1. Primer activismo sindical y político con el PT de Acre
2. Congresista federal y ministra del Gobierno Lula: el dilema medioambiental
3. Fichaje por los Verdes y candidata presidencial en 2010
1. Primer activismo sindical y político con el PT de Acre
Hija de una pareja de
seringueiros, o recolectores de caucho, sometida a las jornadas laborales agotadoras y a la pobreza más excluyente en las remotas explotaciones silvícolas del estado amazónico de Acre, siendo niña se salvó de la desnutrición, las enfermedades (que mataron a tres de sus diez hermanos y a su propia madre, Maria Augusta, cuando ella tenía 15 años) y el analfabetismo gracias a las atenciones médicas y educativas que recibió en la capital, Rio Branco, por parte del Obispado y la congregación católica de las Siervas de María, los cuales le curaron una pertinaz hepatitis y la enseñaron a leer y a escribir. Años después, ya de adulta, el consumo de agua contaminada con metales pesados en la plantación cauchera donde había vivido iba a pasarle factura con la aparición de una serie de dolencias que requirieron tratamiento.
Tras abrirse paso en el mundo laboral, donde empezó trabajando de empleada doméstica, y hacerse con algún dinero, en 1981 Silva consiguió ingresar en la Universidad Federal de Acre (UFAC), donde se formó en Historia. Años después cursaría un posgrado en Psicopedagogía. En 1983 se sacó la diplomatura y comenzó a dar clases de Historia en una escuela de enseñanza media.
Ya antes de iniciar los estudios universitarios, en los años postreros de la dictadura militar, Silva tomó contacto con los movimientos sociales del agro brasileño, la religiosidad denunciante de la Teología de la Liberación y las Comunidades Eclesiales de Base. Estando en la UFAC, la joven se familiarizó con la literatura de izquierdas, recibió adiestramiento como activista rural y, sobre todo, conoció al sindicalista cauchero y líder ambientalista Chico Mendes, un paisano de Acre que se había convertido en el símbolo de la lucha contra las talas indiscriminadas que, con la complicidad de las autoridades políticas, realizaban en la Amazonía brasileña los propietarios ganaderos y las empresas madereras.
En 1984 Mendes, Silva y otros activistas pusieron en marcha la sección en Acre de la Central Única de Trabajadores (CUT), de la que fueron primeros coordinador y vicecoordinadora, respectivamente, y que en este estado occidental planteó unas reivindicaciones esencialmente campesinas y conservacionistas. En síntesis, la CUT acreana se propuso armonizar la protección de la selva y la inclusión social de los trabajadores pobres del campo, negando que uno y otro retos fueran incompatibles.
Atraída también por la lucha puramente política, Silva se vinculó al Partido Revolucionario Comunista (PRC), que se movía en la clandestinidad, y pasó a militar en el Partido de los Trabajadores (PT), fuerza legal de ideario socialista conducida por el dirigente obrero de São Paulo
Luiz Inácio Lula da Silva. Ayudó a la implantación del PT en Acre y en noviembre de 1986 disputó su primer cargo representativo de elección popular, un escaño de la Cámara de Diputados del Congreso Nacional, que vio escapársele de las manos al no alcanzar el partido el mínimo porcentaje exigido en el estado.
Dos años después, el 15 de noviembre de 1988, Silva resultó elegida concejala de la Prefectura de Rio Branco, donde pasó a ser la única representante de la izquierda y adquirió notoriedad como una enérgica detractora de las prebendas y beneficios económicos de que gozaban los cargos municipales. Al mes de ser elegida, su compañero de luchas sindicales, Chico Mendes, era asesinado a tiros en su casa de Xapuri por unos sicarios contratados por hacendados.
2. Congresista federal y ministra del Gobierno Lula: el dilema medioambiental
En las elecciones legislativas del 3 de octubre de 1990 Silva ganó el escaño en la Cámara baja federal con el mayor número de votos en Acre. Concluida la legislatura de cuatro años, continuó en el Congreso, pero como senadora, mandato que obtuvo con el 31,2% de los votos en el estado. Con 36 años, se trataba de la más joven miembro del Senado brasileño, donde en los ocho años siguientes se volcó en los proyectos legislativos sobre preservación de la selva virgen. Su trayectoria especializada en los problemas de la ecología la situó en 1995 al frente de la Secretaría Nacional de Medio Ambiente y Desarrollo del PT.
En las elecciones generales del 6 de octubre de 2002 la senadora fue reelegida, con el 32,3% de los votos, para un segundo período de ocho años a la vez que Lula, al cuarto intento, ganaba la Presidencia de la República. Al constituirse el primer Gobierno petista el 1 de enero de 2003, Silva, tal como se esperaba, fue nombrada ministra de Medio Ambiente.
Su misión era definir y ejecutar una política ecológica integral que conciliara la salvaguardia de la selva amazónica, cuyo expolio por las empresas madereras continuaba a toda velocidad, con la reforma agraria prometida por el PT al Movimiento de los Trabajadores Sin Tierra (MST), que reclamaba al Gobierno la entrega a los campesinos sin propiedades de tierras mantenidas incultas por los terratenientes y los medios para cultivarlas. En la campaña electoral, Lula se había referido a una "inclusión social con justicia ambiental", que hacía bandera también de los acuerdos medioambientales multilaterales como las convenciones sobre el Cambio Climático, con el Protocolo de Kyoto de reducción de emisiones de gases de efecto invernadero, y sobre Biodiversidad.
Ahora bien, pronto salieron a relucir las diferencias de sensibilidad entre Silva, cuyos planteamientos "socio- ambientalistas" hacían hincapié en el preciso equilibrio entre ecología y desarrollo económico sostenible, y Lula y sus principales colaboradores en el Gobierno y la cúpula del partido, fogueados sobre todo en las luchas obreras de la ciudad, que tenían más presentes los poderosos intereses gremiales, a veces contrapuestos, de los diversos colectivos laborales y empresariales.
Además, Lula y sus estrategas del desarrollo apostaron decididamente por el agrocomercio de soja y de vacuno, las plantaciones de transgénicos y las cosechas de caña de azúcar para la producción masiva de bioetanol, alternativo a la gasolina, todo lo cual exigía la transformación agropecuaria, casi siempre para su monocultivo intensivo y con procedimientos agresivos para obtener un crecimiento rápido, de más y más terrenos silvestres. Otro frente de fricción con el Ministerio de Medio Ambiente fue el programa de construcción de nuevas centrales hidroeléctricas y térmicas para paliar el déficit en la generación de electricidad, que mantenía sin servicio a millones de personas, unas grandes obras de ingeniería que suponían más actividad humana en las áreas naturales.
Las directrices económicas y energéticas, justificadas en aras del bienestar de los ciudadanos y el crecimiento nacional, tenían un complicado acomodo con las necesidades conservacionistas del gran manto de la pluvisilva, las vastas cuencas fluviales y la biodiversidad que acogían. Aún peor, pese a los decretos de veto de explotación maderera, a la conversión en áreas de protección ambiental y en parques nacionales de más de 20 millones de hectáreas y a la introducción de una legislación muy exigente, duras medidas penales inclusive, para impedir la explotación ilegal del campo, las talas, las quemas y las rozas indiscriminadas en áreas que teóricamente eran patrimonio público seguían campando por sus fueros. A lo largo de 2004 y 2005, la ministra pidió paciencia para que pudieran apreciarse los resultados del Plan de Acción para la Prevención y Control de la Deforestación de la Amazonía.
El rosario de premios internacionales que Silva recibió en reconocimiento a sus esfuerzos en favor del medio ambiente eran un estímulo que compensaba sólo en parte las ingratitudes de su ministerio, el cual parecía no gozar de un aprecio especial de Lula, poseedor de una visión más comercial del "desarrollo económico sostenible" de Brasil, y la enfrentaba casi diariamente con colegas del Gabinete, como era el caso de la poderosa y enérgica jefa de la Casa Civil de la Presidencia,
Dilma Rousseff. Aunque la titular de Medio Ambiente gozaba de buena prensa internacional, el Gobierno brasileño fue instado por la comunidad científica, las ONG y portavoces de la ONU y la Unión Europea a que invirtiera un mayor esfuerzo en proteger la biomasa amazónica, cuyo retroceso sólo podía empeorar el calentamiento global por el exceso de CO2 atmosférico.
Tras varios amagos de dimisión, Silva renovó en su puesto al constituirse la segunda Administración Lula el 1 de enero de 2007. Aunque la batería de medidas del Gobierno para frenar la deforestación estaba empezando a dar sus frutos (según el Ministerio, el ritmo destructivo había caído un 59% en el último trienio al pasar la superficie desarbolada de los 27.429 km² en 2003-2004 a los 11.224 km² en 2006-2007, tiempo en el cual habían sido disueltas más de un millar de empresas por violar la ley y condenados a prisión cientos de infractores), la frustración volvió a apoderarse de la ministra al comprobar cómo la influencia en el Gabinete de los grupos de presión económicos, a veces con la connivencia de los gobernadores de sus estados, distorsionaba su labor diaria, dañaba su comunicación con los responsables de otros departamentos y bloqueaba la aplicación de algunas directivas importantes, empezando por la creación de áreas protegidas, que quedó prácticamente paralizada.
Por otro lado, las resistencias del Instituto Brasileño de Medio Ambiente y Recursos Naturales (IBAMA), dependiente del Ministerio, a conceder licencias de cumplimiento medioambiental a unos grandes proyectos hidroeléctricos en el estado de Rondônia fueron tachadas desde medios empresariales de sabotaje al desarrollo económico del país.
Las implicaciones en la Amazonía del ambicioso Plan de Aceleración del Crecimiento (PAC), que incluía la apertura de corredores para el transporte terrestre y fluvial de miles de kilómetros de longitud, inquietaban profundamente a la ministra, también disconforme con la construcción de nuevas centrales nucleares. La gota que colmó el vaso de Silva fue la decisión de Lula el 8 de mayo de 2008 de encomendar la coordinación del Plan Amazonía Sostenible (PAS), que definía cinco prioridades estratégicas para el desarrollo equilibrado de toda la región, no a ella, sino al ministro de Asuntos Estratégicos, Roberto Mangabeira Unger, un reputado jurista y teórico social que no pasaba por un abanderado del ecologismo.
Sintiéndose ninguneada, cinco días después Silva presentaba a Lula una carta de dimisión irrevocable, en la que daba cuenta de las "dificultades" con que topaba su agenda medioambiental, aludiendo implícitamente a las resistencias de sectores del Gobierno y la sociedad. El presidente no encajó bien el sonoro portazo de Silva, que calificó de "espectáculo", pero la dimisionaria no quiso personalizar sus reproches en él.
3. Fichaje por los Verdes y candidata presidencial en 2010
Silva siguió en la brecha política desde el Senado, donde adoptó una postura oposicionista frente a varias disposiciones del Ejecutivo. Fue particularmente beligerante con la nueva normativa reguladora de la tenencia y explotación de fincas rústicas, que a su entender iba a amparar la ocupación ilegal de tierras forestales por terratenientes y ganaderos.
En estas circunstancias, la ruptura con el PT, tras casi tres décadas de militancia, parecía inevitable. El 19 de agosto de 2009 Silva anunciaba el final de su fidelidad petista y el 30 del mismo mes escenificaba su alta, aceptando una insistente oferta de sus dirigentes, en el Partido Verde (PV), pequeña formación ecologista fundada en 1986 y con un discretísimo recorrido electoral, sólo animado en las legislativas de 2006, cuando recabó 3,3 millones de votos para la Cámara baja, el 3,6% del total. En las últimas presidenciales, el PV no había presentado candidato propio ni había respaldado a ningún otro, aunque luego se había integrado en el Consejo Político para la asesoría de Lula, renovando el respaldo parlamentario prestado al PT durante el primer período de Gobierno.
Más allá de su compromiso con el medio ambiente, el desarrollo sostenible, el pacifismo, las fórmulas de democracia directa y la adopción de reformas sociales como el matrimonio homosexual, el aborto libre y la legalización de la marihuana, los verdes brasileños rehusaban ser etiquetados dentro del espectro tradicional de derecha a izquierda. Precisamente, uno de sus fundadores, Carlos Minc, era el sustituto de Silva en el Ministerio de Medio Ambiente, una elección que dejaba a las claras la comprensión por Lula del mal lugar en que había quedado su Gobierno con la renuncia de Silva. Por ejemplo, Greenpeace aseguró que el adiós de la ministra demostraba que el presidente brasileño había "decidido abandonar la Amazonía".
La idea del PV era convertir a Silva, a sus ojos un fichaje de auténtico lujo, en su candidata para las elecciones presidenciales de octubre de 2010, irrumpiendo en un escenario bastante abierto donde por el momento se situaba en cabeza el aspirante oficioso del opositor Partido de la Social Democracia Brasileña (PSDB),
José Serra, el gobernador de São Paulo. El cambio de colores de la ex ministra de Medio Ambiente no dejó de impresionar a los petistas, cuya postulante todavía no oficial, Rousseff, seguía a la zaga de Serra, aunque el formidable impulso personal de Lula, quien la quería como sucesora en el Palacio de Planalto, ya la estaba haciendo ascender con brío. Si bien su cuota en los sondeos no superaba el 5% en estos momentos, Silva era con mucho una política más conocida internacionalmente que Rousseff. En el primer partido del Gobierno se temía que Silva, puesto que despertaba amplias simpatías en el ala izquierda del PT y en las comunidades de base, frenara las fuertes expectativas alcistas de la ministra de la Casa Civil.
El 16 de mayo de 2010 Silva asumió su candidatura por el PV en un acto donde criticó la "pérdida" por el PT de su "capacidad para conectar con las utopías del siglo XXI" y diagnosticó el sufrimiento por Brasil de una "crisis social" y una "crisis ambiental de consecuencias dramáticas", aunque también alabó las políticas sociales de Lula y las reformas económicas acometidas por su antecesor, el socialdemócrata
Fernando Henrique Cardoso. Evocando los casos de
Barack Obama en Estados Unidos y del candidato verde a presidente de Colombia, Antanas Mockus, Silva hizo un llamamiento a "reinventar la manera de caminar en la política, ser intolerantes con la corrupción, hacer una gestión pública basada en la transparencia y en la competencia, y desarrollar políticas ciudadanas, basadas en principios y valores".
El 10 de junio de 2010, en su Convención Nacional, el PV lanzó la candidatura de Silva, quien afirmó su disposición a convertirse en la primera mujer, negra (mestiza, en realidad) para más señas, en presidir Brasil. La meta era virtualmente irrealizable, pero estaba por ver si su opción tercerista sería capaz de afectar al desarrollo de la primera vuelta y, eventualmente, determinar el resultado de la segunda y definitiva. En ese momento, su cuota en las encuestas de intención de voto oscilaba en torno al 9%, un porcentaje modesto que era cuatro veces menor que el de los empatados Rousseff y Serra.
En su programa electoral, la candidata verde hizo un empleo profuso de Internet para difundir sus ideas sobre el desarrollo sostenible a la vez que su imagen fresca y amable, buscando a los votantes jóvenes y descontentos. Defendió una "tercera generación de bienestar social" con participación del sector privado, insistió en la necesidad de invertir en educación, apostó por la creación de
empleos verdes mediante el incentivo fiscal de los negocios respetuosos con el medio ambiente e hizo una defensa matizada de los biocombustibles, que le parecían una alternativa energética viable y útil para combatir el efecto invernadero, siempre que no acarrearan la tala de bosques y la reducción de las tierras dedicadas a la producción agroalimentaria. Ella seguía comprometida con el socio-ambientalismo, lo que equivalía a decir que "la Amazonía no es un santuario inviolable".
Marina Silva ha estado casada dos veces, primero con el funcionario público Raimundo Souza y luego con el perito agrícola Fabio Vaz de Lima, su actual esposo. De estas uniones nacieron sus cuatro hijos, Shalom, Danillo, Moara y Maya. En 2007 abandonó la fe católica y abrazó el protestantismo evangélico pentecostal.
(Cobertura informativa hasta 1/10/2010)