Las elecciones presidenciales y la Doctrina Obama: ¿continuidad o cambio?

Fecha de publicación:
10/2016
Autor:
Paula de Castro, investigadora, CIDOB
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Ante el nuevo periodo que se va a abrir para la política en Estados Unidos, ya se empieza a hablar de la doctrina Obama y su futuro. La Administración del presidente Obama ha primado la diplomacia frente a la confrontación militar, la defensa del orden multilateral y la movilización de socios internacionales frente a la acción unilateral y ha reenfocado las prioridades del país en temas de política exterior. Ahora, queda por ver en qué medida la candidata demócrata, Hillary Clinton, o el candidato Republicano, Donald Trump, dará continuidad a su doctrina y su legado.

Cuando el presidente Obama llegó a la Casa Blanca recibió un país inmerso en una crisis económica comparable con los años de la Depresión, dos guerras (Irak y Afganistán) y una imagen internacional erosionada. Entonces contaba con el respaldo político de una mayoría demócrata en el Congreso y su prioridad fue reforzar el país interna e internacionalmente. Para ello, consideró necesario reafirmar las capacidades económicas y militares del país pero, sobre todo, reconocer sus límites a la hora de gestionar las crisis internacionales. Para él, la historia de su antecesor había demostrado que la solución militar y la acción unilateral frente a las crisis internacionales habían llevado al país al estrés en el que se encontraba.

Desde entonces la presidencia Obama reconsideró la diplomacia como solución de conflictos y defendió la creación de coaliciones internacionales para la gestión de crisis internacionales. Para Obama, la excepcionalidad de Estados Unidos debía venir dada por su capacidad de influenciar la agenda internacional y de movilizar actores que, según él, esperan tradicionalmente al liderazgo americano. Este principio –que hoy se conoce como «liderar desde atrás»– fue lo que llevó al presidente a exigir la participación de sus socios europeos en la crisis en Libia (2011), decidir la salida de las tropas de Iraq y reducir las fuerzas en Afganistán, así como promover una salida diplomática a la crisis de las armas químicas en Siria, la cuestión nuclear con Irán y la coalición internacional contra ISIS.

Para Obama había llegado la hora de redefinir las prioridades estratégicas del país. Regiones como Asia, América Latina y África se habían convertido en sinónimo de futuro, pero se había invertido poco en ellas en comparación con regiones conflictivas como la de Oriente Medio. Por ello, durante su Administración, el presidente Obama emprendió la normalización de las relaciones con Cuba y buscó afianzar las relaciones con Asia a través del Acuerdo de Asociación Transpacífico (TPP por sus siglas en inglés).

Estos principios, que hoy en día empiezan a ser reconocidos como la Doctrina Obama, son los mismos que le costaron el apoyo político en casa. Para sus detractores, la idea de una América que «lidera desde atrás» no correspondía con el rol de una potencia mundial como la de Estados Unidos. En opinión de estos, cada vez que se disculpaba ante la comunidad internacional y evadía la opción militar cuando las líneas rojas ya estaban marcadas –como el caso de Siria–, Obama erosionaba la credibilidad del país. Estas críticas empeoraron cuando el presidente Obama perdió el Congreso (2010) y el Senado (2014) en favor del partido republicano. Desde entonces, la ideología ha primado sobre el consenso, produciendo el bloqueo de leyes y tratados internacionales, un aumento de la interferencia del Tribunal Supremo y un aumento de las órdenes ejecutivas.

Ante las puertas de una nueva presidencia, la candidata Hilary Clinton parece ser la más partidaria de mantener la visión y el legado de Obama, aunque con marcadas diferencias. En la fórmula de Clinton resuena la defensa del sistema internacional multilateral y la diplomacia como instrumentos de resolución de conflictos, pero la opción militar no parece tan descartable. Su disposición a apoyar la intervención militar en Iraq (2003), su defensa de una intervención militar en Libia (2011) y en Siria (2013) y su anuncio de mostrar mano dura con Irán si no cumple con lo pactado en el acuerdo nuclear son prueba de ello.

Si bien Clinton ha defendido la aproximación de Obama hacia Asia y tomado parte activa en las negociaciones del TPP como secretaria de Estado, queda en entredicho que, como presidenta, dé continuidad a la visión de Obama en la región. De hecho, la candidata ya ha puesto en duda la continuación del acuerdo comercial con los socios del Pacífico. De todas formas, Clinton ha anunciado su voluntad de seguir otras iniciativas de Obama como la normalización de las relaciones con Cuba, la consideración del cambio climático como un riesgo a la seguridad nacional, el cierre de Guantánamo y la lucha contra ISIS mediante el apoyo internacional.

Si la candidata Clinton puede representar la continuidad de la doctrina Obama, Trump supone una ruptura definitiva. Para el candidato republicano, la diplomacia y la defensa del orden multilateral han de quedar supeditados a instrumentos más contundentes como la acción unilateral, las sanciones económicas, la intervención militar y las practicas contraterroristas propias de la era Bush. En su programa, Trump hace una clara defensa de la remilitarización en Asia y Oriente Medio. En Asia, pretende ganar una posición negociadora para Estados Unidos frente a China y Corea del Norte, en particular tras la confirmación de sus ensayos nucleares. En Siria, el candidato estaría dispuesto a negociar una alianza con Rusia en su lucha contra ISIS.

En su programa, Trump considera necesario replantear las alianzas internacionales forjadas en estos últimos años por el presidente Obama. Apunta, sobre todo, a aquellas relacionadas con al pacto nuclear con Irán, el acuerdo comercial con Asia y la alianza con Japón y Corea del Sur en su lucha contra Corea del Norte. Además, Trump considera que el cambio climático es una ficción y su apuesta por las energías fósiles es clara. Y, finalmente, su política de inmigración y sus declaraciones xenófobas a raíz de la crisis de los refugiados han marcado una agenda de restricción, deportaciones y discriminación, que va en contra de la visión de la América acogedora y pluricultural defendida por Obama.

En definitiva, Estados Unidos decide el futuro de la presidencia con dos fórmulas antagónicas y un Capitolio que se espera continúe dividido. Por un lado, como se ha visto, la opción demócrata parece asegurar la continuidad de la doctrina y el legado de Obama. La dificultad es que Clinton cuenta con poca simpatía de las cámaras a raíz del escándalo que produjo su gestión de cuentas de correo electrónico y de una crisis que se saldó en Libia con la muerte de cuatro norteamericanos. Por otro lado, la opción republicana que tiene ante sí el país no sólo supone una ruptura con la doctrina y el legado de Obama, sino también con los principios tradicionales de su propio partido, como han demostrado muchos republicanos destacados al retirar el apoyo a su propio candidato.