¿Crisis migratoria o política de espejismos?

Fecha de publicación:
05/2019
Autor:
Blanca Garcés Mascareñas, ivestigadora, CIDOB
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En marzo de 2019 la Comisión Europea dio la crisis migratoria por zanjada. «Ya no estamos en modo crisis», anunciaba en una publicación. Si nos atenemos a los números, efectivamente, las llegadas a las costas europeas se han reducido drásticamente. También el número de solicitudes de asilo ha caído en picado. Pero, en determinados discursos políticos, parece que da igual. Los números no siempre cuentan. Especialmente ahora. La inmigración sigue estando en boca de todos, incluso en aquellos países donde a penas hay inmigrantes y donde si algo llama la atención es la ausencia de los propios nacionales que han emigrado. ¿Por qué entonces seguimos hablando de inmigración? Porque más allá de la politización, estamos ante una política de espejismos.

Hablamos de politización cuando una cuestión ocupa una posición central en el debate político, presenta un alto grado de polarización y cuenta con un número creciente de actores involucrados. No hay duda de que la inmigración cumple las tres condiciones. Primero, todo el mundo habla de inmigración y en muchos países su uso electoral ha reconfigurado el escenario político, por ejemplo facilitando la entrada en el gobierno de fuerzas hasta el momento marginales. Segundo, las posiciones tanto de partidos políticos como de la propia opinión pública están cada vez más polarizadas: crecen las posiciones en los extremos, mientras que cada vez son menos los consensos compartidos. Tercero, aumentan también las voces que participan en el debate. El Mediterráneo, convertido en espacio de disputa entre estados miembros, instituciones europeas, ciudades y actores de la sociedad civil, es un buen ejemplo de ello.

Pero la realidad va mucho más allá de la politización. Cuando hablamos de inmigración, llama la atención la dominancia de puntos de partida distorsionados. Hablamos y respondemos a cuestiones que son falaces. Los números lo indican claramente. Tal como ponen en evidencia distintos estudios sobre opinión pública, hay una tendencia a sobreestimar el número de inmigrantes, pensar que son más distintos (en lo cultural y religioso) de lo que realmente son y considerarlos económicamente mucho más marginales —menos educados, más desempleados y más dependientes de ayudas sociales— de lo que dicen las estadísticas. Esta distorsión de partida también determina el debate político y las políticas. De ahí que, además de politización, debamos hablar también de una retórica construida sobre espejismos.

Un ejemplo de esta política de espejismos es la percepción permanente de crisis migratoria. De hecho, es la expectativa de inmigración cero en un mundo cada vez más globalizado y desigual lo que nos lleva a esta percepción de migraciones crecientes. Es también esta misma expectativa la que nos hace ver crisis migratorias donde no las hay. O la que nos lleva a concluir que las políticas migratorias no funcionan. De ahí la adhesión a proyectos políticos que prometen soluciones fáciles a problemas difíciles, no solo de los partidos populistas y de extrema derecha, sino también, y cada vez más, de los partidos tradicionales en todo el espectro político. Este espejismo nos lleva a un dilema de difícil solución: mientras que desde lo político cualquier inmigración es demasiada, desde lo económico y demográfico no hay, ni va a haber, inmigración que sea suficiente.

Otro espejismo es el que nos lleva a gestionar las migraciones desde las fronteras geográficas. Sabemos que no hay política de fronteras sin puertas de entrada. La propia Agenda Europea de Migración (2015) señalaba la necesidad de abrir vías legales de acceso no solo para refugiados sino también para inmigrantes económicos. No porque lo necesiten ellos, sino porque lo necesitamos nosotros, nuestras sociedades envejecidas y nuestros estados de bienestar cada vez más precarizados. A pesar de ser una necesidad contrastada y ampliamente anunciada, sobre esto no se habla ni se actúa. Desde 2015 se ha incrementado el control fronterizo y se han dedicado más fondos a los países de origen y tránsito para evitar las salidas. Obsesionados en sellar las fronteras geográficas, nos olvidamos de regular la movilidad.

Otro espejismo, si cabe más grave porque atañe a los propios cimientos de la Unión Europea, tiene que ver con no saber quiénes somos ni quiénes queremos ser. La creación de un espacio de libre circulación dentro de las fronteras europeas requiere no solo de unas normas comunes sobre quienes están y sobre los que pudieran llegar, sino también de cierto grado de corresponsabilidad y solidaridad entre los estados miembros. La discusión sobre las cuotas de reubicación durante la llamada crisis de los refugiados pone en evidencia que cualquier demanda de corresponsabilidad es puesta bajo sospecha y, a menudo, es percibida como algo contrario a la soberanía nacional de los estados miembros. No hay duda que detrás de esta falta de solidaridad hay una falta de legitimidad del propio proyecto europeo. El resultado es que tenemos un espacio de libre circulación que no siempre queremos gestionar conjuntamente. Sin un reparto más equitativo, ergo, sin una mayor corresponsabilidad, políticas como el sistema de Dublín siguen sin funcionar.

Obsesionados con el mito de la inmigración cero, escenificando el control de la frontera sin una verdadera política de la movilidad y gestionando espacios comunes sin corresponsabilidad, esta política de espejismos no puede sino conducir a políticas simbólicas, es decir, políticas que responden a percepciones y asunciones distorsionadas, que calman los ánimos pero no resuelven los problemas que deberían abordar, precisamente porque el problema es otro. Y así seguimos: en esta espiral de sueños inalcanzables y políticas fallidas, de dilemas irresolubles y respuestas de emergencia,sin hablar de lo que deberíamos hablar y, al mismo tiempo, hablando sin parar.