Josep Borrell Fontelles

© Comunidades Europeas (2005)

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Actualización: 26 enero 2017

España

Presidente del Parlamento Europeo (2004-2007)

  • Mandato: 20 julio 2004 - 16 enero 2007
  • Nacimiento: La Pobla de Segur, provincia de Lleida, Cataluña, 24 abril 1947
  • Partido político: Partido Socialista Obrero Español (PSOE)/Partido de los Socialistas Europeos (PSE)
  • Profesión: Ingeniero
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Biografía

Nieto de un emigrado a Argentina e hijo de un panadero de humilde condición que consiguió prosperar en su pequeño negocio, nació y se crió en La Pobla de Segur, pueblo de la comarca montañesa de Pallars Jussà, en el prepirineo leridano. Al principio, dado que la familia no podía costearle una enseñanza reglada y le necesitaba para el trabajo en la panadería, el muchacho recibió la primera instrucción en su localidad, tomando clases de maestros que impartían docencia en los pueblos del entorno a modo de extensión escolar y acercándose a los libros con actitud autodidacta. Para hacer el Bachillerato Superior se trasladó a Lleida, la capital provincial, y estuvo pensionado en el colegio menor San Anastasio. Sus excelentes aptitudes académicas le abrieron las puertas de la formación universitaria y emprendió la carrera de perito industrial en Barcelona. Sin embargo, en la urbe catalana cursó sólo el primer año de su primera elección lectiva, ya que en 1965 se matriculó en la Universidad Politécnica de Madrid (UPM) con la intención de convertirse en ingeniero aeronáutico.

Un cuatrienio después se licenció en esa especialidad ingenieril y acabó también la carrera de Ciencias Económicas que estudió al mismo tiempo en la Universidad Complutense de Madrid (UCM). En los años siguientes, redondeó su currículum académico con el doctorado en la UCM, un máster en Investigación Operativa por la Universidad de Stanford en California y otro máster en Economía de la Energía por el Instituto Francés del Petróleo (IFP) en París, costeados respectivamente con sendas becas concedidas por la Fundación Juan March y el Programa Fulbright. Por otro lado, en 1969, nada más terminar sus estudios en Madrid, participó en un campamento de verano en un kibbutz judío en Palestina dentro de un programa facilitado por el Gobierno israelí. Allí conoció a su futura esposa, la francesa Carolina Mayeur, con la que iba a tener dos hijos antes de decidir los cónyuges separarse.

En 1975, el año de la muerte del dictador Francisco Franco y del principio de la transición al sistema democrático bajo la forma de Gobierno monárquica, Borrell estuvo de vuelta en Madrid para desarrollar actividades profesionales en el Departamento de Ingeniería de Sistemas de la empresa distribuidora de hidrocarburos Compañía Española de Petróleos (CEPSA). Fue entonces cuando se afilió al Partido Socialista Obrero Español (PSOE), fuerza política que hasta febrero de 1977 no obtuvo la carta de legalidad al cabo de 38 años de proscripción. Su compromiso con la política representativa comenzó en 1979 en las filas del PSOE, que entonces, con Felipe González Márquez de secretario general, encabezaba la oposición parlamentaria al Gobierno ucedista de Adolfo Suárez.

Sin dejar por el momento su trabajo en CEPSA, Borrell se estrenó como diputado socialista responsable de Hacienda en la Diputación Provincial de Madrid, una institución que iba a extinguirse cuando se constituyeran (1983) los órganos de la Comunidad Autónoma. Durante un tiempo ejerció también de concejal en el ayuntamiento de Majadahonda, población de la provincia sita al noroeste de la capital. Su salto a la gobernación estatal se produjo a raíz de la victoria del PSOE en las elecciones generales de octubre de 1982: en diciembre González constituyó un Ejecutivo de mayoría y Borrell, con 35 años, fue nombrado para el cargo de secretario general del Presupuesto y Gasto Público en el Ministerio de Economía y Hacienda, teniendo como directo superior a Miguel Boyer Salvador.

En febrero 1984 Boyer le situó al frente de la Secretaría de Estado de Hacienda y le convirtió en el número dos del Ministerio, posición en la que fue renovado por el nuevo titular de la cartera, Carlos Solchaga Catalán, cuando la remodelación gubernamental de julio de 1985. En los seis años siguientes, Borrell, responsable de conducir la lucha contra el fraude fiscal, fungió como la mano derecha de Solchaga, un paladín de la reforma estructural del Estado con criterios liberales y enfrentado por esa causa con el aparato del partido que dominaba el ala izquierdista, apegada a los postulados socialdemócratas clásicos, cuyo máximo exponente era el vicepresidente del Gobierno y vicesecretario general del PSOE, Alfonso Guerra González. Además, en los comicios al Congreso de junio de 1986, que inauguraron el declive electoral de los socialistas, Borrell conquistó el acta de diputado por Barcelona, la cual iba a renovar sucesivamente en 1989, 1993, 1996 y 2000.

Para Borrell, descrito por quienes le conocían como un hombre de gran inteligencia, trabajador infatigable y exigente con sus subalternos, era el comienzo de una carrera política ascendente, aunque en esta época su imagen pública era la de un tecnócrata riguroso e implacable (los caricaturistas solían retratarle látigo en mano o a modo de inquisidor), que, por ejemplo, husmeaba en la cuentas con Hacienda de una serie de personajes famosos del mundo del espectáculo sospechosos de evadir al fisco. Las investigaciones incoadas por su oficina contra celebridades como la cantaora de flamenco Lola Flores, que fue procesada por un juzgado madrileño por no haber hecho su declaración de la renta entre 1982 y 1987, y quien declaró ser "víctima de una persecución", generaron una repercusión social que alentó tanto las expresiones de aprobación como los gestos de antipatía hacia el secretario de Estado.

Esta etapa gubernamental tocó a su fin en marzo de 1991, cuando González le escogió para reemplazar a Javier Sáenz de Cosculluela como ministro de Obras Públicas y Transportes. Borrell dirigió el Ministerio hasta el último Gobierno de González, que en mayo de 1996, merced a la derrota electoral del PSOE ante el Partido Popular (PP), tuvo que ceder su despacho en el palacio de la Moncloa al líder de la formación conservadora ganadora, José María Aznar López. En adelante, Borrell repartió sus actividades entre la docencia, como catedrático de Análisis Económico y Matemáticas Empresariales en la Facultad de Ciencias Económicas y Empresariales de la UCM, y, por supuesto y sobre todo, la política, como diputado del Congreso y miembro del Comité de Acción Política de la Comisión Ejecutiva del Partit dels Socialistes de Catalunya (PSC), la rama del PSOE en la Comunidad. Desde el arranque de la autonomía en 1980, el PSC-PSOE, nacido en 1978 a partir de la fusión de tres agrupaciones del socialismo catalán, venía actuando en la oposición a los gobiernos de Jordi Pujol i Soley, cabeza de la coalición nacionalista Convergencia i Unió (CiU).

Borrell había entrado en la dirección ejecutiva del PSC-PSOE en 1994, cuando el VII Congreso del partido, a instancias de los entonces máximos responsables del socialismo catalán, Raimon Obiols i Germà, primer secretario, Joan Reventós i Carner, presidente de la formación, y Narcís Serra i Serra, vicepresidente del Gobierno de González y antes ministro de Defensa. Hasta ahora, Borrell no había mostrado un interés especial en la política catalana ni en la vida interna del PSC-PSOE. Le atraía sobre todo la política nacional del Estado y, de hecho, sus ambiciones apuntaban a lo más alto en el organigrama del partido en Madrid.

El 20 junio de 1997 arrancó el XXXIV Congreso Federal del PSOE, primero celebrado por el partido en la oposición desde 1981. En un ambiente de desorientación y forcejeos renovados entre las diversas familias socialistas por la posesión de cuotas de poder interno, González hizo realidad algunas insinuaciones formuladas previamente y presentó su dimisión irrevocable como secretario general, después de 23 años de ejercicio. El anuncio del ex presidente del Gobierno, que arrastró tras de sí a Guerra, sumió a sus conmilitones en un fenomenal desconcierto, no tanto por la renuncia en sí como por su carácter imprevisto y fuera de la agenda, que desbarataba las estrategias prefijadas.

Los congresistas tenían que elegir a un sucesor en cuestión de horas sin haber candidatos formales. Además, González nunca se había molestado en definir un delfín, luego la intriga era máxima. Borrell, que acudía al cónclave arropado por la delegación del PSC-PSOE en la pretensión de meterse en la Comisión Ejecutiva Federal (CEF, donde ya tenían asiento Serra y Obiols, ahora mismo, primer secretario y presidente del partido en Cataluña, respectivamente), reaccionó con tono irónico a la espantada de González -"Papá se ha ido; ahora, tenemos que demostrar que somos mayores", declaró a los medios- y maniobró con celeridad para incluir su nombre en las quinielas improvisadas con los favoritos para el puesto de secretario general.

Los delegados del Congreso barajaron la candidatura de Borrell y, con menor factibilidad, las de varios barones regionales. Pero éstos hicieron causa común con el aparato de la ejecutiva federal que controlaba la facción, ya mayoritaria, de los renovadores, partidarios de la crítica interna, de impedir las actitudes endogámicas y de enfocar los principios del libre mercado con pragmatismo, y se pusieron de acuerdo sobre la figura de Joaquín Almunia Amman, ex ministro de Trabajo y actualmente portavoz del grupo parlamentario socialista, amén de renovador destacado. El propio González hizo saber a todos que Almunia era su preferido, gesto que, según los observadores, resultó decisivo para el fracaso de la aspiración del catalán.

Por Borrell apostaron abiertamente la delegación del PSC-PSOE, la mayoría de los socialistas madrileños y, con algunas reticencias, la facción de los guerristas. Los seguidores del ya ex vicesecretario general sopesaron la alternativa de Borrell sin ser uno de los suyos –antes bien, el ex ministro procedía del círculo solchaguista, por ellos detestado- porque entendían que lo fundamental ahora era frenar a Almunia y los renovadores, que se disponían a copar los órganos directivos del partido. Los secretarios regionales terminaron por aceptar a Almunia a cambio de estar presentes en la nueva CEF, extremo que, paradójicamente, el beneficiario de esta transacción había rechazado.

En "aras del consenso", Borrell se retiró de la liza horas antes de proclamarse a Almunia, el 22 de junio, nuevo secretario general, pero entonces constató cómo era él el más ovacionado por los congresistas en el acto de subir al estrado para tomar asiento en la CEF, y por ende en el Comité Federal, máximo órgano entre congresos. Borrell sabía que gozaba de más popularidad entre las bases que Almunia. En las semanas y meses posteriores al XXXIV Congreso insistió en el parecer de que el sucesor de González debió haber salido de un debate abierto a todos los delegados, una especie de primarias congresuales entre candidatos proclamados, y no de un conciliábulo restringido a la dirigencia central y los cabezas de las delegaciones territoriales.

Impulsándose desde su diputación legislativa y su secretaría ejecutiva en la CEF, Borrell batalló incansablemente para que el partido abriera un proceso de primarias que eligiera al cabeza de lista y candidato a presidente del Gobierno en las generales de 2000. Almunia le había arrebatado la Secretaría General, pero ahora estaba listo para batirse con él en un ejercicio de democracia interna que, caso de salir el catalán vencedor, produciría una situación de bicefalia insólita en el partido. La renuncia expresa de González el 29 de enero de 1998 a guiar a los socialistas en las elecciones de 2000 supuso el pistoletazo de salida de la competición interna entre Almunia, avalado por el anterior, y Borrell, que entró en su etapa más gráfica de "corredor de fondo", como a él le gustaba describirse.

Borrell, que confiaba en suplir la inexistencia de un ismo con su apellido en el seno del partido por una plataforma irresistible fundada en los cuadros medios y la militancia de calle, se afanó en singularizar su perfil y en marcar el contraste con Almunia, con quien las diferencias parecían ser, cierto, de fondo ideológico, pero más de estilo personal y, sobre todo, de actitud frente a la figura de González. Si el ex ministro de Trabajo proyectaba una estampa de político un tanto gris y burocratizado, con poco tirón mitinero y oscurecido por la sombra de González, pero también honesto y solvente, desligado de los escándalos de corrupción que habían desgastado fatalmente al PSOE en el poder, el ex ministro de Obras Públicas se presentaba como un outsider experto en números, de pensamiento cartesiano y toques afrancesados, que no tenía pelos en la lengua y que articulaba unos discursos muy minuciosos, incluso relamidos.

Su contundencia verbal y su tono académico, vistos como muestras de petulancia o altivez intelectual por sus detractores pero atractivos para sus simpatizantes, se complementaban con declaraciones de doctrina: él se veía a sí mismo como un socialista ubicado "en el centro de la izquierda", rechazaba el modelo de "sociedad ultraliberal, que pretende que el mercado lo arregle todo", y pedía "replantear" el sistema capitalista porque "la sanidad, las pensiones, la educación y el trabajo no son mercancías, sino derechos". Si su defensa del sector público le acercaba al socialista francés Lionel Jospin, su estilo didáctico y abierto recordaba al laborista británico Tony Blair.

También, aunque con sordina, para no asustar a los compañeros del PSC-PSOE y en especial a los partidarios de un socialismo catalanista tal como lo entendía el alcalde de Barcelona, Pasqual Maragall i Mira, Borrell no ocultaba su visión estrictamente autonomista de España, sin asimetrías flagrantes entre las comunidades ni concesiones a los nacionalismos periféricos. Su desinterés en realzar la especificidad catalana dentro del Estado español no estaba reñido con una querencia sentimental hacia su terruño ilerdense, que visitaba siempre que podía. Así, quienes se habían construido de Borrell una imagen de frío sabelotodo de despacho se quedaron de una pieza al verle por la televisión conduciendo una balsa de troncos, a guisa de raier o maderero, sobre las aguas embravecidas del río Noguera Pallaresa, a su paso por La Pobla de Segur, y compartiendo francachelas con sus paisanos.

La "campaña de las primarias" estuvo llena de actividad y las pullas fueron frecuentes. Según Borrell, Almunia era un "social liberal"; éste, a su vez, tachó a su contrincante de "jacobino irredento". Borrell mismo no tuvo ambages en declararse un "jacobino federalista, sin que suponga ninguna contradicción." Claro que el principal punto de fricción era la herencia y el todavía ascendiente del felipismo, que Borrell quería enterrar a toda costa para que "el cambio" se abriera paso en el PSOE. Tener en contra a la cúpula del partido y a la mayoría de los diputados, senadores y secretarios regionales (inclusive Serra, que, cuidándose de romper públicamente una lanza en favor de uno u otro candidato, apadrinó discretamente las plataformas pro Almunia en Cataluña) era un handicap que podía superarse en una elección interna abierta al voto directo y secreto de los 380.000 afiliados, siempre que éstos no se plegaran a las presiones de sus jefes partidarios hostiles al pretendiente catalán.

Las previsiones se cumplieron y el 24 de abril de 1998, con una participación del 54,3% del censo, Borrell batió a Almunia por la candidatura electoral con el 55,1% de los votos en todo el país. El ingeniero aeronáutico venció en 16 de las 21 federaciones del PSOE, siendo Cataluña donde cosechó el triunfo más arrollador, el 82,6% (la cifra se elevó al 93% en Lleida y al 100% en la comarca del Pallars), pese a que la plana mayor del PSC-PSOE –Serra, Obiols, Maragall- había mostrado su preferencia por Almunia.

Sin embargo, el experimento de la bicefalia en el PSOE resultó ser una travesía por aguas procelosas, ya que Borrell y Almunia no enterraron sus diferencias y se pusieron a porfiar por las parcelas de poder e influencia a las que cada uno creía tener derecho. El candidato a presidente del Gobierno podía sentirse desvalido en esta pugna, ya que la dirección tendía a respaldar a Almunia. El PSOE no conseguía cerrar su crisis de unidad. Con todo, Borrell, seguramente, habría llegado a disputar las elecciones con Aznar de no haberle salido al camino el asunto de la investigación por la Audiencia Nacional a dos antiguos colaboradores en su etapa de secretario de Estado de Hacienda, Ernesto Aguiar y José María Huguet, en torno a su participación en el montaje de una red de influencias para conseguir tratamientos fiscales fraudulentos a empresas de Barcelona. Por si fuera poco, empezó a trascender la posibilidad de que la aún esposa de Borrell, pese a vivir separados, Carolina Mayeur, tuviera alguna relación financiera, si bien perfectamente legal, con Huguet y Aguiar.

Aunque Borrell no tenía nada que ver con esta presunta trama delictiva, el mero hecho de que dos antiguos altos funcionarios de su Secretaría de Estado, con los que además mantenía una relación de amistad, fueran sospechosos de haber ayudado a evadir impuestos le supuso un quebranto personal tal que decidió arrojar la toalla. Borrell creía que el daño de imagen a su candidatura ya estaba hecho y el 14 de mayo de 1999, para evitar las "dudas sobre mi comportamiento ético o moral" y para no perjudicar los intereses del partido, anunció que renunciaba a su aspiración electoral.

La marcha de Borrell fue acogida con estupor y desconcierto en la filas socialistas, pero también desencadenó una avalancha de elogios por la honestidad de la decisión y por el ejemplo ético que suponía para los demás partidos y para el propio PSOE, en un país donde la opinión pública pensaba que los políticos se aferraban a sus poltronas aun siendo cogidos en flagrante falta. En estas circunstancias, nadie quería acudir de nuevo a unas primarias y el Comité Federal del partido se reservó la designación del sustituto de Borrell. La decisión se tomó después de las elecciones municipales, autonómicas y europeas del 13 de junio, que fueron ganadas por el PP aunque sin rotundidad, y, como cabía esperar, la aspiración a Moncloa se la llevo el secretario general.

Lo que vino después fue la culminación en desastre de la peripecia socialista: el 12 de marzo de 2000 el PP arrasó en las urnas, Aznar ganó la reválida por mayoría absoluta y Almunia, abrumado por un fracaso que tenía mucho de personal, presentó la dimisión al frente del partido la misma noche de las elecciones, en las que Borrell salió reelegido en su escaño de diputado como segundo de lista por Barcelona. El PSOE escenificó el paso de página a cuatro años de sinsabores en su XXXV Congreso Federal, en julio, con la elección como nuevo secretario general del dirigente leonés José Luis Rodríguez Zapatero, quien se rodeó de una CEF enteramente renovada.

Borrell, que había solicitado la "refundación" del partido después del varapalo electoral de marzo, se mantuvo en la dirección del PSOE como miembro del Comité Federal. Al Congreso llegó acompañado de una serie de cuadros constituidos en la corriente Iniciativa por el Cambio. Los borrelistas, como se les dio en llamar, solicitaron a los militantes que presionaran a la cúpula para que, aparcando los "viejos métodos", rescatara el procedimiento de primarias como fórmula universal de elección de candidatos y aprobara listas abiertas para elegir a los delegados congresuales. También, vocearon la opinión de que era "requisito indispensable" para la renovación del partido que éste hiciera una petición pública de perdón por los "errores del pasado".

La pequeña facción de Borrell no presentó candidato propio a la Secretaría General y oficialmente no endosó su apoyo a ninguno de los cuatro aspirantes. Sin embargo, luego, Zapatero, otro adalid de la renovación del partido aunque sin enfatizar el giro a la izquierda, privilegió a Iniciativa por el Cambio sobre otras corrientes dándole una presencia en el CEF en la persona de Cristina Narbona Ruiz, antigua directora general para la Vivienda y secretaria de Estado de Medio Ambiente en los gobiernos de González. Los borrelistas estaban satisfechos con la elección de Zapatero y su mentor, de hecho, declaró que se sentía "reivindicado" con la derrota del que había partido como favorito, José Bono Martínez, presidente de Castilla-La Mancha y el hombre del aparato.

Por lo que se refiere al ámbito de Cataluña, Borrell lanzó una serie de críticas a la estrategia de Maragall, que en 1999 había perdido su particular lid con Pujol en las elecciones autonómicas, de abrir su plataforma catalanista a sectores ajenos al partido y a personas independientes, y de incorporar al programa electoral aspectos "liberales" y proempresariales. A su IX Congreso, en junio de 2000, los socialistas catalanes acudieron en un clima de cierta armonía merced a los pactos alcanzados con antelación por los máximos responsables. Maragall relevó a Obiols en la Presidencia y José Montilla Aguilera a Serra en la Primera Secretaría. En cuanto a Borrell, continuó en la ejecutiva del PSC-PSOE como secretario de Prospectiva y Formación.

Una vez aclarada su situación partidaria en el verano de 2000, Borrell se volcó en la actividad parlamentaria, en la que adquirieron preponderancia las cuestiones relacionadas con la Unión Europea (UE). En la legislatura que comenzó en mayo fue reelegido presidente de la Comisión Mixta Congreso-Senado para la UE, función que había asumido en octubre de 1999, y de paso ocupó sendas vocalías en la Comisión de Asuntos Exteriores y en la Delegación española en el Grupo de Amistad con la Asamblea Nacional de Francia.

En febrero de 2002 fue elegido por cuenta del grupo socialista representante del Parlamento español en la Convención sobre el Futuro de Europa, o Convención Europea. Este foro, convocado por el Consejo Europeo de Laeken (diciembre de 2001) y formado por 105 delegados de las instituciones políticas nacionales y de la UE, tenía la misión de formular propuestas a una posterior Conferencia Intergubernamental (CIG), la cual tendría la última palabra, en torno a una serie de cuestiones clave para el futuro de la UE, fundamentalmente la simplificación de los tratados, el reparto de las competencias, la prosecución de la reforma institucional, más allá de los resultados obtenidos en el Consejo de Niza (diciembre de 2000) ante la inminencia de la Unión de 25 miembros, y la elaboración de la primera Constitución Europea.

La Convención arrancó sus trabajos en Bruselas el 28 de febrero de 2002 y el 13 de junio de 2003 finiquitó un borrador de Tratado constitucional que fue entregado a los jefes de Gobierno y Estado de la UE unos días después en el Consejo Europeo de Salónica para su revisión y sometimiento a la CIG. En la Convención, Borrell integró los grupos de trabajo sobre Gobernanza Económica, Europa Social, Acción Exterior y Defensa. Sus opiniones sobre lo que estaba ventilándose se aproximaron a la postura federalista del presidente de la Comisión Europea, Romano Prodi, a su vez reñida con la visión del presidente de la Convención, el francés Valéry Giscard d’Estaing, un partidario de reformar las instituciones dando prevalencia al elemento intergubernamental sobre el supranacional.

El diputado no quedó muy convencido con los resultados de la Convención. Ciertamente, se felicitó porque el Parlamento Europeo aumentara su poder al generalizarse el método de codecisión -con el Consejo- como procedimiento legislativo ordinario. También, porque se reemplazara el sistema de voto en el Consejo con mayoría cualificada basado en cuotas fijas por estados tal como lo había dejado el Tratado de Niza, que consideraba un compromiso ya superado, fruto de la necesidad del momento, por el de doble mayoría, de estados y de población. Pero también se lamentó de que los gobiernos pudieran seguir recurriendo al derecho de veto en temas sensibles como la Política Exterior y de Seguridad Común (PESC) o la fiscalidad, y de que capítulos enteros del Tratado presentaran una terminología "de especialistas" poco accesible al ciudadano de a pie.

Aunque fuentes cercanas al diputado aseguraron que estaba sopesando abandonar la actividad política para volver a la docencia en la universidad, el caso fue que en marzo de 2004, escasos días después de la sorpresiva victoria electoral del PSOE en las elecciones generales, marcadas por la catástrofe terrorista de los trenes de Madrid y que llevaron a Zapatero a la Presidencia del Gobierno, Borrell aceptó el ofrecimiento que le hizo el partido de ser su cabeza de lista en las elecciones del 13 de junio al Parlamento Europeo. Era su retorno al primer plano de la política nacional y, sin solución de continuidad, su salto a la alta política de la UE.

Tras darse de baja como diputado del Congreso, el 2 de abril, y ser proclamado candidato por el Comité Federal del PSOE, el 2 de mayo, Borrell disputó la campaña de las europeas con el cabeza de lista del PP, Jaime Mayor Oreja, antiguo ministro del Interior con Aznar y otro político capaz de ofrecer un perfil alto. Pese a los intentos del socialista de ceñirse al discurso europeo y de hablar de los retos de la nueva UE, Mayor le arrastró a un cuerpo a cuerpo donde las recriminaciones de lectura nacional y con mirada al pasado dominaron los mítines y debates.

El PP quería demostrar que su espectacular derrota en las legislativas de marzo había sido un mero accidente, fruto de la atribuida manipulación emocional de los electores hecha por las izquierdas en los tres días transcurridos entre los atentados y la jornada de los comicios. Por su parte, el PSOE deseaba confirmar que se había producido un vuelco real en la preferencia del voto de los españoles y que el veredicto del 14 de marzo simplemente había reflejado el enfado de una mayoría de los electores con las políticas y las actitudes de Aznar y su partido. Pese a no tratarse de una batalla entre candidatos a un puesto ejecutivo sino de una confrontación de listas partidarias que luego iban a perder su naturaleza nacional al fundirse en la supranacionalidad de los grupos ideológicos del Parlamento de Estrasburgo, la campaña de las europeas adquirió un fuerte cariz personalista.

En clave rencorosa y con acritud, Mayor y Borrell se lanzaron todo tipo de denuestos. Así, el popular acusó a su adversario de "mentir" sobre el papel de España en Europa, al no decir claramente que el abandono del sistema de Niza (válido para el período comprendido entre noviembre de 2004 y noviembre de 2009) suponía una merma de poder para el país en el Consejo de la UE, le recordó que había dimitido como candidato en 1999 "por un caso de corrupción" e incluso le sacó a colación la etapa de la guerra sucia contra ETA de los GAL (Grupos Antiterroristas de Liberación, organizados por los poderes del Estado) en los primeros años del Gobierno de González. El socialista arremetió contra Mayor por ser dirigente de un partido que había embarcado a España en la guerra de Irak en base a "mentiras" y culpable de que la UE hubiese hablado "de forma dividida" respecto al terrorismo internacional.

La impresión general fue que la liza de Borrell y Mayor se saldó en tablas. Al final, los resultados de las elecciones del 13 de junio satisficieron a los dos partidos: el PSOE quedó el primero con el 43,3% de los votos y 25 de los 54 eurodiputados reservados a España, lo que suponía una subida pequeña con respecto a las generales pero un salto muy fuerte con respecto a las europeas de 1999, cuando estaban en juego 64 escaños; el PP hizo una remontada más notable en relación con las generales, aunque perdió la primacía obtenida en 1999 y se quedó con el 41,3% y 23 escaños, cuatro menos. Eso sí, la participación de ahora fue, como en el resto de países, bajísima, el 45,9%, índice que superó la media europea por unas décimas. Borrell llegaba a Estrasburgo en compañía de otros compañeros del partido que repetían mandato, como Rosa Díez González (cabeza de lista en 1999 y segunda ahora), Obiols y Enrique Barón Crespo, antiguo presidente del hemiciclo.

Tocaba elegir al presidente de la institución que se disponía a inaugurar su sexta legislatura quinquenal desde que en 1979 los diputados empezaron a elegirse por sufragio universal. En la pasada legislatura había funcionado el pacto que vinculaba al Grupo del Partido Popular Europeo y de los Demócratas Europeos (PPE-DE, al que pertenecía el PP español) y el ahora llamado Grupo de la Alianza de los Demócratas y Liberales por Europa (ADLE), antes, Partido Europeo, Liberal, Democrático y Reformista (ELDR), lo que permitió las investiduras de la francesa Nicole Fontaine en 1999 y del irlandés Pat Cox en 2002.

Esta vez, sin embargo, el bloque mayoritario del centro-derecha prefirió pactar con el Grupo del Partido Socialista Europeo (PSE), segundo de la eurocámara con 200 diputados y al que el PSOE hacía la segunda mayor contribución nacional detrás del Partido Socialista francés. Borrell expresó su deseo de presidir el Parlamento, aspiración que tenía todas las de ganar porque en su grupo contaba con los apoyos necesarios y porque las negociaciones con los populares estaban a punto de cerrarse con acuerdo en ese punto. Si lo conseguía, sería el tercer español en ocupar ese puesto, después de Barón (1989-1992) y el popular José María Gil-Robles (1997-1999). Se entendió que Borrell, pese a ser un neófito en la Cámara de Estrasburgo, estaba suficientemente familiarizado con la legislación europea. Además, hablaba los idiomas inglés y francés.

El 6 de julio el PSE celebró una votación interna y la candidatura de Borrell fue respaldada con 117 votos a favor y 66 en contra. Sin sorpresas, el 20 de julio el pleno del Parlamento le invistió presidente en la primera votación con una mayoría de 388 sufragios, 64 más de los necesarios en un hemiciclo ampliado a los 732 miembros, aunque 80 menos de los que sumaban las dos bancadas patrocinadoras. El socialista español se impuso sobre el polaco Bronislaw Geremek, de la ADLE, que obtuvo 208 votos, y el comunista francés Francis Wurtz, que recibió 51. Se contabilizaron 53 votos en blanco o nulos, mientras que los 32 integrantes de Independencia y Democracia, el primer grupo formal de diputados euroescépticos, practicaron el boicot. Borrell tomó posesión de inmediato en sustitución de Cox con un mandato de dos años y medio. El acuerdo con el PPE-DE establecía que en enero de 2007, en el ecuador de la legislatura, tomaría el relevo un representante de este grupo, probablemente su presidente, el alemán Hans-Gert Pöttering.

Borrell, que al cabo de unos días concluía su membresía en la Comisión Ejecutiva del PSC-PSOE, a renovar en el X Congreso, aunque retendría su asiento en el Comité Federal del PSOE, explicó que la institución que empezaba a presidir tenía como primera misión perentoria definir su posición oficial ante el Tratado de la Constitución Europea, que podía y debía ser completamente favorable. El proceso de ratificación del texto por los 25 estados miembros, bien por sanción parlamentaria, bien vía referéndum (vinculante o consultivo), previo a su entrada en vigor en la fecha prevista del 1 de noviembre de 2006, se auguraba harto complicado ante la posibilidad de que en algún país ganara el no. El Consejo Europeo de Bruselas había otorgado su aprobación definitiva al texto el 18 de junio, medio año después de fracasar en el primer intento ante la incapacidad de consensuar una fórmula satisfactoria en el espinoso punto del sistema de votación en el Consejo de la UE.

El dirigente europeo quería que el Parlamento ayudara en todo lo que pudiera para el éxito de esta empresa, instando a los ciudadanos, cuyo papel como actores de la UE democrática pensaba que debía realzarse frente al de los gobiernos, a que acudieran a votar en el caso de que su país celebrara una consulta, y que votaran afirmativamente. Aunque detectaba en la Constitución "demasiadas imperfecciones", advirtió que sin ella la UE "no sería en mucho tiempo más que un gran mercado". Otra cuestión de calado en la agenda del Parlamento era el debate del presupuesto de la Unión para el período 2007-2013, que incluía el reparto de los fondos comunitarios y que se prometía caliente. Por lo que se refería al reciente ingreso de diez estados, Borrell sostuvo que la ampliación iba a "poner a dura prueba la solidaridad entre los europeos". Puesto que las limitaciones de tipo geográfico habían sido superadas al aceptar el ingreso de Turquía, no veía porqué debería negárseles la entrada a Ucrania y otros países.

Borrell tuvo la oportunidad de mostrar sus habilidades como conductor de la eurocámara durante el conflicto creado por la negativa de los diputados a dar su aval a la primera lista de comisarios presentada por el sucesor de Prodi nombrado por los jefes de Gobierno y de Estado en su Reunión especial del 29 de junio en Bruselas, el ex primer ministro portugués José Manuel Durão Barroso. Tras muchos regateos, Barroso accedió a retirar algunos nombres que suscitaban controversia y la nueva Comisión Europea –Almunia era uno de sus miembros- pudo recibir el preceptivo voto parlamentario en noviembre. Preguntado por este prolongado rifirrafe institucional, Borrell arguyó que no se trataba de una crisis, sino del "juego normal de las instituciones y las reglas democráticas". Más aún, el Parlamento, al rechazar "con razón o sin ella" la primera composición del equipo de Barroso, había entrado en su "mayoría de edad democrática".


(Cobertura informativa hasta 20/1/2005. Nota del editor: El mandato de Josep Borrell como presidente del Parlamento Europeo terminó el 16/1/2007. El puesto pasó al democristiano alemán Hans-Gert Pöttering)