Jóhanna Sigurdardóttir

© Unión Europea (2010)

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Actualización: 5 diciembre 2017

Islandia

Primera ministra (2009-2013)

  • Mandato: 1 febrero 2009 - 23 mayo 2013
  • Nacimiento: 4 octubre 1942
  • Partido político: Alianza Socialdemócrata (SF)
  • Profesión: Azafata de vuelo
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Presentación

La dimisión en pleno en enero de 2009 del Gobierno de Islandia, arrastrado por el estrepitoso colapso de la banca privada nacional en octubre de 2008, proyectó al cargo de primer ministro a una mujer, Jóhanna Sigurdardóttir, miembro de la Alianza Socialdemócrata y hasta entonces responsable de Asuntos Sociales en el Gabinete que encabezaba el conservador Geir Haarde. Coaligada con el Movimiento de Izquierda-Verde, esta veterana diputada y servidora gubernamental dirige ahora un Ejecutivo de transición preelectoral que intentará restaurar la confianza en el país más castigado por el tsunami financiero global, y que aborda el ingreso de la súbitamente arruinada Islandia en la Unión Europea por la vía rápida. Emparejada legalmente con otra mujer, Jóhanna se ha convertido en el primer gobernante del mundo que reconoce abiertamente su condición homosexual.

(Texto actualizado hasta enero 2009)

Biografía

1. Trayectoria parlamentaria y ministerial
2. Una jefa de Gobierno de izquierda para un país en bancarrota


1. Trayectoria parlamentaria y ministerial

En 1962, tras diplomarse por la Escuela de Comercio de Islandia, entró a trabajar como azafata de vuelo en la compañía Loftleidir, aerolínea privada que en 1973 iba a fusionarse con su rival Flugfélag para formar la actual Icelandair. En 1971 se despidió de esta ocupación y contrató con una firma de embalaje de mercancías de Reykjavík, para la que laboró desde un puesto administrativo de despacho. Paralelamente a su ejercicio profesional, estuvo activa en el movimiento sindical y asociativo de su primer ramo comercial, adquiriendo presencia en los órganos directivos de los gremios de tripulaciones de vuelo y de ex azafatas. En 1970 contrajo matrimonio con Thorvaldur Steinar Jóhannesson, con el que tuvo dos hijos.

La militancia sindical fue la plataforma de Jóhanna para hacer el salto a la política representativa en las filas del Partido Socialdemócrata (Althyduflokkurinn, AF), formación que desde la proclamación de la República independiente en 1944 a partir de la unión con Dinamarca había presidido el Gobierno en dos ocasiones, en 1947-1949 y en 1958-1959, ocupando en el sistema parlamentario islandés un lugar zaguero tras los predominantes Partido de la Independencia (SSF), de derecha liberal, y Partido Progresista (FSF), agrario-liberal.

La antigua azafata se presentó en las listas socialdemócratas para los comicios del 25 junio de 1978 al Althing o Parlamento, donde ganó un escaño por la capital al tiempo que su partido experimentaba una fuerte subida electoral, que le permitió gobernar coaligado al FSF y su rival de la izquierda, la socialista Alianza Popular (AB), con el dirigente de los progresistas, Ólafur Jóhannesson, de primer ministro. En octubre de 1979 el líder del AF, Benedikt Gröndal, se convirtió en jefe de un ejecutivo monocolor de minoría que sólo duró unos meses. Jóhanna se apuntó la primera de ocho reelecciones consecutivas en las elecciones anticipadas del 2 de diciembre de 1979

La secuencia continuó con las votaciones de 1983, 1987, 1991, 1995, 1999, 2003 y 2007, cubriendo tres décadas de sólida trayectoria política. Vicepresidenta del Althing en dos ocasiones, en 1984 ascendió también a vicepresidenta del partido coincidiendo con la asunción del liderazgo por Jón Baldvin Hannibalsson. Tres años después, el 8 de julio de 1987, como resultado de las elecciones celebradas el 25 de abril, los socialdemócratas regresaron al Ejecutivo en gran coalición con los dos partidos mayoritarios y Jóhanna debutó en las tareas gubernamentales como ministra de Asuntos Sociales, acompañada por Hannibalsson en el Ministerio de Finanzas y supeditada al primer ministro del SSF, Thorsteinn Pálsson.

Jóhanna se mantuvo en el cargo hasta el 24 de junio de 1994, al cabo de un septenio en el que renovó tres veces: en septiembre de 1988, cuando Steingrímur Hermannsson, del FSF, rehizo el Gabinete con la salida de los derechistas y la entrada de los aliancistas populares; en septiembre de 1989, cuando Hermannsson alineó un segundo gobierno con la adición del pequeño Partido de los Ciudadanos; y en abril de 1991, cuando el nuevo jefe del independentismo, Davíd Oddsson, constituyó un gobierno con la sola compañía del AF.

La baja gubernamental de Jóhanna en 1994 fue una dimisión: derrotada el año anterior por Hannibalsson en una elección interna que salió a disputarle, abandonó el AF y junto con disidentes de la AB puso en marcha el Thjódvaki, un partido de corte popular e izquierdista que fuera de Islandia recibió las denominaciones, indistintamente, de Movimiento Nacional y Despertar de la Nación. La ministra acompañó su portazo a los socialdemócratas con un exclamación, "¡mi hora llegará!", que entonces fue considerada altanera pero que década y media después iba a ser muy evocada por profética.

El Movimiento Nacional obtuvo en su debut electoral, las parlamentarias del 8 de abril de 1995, unos resultados discretos, el 7,2% de los votos y cuatro escaños, incluido el de su presidenta, si bien no dejaron de tener algún mérito toda vez que el voto de la izquierda era disputado por un elenco de formaciones competidoras. El espíritu de convergencia se impuso y a las votaciones del 8 de mayo de 1999 el Thjódvaki se presentó formando una lista conjunta, la Alianza Socialdemócrata (Samfylkingin, SF), con el AF, la AB y la Alianza de Mujeres, esto es, la izquierda islandesa al completo.

El veredicto de las urnas fue bastante insatisfactorio para la SF, ya que su 26,8% de los sufragios y sus 17 escaños estaban lejos siquiera de igualar los resultados sacados por los cuatro socios por separado cuatro años atrás. Culpable de esta parquedad fue el Movimiento de Izquierda-Verde (VG), una opción de fuertes convicciones socialistas, ecologistas y feministas que había articulado un puñado de diputados contrarios a la prevista fusión de los partidos integrantes de la SF, el cual arrebató a ésta seis escaños. Por lo demás, los independentistas preservaron su primacía electoral, invicta desde la independencia, y Oddsson pudo seguir gobernando en coalición con los progresistas, pese al retroceso experimentado por éstos, que vieron arrebatada la condición de segundón parlamentario por los aliancistas. La experiencia reafirmó a Jóhanna, a Sighvatur Björgvinsson, líder del AF, y a Margrét Frímannsdóttir, jefa de la AB, en su intención de convertir la Samfylkingin en un partido propiamente dicho, cosa que tuvo lugar en mayo de 2000, con la última dirigente citada de presidenta.

La vida de la política islandesa experimentó en lo personal un importante acontecimiento en 2002 con la formalización de su relación sentimental con Jónína Leósdóttir, una dramaturga y periodista 12 años más joven con la que venía conviviendo tras divorciarse de su marido Thorvaldur. La pareja se inscribió en el registro de uniones de hecho, disponible en la nación escandinava desde 1996, y Jóhanna se convirtió en la madre adoptiva del hijo biológico de su compañera, que era el fruto de su propio matrimonio heterosexual, terminado en divorcio también. La ya sexagenaria diputada opositora, aun muy discreta en todo lo relacionado con su vida privada, no ocultó al público su bisexualidad o su lesbianismo, una orientación, por lo demás, recibida sin controversia por una ciudadanía que veía las ya numerosas uniones civiles homosexuales, de hombres y de mujeres, con total normalidad. Se trataba de una política popular, bien conocida por su defensa de la familia y de los grupos sociales vulnerables, y su emparejamiento lésbico, al parecer, no influyó gran cosa en esta estimación.

Tras las elecciones del 10 de mayo de 2003, que no alteraron el equilibrio de fuerzas parlamentario ni la composición del Gobierno de centro-derecha pese al sensible avance de los socialdemócratas, Jóhanna regresó a la Mesa del Althing como vicepresidenta de la Cámara. En los cuatro año siguientes, continuó realizando una labor destacada en la oposición parlamentaria a los gobiernos de los primeros ministros Oddsson, Halldór Ásgrímsson, progresista, y Geir Hilmar Haarde, independentista de nuevo.

En las elecciones del 12 de mayo de 2007 la SF experimentó un retroceso, al 26,8% de los votos y los 18 escaños, a la vez que el VG registró una fuerte subida. La campaña giró en torno a los principales temas de debate por la opinión pública en aquel momento, como los proyectos de construcción de nuevas fundiciones de aluminio por la multinacional Alcoa y de un vasto complejo hidroeléctrico en la zona de Kárahnjúkar para suministrar energía a dichas plantas siderúrgicas, polémicos ambos por sus posibles daños al entorno natural, así como la participación de la diminuta Unidad de Respuesta Anticrisis (único cuerpo de carácter militar en un país, no obstante pertenecer a la OTAN, carente de Ejército permanente) en la fuerza internacional para la seguridad de Afganistán.

Los resultados electorales fueron interpretados como un avance en este pequeño Estado insular nórdico, con algo más de 300.000 habitantes, de las consideraciones conservacionistas frente a las prioridades desarrollistas y empresariales, al cabo de un dilatado período de prosperidad y bonanza económica, que había situado a Islandia a la cabeza mundial en cuanto a desarrollo humano y calidad de vida. El rico país había diversificado su producción económica, que, aunque muy basada todavía en las exportaciones pesqueras y mineras, mostraba una creciente actividad en los sectores manufacturero, biotecnológico, del software, de servicios y turístico. El consumo interno, estimulado por un agresivo sector financiero que concedía créditos con gran largueza, tiraba con fuerza, mientras que las célebres fuentes geotermales y una moderna red de plantas hidroeléctricas cubrían el grueso de las necesidades energéticas, limitando drásticamente la dependencia de los combustibles fósiles y minimizando el impacto de los sobrecostes del petróleo.

El hundimiento del FSF, bien identificado con la plutocracia industrial, convirtió al partido de Jóhanna en el único socio factible para Geir Haarde, ya que el primer ministro quería seguir apoyándose en una sólida mayoría absoluta. Limando sus divergencias en cuestiones como la política fiscal, el gasto público para sufragar el generoso Estado del bienestar, la protección del medio ambiente y la proyección internacional (aquí, la SF era reacia a la participación en misiones de reconstrucción y seguridad, pero favorable al ingreso en la Unión Europea, punto que no figuraba en la agenda del SSF, que daba por suficientemente ventajosa la participación en el Espacio Económico Europeo), independentistas y socialdemócratas se pusieron de acuerdo sobre un Gobierno azul-rojo.

El Gabinete tomó posesión el 24 de mayo. En él, Jóhanna retomaba su querida cartera de Asuntos Sociales, expandida con las competencias de la Seguridad Social, transferidas por el Ministerio de Sanidad, y su jefa partidista, Ingibjörg Sólrún Gísladóttir, antigua alcaldesa de Reykjavík, asumía la de Asuntos Exteriores.


2. Una jefa de Gobierno de izquierda para un país en bancarrota

2007 terminó para Islandia, paradigma del capitalismo escandinavo de libre mercado socialmente orientado, con un crecimiento promedio del PIB del 4,9%, tasa más sobria que las registradas en 2004 y 2005, cuando la economía creció por encima del 7%, pero que seguía superando con creces la media de la UE. Cuando se publicó el dato a comienzos de 2008, el Gobierno destacó los avances en la estabilización de la inflación, reducida al 5% anual merced a la política del Banco Central, el Sedlabanki, de encarecer los tipos de interés, y el bajísimo nivel de paro, virtualmente inexistente, ya que sólo el 1,5% de la población activa no estaba trabajando. Los índices de inversión, productividad, competitividad y poder adquisitivo de la población se mantenían en unos niveles elevados. En la parte negativa, el déficit por cuenta corriente, que representaba la quinta parte del PIB.

Menos publicidad se daba a un dato a menudo velado en las series numéricas: el fuerte endeudamiento de la banca y la empresa privadas, que, estimulados por los bajos tipos de interés en todo el mundo, recurrían sistemáticamente al leverage o apalancamiento para financiar ambiciosas inversiones tanto en Islandia como en el extranjero. Los tres bancos principales, el Kaupthing Bank, el Landsbanki Islands y el Glitnir Bank, concentraban por sí solos deudas externas estimadas en 120.000 millones de dólares, suma colosal que equivalía, dependiendo del método de cálculo del producto nacional, a seis o diez veces el tamaño del PIB. En el Reino Unido y los países vecinos escandinavos, los bancos islandeses habían entrado con fuerza insospechada en los mercados hipotecarios locales, comprando gran número de firmas y activos. En el Reino Unido, habían captado enormes flujos de dinero ofreciendo a sus clientes productos financieros con unos tipos de interés muy superiores a los estándar.

Esta expansión, desmesurada para un país tan pequeño, se había producido además en un tiempo récord: en los pocos años transcurridos desde la compleción en 2000-2002 del proceso de desregulación y privatización del sector de la banca, período en el cual los bancos islandeses habían pasado de funcionar casi exclusivamente en casa, donde tenían casi todos sus clientes comerciales, a convertirse en unos importantes operadores financieros internacionales. Antes de desestatalizarse, la banca se financiaba en dos terceras partes con proveedores domésticos y en una tercera parte con recursos extranjeros; ahora, ese ratio se había invertido. Todavía a finales de 2007, expertos económicos y publicaciones especializadas de Europa y Norteamérica comentaban con grandes elogios las virtudes del modelo islandés, con su recién estrenado sistema fiscal de los tipos de retención únicos para las rentas personales (elevado) y corporativas (bajo), sus altos niveles de ingresos y dividendos, y su amplia cartera de inversiones en el exterior. La expresión "milagro islandés" había adquirido bastante difusión.

Pero sobre este panorama en apariencia idílico empezaron a cernerse negros nubarrones en los primeros meses de 2008, con una contracción del crecimiento, un rebote de la inflación, fuertes caídas bursátiles y la depreciación vertiginosa de la corona en relación con el euro. El desastre sobrevino justo después de terminar el verano, cuando la crisis global generada por la tormenta financiera de Estados Unidos, a su vez desatada por el colapso del mercado de las hipotecas subprime, impactó en la pequeña nación noratlántica con fuerza devastadora. Literalmente de la noche a la mañana, la rica Islandia se encontró a sí misma asomada al abismo económico y financiero.

En sólo tres días, del 7 al 9 de octubre, la Autoridad de Supervisión Financiera del Estado islandés hubo de asumir el control, nacionalizándolos en la práctica, del Kaupthing, el Landsbanki y el Glitnir ante su incapacidad de hacer frente a sus deudas a corto plazo de resultas del cierre del grifo crediticio en el mercado interbancario internacional. La iliquidez de las tres entidades intervenidas era total. La bolsa de Reykjavík cerró temporalmente antes de reabrir y, sin solución de continuidad, sufrir un descomunal crash: en una sola jornada, el 14 de octubre, se descapitalizó un 77%. La corona entró en caída libre, obligando a la autoridad monetaria a suspender su cotización en los mercados de divisas. Miles de personas vieron evaporarse sus ahorros e inversiones o se encontraron con que no podían hacer frente a los pagos de sus hipotecas; en el ámbito laboral empezaron a producirse despidos en masa.

El primer ministro Haarde justificó las medidas de emergencia para proteger los ahorros de los ciudadanos y para conjurar "el peligro real" de que la economía islandesa se viera "succionada por el remolino junto con los bancos" y conducida, como resultado, a la "bancarrota nacional". Toda vez que el Sedlabanki no tenía ni de lejos los recursos con que hacer frente a las obligaciones deudoras de la banca privada, el Gobierno no tuvo más remedio que recurrir al socorro crediticio del FMI, humillante rescate que no sucedía con un país del Occidente desarrollado desde 1976.

El organismo multilateral acordó liderar la facilitación de un paquete de ayuda de 4.600 millones de dólares, de los que 2.100 millones los prestaría él mismo y los 2.500 restantes, en un esfuerzo coordinado, los gobiernos de Noruega, Suecia, Finlandia, Dinamarca, Rusia y Polonia. A cambio, el FMI exigió la reestructuración del arruinado sector bancario y una serie de pautas de austeridad fiscal y estabilidad cambiaria. El Reino Unido, Alemania y los Países Bajos también anunciaron sus propios préstamos, con los que Reykjavík podría respaldar los depósitos de los ahorradores británicos, alemanes y neerlandeses afectados por las quiebras bancarias.

Los pacíficos y educados islandeses recibieron las calamitosas noticias con estupefacción e incredulidad, sentimientos que dieron paso rápidamente a la indignación y la exigencia de cuentas a la élite dirigente liberal-conservadora. Haarde y su predecesor en el cargo y ahora gobernador del Sedlabanki, Davíd Oddsson, fueron señalados por la conmocionada población como los grandes culpables del desastre, por haber orquestado y protegido un modelo de crecimiento basado, se veía ahora con toda crudeza, en la desregulación excesiva y la avidez temeraria de los grandes capitalistas privados, que habían dejado al país desnudo y sin reservas.

El primer ministro fue abucheado y su vehículo atacado con pequeños objetos arrojadizos. En la capital se sucedieron las manifestaciones de ciudadanos que voceaban su enfado haciendo sonar sartenes y cacerolas, y exigiendo dimisiones y la fundación de una "nueva democracia". Por primera vez desde 1949, la Policía intervino con material antidisturbios para dispersar a los más exaltados. Según sondeos periodísticos, la popularidad del SSF estaba cayendo en picado y a sus socios gubernamentales, los socialdemócratas, no les iba mejor. De celebrarse elecciones ahora, el ganador sería con rotundidad el VG.

El 23 de enero de 2009, Haarde, acorralado por las protestas ciudadanas, anunció su intención de renunciar al cargo y la convocatoria de elecciones anticipadas para el 9 de mayo, comicios a los que no se presentaría por razones de salud, ya que padecía de cáncer. El anuncio no aplacó a los miles de manifestantes congregados frente a los edificios institucionales, que demandaron la dimisión inmediata del Gobierno en pleno. Finalmente, Haarde y la líder socialdemócrata, Ingibjörg Sólrún, no siendo capaces de solventar sus diferencias sobre las medidas a tomar para salir de la crisis, se avinieron a considerar agotada la coalición. Haarde, además, vio frustrado su deseo de dar paso a un gobierno de concentración nacional que integrara a los cinco partidos con representación parlamentaria, fundamentalmente porque el líder del VG, Steingrímur Sigfússon, se negó en redondo a compartir el poder con los independentistas, cuyo desalojo consideraba ineludible.

Así las cosas, el 26 de enero, el primer ministro y su Gabinete presentaron la dimisión al presidente de la República, Ólafur Ragnar Grímsson, quien un día más tarde pidió a Ingibjörg que iniciara negociaciones con el VG para la formación de un ejecutivo de transición bipartito y minoritario. La ministra de Exteriores saliente así lo hizo, pero se apresuró a descartarse como jefa del Gobierno entrante porque, como a Haarde, acababan de diagnosticarle un tumor canceroso y estaba en tratamiento. Como alternativa, la presidenta de la SF propuso a su compañera de filas, la ministra de Asuntos Sociales, que había asistido a la dramática secuencia de acontecimientos en silencio y cuya respetabilidad no se había visto erosionada por los mismos. Jóhanna ofrecía dos méritos que la cualificaban para pilotar el país en esta etapa tan delicada, hasta las elecciones de la primavera: era con diferencia el miembro del Gabinete mejor valorado –en diciembre, un sondeo de Gallup le había otorgado un 73% de aprobación- y mantenía unas excelentes relaciones con el VG.

La mudanza institucional se produjo con la premura que la situación requería. El 1 de febrero Ólafur Ragnar nombró el Gabinete y acto seguido Jóhanna y los ministros tomaron posesión de sus puestos. A sus 66 años, la ex azafata se convirtió en la primera jefa de Gobierno de Islandia (otra mujer, Vigdís Finnbogadóttir, había sido la presidenta de la República entre 1980 y 1996) y, más relevante, en el primer jefe de Estado o de Gobierno, mujer u hombre, abiertamente homosexual de la historia moderna, registro que fue valorado como un gran hito por colectivos militantes de gays y lesbianas de todo el mundo. De los nueve puestos ministeriales, cuatro fueron para el VG, tres para la SF –incluido el que reunía las carteras de Finanzas y de Pesca y Agricultura, tomadas por Steingrímur Sigfússon- y dos para personalidades independientes. El FSF y el pequeño Partido Liberal se comprometieron a dar soporte parlamentario al Gobierno de izquierdas.

En sus primeras declaraciones, la nueva primera ministra manifestó su intención de adoptar medidas urgentes para proteger a las familias de la doble crisis hipotecaria y laboral, y para estimular la actividad empresarial y la generación de empleo, aplicar cabalmente las reformas de ajuste y estabilización prescritas por el FMI, promover una reforma constitucional que asegurara la propiedad pública de los recursos naturales y diera más cauces democráticos a la participación popular en la gobernación del país, y revisar en profundidad los mecanismos de regulación financiera para "recobrar el respeto" y "revivir la confianza" en Islandia y su Gobierno. El Althing se disponía a enmendar la ley ordenadora del Sedlabanki y la gobernante reclamó a la junta directiva de la entidad, con Oddsson a la cabeza, que siguiera el ejemplo de la ejecutiva de la Autoridad de Supervisión Financiera y presentara la dimisión sin demora.

En su plataforma programática, la SF y el VG no mencionaban un punto de gran calado que estaban discutiendo y que podría ser una tabla de salvamento para la zozobrada Islandia: el ingreso en la Unión Europea y la eurozona, a través de un proceso de negociaciones exprés que podría durar menos de dos años. La pertenencia a la UE otorgaría un colchón de estabilidad, sobre todo monetaria, pero a cambio conllevaría la pérdida de los derechos exclusivos sobre los caladeros de bacalao en las 200 millas marinas, al tener que someterse Reykjavík a la política pesquera común. Los socialdemócratas eran partidarios de convocar una consulta sobre la adhesión el mismo día de las elecciones legislativas, pero los izquierdistas verdes seguían siendo muy reacios.

Entre tanto, iban conociéndose los nuevos datos de un cuadro económico definitivamente catastrófico: el paro había ascendido de golpe al 9,4%, la inflación interanual rozaba el 19% y 2008 había cerrado con fuertes contracciones del crédito y el consumo, un déficit público del 17,2% (equivalente al 1,2% del PIB), una balanza de pagos negativa de 200.000 millones de coronas y una deuda externa bruta de 13,2 billones de coronas, para un PIB con un volumen de 1,4 billones. El crecimiento real en el año terminado había sido todavía positivo, del 0,3%, pero el pronóstico para 2009 era de una recesión brutal, del 10%.

(Cobertura informativa hasta 1/2/2009)