Abdelrabbuh Mansur al-Hadi

© UN Photo/Eskinder Debebe

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Actualización: 28 octubre 2016

Yemen

Presidente de la República (2012-2015, en rebeldía desde 2015)

  • Mandato: 25 febrero 2012 - 6 febrero 2015
  • Nacimiento: Thukain, gobernación de Abyan, 1 septiembre 1945
  • Partido político: Congreso General del Pueblo (MSA)
  • Profesión: Militar
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Presentación

En el fracturado Yemen, el desmoronamiento entre enero y febrero de 2015 del Ejecutivo de Abdelrabbuh Mansur al-Hadi, anulado por la triunfante rebelión de los shiíes hutíes, liquida tres años de transición política minada por los diversos frentes de insurgencia contra el Gobierno central y la falta de consenso entre partidos, que la hicieron estéril de frutos democráticos. El cambio de guardia en Sanaa, de hecho la culminación de un golpe de Estado por etapas, entraña un fracaso de incalculables consecuencias para Estados Unidos, que pierde a un aliado de gran valor estratégico en la lucha contra Al Qaeda y el Estado Islámico, y es también un serio revés para Arabia Saudí, que tiene en esta vecindad uno de los principales escenarios de su pugna regional con Irán. El apartamiento de Hadi, esta por ver si definitivo, ya está exacerbando las tensiones secesionistas en las provincias del sur y amenaza con desarticular definitivamente a Yemen, país que en estos últimos años de "caos ordenado" se ha mantenido precariamente a flote, esquivando una implosión a la somalí.

El que fuera general del antiguo Yemen del Sur, desertado a Sanaa en 1986 cuatro años antes de la unificación con el Norte, y luego vicepresidente de la nueva República de Yemen, sirvió lealmente durante un cuarto de siglo a Ali Abdullah Saleh, el autócrata que, con una mezcla de represión, subterfugios e insidias, más resistió el embate popular de la Primavera Árabe en 2011. En noviembre de aquel año, al cabo de varios meses de violentos enfrentamientos en los que una genuina revolución cívica, sobrepuesta a las fidelidades tradicionales de tribu, degeneró en una lucha oligárquica por el poder, este político que no procedía de las filas opositoras fue escogido por las monarquías del Golfo para, con el aval de la ONU, conducir un proceso de reformas y normalización que echó a andar en febrero de 2012 con la renuncia formal de Saleh a cambio de garantizársele la inmunidad. Con Hadi en la Presidencia, Yemen encaraba un posible cambio de rumbo, pero sin que pudiera hablarse aún de cambio de régimen, pues las estructuras de la era Saleh seguían intactas.

Cuando asumió las riendas de Yemen con un mandato en principio limitado a los dos años, Hadi, que a pesar de las dudas que suscitaba su capacidad de liderazgo aparecía como la única figura de dimensión nacional, se propuso sentar las bases para el fortalecimiento del Estado y la reorganización del Ejército, debilitados por el alto grado de divisionismo fáctico y sectarismo político-religioso, verdaderos lastres para la estabilidad y el desarrollo económico del país más pobre de Oriente Próximo. Las tareas más acuciantes eran ganar la batalla militar al enemigo considerado más peligroso, la rama arábiga de Al Qaeda (AQPA), y activar el proceso constituyente, si bien el presidente se propuso también cimentar su autoridad purgando de los altos escalafones de la milicia a los miembros del clan Saleh.

En su primer año de gobierno, Hadi, con la ayuda decisiva, y controvertida, de los drones estadounidenses, consiguió hacer retroceder a las guerrillas jihadistas en su baluarte sureño de Abyán, aunque estas se vengaron con brutales atentados terroristas, y por otro lado destituyó al hijo, los hermanastros y los sobrinos de Saleh, exponentes de un régimen corrupto al que se deseaba pasar página. Pero en 2013 el dirigente encajó la reactivación, en la norteña Saada, de la revuelta de los hutíes de Ansar Allah, partido sectario del shiísmo zaydí que trabó una alianza clandestina con el anterior hombre fuerte del país (él mismo un zaydí, mientras que Hadi era sunní), al parecer decidido a subvertir el Estado heredado por su sucesor.

La rebelión hutí contribuyó al fiasco a principios de 2014 de la Conferencia de Diálogo Nacional, cuyo único acuerdo señalado, avanzar hacia la federalización del Estado, fórmula de organización territorial que para Hadi, oriundo del sur, era impostergable, fue rechazado por la facción a la que iba dirigida, el Movimiento Sureño, nostálgico de la antigua independencia de Adén e inamovible en sus intenciones separatistas. El conjunto de la transición política encalló: la nueva Constitución no pasó del borrador y las futuras elecciones generales siguieron sin fecha. El único proceso electoral fue el que en febrero de 2012 sentó a Hadi en la Presidencia, aunque en calidad de único candidato, lo que hizo de aquella votación un mero plebiscito con resultado cantado. Boicoteado por los hutíes, mal visto por los soberanistas sureños y finalmente contradicho por su propio partido, el Congreso General del Pueblo, en manos de Saleh, por Hadi ya solo seguían apostando, aunque con fe declinante, el Partido Socialista de Yemen (del que fue miembro en tiempos de Yemen del Sur) y la coalición de islamistas y tribus sunníes Al Islah.

En agosto de 2014 los hutíes, bajando desde el norte y haciendo retroceder al Ejército regular, se plantaron en Sanaa y en septiembre conquistaron por la fuerza los puntos neurálgicos de la capital. Hadi intentó reconducir la situación nombrando un nuevo Gobierno y propiciando una solución pacífica a la crisis que, empero, fue despreciada por los hutíes. Sus milicias, sin hallar apenas oposición, tomaron el palacio presidencial el 20 de enero de 2015; dos días después, privado de fuerzas que lo defendieran y aislado, el presidente presentaba la dimisión a la vez que su primer ministro, Jaled Bahah. La negativa del Parlamento a aceptar la renuncia presidencial sumió al país en el limbo político. El 6 de febrero los hutíes deshicieron sus últimas reservas de ambigüedad con la asunción de todo el poder por un Comité Revolucionario y el anuncio de su propia hoja de ruta política para Yemen.

(Texto actualizado hasta febrero de 2015)

Biografía

1. General de Yemen del Sur y vicepresidente del Yemen unificado
2. Solución de recambio del acosado presidente Saleh en la crisis nacional de 2011
3. Los intentos de reafirmar una presidencia socavada desde múltiples frentes
4. El colapso de 2015: toma del poder en Sanaa por los rebeldes hutíes y dimisión de Hadi


1. General de Yemen del Sur y vicepresidente del Yemen unificado

Abdelrabbuh Mansur al-Hadi nació en el distrito Al Wadea de la gobernación de Abyán en 1945, época en la que el territorio pertenecía al Protectorado británico de Adén. Instruido en la Escuela del Ejército de la estratégica capital próxima a la boca del mar Rojo, el joven continuó su preparación castrense en el Reino Unido y obtuvo la graduación en 1966. Al año siguiente, en vísperas de la proclamación de la República Popular de Yemen del Sur (Estado independiente que nacía de la fusión de tres entidades, la Federación de Arabia del Sur, el Protectorado de Arabia del Sur y el Sultanato de Mahra), Hadi recibió el mando de un destacamento de tanques. Posteriormente, sirvió como comandante de escuadrón en la base de Al Anad, antes de ser enviado a El Cairo para estudiar tácticas de guerra acorazada.

En su primera etapa como oficial de blindados del Ejército de Yemen del Sur, Hadi alternó las obligaciones formativas, en el Egipto Nasserista y más tarde, en la segunda mitad de la década de los setenta, en la URSS, con los destinos de mando logístico y de tropa. Por otro lado, en 1972 encabezó la delegación militar suryemení en las conversaciones posteriores al alto el fuego que puso término a la breve guerra fronteriza con la vecina República Árabe de Yemen, o Yemen del Norte. Este conflicto armado fue el primero de los sostenidos por los dos Yemen (por no hablar de las contiendas civiles sufridas en cada caso) teniendo como telón de fondo la cuestión de su unificación en un solo Estado, a la que tanto Adén como Sanaa decían aspirar. Sin embargo, durante muchos años este programa nacional no fue posible debido a las grandes diferencias ideológicas que había entre los regímenes de gobierno y por la sucesión de serios disturbios en ambos lados de la frontera, sacudidos en similar medida por los golpes de Estado, los magnicidios, las revueltas internas y las dictaduras militares o de partido único.

Aunque compartían valores republicanos y laicos, los regímenes de Adén y Sanaa se ubicaron en partes opuestas del tablero de la Guerra Fría: mientras que el primero, a partir de 1970, con la proclamación de la República Democrática Popular de Yemen (RDPY), adoptó el modelo marxista-leninista obediente a Moscú (una verdadera rareza en el mundo árabe), el segundo, desde el derrocamiento de la monarquía Mutawakkilita en 1962 y su completa derrota militar en 1970, evolucionó hacia un prooccidentalismo moderado apoyando en las relaciones, no exentas de ambigüedad, con Estados Unidos y Arabia Saudí. Su experiencia en los acuerdos armamentísticos con el bloque soviético elevó a Hadi, ya con el rango de general, al puesto de subjefe del Estado Mayor para Asuntos de Logística y Administración del Ejército del Sur en 1983. Dos años después tomó partido por Ali Nasser Muhammad al-Hasani, el jefe del Estado desde 1980 y partidario de la unión estatal con el Norte, en su violenta pugna por el poder con el otro hombre fuerte del gobernante Partido Socialista de Yemen (HIY), Abdelfattah Ismail, anterior presidente de Yemen del Sur y cabeza de los radicales prosoviéticos.

El conflicto entre los dos bandos de profesión marxista degeneró en enero de 1986 en una verdadera guerra civil que finalizó con la derrota, pese a morir Abdelfattah Ismail en las refriegas, de Ali Nasser Muhammad y sus huestes, que huyeron a Yemen del Norte. Junto con su jefe y otros 60.000 partidarios escapó Hadi, acogidos todos a la hospitalidad del presidente noryemení, Ali Abdullah Saleh, antiguo coronel y en el poder desde 1978. Una vez en Sanaa, el general fugitivo no tuvo problemas para reengancharse en el Ejército del Norte, donde recibió mandos operativos y direcciones académicas. La fidelidad de Hadi a Saleh ya estaba cimentada antes de la unificación nacional, alcanzada tras múltiples vicisitudes, en mayo de 1990, fecha en que comenzó su andadura la flamante República de Yemen.

Cuando cuatro años después, en mayo de 1994, el nuevo país se sumergió en la guerra civil abierta por la rebelión del HIY, mandado por Ali Salim al-Baid, vicepresidente de la República desde la unificación, y Haydar Abu Bakr al-Attas, el primer ministro y quien fuera el último presidente de Yemen del Sur, y las tropas del Ejército que habían servido al régimen de Adén, Hadi, al igual que Ali Nasser Muhammad y los llamados "socialistas unionistas", cerraron filas con Saleh y participaron de buena gana en la conducción de las ofensivas para aplastar a los separatistas, que pretendían reconstituir el Estado suryemení desde su bastión en las montañas de Hadramut. Esta implicación de los antiguos jerifaltes suryemeníes derrotados en la pendencia de 1986 en Adén fue vista como una revancha contra los rivales marxistas que entonces les desalojaron del poder en la RDPY.

En el caso de Hadi, que de hecho era alto dirigente del partido conservador de Saleh, el Congreso General del Pueblo (MSA), la recompensa por su lealtad al poder de Sanaa no pudo ser mayor. En mayo de 1994, al tiempo que Saleh declaraba el estado de emergencia y los combates entre soldados nordistas y sudistas se generalizaban, el general fue nombrado ministro de Defensa, y a primeros de octubre, con la revuelta del Sur liquidada y la guerra civil concluida, recibió el puesto de vicepresidente que Baid, ahora exiliado en Omán, había dejado vacante. La promoción institucional de Hadi en octubre de 1994 se enmarcó en la drástica reestructuración del poder ejecutivo acometida por Saleh tras ganar la guerra civil. Entonces, el Consejo Presidencial de cinco miembros, tres del Norte y dos del Sur, establecido en 1990 fue disuelto y Saleh se hizo investir por la Asamblea de Representantes (Majlis an-Nuwab) en el cargo de presidente de la República.


2. Solución de recambio del acosado presidente Saleh en la crisis nacional de 2011

En los 17 años que siguieron a la guerra civil de 1994, Hadi, ascendido a teniente general en 1997 (a la vez que su jefe recibía los galones de mariscal de campo), fue un vicepresidente discreto que apenas se hizo notar a la sombra del omnipresente Saleh. Autoritario, astuto y manipulador, Saleh se las arregló para perpetuarse en el poder, dictatorial de hecho tras un sistema semipluralista y una fachada de competencia electoral, compaginando arriesgadamente la cooperación intensa con Estados Unidos en la guerra global contra el terrorismo jihadista tras los atentados del 11-S y el cabildeo clientelista con las montaraces tribus yemeníes, algunas de las cuales eran permeables al extremismo religioso y a la subversión que Sanaa decía repudiar y combatir.

Para aplacar a Al Islah, pujante coalición de fuerzas islamistas sunníes (los Hermanos Musulmanes, la confederación tribal Hashidí liderada por el clan Al Ahmar y los salafistas) con representación parlamentaria y que en la década que siguió a la guerra civil reemplazó al HIY como socio gubernamental del MSA, Saleh, quien era un shií de la rama zaydí, fe profesada por algo menos de la mitad de la población, enmendó la Constitución para fijar la supremacía legal de la Sharía, cambio que remató su divorcio de los antiguos marxistas del Sur, condenados a la marginalidad política tras su derrota militar. En los conciliábulos con las tribus no dejó de tener importancia la condición sunní de Hadi, pues sunníes eran alrededor del 55% de los yemeníes. Ahora bien, la extrema personalización en Saleh del Gobierno de Yemen, país subdesarrollado pese a contar con una riqueza petrolera apreciable -aunque no comparable con la de los mayores productores de la península arábiga-, dejó muy poco margen para la proyección internacional de figuras subalternas, y de esta debilidad del liderazgo no fue ajeno el vicepresidente Hadi, teórico número dos en Sanaa.

En la primera década del siglo XXI el régimen yemení encajó una triple rebelión armada. Con base de operaciones en Abyán, la patria chica de Hadi, y teniendo como principal objetivo la capital provincial, Zinjibar, cobró ímpetu la subversión de los salafistas ligados a Al Qaeda. Luego, en 2004, en el extremo noroeste lindero con Arabia Saudí, la gobernación de Saada, se alzaron en armas los rebeldes zaydíes de Ansar Allah (Partidarios de Dios), más conocidos como hutíes, que tomaban su nombre del caudillo tribal y religioso Hussein Badreddin al-Huthi. Según las autoridades centrales, los hutíes, con la ayuda de Irán, buscaban acabar con la República y restablecer el viejo imanato derrocado en 1962. Finalmente, en 2009, resurgió el movimiento separatista sureño, cuya ala extremista inició una campaña de ataques contra objetivos del Gobierno y el Ejército en Adén y las otras gobernaciones que habían formado parte de la RDPY.

Este panorama explosivo puso de relieve el agotamiento de las fórmulas de disenso y manipulación empleadas desde siempre por Saleh para mantener a raya a sus adversarios potenciales o reales, aplicadas en paralelo a las prácticas de la corrupción y el nepotismo, que alcanzaron unas dimensiones desmesuradas. En lo sucesivo, a lo más que podía aspirar el mandatario era a mantener encauzada esta espiral de inestabilidades no interdependientes entre sí, so pena de hundirse Yemen en el caos. Los múltiples frentes de insurgencia y terrorismo involucraron plenamente al Ejército, que sufrió cuantiosas bajas, y en conjunto causaron miles de muertos. A principios de 2010, con el frente hutí todavía en fase bélica e pesar de los reiterados acuerdos de alto el fuego, el Gobierno de Sanaa y Al Qaeda en la Península Arábiga (AQPA, también autodenominada Ansar Al Sharía), la más potente de las sucursales regionales de la organización fundada por Osama bin Laden, se declararon mutuamente la guerra. En esta campaña militar el primero de los contendientes recibió de Estados Unidos, resuelto a intensificar sus misiones quirúrgicas de bombardeo con misiles, una asistencia considerada oprobiosa por los sectores más conservadores de la sociedad.

La hora del protagonismo de Hadi sonó en 2011. Fue el año en que al Gobierno de Sanaa le estalló el capítulo nacional de las históricas revueltas populares conocidas genéricamente como la Primavera Árabe. La contestación de la sociedad civil yemení, sin precedentes por sus demandas de democracia, justicia social y oportunidades económicas en el recodo pobre de la península arábiga, reclamaciones formuladas además sin sectarismos y de manera pacífica (mérito a tener en cuenta en particular en Yemen, donde la tenencia de armas de fuego por la población era moneda corriente) pero con coraje cívico, no tardó en ser respondida por Saleh con la brutalidad represiva propia de los regímenes autoritarios.

La rebelión de la calle entró en una fase de no retorno en marzo, tras dos meses de protestas, cuando francotiradores de la Policía abatieron a una cincuentena de manifestantes y el Ejecutivo decretó el estado de emergencia. La masacre de Sanaa puso contra las cuerdas a Saleh, que vio acelerarse la defección de colaboradores políticos, cuadros del MSA, mandos del Ejército y notables de su propia tribu, la Hashid, y cómo sus tardías propuestas de reforma constitucional, Gobierno de unidad y final anticipado del mandato no aplacaban a quienes exigían su renuncia inmediata. El desorden instalado en Sanaa fue aprovechado por los hutíes del norte para hacerse con el control total de la gobernación de Saada y por AQPA/Ansar Al Sharía en el sur para redoblar sus atentados terroristas y conquistar Zinjibar.

Hadi, en cambio, mantuvo intacta su vieja lealtad a Saleh. No obstante, su figura era vista como moderada en las capitales árabes y occidentales preocupadas por el curso de los acontecimientos en Yemen, un país crucial en la lucha de Estados Unidos contra Al Qaeda y además convertido en el escenario caliente de la pugna que Arabia Saudí e Irán mantenían por el liderazgo regional. El nombre del vicepresidente yemení emergió a los medios internacionales en abril de 2011 como el candidato a dirigir una transición pactada a elecciones generales que recibiría el mando de Saleh, el cual, a cambio de marcharse y dejar paso a un Gobierno de unidad nacional, obtendría la inmunidad frente a eventuales persecuciones judiciales.

Sin embargo, el acosado autócrata, argumentando que pretendían imponerle unas "injerencias golpistas", se negó a someterse a este plan, diseñado por el Consejo de Cooperación del Golfo (CCG) bajo el liderazgo saudí y con el visto bueno de Estados Unidos, y redobló la represión de los opositores. Hasta en tres ocasiones se echó atrás Saleh, con días de diferencia entre retractación y retractación, cuando le pusieron delante para su firma los acuerdos que debían permitir un traspaso ordenado del poder. El empecinamiento temerario de Saleh, azuzado por el sector duro del régimen que le permanecía fiel, arrastró al país a una confrontación de imprevisibles consecuencias. Los combates a gran escala se adueñaron de la capital el 23 de mayo. La llamada batalla de Sanaa, desbordada a otras ciudades, la libraron efectivos de la Guardia Republicana a las órdenes del hijo del presidente y milicianos del jeque rebelde Sadeq al-Ahmar, el cabeza de la federación de tribus Hashidís, de la que de hecho Saleh era miembro.

El 3 de junio, un ataque artillero contra al palacio presidencial hirió de gravedad a Saleh, que fue evacuado de urgencia a Arabia Saudí con quemaduras en la mayor parte de su cuerpo. En ese momento, en que se temía seriamente por la vida del presidente, Hadi, en aplicación de las previsiones constitucionales, asumió las funciones del jefe del Estado de manera temporal. La incapacitación de Saleh y el ejercicio del poder, en teoría solo interino, por el vicepresidente tuvieron como efecto casi inmediato la aceptación por el jeque Ahmar de un alto el fuego en Sanaa, el cual fue un hecho el 7 de junio. Durante todo el verano, mientras duró la convalecencia médica de Saleh, Hadi fue un presidente en funciones más bien en apariencia, que no puso término a la represión de los manifestantes antigubernamentales. Aunque el estado de guerra ya no imperaba la capital, la violencia siguió desmandada en numerosos puntos del país.

La sensación en estos más de tres meses de vacío parcial de poder fue que las Fuerzas Armadas y los partidarios civiles de Saleh siguieron actuando bien por su cuenta, bien acatando las instrucciones de su jefe, que en julio empezó a emitir mensajes vindicativos desde Arabia Saudí, librando la guerra contra AQPA en Abyán y enfrentándose a tiro limpio con los rebeldes tribales y otros autoproclamados "defensores de la revolución". A estos últimos se les unió el general Ali Mohsen Saleh al-Ahmar, el comandante de la I División Acorazada y, pese a no ser pariente de Sadeq al-Ahmar (y sí, en cambio, aunque lejano, de Saleh), muy ligado al partido Al Islah.

El 23 de septiembre, con la capital otra vez estremecida por los combates y las morgues de los hospitales llenas de cadáveres, Saleh se presentó por sorpresa en Sanaa y reasumió todo el poder, poniendo a Hadi fuera de juego. Cada vez resulto más clara la brecha abierta entre los dos dirigentes. Las monarquías del Golfo, Estados Unidos y el Consejo de Seguridad de la ONU intensificaron las presiones a Saleh, dado por desahuciado por quienes hasta hacía unos meses habían sido sus valedores, para implementar el plan de transferencia de poder y transición política. Plan que depositaba todas sus esperanzas en la capacidad aglutinadora de Hadi, al que una parte de la oposición aceptaba como presidente provisional.

El final del interminable forcejeo yemení llegó el 23 de noviembre, día en que Saleh, bajo una enorme presión ambiental, se resignó a estampar su firma en Riad a un acuerdo auspiciado por el CCG y según el cual, antes de un mes, debía entregar efectivamente el poder a Hadi a cambio de inmunidad. En el plazo de dos meses tendrían lugar elecciones presidenciales y hasta entonces Saleh, que lógicamente no podía presentarse candidato, seguiría siendo el presidente constitucional, aunque solo sobre el papel. Se entendía que en el breve período transitorio Hadi fungiría como un presidente facto. El 27 de noviembre Hadi designó al dirigente opositor independiente Muhammad Salim Basindwah primer ministro con la tarea de encabezar un Gobierno de concentración hasta las elecciones. El Gabinete Basindwah, que reemplazaba al del primer ministro desde 2007, Ali Muhammad Mujawar, se constituyó el 10 de diciembre y, por decisión consensuada que contó con el impulso decisivo de Hadi, presentó una composición paritaria MSA-oposición.


3. Los intentos de reafirmar una presidencia socavada desde múltiples frentes

Al comenzar 2012, pese a las dudas que suscitaba la capacidad de liderazgo de Hadi, en el disgregado y confuso panorama yemení, donde la revolución popular se había quedado a medio camino porque las estructuras del régimen del MSA permanecían intactas pese a la salida de Saleh (el 22 de enero, una vez aprobada su inmunidad por el Majlis, el todavía presidente titular volvió a abandonar temporalmente el país para reanudar su tratamiento médico en Estados Unidos), no aparecía a la vista ninguna otra figura apta para forjar un mínimo de consenso entre los diversos partidos, tribus y clanes de poder supuestamente comprometidos con la unidad y la pacificación del país. El sectarismo y la desconfianza seguían impregnando la turbulenta política yemení.

Las elecciones presidenciales fueron convocadas para el 21 de febrero de 2012 y la candidatura de quien había permanecido firmemente al lado de Saleh hasta los sucesos traumáticos de mayo y junio de 2011 ganó el respaldo, con bien poco entusiasmo y sí con mucho sentido práctico, por un cálculo de conveniencia, de un elenco de fuerzas que incluía, a además de su propia formación, el MSA, la Alianza de Tribus Yemeníes del jeque Ahmar y la denominada Coalición Conjunta de Partidos, que integraban entre otros Al Islah y el HIY. Los hutíes y el Movimiento Sureño (Al Harek), el conglomerado de grupos soberanistas que defendían los derechos y la identidad del Sur, propugnaron el boicot. En cuanto a los sectores de la sociedad civil que habían iniciado las protestas democráticas sin elevar banderas partidistas, se sintieron marginados con este acuerdo entre actores oligárquicos y acogieron la candidatura de Hadi, no retada por ningún otro aspirante, con una mezcla de resignación y desencanto.

En estas condiciones, las elecciones que debían alumbrar un nuevo orden de legitimidad democrática, al convertirse en un mero plebiscito presidencial, resultaron carecer de las características de pluralismo y competencia restringidos que sí habían tenido al menos las anteriores votaciones presidenciales, las de 2006, en las que Saleh batió con 77,2% de los sufragios, ganado así un nuevo mandato de siete años, a su adversario de la Coalición Conjunta de Partidos, Faisal bin Shamlan. Ahora, Hadi ganó la Presidencia con el 99,8% de los votos y un 65% de participación, según los datos comunicados por la Comisión Suprema de Elecciones y Referendos. El 25 de febrero de 2012 Hadi prestó juramento como segundo presidente de la República de Yemen ante el pleno del Majlis y con un mandato, en principio, de solo dos años, el tiempo que iba requerir la redacción y aprobación en referéndum de la nueva Constitución.

En su discurso inaugural, el mandatario describió este momento como "histórico y crítico", el "éxito de un acontecimiento democrático" que iba a "traer paz, seguridad y estabilidad a un país agotado por la división y perjudicado por los conflictos entre rivales". "Nuestro pueblo ha vivido todo tipo de engaños e intrigas (...) el país ya no puede soportar cualquier nueva crisis impulsada por la venganza y que terminaría destruyéndolo", dijo también el orador a los diputados. En apariencia, Hadi colaba una crítica implícita al proceder de Saleh a lo largo de la crisis de 2011. Sin embargo, dos días después, la supuesta voluntad rupturista de las nuevas autoridades con los esquemas autoritarios del anterior Gobierno quedó puesta en entredicho al someterse Hadi a una ceremonia de transmisión formal de poderes en el palacio presidencial de Sanaa. En la misma, Saleh, con la entrega simbólica de la "bandera de la revolución" (la enseña nacional), que quedaba en las "seguras manos" de su sucesor, se arrogó una legitimidad postrera, de patriota que transfería de manera voluntaria y generosa el poder que había detentado durante 34 años.

Como presidente titular de Yemen, Hadi se propuso acometer tres empresas difíciles y delicadas, así como interconectadas entre sí: intensificar la guerra contra AQPA/Ansar Al Sharía, lucha que presentó como un "deber religioso y nacional"; reestructurar las Fuerzas Armadas para poner fin al divisionismo en sus filas y mejorar su capacidad para el combate a la insurgencia y el terrorismo; y, de manera no explícita en sus discursos pero muy clara en los hechos, tanto más porque de ello dependía el éxito de la reforma militar en marcha y su propia consolidación en el poder, remover de los escalafones armados y el aparato de seguridad a los parientes y allegados que Saleh había dejado al mando y a través de los cuales, resultaba evidente para todo el mundo, pretendía seguir influyendo y moviendo hilos. Para Saleh, esta intromisión indirecta en los asuntos de la milicia venía a añadirse a la que en el ámbito propiamente político ya le aseguraba su permanencia como presidente del MSA, que seguía siendo el partido de Hadi y el principal sostén de su Gobierno.

En el primer frente, el bélico, el jefe del Estado dio prácticamente barra libre a Estados Unidos para multiplicar los bombardeos selectivos con aviones no tripulados o drones, misiones que en parte se coordinaron con las ofensivas terrestres del Ejército yemení contra los reductos de los jihadistas en Abyán. Frente a la decena de ataques aéreos de drones reportada en 2011 iba a pasarse a 41 en 2012. En mayo y junio de 2012 los gubernamentales se emplearon a fondo para expulsar a Ansar Al Sharía de Zinjibar y los terroristas se vengaron cometiendo mortíferos atentados suicidas, el más grave de los cuales, con un centenar largo de víctimas, tuvo como objetivo un desfile de soldados en Sanaa. En septiembre, AQPA detonó un coche bomba ante el Ministerio de Defensa, causando 12 muertos, y en enero de 2013 Sanaa confirmó la muerte dos meses atrás, por las heridas sufridas en una operación de las fuerzas de seguridad yemeníes, del considerado número dos del grupo, Said Ali al-Shihri.

La progresión con resultados tangibles de la guerra contra el jihadismo alqaedista se hizo en paralelo a la reorganización del Ejército y la purga de familiares directos y otros incondicionales del maniobrero Saleh, quien solo podía recibir estos movimientos de su sucesor como una afrenta. Así, a lo largo de 2012 y hasta principios de 2013, el presidente, en lo que mostró una determinación inesperada para muchos por los riesgos que encerraba, destituyó, aprovechando el enfado que provocaban los sangrientos ataques terroristas de Ansar Al Sharía, a los parientes más conocidos de su antecesor en el cargo. Estos altos mandos eran: el hijo del ex presidente, coronel Ahmad Ali Abdullah Saleh, removido de la comandancia de la Guardia Republicana; un hermanastro, el general Muhammad Saleh al-Ahmar, hasta ahora comandante en jefe de la Fuerza Aérea; otro hermanastro y general, Ali Saleh al-Ahmar, quien dirigía la Oficina de la Comandancia Suprema de las Fuerzas Armadas; un sobrino, el general Tareq Muhammad Abdullah Saleh, jefe de la Guardia Presidencial; el hermano del anterior, coronel Ammar Muhammad Abdullah Saleh, subdirector de la Oficina de Seguridad Nacional; y un tercer sobrino, el general Yahya Muhammad Saleh, comandante de las Fuerzas de la Seguridad Central.

En algunos casos no se trató de una purga propiamente dicha, sino de un apartamiento de puestos sensibles en Sanaa, pues los cesados recibieron a cambio destinos consulares en el extranjero. También fueron apartados el director de la Seguridad Nacional, Ali al-Anisi, el secretario general de la Presidencia, Abdelhadi al-Hamdani, y el responsable de la Inteligencia, Mujahid Ghoshaim, todos ellos considerados próximos al ex presidente. Junto con ellos cambiaron de destino o fueron licenciados decenas de oficiales nombrados en su momento por Saleh.

Hadi concluyó su primer año en la Presidencia de Yemen con un balance esperanzador en los terrenos político, pues se había deshecho de los principales lugartenientes de Saleh, una clara rémora para los intentos de reconciliación nacional, sin provocar tensiones perceptibles, y de la seguridad, merced a la sucesión de golpes militares a los jihadistas, que aunque conservaron una capacidad terrorista bastante letal se vieron desalojados de los núcleos urbanos de Abyán. El optimismo prudente del presidente Hadi sobre el porvenir de un país que todavía estaba a riesgo de sumirse, advertía, en una guerra civil "peor que la de Afganistán" fue puesto a prueba en la Conferencia de Diálogo Nacional, que inició sus sesiones en Sanaa en marzo de 2013.

El cónclave, convocado con los auspicios del CCG y la ONU, y presidido por Hadi en persona, reunió a los principales partidos y facciones yemeníes: el MSA, el HIY, Al Islah, el Movimiento Sureño, el Partido Unionista Nasserista y el movimiento Hutí. Los interlocutores establecieron grupos de trabajo para tratar específicamente problemas candentes como las reclamaciones del Sur y la situación en Saada, pero a finales de octubre de 2013 el proceso de diálogo sufrió un golpe devastador al reanudarse en la gobernación norteña los ataques de los insurgentes zaydíes, que la emprendieron con los salafistas locales y sus aliados tribales.

La reactivación de la rebelión hutí en Saada contribuyó a que quedaran en el vado los preparativos constituyentes, que ya acumulaban un considerable retraso, pues, de acuerdo con el calendario manejado anteriormente, el 15 de este mismo mes de octubre el electorado habría tenido que ratificar en referéndum una Constitución de la que únicamente se habían elaborado fragmentos de borrador. Analistas de la situación en Yemen insistieron en que detrás de las violencias en Saada estaba la mano desestabilizadora de Saleh, interesado en atizar la anarquía, valiéndose de los hutíes, en su provecho. Por lo que se veía, Saleh nunca había terminado de aceptar su desaparición del primer plano de la política. Lo mismo parecía pensar el Consejo de Seguridad de la ONU, que en su resolución 2.140 del 26 de febrero de 2014 aprobó la aplicación de sanciones a aquellos individuos u organizaciones de Yemen que "obstruyeran o minaran la compleción exitosa de la transición política".

Un mes antes, el 25 de enero de 2014, bajo los ecos deprimentes de la matanza terrorista del 5 de diciembre en el Ministerio de Defensa (56 muertos), la extensión de los choques tribales a la gobernación de Amrán, la generalización del descontento en el Sur y el asesinato en Sanaa, el 21 de enero, de un representante hutí en la mesa de diálogo, crimen que seguía al de otro delegado cometido en noviembre y que provocó el portazo oficial del ala política del movimiento, Hadi declaró clausurada la Conferencia con un balance de resultados pobre.

Los únicos compromisos adoptados se referían a la extensión del mandato del presidente por un año más, para permitirle seguir conduciendo el proceso de reformas; la composición paritaria, con un 50% de norteños y otro 50% de sureños, de la Cámara alta del Parlamento, el Consejo de la Shura; y un principio de acuerdo sobre que Yemen debía configurarse como un Estado federal de seis regiones, cuatro en el Norte (Azal, Saba, Janad y Tihama) y dos en el Sur (Adén y Hadramut), modelo territorial que para Hadi resultaba no ya deseable, sino imprescindible. Sin embargo, este último punto fue rechazado por algunos representantes del Movimiento Sureño, que no se conformaban con menos que un Estado federal de solo dos regiones, los antiguos yémenes del Norte y el Sur. Los conferenciantes, en su documento de resultados, estuvieron de acuerdo también con que en Saada las autoridades debían garantizar la libertad de religión y eliminar las actitudes sectarias en la administración provincial, pero el boicot a última hora de los delegados hutíes, que no firmaron el documento, convirtió esta declaración en agua de borrajas.


4. El colapso de 2015: toma del poder en Sanaa por los rebeldes hutíes y dimisión de Hadi

El panorama se le complicó sobremanera a Hadi en los meses que siguieron a la clausura de la Conferencia de Diálogo Nacional en enero de 2014. Los bombardeos con drones, de los que el Gobierno se hacía cómplice por cuanto coincidían con las operaciones antiterroristas del Ejército, empezaban a provocar la cólera de la población por los casos de ataques erróneos que mataban a civiles inocentes. El Parlamento ya había votado la prohibición tajante de estas tácticas bélicas para erradicar el jihadismo, pero la decisión legislativa no estaba siendo acatada. En abril y mayo, mientras se desarrollaban fuertes combates en la región sureña de Mahfad, en la confluencia de las gobernaciones de Abyán, Al Bayda y Shabwah, comandos suicidas de Ansar Al Sharía perpetraron varios asaltos de instalaciones militares y edificios gubernamentales en Hadramut y Sanaa, donde fue atacado el mismísimo palacio presidencial, con el resultado de varios muertos

El panorama de la seguridad se tornó decididamente alarmante en julio al lanzar los hutíes una campaña militar desde su feudo en Saada hacia el sur. El 8 de julio los milicianos shiíes capturaron Amrán, a solo 50 km de Sanaa, e infligieron un descalabro a las tropas gubernamentales, cuyo comandante, el general Hamed al-Qushaibi, pereció en los combates. Llegado agosto, los hutíes se plantaron en la capital, donde el ánimo de la población estaba muy alterado por la reciente decisión del Gobierno de suprimir las subvenciones al consumo de combustible, muy gravosas para el exiguo erario del Estado, medida que había provocado una duplicación de los precios. Erigiéndose en portaestandartes de la protesta popular, los hutíes acamparon en Sanaa y, al principio sin recurrir a la violencia pese a estar armados hasta los dientes, se pusieron a acosar a las autoridades con marchas y manifestaciones.

En un intento de aflojar la presión a que se le sometía, Hadi, el 2 de septiembre, anunció el cese del Gobierno en pleno y la formación de un Gabinete "de unidad". El máximo líder de los hutíes, Abdelmalik al-Huthi, se jactó de la paulatina ocupación por sus huestes de zonas de la Sanaa, despliegue que calificó de "revolución triunfante", pues estaba consiguiendo que el Ejecutivo transigiera con las demandas de los ciudadanos. A los pocos días, el desafío hutí se tornó violento: los marchistas fueron respondidos con disparos a las puertas de la sede del Gobierno, sufriendo varios muertos, y sus fuerzas armadas entablaron batalla campal con tropas del Ejército y milicianos de Al Islah. La capital de Yemen volvió a experimentar el estado de guerra vivido por ultima vez en 2011. Los defensores del Ejecutivo salieron mal parados de las refriegas y los rebeldes se hicieron con el control efectivo de numerosos edificios oficiales, incluida la sede del Gobierno. Con pasmosa facilidad, los hutíes habían conquistado de hecho Sanaa, pero por el momento no parecían dispuestos a hacerse con el poder político.

El 21 de septiembre el primer ministro Basindwah presentó la dimisión y ese mismo día Hadi, cuya autoridad se agrietaba irremisiblemente, presidió la firma de un precario acuerdo de paz por los representantes del Ejecutivo, los hutíes y los partidos políticos. El acuerdo del 21 de septiembre no resolvió la grave crisis de seguridad desatada por los hutíes, que amenazaba con llevarse por delante a Hadi. El presidente designó el 7 de octubre un nuevo primer ministro, Ahmad Awad bin Mubarak, su jefe de gabinete, que no fue aceptado por los hutíes al considerarle próximo a sus mortales adversarios, los islamistas sunníes de Al Islah. El enfado de los hutíes se disparó dos días después al ser objeto de un atentado suicida una concentración de miles de sus partidarios con el resultado de 47 muertos. Entonces, Hadi se apresuró a revocar la designación de Mubarak y cuatro días después presentó la alternativa de Jaled Bahah, un diplomático independiente. Los rebeldes, envalentonados, mostraron su desdén por el último movimiento del presidente tomando el puerto de Al Hudayda, en la costa del mar Rojo, al tiempo que peleaban con AQPA por la posesión de Radaa, en Al Bayda.

En los dos últimos meses de 2014, la crisis política y militar de Sanaa escaló varios peldaños. El nuevo Gobierno Bahah, constituido el 9 de noviembre y con un perfil tecnocrático, no fue aceptado ni por los hutíes ni, hecho especialmente grave para Hadi, por el MSA, postura tras la que se veía la cizaña de Saleh, quien parecía haber consumado una alianza fáctica con los rebeldes zaydíes, la comunidad religiosa a la que pertenecía y a los que con tanta energía había combatido antes de 2011. El Consejo de Seguridad de la ONU no tenía ninguna duda sobre lo que estaba sucediendo en el país arábigo. El 7 de noviembre el Comité de Sanciones de la resolución 2.140 precisó como objetos de sanciones (congelación de cuentas bancarias y prohibición de viajar fuera del país) a tres personalidades: el ex presidente Saleh, el comandante militar hutí, Abdeljaleq al-Huthi, y su segundo en la milicia rebelde, Abdullah Yahya al-Hakim.

Para la ONU, este trío estaba "amenazando la paz, la seguridad y la estabilidad" del país. Las conclusiones eran demoledoras con respecto a Saleh, quien conspiraba abiertamente para "desestabilizar" Yemen y propiciar un "golpe de Estado" contra Hadi, haciendo descarrilar el acuerdo político de noviembre de 2011. Para esos fines, el ex presidente no solo estaba conchabado con los hutíes, sino que tenía una complicidad subversiva con los separatistas sureños y hasta con los jihadistas. Saleh, desde la televisión, negó todas las acusaciones y arremetió contra Hadi por, según él, haber instigado la imposición de las sanciones internacionales contra su persona.

Por si no estaba pasando suficientes apuros, el mandatario yemení encajó el fracaso, el 6 de diciembre, de la operación de rescate por fuerzas especiales de Estados Unidos de los rehenes de AQPA Luke Somers, fotoperiodista estadounidense, y Pierre Korkie, profesor sudafricano, quienes perdieron la vida en la operación, y, ya en enero de 2015, la reivindicación por la rama yemení de Al Qaeda de la autoría del brutal atentado contra el semanario satírico parisino Charlie Hebdo, en el que los hermanos Kouachi asesinaron a 12 personas antes de darse a la fuga y ser abatidos por la Policía gala. El pregonado vínculo de Yemen con el ataque a Charlie Hebdo fue un altavoz muy negativo del grado de desgobierno que vivía el país.

El 19 de enero de 2015, con la sucesión de atentados terroristas como telón de fondo y justo después de que un comité rematara un borrador constitucional con el rechazo del MSA y los hutíes, estos últimos dieron un paso más en su metódica toma del control de Sanaa, ofensiva que apuntaba ya a la asunción del poder institucional, el mismo que habían rehuido desde su entrada en la capital en septiembre. Desbordando a un Ejército que parecía desmotivado, los milicianos rebeldes atacaron el convoy de vehículos que trasladaba al primer ministro Bahah y el día 20 capturaron sin esfuerzo de tiroteos el palacio presidencial, donde reemplazaron a los guardias oficiales y secuestraron al jefe del Gabinete de Hadi. Los portavoces del Gobierno denunciaron que estas últimas agresiones constituían un "intento de golpe de Estado" y acusaron a Saleh de alentar el caos.

La situación de Hadi y sus ministros, sin fuerzas lealistas que los defendieran y políticamente impotentes, era ya insostenible. El 21 de enero se anunció que el mandatario y el clan Huthi habían llegado a un acuerdo para cerrar la crisis, pero en la jornada siguiente el primer ministro Bahah y, acto seguido, el propio Hadi, presentaron sendas renuncias irrevocables que obedecían al "laberinto" y al "callejón sin salida" en que se encontraba el país. El presidente dimisionario transmitió al Majlis su disgusto por la "falta de responsabilidad" de las distintas fuerzas políticas en los esfuerzos para "encauzar" el curso nacional así como su pesar por todas las "humillaciones" y "padecimientos" sufridos a lo largo de su mandato. Además, reconocía "no haber sido capaz de lograr los objetivos" que se había trazado al asumir el cargo en 2012, por lo que pedía perdón a los ciudadanos.

El Majlis rechazó la renuncia de Hadi y recordó la disposición constitucional de que la dimisión del jefe del Estado, para tener efecto, debía ser aceptada por una mayoría absoluta de diputados. Si al final Hadi recibía el visto bueno del Legislativo a su salida, puesto que ahora mismo no había un vicepresidente, las funciones del jefe de Estado pasarían temporalmente al presidente de la Asamblea, quien era Yahya Ali al-Raee. El colapso de facto, pero todavía no de iure, del Ejecutivo yemení dejó a Hadi en una tesitura personal incierta, aunque probablemente comparable a un arresto domiciliario, y al Estado republicano fundado en 1990 en un limbo del que se apresuró a sacar partido el secesionismo sureño, que empezó a hacerse con el control de edificios gubernamentales e instalaciones militares.

En el exterior, las monarquías del Golfo y Estados Unidos, potencia se veía privada de un aliado clave en la lucha contra el jihadismo en la región, condenaron el golpe de mano de los hutíes y recalcaron que para ellos Hadi seguía siendo el presidente legítimo. La situación de incertidumbre y de vacío de poder legal se prolongó unos días más, tiempo en el que los milicianos hutíes dispersaron violentamente las manifestaciones de decenas de miles ciudadanos que exigían la retirada de los rebeldes y la reimposición de Hadi. Virtualmente fuera de juego, el mandatario renunciante tuvo poco o nada que decir en el diálogo contrarreloj abierto por los partidos bajo el ultimátum de tres días fijado por los hutíes, que amenazaban con imponer su propia hoja de ruta para resolver la crisis política.

El 5 de febrero saltó a noticia de que nueve facciones y partidos, entre ellos el MSA, Al Islah, el HIY y, aunque con serias reservas, el Movimiento Sureño, habían alcanzado con los hutíes un principio de acuerdo sobre la creación de una Comisión Presidencial interina de cinco miembros, colocada bajo la presidencia del ex presidente suryemení Ali Nasser Muhammad y con el mandato de administrar el país durante un año. Sin embargo, al día siguiente, los hutíes, con el pretexto de que los partidos no habían terminado de aclarar sus posiciones antes de la fecha tope impuesta para la firma del compromiso, consumaron su golpe con el anuncio de la disolución del Majlis, la asunción de plenos poderes por un Comité Revolucionario presidido por uno de los dirigentes del clan familiar, Muhammad Ali al-Huthi (primo de Abdelmalik al-Huthi), y los próximos nombramientos de un nuevo Parlamento de 551 miembros y de un Consejo Presidencial de cinco miembros para regir Yemen en los próximos dos años, así como la promulgación de la nueva Constitución. En estos momentos, el paradero del ex presidente Hadi constituía una incógnita.

(Cobertura informativa hasta 6/2/2015)

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