Christine Lagarde

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Actualización: 8 marzo 2017

Francia

Directora gerente del FMI (2011-) y ministra de Economía y Finanzas (2007-2011)

  • Christine Madeleine Odette Lagarde, nacida Christine Madeleine Odette Lallouette
  • Mandato: 5 julio 2011 - En ejercicio
  • Nacimiento: París, región de Isla de Francia, 1 enero 1956
  • Partido político: Los Republicanos (LR); anteriormente, de la Unión por un Movimiento Popular (UMP)
  • Profesión: Abogada
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Presentación

Cuando en 2011, a los 55 años, la abogada gala Christine Lagarde fue elegida directora gerente del Fondo Monetario Internacional en sustitución de su compatriota Dominique Strauss-Kahn, puso la guinda a un prestigioso currículum que hasta entonces conformaban su liderazgo del bufete anglófono Baker & McKenzie y sus responsabilidades en el Gobierno de Francia, donde desde 2007 venía siendo ministra de Economía y Finanzas a las órdenes de Nicolas Sarkozy. Gestora de credenciales liberales partidaria del equilibrio fiscal, aunque abierta a las políticas expansionistas y de estímulo de la demanda interna en según qué circunstancias, así como de poner coto a los excesos de la banca especulativa, ha sido vocera de las consignas de desregular los mercados laborales en aras de la competitividad, de retrasar la edad de jubilación por la prolongación de la esperanza de vida y de mejorar la eficiencia de los sectores públicos.

Su marcada personalidad, que aúna las formas gentiles y las declaraciones francas hasta resultar hiriente (como cuando acusó a los castigados griegos de no pagar impuestos y comparó sus problemas con los de los niños de Níger), ha puesto varias veces en la vorágine de la polémica a esta mujer de complexión atlética, tez bronceada, pelo plateado y amplia sonrisa, de la que se ha dicho que oscila con soltura entre la seda y el acero. Quien es una de las mujeres más poderosas del planeta, jugando en una liga mayor con Angela Merkel, Hillary Clinton, Janet Yellen y Dilma Rousseff, y con silla reservada en las cumbres del G7 y el G20, cree que los desmanes financieros tienen mucho que ver con el "exceso de testosterona" en las reuniones de las élites y que las de su sexo deberían tener una mayor presencia en los puestos decisorios.

Como jefa, por cierto que la primera tras una decena de directores varones, de la institución de Bretton Woods encargada de fomentar la cooperación monetaria internacional, procurar la estabilidad cambiaria en los mercados y ayudar a corregir los desequilibrios de las balanzas de pagos de sus estados miembros, Lagarde, nadadora experta, surcó desde el primer día de trabajo las aguas turbulentas de la crisis global iniciada en 2008 y que en 2011, en mitad de un respiro entre recesión y recesión, tenía en la gran crisis de las deudas soberanas de la Eurozona su principal foco desestabilizador. En los cuatro años transcurridos desde entonces, Lagarde ha devuelto al FMI, cuya efectividad y legitimidad sigue siendo cuestionada, a un primer plano de relevancia rico en controversias como uno de los mandamases de la Troika -siendo los otros dos el presidente del Banco Central Europeo, Mario Draghi, y el presidente de la Comisión Europea, primero José Manuel Durão Barroso y luego Jean-Claude Juncker-, la configuración de instituciones que prestan dinero a los países del euro incapaces de hacer frente a sus deudas a cambio de unos draconianos programas antidéficit de austeridad, recortes sociales y reformas estructurales.

La directora gerente, y este tono quedó especialmente patente en 2015 durante las tormentosas negociaciones con el Gobierno izquierdista de Alexis Tsipras en el contexto de la expiración del segundo rescate crediticio de Grecia, ha empleado un lenguaje apremiante para que Atenas cumpla con sus compromisos y no altere las reglas del juego que imponen los acreedores, llegando a evocar el fantasma de la quiebra del país y su salida "ordenada" del euro si no acata lo exigido. Ahora bien, Lagarde, quien desea transmitir una imagen de independencia preocupada por los escenarios de desconfianza de los mercados y de riesgo de contagio global, ni desconoce la autocrítica ni emplea distintas varas de medir. A diferencia de la Comisión Europea y el Eurogrupo, reconoce que los dos primeros rescates de Grecia, de los que el FMI fue partícipe (como lo va a ser del tercero), infravaloraron el coste devastador de la contracción económica forzada por la austeridad y que la colosal deuda pública helena es insostenible y requiere algún tipo de reestructuración. Al mismo tiempo, insiste una y otra vez en que hay que romper el "círculo vicioso" de las diversas crisis que desde el crash de 2008 se concatenan y solapan.

En este sentido, Lagarde, de manera expresa o implícita, ha puesto en duda varias de las estrategias y medidas adoptadas por los gobiernos e instituciones europeos, empezando por Alemania, el BCE y la Comisión, que según ella podrían haber gestionado mejor el tremendo desbarajuste griego, esforzándose en hablar "con una sola voz". Por ejemplo, pidió que el fondo temporal de rescate, el FEEF, pudiera operar en los mercados de bonos y que su sucesor permanente, el MEDE, pudiera inyectar capital directamente, sin pasar por los gobiernos, a los bancos nacionales en apuros; criticó la eficacia de los tests de resistencia; propuso la emisión de deuda conjunta europea; y urgió a Draghi a que saliera al paso de una posible deflación. Tampoco han eludido sus advertencias la Reserva Federal y los gobiernos de los BRICS.

En paralelo a sus compromisos oficiales y ya en el plano privado, Lagarde ha tenido que lidiar con las complicaciones judiciales derivadas de su papel en el enrevesado affaire Tapie. Investigada por la justicia francesa desde un mes después de su asunción del cargo en julio de 2011, Lagarde vio registrada su vivienda y fue llamada a declarar como "testigo asistido" en 2013. Un año después, fue imputada por presunta negligencia en la concesión en 2008 al conocido empresario y político de una millonaria indemnización estatal por un tribunal de arbitraje constituido a instancias de la entonces ministra. Lagarde insiste en que su proceder en este asunto se atuvo estrictamente a la ley y que no se le pasa por la cabeza dimitir.


(Texto actualizado hasta agosto 2015)

Biografía

1. De abogada de postín a ministra de Francia
2. Elección como sucesora de DSK al frente del FMI en plena tormenta de las deudas del euro
3. Aspectos personales


1. De abogada de postín a ministra de Francia

La primera mujer al frente del Fondo Monetario Internacional (FMI) nació en 1956 en el hogar parisino formado por un matrimonio de profesionales de la docencia: el padre, Robert Lallouette, era profesor universitario de inglés y la madre, Nicole Carre, daba clases de latín en un colegio de secundaria. La muchacha y sus tres hermanos menores crecieron en El Havre, en la costa normanda, y recibieron la instrucción escolar en liceos locales. Christine, una joven alta y esbelta, destacó en la práctica deportiva de la natación y llegó a formar parte del equipo nacional femenino de la modalidad sincronizada.

En 1974, una vez aprobado el bachillerato y luego de perder a su padre, fallecido a causa de una dolencia neurodegenerativa, Lagarde marchó a Estados Unidos para disfrutar de una beca preuniversitaria en la Holton-Arms School de Bethesda, Maryland. Fue un fructífero año académico en el que tomó un contacto privilegiado con la política estadounidense, en plena efervescencia por el escándalo Watergate; en concreto, realizó en el Capitol Hill de Washington unas prácticas de asistente bilingüe adjunta al despacho del joven congresista republicano William Cohen, futuro secretario de Defensa y entonces miembro del Comité Judicial de la Cámara de Representantes que reunía pruebas para sacar adelante la destitución del presidente Nixon.

De regreso a Francia, Lagarde se graduó por el Institut d'études politiques d'Aix-en-Provence (Sciences Po Aix). Su proyecto original era entrar en los escalafones administrativos del Estado a través de la École nationale d'administration (ENA), la célebre cantera de altos funcionarios y mandamases políticos de la República Francesa, pero no consiguió superar el exigente examen de ingreso. A cambio, se labró un currículum multidisciplinar en la Universidad de Nanterre (París X), por la que obtuvo una doble maestría en Idioma Inglés y Derecho Laboral, y un título de posgrado en Derecho Laboral.

Corría 1981 y Lagarde, con 25 años, redirigió su interés hacia la práctica de la abogacía privada. Surgió así un contrato por la firma internacional Baker & McKenzie, con sede en Chicago y oficinas en más de 30 países. Desde la delegación de París, la abogada francesa empezó llevando casos sobre conflictos laborales, demandas antitrust y fusiones y adquisiciones (M&A). Al cabo de seis años, fue admitida en la sociedad del bufete parisino y ascendida a jefa de la división de Europa Occidental. La carrera legal de Lagarde, apreciada como uno de los profesionales más capaces con que contaba la firma, recibió nuevos lustres en 1991, al otorgársele la condición de socia ejecutiva, y en 1995, al recibir asiento en el Comité Ejecutivo Global en Chicago. También, empezó a codearse con personalidades de la élite estadounidense como el politólogo y ex consejero presidencial de Seguridad Nacional Zbigniew Brzezinski, para el que trabajó en el Center for Strategic and International Studies (CSIS) de Washington y en su lobby en favor del desarrollo del comercio entre Estados Unidos y Polonia.

En octubre de 1999 Lagarde, a los 43, culminó su brillante recorrido en el mundo del derecho con el acceso a la presidencia de Baker & McKenzie. Bajo su liderazgo, el vasto bufete aumentó significativamente su volumen de facturación, éxito que fue destacado por la prensa económica. The Wall Street Journal Europa incluyó a la abogada gala entre las mujeres de negocios europeas más poderosas. En 2004 Lagarde añadió a su rango de competencias ejecutivas la presidencia del Comité Estratégico Global de Baker & McKenzie, pero meses después, a finales de mayo de 2005, recién estrenado un puesto de supervisora en la compañía holandesa de servicios financieros ING, la política francesa llamó a su puerta. Fue a instancias de Dominique de Villepin, el nuevo primer ministro nombrado por el presidente Jacques Chirac en sustitución del dimitido Jean-Pierre Raffarin, quien la telefoneó para preguntarle si estaba dispuesta a ser la ministra delegada de Comercio Exterior de su próximo Gabinete. Lagarde aceptó la oferta sin pestañear y el 2 de junio estaba en París para prestar juramento de su nuevo cargo gubernamental.

Nada más estrenarse en la política republicana, Lagarde hizo gala de mentalidad liberal al criticar la rigidez del mercado laboral francés. Los comentarios de la flamante ministra de Comercio recibieron comentarios muy negativos, y en lo sucesivo Lagarde guardó discreción y se atuvo a su cometido de naturaleza esencialmente técnica, orientada a abrir nuevos mercados de exportación para los productos nacionales, sobre todo en el sector tecnológico. El 18 de mayo de 2007 el nuevo primer ministro de la Unión por un Movimiento Popular (UMP), François Fillon, nombrado en la víspera por el recién inaugurado presidente de la República, Nicolas Sarkozy, movió a Lagarde al Ministerio de Agricultura y Pesca.

Tan solo un mes después, al constituir Fillon su segundo Gabinete como resultado de las elecciones a la Asamblea Nacional, saldadas con mayoría absoluta de la UMP, Lagarde hizo historia al asumir el Ministerio de Economía y Finanzas en sustitución de Jean-Louis Borloo. No solo era la primera mujer en hacerse cargo de la política económica del Gobierno de Francia, sino también la primera ministra de Finanzas de una economía del G8. Además, adquirió la cartera de Empleo, que retuvo hasta noviembre de 2010, cuando Fillon alineó su tercer Gabinete. Entre medio, en marzo de 2008, asumió el departamento de Industria. Entonces, el Ministerio de Economía, Finanzas y Empleo adquirió la denominación de Ministerio de Economía, Industria y Empleo, antes de pasar a llamarse Ministerio de Economía, Finanzas e Industria en noviembre de 2010.

En este período de gran exposición mediática nacional e internacional, Lagarde, concurrentemente miembro del Consejo Municipal del distrito 12 de París desde las elecciones locales de marzo de 2008, fue coejecutora del paquete de reformas estructurales de signo liberal concebido por Sarkozy y Fillon, y que hasta el advenimiento de la Gran Recesión en 2008 estuvo acompañado de una política presupuestaria expansiva. En particular, la ministra condujo la elaboración de las leyes TEPA, que eximía del pago de impuestos las horas extraordinarias, y de Modernización de la Economía (LME), dirigida a incentivar la inversión empresarial para mejorar la competitividad. Escudada por Sarkozy, que tenía una visión similar, Lagarde dejó patentes su nula simpatía por la semana laboral de las 35 horas introducida por el anterior Gobierno del Partido Socialista y su interés en poner fin a los regímenes especiales de pensiones anticipadas en el sector público, muy onerosos para la caja de la Seguridad Social.

Al arribar la recesión a Francia en el tercer trimestre de 2008, el trío formado por Sarkozy, Fillon y Lagarde se decantó por un drástico giro a la austeridad que se sustanció en la reducción del funcionariado, en importantes recortes sociales y en el retraso de la edad de jubilación de los 60 a los 62 años. Estas medidas de ajuste, contrastadas con una inyección estatal de capital de 10.500 millones de euros a los seis principales bancos privados para asegurar su liquidez, enfureció a los sindicatos, pero la protesta social no disuadió al equipo dirigente de perseverar en las medidas de ahorro y de aumento de la recaudación fiscal a través del impuesto especial temporal a las grandes fortunas, sendas subidas del IVA y del impuesto de sociedades, y la congelación de exenciones fiscales.

Con todo, a pesar de la austeridad fiscal, mantenida aun cuando el PIB galo recuperó la senda del crecimiento -del 2% anual- en 2010, Lagarde fracasó en su objetivo, trazado en 2007, antes del seísmo de Lehman Brothers, de alcanzar el equilibrio presupuestario aquel año: en vez de ser cero, el déficit, desbocado en 2009, marcó en 2010 el 6,8% del PIB, violación flagrante del tope del 3% fijado por el Pacto de Estabilidad y Crecimiento de la UE y que también se saltaba la deuda pública, trepada al 81% del PIB.


2. Elección como sucesora de DSK al frente del FMI en plena tormenta de las deudas del euro

A lo largo de 2010 la opinión pública francesa especuló con el reemplazo de Fillon por Lagarde, muy bien situada en los sondeos de valoración de líderes y considerada la segunda mujer más poderosa de la política nacional por detrás de su colega de partido Michèle Alliot-Marie, dirigente de la UMP, ex ministra del Interior, actualmente ministra de Justicia y dentro de poco responsable de Exteriores, en la titularidad del despacho del Hotel Matignon, cuyos ocupantes solían hacer de escudos del presidente y cargar con el desgaste del Ejecutivo de turno. Sin embargo, ella insistió en que seguía comprometida con el Ministerio de Economía y Finanzas, labor esta que para The Financial Times había sido la más meritoria de todos los colegas de la UE. En efecto, la abogada renovó cartera, vuelta a denominar de Economía y Finanzas, al constituirse el Tercer Gobierno Fillon el 14 de noviembre.

A estas alturas de su aún no dilatada carrera política, Lagarde podía presumir de un elevado caché internacional construido a golpe de actuaciones descollantes en foros como el G20, donde defendió las tesis francesas de que había que poner coto a los peligrosos hedge funds (los fondos de inversiones especulativas de alto riesgo característicos del capitalismo anglosajón) y avanzar en la gobernanza financiera global, y de reflexiones de índole más personal. Incorregiblemente propensa a decir lo que pensaba sobre una serie de cuestiones candentes a sabiendas de que sus palabras no eran del gusto de todos, en febrero de 2011 la ministra gala se metió en los titulares cuando achacó el huracán financiero de 2008 en buena medida al "exceso de testosterona" en el mundo de las finanzas, contundente recordatorio de la necesidad que había de un mayor número de mujeres en puestos de responsabilidad. En una entrevista para el diario británico The Independent, Lagarde afirmó que: "Los entornos dominados por el género no son buenos, en particular los del sector financiero, donde hay muy pocas mujeres (...) Los hombres tienen la tendencia a exhibir sus torsos velludos, comparándose con los que se sientan a su lado. Honestamente, pienso que nunca debería haber demasiada testosterona en una sala".

La sobresaliente singladura de Christine Lagarde en las aguas bravías de la abogacía y las finanzas quedó coronada en 2011 con el atraque en el FMI a orillas del Potomac a raíz de un episodio escandaloso de gran repercusión internacional. Fue precisamente el año en que Francia ejercía las presidencias pro témpore del G8 y el G20, con cumbres de gobernantes previstas en Deauville, en mayo, y en Cannes, en noviembre.

El 14 de mayo de 2011 el director gerente de la institución desde noviembre de 2007, Dominique Strauss-Kahn, dirigente del Partido Socialista francés y ex ministro de Economía y Finanzas en el Gobierno de Lionel Jospin a finales de los noventa, fue detenido en el aeropuerto de Nueva York por la Policía estadounidense para responder de una denuncia de abuso sexual presentada contra él por una empleada de hotel. Cuatro días después, coincidiendo con el auto de acusación judicial en su contra, Strauss-Kahn dimitió y la dirección gerente del FMI recayó en funciones en el subdirector, John Lipsky.

Tocaba elegir al nuevo director del FMI, cuyo mandato era de cinco años, y todas las miradas se tornaron hacia Lagarde, vista por muchos como la sucesora natural de su compatriota caído en desgracia, si es que se asumía como válida la regla no escrita que asignaba el liderazgo del Fondo a un europeo, francés para más señas en las actuales circunstancias, en tanto que la presidencia del Banco Mundial, la otra institución de Bretton Woods, recaía en un estadounidense. Sin embargo, por otra parte, este esquema parecía superado tras el estallido en Occidente de la crisis global y la alteración de la balanza de poder mundial por las potencias emergentes de Asia y América Latina, así que el proceso de selección del nuevo director gerente, durante décadas un coto cerrado de las potencias desarrolladas del norte, forzosamente tenía que adquirir características novedosas.

El 25 de mayo, desde París, Lagarde confirmó que era candidata a la dirección del FMI con el respaldo expreso de, además de Francia, Alemania, Reino Unido, Italia y la Comisión Europea, amén del aval implícito de Estados Unidos. Desde el grupo de los emergentes se materializó la postulación alternativa de Agustín Carstens, el gobernador del Banco de México y anteriormente, entre 2003 y 2006, subdirector gerente del FMI. Sin embargo, los BRICS (Brasil, Rusia, India, China y Sudáfrica), pese a su comunicado conjunto en el que arremetían contra la "obsoleta convención no escrita que requiere que el jefe del FMI proceda necesariamente de Europa", no alcanzaron una postura de consenso en torno a Carstens. Las opciones para el mexicano, apoyado por varios gobiernos latinoamericanos además del español, el canadiense y el australiano, se desvanecieron cuando China, Rusia, India y Brasil, alineándose con las grandes potencias occidentales, indicaron que preferían a Lagarde.

La ministra de Sarkozy, enaltecida por los elogios pronunciados para la ocasión por varios colegas europeos y norteamericanos, que ensalzaron una serie de virtudes personales y profesionales (el secretario del Tesoro de la Administración Obama, Timothy Geithner, destacó su "talento excepcional"), se metió su elección en el bolsillo. Sin embargo, para ganarse la confianza de los emergentes más recelosos, suscribió la tesis de que la tradición de adjudicar el puesto a un representante del Viejo Mundo estaba ciertamente "obsoleta", y aseguró que ella no pretendía ser "la candidata francesa ni la candidata europea".

Lagarde expuso los méritos objetivos de su currículum y, replicando a quienes sugerían que su nacionalidad francesa podría dar pie a algún conflicto de intereses, enfatizó que como directora de la entidad prestamista no bancaria más importante del planeta, dedicada a fomentar la cooperación monetaria internacional, a procurar la estabilidad cambiaria en los mercados y a ayudar a corregir los desequilibrios de las balanzas de pagos de sus estados miembros, que eran casi todos los del mundo, no daría ningún trato de favor a los países de la Eurozona en graves apuros financieros y que ya estaban acogidos a severos programas de ajuste económicos y austeridad fiscal a cambio de sendos paquetes de rescate crediticio. Estos eran Grecia, Irlanda y, justamente a partir de ahora, Portugal; en total, el FMI se había comprometido a auxiliar a los tres países con 80.000 millones de euros, cuota sustancialmente menor que la aportada por los gobiernos de la Eurozona y la Comisión Europea.

En añadidura, Lagarde restó importancia al único aspecto oscuro que podía perjudicarla, su discutido proceder en el conocido como affaire Tapie, objeto de escrutinio por la justicia francesa y presuntamente constitutivo, según la fiscalía del caso, de un abuso de autoridad. Los hechos se remontaban a la resolución en 2008 por un tribunal especial de arbitraje, constituido el año anterior por decisión de la ministra, de otorgar una indemnización de 285 millones de euros por daños y perjuicios al conocido empresario Bernard Tapie; aquella decisión pretendía zanjar las disputas que había entre el banco de propiedad estatal Crédit Lyonnais y el ex ministro de los gobiernos del PS y actualmente aliado político del presidente Sarkozy. En relación con este tema, Lagarde expresó su convicción de haber actuado "en beneficio del Estado y en estricto cumplimiento de la ley", y aseguró tener "la conciencia tranquila".

El 10 de junio se cerró el período de recepción de candidaturas y el 28 de ese mes los 24 directores del Consejo Ejecutivo del FMI, aunque no dudaban de la "cualificación" de Carstens, seleccionaron "por consenso" a Lagarde como el undécimo director gerente de la institución, el primero de sexo femenino y sin formación de economista en sus 64 años de funcionamiento, aunque el quinto de nacionalidad francesa, luego de los ejercicios de Pierre-Paul Schweitzer (1963-1973), Jacques de Larosière (1978-1987), Michel Camdessus (1987-2000) y últimamente Dominique Strauss-Kahn. El presidente Sarkozy saludó la designación de su ministra, a la que el 29 de junio tomó el relevo en el Ejecutivo galo François Baroin, hasta ahora ministro del Presupuesto y portavoz del Gobierno, como una "victoria para Francia".

El 5 de julio Lagarde tomó posesión de su despacho en Washington lista para encarar el "desafío inmenso" que suponía la prolongación, con múltiples frentes, de la crisis global iniciada en 2008 y que ahora tenía su flanco más vulnerable en la UE, azotada por la tormenta de las deudas soberanas del euro y atosigada por el fantasma de una segunda recesión tras el paréntesis de la recuperación, llamado a ser breve, que había seguido al histórico desplome de 2008-2009.

En sus primeros mensajes como directora gerente del Fondo, Lagarde hizo una defensa cerrada de las exigencias de ajustes presupuestarios y reformas estructurales a Grecia, cuyo eventual colapso financiero comparó con la quiebra en 2008 del banco de inversiones estadounidense Lehman Brothers, para recortar su desorbitado déficit público a cambio de 110.000 millones de euros en préstamos. En este sentido, instó a los políticos helenos a tomar "decisiones valientes".

De paso, a través de un informe publicado ahora por el FMI, dio un tirón de orejas a la UE, que, aseguraba el documento oficial, no había elaborado "ningún tipo de plan coherente" para gestionar la voraz crisis de Grecia, negligencia que junto con el fiasco de las pruebas de resistencia a la banca bien podía provocar un "contagio europeo y global". En dicho informe, el FMI solicitaba que la Facilidad Europea de Estabilidad Financiera (FEEF), el fondo de rescate temporal creado por el Consejo de la UE en mayo de 2010 para socorrer a los países de la periferia del euro con serios problemas de financiación en los mercados y en riesgo de liquidez, tuviera la capacidad de adquirir en los mercados de deuda bonos soberanos de los países intervenidos por la Troika que formaban el FMI, el Banco Central Europeo que presidía Jean-Claude Trichet y la Comisión Europea que presidía José Manuel Durão Barroso. Puesto que había sido ministra del Ecofín y el Eurogrupo, ella tenía un conocimiento preciso de los instrumentos temporales (FEEF y MEEF) y permanente (el Mecanismo Europeo de Estabilidad, MEDE) creados por la UE para financiar los sucesivos rescates europeos.

Asimismo, Lagarde se comprometió a continuar el programa de reformas internas perseguido por Strauss-Kahn, continuadoras de las iniciadas bajo Camdessus y el alemán Horst Köhler (2000-2004), las cuales habían devuelto al FMI el protagonismo y el dinamismo perdidos bajo la dirección del español Rodrigo Rato (2004-2007). La apertura democratizadora impulsada por DSK había permitido a las potencias emergentes en rápido desarrollo tener una mayor presencia en la institución. Con ella, recalcó, este proceso seguiría adelante, aunque guiado por un "estilo de gestión basado en el trabajo en equipo y en las consultas a los demás".

Al debutar en la jefatura del FMI, Lagarde, cuyos emolumentos anuales netos iban a ser de 467.940 dólares (salario que era un 11% superior al cobrado por Strauss-Kahn y un 20% mayor que el de Rato, y al que debía sumarse una partida de 83.760 dólares para cubrir dietas y gastos de representación de justificación no obligada), tuvo que suscribir un nuevo código de conducta, elaborado a toda prisa a raíz del escándalo provocado por Strauss-Kahn, que afectaba a todos los funcionarios de la institución y a ella en particular. Así, la directora gerente debía satisfacer "los más altos estándares éticos" y evitar "cualquier apariencia de comportamiento inapropiado".

Lagarde podía acatar a pies juntillas el muy exigente reglamento ético del FMI, pero la justicia de casa la mantenía fiscalizada en el marco del affaire Tapie. El 4 de agosto de 2011 Lagarde no llevaba ni un mes dirigiendo el FMI -cuyo anterior jefe, Strauss-Kahn, hacía frente a un proceso en Estados Unidos por intento de violación- cuando la Corte de Justicia de la República (CJR), institución encargada de juzgar a los aforados, accedió a la demanda del procurador general de la Corte de Casación, Jean-Louis Nadal, de abrir una investigación judicial para determinar su papel en el arbitraje del litigio Tapie-Crédit Lyonnais. Los magistrados de la CJR resolvieron dar luz verde a la investigación, que podía derivar en consecuencias penales para Lagarde si llegaba a ser imputada, al apreciar indicios de base para formular cargos por abuso de autoridad, complicidad en malversación de bienes públicos y falsificación.

3. Aspectos personales

Christine Lagarde, ordenada por Sarkozy oficial de la Legión de Honor en abril de 2012 y descrita como una entusiasta, además de la natación, del buceo, el yoga y la jardinería, que sigue una dieta vegetariana y que apenas prueba una gota de alcohol, estuvo primero casada con Wilfrid Lagarde, analista financiero del que conservó el apellido y que es el padre de sus dos hijos, Pierre-Henri, nacido en 1986, y Thomas, nacido en 1988. La relación conyugal no funcionó y luego ella, mientras dirigía Baker & McKenzie desde Chicago, inició con el empresario británico Eachran Gilmour un idilio que desembocó en segundas nupcias. También este matrimonio terminó en divorcio. Desde 2006, Lagarde mantiene una relación formal y pública con Xavier Giaconti, un hombre de negocios corso-marsellés y padre igualmente de dos hijos, fruto de un anterior matrimonio.

(Cobertura informativa hasta 1/9/2011)

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