Angela Merkel

Datos relevantes

Actualización: 21 de Septiembre de 2007
Crédito fotográfico: © NATO Photo
Angela Dorothea Merkel (nacida Angela Dorothea Kasner)

Alemania

Canciller federal

Duración del mandato: 22 de Noviembre de 2005 - En funciones

Nacimiento: Hamburgo , 17 de Julio de 1954

Partido político: CDU

Profesión: Científica en Química y Física

Crédito fotográfico: © NATO Photo

Resumen

En noviembre de 2005 la líder de la Unión Cristiano Demócrata (CDU) se convirtió en la primera mujer canciller federal de Alemania tras vencer su partido por la mínima en las elecciones de septiembre. Merkel desarrolló los primeros años de su carrera política bajo la tutela patriarcal de Helmut Kohl y tuvo que vencer muchas reticencias a su liderazgo de los democristianos por los hechos de ser mujer, profesar el luteranismo y haber vivido 36 de sus 51 años en la antigua RDA. La aritmética parlamentaria la obligó a formar un gobierno de gran coalición, inédito desde 1969, con los socialdemócratas del canciller saliente, Gerhard Schröder, y sobre la base de un programa cuajado de retos: recuperar el crecimiento económico, volver a cumplir los criterios de déficit y deuda de la Unión Europea, flexibilizar el mercado laboral, frenar el paro y acometer profundas reformas estructurales que afectarán en un sentido restrictivo al estado del bienestar germano.

Biografía

1. Una científica luterana criada y formada en la RDA
2. Carrera política en la CDU bajo la protección de Helmut Kohl
3. Ascenso a las jefaturas del partido y de la oposición parlamentaria al SPD
4. Dificultades para cimentar el liderazgo interno y la campaña electoral de 2005
5. Entrada en la Cancillería al frente de un Gobierno de gran coalición


1. Una científica luterana criada y formada en la RDA

Hija del reverendo luterano evangélico Horst Kasner y de la maestra de escuela Herlind Kasner (de apellido de soltera Jentzsch), nació en Hamburgo, la gran ciudad portuaria de la República Federal de Alemania (RFA), pero sólo mes y medio después su familia cruzó la frontera de la República Democrática Alemana (RDA) y se estableció en Templin, una pequeña población del distrito de Neubrandenburgo, al norte de Berlín, que desde la unificación pertenece al condado de Uckermark del land de Brandenburgo.

La razón de este cambio de residencia, dejando atrás un país democrático y de libertades para emprender una nueva vida en otro donde imperaba el totalitarismo comunista no era de índole ideológica, sino religiosa y pastoral: Kasner fue destinado por su Iglesia para hacerse cargo de una parroquia en el pueblo de Quitzow, cerca de Perleberg, al oeste de Templin. El reverendo, que de hecho era oriundo de Berlín y que aún no había cumplido la treintena, partió a la RDA imbuido de un espíritu de misión.

La hija cursó el bachillerato en Templin y en 1973, con un brillante expediente escolar bajo el brazo en el que sobresalían las asignaturas de matemáticas e idioma ruso, emprendió estudios de Física en la Universidad de Leipzig. Aunque su padre ejercía una labor que no era apreciada por las autoridades comunistas y que estaba permanentemente en el punto de mira del Ministerio de Seguridad del Estado, la temida Stasi –o precisamente por ello-, Angela, como muchos jóvenes de su generación, se enroló en las Juventudes Alemanas Libres (FDJ), una de las organizaciones de masas conducidas por la fuerza política que ostentaba el monopolio del poder desde 1949, el Partido de la Unificación Socialista de Alemania (SED).

Si bien llegó a desempeñar la función de secretaria de agitación y propaganda de las FDJ en su distrito, la relación de la futura canciller de la RFA con el oficialismo germanooriental parece que tuvo menos que ver con unas verdaderas convicciones comunistas que con el deseo de no dar pábulo a las sospechas de desafección que su familia, venida del Oeste y religiosa, podía producir en la Stasi, aunque también es cierto que hasta el mismo derrumbe de la dictadura a finales de 1989 ella no hizo el menor gesto de disidencia u oposición.

La fe luterana fue una constante en la etapa de Angela Kasner como ciudadana de la RDA, donde el Estado, rígidamente aconfesional aunque no oficialmente ateo, fomentaba la secularización de la sociedad, discriminaba a los practicantes religiosos a la hora de conceder los mejores puestos profesionales y sometía a estrecha vigilancia policial a las diversas iglesias cristianas, que debían mostrarse leales y cooperativas.

Significativamente, la joven, pese al riesgo de sufrir represalias educativas o laborales, hizo la confirmación religiosa en lugar de la Jugendweihe, un rito civil practicado en la Alemania del siglo XIX y restablecido por el Gobierno de la RDA que simbolizaba el paso de la infancia a la adultez. La actitud aparentemente ambigua, o cuando menos tibia, de los Kasner ante el poder establecido fue suficiente para que sobre la madre cayera la prohibición de ejercer la docencia; cuando vivió en la RFA, después de la guerra, Herlind Kasner se ganaba la vida como profesora de latín e inglés.

En 1977, a los 23 años, Angela contrajo matrimonio civil con Ulrich Merkel, un compañero de estudios de la Universidad, de casi su misma edad. Los recién casados entraron a vivir en un minúsculo apartamento, formado por un único habitáculo de 20 metros cuadrados, en Leipzig, confiando en que sus futuros ingresos profesionales les permitirían acceder a una vivienda más digna. En 1978, completados los estudios de Física en la capital sajona, la pareja se trasladó a Berlín Oriental, donde ella se puso a trabajar de colaboradora científica en el Instituto Central de Química Física de la Academia de Ciencias de la RDA.

Allí ejerció durante doce años, tiempo en el que amplió su currículum académico y se convirtió en una especialista en química cuántica, rama de la química teórica que estudia las propiedades físicas de los átomos y las moléculas como aplicación de la mecánica cuántica. Estos méritos empero, no le abrieron las puertas de un ascenso en el escalafón profesional, ya fuera en la investigación, ya en la docencia. La doctora, según parece, no pasó del nivel de operaria de laboratorio, un estancamiento que seguramente tuvo que ver con su filiación familiar. A pesar de su cualificación y de su contrato fijo con la Academia de Ciencias, Angela percibía un salario humilde, que acarreaba alguna que otra estrechez en la economía doméstica. También, no debe olvidarse que en la RDA, el acceso a comodidades y lujos estaba restringido a la nomenklatura del partido y a los funcionarios de alto rango.

La relación conyugal con Ulrich Merkel se fue al traste y la pareja firmó el divorcio en 1982. Cuatro años después, en 1986, Angela obtuvo el doctorado en Física por la Academia de Ciencias berlinesa con una tesis titulada El cálculo de las constantes de velocidad de las reacciones elementales en los hidrocarbonos simples y bajo la tutoría del profesor Joachim Sauer, asimismo divorciado y además padre de dos hijos, con quien inició una relación sentimental que no sería formalizada en segundas nupcias hasta el 30 de diciembre de 1998. La pareja no tuvo descendencia y ella, por razones que no han sido elucidadas, no adoptó nuevo apellido de casada sino que siguió apellidándose como su primer esposo, Merkel. Por lo que se refiere a Sauer, en 1993 coronó su trayectoria académica con una cátedra de Química Teórica y Física en la Universidad Humboldt de Berlín, a cuyo frente sigue hoy sigue ejerciendo.


2. Carrera política en la CDU bajo la protección de Helmut Kohl

La faceta política de Merkel despertó después de la caída del Muro de Berlín, tras 28 años de existencia, el 9 de noviembre de 1989, hito que marcó el principio del fin del sistema comunista y del propio Estado germanooriental. La doctora no tomó parte en las movilizaciones populares que precedieron y sucedieron a aquel acontecimiento, pero se afilió a Despertar Democrático (DA), un pequeño partido puesto en marcha a finales de octubre en Leipzig, motor del proceso antigubernamental, por círculos contestatarios de las iglesias protestantes, siendo sus principales dirigentes el abogado laico Wolfgang Schnur, vicepresidente del Sínodo de la Iglesia Evangélica de Mecklenburgo, y el pastor y antiguo preso político Rainer Eppelmann. Merkel se encargó de la secretaría de prensa de DA. Su madre, por el contrario, optó por adherirse al Partido Social Demócrata (SPD).

Partidaria de proceder a la unificación rápida con la RFA, la agrupación de Merkel celebró su congreso fundacional el 17 de diciembre y participó en las negociaciones multipartitas llamadas de la Mesa Redonda con el primer ministro reformista del SED, Hans Modrow, antes de coaligarse, como socio menor, con la Unión Cristiano Demócrata de Alemania (CDUD) de Lothar de Maizière y a la Unión Social Alemana (DSU) de Hans-Wilhelm Ebeling para concurrir juntos en las elecciones libres del 18 de marzo de 1990 a la Volkskammer. El tripartito conservador, llamado Alianza por Alemania, ganó con rotundidad a socialdemócratas y poscomunistas, tal que el 12 de abril de Maizière pasó a presidir un gobierno de coalición, a la sazón el último ejecutivo de la RDA. Merkel fue reclutada para el Gabinete como viceportavoz del primer ministro, una función que pese a su brevedad le permitió salir del anonimato y empezar el rodaje en la política institucional.

El 5 de agosto de 1990, DA, bajo la presidencia de Eppelman –el primer presidente, Schnur, había tenido que dimitir tras ser denunciado como informante de la Stasi- se disolvió en el seno del partido hermano de la CDUD en la RFA, la Unión Cristiano Demócrata (CDU) del canciller Helmut Kohl, luego Merkel y sus conmilitones se adelantaron al propio partido de de Maizière, que no culminó su fusión orgánica hasta el 1 de octubre, el día anterior a la unificación.

Una vez convertida en militante de la CDU, Merkel se abrió paso con rapidez en su organización interna. Incluida en las listas de candidatos al Bundestag o Cámara baja del Parlamento Federal para las elecciones panalemanas del 2 de diciembre de 1990, se hizo con el escaño –uno entre los 268 obtenidos por los democristianos, que unidos a los 51 de su partido hermano de Baviera, la Unión Social Cristiana (CSU), y los 79 de su socio de gobierno tradicional, el Partido Liberal Demócrata (FDP), permitieron a Kohl renovar en la Cancillería apoyado en una confortable mayoría parlamentaria- en representación de una circunscripción del nuevo land de Mecklenburgo-Pomerania Occidental que incluía los distritos de Nordvorpommern (Pomerania Noroccidental) y Rügen, así como la ciudad de Stralsund.

Para formar su nuevo Gobierno, Kohl debía cubrir la cuota de representación pactada con los democristianos ossis (gentilicio popular de los alemanes de la extinta RDA, a veces empleado con tono peyorativo por los alemanes del oeste, a su vez llamados informalmente wessis), y a Merkel le correspondió un ministerio creado ad hoc que supuestamente le venía al dedo, el de Mujer y Juventud. La doctora en física portó esta cartera de poco lucimiento desde el 18 de enero de 1991 hasta el 17 de noviembre de 1994, es decir, hasta el final de la legislatura, pero su labor gubernamental fue menos conspicua que su desenvolvimiento en el aparato del partido, donde desde el principio fue identificada como una protegida de Kohl.

En fecha tan temprana como el 15 de diciembre de 1991, Merkel, con 37 años, por decisión de un congreso celebrado en Dresde, se convirtió en miembro del Comité Ejecutivo o Presidium y en vicepresidenta federal de la CDU, reemplazando a de Maizière, que había caído en el descrédito a raíz de ser acusado por la prensa de haber trabajado para la Stasi en los años en que la CDUD funcionaba como una marioneta del SED dentro del llamado Frente Nacional, una fachada pseudopluralista pensada para disimular la dictadura del partido único de hecho.

Con esta promoción orgánica, Merkel no hizo exactamente historia en un partido cuya jefatura integraban mayoritariamente hombres –lo que no constituía ninguna excepción ni en Alemania ni en el resto del continente-, ya que antes que ella ya habían sido vicepresidentas Aenne Brauksiepe (1967-1969), Hanna-Renate Laurien (1984-1987) y Rita Süssmuth (1987-1991, en añadidura, presidenta del Bundestag desde 1988).

Ella era das Mädchen, la Chica, como la llamaba su padrino y mentor, que en mayo de 1993 dispuso su nombramiento como jefa del partido en Mecklenburgo-Pomerania Occidental, sustituyendo al dimitido ministro federal de Transportes Günther Krause, y que el 17 de noviembre de 1994, tras renovar el escaño en el Bundestag, la retuvo a su lado en el Gabinete como ministra de Medio Ambiente, Conservación de la Naturaleza y Seguridad Nuclear. Ésta era una cartera de más peso y con mayor proyección pública que la de Mujer y Juventud, aunque también susceptible de generar polémicas, como la que en mayo de 1998 envolvió los transportes por tren de residuos radioactivos procedentes de la centrales atómicas. Entonces, Los Verdes demandaron su dimisión, pero Kohl salió a escudarla.

Indiferente a los cuchicheos maliciosos, a veces aventados por compañeros del partido, de quienes la minusvaloraban por ser mujer, ossi y, aún peor, divorciada y viviendo en concubinato con otro hombre (en 1993, el cardenal de Colonia, monseñor Joachim Meisner, se refirió a ella cuando desaprobó que en el Gobierno hubiera "una ministra con formación cristiana que vive fuera del matrimonio"), pero sobre todo por ser, a sus ojos, una paniaguada del todopoderoso y patriarcal Kohl, Merkel fue consolidando su posición en la CDU y ganándose la confianza de algunos de sus pesos pesados, con lo que se aseguró un trampolín para nuevos ascensos.

Esta trabajadora tenaz, austera, discreta y con un toque de sufridora, en la mejor tradición luterana, que también habría modelado su estilo taciturno bajo la influencia del régimen prusiano-estalinista de Walter Ulbricht y Erich Honecker en la RDA, fue uno de los pocos dirigentes democristianos que salieron indemnes de la aparatosa derrota sufrida por el binomio CDU/CSU ante el SPD de Gerhard Schröder, después de cuatro victorias consecutivas, en las elecciones generales del 27 de septiembre de 1998. A estos comicios, Kohl, pese a su inmenso prestigio personal, llegó renqueante tras 16 años de cancillería que no fueron inmunes al desgaste natural de todo ciclo político, y aunque regresar a la oposición después de tan largo ejercicio de poder ininterrumpido podía considerarse honroso, el partido, que tuvo que digerir sus peores resultados en unas federales desde 1949 (el 28,4% de los votos y 198 diputados), quedó abocado a una etapa de trauma y desconcierto.

Kohl dimitió como presidente de la CDU la misma noche de las elecciones y el 7 de noviembre, con Schröder ya instalado en la Cancillería y gobernando en coalición con Los Verdes de Joschka Fischer, un congreso extraordinario del partido celebrado en Bonn eligió para sucederle al veterano Wolfgang Schäuble, jefe del grupo parlamentario y delfín político del estadista renano en la última década, que desde 1990, cuando era ministro del Interior, se hallaba postrado en una silla de ruedas como resultado de los disparos que le realizó un desequilibrado mental.

El mismo 7 de noviembre los congresistas eligieron secretaria general de la formación a Merkel, que desde el 27 de octubre, día de la asunción del Gabinete roji-verde de Schröder, estaba fuera del Gobierno federal, aunque conservaba su escaño parlamentario. En la Secretaría General de la CDU sustituyó a Peter Hintze, quien pagó por los errores de mensaje y de estilo de la campaña electoral. Schäuble había sido un fiel escudero de Kohl, y sus relaciones con Merkel eran excelentes, así que se avino de buena a gana a trabajar con ella codo con codo por la recuperación del partido.


3. Ascenso a las jefaturas del partido y de la oposición parlamentaria al SPD

Nadie podía imaginar entonces que antes de año y medio Merkel, a rebufo de un vendaval interno tan inesperado como falto de precedentes, se convertiría en la presidenta de la CDU y, por ende, en la jefa de la oposición parlamentaria de Alemania. Sus dotes para la organización de campañas electorales quedaron brillantemente de manifiesto a lo largo de 1999, cuando los democristianos batieron a los socialdemócratas en cinco de las siete votaciones estatales celebradas aquel año –en los länder de Hessen, Sarre, Turingia, Sajonia, y Berlín-, amén de las europeas de junio, en las que la CDU/CSU le sacó al SPD nada menos que 18 puntos de voto y 20 eurodiputados de ventaja.

Las sacudidas del terremoto que sumió a la CDU en la peor crisis de su historia y que, como si de un efecto bascular se tratara, catapultó a Merkel hasta la cumbre se empezaron a sentir a comienzos de noviembre de 1999, cuando el público conoció las ramificaciones corruptas de una investigación parlamentaria sobre la donación, de alrededor de un millón de marcos, realizada al partido en 1991 por un fabricante de armas, transferencia que presumiblemente no había sido declarada al fisco y que fue relacionada con la aprobación por el Gobierno de Kohl, aquel mismo año, de una operación de venta de 36 carros de combate a Arabia Saudí.

Merkel, en un movimiento que fue en beneficio de su crédito como política, estuvo entre los dirigentes que se abstuvieron de refutar como meras calumnias las acusaciones de que el partido había usado durante años una red de cuentas secretas para ocultar donaciones ilegales, así que exhortó a Kohl, que conservaba el título de presidente de honor del partido, a que aclarase el asunto "rápidamente y sin ambigüedad", para impedir que la imagen de la CDU se deteriorara más de lo que ya estaba. Más tímidamente, Schäuble pidió también a su anterior jefe que diese la cara y que contase lo que sabía sobre la financiación irregular del partido.

Irritado y emocionalmente herido, Kohl se revolvió contra las imputaciones –de momento no judiciales-, que la secretaria general, con su tono inquisitivo, parecía suscribir. Sin embargo, el peso de las evidencias sacadas a la luz por los diputados era demasiado fuerte, así que el 30 de noviembre, en una dramática comparecencia, el ex canciller asumió su responsabilidad política por la existencia de una contabilidad paralela y confesó la recepción por la CDU en el período comprendido de 1993 a 1998 de entre millón y medio y dos millones de marcos en concepto de donativos y comisiones ilegales. Según Kohl, que veía cómo su prestigio sufría un golpe devastador, este dinero tenía como objeto compensar la pésima situación en que se encontraban las cajas oficiales del partido, exangües por los gastos que ocasionaban las secciones regionales del Este.

La postura crítica de Merkel con la actitud de Kohl tomó características de motín después de que éste se negara a revelar a la comisión parlamentaria de investigación los nombres de los donantes anónimos de la CDU, los cuales, de entrada, ya habían incurrido en un delito, para poder determinar si sus ayudas se dirigían a influenciar las decisiones del Gobierno, en cuyo caso se estaría ante un supuesto de cohecho. Las alegaciones de Kohl de que no podía dar nota de esas identidades por razones de lealtad y honor personales no satisficieron a su antigua protegida. Al afirmar que la era Kohl estaba "terminada sin remedio" y sugerir que aquel debería retirarse de la política, Merkel tomó el paso, doloroso pero valiente (o desleal, visto con otras gafas) de romper amarras con quien lo había sido todo en la CDU durante un cuarto de siglo y uno de los grandes estadistas alemanes de la posguerra, pero que ahora amenazaba con arrastrar al conjunto del partido en su caída.

La ola sumó y siguió: el 29 de diciembre, la Fiscalía de Bonn abrió contra Kohl un sumario que abría las puertas a su procesamiento por presunta malversación; el 10 de enero de 2000, Schäuble, luego de romper públicamente con Kohl en un desesperado intento de no verse engullido por el escándalo, se vio obligado a reconocer que él también había cobrado una donación ilegal de 100.000 marcos en 1994, y nada menos que a un comerciante de armas que ahora mismo era un fugitivo de la justicia alemana sobre el que pendía una orden de detención y extradición desde Canadá por evasión fiscal; el 14 de enero, el ministro-presidente de Hessen, Roland Koch, y el anterior jefe del partido en el land (y ex ministro federal del Interior), Manfred Kanther, confesaron que la CDU seguía teniendo cuentas bancarias secretas en Suiza y otros países, y que el gobierno estatal había realizado transferencias financieras ilegales; el 18 de enero, Kohl dimitió como presidente de honor del partido, pero se aferró a la inmunidad que le brindaba su acta de diputado; el 20 de enero, se suicidó el responsable de las finanzas del grupo parlamentario en el Bundestag, Wolfgang Hüllen, y Schäuble, ante el hemiciclo, pidió perdón a la Cámara en su nombre y en el de su partido.

La consternada opinión pública hablaba del mayor escándalo político en la historia de la RFA y algunos medios de información no descartaban que la unidad orgánica de la CDU saltara en pedazos. Como mínimo, coincidían todos los análisis, los democristianos ya podían olvidarse de ganar las generales de 2002, perspectiva con la que se habían ilusionado a tenor del magnífico rendimiento electoral de 1999. Merkel, que no quiso dejar de hacer su propia aportación a la transparencia de la situación al informar de la existencia de mecanismos de blanqueo de dinero en la CDU –si lo sabía de antes o si lo había descubierto ahora, no quedó claro- fue señalada por todos como la capitana de los "jóvenes salvajes" o los "jóvenes turcos" que estaban resueltos a meter bulla y a espolear la catarsis para apartar a la tocada vieja guardia y hacerse ellos con las riendas del partido. El 16 de febrero de 2000, horas después de que el Bundestag multara a la CDU por violar la ley que regulaba la financiación de los partidos, Schäuble, colocado en una posición insostenible, arrojó la toalla como presidente del partido y jefe del grupo parlamentario.

La carrera por el reemplazo de Schäuble se abrió de inmediato y Merkel mostró a las claras cuál era su ambición, aunque por el momento se abstuvo de hacer un anuncio público y oficial. Si bien había ganado mucho y positivo protagonismo, tenía delante a un rival de peso, Volker Rühe, un experimentado cincuentón que le había precedido en la Secretaría General entre 1989 y 1992, y que desde ese último año y hasta el final del Gobierno de Kohl había llevado el Ministerio de Defensa. Rühe era, con mucho, más conocido que ella en el extranjero.

Por otro lado, en algunos círculos democristianos se dudaba sobre la capacidad de liderazgo de Merkel, a la que veían todavía un poco bisoña, y más en tiempos de tribulación como el presente. Su triple condición de mujer, ossi y protestante (el componente católico seguía predominando en la CDU y en su seno funcionaba un Grupo de Trabajo Evangélico, el cual, precisamente, Merkel presidió entre 1992 y 1993) no parecía ser tan problemática, exceptuando tal vez a los sectores más tradicionalistas, como podía resultarle a la muy conservadora y ultracatólica CSU, cuyo presidente, Edmund Stoiber, a la sazón ministro-presidente de Baviera desde 1993, se permitió el comentario de que Merkel no le gustaba como jefa del partido hermano, por más que él no tenía voz ni voto en los procesos internos de la CDU.

Sin embargo, a comienzos de marzo, los nubarrones fueron despejándosele a la aspiración de Merkel. Destacados dirigentes del partido salieron al paso para asegurar que los democristianos, contrariamente a lo especulado, sí estaban preparados para tener a una mujer a su frente. Las bases hicieron saber que la preferían a ella en vez de a Rühe, un rostro demasiado identificado con un pasado que se quería superar. Tras tomar nota de unos sondeos periodísticos que le ponían detrás de su colega femenina en cuanto a popularidad, Rühe se retiró de la contienda soterrada, aunque propuso como alternativa al ministro-presidente de Sajonia, Kurt Biedenkopf, no obstante tener 70 años. Finalmente, el 20 de marzo, después de asentir los barones regionales, la dirección nacional se mostró de acuerdo en que la secretaria general era idónea para presidir la formación. Stoiber se retractó de lo dicho y hasta Kohl, inopinadamente, se deshizo en alabanzas. Con todos estos parabienes, la elección de Merkel para el puesto el 10 de abril de 2000, en el segundo de los tres días del congreso celebrado en Essen, fue un acto de aclamación: el 95,4% de los delegados votó por ella.

El discurso inaugural de Merkel, la mujer que más alto había llegado en el liderazgo político desde la fundación del Estado alemán en 1871 (de hecho, había que remontarse hasta Ruth Fischer, quien fuera por poco tiempo presidenta del Partido Comunista Alemán (KPD) a mediados de los años veinte, o bien hasta Rosa Luxemburgo, la líder marxista revolucionaria del SPD que durante la Primera Guerra Mundial fundó la Liga Espartaquista y luego el KPD, para encontrar unos casos comparables, no en la ideología, sino en el estatus de relevancia), contenía las directrices del nuevo curso del partido.

Así, Merkel apeló a la integración orgánica y al cierre de las heridas que había producido el escándalo de la financiación ilegal, deseo que ilustró con unas elogiosas palabras dirigidas a su predecesor ("Querido Helmut Kohl, su obra tiene una permanencia histórica"). Se reafirmó en la vigencia de los valores conservadores y socialcristianos del partido, con la defensa de la familia y el derecho a la vida desde el momento de la concepción, y la matización social del liberalismo económico. Asimismo, señaló la necesidad de buscar el centro político por ser la clave del retorno al poder, luego la CDU, a la chita callando y a su manera, se pondría a imitar la estrategia socialdemócrata del Neue Mitte (Nuevo Centro), conceptuada y ejecutada por Schröder con el éxito conocido. La fijación centrista ya había sido expuesta por el propio Kohl en mayo de 1998, en el congreso de Bremen, sólo que entonces ya era demasiado tarde para invertir los vientos electorales. Otras tomas de postura de Merkel en el congreso de Essen fueron el doble rechazo a la entrada de Turquía en la Unión Europea (UE) y a la liberalización de la política interior de asilo.


4. Dificultades para cimentar el liderazgo interno y la campaña electoral de 2005

En los días y semanas siguientes a su encumbramiento, la flamante presidenta de la CDU fue subrayando sus intenciones, que se resumían en el ejercicio de una oposición contundente al Gobierno de la izquierda, el cual no debía recibir el menor respiro, y en la culminación de la mudanza generacional, que no ideológica, del partido. Ahora bien, ante sí no tenía un camino de rosas. El 27 de septiembre de 2000 escenificó la reconciliación con Kohl en un acto organizado por la Fundación Konrad Adenauer, pero en noviembre, la publicación por el ex canciller de un libro en el que contaba sus impresiones sobre el período político iniciado en 1998 volvió a agitar los ánimos: allí, Kohl, derrochando vitriolo y rencor, arremetía contra Merkel y Schäuble, a los que presentaba como un par de conspiradores dedicados a desacreditarle y a destruirle políticamente.

A lo largo de 2001 se escucharon en las filas democristianas abundantes voces que achacaban a Merkel falta de garra y carisma. En el partido, y también fuera de él, muchos tenían la sensación de que la cúpula de la CDU no estaba explotando a fondo los problemas del Gobierno de Schröder, que afrontaba la deceleración de la economía, el crecimiento del déficit público y el repunte del paro. En octubre, el partido perdió las elecciones estatales de Berlín. A finales de año, lo que hasta entonces había resultado obvio, que ella sería la candidata a la Cancillería en las elecciones de septiembre de 2002, empezó a no serlo. Aunque el congreso celebrado en Dresde el 3 y el 4 de diciembre confirmó su liderazgo orgánico, y allí ella arengó a los conmilitones con llamamientos a tener confianza en la victoria, la cita en la ciudad sajona no zanjó la incertidumbre sobre el cabeza de lista.

De hecho, a raíz del congreso de Dresde, las opiniones de la CDU se deslizaron en favor del socialcristiano Stoiber, que se autopromocionaba de manera descarada. El líder bávaro presentaba el inconveniente de esgrimir un discurso fuertemente derechista, muy duro por ejemplo en cuestiones de inmigración, que era susceptible de espantar a votantes de centro, pero terminó prevaleciendo la convicción de que sólo él tenía el nervio para batir al potente Schröder en el cara a cara electoral. Enfrentada a un fuerte rechazo en sus propias filas, Merkel, en aras de la "cohesión del partido", plegó velas y dejó la candidatura en manos de Stoiber el 11 de enero de 2002.

La tendencia de la campaña electoral de la CDU/CSU a personalizarse en Stoiber y el rol casi auxiliar que en la misma jugó Merkel impidieron que la segunda saliera escaldada del fracaso cosechado por el primero, que vio evaporarse la ventaja holgada con que había iniciado la campaña. Tal fue así que el 22 de septiembre de 2002 la CDU/CSU y el SPD empataron en el 38,5% de los sufragios (el 29,5% la CDU, sólo 1,1 puntos más que en 1998), lo que se tradujo en 248 diputados para los primeros (190 la CDU, ocho menos que en 1998) y en 251 para el segundo en el nuevo Bundestag de 603 miembros. Con los 55 escaños ganados por Los Verdes del vicecanciller Fischer, Schröder pudo seguir gobernando apoyando en una ajustada mayoría absoluta. Entre los democristianos cundió la sensación de que quizá se habían equivocado con Stoiber y que si Merkel, menos derechista, hubiese sido la candidata a canciller, el resultado habría podido ser otro.

Serena y convencida de que a ella nada podía achacársele de la amarga derrota en las urnas, Merkel reforzó su liderazgo al hacerse cargo personalmente de la bancada conjunta con la CSU en el Bundestag, sustituyendo a Friedrich Merz. Así lo decidieron los diputados de los dos partidos en una votación celebrada el 24 de septiembre. A continuación, el 11 de noviembre, un congreso extraordinario en Hannover la reeligió en la presidencia del partido con el 93,7% de los votos. Aunque el ambiente era más bien fúnebre, Merkel instó a los presentes a no caer en el abatimiento y a trabajar duro de cara a las próximas citas electorales en los länder. Rehusó hacer autocrítica, pese a que días atrás había apuntado la necesidad de renovar ciertos mensajes que podían parecer excesivamente conservadores a muchos votantes potenciales, y se contentó con arremeter contra el Gobierno de Schröder.

Al cabo de un año, Merkel se mostraba más combativa que nunca. Precedido por las estimulantes victorias electorales en Hesse y Baja Sajonia (allí, rompiendo un dominio del SPD que se remontaba a 1990), y por un reguero de catilinarias al Gobierno de Schröder, por su "irresponsabilidad" en el manejo del déficit de las administraciones públicas, que ya rebasaba el 3% del PIB y que, por tanto, violaba el Pacto de Estabilidad y Crecimiento (PEC) de la UE, por la falta de respuestas efectivas para frenar el paro rampante y escapar de la recesión económica, y por la política antibelicista por principio aplicada durante la crisis de Irak, que, a su juicio, había debilitado el vínculo transatlántico con Estados Unidos y dañado la posición internacional de Alemania (censuras que, empero, no impidieron un pacto con el SPD para aprobar en el Bundesrat, la Cámara alta de representación territorial, una impopular reforma sanitaria que recortaba las prestaciones médicas), el 1 y el 2 de diciembre de 2003 tuvo lugar en Leipzig un congreso que fue como un toque a rebato de los democristianos.

En el congreso, Merkel sacó adelante sin apenas resistencias el documento programático Transformar con limpieza Alemania. Un nuevo contrato generacional para nuestro país, que suponía un cambio de rumbo en la doctrina tradicional del partido en su apartado asimilado al modelo económico del capitalismo renano, llamado habitualmente de "rostro humano" por su elemento social, al poner el acento en los recortes del gasto público, la flexibilización del mercado de trabajo y el abaratamiento del despido para asegurar el futuro de la Seguridad Social y, en general, en transformaciones estructurales del sistema adaptadas a la globalización.

La plataforma liberal de Merkel, que era la respuesta a la ambiciosa pero criticada, a derecha e izquierda, Agenda 2010 del SPD (un paquete de reformas sanitarias, laborales, fiscales y de las pensiones que, en conjunto, achicaban drásticamente el estado del bienestar alemán), dio pábulo a comparaciones con Margaret Thatcher, una analogía que no parecía acertada por las claras diferencias de estilo y de fondo, y que la propia Merkel se encargó de refutar, entre otras razones porque la primera ministra británica "se opuso a la unidad alemana". Si la jefa democristiana no se veía a sí misma como una implacable Dama de Hierro teutona, lo cierto fue que facilitó la polémica al citar durante su intervención congresual a Ronald Reagan. Además, su lenguaje se estaba endureciendo hasta un nivel insospechado. Así, afirmó que en Alemania se estaban batiendo "todas las marcas de paro y endeudamiento", y acusó al canciller Schröder de "destruir el país, luego el partido [el suyo propio] y luego todo".

La zozobra que vivía el Ejecutivo de socialdemócratas y verdes disparó las expectativas de reconquistar el poder en la CDU, que no creía llegado el momento de formar un gobierno de gran coalición para sacar adelante reformas estructurales consensuadas y compartir riesgos en esta etapa de crisis nacional. El 29 de febrero de 2004 la CDU arrasó al SPD en las votaciones de la ciudad-estado de Hamburgo, la cuna de Merkel, y el burgomaestre desde 2001, Ole von Beust, revalidó la alcaldía con mayoría absoluta. Más alharacas levantaron las elecciones del 13 de junio al Parlamento Europeo, en las que la CDU y la CSU sumaron el 44,5% de los sufragios y más que duplicaron la misérrima cuota sacada por el SPD, marcando una diferencia sin parangón en unas elecciones de ámbito nacional. El mismo día, la CDU retuvo el land de Turingia, pese a perder votos.

Pero a finales del verano, el viento que había soplado de espaldas de la CDU se puso a soplar de frente. El 19 de septiembre, el partido perdió la mayoría absoluta en Sajonia y cayó al tercer puesto en Brandenburgo, un bastión de las izquierdas; allí donde habían discurrido la infancia y la primera juventud de Merkel los democristianos nunca habían tenido mucho predicamento, pero esta vez recibieron menos votos que el poscomunista Partido del Socialismo Democrático (PDS), el vástago no socialdemócrata del SED, lo que tuvo visos de humillación. El SPD también perdía votos, pero los retrocesos de la CDU eran más acusados. Los estudios electorales rebajaron en diez puntos, del 50% al 40%, la intención de voto de la CDU en el tramo que iba de enero a septiembre. Estos datos podían interpretarse como que el electorado, si bien estaba frustrado e irritado con los socialdemócratas, temía los más drásticos tijeretazos de los democristianos al tejido social.

En octubre y noviembre de 2004, el liderazgo de Merkel pareció quedar en entredicho por las discrepancias con Stoiber sobre el grado de los recortes en la cobertura sanitaria, por las dimisiones de Friedrich Merz como vicepresidente del grupo parlamentario y miembro del Presidium de la CDU, y de Horst Seehofer como portavoz de Sanidad y Asuntos Sociales y vicepresidente socialcristiano en la misma bancada, por el rechazo de Schäuble a su oferta de hacerse cargo de la portavocía parlamentaria de Economía y Hacienda dejada vacante por Merz, y por el paso en falso que supuso apoyar una campaña de recogida de firmas contra el ingreso de Turquía en la UE antes de que la furibunda reacción de la comunidad turca en Alemania y las advertencias de sus propios compañeros de filas, sobre que este tipo de iniciativas demagógicas, más propias de la ultraderecha, únicamente perjudicaban al partido, le obligaran a retractarse.

Durante semanas, se conjeturó sobre la existencia de una "intriga" o "complot" de los enemigos de Merkel en la CDU, que estarían planeando defenestrarla porque nunca les había gustado su perfil y también por la acumulación de errores en el año en curso. Sin embargo, el 6 de diciembre, un congreso celebrado en Düsseldorf borró de un plumazo las especulaciones al reelegir a Merkel en la presidencia con un 88,4% de votos. Los mensajes lanzados por Merkel en Düsseldorf tuvieron un fuerte componente patriótico y de derechas: Alemania debía ser "el motor" y no "el enfermo de Europa", la sociedad multicultural estaba "condenada al fracaso", el velo islámico no tenía lugar en las escuelas públicas y los imanes de mezquitas "predicadores del odio" debían ser expulsados.

Parecía que Merkel, por fin, había disipado las dudas sobre su jefatura, pero la dimisión el 22 de diciembre del secretario general del partido, Laurenz Meyer, tras el escándalo provocado por las revelaciones periodísticas de que había seguido percibiendo emolumentos injustificados de una empresa privada después de dejar su plantilla y de hacer carrera en la política profesional, renuncia que se produjo sólo 48 horas después de que ella, de manera incomprensible, le ratificara su confianza, volvió a suscitar interrogantes sobre la pericia de Merkel para conducir a los democristianos a la victoria. Al finalizar el año, la ventaja de la CDU/CSU sobre el SPD se había reducido a cinco puntos.


5. Entrada en la Cancillería al frente de un Gobierno de gran coalición

El recorrido de Merkel, viva estampa de la obstinación y la paciencia, al frente del partido era como una montaña rusa, y ahora, en la primavera de 2005, tocaba subir. El 30 de mayo, bajo el impacto euforizante del gran triunfo cosechado en las elecciones estatales de Renania del Norte-Westfalia, que condujeron a Jürgen Rüttgers a un puesto, el de ministro-presidente del land, que había sido esquivo al partido desde 1966, y que otorgaron a la CDU/CSU, en alianza con el FDP, una mayoría operativa en el Bundesrat, las cúpulas democristiana y socialcristiana designaron a Merkel candidata a la Cancillería en unas elecciones legislativas que iban a tener lugar este mismo año por decisión de Schröder.

En efecto, con el argumento de que necesitaba una sólida mayoría parlamentaria para sacar adelante los aspectos pendientes de la Agenda 2010, el canciller provocó el 1 de julio el final anticipado de la legislatura mediante el extravagante procedimiento de someterse a una moción de confianza para perderla de manera deliberada gracias al voto abstencionista de parte de los diputados del SPD. Así, Schröder colocó a sus opositores ante la perspectiva inesperada de una elección adelantada a finales del verano. Los comicios tendrían lugar el 18 de septiembre.

El Programa de Gobierno 2005-2009 de la CDU/CSU presentaba como pilares: el estímulo de la producción (2004 había cerrado con un crecimiento del PIB del 1,7%, una tasa poco satisfactoria y que además no iba a poder igualarse en 2005) y la inversión mediante sendas rebajas del impuesto de sociedades del 25% al 22%, y de los tipos máximo y mínimo sobre la renta del 42% al 39% y del 15% al 12%, respectivamente, acompañadas de la eliminación de una serie de exenciones fiscales para que la hacienda del Estado siguiera recaudando lo mismo; la lucha contra el déficit y la deuda públicos hasta situarlos por debajo de los topes respectivos del 3% y el 60% del PIB fijados por el PEC; la desregulación del mercado laboral para crear empleo (en enero se había superado la barrera psicológica de los cinco millones de parados y, ahora, en julio, la tasa de paro manejada por el Eurostat, más menguada, marcaba el 9,3%, todavía por encima de la media europea) y, en relación con ello, la rebaja de la contribución de los trabajadores al seguro del desempleo del 6,5% al 4,5%, compensada con una subida del IVA del 16% al 18%; en política exterior, tendrían prioridad la recuperación de la excelencia en las relaciones con el aliado estadounidense, pero dejando por sentado que Alemania no aportaría tropas a la Fuerza Multinacional de Irak, y la preservación del eje europeo con Francia.

El errático comportamiento de las encuestas a lo largo de la precampaña y la campaña, que de una semana para otra ampliaban o recortaban la horquilla de puntos a favor de la CDU/CSU y que terminaron por presagiar la insuficiencia del voto combinado con el FDP para formar la clásica coalición de gobierno negra-amarilla, ponía nerviosa a la oposición y creaba una enorme presión ambiental sobre Merkel, cuyos mínimos pasos eran escrutados con tono fiscalizador, mientras que el avezado Schröder, lleno de recursos y de desparpajo, hasta el punto de conseguir convertir la campaña electoral en un juicio al programa de la CDU/CSU y colocar el balance negativo de su gobierno en segundo plano, se crecía a pasos agigantados.

Las limitaciones de su oratoria, la comisión de lapsus verbales (como hacerse un lío con los salarios brutos y los salarios netos en relación con la bajada de los costes laborales), la brusquedad de sus cambios de apariencia física (nuevo peinado y esmerado maquillaje facial, en una mujer que nunca se había sometido a las servidumbres de la estética femenina), la confusión sobre los planes fiscales de la CDU (el asesor legal de la presidenta y candidato a ministro de Hacienda, Paul Kirchhof, echó a muchos votantes indecisos en brazos del SPD con su propuesta de introducir el tipo único en el impuesto sobre la renta, cuando el Programa de Gobierno apostaba por mantener el sistema lineal progresivo) y el efectivo discurso socialdemócrata del miedo a los estragos que pudieran causar los conservadores en el tejido social, recortaron dramáticamente la ventaja de Merkel en la recta final hasta las elecciones. En el cara a cara televisado que sostuvo con Schröder, la aspirante a canciller, con sus tics de inseguridad, no pudo competir con un contrincante que se movía ante las cámaras como pez en el agua y que conocía mil argucias para ganar un debate.

La suma de, por un lado, los aciertos de campaña de un partido oficialista que había encarado las elecciones con casi un certificado de derrota y, por otro lado, los errores de una fuerza opositora que había tenido todo a favor para hacer del retorno al poder un paseo triunfal, produjo el 18 de septiembre un resultado equilibrado que hacía de la formación del próximo Gobierno una tarea diabólicamente complicada.

Siendo la participación del 77,7%, el SPD fue la lista más votada con el 34,2% de los sufragios (sólo un retroceso del 4,3% con respecto a 2002, no obstante la erosión del Gobierno y la deserción del grupo izquierdista de Oskar Lafontaine), seguida por la CDU con el 27,8% y el FDP con el 9,8%. La CSU, que sólo concurría en Baviera –en tanto su partido hermano lo hacía en el resto de la federación-, obtuvo el 7,4%. En conjunto, las dos formaciones conservadoras hacían el 35,2% de los votos y 226 escaños del Bundestag, lo que representaba una pérdida de 3,3 puntos (repartidos a partes iguales) y 22 diputados con respecto a 2002.

Para Merkel, cabía hablar como mínimo de una victoria pírrica y como máximo de un fracaso sin atenuantes, ya que su partido, con 180 escaños, obtenía el nivel más bajo de representación desde la institución del Bundestag ampliado en 1990. Más todavía, el porcentaje sacado en la elección de listas cerradas por el sistema proporcional era el peor desde las elecciones de 1953. Alianza 90/Los Verdes se estabilizó en el 8,1% y el Partido de la Izquierda (Die Linkspartei), nueva denominación del PDS en cuyas listas candidateaban sus aliados de la Alternativa Electoral para el Trabajo y la Justicia Social (WASG, partido recientemente formado por socialdemócratas y sindicalistas disidentes, con Lafontaine a la cabeza), sacó el 8,7%.

De inmediato, tanto Merkel, que esgrimía la ligera primacía del binomio CDU/CSU, como Schröder, aferrado al argumento de que el SPD, en puridad, había ganado como fuerza individual, reclamaron su derecho a formar un gobierno de mayoría y con las debidas garantías de estabilidad sin tener que recurrir a la grosse koalition, cuyo único precedente era el Gabinete Kiesinger-Brandt de 1966-1969. Pero la aritmética electoral era hostil a ambas pretensiones.

Por de pronto, Merkel no podía confiar su investidura a una coalición negra-amarilla porque los 61 diputados del partido liberal de Guido Westerwelle eran del todo insuficientes: en el Bundestag, el bipartito (a efectos institucionales, la CDU y la CSU, cuyo color tradicional es el azul, debían verse como una única fuerza) se quedaría a 21 escaños de la mayoría absoluta (308). La única alternativa sería agregar como tercer socio a Los Verdes, que tenían 51 escaños, conformando una coalición Jamaica (por dibujar los tres colores partidistas la bandera de este país) que, sin embargo, habida cuenta de las grandes diferencias de programa entre sus miembros, resultaba poco verosímil.

Schröder, con los 222 escaños de su partido, se hallaba en las mismas: además de Los Verdes, necesitaba al FDP, una hipotética coalición semáforo, para renovar en la Cancillería. De nuevo, ecologistas y liberales tendrían que ponerse de acuerdo en una serie de temas donde las divergencias eran máximas, y aunque aquí el SPD podría desempeñar el papel de aglutinador, Westerwelle dejó claro que los liberales no harían nada que permitiera a Schröder seguir en el poder. La opción de una coalición entre el SPD, Los Verdes y el Linkspartei de Gregor Gysi y Lothar Bisky, que poseía 54 diputados, era considerada inconcebible por casi todo el mundo. Por Schröder en primer lugar, ya que su Agenda 2010 no era compatible con el programa intensamente izquierdista del Linkspartei y la WASG, y porque la mera idea de convertirse en rehén del grupo de Lafontaine, quien fuera su mayor enemigo dentro del SPD antes de dar portazo al partido, le producía escalofríos.

La testarudez de Schröder en su deseo de volver a ser canciller, pese a no disponer de medios al margen de la CDU/CSU, generó un confuso impasse poselectoral que magnificó la debilidad de Merkel. Fischer declaró que la jefa democristiana ya podía olvidarse de Los Verdes como socios de gobierno. En las filas de la CDU/CSU la gente se preguntaba cómo habían podido esfumarse en las 48 horas anteriores a la apertura de las urnas siete de los 42 puntos de la intención de voto que los últimos sondeos concedían al bipartito. Con todo, el 20 de septiembre, en una necesaria escenificación del cierre de filas, Merkel fue reelegida casi por unanimidad en la jefatura del grupo parlamentario.

En el transcurso de los días, Merkel y Schröder fueron asumiendo que la única opción viable, les gustase o no, era gobernar en gran coalición. Pero entonces, la pelotera se trasladó a las cuestiones de quién sería el canciller y qué cuotas de poder tendría cada formación. Varias rondas de fatigosas conversaciones fueron deshaciendo las dudas en la primera quincena de octubre. El 5 de ese mes, las dirigencias, Merkel y Stoiber por la CDU/CSU, y Schröder y el presidente del partido, Franz Müntefering, por el SPD, ultimaron un acuerdo general sobre las cuestiones de programa en el común convencimiento de que sin reformas fiscales, sanitarias y laborales, en otras palabras, sin reducir los costes del sistema de protección social, Alemania no volvería a ser la locomotora económica de antaño. El día 10, los socialdemócratas dieron su brazo a torcer en el punto fundamental: la Cancillería la ocuparía Merkel. Asimismo, se decidió el reparto equitativo de ministerios, aunque los nombres de los titulares no terminaron de conocerse hasta principios de noviembre.

La CDU, además de la Cancillería, tendría cinco carteras, incluidas las de Interior, para el incombustible Schäuble, y Defensa, para Franz Josef Jung, responsable del partido en Hessen. La CSU poseería dos. Y el SPD conduciría ocho ministerios, entre ellos los de Asuntos Exteriores, para Frank-Walter Steinmeier, Finanzas, para Peer Steinbrück, Justicia, para Brigitte Zypries, y Trabajo y Asuntos Sociales, para Müntefering, de paso vicecanciller y número dos del Gabinete. Por cierto que Müntefering, en una decisión que se temió pudiera repercutir negativamente en la formación del Gobierno, renunció a la presidencia del SPD, y para la misma se postuló Matthias Platzeck, como Merkel, ossi y brandenburgués. Contrariamente a lo supuesto, ni Schröder, quien dijo adiós a la política, ni Stoiber, quien se había perfilado como el titular de Economía, puesto finalmente adjudicado a su conmilitón Michael Glos, quisieron estar en el Ejecutivo.

Los analistas destacaron que Merkel tuvo que pagar a su partido el peaje de aceptar en el Gabinete a dos dirigentes, Schäuble y Jung, que bien podían pasar por sus rivales internos. Y aunque Stoiber se autoexcluyó, así fue presentado, como reacción a la dimisión de Müntefering al frente del SPD –si bien las malas lenguas aseguraron que el verdadero motivo de la espantada era que no estaba dispuesto a recibir órdenes de una mujer canciller, y menos de Merkel-, dejó dispuesto que el ministro de Agricultura y Consumo fuera su segundo de a bordo, Horst Seehofer, el dimitido vicepresidente socialcristiano del grupo parlamentario en la pasada legislatura, conocido por sus ácidas críticas al modelo liberal que Merkel auspiciaba.

Verse obligada a gobernar con unos socialdemócratas dispuestos a defender con uñas y dientes sus amplias parcelas de poder, y con una mayoría de compañeros del bando propio, perros viejos de la política, que harían su trabajo sin actitud subordinada y que no dudarían en hacer oír su criterio, suponía para Merkel una doble limitación que invitaba a pronosticar un gobierno menos personalizado en el canciller y más horizontal en cuanto a la geometría de la autoridad.

El 12 de noviembre Merkel presentó en Berlín el contrato de gobierno consensuado con los socialdemócratas, de nombre Unidos por Alemania con coraje y humanidad, que incidía en: la recuperación del crecimiento fuerte -2005 iba a terminar con un índice anémico, del 0,9%, que en buena parte descansaba en el sector exterior-; el cumplimiento del PEC y de la propia Ley Fundamental –la cual prohíbe al Estado endeudarse por encima del gasto en inversiones- en 2007, después de cuatro años consecutivos con números rojos, siendo la previsión de déficit para el año en curso del 3,5%; la creación de empleo, cuando el paro alcanzaba ya el 11%; y, el acometimiento de las reformas estructurales pendientes para disminuir las cargas del Estado.

Entre las medidas concretas estaban el encarecimiento del IVA del 16% al 19%, el descenso de la presión fiscal directa salvo en las rentas más altas, que tributarían más (aunque no se especificaba cuánto más), la elevación paulatina de la edad de jubilación laboral de los 65 a los 67 años, la congelación de las pensiones, la supresión de los subsidios a la adquisición de primera vivienda y la extensión de la precariedad laboral de los seis meses actuales a los 24 meses, es decir, que los trabajadores nuevos no tendrían derecho a un contrato indefinido hasta transcurridos dos años. La canciller in péctore reconocíó que el ajuste de cinturón iba a ser doloroso, pero afirmó que no había otro remedio si el objetivo era "detener la tendencia hacia atrás e invertirla".

El último paso antes de la investidura parlamentaria era la aprobación del plan gubernamental por los tres partidos, el 14 de noviembre. En la conferencia de la CDU, sólo tres de los 150 delegados votaron en contra. Por fin, el 22 de noviembre de 2005, Merkel fue investida octava canciller de la RFA por el Bundestag con 397 votos a favor (51 menos de los sumados por la gran coalición, pero 89 más de la mayoría requerida), 202 en contra, 11 abstenciones y un voto nulo. En el hemiciclo, pendientes de la sesión, estaban sus ancianos padres y su hermano menor, pero, protagonizando una ausencia que dio mucho que hablar, no su esposo, Joachim Sauer, quien se había tomado muy en serio su decisión de restringir al máximo sus apariciones públicas, tanto que ya empezó a hablarse del "consorte invisible". Posteriormente, el presidente de la República, Horst Köhler, nombró formalmente a Merkel, que sin solución de continuidad tomó posesión. A continuación, los restantes miembros del Gabinete juraron también sus puestos.

La jornada fue triplemente histórica para Alemania, ya que Merkel era la primera mujer, el primer antiguo ciudadano de la RDA y el más joven titular en alcanzar la Cancillería desde la creación de la RFA en 1949. En el contexto europeo, era la decimocuarta jefa de Gobierno desde que Margaret Thatcher abriera el camino en el Reino Unido en 1979, aunque sólo la cuarta que llegaba al puesto como resultado de una elección y como jefa del partido ganador, siendo las anteriores Thatcher, la noruega Gro Harlem Brundtland, en 1993, y la finlandesa Anneli Jäätteenmäki, en 2003.

(Cobertura informativa hasta 23/11/2005)



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