¿Quién teme a Donald Trump? Entre otros, Asia-Pacífico

Fecha de publicación:
10/2016
Autor:
Oriol Farrés, responsable de proyectos, CIDOB
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Las presidenciales de noviembre no sólo van a decidir el inquilino del Despacho Oval. Medirán el grado de ensoñación de una parte importante de estadounidenses que, de un modo similar al ambiente preBrexit, parecen ahora embriagados por la retórica enfática de Trump que antepone los sentimientos a los hechos o el castigo (al establishment) a los escándalos y al lenguaje soez.

Aunque ambos candidatos pertenecen a la élite (política/empresarial), presentan perfiles bien distintos: Clinton tiene una larga carrera política (que le acarrea críticas como miembro del establishment), mientras que Trump esgrime un lenguaje de outsider, tan directo en la forma como insustancial en el fondo y que apela a la parte irracional del ciudadano medio, a sus entrañas y a su bolsillo. Sus otras dos grandes bazas son su presunto éxito como magnate de los negocios y, por encima de todo, un gran sentido del espectáculo para captar la atención general. Otra diferencia entre ellos es su relación con la verdad y la mentira. PolitiFact, la web de fact-checking («comprobación de hechos») más conocida de Estados Unidos, calcula (principio de octubre de 2016) que tres de cada cuatro afirmaciones de Donald Trump son parcial, plena o flagrantemente, falsas. La ratio de Clinton es prácticamente la opuesta (27%), lo que no es perfecto, pero es mejor.

Es posible que el resultado de la elección dirima también el futuro de la estrategia de Washington hacia Asia Oriental, el «pivote hacia Asia», pero también la imagen de Estados Unidos en Asia y el siguiente estadio de la relación bilateral más importante del siglo xxi, entre Washington y Beijing. Clinton apoya el pivote –una política que llevó a cabo durante su ejercicio en la Secretaría de Estado– y mantiene una visión cabal de la relación con China. Esta visión no rehúye una rivalidad controlada entre ambas potencias, pero admite también la relación económica simbiótica existente –que algunos autores han definido como de «destrucción económica mutua asegurada »–, motivo por el cual Hillary Clinton ha afirmado que «no es posible definir a China tan sólo como un amigo o un enemigo».

Por su parte, Trump ve en China a un competidor desleal –al que acusa entre otros de dumping y de manipular a la baja su moneda (lo que, por cierto, no es un argumento actual)– y promete una confrontación frontal con su primer socio comercial. Por detrás de México, China sería –según el grupo financiero japonés Nomura– el segundo país más afectado del mundo por el proteccionismo de Trump, que también dañaría a otras economías asiáticas como Corea del Sur o Filipinas.

En materia de seguridad, el candidato republicano pretende aumentar la presencia militar en Asia y exigir a sus aliados –como Japón o Corea del Sur– un pago mayor de la factura por su seguridad, bajo amenaza de retirar las tropas.

En cuanto a Corea del Norte, Clinton apoya la negociación multilateral y las sanciones, con la necesaria concurrencia de China. Trump, por su parte ha ofrecido un diálogo bilateral que suena más a reto a un duelo que a negociación, y ha hablado de ataques preventivos para detener el programa nuclear. También ha afirmado que desde la presidencia forzaría a China a detener a su aliado títere, una visión que yerra doblemente, ya que China ni se doblegaría a sus presiones, ni tampoco tiene el control absoluto de su aliado, como Trump parece creer.

Qué esperar del día después

Por un lado, la victoria de Clinton no debería alterar significativamente el enfoque estratégico de Washington, que seguirá administrando la paz y la seguridad en Asia Oriental y promoviendo la contención de China. Esto mantendría bajos los incentivos a sus aliados (como Corea del Sur o Japón) para dotarse de autonomía militar. Posiblemente, sostendrá la defensa del Acuerdo de Asociación Transpacífico (TPP por sus siglas en inglés) –aunque Clinton ha mostrado distancia con el texto final– y, en términos generales, una visión política de los acuerdos comerciales internacionales, sometidos al liderazgo global de Estados Unidos. Por coherencia curricular, los derechos humanos deberían ser importantes en su narrativa política, lo que podría tensar puntualmente la relación con China. A su vez, Clinton probablemente demostrará también una mayor capacidad de proporcionalidad en sus reacciones, debido a su carácter menos volátil y bregado, un elemento positivo frente a posibles «accidentes» futuros en el Mar del Sur de China. Mantendría asimismo la lucha contra el cambio climático, lo que beneficiaría a las regiones de Asia más amenazadas por las catástrofes ambientales.

En cambio, el escenario tras la victoria de Trump resulta más difuso y sujeto al crédito logrado para implementar su discurso electoral, incluso entre las filas republicanas. La traslación literal de sus ideas a la política exterior tendría un impacto sobre las alianzas militares con Japón y Corea del Sur, que se verían fuertemente incentivados a ganar autonomía en defensa, transformando –para bien o para mal– el esquema de seguridad regional. En Japón, esto aceleraría la reforma de la Constitución con vistas a dotar al país de fuerzas armadas convencionales, lo que intensificaría las tensiones sociales y políticas con la oposición. También en Corea ganaría voz el movimiento antiamericano, crispado por las amenazas de Washington. Este, al perder popularidad en la región, daría aire a China justo cuando su imagen pasa por horas bajas por su bronco comportamiento en los conflictos marítimos.

La idea de un diálogo bilateral entre Washington y Pyongyang tendría pocas posibilidades de prosperar más allá del terreno simbólico. Excluir a los vecinos de la mesa de negociación mataría la semilla para gestionar otros conflictos a medio plazo, en la península coreana y también en el resto de la región. Aun así, tampoco es evidente que los norcoreanos accederían a negociar directamente con Washington antes de alcanzar una posición de fuerza y, menos, a cambio de nada.

Ya que se muestra escéptico ante la amenaza del cambio climático (llegando a afirmar que es una invención de China para su propio beneficio), Trump podría retirarse del Acuerdo de París (COP21), hiriendo así de muerte una posible posición conjunta de la sociedad internacional. Inesperadamente, esto abriría un espacio a China para liderar en un futuro cercano la incipiente gobernanza del clima, a pesar de –o gracias a– partir con retraso en muchas áreas.

Lo cierto es que la decisión pertenece a los votantes, y aquí sí tiene voz la comunidad asiática de Estados Unidos. Es la que, en 2016, ha crecido más rápidamente y, según encuestas de la organización Asian Americans Advancing Justice, se define como demócrata (47%) o no se identifica con ninguno de los grandes partidos. Su apoyo a los republicanos es pequeño (15%) y la opinión acerca de Trump muy desfavorable (61%). Algo que sin duda se ha ganado con sus comentarios racistas, su visión de la inmigración y también del Islam –ya que, cabe recordar, en Asia vive el 62% de todos los musulmanes del mundo–.

Si gana Trump, es de prever que pronto emergería una gran contradicción: la visión de la «Gran América» a la que aspira –que tendería aún más a la coerción que a la seducción–, en un mundo global e interdependiente como el actual, no es ni fácil, ni mucho menos económica.