El auge de la extrema derecha en Europa: el caso del frente nacional en Francia

Fecha de publicación:
07/2018
Autor:
Nonna Mayer, directora emérita de investigación en el Centre National de la Recherche Scientifique (CNRS)
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Desde hace unos veinte años la derecha radical populista vive un auge electoral sin precedentes, con una orientación xenófoba, autoritaria y euroescéptica (1). En las elecciones al Parlamento Europeo de 2014, tres de estos movimientos se situaban a la cabeza en sus respectivos países, el Partido por la Independencia del Reino Unido (UKIP), el Partido del Pueblo Danés (DF) y el Frente Nacional francés (FN). En 2016, el Partido de la Libertad de Austria estuvo a punto de ganar las últimas elecciones presidenciales y, tras las legislativas de 2017, acaba de llegar a un acuerdo de gobierno con los conservadores. En septiembre de ese mismo año, 92 diputados de Alternativa por Alemania (AfD) entraban en el Bundestag. En Francia, Marine Le Pen pasaba a la segunda vuelta de las elecciones presidenciales, en las que obtuvo más de una tercera parte de los sufragios, a saber, casi once millones de votos. Analizamos aquí los resortes y los frenos de la dinámica electoral del Frente Nacional, como espejo de aumento de las transformaciones que afectan a esta familia política.

Cuando Marine Le Pen sucede a su padre en 2011, hereda un partido en ruinas, debilitado por las divisiones internas y el envejecimiento de su líder. En la primera vuelta de las elecciones presidenciales de 2007, Jean-Marie Le Pen solo obtuvo el 10,4% de los votos emitidos, un resultado seis puntos y medio por debajo del de 2002, y el 4,3% en las legislativas. En unos meses, su hija invertirá la tendencia. Los candidatos del FN obtienen el 15% de los sufragios en la primera vuelta de las elecciones cantonales de 2011, casi el 18% en las elecciones presidenciales de 2012, un 25% en las elecciones europeas de 2014 y, posteriormente, en las departamentales de 2015, casi el 28% en la primera vuelta de las regionales, más del 21% en la primera vuelta de las elecciones presidenciales y más de un tercio de los votos en la segunda, el nivel más alto alcanzado nunca por el partido. Tras las municipales de 2014, el FN y sus aliados se imponen en 11 ciudades. Su número de candidatos electos registra la consiguiente progresión: 1.546 concejales municipales, 358 consejeros regionales, 62 consejeros departamentales, a los que se suman dos senadores en 2014 y dos diputados en 2012 y, posteriormente, ocho en 2017.

Factores estructurales y coyunturales

Esta dinámica electoral tiene causas a la vez estructurales y coyunturales. Un primer factor es la globalización económica y cultural, que se acelera a partir de los años noventa, y del que la integración europea se convierte en símbolo. Al incrementar la competencia a nivel económico (apertura de las fronteras), cultural (migraciones y minorías étnicas) y político (nuevos actores transnacionales), genera ganadores –empresas y trabajadores cualificados– cosmopolitas, abiertos al ámbito internacional, y perdedores –sectores hasta entonces protegidos, con mano de obra no cualificada, proteccionistas–. Ello obliga a los partidos existentes a reposicionarse en torno a estos factores económicos, pero en mayor medida culturales e identitarios. Ofrece un nicho atractivo para nuevas derechas populistas, xenófobas y euroescépticas, como el FN, que se presentan como defensoras de los “perdedores de la globalización” frente a los partidos de gobierno. Esta nueva división sustituye a las antiguas divisiones estructuradas en torno a la clase social y la religión, cortando de través la tradicional división izquierda-derecha. En Francia, aparece por primera vez en 1992 con motivo del referéndum sobre el Tratado de Maastricht. Los votos “en contra” son claramente mayoritarios en los extremos, entre los electores comunistas y los del Frente Nacional (84% y 93% respectivamente), mientras que los de centro-derecha y centro-izquierda votaron mayoritariamente “a favor” (76% entre los socialistas, 54% en la UDF) (2). Esta división política se suma a una división sociológica, que opone a titulados y no titulados, a categorías acomodadas y a los más necesitados, a ciudades y municipios rurales. Es también ideológica. El rechazo de Maastricht va de la mano de una visión del mundo autoritaria, etnocentrista, contraria a las élites y moralmente conservadora. Esta división vuelve a aparecer de manera casi calcada en el referéndum sobre el Tratado Constitucional Europeo en 2005 (3). Se afirma por primera vez en unas elecciones nacionales en 2017, en la confrontación entre Marine Le Pen y Emmanuel Macron. Las actitudes represivas, proteccionistas, antiinmigrantes y antieuropeas de los electores frentistas contrastan claramente con la apertura y la tolerancia de los electores de La República en Marcha, con diferencias de porcentaje de entre 45 y 64 puntos en relación con la demanda de proteccionismo económico. Electores, por otra parte, menos instruidos, de medios populares y alejados de las ciudades.

El segundo factor en el que se asientan los populismos, en los dos extremos del espectro político, es la crisis de la democracia representativa (4). Para Peter Mair (2009 y 2013), esta crisis afecta a todas las democracias occidentales y es consecuencia de un creciente desfase entre las dos funciones tradicionalmente atribuidas a los partidos políticos: representar, agregando y articulando las demandas del electorado; y gobernar, traduciéndolas en políticas públicas. Ahora bien, los partidos tienen cada vez menos militantes, están desconectados de su base social y, cuando gobiernan, están atados por restricciones exteriores. El resultado es una pérdida de capacidad de reacción y de responsabilidad que abre la vía a quienes plantean desafíos, en ambos extremos del espectro político. En diferentes grados de un país a otro, se observa, efectivamente, un auge de la desconfianza respecto de las élites de partido consideradas lejanas, corruptas e impotentes. En Francia, el año 1990, marcado por numerosos escándalos político-financieros y la votación de una ley de amnistía para los delitos cometidos antes de 1989, supone un punto de inflexión. El sentimiento de que los dirigentes políticos son más bien corruptos se hace mayoritario (42% en 1987, 55% en 1990, 77% en junio de 2016) (5). La idea de que los políticos “no se preocupan por lo que piensa la gente como yo” pasa del 51% en 1989 al 62% en 1990 y al 89% a finales de 2016 (6). Por lo que respecta a los partidos políticos, se sitúan claramente en último lugar en el palmarés de la confianza hacia las instituciones: solo el 11% de los encuestados declaraba confiar en ellos, si no “mucho” al menos “bastante” a finales de 2016 (7). Y entre los electores del FN estos niveles de desconfianza baten todos los récords.

A estos factores a largo plazo se suma, en 2017, una coyuntura especialmente favorable a la derecha radical populista. La recesión económica de 2008 había provocado un aumento del desempleo y las desigualdades y había ampliado todavía más la brecha entre gobernantes y gobernados, dando lugar, en el conjunto de Europa, a votos de castigo (8). La afluencia de refugiados a Europa a partir de 2015 reaviva el temor a una inmigración incontrolada. El sondeo anual de la CNCDH (Comisión Nacional Consultiva de los Derechos Humanos) sobre el racismo, realizada en enero de 2016, pedía que se eligiera entre estas dos respuestas: “Francia tiene el deber de acoger a refugiados de países en guerra” o “Francia no debe acoger a estos refugiados porque debería en primer lugar ayudarse a las personas que no consiguen tener una vivienda y vivir dignamente en Francia”. La mayoría de los encuestados se inclinaba por la segunda alternativa, dando prioridad a los franceses desfavorecidos (54% frente al 41%), si bien, entre los simpatizantes del FN llegan hasta el 95% (frente al 5% a favor de su acogida) (9). La larga serie de atentados islamistas que afectan a Francia y a Europa desde 2015 mantiene el miedo y una exigencia de orden y de autoridad. El terrorismo se situaba en sexto lugar entre las preocupaciones de los franceses en 2013, en cuarto en 2014, en tercer lugar a principios de 2015, en segundo en 2016 y, en 2017, se sitúa a la cabeza, superando al desempleo. Estos temores favorecen actitudes represivas y una exigencia de seguridad, especialmente acusada, de nuevo, entre los simpatizantes del FN. Por último, la victoria del Brexit en junio de 2016 y la posterior elección de Donald Trump en noviembre afianzan a los partidarios de una línea populista y antiglobalización, como ponen de manifiesto las reacciones de Marine Le Pen. Para ella, la opción de los británicos es la prueba de “que es posible salir de la UE” (rueda de prensa del 24 de junio de 2016) y, al igual que en el caso de las elecciones en Estados Unidos, lo interpreta como una victoria del pueblo, deseando “que, en Francia también, el pueblo pueda revertir la mesa en torno a la cual las élites se reparten lo que debería corresponder a los franceses” (10).

Los factores de la oferta política

Si bien todos estos elementos generan un contexto político favorable a la derecha radical populista, no actúan mecánicamente. Depende de los recursos de esa derecha en términos de liderazgo y de organización, de las estrategias que ponen en práctica y de las de los partidos asentados respecto a estas.

A partir de su elección para encabezar el partido (discurso de investidura en el Congreso de Tours, 16 de enero de 2011), Marine Le Pen anunció y puso en práctica una estrategia de conquista del poder. Su primer objetivo es volver a poner al partido en marcha. Si el número de afiliados queda lejos de los aproximadamente 80.000 que reivindica oficialmente, en julio de 2015 quedaba establecido en 51.551, mediante acta de agente judicial en el marco del conflicto judicial entre Jean-Marie Le Pen y su hija, es decir, 10.000 más que en el apogeo del movimiento, antes de la escisión de Mégret en 1998. En paralelo, la afiliación rejuvenece y se feminiza (11).Y una serie de círculos y de clubs intentan difundir las ideas del FN más allá del partido, en todos los medios. Además del Rassemblement Bleu Marine, se lanzan redes como Racine dirigida a los docentes, Marianne a los estudiantes, Audace a los jóvenes emprendedores, Cardinal a los jóvenes en activo, Nouvelle Écologie, Clic Clic (Cultura, Libertades, Creación), así como, más recientemente, una asociación de estudiantes de Sciences Po París (“Jean Moulin”) y otra de Sciences Po Burdeos (“Charles Péguy”).

Su segundo campo de batalla es la “desdemonización” del FN 8 (12). Pretende cambiar la imagen del partido, demostrar que no es ni racista ni, sobre todo, antisemita, desmarcándose de la extrema derecha encarnada por su padre. Es el inicio de un largo conflicto judicial con este. La entrevista que concede Jean-Marie Le Pen al semanario de extrema derecha Rivarol (9 de abril de 2015), volviendo al tema de las cámaras de gas como “detalle” de la historia de la Segunda Guerra Mundial y elogiando al mariscal Pétain, es la gota que colma el vaso, y que provocó su suspensión en mayo y su posterior exclusión en agosto, exclusión que acaba de ser confirmada por la Audiencia Provincial de Versalles (13).

Atacar el “fundamentalismo islamista” es otra forma de mejorar la imagen del FN. Le permite también presentarse como defensor de los derechos y libertades democráticas contra un islam radical que amenazaría la causa de los derechos de las mujeres, de los homosexuales, de los judíos y sería contrario al principio de laicidad a la francesa. En resumen, la nueva presidenta del FN es, de entrada, más popular de lo que lo fue nunca su padre (14) y la proporción de franceses que la consideran representante “de una derecha patriota defensora de los valores tradicionales” iguala y, posteriormente, supera durante un tiempo, en 2015, a quienes consideran que encarna a “una derecha nacionalista y xenófoba”. (15)

El tercer eje de su estrategia consiste en diversificar a su electorado. Se dirige sistemáticamente a las víctimas potenciales del fundamentalismo islamista, en particular a los judíos. ¿Qué mejor prueba de que el partido no es antisemita si conquista a ese electorado? ¡Y qué victoria simbólica! Algunas encuestas del IFOP muestran efectivamente que el voto al FN ha progresado entre los franceses que se declaran de confesión judía. Eran aproximadamente un 4% los que declaraban haber votado por Jean-Marie Le Pen en las elecciones presidenciales de 2002 y un 13,5% en el caso de su hija en las elecciones de 2012 (16). Marine Le Pen también se dirige, claramente con menos éxito (17), al electorado musulmán, como revelan los panfletos del FN durante la campaña de las elecciones regionales de 2015 en la región parisina Île-de-France con el eslógan “Musulmán tal vez, pero francés primero”, mientras que un cartel titulado “¿Qué zona suburbana quiere?” muestra, por un lado, a una mujer con un gorro frigio y la bandera tricolor pintada en la cara y, por otro, a la misma joven con un niqab. Se dirige asimismo al electorado homosexual, ayudada por el hecho de que Florian Philippot, vicepresidente del partido, también lo es y que el cofundador de GayLib, asociación de defensa de los derechos LGBT en la UMP, Sébastian Chenu, se ha unido al FN. Varios estudios muestran, efectivamente, que el voto del FN ha progresado en estos entornos en las elecciones regionales de 2015, en particular entre parejas homosexuales casadas, con casi un tercio de las intenciones de voto de estos electores por las listas del FN, frente al 28,9% entre parejas heterosexuales (18).

Y, sobre todo, pretende conquistar al electorado femenino, más reticente que el electorado masculino a votar por el FN, un fenómeno común a todas las derechas radicales en Europa (19). Marine Le Pen se presenta como una mujer “moderna”, divorciada dos veces y que vive en pareja sin estar casada. Dice entender a las mujeres que abortan, abre el partido a los homosexuales, reivindica su identidad como mujer y madre, y se define en su biografía como “cuasifeminista” (20). En 2017, se esforzó especialmente por demostrar que escucha a las mujeres. Su programa insiste en la igualdad salarial, la lucha contra la precariedad profesional, la lucha contra el islamismo “que reduce sus libertades fundamentales” y un panfleto ilustrado de cuatro páginas, en un tono intimista y personal, está especialmente dirigido a las mujeres (21). Sin duda, esta estrategia ha dado frutos. Ya en 2012, una vez controlados los efectos de la edad, de la titulación, de la profesión, de la práctica religiosa y de las actitudes políticas, el género no tenía ningún efecto en el voto a su favor, al contrario de lo que ocurría cuando su padre dirigía el partido. Las nuevas cohortes de electoras, que llegan a la edad de votar cuando Marine Le Pen ya está a la cabeza del FN, han votado por ella en 2017 incluso más que los hombres de la misma edad (un tercio de las primeras frente a un 25% de los segundos)22. Y su peso es decisivo. En la primera vuelta de las elecciones presidenciales de 2002, las mujeres representaban el 43,5% del electorado lepenista de primera vuelta, la mitad en 2012, y en 2017 representan el 56%. Son uno de los elementos clave de su éxito en 2017.

El último factor que interviene en su caso, en otro orden, es la debilidad sin precedentes de sus adversarios. Las primarias de los partidos de la derecha y de la izquierda hicieron surgir candidaturas no previstas, no acordes con las aspiraciones más moderadas de sus bases. La sucesión de revelaciones deslegitimizó al candidato del partido Les Républicains. La marginación del partido saliente se vio reforzada por la estrategia seguida por su candidato, al que adelantó el candidato de los Insumisos en los sondeos mucho antes del día de las elecciones.Tras una campaña marcada por múltiples giros y asuntos de todo tipo, Benoît Hamon y François Fillon fueron apartados con, respectivamente, el 6% y el 20% de los votos emitidos. Dejan a Marine Le Pen enfrentarse a Emmanuel Macron en la segunda vuelta en la que, sin sorpresa, se presenta como “la candidata del pueblo” contra la “oligarquía”, y de Francia contra Europa y la globalización.

Los límites

El buen resultado (33,9%) y el número récord de votos obtenidos por la presidenta del FN (10,6 millones) en la segunda vuelta de las elecciones presidenciales constituyen, a primera vista, un éxito. Sin embargo, sus resultados se califican enseguida como derrota, tanto dentro como fuera del partido. Desde hace dos años, incluso antes de que se supiera quiénes serían los candidatos, los sondeos anunciaban que se situaría a la cabeza en la primera vuelta, en una horquilla de entre el 25% y el 35% de los votos. Y si la mayoría la daba por derrotada en la segunda vuelta, muchos medios de comunicación sostenían la idea de que una victoria de Marine Le Pen no era imposible. Su resultado final, por muy elevado que sea, está claramente por detrás de las expectativas. Y los resultados de las elecciones legislativas de junio acentúan todavía más el sentimiento de fracaso. El resultado del partido fue del 13%, un 2% por debajo del de las legislativas de 2012. Con 8 diputados, el FN ni siquiera puede formar grupo en la Asamblea Nacional, mientras que, en diciembre de 2016, Nicolas Bay consideraba posible la elección de 40 diputados, en consonancia con el número de circunscripciones en las que el Frente Nacional había obtenido más de un 45% en la primera vuelta de las elecciones regionales de 2015. Fue sobre todo el debate celebrado entre las dos vueltas, el 3 de mayo de 2017, visto por 16,5 millones de telespectadores, el que dio al traste con la estrategia de desdiabolización de Marine Le Pen. Agresiva, mal preparada, confusa sobre su política de salida de Europa y del euro, no solo se la percibió como menos convincente que su adversario23, sino que reveló dos debilidades persistentes de su partido.

A pesar de todos los esfuerzos de Marine Le Pen por cambiar la imagen del FN, se la sigue percibiendo como “un peligro para la democracia”. Desde las declaraciones de su padre sobre las cámaras de gas, en 1987, este sentimiento oscilaba entre el 60% y el 75% de los encuestados. Se había difuminado con el retroceso electoral del FN, después de 2007 y durante los primeros años del mandato de su hija. Pero remonta continuamente desde 2014, año en el que el FN se pone a la cabeza en las elecciones europeas, llegando al 58% dos meses antes de las elecciones presidenciales, es decir, una remontada de 11 puntos en 4 años, como si sus propios éxitos infundieran miedo y suscitaran una reacción en sentido contrario. Otros indicadores siguen la misma tendencia. Por ejemplo, el sentimiento de que Marine Le Pen representa a “una derecha nacionalista y xenófoba”, a la baja, como hemos visto, desde 2010, remonta a partir de 2013, para rozar la mayoría dos meses antes de las elecciones presidenciales (49% en febrero, frente al 40% que la consideran representante de una derecha patriota defensora de los valores tradicionales). El citado debate del 3 de mayo justificó estos temores, mostrando a una candidata que no respetaba las reglas elementales de civismo y cortesía sobre las que se basa el debate democrático.

El otro punto débil del FN y de su presidenta es su falta de credibilidad. Dos meses antes de las elecciones, solo un 38% de los encuestados reconocen al FN “la capacidad de participar en un gobierno”, para el 54% “es solo un partido con vocación de agrupar los votos de oposición”. Un partido especializado en un reto, la inmigración, pero sin competencia para los demás retos. Por lo que respecta a Marine Le Pen, menos de un 25% de los encuestados le reconoce “madera de presidenta de la república”, dos meses antes de las elecciones. Estas debilidades se ponen de manifiesto cruelmente en el debate, donde la candidata se equivoca de asuntos y multiplica los errores y las aproximaciones.

En sentido más amplio, el FN sigue siendo un partido políticamente aislado, incapaz de suscitar alianzas, salvo marginalmente, como ocurre entre las dos vueltas de las elecciones presidenciales con el pequeño movimiento soberanista La France Debout de Nicolas Dupont-Aignan. En el sistema político francés, donde predomina el escrutinio mayoritario a dos vueltas, supone una seria desventaja, que lo condena a perder las segundas vueltas a pesar de su progresión electoral. El mejor ejemplo es el de las elecciones regionales de 2015. A pesar de un resultado nacional de casi el 28% en la primera vuelta, y la movilización de 800.000 votos más en la segunda, el FN no se impuso en ninguna región. En las que podía ganar, Norte-Paso de Calais Picardía (lista de Marine Le Pen, 40,6% de votos en la primera vuelta) y Provenza Alpes Costa Azul (lista de Marion Maréchal Le Pen, 40,5%), los socialistas prefirieron retirar a sus candidatos y dar esas dos regiones a la derecha, antes que correr el riesgo de ver triunfar al FN.

Este bloqueo genera cada vez más críticas y tensiones a nivel interno y las elecciones de 2017 las han exacerbado. Marion Maréchal Le Pen, opuesta a la línea seguida por su tía, considerada demasiado antieuropea y demasiado a la izquierda en el plano social, vista por muchos como su posible heredera, no se ha presentado como candidata a su reelección en las legislativas y ha anunciado su retirada de la vida política. Florian Philippot, número dos del partido, convertido en el chivo expiatorio de la “derrota”, abandonó el partido en otoño y fundó un nuevo movimiento, Les Patriotes. Su salida no ha suscitado una escisión comparable a la que vivió el FN con la salida de Bruno Mégret, que se fue con más de la mitad de los cuadros del partido. Pero encarnaba la nueva imagen del FN, en posiciones más soberanistas que xenófobas y antiinmigrantes, y más sociales. Los días 10 y 11 de marzo de 2018, el FN va a celebrar un congreso de la “refundación” en Lille. Su presidenta, criticada y debilitada, es la única candidata a su sucesión. Los afiliados votarán su reelección, la del Comité Central y la refundación de los estatutos, en particular un posible cambio de nombre del partido. ¿Será suficiente para volver a movilizarlos con vistas a las próximas elecciones europeas? No parece en absoluto seguro que así sea. El caso del FN es emblemático del dilema estratégico al que se enfrentan muchas de estas derechas radicales populistas. Moderar sus discursos, integrarse en el sistema, corriendo el riesgo de perder a su electorado protestatario. Seguir siendo partidos antisistema, sin poder acceder al gobierno.

Notas:

1. Mudde 2007, p. 23.
2. Grunberg y Duhamel, 1993.
3. Brouard y Tiberj, 2006.
4. Rosanvallon 2006; Algan y Cahuc, 2007.
5. Sondeos SOFRES 1987-1990, sondeo IPSO-Steria “Las fracturas francesas” para la Fondation Jean Jaurès, junio de 2016.
6. Sondeos SOFRES 1987-1990, sondeo Opinion Way, Barómetro de la confianza política del Cevipof 2016: http://www.cevipof.com/fr/le-barometre-de-laconfiance-politique-du-cevipof/resultats-1/vague8/).
7. bidem.
8. Kriesi, 2012; Bartels y Bermeo, 2014; Kriesi y Pappas, 2015.
9. CNCHD, 2016, p. 359.
10. Andrew Marr Show, BBC, 13 de noviembre de 2016.
11. Crépon, 2015. 12. Dézé, 2015.
12. 9 de febrero de 2018. Mantiene para su padre el cargo de presidente honorífico del FN, cargo que desaparecerá de los estatutos en el congreso del partido que se celebra en marzo.
13. Mayer y Tiberj, 2015, p.34.
14. Barómetro de imagen del FN 2017, Kantar Sofres One Point para Le Monde y France Info, 23-27 de febrero. Estas proporciones son del 36% frente al 43% en 2010, 44% frente al 4 % en 2013 y del 46% frente al 43% en 2015.
15. Fourquet, 2015a; Fourquet y Manternach, 2016.
16. Fourquet, 2015a y 2015b.
17. Brouard, 2016.
18. Mmerzeel et al., 2015. 20 Le Pen, 2006, p. 188.
19. Véase el compromiso n.º 9 de sus “144 compromisos presidenciales”: https://www.marine2017.fr/wp-content/uploads/2017/02/projet-presidentiel-marine-le-pen.pdf et http://lelab.europe1.fr/karine-le-marchand-la-feminite-et-des-oublis-ce-tract-un-tout-petit-peu-surprenant-de-marine-le-pen-2969387..
20. Amengay, Durovic y Mayer, 2018.
21. El 63% de la muestra de telespectadores encuestados a las 00:00 horas por Elabe/BFMTV consideró que Emmanuel Macron fue “el candidato más convincente durante el debate”, frente al 34% que optó por Marine Le Pen.

Referencias Bibliográficas:

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Palabras clave: 2018; Extrema derecha; Francia; Le Pen; Movimientos sociales; populismo; UE