por cable Telemilanocavo, que empezó dando servicio exclusivo a Milano 2 antes de retransmitir por antena al resto de Lombardía con el nombre de Telemilano 58. En 1977, año en que recibió el título de Cavaliere del Lavoro de manos del presidente de la República, Giovanni Leone, Berlusconi compró participaciones en el periódico Il Giornale, que posteriormente adquirió a su editor fundador, el periodista Indro Montanelli. En septiembre de 1980 Berlusconi orquestó el nacimiento en Milán de una televisión de difusión nacional con contenidos generalistas orientada a una audiencia familiar, Canale 5, a partir de la fusión de Telemilano 58 y de otras cuatro cadenas regionales del norte de Italia, TeleEmiliaRomagna, Tele Torino International, VideoVeneto y A&G Television. Para surtir de programas y productos publicitarios a Canale 5, Berlusconi fundó junto con Marcello Dell'Utri, su mejor amigo de la universidad y administrador de la Immobiliaria San Martino, las empresas Reteitalia y Publitalia 80. En 1981 les siguieron Programma Italia y Videotime.

Fue también en 1980 cuando Berlusconi abrió un nuevo capítulo en su vida sentimental al conocer y quedarse prendado de la boloñesa Veronica Lario, una actriz de películas y teleseries de bajo presupuesto y ocasionalmente de teatro –se asegura que el flechazo surgió al verla interpretar la comedia El magnífico cornudo en el teatro Manzoni de Milán-, a la que sacaba 20 años. El empresario emprendió con Lario, cuyo verdadero nombre era Miriam Raffaella Bartolini, una relación extramarital que en julio de 1984 fructificó con el nacimiento de una niña, Barbara, a la que no dudó en reconocer. La paternidad de su esposo con otra mujer hizo insostenible el matrimonio de Carla Dall'Oglio, que obtuvo el divorcio en 1985; entonces, Berlusconi y Lario pudieron sacar a la luz su amor clandestino, si bien ella optó por poner término a su corta, y en opinión de algunos críticos, prometedora carrera cinematográfica. La pareja formalizó su relación con un matrimonio civil celebrado el 15 de diciembre de 1990 en el Ayuntamiento de Milán y oficiado por el alcalde Paolo Pillitteri, aunque antes engendraron otros dos retoños, Eleonora, en 1986, y Luigi, en 1988.

En 1983 y 1984 Berlusconi agrandó su propiedad televisiva con Italia 1 y Rete 4 (o Retequattro), que compró respectivamente al editor Edilio Rusconi y al grupo Mondadori. Canale 5, Italia 1 y Rete 4, multiplicando sus emisiones a través de una red de televisiones locales y colocadas bajo la titularidad de la empresa Mediaset, constituida como sociedad anónima en septiembre de 1993, pusieron fin al monopolio de la RAI y consiguieron superar en audiencia a la televisión estatal con una parrilla dominada por los concursos, los seriales, los shows de variedades y otros programas de distracción.

En 1984 la RAI llevó a Mediaset a los tribunales porque sus tres canales se dedicaban a emitir en interconexión, es decir, simultáneamente, los mismos programas en todo el territorio nacional, lo que constituía una flagrante violación de la legislación vigente. En octubre de aquel año la justicia falló a favor del demandante y Mediaset, por orden de tres magistrados de Roma, Pescara y Turín, fue obligada a cerrar varios estudios de grabación y repetidores de señal. Pero entonces, de la manera más precipitada, acudió al rescate de Berlusconi el primer ministro Bettino Craxi, quien por la vía del decreto urgente subsanó la ilegalidad en que estaba incurriendo el grupo mediático privado. El escándalo fue mayúsculo. Desafiando la tormenta política que su decisión había provocado, Craxi llegó a amenazar a sus socios del Ejecutivo con abrir una crisis de gobierno y forzar el adelanto electoral si sus respectivos partidos no convalidaban el decreto en el Parlamento.

Esta no fue más que la primera y más descarada de una serie de intervenciones políticas del poderoso líder del Partido Socialista (PSI, junto con la Democracia Cristiana, pilar del sistema de gobierno vigente desde la proclamación de la República en 1946) en favor del empresario y paisano milanés, al que le unía una estrecha amistad desde su etapa en común en la Universidad; sin ir más lejos, Craxi acababa de hacer de padrino en el bautizo de Barbara Berlusconi y seis años después iba a ser el invitado de honor en la boda con Lario.

En 1990, meses antes de ese enlace, el grupo socialista, junto con el Partido Republicano (PRI), impulsó en el Parlamento la aprobación de una norma, la llamada Ley Mammì, que regulaba la cuota de mercado de los dos grupos televisivos, el del Estado y el privado de Berlusconi (la ley le permitía poseer un máximo de tres televisiones, precisamente las que tenía), instituyendo un duopolio de hecho en la televisión italiana. Para entonces, las televisiones de Mediaset concentraban en horario de prime time el 45% de la audiencia y el 60% de los ingresos por publicidad.

En 1985 Berlusconi se asoció con los empresarios franceses Jerome Seydoux y Christopher Riboud a fin de licitar en el concurso abierto por el Gobierno de Francia, presidido por el socialista Laurent Fabius, para la adjudicación en el país vecino de dos canales de televisión privados. El fruto de esta colaboración, France Cinq, constituida con un paquete accionarial paritario del 40%, se hizo con la licencia, tal que en febrero de 1986 comenzó sus emisiones La Cinq, conformada según el modelo de Canale 5.

Tras experimentar diversas vicisitudes, y acosada por la hostilidad manifiesta del nuevo Gobierno conservador de Jacques Chirac, La Cinq entró en suspensión de pagos y terminó por desaparecer en 1992, pero para entonces Berlusconi ya había diversificado sus inversiones en el sector televisivo europeo, en proceso de liberalización en varios países, con la adquisición de amplios paquetes accionariales en la francesa TF1, la alemana Tele 5 y la española Telecinco, de la que fue socio fundador en 1989 a través del grupo Gestevisión Telecinco, donde empezó teniendo el 25% del capital a la par que la Organización Nacional de Ciegos Españoles (ONCE) y Ediciones Anaya. En España, Berlusconi ya era, desde 1985, el dueño de los madrileños Estudios Roma.

En 1990, Mediaset fundó sin salir de Italia la televisión de pago Telepiù, en sociedad con Vittorio Cecchi Gori y Leo Kirch, que empezó a emitir en junio de 1991. El circuito de televisiones locales Italia 7 quedó asimismo bajo su control, y en 1992 el grupo adquirió los derechos de retransmisión del Giro de Italia. Los intereses del empresario italiano en el sector audiovisual europeo alcanzaron a los Países Bajos (Cinema 5) y a Polonia (Polonia 1).

La voracidad empresarial de Berlusconi tenía vocación multisectorial. En febrero de 1986 compró el club de fútbol A. C. Milan, que atravesaba por una difícil situación económica, y el 24 de marzo siguiente se erigió en su presidente. Tras tapar los agujeros contables del club, Berlusconi contrató como entrenador a Arrigo Sacchi y fichó al trío de jugadores holandeses Marco van Basten, Ruud Gullit y Frank Rijkaard. La renovación de la plantilla no tardó en dar sus frutos: el Milan ganó la Liga Calcio en la temporada 1987-1988 tras nueve años de sequía de títulos, la Supercopa de Italia en su primera edición de 1988, las Copas de Europa de 1989 y 1990, las Supercopas de Europa de 1990 y 1991, y la Copa Intercontinental en 1989 y 1990. El palmarés sumó nuevos títulos en los años siguientes, prolongando una impresionante secuencia de triunfos deportivos que disparó hasta las nubes la popularidad de Berlusconi en Italia en general y en Lombardía en particular. No contento con hacer negocio con el fútbol, el magnate empezó a adquirir clubes de otras modalidades deportivas, como el rugby, el voleibol, el hockey sobre hielo y el béisbol.

Hasta su entrada en la política en 1994, Berlusconi incorporó a su ingente patrimonio la cadena de grandes almacenes Standa –la mayor del país, comprada a Montedison en 1988-, las salas de exhibición cinematográfica de Cannon, los Supermercados Brianzoli y la cadena de videoclubes Blockbuster, entre otros negocios. En diciembre de 1989, imponiéndose provisionalmente en una dura batalla al magnate rival Carlo De Benedetti, propietario del gigante manufacturero Olivetti y con el que ya venía manteniendo un litigio por la posesión de la compañía agro-alimentaria SME –cuya adjudicación por el Estado a Benedetti impugnó ante los tribunales-, Berlusconi se adueñó de Arnoldo Mondadori Editore, el primer grupo editorial y periodístico italiano, que en sociedad con el Grupo L’Espresso publicaba el periódico La Repubblica y los semanarios L’espresso, Epoca y Panorama. El 25 de enero de 1990, coronando su emporio mediático, Il Cavaliere, en tanto que accionista mayoritario, obtuvo para sí la presidencia del consejo de administración de Mondadori, además de colocar a seis de los ocho consejeros.

Hasta que la guerra en los tribunales quedó zanjada en abril de 1991 con la cesión amistosa de La Repubblica y L’espresso a De Benedetti (a cambio, él se quedó con la editorial de libros y revistas, que posteriormente hizo absorber a un sello editorial propio montado años atrás, Silvio Berlusconi Editore, SBE), Berlusconi reunió en sus manos el control del 40% de todos los diarios italianos, el 53% de los semanarios y el 55% de toda la publicidad difundida en prensa, radio y televisión.

Meses antes de desprenderse de estas dos publicaciones de prensa, en agosto de 1990, Berlusconi ya había cedido la propiedad de Il Giornale, pero esta vez de manera forzosa. Fue en cumplimiento de la cláusula antitrust de la ya comentada Ley Mammì, aprobada a instancias del Gobierno que presidía el democristiano Giulio Andreotti, que prohibía la edición de periódicos a los grupos televisivos. Entonces, la opinión pública italiana consideró que el rey de la televisión privada o Sua Emittenza, como mordazmente era llamado también, pagaba un módico precio a cambio de la consagración legal de su imperio audiovisual; además, el paquete mayoritario de las acciones de Il Giornale no fue a parar a unas manos precisamente extrañas: el nuevo dueño del diario milanés resultó ser el propio hermano de Berlusconi, 13 años más joven que él, Paolo, quien se limitó a recoger la titularidad de manos de su deudo y jefe empresarial.

El conglomerado Fininvest (Financiera de Inversión), creado por Berlusconi en 1978 con un estatuto de sociedad anónima, cumplió la función de integrar sus múltiples propiedades y participaciones en los sectores de la construcción (Edilnord), la televisión (Mediaset, con un 100% de participación por el momento), la prensa escrita (Il Giornale), la edición de libros (Mondadori), el deporte (A. C. Milan), los seguros y los servicios financieros (Mediolanum Assicurazioni), y los grandes almacenes (Standa), por citar sólo los negocios más emblemáticos.

Semejante concentración de poder económico, particularmente en su dimensión mediática y cultural, generó en Italia una polémica constante, con un sinfín de denuncias y críticas que arremetían contra la rapacidad del empresario, sus maniobras poco ortodoxas, su afición a tejer marañas societarias, sus amistades más que turbias y sus aparentes pretensiones oligopólicas y monopolísticas, y que advertían contra su inquietante compadreo con destacadas figuras y sectores de los poderes públicos, todo ello en perjuicio de la transparencia y el pluralismo propios de una sociedad democrática.

Aparte de sus estrechas relaciones con el PSI de Craxi, de sobra conocidas, Berlusconi dio pábulo a abundantes conjeturas sobre otros posibles contactos, estos ya clandestinos, con poderosas esferas no gubernamentales pero capaces de ejercer un influjo fundamental en la política y la economía de la Italia del momento. En marzo de 1981 su nombre apareció en una lista de cerca de un millar de miembros de la logia masónica Propaganda 2 (P2), una organización secreta, de tenebrosa reputación por su implicación en conspiraciones de signo ultraderechista, actos terroristas y escándalos financieros como la quiebra del Banco Ambrosiano. La famosa lista fue requisada por la Policía en el registro de la vivienda del jefe de la P2, el "maestro venerable" Licio Gelli, antiguo agente de inteligencia de Mussolini, anticomunista activo y uno de los personajes más siniestros de la Italia de la posguerra.

Hasta el día de hoy, numerosos periodistas e investigadores –lo que a algunos de ellos les ha acarreado denuncias por libelo- han sostenido como hechos incuestionables que el empresario se afilió a la P2 en 1978, que poseyó el carné de miembro número 1.816 y que mantuvo trato personal con Gelli. Berlusconi declaró bajo juramento a un tribunal de Verona que investigaba las ramificaciones de la logia ilegalizada que no recordaba la fecha exacta de su inscripción, que esta se había producido "poco antes del escándalo" de 1981 y que nunca había hecho aportaciones económicas.

Sin embargo, este testimonio contradijo ciertos datos sacados en claro por una comisión parlamentaria de investigación, que entre otros aspectos determinó el pago a la P2 de 100.000 liras en concepto de cuota de alta. A la luz de estas evidencias, en 1990 el Tribunal de Apelación de Venecia halló a Berlusconi culpable de un delito de perjurio, pero el empresario eludió la condena al beneficiarse de una amnistía colectiva dictada por el Gobierno y que prescribía cualquier posible delito en relación con las actividades ilícitas de la logia a sus antiguos miembros numerarios. Años después, el empresario iba a recordar su paso por la P2 con un tono de disculpa: "Creí que Gelli era bueno, pero luego descubrí la verdad", manifestó. Aquella no fue la primera condena judicial que recibía el empresario. En diciembre de 1987 ya había sido encontrado culpable en un caso de fraude y condenado a 16 meses de prisión, con resultado inocuo: la sanción se diluyó en el marasmo de las apelaciones y la lentitud burocrática de la maquinaria judicial italiana.


2. Salto a la política en 1994 al frente de Forza Italia

Tentado de entrar en la política profesional desde hacía tiempo, Berlusconi encontró la ocasión propicia en 1993, un año especialmente convulso en la historia republicana por las actuaciones de la judicatura nacional, la cual, dentro de un vasto operativo investigador que dio en llamarse Mani Pulite (Manos Limpias), procesó, mandó encarcelar y llevó a juicio a la flor y la nata de la corrupta partitocrazia tradicional, siendo las consecuencias políticas el colapso o la extinción de la DC, el PSI y sus adláteres habituales –republicanos, liberales y socialdemócratas-, y la sumersión del sistema de partidos italiano en un caos seguido de un vacío que otras fuerzas políticas, hasta entonces minoritarias o marginadas de las instituciones, se aprestaron a llenar.

El beneficiado natural por este descomunal naufragio, que ya estaba teniendo una dimensión electoral, era el antiguo Partido Comunista Italiano (PCI), refundado en 1991 como Partido Democrático de la Izquierda (PDS, con doctrina socialdemócrata), lo que espantaba a los poderes fácticos conservadores atrincherados en la parapolítica, la gran empresa y el mundo financiero. El desafuero parlamentario de Craxi y su procesamiento en varios sumarios por el cobro de comisiones ilegales privó a Berlusconi de su gran aliado en la alta política, pero era toda una casta de gobernantes acostumbrados a traficar con influencias y favores en beneficio suyo y de intereses privados de terceros la que quedaba apartada de circulación.

Peor aún, Fininvest empezó a ser investigado a fondo por los jueces anticorrupción ante el aluvión de indicios, en ocasiones facilitados en sus declaraciones por funcionarios procesados, sobre prácticas de sobornos, habituales al parecer, por parte de altos directivos del holding. En octubre de 1993, el acoso de la magistratura y el fuerte endeudamiento de la macrosociedad empujaron a Berlusconi a nombrar un nuevo consejero delegado ajeno a la estructura hasta entonces cerradamente familiar y amistosa, prácticamente de clan, de Fininvest; el escogido fue Franco Tatò, consejero delegado de SBE y de Mondadori.

En suma, Berlusconi tenía ante sí un conjunto de poderosas razones que le animaron a dar un paso osado cuando menos, ya que se trataba del dueño de cuatro cadenas de televisión, el dueño también de una de las editoriales europeas con más facturación y, con una fortuna personal estimada en más de 6.000 millones de dólares, de uno de los hombres más ricos de Italia, si no el que más. A finales de octubre, el magnate empezó a enseñar su cartas con su público respaldo a la Asociación para la Búsqueda del Buen Gobierno, un "movimiento político" anunciado por el politólogo Giuliano Urbani, en lo sucesivo uno de lugartenientes intelectuales. En noviembre, causó un revuelo al pronunciar su apoyo al secretario general del neofascista Movimiento Social Italiano (MSI), pronto denominado Alianza Nacional (AN), Gianfranco Fini, quien aspiraba a la alcaldía de Roma.

En diciembre fueron constituyéndose unos clubes regionales que, bajo el nombre de Forza Italia (Adelante Italia) y movilizados al modo de las hinchadas deportivas, procedieron a organizar las bases populares y a reclutar los cuadros inferiores de la futura agrupación política del empresario. Mientras organizaba a marchas forzadas su estructura partidista, Berlusconi, sin éxito, intentaba convencer a los dirigentes de la moribunda DC de la necesidad de formar una amplia coalición de fuerzas del centro y la derecha capaz de hacer frente al PDS en las elecciones generales anticipadas de marzo de 1994; los comicios habían sido convocados por el presidente de la República, Oscar Luigi Scalfaro, tras la dimisión acordada del Gobierno técnico que desde abril de 1993 encabezaba Carlo Azeglio Ciampi, ex gobernador del Banco de Italia.

El 26 de enero de 1994, luego de expirar su ultimátum a los renuentes líderes democristianos Mino Martinazzoli y Mario Segni para que le secundaran, y seis días después de aprobar la DC su autodisolución tras más de medio siglo de existencia, Berlusconi, con 57 años, oficializó su entrada en la contienda electoral con una alocución emitida por sus televisiones desde el despacho de su suntuoso palacio dieciochesco cercano a Milán, San Martino de Arcore, adquirido en 1973 a una familia de la nobleza lombarda, los Casati Stampa di Soncino.

Con tono solemne y providencial, en un discurso perfectamente hilado, el magnate explicaba que irrumpía en la política nacional porque no quería vivir "en un país no liberal, gobernado por fuerzas inmaduras y por hombres completamente ligados a un pasado política y económicamente fracasado". El partido Forza Italia nacía con la misión de liderar una "alianza por las libertades" que resultaba "indispensable para oponerse al cártel izquierdista" que el PDS y sus acólitos representaban. Para poder realizar esta empresa, Berlusconi renunciaba con carácter inmediato a todos sus cargos en Fininvest. En efecto, el 29 de enero la titularidad del holding fue asumida por el hasta ahora vicepresidente, Fedele Confalonieri, íntimo desde los años mozos, cuando los dos formaban pareja de shows musicales y humorísticos. Sin embargo, Berlusconi retuvo la presidencia del A. C. Milan, y además quedó sin aclarar qué sucedía con sus abundantísimos paquetes accionariales, más allá de si ostentaba o no cargos estatutarios en las empresas de las que era partícipe.

El programa electoral de Forza Italia, comunicado por su creador con las dotes de un avezado showman y promocionado por su agencia Publitalia como un producto estrella de la mercadotecnia, arropándolo con un espectacular despliegue mediático, se basaba en la defensa a ultranza de las libertades personales y económicas así como de los valores tradicionales, la reducción del déficit público ("hay que administrar el Estado como se administra una empresa o una familia"), la creación de empleo (en un país donde el paro superaba ya el 11%) y la lucha contra la Mafia y la corrupción. Las señas de identidad ideológicas del nuevo partido, en esencia el instrumento para un fin personal, parecían limitarse al liberalismo radical y al anticomunismo.

Berlusconi, secundado por una cohorte de lugartenientes reclutada en las planas mayores de su parque de empresas y en su extensa red de amigos, socios y clientes, se presentaba como un político de nuevo cuño, sin rémoras del pasado, el único líder limpio y capaz de regenerar todo un sistema político diezmado por los procesos penales de unos jueces empeñados en mandar a pique la Tangentopoli ("Sobornópolis") italiana.

El político-empresario aderezó su agresivo discurso con apocalípticas advertencias contra la llegada de un gobierno dominado por los ex comunistas ("si vence la izquierda, volverá el estalinismo") y, como epítome de todos sus compromisos, prometió un "nuevo milagro económico italiano", particularmente necesario en una coyuntura recesiva: 1993 había terminado con una contracción del PIB del 0,7%, en paralelo a una tasa de inflación anual por encima del 4%. De entrada, estos mensajes resultaban atractivos para los pequeños y medianos empresarios y para los profesionales liberales, afectados por la conflictividad laboral y la presión fiscal, respectivamente, pero Forza Italia, como premio a su estrategia transversal, iba a cosechar muchos más votos entre las clases medias asalariadas que hasta ahora habían votado a la DC, al PRI, al PLI e incluso al PSI.

Tras el fracasado sondeo de los sectores centristas surgidos de la disgregación de la DC, Berlusconi fue capaz de articular con las fuerzas más significativas de la derecha y el centroderecha una alianza que, pese a su escasa cohesión interna y a las patentes divergencias ideológicas de algunos de sus miembros, parecía viable, por lo menos como trampolín para su vertiginoso salto al Palacio Chigi de Roma, residencia del presidente del Consejo de Ministros de la República Italiana. En el Polo de las Libertades/Polo del Buen Gobierno, Forza Italia concurría amarrado a cuatro partidos: la AN de Fini, la Liga Norte (LN) de Umberto Bossi, el Centro Cristiano Democrático (CCD), formación menor surgida de la DC que animaban Pier Ferdinando Casini y Clemente Mastella, y la aún más pequeña Unión de Centro (UdC), fundada por Alfredo Biondi y Raffaele Costa a raíz de la desaparición del PLI.

El problema lo representaba desde ya el impredecible Bossi, un tribuno del soberanismo lombardo proclive a los pronunciamientos incendiarios. La Liga compensaba en parte su ambigüedad ideológica con un programa federalista y hasta separatista para las regiones del tercio norte del país (englobadas en una unidad geográfica denominada Padania), cuyo componente de insumisión fiscal a Roma era susceptible de modularse al liberalismo sin cortapisas que Berlusconi propugnaba. Pero el federalismo radical de la Liga chocaba de frente con el nacionalismo centralizador del posfascista Fini, quien a su vez podía compartir el lenguaje anticomunista del jefe de Forza Italia.

Los aliancistas, a regañadientes, consintieron en no presentar listas conjuntas con Berlusconi en las circunscripciones norteñas, el feudo de los liguistas. En consecuencia, Forza Italia acudió a las urnas formando una doble coalición: con la Liga en el norte, el denominado Polo de las Libertades, y con la AN en el centro y el sur, dando lugar al Polo del Buen Gobierno; en otras palabras, Berlusconi trabó alianza con Fini y Bossi sin que estos llegaran a aliarse entre sí. El empresario inscribió su candidatura a la Cámara por la circunscripción XV del distrito de Lacio 1, es decir, Roma.


3. Triunfo electoral y el truncado primer Gobierno del centro-derecha

El mensaje de Il Cavaliere, escaso en contenidos pero arrollador por su elevada carga demagógica y mediática, sedujo, hasta extremos insospechados, a un electorado hastiado de una clase política tradicional caída en el oprobio y fascinado por la aureola de as de los negocios de quien le parecía capaz de transmitir esa energía generadora de riqueza y bienestar a una economía nacional lastrada por esquemas obsoletos. Quienes advirtieron que el eternamente bronceado y sonriente Berlusconi, lejos de encarnar el cambio, era un perfecto representante de los denostados usos y modos de la vieja república, sólo que hábilmente disfrazado de salvapatrias e instrumentando a su favor la inmensa influencia social de sus empresas audiovisuales, fueron ampliamente ignorados. Fuera de Italia, y en el resto de países de la Unión Europea en particular, cundieron el estupor y la incredulidad por la posible llegada al poder en Roma de un gobierno tricéfalo de empresarios ultraliberales, neofascistas pretendidamente reconvertidos y soberanistas padanos con tics xenófobos.

Pero Berlusconi volvió a demostrar a todo el mundo que lo suyo era ganar. En los comicios del 27 y el 28 de marzo de 1994 sus dos polos obtuvieron conjuntamente el 42,9% de los votos y 366 de los 630 escaños de la Cámara de Diputados, frente al 34,4% y los 213 escaños sacados por la Alianza Progresista que encabezaba el PDS de Achille Occhetto. Se trataba de una mayoría absoluta de lo más holgada. Forza Italia fue, a su vez, la agrupación individual más votada con el 21% de los sufragios y 148 escaños, uno de los cuales, obtenido por el sistema uninominal mayoritario, fue el romano de Berlusconi. El sensacional éxito del empresario, con sólo dos meses de experiencia política, no tenía parangón en la historia electoral del viejo continente y aún de todo el mundo occidental.

Berlusconi invirtió más de un mes en negociar el reparto de carteras y el programa común del Gobierno, debiendo ejercer de apagafuegos cuando el forcejeo entre Bossi y Fini se tornaba tormentoso. El primer ministro in péctore sólo prometió al primero, que exigía una reforma constitucional para fundar el Estado federal, una imprecisa descentralización tributaria y administrativa, advirtiéndole de paso que la unidad de Italia estaba fuera de toda duda. El jefe liguista amagó con abandonar el Polo, antes de rebajar sus pretensiones de cuotas de poder y de avenirse a un acuerdo que sus signatarios prometieron duradero, para toda la legislatura.

El otro y no menos peliagudo asunto, ya puramente personal, el del posible conflicto de intereses, pretendió dejarlo zanjado Berlusconi con la designación de tres juristas de prestigio que actuarían como garantes de la correcta separación de sus esferas empresarial privada, por un lado, y política pública, por el otro, hasta que se determinara una "fórmula legislativa" para resolver definitivamente la cuestión. Uno de los temores más aventados por los críticos y adversarios de Berlusconi era que este cediese a la tentación de ejercer un control político, imponiéndoles una línea editorial, sobre las cadenas de la RAI, es decir, la competencia objetiva de sus televisiones particulares.

Legalmente, Berlusconi ya no era directivo de ninguna empresa, pero seguía siendo, directamente o a través de sus familiares, accionista de buen número de sociedades, empezando por las televisiones de Mediaset. Berlusconi se confesaba más partidario de "ceder" que de vender propiedades, sobre todo porque no creía que pudieran ofrecerle "un precio justo" por un gigante como Fininvest. El problema jurídico no era baladí, pero ello no detuvo el proceso institucional. El 28 de abril el presidente Scalfaro encargó formalmente a Berlusconi la formación del Gobierno.

La histórica asunción gubernamental tuvo lugar el 11 de mayo de 1994. En su primer Gabinete, Berlusconi estaba secundado por dos vicepresidentes, Giuseppe Tatarella, abogado de AN, y Roberto Maroni, abogado de la LN y mano derecha de Bossi. Gianni Letta, un fiel servidor que venía desempeñando múltiples cometidos en Fininvest desde la creación del holding, fue nombrado subsecretario de Estado adjunto a la Presidencia del Consejo. De los 25 ministerios, seis de los cuales no tenían cartera adscrita, Forza Italia se reservó siete, entre ellos los de Asuntos Exteriores, para Antonio Martino, economista con militancia liberal, Defensa, para Cesare Previti, abogado y asesor legal de Berlusconi desde hacía dos décadas, y Economía y Finanzas, para Giulio Tremonti, un experto procedente del PSI. La LN obtuvo cinco ministerios, inclusive Interior, para Maroni, otros tantos la AN, el CCD dos y uno la UdC. Cinco puestos fueron para personalidades independientes, la más destacada de las cuales era el tecnócrata Lamberto Dini, hasta la fecha director general del Banco de Italia, que se hizo cargo del Tesoro.

Berlusconi irradiaba autoconfianza, pero desde el primer día de su gestión hubo de enfrentar un ambiente profundamente hostil, avivado por los muchos y poderosos enemigos que tenía, en la política, por supuesto, pero también en el sector privado y en los diversos ambientes sociales y culturales. El PDS, que siempre entrevió tras el desembarco político de Berlusconi el temor del empresario a un endurecimiento por un eventual gobierno de la izquierda de la legislación que regulaba el sector audiovisual, en tanto que principal partido de la oposición, exigió reiteradamente al primer ministro que se desprendiera de manera efectiva del imperio Fininvest, donde obviamente seguía mandando, pero el estadista insistió en que él ya no dirigía corporaciones y que no había conflicto de intereses.

El caso fue que Berlusconi se encargó de atizar la polémica que envolvía a su persona con una serie de actuaciones controvertidas. El anuncio de una drástica reordenación de la RAI para corregir su fuerte déficit y la línea antigubernamental que, en su opinión, exudaban sus programas, precipitó la dimisión en bloque del Consejo de Administración del ente público a últimos de junio. El 12 de ese mes tuvieron lugar las elecciones al Parlamento Europeo y Berlusconi, a sabiendas de que no podría ocupar su escaño en Bruselas por incompatibilidad institucional, se presentó como el cabeza de lista de su partido. La argucia funcionó muy bien: Forza Italia ascendió al 30,6% de los votos y debutó en el hemiciclo europeo poseyendo 27 de los 87 puestos asignados a Italia.

La polvareda del caso RAI devino tempestad el 14 de julio a raíz de un decreto-ley gubernamental, aprobado en la víspera por la vía urgente, que ordenaba la excarcelación de todos los acusados por corrupción no condenados y que protegía de la prisión preventiva a los procesados por delitos económicos, a los que sólo podría aplicárseles el arresto domiciliario. El primer ministro justificó la medida porque Italia no podía "convertirse en un Estado policíaco". El sarcásticamente llamado "decreto salva-Craxi", por entender sus críticos que Berlusconi lo que buscaba era librar de la persecución judicial al antiguo mandamás socialista (quien se encontraba en Túnez como prófugo de la justicia italiana) y a otros antiguos capitostes de la anterior época, concitó un rechazo social tan ruidoso que el ministro de Justicia de Forza Italia, Alfredo Biondi, hubo de corregir el texto en un sentido más restrictivo antes de someterlo al Parlamento como un proyecto de ley ordinario.

Pero el primer ministro parecía estar más preocupado por los problemas judiciales de su entorno más cercano que por los de Craxi. Antes de terminar el mes, los jueces milaneses dictaron sendas órdenes de procesamiento y prisión cautelar contra Paolo Berlusconi, ahora mismo accionista mayoritario de Fininvest, por presunto soborno de agentes de la Guardia de Finanzas (policía judicial contra delitos económicos) para evitar inspecciones en las empresas Telepiù, Mediolanum y Videotime. El hermano menor ya había sido arrestado por unas horas en febrero, y ahora se entregó a la Policía para someterse al interrogatorio judicial.

El 29 de julio, por sorpresa y adelantándose a lo contemplado en el proyecto de ley en fase de elaboración, Berlusconi anunció su intención de transferir temporalmente sus derechos sobre Fininvest a un gestor de confianza; entretanto, un "alto comité de vigilancia y garantía" nombrado por Scalfaro y los titulares de las dos Cámaras del Parlamento escrutaría los conflictos de intereses que pudieran surgir. Sin embargo, el presidente de la República dejó en el limbo este plan de separación de responsabilidades al indicar que no se ajustaba a la Constitución de 1948.

Enfrascado en estas controversias jurídicas, el Gobierno detrajo tiempo y energías al acometimiento de medidas para corregir el desequilibrio de las finanzas públicas, lo que generó desconfianza en los mercados financieros, provocando a su vez el desplome de la lira y de la Bolsa, y el repliegue de los inversores extranjeros. Además, el desempleo experimentó un repunte, alcanzando la tasa del 12%. Las diligencias judiciales contra altos directivos de Fininvest sospechosos o acusados de corrupción, más la huelga general realizada por los sindicatos el 14 de octubre contra el liberalismo económico del Gobierno en general y contra la reforma estructural del sistema de pensiones en particular, se tradujeron en una substancial pérdida de votos para Forza Italia en las elecciones regionales y municipales del 21 de noviembre.

El nadir del caótico primer Gobierno Berlusconi llegó en plena resaca del batacazo electoral, el 22 de noviembre. Ese día, tras varias semanas de insistentes rumores que apuntaban a este desenlace, el primer ministro recibió un aviso de garantía o citación judicial para declarar en Milán como sospechoso de complicidad en un delito de corrupción a funcionario público, consistente en el pago por sus empresas de dos sobornos por valor de 330 millones de liras a miembros de la Guardia de Finanzas. Se trataba del mismo caso por el que su hermano ya estaba procesado. La mala noticia presentó visos de pública humillación, ya que la notificación judicial le llegó a Berlusconi justo cuando presidía en Nápoles una reunión de la ONU contra el crimen organizado.

Difícilmente podía hablarse de mera coincidencia, así que los partidarios del gobernante pusieron el grito en el cielo, denunciando una conspiración. El afectado salió inmediatamente al paso para defender su inocencia y la de la Paolo, presentar a este último, antes bien, como la "víctima de las extorsiones" de funcionarios corruptos, arremeter contra el "abuso e instrumentación infames de la justicia penal" y, sobre todo, subrayar que no pensaba dimitir. Fini respaldó a su socio, pero Bossi ya daba al Gobierno, que sólo tenía seis meses de vida, por amortizado.

En los días siguientes, Berlusconi intentó aflojar el dogal que le apuraba anunciando la "venta" de todas sus empresas ("el resultado de más de cuarenta años de trabajo", se lamentó) mediante su capitalización en bolsa y plegándose a la demanda de los sindicatos, que amenazaban con otra huelga general, del aplazamiento de la reforma de las pensiones por jubilación y su tratamiento presupuestario con cargo a una subida de los impuestos. El 11 de diciembre, tras jurar "sobre la cabeza de mis hijos" ser inocente y encajar la declaración por el Tribunal Constitucional de la inconstitucionalidad de la Ley Mammì de 1990, Berlusconi se sometió en la Audiencia de Milán a un interrogatorio en el que negó la existencia de cualquier documento o testimonio que pudiera incriminarle en delito alguno. En el Parlamento, la oposición cocinaba ya varias mociones de censura.

El golpe de gracia lo asestó el propio Bossi el 17 de diciembre con el anuncio de que la LN se disponía a presentar una moción de censura contra el Gobierno –insólita perspectiva- del que era miembro al alimón con el Partido Popular Italiano (PPI, principal formación surgida de las cenizas de la DC, de signo centrista). El líder padano justificó su decisión por el incumplimiento de los acuerdos poselectorales en materia de federalismo, pero su irritación tenía un componente de alarma bastante más corporativo, al comprobar cómo Forza Italia estaba robándole algunas decenas de diputados de su grupo, integrado por 116 miembros. Con todo, el grueso de la bancada liguista se mantenía fiel a su jefe, convirtiendo en poco menos que imposibles los desesperados intentos de Berlusconi de subsanar, estimulando el transfuguismo, la amplia minoría parlamentaria en que había quedado el oficialismo. El primer ministro se mostró dispuesto a someterse a una moción de confianza y, si la perdía, a continuar gobernando en minoría con el preceptivo consentimiento del presidente Scalfaro; fuera de eso, la única alternativa que contemplaba era el adelanto electoral.

El 22 de diciembre de 1994, anticipándose a la votación de tres mociones de censura y en lugar de presentar la moción de confianza, Berlusconi, "con gran decepción", dio por finiquitada la legislatura y horas más tarde, ya fuera del hemiciclo, notificó su dimisión. La sesión parlamentaria transcurrió sin la tensión de la víspera, cuando el dimisionario en ciernes se enzarzó en un virulento intercambio de reproches e insultos con el hombre, Bossi, que había sido su socio y que, una vez perdonada la presente "traición", iba a volver a serlo. En la misma jornada, seguramente la más negra hasta entonces en la carrera del empresario-político, Paolo Berlusconi fue condenado a siete años de cárcel y a 10 millones de liras de multa como culpable de un delito de violación de la ley de financiación de partidos, en relación con un pago realizado a la extinta DC a cambio de la adjudicación de obras en Lombardía.

La prematura caída, tan aparatosa como fulminante había sido el ascenso, en medio de una fenomenal bronca parlamentaria del Berlusconi gobernante supuso un mazazo a las esperanzas de normalización de la vida política italiana, tras tres años de convulsiones a la sombra de Tangentopoli y medio año después de la inauguración oficiosa de la denominada II República. El 13 de enero de 1995, Scalfaro, ignorando la solicitud del primer ministro en funciones de que le permitiera someter al Parlamento la investidura de un Gobierno "Berlusconi-bis" y, si no prosperaba aquella, que convocase elecciones, encargó al ministro Dini la formación de un gobierno técnico, sin base de partidos, experiencia sin precedentes en la Italia de la posguerra. El 17 de enero Dini tomó oficialmente el relevo al hasta ahora su jefe en el Consejo de Ministros.

En su efímero mandato, Berlusconi sostuvo reuniones bilaterales con el presidente estadounidense Bill Clinton (el 2 de junio en Roma), el canciller alemán Helmut Kohl (el 16 de junio en Bonn) y el presidente francés François Mitterrand (el 16 de diciembre en París); además, fue el anfitrión de la vigésima Cumbre del G-7, en Nápoles del 8 al 10 de julio, marco en el que departió con el presidente ruso Borís Yeltsin. Ahora bien, la participación del partido de Fini en el Gobierno y, en menor medida, el perfil empresarial de Berlusconi tuvieron un efecto en la política exterior de Italia que podía calificarse de enfriamiento de las relaciones con los socios y aliados más cercanos.


4. Travesía en la oposición y acoso judicial por casos de corrupción

Berlusconi, lejos de volver a ocuparse de sus negocios con carácter exclusivo, se quedó firmemente asentado en la política, acaudillando la principal fuerza parlamentaria y dispuesto a regresar al poder a la primera oportunidad electoral. Tal escenario se adelantó, incluso más de lo que le habría gustado, a la primavera de 1996, luego de retirar, en parte arrastrado por su aliado Fini, el apoyo parlamentario a Dini y verse obligado el primer ministro a presentar la dimisión en enero de ese año.

Hasta entonces, Berlusconi no dejó de ser noticia, más que por su actividad política, por sus líos con la justicia y sus tejemanejes empresariales. El 20 de mayo de 1995 la Fiscalía de Milán le acusó formalmente de cohecho y solicitó su procesamiento. Tal medida no se hizo esperar para Marcello Dell'Utri, presidente y consejero delegado de Publitalia, detenido bajo la acusación de orquestar una trama generadora de dinero negro. La espada de Damocles judicial no detuvo los negocios de Berlusconi, que a mediados de julio cerró la venta del 20% del capital de Mediaset a tres compradores extranjeros; entre ellos descollaba el magnate alemán de las comunicaciones Leo Kirch, un negociante al que conocía bien y con el que en 1999 iba a formar la sociedad paritaria Epsilon MediaGroup. En 1995 Fininvest fundó también Medusa Film para la producción y distribución de películas; en pocos años, la compañía iba a convertirse en el líder del sector en Italia.

Esta última operación fue facilitada por el resultado de los referendos del 11 de junio, en los que los italianos votaron mayoritariamente contra la propuesta de limitar a una las cadenas televisivas que podían poseer las empresas mediáticas y, sorprendentemente, contra la fijación de restricciones a las interrupciones publicitarias en la televisión. La consulta había sido impulsada por los partidos del centro-izquierda y estaba dirigida sin lugar a dudas contra Berlusconi, así que su resultado negativo no pudo menos que considerarse un triunfo clamoroso del líder de Forza Italia, quien llegó a temer seriamente por su imperio televisivo y que ahora respiró aliviado.

El 14 de octubre de 1995 Berlusconi se unió a su hermano Paolo en la condición de procesado por el soborno a la Guardia de Finanzas. En el sumario se enumeraban cuatro pagos ilegales efectuados entre 1989 y 1994 por un total de 380 millones de liras para evitar o suavizar inspecciones fiscales a Videotime, Mondadori, Telepiù y Mediolanum. El juicio comenzó en Milán el 17 de enero de 1996 y Berlusconi, siguiendo a pies juntillas la máxima de que la mejor defensa es un buen ataque, destinó su primera comparecencia ante el tribunal a fustigar ferozmente a los jueces de Manos Limpias. A principios de abril, en plena campaña electoral, Berlusconi vendió el 28% de la cuota de Fininvest en Mediaset a la financiera Morgan Stanley, al grupo inglés BZW del Barclays Bank y a la Abu Dhabi Investment State Authority.

Su victimismo frente a los jueces, la escenificación de una desconcentración de poder empresarial y las habituales advertencias contra el peligro "neocomunista" no le fueron suficientes a Berlusconi para batir al centro-izquierda en las elecciones legislativas del 21 de abril de 1996, en las que el Polo por las Libertades, integrado por Forza Italia, la AN, el CCD, los Cristianos Democráticos Unidos (CDU, una escisión del PPI liderada por Rocco Buttiglione) y la Lista Pannella-Sgarbi, pero no por la LN, que prefirió concurrir por separado, cayó a los 246 diputados con el 42,1% de los votos computados en el sistema proporcional. Forza Italia obtuvo 123 escaños y el 20,6% de los sufragios, un desgaste moderado que fue esgrimido por Berlusconi para denunciar su derribo parlamentario en 1994 como una maniobra atentatoria contra el respaldo en las urnas de ocho millones de italianos, aunque esta vez, en lugar de centrar sus críticas en Bossi, arremetió contra el PDS, a la sazón el primer partido del país desbancando a Forza Italia, y sus simpatizantes en la judicatura, la prensa y los cenáculos intelectuales.

El Gobierno quedó en manos de la nueva y más articulada coalición del centro-izquierda italiano, El Olivo, formado por el PDS de Massimo D’Alema, el PPI de Gerardo Bianco, la Unión Democrática (UD) de Antonio Maccanino, la Renovación Italiana (RI) de Dini y otras tres agrupaciones menores. Su cabeza electoral, el profesor de Economía católico Romano Prodi, formó el 18 de mayo un Gobierno que confiaba en convertir en absoluta su mayoría simple de 284 diputados merced a un pacto de legislatura con el Partido de la Refundación Comunista (PRC).

Convencido como estaba de que le habían desalojado del Ejecutivo con malas artes, como líder de la oposición a los gobiernos de El Olivo, Berlusconi, en adelante diputado por la tercera circunscripción del distrito de Lombardía 1 (correspondiente a Milán), exhibió una actitud intransigente y se aplicó en la labor de zapa, buscando sin desmayo la caída de sus adversarios y las elecciones anticipadas. Forza Italia, pese a sus compromisos iniciales, obstruyó sistemáticamente los debates parlamentarios sobre la reforma constitucional, que de haberse concretado habría supuesto la adopción de un tipo de Estado federal y habría introducido el semipresidencialismo en el sistema de gobierno. Los trabajos de la comisión bicameral ad hoc quedaron en punto muerto a mediados de 1999.

De todas maneras, el líder de Forza Italia no tuvo que esforzarse demasiado en su guerra de desgaste, ya que el centro-izquierda, pese a sus realizaciones en la gestión económica, se socavó a sí mismo, víctima de su excesiva fragmentación y de sus inconsistencias ideológicas: en octubre de 1998 Prodi hubo de dimitir por el desvalimiento del PRC y en abril de 2000 su sucesor, D’Alema, siguió sus pasos al hilo del revés sufrido por el Gobierno en las elecciones regionales. Estos comicios sonrieron, con avances significativos en el Mezzogiorno y el Lazio, a la nueva coalición montada en torno a Forza Italia y participada esta vez por la LN, la Casa de las Libertades. Las regionales de 2000, prolongando el ímpetu exhibido en las europeas de junio de 1999, cuando Forza Italia recobró la primacía nacional con el 25,2% de los sufragios, y anteriormente en las municipales de 1998, permitieron a Berlusconi afrontar con la mayor de las confianzas las elecciones generales de 2001.

Ante el referéndum de mayo de 2000 sobre la reforma de la ley electoral para sustituir el sistema instaurado en 1993, de tipo mixto, que reservaba una cuota proporcional del 25%, por otro de tipo completamente mayoritario, Berlusconi propugnó la abstención, pese a favorecer a su partido este cambio, guiado por el cálculo de que un fracaso de la consulta acarrearía un nuevo y tremendo desgaste al Gobierno del centro-izquierda, como así fue. Aun y todo, durante el Gobierno de D’Alema el líder opositor accedió a adoptar algunos pactos trasversales en el Parlamento, como el que en mayo de 1999 aupó a Carlo Azeglio Ciampi a la Presidencia de la República, reemplazando a un estadista, Scalfaro, que se incluía entre sus enemigos más preclaros.

Del 16 al 18 de abril de 1998 Forza Italia celebró en Milán su primer Congreso, que Berlusconi orientó al refuerzo de la alianza con Fini. No obstante, en los meses siguientes se especuló con que el magnate estaría planeando un giro al pragmatismo, aligerando la carga liberal, con el fin de otorgar a su partido la titularidad del centro político italiano, dejado huérfano por aquel partido poliédrico que había sido la DC, y cuyo inmenso hueco el PPI y Los Demócratas de Prodi, partidos de fuelle bastante limitado, no conseguían abarcar. Pero semejante estrategia plantearía serias dificultades con la muy derechista AN. Aquella expectativa no se concretó y Berlusconi se reafirmó en su liberalismo por encima de todo, liberalismo promercado y liberalismo individual, que presentaba como una ardiente defensa de la libertad, derecho natural e inalienable del hombre, en todas sus formas.

La relativa vaguedad, por mezcolanza, ideológica de Forza Italia, donde convivían en aparente armonía, sin los cauces de unas facciones que no existían y sometidos dócilmente al mando omnímodo del líder fundador –una maleabilidad que suscitó el remoquete ocasional del "partido de plástico"-, desde libertarios de derecha hasta progresistas sociales con un pie en la socialdemocracia, pasando por seguidores confesionales de la doctrina social de la Iglesia y laicos mayormente interesados en el progreso material privado, no facilitaba su ingreso en el Partido Popular Europeo (PPE), en el cual compartiría espacio con los principales partidos conservadores y cristianodemócratas del continente. Transcurridos cuatro años desde el comienzo de su aventura política, Forza Italia y su jefe seguían teniendo problemas para conquistar grandes simpatías fuera de Italia.

Sin embargo, Berlusconi ganó a dos importantes abogados para su causa, el presidente del Gobierno español José María Aznar y el canciller Kohl. En mayo de 1998 Forza Italia obtuvo la membresía en el PPE sin que su presidente, el ex primer ministro belga Wilfried Martens, planteara objeciones. En junio siguiente, el Grupo del PPE en el Parlamento Europeo aprobó la adhesión de los 22 diputados forzistas, entre ellos el propio Berlusconi, recién elegido, "a título individual". En octubre de 1999 Forza Italia entró oficialmente en el PPE como miembro pleno, sellando el éxito europeo de Berlusconi.

En los cinco años que duró su primera legislatura íntegramente en la oposición, la saga empresarial y judicial de Il Cavaliere añadió nuevos y voluminosos capítulos. El 30 de abril de 1996, pocos días después de perder su fundador y patrón de facto las elecciones generales, Mediaset firmó con la compañía British Telecom (BT) un acuerdo en virtud del cual el consorcio televisivo tomaba una participación del 30% en Albacom Industriale, la sociedad mixta para las comunicaciones por telefonía fija constituida por BT y la Banca Nazionale del Lavoro (BNL), y estas dos a su vez se hacían con el 2,4% del capital de Mediaset. Con esta última operación, la participación de Fininvest en Mediaset cayó por debajo del 70%. Pero la cuota se redujo mucho más, hasta el 36% al cabo de una década, como resultado de la salida a cotización en la Bolsa de Milán de Mediaset –junto con Mediolanum- en julio de 1996.

Ese año, Mediaset, BT y BNL se aliaron para competir por la adjudicación de la tercera licencia de telefonía móvil en Italia, luego de ver birlada en marzo de 1994 la segunda licencia el consorcio formado por Fininvest y la FIAT, Unitel, a manos de Omnitel, la operadora de Olivetti. Con la adición de la noruega Telenor y las italianas INA e Italgas, Mediaset, con una cuota del 25%, pasó a integrar la sociedad sexpartita Picienne Italia, que materializó su oferta de adquisición de la tercera operadora de telefonía móvil en abril de 1998. Se trataba de una apuesta complicada, ya que el Gobierno de Prodi, por razones políticas, difícilmente tomaría una decisión que permitiera a Fininvest dar un buen bocado en este sector tecnológico, ahora mismo el de más rápido crecimiento y el que más beneficios prometía. Sin sorpresas, la licencia fue para el consorcio Wind, integrado por Enel, Deutsche Telekom y France Telecom.

Tras este segundo asalto fallido a la telefonía celular, Fininvest acentuó la estrategia de concentrar sus intereses en los medios de comunicación y la industria del entretenimiento, y en las líneas de negocio que abrían las nuevas tecnologías de la información, como Internet. Así, se deshizo de los grandes almacenes Standa y, liquidando su presencia en el sector inmobiliario, de Edilnord. A cambio, el holding sacó al mercado el directorio Pagine Utili e incursionó en el subsector de la banca directa, del que se convirtió en pionero en Italia, con la apertura de Banca Mediolanum. Mediaset, ya en el año 2000, abrió la empresa de servicios digitales Mediadigit, convirtiéndola en la subsidiaria, una vez integrada en la gestora de contenidos televisivos Reteitalia-R.T.I., para los canales temáticos y de los servicios de teletexto e Internet.

En julio de 1996 Berlusconi dispuso una amplia remodelación en la cúpula de Fininvest destinada a dar más autonomía corporativa a Mediaset. Confalonieri cedió la presidencia del holding al abogado Aldo Bonomo para concentrarse en la presidencia del consorcio televisivo. El Consejo de Administración fue también ampliamente renovado, saliendo del mismo veteranos dirigentes como Adriano Galleani, Marcello Dell'Utri y Giancarlo Foscale, todos ellos con problemas judiciales. No así los hijos del fundador, Pier Silvio y Marina Berlusconi, quien de paso ascendió a vicepresidenta, lo que vino a reforzar el componente familiar del holding. La mudanza se hizo coincidir con la publicación del balance de resultados de 1995, consistente en un beneficio de 425.000 millones de liras frente a los 77.900 millones de pérdidas anotadas en 1994.

Hiperactivo y siempre en el candelero, Berlusconi, mientras se entregaba a la alta política y la alta empresa, aún sacaba de sí energías para disputar su particular carrera de obstáculos judicial, que no obstante ser en extremo accidentada fue capaz de sortear como el más ágil de los escurridizos: procesado, juzgado y condenado reiteradamente, Il Cavaliere no sólo no llegó a pasar un día en prisión, sino que en ningún momento pareció tomarse en serio la amenaza carcelaria.

El 12 de julio de 1996, mientras aguardaba sentencia en el juicio por el soborno a la Guardia de Finanzas, el ex primer ministro fue incriminado en el proceso All Iberian, una sociedad fantasma ubicada en paraísos fiscales y vagamente vinculada a Fininvest que en 1991, presuntamente, había girado ingresos por valor de 10.000 millones de liras al PSI, violando la ley de financiación de partidos. El 3 de diciembre de 1997 la Sección Sexta del Tribunal de Milán dictó en primera instancia contra el empresario una condena a 16 meses de prisión más una multa de 50 millones de liras por el delito de contabilidad fraudulenta en la compra en 1987 por Reteitalia-R.T.I. de la antigua distribuidora de cine Medusa. El condenado apeló. El 9 de mayo de 1998 le sobrevinieron sendos autos de procesamiento por dos casos de corrupción relacionados con la editorial Mondadori y la empresa de alimentación SME.

El 7 de julio de 1998 el juicio seguido en la Sección Séptima del Tribunal de Milán por el soborno a la Guardia de Finanzas concluyó con otra condena a dos años y nueve meses de reclusión. Por el contrario, su hermano Paolo fue absuelto. El reo reaccionó con la contundencia habitual: "Cuando se usa el arma de los procesos políticos para eliminar a la oposición democrática es que ya no se vive en una democracia, sino en un régimen", manifestó. Menos de una semana después, el 13 de julio, vino una tercera sentencia condenatoria, tras dos años de proceso, la del magistrado que juzgaba el caso All Iberian sobre la financiación ilegal del PSI: esta vez a Berlusconi le cayeron dos años y cuatro meses de prisión más una multa muy fuerte, de 10.000 millones de liras.

Ahora bien, Berlusconi no pisó la cárcel en ninguno de los casos al presentar los correspondientes recursos y quedar la ejecución de las sentencias en suspenso, dado que las penas de prisión eran inferiores a tres años. La condena en el caso All Iberian desembocó en octubre 1999 en una casación favorable a la apelación con sentencia de prescripción del delito juzgado. El 9 de febrero de 2000 el Tribunal de Apelación de Milán absolvió al reo del delito de fraude sentenciado en 1997 y el 9 de mayo hizo lo propio con la condena de 1998 por el caso de cohecho. El 19 de junio del mismo año, en su tercera victoria judicial en cuatro meses, Berlusconi quedó exonerado de la acusación de soborno a un magistrado con el objeto de obtener un arbitraje favorable a su propiedad sobre Mondadori en 1991; el juez instructor no vio indicios de delito.

Este carpetazo provisional –que no definitivo, ya que el caso conocido como Lodo Mondadori continuaría generando autos en los tribunales, hasta que en noviembre de 2001 la Corte Suprema de Casación dictó la absolución definitiva bajo la fórmula de delito prescrito- redujo a cuatro, siendo All Iberian 2 y SME los más procelosos, tras haber tenido hasta una decena, los litigios judiciales abiertos a Berlusconi en Italia por presunta corrupción. Todos los demás se cerraron, bien por prescripción del delito, bien por valoración más benigna en segunda instancia de las pruebas acusatorias. Las tácticas dilatorias de Berlusconi y sus abogados, centradas en el recurso sistemático, habían funcionado hasta ahora muy bien, e iban a seguir haciéndolo.

Fuera del país, el 21 de junio de 2000 el juez español Baltasar Garzón, el mismo que había reclamado al Reino Unido la extradición del ex dictador chileno Augusto Pinochet, solicitó al Parlamento Europeo el levantamiento de la inmunidad de Berlusconi, y de paso la de Dell'Utri. Garzón quería procesarles por unos delitos de falsedad documental y fraude fiscal, cometidos presuntamente entre 1990 y 1993, para ocultar la participación de Fininvest en el accionariado de la empresa española Gestevisión-Telecinco, de la que Berlusconi era entonces vicepresidente, por encima del límite del 25% que establecía la legislación española. El líder italiano encontró otro motivo para trasladar sus tribulaciones judiciales al terreno del complot político, ejecutado supuestamente por unos jueces que obrarían por inquina personal o por connivencia con las fuerzas de la izquierda.


5. Gran victoria sobre el centro-izquierda y retorno al poder en 2001

La conciencia por El Olivo y los Demócratas de Izquierda (DS, denominación del PDS desde febrero de 1998) de las excelentes perspectivas en las próximas elecciones generales de la renovada coalición de Berlusconi, la Casa de las Libertades, resucitó un proyecto de ley sobre la vigilancia del conflicto de intereses que en su versión debatida en 1998, menos severa, había quedado empantanada en el Parlamento. El 27 de febrero de 2001, rigiendo el Gobierno de centro-izquierda presidido por el socialista independiente Giuliano Amato, el Senado aprobó un texto que prohibía de forma taxativa a cualquier miembro del Gobierno el ejercicio de actividades empresariales de relevancia y al primer ministro en particular la posesión de un patrimonio superior a los 15.000 millones de liras.

La ley estaba dirigida, obviamente, contra Berlusconi, quien, pese a que el texto no iba a tener tiempo de entrar en vigor antes de las elecciones, se apresuró a anunciar la venta de sus propiedades y participaciones empresariales antes de poder hacerse con un mandato ejecutivo. El debate sobre la cuestión subió de grado cuando prestigiosas cabeceras de la prensa económica occidental, como The Economist, The Herald Tribune y el Financial Times, opinaron sobre la "anomalía" italiana, que permitía a la principal fortuna privada del país llegar al Gobierno, y valoraron como doblemente "inadecuada" la candidatura del magnate por el alto riesgo de colisión de intereses y por sus cuentas pendientes con la justicia, con dos procesos penales abiertos.

Berlusconi habló de ceder todas las acciones que le quedaban en Mediaset, en una sociedad que se crearía a tal efecto, a sus cinco hijos y a un grupo de empresarios encabezados por el magnate australiano-estadounidense de prensa y televisión Rupert Murdoch, pero sólo después de ganar las elecciones, a menos que se detectara una caída en las encuestas de intención de voto ligada a este punto. El equipo del candidato reconocía la dificultad que suponía compatibilizar su doble perfil para el hombre que la revista Forbes situaba, con un patrimonio cuantificado ya en los 10.300 millones de dólares, en el vigesimonoveno puesto de su lista mundial de multimillonarios; en la misma, el italiano aparecía como el octavo hombre más rico de Europa y el primero de su país.

Buena parte la campaña electoral de 2001 pivotó sobre este controvertido tema, la misma legitimidad, que no la legalidad, de la aspiración de Berlusconi a presidir el Consejo de Ministros. Pero, pese al casi unánime desamor internacional, llegando a insinuar los socios comunitarios que someterían a observación democrática un eventual ejecutivo de la Casa de las Libertades (aunque sin llegar a adoptar medidas, como recientemente había sucedido con Austria por la coalición entre popular cristianos y liberales de extrema derecha, más que nada porque Italia era uno de los países grandes y fundadores de la Comunidad), y pese a las advertencias del candidato de El Olivo, el ex alcalde romano Francesco Rutelli, contra "una concentración de poder sin igual en una democracia europea", Berlusconi proyectó en todo momento una sensación de ganador.

Por otro lado, el escándalo generado por la emisión el 14 de marzo por la RAI de un programa en el que el periodista Marco Travaglio, autor junto al diputado del DS Elio Veltri del libro L'odore dei soldi, acusaba a Berlusconi y a Dell'Utri de haber aceptado de la Mafia en la década de los setenta ingentes sumas de dinero negro para ser reciclado en negocios legales y de paso engrasar los proyectos empresariales del primero, no dañó las perspectivas electorales del jefe opositor. Luego, una vez retornado al Palacio Chigi, Berlusconi no se iba a olvidar de ajustar cuentas con Travaglio y su editor, Editori Riuniti, a los que añadió a su lista de demandados por injurias y calumnias, emprendiendo contra ellos una acción civil con reclamación de 50 millones de euros.

Como en las anteriores convocatorias electorales, el líder de Forza Italia articuló un discurso rudo, tendente a dramatizar la lid en las urnas como si el país estuviera en una encrucijada histórica, a saber, o la plenitud de libertades que ellos garantizaban y o el Estado fiscalizador y abusivo que El Olivo supuestamente auspiciaba. Berlusconi aseguró haber recibido amenazas de muerte y evocó un supuesto plan de atentado contra su vida "organizado en el extranjero". Todo un ambiente hostil y conspirativo que ligó a "la ola de odio desencadenada por la izquierda".

La Casa de las Libertades de 2001 era una coalición virtualmente idéntica al Polo por las Libertades de 1996, sólo que más amplia. Los socios de Forza Italia eran la AN de Fini, la LN de Bossi, el CCD de Casini, los CDU de Rocco Buttiglione, el viejo PRI, mantenido a flote por Francesco Nucara, y un grupúsculo socialista de reciente fundación llamado Nuevo PSI, cuyo conductor era el craxiano ex ministro de Exteriores Gianni De Michelis. El socio más perturbador era el reintegrado Bossi, que se había descolgado con manifestaciones de solidaridad con el dirigente populista de derechas y xenófobo austríaco Jörg Haider, y aventado opiniones embarazosas sobre la inmigración, para la que pidió una "tolerancia cero", o los homosexuales, a los que equiparó con los pederastas.

Aunque había sido el causante de su derribo del poder en 1994, Berlusconi hizo borrón y cuenta nueva con el apologista de la Padania, la ficticia entidad territorial del norte de Italia, y volvió a aceptarlo en el mismo proyecto junto con Fini. Las visiones de liguistas y aliancistas de la ordenación territorial de Italia seguían siendo antitéticas, pero sus respectivos graneros de votos, el norte y el sur respectivamente, constituían un formidable valor electoral.

Aun arrancando reprobaciones dentro de la Casa de las Libertades, Berlusconi no tuvo reparos en pactar unos acuerdos circunscritos a Sicilia con la pequeña formación fascista Llama Tricolor. Antes de los comicios, uno de los que abandonaron la nave fue el ex presidente de la República Francesco Cossiga, personalidad intrigante que, pese a su nula proyección partidista, se las había arreglado para sostener el segundo gobierno de D’Alema con componendas parlamentarias. El programa de Berlusconi, empero, presentó una traza más consistente que el del debut de 1994. El mismo hacía hincapié en las recetas del liberalismo económico y en una profunda reforma autonómica para ganar el voto del rico y poblado norte, sociológicamente -algunos bastiones de la izquierda aparte- escorado al centroderecha. En materia fiscal, capítulo obviamente prioritario para un político con mentalidad empresarial, el líder opositor defendió reducciones de hasta un 33% en los distintos tramos del impuesto sobre la renta, exenciones totales para las rentas más bajas y la desaparición de algunos tributos, como los impuestos de sucesiones y donaciones.

Tan masivo era el recorte de impuestos propuesto que Berlusconi, en una salida heterodoxa, sugirió la necesidad de aumentar el déficit público, lo que chocaba con el espíritu y la letra del Pacto de Estabilidad y Crecimiento (PEC) de la UE. Significativamente, quienes habían hecho los deberes, con políticas de austeridad, para meter a Italia en la tercera etapa de la Unión Económica y Monetaria en 1999 fueron, no el centro-derecha, sino los gobiernos de Dini, Prodi y D'Alema. En cuanto a la reforma del Estado, la Casa de las Libertades apostaba por una drástica disminución de la burocracia administrativa e institucional, una mayor presencia de las nuevas tecnologías en la gestión pública, la elegibilidad del presidente de la República por sufragio directo y la transferencia a las regiones de competencias sobre educación, salud y orden público.

En lo referente a las jubilaciones, caballo de batalla de las movilizaciones sindicales de 1994 contra su primer Gobierno, Berlusconi bosquejó sin más precisiones una elevación de las pensiones mínimas. Temas como la inmigración, la protección medioambiental o la política europea quedaron relegados en la presentación de propuestas. El capítulo laboral sí mereció una mayor extensión, con una apuesta exclusiva por la empresa privada como generadora de empleo. Al Estado le correspondería incentivar la contratación de trabajadores combinando descargas fiscales a las empresas familiares, ayudas directas a los patronos y una mayor flexibilidad legal con la entrada en vigor de nuevos tipos de contratos. Como escenificación de estos compromisos, Berlusconi presentó y firmó en la televisión un "Contrato con los italianos" que de alguna manera ligaba su suerte política al cumplimiento del grueso de los puntos arriba citados. Seguro como estaba de su victoria, prometió sacar adelante una "revolución" en la estructura del Estado y hacer de su Gobierno "una máquina eficiente" durante los cinco años de una legislatura que, estaba convencido, iba a poder agotar sin crisis ni convulsiones. De ser así, Berlusconi protagonizaría un registro inédito en la historia reciente de Italia.

En plena campaña, el 26 de abril, el candidato se topó con un reportaje de The Economist con el demoledor título en portada, sobre su foto, de Why Silvio Berlusconi is unfit to lead Italy, donde se le pintaba como un gobernante no apto por sus conflictos de intereses, su control televisivo "al 90%", sus sombras de corrupción y sus maniobras para zafarse de la justicia penal. El agraviado demandó a la publicación (llamada por él The Ecommunist) por difamación, dando lugar a un largo proceso en el Tribunal de Milán que en septiembre de 2008 iba a terminar con una sentencia favorable al medio británico y la condena al querellante a pagar las costas legales, que ascendían a 25.000 euros.

Si bien los gobiernos de Prodi y D’Alema habían dejado un panorama económico positivo y El Olivo, con Rutelli al timón, había escorado su discurso al centrismo y la moderación en todos los aspectos, la imagen de un centro-izquierda poco estructurado y rehén de los pequeños partidos que tenían la llave de la mayoría parlamentaria, más las habilidades mediáticas de Berlusconi, jugaron en favor de un vuelco político espectacular en la jornada electoral del 13 de mayo de 2001.

La Casa de las Libertades ganó la mayoría absoluta en las dos cámaras del Parlamento, que en el caso de Cámara de los Diputados se tradujo en los siguientes resultados: la coalición de siete partidos obtuvo 368 escaños frente a los 241 sumados por las cuatro listas agrupadas en el nuevo Olivo (las del DS, La Margarita, el Girasol y el Partido de los Comunistas Italianos, PDCI), y el 49,6% de los votos computados por el sistema proporcional. El centro-derecha subía en escaños, pero exclusivamente gracias al brío de Forza Italia, que con el 29,4% de los sufragios rozó su marca histórica de las europeas de 1994 y emuló el nivel de primacía de la DC en vísperas de su disolución, y cuyos 193 diputados suponían una ganancia de 70 con respecto a 1996. AN, LN y CCD-CDU se resintieron con respecto a 1996, siendo el más perjudicado el partido de Bossi.

El centro-izquierda se tomó como una revancha la segunda vuelta de las municipales, el 27 de mayo, cuando ganó las alcaldías de Roma, Turín y Nápoles. Este éxito, que sólo reflejaba la flexibilidad del voto de los italianos en función del tipo de consulta, fue esgrimido por Rutelli y Walter Veltroni, secretario nacional de los DS y ahora alcalde electo de Roma, como la prueba de que la Casa de las Libertades no gozaba de la hegemonía política y de que su ventaja nacional era puramente coyuntural.

El 10 de junio de 2001 Berlusconi ultimó su equipo gubernamental y al día siguiente prestó juramento como presidente del 57º Gobierno republicano desde 1946. De los 23 puestos, Forza Italia se quedó con nueve –inclusive los sensibles ministerios de Interior, para Claudio Scajola, Defensa, para Antonio Martino, y Economía y Finanzas, para Giulio Tremonti-, AN con cinco, la LN con tres, el CCD con uno y los CDU con uno también. Personalidades técnicas e independientes tomaron cinco carteras, incluida la de Exteriores, para Renato Ruggiero, ex director general de la Organización Mundial de Comercio (OMC).

Las presencias, por vez primera, de Fini y Bossi en el Consejo, el primero como vicepresidente del mismo y el segundo como ministro para la Reforma Institucional y la Devolución, oficina hecha a medida que debía involucrar al líder liguista en la ampliación del techo competencial de las regiones y hacerle olvidar sus agitaciones secesionistas, conferían un sabor intensamente político a este Gobierno Berlusconi II, al tiempo que suponían una reafirmación desafiante de cara al exterior. El fidelísimo Gianni Letta retornó a la Subsecretaría de Estado adjunta a la Presidencia del Consejo. El 20 de junio el Gabinete recibió la confianza del Senado por 175 votos contra 133 y al día siguiente la Cámara de Diputados emitió el mismo aval por 351 votos contra 261. En el discurso de investidura, el nuevamente presidente del Consejo se comprometió a solucionar definitivamente las incompatibilidades entre sus negocios privados y sus responsabilidades estatales en los primeros cien días de mandato.


6. Un dinamismo legislador de signo tendencioso

Berlusconi disponía de la mayoría absoluta, pero en un país como Italia, donde los gobiernos cortos y las coaliciones tan complicadas como inestables eran prácticamente la norma, tal base parlamentaria no constituía en modo alguno una garantía de durabilidad. Sin embargo, el líder de Forza Italia, esta vez sí, iba a ser capaz de agotar su mandato sirviendo una legislatura íntegra de cinco años, registro que desde la época de Alcide De Gasperi medio siglo atrás nadie había conseguido igualar. Transcurrido el quinquenio, podía hablarse de hazaña, aunque el hábil equilibrismo de Berlusconi fue de lo más accidentado y, en líneas generales, dejó un poso de decepción y desencanto.

La por muchos anhelada y por otros tantos temida revolución berlusconiana, con su cohorte de promesas reformistas de fuerte sabor liberal, quedó rápidamente en entredicho por la lentitud y la cicatería, si no la parálisis, en la aplicación de los cambios. Los obstáculos eran tanto ajenos, fundamentalmente la oposición de los sindicatos, como propios, al volver a robar tiempo y energías la atención de los diversos frentes judiciales y el problema de la doble esfera de intereses de la primera fortuna del país, que no terminaba de zanjarse. Luego de la temprana aprobación, dando cumplimiento a un punto del programa electoral, de la supresión de los impuestos de sucesiones y donaciones, el Parlamento centró su atención legislativa en la situación financiera y judicial del primer ministro. La bajada del impuesto sobre la renta y el aumento de las pensiones mínimas quedaron aplazados ante el agrandamiento del déficit público; mientras, la economía se deterioraba a marchas forzadas: 2001 cerró con un 1,8% de crecimiento, casi la mitad del registrado en 2000, pero las previsiones para 2002 situaban la tasa por debajo del 1%.

La oposición denunció como oportunistas y hechos a la medida de Berlusconi y Fininvest, amén de provocar escándalo en medios jurídicos, dos proyectos de ley aprobados por las cámaras del Parlamento entre agosto y octubre de 2001; el uno, sobre la despenalización parcial del delito de falsificación de balances de sociedades; el otro, sobre el endurecimiento, con efecto retroactivo, de las condiciones para que un juez pudiera emitir una rogatoria internacional de documentos bancarios en el curso de una investigación o proceso por presunta corrupción.

En agosto de 2002 Berlusconi obtuvo del Senado la aprobación de otra ley sospechosamente favorecedora: en adelante, los encausados por la justicia iban a poder reclamar el cambio de tribunal si albergaban la "legítima sospecha" de que los magistrados adscritos a sus casos eran parciales y actuaban con prevaricación. El primer ministro se felicitó por un proyecto de ley que garantizaba el derecho de los ciudadanos "a tener un juez justo e imparcial". Los abogados de Berlusconi se apresuraron a invocar la nueva ley para deshacerse de los magistrados milaneses que llevaban el caso SME, pero en enero de 2003 la Corte Suprema de Casación rechazó su petición de trasladar el proceso a Brescia. Furioso, su cliente se dirigió a la televisión para denunciar su condición de víctima de una "increíble persecución judicial". La guerra entre Berlusconi y la judicatura era ya total, y en el mes de mayo, luego de caerle a Cesare Previti una condena a once años dentro del caso SME, el primer ministro se descolgó en la RAI 2 con unas durísimas declaraciones en las que entre otras cosas se refirió a la "politización" de los jueces como "un cáncer que hay que extirpar".

El 18 de junio de 2003 el gobernante obtuvo la luz verde parlamentaria para una cuarta norma, el llamado laudo Schifani, a la que sólo le faltaba referirse en su articulado expresamente al ciudadano Berlusconi, tan evidente en sus propósitos resultaba: en lo sucesivo, los presidentes de la República, el Consejo de Ministros, la Cámara de Diputados, el Senado y el Tribunal Constitucional, es decir, las cinco máximas magistraturas del Estado, no podrían ser procesados por la justicia en el ejercicio de sus cargos.

La oposición denunció que Berlusconi únicamente buscaba blindarse, ganando tiempo hasta la prescripción de los delitos imputados, contra la apertura de juicios y eventualmente la imposición de condenas en los tres procesos que en ese momento tenía abiertos, a saber: All Iberian 2 (sumario desgajado de All Iberian 1, por falseamiento de cuentas y ocultación de fondos), SME (soborno a jueces) y Fininvest (contabilidad falsa). Otro proceso que venía coleando desde tiempo atrás, el sustentado en la acusación de haber pagado en 1992 10.000 millones de liras en dinero negro al Torino por el traspaso al AC Milan del jugador Gianluigi Lentini –cantidad añadida a los 18.000 millones de liras hechos constar en el contrato oficial, que en su momento convirtió a Lentini en el futbolista más caro de la historia-, ya había concluido en noviembre de 2002 con la familiar sentencia absolutoria por prescripción de los hechos imputados.

Sin embargo, el 13 de enero de 2004, el Tribunal Constitucional, concitando la cólera en las filas forzistas, falló a favor de los recursos de inconstitucionalidad presentados por varios partidos de izquierda e invalidó el laudo Schifani con el argumento de que la concesión de inmunidad a las más altas personas del Estado vulneraba el artículo de la Carta Magna que consagraba la igualdad jurídica de todos los ciudadanos. La sentencia del Constitucional supuso la reanudación del juicio milanés contra Berlusconi en el caso SME, al que el laudo Schifani había dejado en suspenso.

La Fiscalía reclamó para el acusado ocho años de cárcel e inhabilitación a perpetuidad para el ejercicio de cargos públicos por haber sobornado a jueces para que emitieran autos favorables a sus intereses corporativos. Pero en diciembre de 2004, la Sección Primera del Tribunal de Milán aceptó una serie de "atenuantes genéricos" aplicables a los ciudadanos "sin antecedentes penales" para considerar prescrito al cabo de siete años y medio –y no 15, como marcaba el Código- un soborno a un juez romano cometido en 1991. Berlusconi quedó exonerado en este caso, pese a reconocer el juez que el empresario había cometido el delito imputado. En otra sentencia pareja, la del caso principal del presunto soborno a magistrados para que invalidaran la privatización de SME en favor de Carlo di Benedetti, Il Cavaliere sí fue plenamente absuelto: la Fiscalía no pudo demostrar este acto de corrupción a funcionarios judiciales.

A continuación, el senador Dell'Utri fue hallado culpable por un tribunal siciliano de un delito de colaboración externa con asociación mafiosa y condenado a nueve años de prisión. A toda prisa, su jefe político y amigo presentó al Parlamento por la vía urgentísima un proyecto de ley que reducía sustancialmente los plazos de prescripción de los delitos de tipo económico. Con este instrumento, Berlusconi esperaba resguardar a sus colaboradores Previti y Dell’Utri de la cárcel, que, en efecto, entre las ayudas políticas de su protector y las apelaciones de sus abogados para ganar tiempo hasta las prescripciones salvadoras, se la ahorraron.

Otra densa polvareda levantó la aprobación en diciembre de 2003 de un proyecto de ley que permitía a los grupos mediáticos poseer hasta un 20% de cuota de mercado con la suma de sus diversos productos sectoriales –televisión, radio, prensa escrita, libros, música y publicidad-, sentaba las bases para la introducción de la televisión digital terrestre, en la que obligatoriamente tendrían que emitir todas las cadenas nacionales para 2006, y abría las puertas también a la privatización gradual de la RAI.

La negativa del presidente Ciampi, sensible a las presiones de los sectores políticos y culturales que advertían contra un beneficio artero de Mediaset, a firmar la nueva Ley de Televisiones, o Ley Gasparri (por el ministro aliancista de Comunicaciones, Maurizio Gasparri), porque propiciaba "posiciones dominantes" en el mercado de la publicidad televisiva y contradecía diversas sentencias constitucionales sobre la defensa del pluralismo informativo, obligó al Gobierno a modificar el texto previamente a su promulgación. Berlusconi no tuvo ambages en reconocer que perseguía una base legal para salvar a una de sus televisiones, Rete 4, de la decisión del Tribunal Constitucional de obligarla a emitir desde el 1 de enero de 2004 vía satélite en lugar de en abierto de forma analógica, lo que sin duda acarrearía a la cadena una fuerte pérdida de audiencia y de ingresos publicitarios, con el consiguiente riesgo de quiebra.

En cuanto a la regulación del régimen de incompatibilidades del primer ministro, una vez descartadas las opciones de vender sus participaciones empresariales y de nombrar un fideicomiso o gestora formado por administradores desconocidos por el propietario (una figura conocida como blind trust), el Consejo de Ministros trabajó inicialmente sobre la vieja idea de crear un órgano independiente de tres miembros con la misión de vigilar que las decisiones del Gobierno no favorecieran los intereses empresariales de sus miembros. Al final, el oficialismo se decantó por una solución más sencilla, pero mucho más controvertida: una ley que, simplemente, no consideraba incompatible con el ejercicio del gobierno la "mera propiedad de empresas" (a través de cuotas de capital societario y paquetes de acciones, en realidad, las verdaderas palancas del poder corporativo), sino la titularidad en ellas de cargos administrativos u honoríficos, cuya privación, en teoría, impedía la ejecución de decisiones.

Para no infringir la ley, Berlusconi tan sólo tenía que hacer una renuncia: a la presidencia del A. C. Milan; los demás cargos directivos de Fininvest ya los había repartido entre sus hijos –ahora mismo, Pier Silvio era vicepresidente de Mediaset y presidente de R.T.I., mientras que Marina, considerada la principal heredera del imperio empresarial, era vicepresidenta del holding-, amigos, abogados y otras personas de confianza. La norma fue aprobada en primera versión por la Cámara de Diputados el 28 de febrero de 2002 con el boicot airado de los partidos del centro-izquierda, pero luego se pasó más de dos años rebotando entre la Cámara baja y el Senado, controlado igualmente por la Casa de la Libertades, con el pretexto de determinados ajustes técnicos que era necesario incorporar.

El 13 de julio de 2004 los diputados de la Casa de las Libertades emitieron la aprobación definitiva y el 28 de diciembre de ese año, en vísperas de la entrada en vigor de la ley, Berlusconi puso término a 18 años de presidencia del club de fútbol, momento en el cual pudo alardear de un palmarés de lujo que incluía siete títulos nacionales de Liga, una copa de Italia, cinco supercopas de Italia, cuatro campeonatos de Europa y otras tantas supercopas de Europa. El 16 de diciembre de 2004 el presidente Ciampi volvió a vetar un proyecto de ley del oficialismo, mandándolo de vuelta al Parlamento para que fuera debatido de nuevo y corregido. Se trataba de una reforma judicial que al jefe del Estado la pareció contraria al principio constitucional de la independencia de los poderes porque imponía restricciones a la autoridad del Consejo Superior de la Magistratura en la selección de los jueces y pretendía poner a los fiscales bajo el control de facto del Ministerio de Justicia.

Raro era el proyecto de ley del Gobierno que no generaba una efervescencia de opiniones contrapuestas y bronca política. El 4 de junio de 2002, luego de declarar el Gobierno el estado de emergencia ante el desembarco de cientos de refugiados kurdos en Sicilia y de reclamar su presidente una "acción inmediata y coordinada a escala europea" contra los flujos migratorios descontrolados porque de lo contrario "la llegada masiva de clandestinos nos echará de nuestro país", la Cámara de Diputados aprobó una ley que restringía el derecho de asilo, penalizaba la inmigración ilegal y endurecía las condiciones de estancia de los extranjeros ya regularizados. Conocida como Ley Bossi-Fini, en honor a sus dos principales promotores, la norma satisfizo particularmente al líder liguista, que había llegado a reclamar la intervención de la Armada para abordar los barcos llenos de inmigrantes ilegales en altar mar y, una vez desalojados del pasaje, mandarlos a pique a cañonazos. El centro-izquierda pintó la nueva norma de "xenófoba" y de "manifiesto del nuevo racismo y el odio social".

Mientras demoraba la bajada del impuesto sobre la renta, el Gobierno celebró como un gran éxito la nueva ley de amnistía fiscal, que consiguió repatriar decenas de miles de millones de euros en capitales exportados ilegalmente previo pago por los infractores de un impuesto-multa del 2,5%. Pero si había un punto de su programa que Berlusconi no estaba dispuesto a sacrificar –ya había claudicado en este mismo terreno en 1994- era la reforma del sistema de pensiones, que consideraba crucial para asegurar la sostenibilidad de la seguridad social italiana a un plazo no remoto en un país cuya población envejecía con celeridad. El proyecto de ley del Gobierno contemplaba el retraso de la edad de jubilación de los 57 a los 60 años (61 para los autónomos) con un mínimo de 35 años cotizados, a partir del 1 de enero de 2008.

Las principales centrales sindicales del país, la CGIL (comunista) de Sergio Cofferati, la CISL (católica) de Savino Pezzotta y la UIL (socialista) de Luigi Angeletti, se opusieron enérgicamente a la reforma de las pensiones y la primera, además, a la suspensión del artículo 18 del Estatuto de los Trabajadores que protegía contra el despido libre, medida encaminada a flexibilizar el mercado laboral y que precipitó la convocatoria por los de Cofferati de una manifestación multitudinaria en Roma el 23 de marzo de 2002. Este acto de masas de la CGIL fue la antesala de, nada menos, seis huelgas generales contra los recortes sociales del Gobierno y su negativa a reactivar una economía desfalleciente con masivas inyecciones de dinero público; estas olas huelguísticas en cadena tuvieron lugar en abril de 2002, octubre de 2002, octubre de 2003, marzo de 2004, noviembre de 2004 y noviembre de 2005.

Pero Berlusconi no dio su brazo a torcer: la reforma del mercado de trabajo salió adelante en febrero de 2003 con la promulgación de la llamada Ley Biagi (por su autor intelectual, el profesor Marco Biagi, asesor del Ministerio de Trabajo y bárbaramente asesinado en Bolonia el 19 de marzo de 2002 a manos de las Nuevas Brigadas Rojas), mientras que la reforma de las jubilaciones pasó el trámite parlamentario en julio de 2004.


7. Los retos de la guerra de Irak y la Constitución Europea

La movilización social contra el segundo Gobierno Berlusconi abrió otro frente a principios de 2003 como expresión del rechazo de la mayoría de la población italiana a la invasión de Irak planificada y ejecutada por Estados Unidos y el Reino Unido. El primer ministro ya había ordenado la participación de las Fuerzas Armadas, con una dotación inicial de 2.700 soldados, en la operación militar global Libertad Duradera del lado de Estados Unidos tras los ataques terroristas del 11 de septiembre de 2001 cometidos por Al Qaeda. En estos momentos, Italia tenía desplegado en Afganistán un importante contingente, repartido entre la Fuerza Internacional de Asistencia para la Seguridad (ISAF), bajo el mando estratégico de la OTAN (y cuyo mando táctico temporal el país europeo poseyó entre agosto de 2005 y mayo de 2006, con el general Mauro Del Vecchio al frente), y el dispositivo de combate antitalibán, colocado bajo el paraguas de Libertad Duradera propiamente dicho, que seguía órdenes directas del alto mando de Estados Unidos.

Ahora, en enero de 2003, Berlusconi creyó ineludible prolongar la lealtad al aliado estadounidense respaldando sus planes bélicos para derrocar al régimen de Saddam Hussein por su presunta tenencia de armas de destrucción masiva prohibidas por la ONU y por su presunta conchabanza terrorista con Al Qaeda. La guerra de Irak era "legítima", así que firmó gustoso el manifiesto Europa y América deben permanecer unidas, en el que ocho gobernantes europeos expresaban su respaldo a las intenciones invasoras de la Administración de George Bush, y de paso daban réplica a la postura contraria a la guerra adoptada por el presidente francés Chirac y el canciller alemán Gerhard Schröder.

Pero, al mismo tiempo, en un reflejo de sus pulsiones populistas, Berlusconi intentó escurrir el bulto, enviando señales difusas, cuando se requería de Roma un pronunciamiento nítido sobre su grado de compromiso con el esfuerzo bélico en ciernes. Así, Italia permitió a Estados Unidos utilizar sus bases en su territorio y su espacio aéreo, pero estas facilidades no pudieron emplearse para lanzar "ataques directos". Italia estaba en la "coalición de los que quieren" (término acuñado por el Departamento de Estado) liderada por Washington, pero se trataba de un país "no beligerante". Berlusconi, además, calificó de "nefasta" una invasión de Irak que no contara con el aval expreso del Consejo de Seguridad de la ONU, lo que efectivamente no se produjo, y se desmarcó de la actitud porfiada y militante adoptada por dirigentes proestadounidenses como el británico Tony Blair (copartícipe en la invasión), el español Aznar o el australiano John Howard.

Satisfecho con un encaje de bolillos diplomático en el que, supuestamente, había quedado bien al mismo tiempo con Estados Unidos, la OTAN, la ONU y los socios europeos, y de paso salvado la cara ante la movilizada opinión pública nacional, el primer ministro presumió de haber hecho "una obra maestra (capolavoro) diplomática". Luego, con el país árabe ya ocupado por las fuerzas de invasión anglo-estadounidenses y por una autoridad provisional civil nombrada por Washington, Roma accedió a despachar un contingente que terminó alcanzando los 3.200 hombres. El Ejército italiano activó la operación, bautizada como Antica Babilonia, el 15 de julio de 2003. Dentro de la conocida como Fuerza Multinacional, las tropas italianas de la Brigada Garibaldi se encuadraron en la División Multinacional Sur-Este, puesta bajo mando británico, y se hicieron cargo de la provincia sureña de Dhi Qar con cuartel general en Nasiriyah, un área con mayoría de población shií y al principio considerada bastante segura.

Sin embargo, los riesgos de la misión militar en el país árabe no tardaron en ponerse dramáticamente de manifiesto, en medio de un aumento imparable de la violencia insurgente y terrorista, con el atentado suicida con camión bomba perpetrado el 12 de noviembre por islamistas próximos a Al Qaeda contra el cuartel de los Carabineros en Nasiriyah, que mató a 17 uniformados y dos civiles italianos además de a nueve irakíes. El brutal ataque reavivó la impopularidad de la cuestión irakí en la conmocionada sociedad italiana y puso en una situación muy complicada a Berlusconi, quien en su urgente comparecencia ante el Parlamento se esforzó, a la vez que manifestaba su dolor por las víctimas del acto terrorista, en justificar la presencia de personal italiano en el convulso Irak, cuya misión allí era fundamentalmente "humanitaria". "Ninguna intimidación nos apartará de nuestra voluntad de ayudar", afirmó el primer ministro.

Las presiones al Gobierno para que replanteara la misión en Irak o incluso la cancelara, imitando la repatriación de tropas ordenada por el nuevo Gobierno socialista español de José Luis Rodríguez Zapatero, registraron nuevos ímpetus a lo largo de 2004, al ritmo de episodios perturbadores como la revuelta de abril y mayo de los shiíes fieles al clérigo radical Muqtada as-Sadr, que atacaron directamente a los italianos en Nasiriyah, los cuales respondieron y les infligieron varias bajas, y los angustiosos secuestros de súbditos civiles, algunos de los cuales tuvieron final trágico (los asesinatos del periodista Enzo Baldoni y del guardaespaldas Fabrizio Quattrocchi) y otros terminaron con una feliz liberación (los casos de las cooperantes Simona Pari y Simona Torretta, y de la periodista Giuliana Sgrena).

Durante casi dos años, Berlusconi se mantuvo firme en Irak. El 15 de marzo de 2005, seguramente pensando ya en las elecciones generales de 2006, el dirigente dio la campanada al anunciar en un programa de la RAI que los efectivos de Antica Babilonia comenzarían a regresar a casa en septiembre y que el ritmo de ese repliegue "progresivo" dependería de la capacidad del Gobierno Interino irakí, sobre el papel soberano ya, "para dotarse de estructuras de seguridad aceptables", luego por el momento la misión no tenía fecha de caducidad. Pero dos días más tarde, el primer ministro negó haber dicho nada de retirar tropas, y achacó esa interpretación a "una manipulación de la izquierda" y a "un producto de la desinformación de unos medios de comunicación sin ninguna honestidad intelectual". Ya había hablado con Bush sobre el particular y la "sintonía" con los aliados debía ponerse fuera de toda duda.

Sin embargo, en los meses siguientes, abonando el escepticismo de la oposición y la confusión de todo el mundo, la idea del repliegue fue sacada a colación de nuevo por miembros del Gobierno y por el propio Berlusconi, que plantearon fechas contradictorias. Los observadores detectaron en este galimatías, además del cálculo electoral, las presiones de la Administración Bush y el enfriamiento de las relaciones entre Washington y Roma, en primer lugar por la muerte en marzo de 2005 del agente de inteligencia italiano Nicola Calipari a manos de soldados estadounidenses cuando escoltaba a la periodista Sgrena justo después de rescatarla de sus captores, y luego por los arrestos ordenados por un tribunal italiano contra 13 miembros de la CIA acusados de haber secuestrado a un imán egipcio en Italia para enviarlo posteriormente a Egipto, donde fue torturado.

El 9 de julio de 2005, desde Gleneagles, Escocia, donde acababa de asistir a la cumbre anual del G8, Berlusconi confirmó que los soldados serían repatriados gradualmente a partir de septiembre del año en curso con la partida de un primer grupo de 300 hombres. El proceso comenzó en realidad en agosto. Finalmente, el 19 de enero de 2006, tras tener que lamentar la pérdida de 34 soldados en Irak, el Ministerio de Defensa detalló los plazos de una retirada "gradual y concordada" que debía quedar completada a finales de año.

Al margen de la crisis irakí, que puso sobre el tapete las tendencias tornadizas del Gobierno italiano, Berlusconi vio limitadas sus posibilidades de lucirse en la política exterior y de vencer las desconfianzas que seguía suscitando en varias capitales europeas por culpa de un reguero de errores de bulto, desaciertos técnicos, salidas de tono y expresiones de ambigüedad, causados por él mismo o por sus ministros y socios políticos. Su primer protagonismo internacional tras asumir el poder en 2001, la conducción de la Cumbre del G8 en Génova del 20 al 22 de julio, se vio empañado por los graves disturbios provocados por 200.000 manifestantes antiglobalización y las acusaciones de brutalidad policial en la represión de los alborotadores. En las violentas refriegas se produjeron cientos de heridos y detenidos, así como un muerto, un activista abatido por los Carabineros.

Luego, a finales de septiembre, en plena vorágine internacional por los atentados islamistas del 11-S y desde Berlín, donde acababa de entrevistarse con Schröder y con el presidente ruso, Vladímir Putin, Berlusconi realizó unas rotundas declaraciones en torno a la "superioridad" y la "supremacía" de la civilización occidental sobre la islámica. "No podemos poner en el mismo plano a todas las civilizaciones (…) Occidente seguirá occidentalizando e imponiéndose a los pueblos. Ya lo ha conseguido con el mundo comunista y con una parte del mundo islámico", fueron otras de las frases del primer ministro. El estupor en la UE fue mayúsculo y el enojo de los países aludidos todavía mayor, viéndose obligado el gobernante a pedir disculpas "a mis amigos árabes y musulmanes", y a expresar su "profundo respeto" a la "gran religión" que era el Islam.

El malestar en las capitales comunitarias se hizo más patente en noviembre, cuando Berlusconi puso objeciones a la adopción de la orden europea de detención y entrega por su aplicabilidad a los delitos de corrupción y fraude. Roma amenazó con bloquear el acuerdo en el Consejo Europeo en Laeken-Bruselas, pero el 12 de diciembre, dos días antes de la cita, dio marcha atrás en virtud de un compromiso con la Presidencia belga del Consejo, según el cual Italia obtenía una moratoria en la aplicación de la euroorden mientras acometía una reforma constitucional para acomodarla a su sistema judicial.

Poco después, el 5 de enero de 2002, el ministro de Exteriores, Ruggiero, como reacción al rosario de comentarios desdeñosos u hostiles a la puesta en circulación del euro aventados por Bossi y sus colegas del Gabinete Tremonti y Martino, presentó la dimisión y abrió la primera crisis del Berlusconi II. El presidente del Consejo se apresuró a cerrar la brecha asumiendo él mismo la cartera de Exteriores (que portó hasta el 14 de noviembre, cuando nombró como titular de la misma al forzista Franco Frattini, hasta entonces ministro de la Función Pública) y recalcando el carácter "intrínsecamente" europeísta de su ejecutivo y su país.

Berlusconi necesitaba urgentemente un éxito de política exterior y este le llegó el 28 de mayo de 2002 con la firma en Pratica di Mare, Roma, en el marco de una cumbre del Consejo Atlántico, de la Declaración sobre el nuevo Consejo de Cooperación OTAN-Rusia. La diplomacia italiana se apuntó un tanto y Berlusconi se ganó un buen amigo, el presidente Putin, con quien iba a mantener una serie de raras complicidades.

La línea fuertemente proestadounidense del gobernante italiano se puso de relieve este año, a caballo entre las implicaciones en las operaciones Libertad Duradera y Libertad Irakí, con el apoyo al controvertido proyecto de defensa antimisiles de la Administración Bush y la disposición –al igual que Blair y Aznar- a someterse a la exigencia de Washington de firmar un acuerdo bilateral que garantizase la inmunidad de los soldados estadounidenses en suelo italiano frente a la jurisdicción de la Corte Penal Internacional (CPI, cuyo Estatuto había sido rubricado en 1998 precisamente en Roma), aun a riesgo de romper el consenso de la UE en el ámbito de la Política Exterior y de Seguridad Común (PESC). Finalmente, el Consejo de la UE llegó a una posición común que permitía estos acuerdos bilaterales, pero con condiciones.

A Berlusconi le llegó su gran hora europea con motivo de la Presidencia italiana del Consejo de la UE en la segunda mitad de 2003, mientras su anterior adversario en la política nacional, Prodi, presidía la Comisión Europea. El semestre revestía la máxima importancia porque en él los líderes comunitarios debían aprobar el texto definitivo del Tratado de la Constitución Europea, elaborado por la Convención Europea desde febrero de 2002 y cuyo propósito principal era adecuar las instituciones a una Unión de 27 o más miembros.

El 2 de julio Berlusconi debutó en la Presidencia semestral del Consejo de la UE de una manera desafortunada. Durante la presentación de su programa ante el pleno del Parlamento de Estrasburgo, el diputado socialista alemán Martin Schulz intervino para, con vehementes maneras, poner en solfa el europeísmo de los miembros del Gobierno italiano en el pilar de la cooperación judicial y policial, y arremeter contra la "anomalía italiana" y "el virus del conflicto de intereses y el peligro de que se extienda como un cáncer en Europa". En su réplica, Berlusconi, con tono burlón, le dijo al alemán de una tacada: "Señor Schulz: conozco en Italia a un productor que está haciendo una película sobre los campos de concentración nazis. Le voy a sugerir que le contrate porque estaría perfecto en el papel de kapo". El comentario airó al grupo socialista, que exigió una retractación. Berlusconi intentó restar importancia a sus palabras, que situó en clave de "ironía", pero se negó a disculparse ante Schulz, a menos que este le pidiera disculpas a él toda vez que le había "ofendido gravemente en el plano personal".

El 18 de julio, resonando aún los ecos de esta trifulca, el presidente de la Convención, el ex presidente francés Valéry Giscard d’Estaing, entregó a Berlusconi en Roma el borrador final del Tratado Constitucional. La intención era que tras el preceptivo escrutinio del texto por la Conferencia Intergubernamental (CIG), y hechas las últimas modificaciones, presumiblemente cosméticas, el mismo fuera aprobado por el Consejo Europeo en diciembre y firmado hacia mayo de 2004, coincidiendo con el ingreso en la UE de diez nuevos estados y a tiempo para las elecciones de junio al Parlamento Europeo.

La CIG recibió el banderazo de salida en el Consejo Europeo celebrado en Roma el 4 de octubre y Berlusconi, que en septiembre volvió a meterse en terreno pantanoso retratando a Mussolini como un dictador benévolo que "no mataba a sus enemigos, como hacían los nazis y los comunistas", se mostró confiado en que todos los gobiernos terminarían aceptando el nuevo sistema de voto para la toma de decisiones no unánimes en el Consejo, el cual descansaba en una doble mayoría (de estados, el 50% al menos, y de población, representando al menos el 60% de los habitantes de la Unión) y que en 2009 debía sustituir al sistema de voto ponderado instaurado por el Tratado de Niza de 2000. Él mismo estaba conforme con la nueva modalidad de mayoría cualificada, pero no así Aznar, quien venía siendo su gran aliado europeo, ni el Gobierno polaco, los cuales se aprestaron a plantear batalla en la convicción de que sus países salían perdiendo con la reforma.

Así, las actitudes del presidente español, que exigía la elevación de los umbrales de la doble mayoría, y, sobre todo, del primer ministro polaco, Leszek Miller, aferrado empecinada y solitariamente al sistema de Niza, abocaron al fracaso el Consejo Europeo de Bruselas del 12 y el 13 de diciembre, en el que Berlusconi había esperado obtener su mayor éxito de política exterior. Según diversos medios de comunicación, el primer ministro intentó desesperadamente armonizar las posturas de Aznar, Miller, Chirac y Schröder (los dos últimos, firmes defensores del procedimiento de voto fijado por la Convención y la CIG) planteándoles de manera informal hasta cuatro fórmulas alternativas de consenso, pero no lo consiguió. En realidad, Berlusconi limitó sus propuestas de compromiso a los encuentros bilaterales fuera de mesa y no planteó ninguna alternativa en el Consejo propiamente dicho.

Las tácticas negociadoras de la Presidencia italiana fueron puestas en entredicho y Berlusconi recibió su tercera ola de críticas europeas en menos de medio año: la segunda la había encajado cinco semanas atrás, durante la duodécima cumbre Rusia-UE, celebrada el 6 de noviembre en Roma con la participación de Putin y Prodi, cuando rompió la posición europea entonando una apasionada defensa de la política rusa en Chechenia y calificando de "leyendas" las violaciones de los Derechos Humanos cometidas por el Ejército ruso en esa república. Tras el fiasco de Bruselas, en febrero de 2004, Berlusconi canalizó su frustración criticando abiertamente, tachándola de "chapuza", una cumbre tripartita de Chirac, Schröder y Blair dedicada a estudiar fórmulas para reactivar el crecimiento y analizar la situación en que quedaba el proceso constituyente europeo.

El cambio de Gobierno en España y la claudicación de Polonia permitieron a los Veinticinco aprobar el Tratado Constitucional el 18 de junio de 2004 en Bruselas. La firma solemne del texto tuvo lugar el 29 de octubre siguiente, durante la Presidencia neerlandesa y en el marco de una Cumbre especial, en Roma. La elección de la capital italiana obtuvo la confirmación de Zapatero, quien renunció a que fuera Madrid, como había pedido el Parlamento Europeo, la ciudad que acogiera el magno evento, a modo de homenaje a las víctimas de la masacre terrorista del 11 de marzo. Precisamente, en aquella ocasión, Berlusconi había aceptado sin pestañear la falsa teoría, esgrimida por el Gobierno de Aznar, de que los atentados los había cometido la banda vasca ETA y no la nebulosa de Al Qaeda; además, poco después, en abril, Fini, entonces ya ministro de Exteriores, había presentado la retirada española de Irak como "la mayor victoria del terrorismo internacional desde el 11-S".


8. Barullo permanente en la Casa de las Libertades

El segundo Gobierno de Berlusconi experimentó una erosión constante que tuvo su reflejo en las elecciones administrativas y regionales de mayo y junio de 2003, las europeas de junio 2004, que depararon a Forza Italia un fuerte retroceso, y las administrativas y regionales de abril de 2005, que fueron ganadas con claridad por las reorganizadas huestes del centro-izquierda, las cuales, bajo el liderazgo de Prodi –retornado a la política doméstica tras la conclusión de su mandato en la Comisión Europea-, avanzaban en su amalgama orgánica bajo los paraguas de la Federación del Olivo y La Unión.

A su guerra personal con los jueces (retratados por él, en septiembre de 2003, como unos "perturbados mentales antropológicamente diferentes del resto de la raza humana"), la aprobación de leyes a la medida de sus intereses judiciales y corporativos, la contestación sindical a las reformas de las pensiones y el mercado laboral, el mal rumbo de la economía y la impopularidad de la ocupación de Irak se les sumó como factor de desgaste del primer ministro el batiburrillo de querellas entre los partidos de la coalición y la locuacidad desmedida de sus capitanes y ministros, todo lo cual se tradujo en sonadas dimisiones.

En julio de 2002, luego del portazo de Ruggiero en Exteriores, el ministro del Interior, Scajola, hubo de dimitir por haber llamado "tocapelotas" (rompicoglioni) al asesinado asesor del Ministerio de Trabajo, Biagi, que en vida había protestado porque el Gobierno le negaba una escolta policial. Berlusconi relevó a Scajola por otro peso pesado de su partido, Giuseppe Pisanu, antiguo democristiano. A los pocos días, Berlusconi desveló su ambición de convertirse en el primer presidente de la República elegido por sufragio universal. Confiaba en que la mudanza pudiera tener lugar en 2006, cuando expiraba el mandato de Ciampi, en virtud de una reforma constitucional que implantaría un sistema presidencialista al estilo francés. El presidente del Consejo se quejaba de que por ahora era "sólo un coordinador", y que con mayores poderes y competencias "todo sería más fácil".

En julio de 2003 Berlusconi se las apañó, aplicando sus dotes conciliatorias, para reconducir una doble crisis desatada en la Casa de las Libertades por la decisión del ministro liguista de Justicia, Roberto Castelli, de bloquear una investigación judicial a Mediaset, lo que soliviantó a la Unión de Cristianos Demócratas y de Centro (UDC, fruto de la fusión de CCD y CDU en diciembre de 2002), y por la dotación de más atribuciones a Fini en el seno del Gabinete, donde pasó a supervisar las políticas social y económica. La promoción del aliancista disparó las suspicacias de Bossi y los democristianos: el primero temía una mayor ralentización de la reforma federalista del Estado, mientras que los segundos aventaron similares inquietudes en relación con las reformas económicas.

Entre diciembre de 2003 y enero de 2004, a renglón seguido del desastroso colofón de la presidencia semestral de la UE y en pleno escándalo por la bancarrota con fraude financiero del gigante de la alimentación Parmalat, el primer ministro dejó atónito al país con su literal desaparición de la escena pública, consejos de ministros y recepciones oficiales incluidos, durante un mes. Tras múltiples especulaciones, el médico personal del gobernante salió a revelar que este se había sometido en París a una operación de estiramiento facial en los párpados y alrededor de los ojos. La prensa italiana añadió que Berlusconi se estaba recuperando de la cirugía estética y de una cura para perder peso en su villa privada de Cerdeña, todo lo cual –salvo la intervención en los párpados- fue luego confirmado por el interesado.

El 22 de enero de 2004, un sonriente y más delgado Berlusconi reapareció en Roma luciendo el resultado de su lifting rejuvenecedor, a tiempo para presentar al Senado su plan de reforma constitucional. Entre otros cambios, el oficialismo pretendía: dotar de plenos poderes ejecutivos al presidente del Consejo, que pasaría a llamarse oficialmente primer ministro, y adquiriría las atribuciones de nombrar y cesar a los ministros sin el aval parlamentario y de anticipar las elecciones generales mediante la disolución de la Cámara de Diputados; convertir al presidente de la República en una figura estrictamente representativa del Estado y simbólica, despojándole de la facultad de vetar leyes que le parecieran sospechosas de inconstitucionalidad; restringir la capacidad de la Cámara baja de derribar al Gobierno con una moción de censura, que tendría que suponer la investidura automática de un primer ministro alternativo; convertir al Senado en una cámara de representación territorial, bajo la denominación de Cámara de las Regiones; y transferir a las regiones plenas competencias en sanidad, organización escolar, policía local y, en principio, cualquier materia no reservada expresamente a la Administración central.

Mientras el Senado debatía este ambicioso paquete de reformas constitucionales, que distaba de estar bien perfilado porque a aliancistas y democristianos no terminaba de gustarles la idea de podar las ramas del árbol del Estado, Berlusconi y sus lugartenientes continuaron generando polémicas en cascada.

En febrero de 2004, el primer ministro, a modo de disculpa ante los ciudadanos por tener en el congelador la bajada del impuesto sobre la renta con el pretexto de la persistente anemia económica –en 2003 el crecimiento había sido cero, debilidad que apuntaba a un verdadero declive estructural más allá de una mera crisis coyuntural-, dijo comprender a quienes evadían los impuestos altos, lo cual era "moralmente justo" y hasta formaba parte del "derecho natural". El 3 de julio de 2004, a rebufo de los malos resultados de Forza Italia en las europeas, Berlusconi hubo de sacrificar al ministro de Economía y Finanzas, el muy liberal Tremonti, para aplacar a Fini, que había amenazado con sacar a su partido del Gobierno si no se le permitía participar en la elaboración de los presupuestos de austeridad en una situación de aumento del déficit público, y también al secretario de la UDC, Marco Follini. Como había sucedido con Ruggiero en 2002, Berlusconi asumió la cartera del dimisionario, aunque esta vez sólo por unos días, hasta el nombramiento de 16 de julio del técnico Domenico Siniscalco, director general del Tesoro.

La partida de Tremonti, sin embargo, no zanjó las tensiones en la Casa de las Libertades, ya que el achicamiento electoral de Forza Italia continuó dando alas a la confrontación de unos socios con enfoques divergentes: el federalismo y el liberalismo económico de la Liga, por un lado, y las resistencias descentralizadoras y la antipatía por las rebajas fiscales y los recortes sociales de la AN y la UDC, por el otro, todos los cuales lanzaron sus órdagos conjurando el fantasma de la ruptura de la coalición si el presidente del Consejo no se plegaba a sus exigencias.

El 19 de julio, Bossi, recuperado ya de un derrame cerebral, cesó como ministro de la Reforma Institucional para sentarse en el Parlamento Europeo; la cartera pasó a manos de Roberto Calderoli y la Liga se mantuvo en el Gobierno. Diez días más tarde, Berlusconi ganó con holgura una moción de confianza parlamentaria y acto seguido sacó adelante en la Cámara la reforma de las pensiones. El líder de Forza Italia se las arregló para mantener a flote el Gobierno.

La habilidad de Berlusconi como apagafuegos en la Casa de las Libertades salió a relucir por enésima vez en noviembre de 2004, cuando Fini, a cambio de aceptar la "antisocial" bajada de la presión fiscal como resultado del proyecto de reforma del impuesto sobre la renta, vio reforzada su posición en el Gabinete con la adición de la cartera de Exteriores. Además, Berlusconi mató dos pájaros de un tiro, ya que el titular saliente, Frattini, marchó a la Comisión Europea para sustituir como comisario de Justicia, Libertad y Seguridad en el nuevo colegio de José Manuel Durão Barroso a Buttiglione, el ultracatólico presidente de la UDC, cuya candidatura al cargo había sido vetada por el Parlamento Europeo tras realizar unas declaraciones sobre el carácter pecaminoso de la homosexualidad y otras de tipo sexista ofensivas para la mujer. Y en diciembre, los descontentadizos democristianos fueron retenidos en el redil con los nombramientos de Marco Follini como vicepresidente del Gobierno y de Mario Baccini como ministro de la Función Pública.

En 2005, otra oleada de turbulencias zarandeó a la coalición en el poder. Primero, la aprobación en marzo por el Senado de la reforma constitucional de signo federalista y, luego, el resultado negativo de los referendos en Francia y Holanda para la ratificación del Tratado de la Constitución Europea envalentonaron a la Liga, cuyo número dos, Maroni, ministro de Trabajo y Bienestar Social, reclamó a las claras que Italia considerase salirse del euro y volver a la lira. El planteamiento del partido de Bossi fue calificado de "propuesta exorbitante" y "estupidez" por el entonces presidente de turno del Consejo de la UE, el luxemburgués Jean-Claude Juncker, y, sir salir de casa, de "locura", "acto suicida" y "película de horror" por Pier Ferdinando Casini, uno de los dirigentes de la UDC y el presidente de la Cámara de Diputados.

El varapalo sufrido por la Casa de las Libertades en las elecciones regionales, provinciales y municipales del 3 y el 4 de abril, más claro en el centro y el sur del país, donde la reforma federalista era notoriamente impopular, provocó la más grave tormenta en la alianza liderada por Berlusconi, quien se las vio y se las deseó para evitar el naufragio de su Ejecutivo y la convocatoria de elecciones anticipadas. Entretanto, Italia entraba temporalmente en recesión al registrar dos trimestres consecutivos de crecimiento negativo y se alejaba del PEC con una deuda pública del 106% y un déficit presupuestario del 4%, lo que motivó la apertura por Bruselas de un expediente a Italia.

El colapso del Gobierno pareció inminente el 15 de abril cuando la UDC anunció su salida del mismo porque Berlusconi se resistía a renovarlo con la entrada de caras nuevas. Follini y su grupo forzaron la crisis gubernamental, pero garantizaron su permanencia en la Casa de las Libertades. En consecuencia, el 20 de abril, Berlusconi, aunque de mala gana y presionado por Bossi para que no hiciera a la AN y la UDC demasiadas concesiones en su exigencia de "discontinuidad" en el programa del próximo ejecutivo, activó el mecanismo institucional de la dimisión para poder recibir del presidente Ciampi, dos días después, el encargo de formar un nuevo Gabinete cuatripartito, que estuvo listo el día 23. Para decepción de aliancistas y democristianos, el Silvio bis presentaba pocas novedades, siendo la única reseñable el regreso de Tremonti en calidad de vicepresidente del Consejo, sustituyendo a Follini. El 27 de abril la Cámara de Diputados otorgó su confianza al tercer Gabinete de Berlusconi desde 1994.

En junio de 2005, en vísperas de la abolición oficial en Italia del servicio militar obligatorio, Berlusconi intentó recobrar la iniciativa política lanzando su proyecto de formar un gran partido que aglutinara a todo el centro-derecho italiano, aunque semejante transformación no parecía estar al alcance antes de las elecciones generales de abril de 2006. Después, en septiembre, Berlusconi, en lo que fue ardientemente secundado por la UDC, manifestó su intención de modificar sin dilación la ley electoral para abandonar el sistema mixto con un 75% de componente mayoritario, tradicional estandarte de Forza Italia ("nuestra religión", había llegado a llamarlo el empresario), y volver al sistema proporcional de la antigua partitocrazia, pero introduciendo bonificaciones a las mayorías y distintas barreras con un porcentaje mínimo de votos para obtener acceso a cada cámara, simplemente porque ahora esta regla del juego convenía a los intereses la Casa de las Libertades, a remolque del centro-izquierda de Prodi en los sondeos preelectorales.

La oportunista reversión de una modalidad electoral que había sido refrendada por los italianos 1993 y había regido las votaciones generales de 1994, 1996 y 2001 fue adoptada por la Cámara el 13 de octubre, al poco de producirse la dimisión de Siniscalco en Economía (la cartera retornó a Tremonti) y de salir absuelto Berlusconi del delito de falsificación de balances, de Fininvest, en el juicio por el caso All Iberian 2: la Sección Segunda del Tribunal de Milán estimó que el hecho juzgado ya no era punible en virtud de la ley de despenalización parcial del delito de falsificación de balances de sociedades, hecha aprobar por el Gobierno del propio acusado en 2001.

Tras dar luz verde a la reforma del sistema electoral, que el ministro Calderoli, su principal redactor, no iba a tener reparos en calificar de "cerdada" (porcata), la Cámara baja aprobó asimismo y de manera definitiva la reforma constitucional, cuya entrada en vigor, sin embargo, precisaba el visto bueno de un referéndum vinculante para el que no había fecha; además, La Unión de Prodi ya había advertido que si llegaba al Gobierno, tal consulta no tendría lugar.

Dicho sea de paso, este mismo mes, octubre de 2005, conoció el ascenso de Marina Berlusconi a la presidencia de Fininvest, vacante por la muerte de Aldo Bonomo el mes anterior. Desde principios de 2003, Marina ostentaba también la presidencia de Mondadori, en la que sucedió igualmente a un titular fallecido, en este caso Leonardo Mondadori, sobrino y heredero de Arnoldo, el fundador de la saga editorial.


9. Ajustada derrota frente a Prodi en 2006 y tercer plácet en las urnas en 2008

(Epígrafe en preparación)


10. Criminalización de la inmigración clandestina y relaciones untuosas con Gaddafi

(Epígrafe en preparación)


11. Los escándalos sexuales de Il Cavaliere

(Epígrafe en preparación)


12. El caos se instala en la política italiana: fundación del PdL, defección de Fini y precariedad gubernamental

(Epígrafe en preparación)


13. Italia La gran crisis de la deuda de 2011: el huracán financiero que tumbó a Berlusconi

(Epígrafe en preparación)

(Cobertura informativa hasta 1/12/2011)