Slobodan Milosevic

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Datos relevantes

Actualización: 14 de Mayo de 2014
Slobodan Milosevic

Serbia

Presidente de la República Federal de Yugoslavia; ex presidente de Serbia

Duración del mandato: 23 de Julio de 1997 - 07 de Octubre de 2000

Nacimiento: Pozarevac, distrito de Branicevo , 29 de Agosto de 1941

Defunción: Scheveningen, La Haya, Países Bajos , 11 de Marzo de 2006

Partido político: SPS

Profesión: Abogado y funcionario

Resumen

La desintegración cruenta de la antigua Yugoslavia en la última década del siglo XX, con su trágica cohorte de guerras civiles y limpiezas étnicas que dejaron aproximadamente un cuarto de millón de muertos, tuvo como principal –aunque no único- responsable al que fuera presidente de la República de Serbia y luego de la refundada federación yugoslava con la única compañía de Montenegro. Caudillo de un régimen híbrido, nacionalista chovinista a la vez que socialista autoritario, Slobodan Milosevic atizó y manipuló en beneficio propio los sentimientos de victimismo y revanchismo históricos del pueblo serbio, que le dio sucesivas victorias en las urnas pese a lo funesto de su actuación. El alfa y el omega de su carrera política fue Kosovo, cuya pérdida tras los bombardeos aéreos de la OTAN en 1999 preludió un intento de fraude electoral seguido de una insurrección popular que le descabalgó del poder en 2000. Entregado al año siguiente por las nuevas autoridades demócratas al Tribunal Penal Internacional de La Haya, Milosevic fue juzgado por crímenes de guerra, de lesa humanidad y genocidio presuntamente cometidos en Croacia, Bosnia y Kosovo, pero falleció en su celda en 2006 antes de aplicársele sentencia.

Biografía

1. Un oscuro tecnócrata comunista aupado al liderazgo político
2. El conflicto de Kosovo y el caudillaje de Serbia
3. Escalada nacionalista y legitimación en las urnas
4. Apuesta por la guerra contra los nacionalismos centrífugos
5. Las campañas bélicas de Croacia y Bosnia; la refundación de Yugoslavia
6. Los instrumentos de un poder autoritario
7. Temporal rehabilitación internacional tras la paz de Dayton
8. La deriva autocrática en el interior
9. El círculo se cierra en Kosovo
10. La guerra contra la OTAN y la pérdida de Kosovo
11. Confrontación final con la oposición, insurrección popular y derrocamiento
12. El dilema del enjuiciamiento por crímenes políticos y de guerra
13. Entrega y procesamiento por el Tribunal Penal de La Haya
14. Las complicaciones del juicio internacional y repentino fallecimiento


1. Un oscuro tecnócrata comunista aupado al liderazgo político

Hijo del profesor de Teología (algunas fuentes aseguran que llegó a consagrarse como pope ortodoxo, pero sin llegar a ejercer el magisterio religioso) Svetozar Milosevic, oriundo de Montenegro, y de la maestra de escuela Stanislava Koljensic, perteneciente a una familia acomodada de comunistas serbios e incondicional de Tito, en 1959 se unió al Partido Comunista Yugoslavo, llamado desde 1963 Liga de los Comunistas Yugoslavos (SKJ), y ese mismo año emprendió estudios de Derecho en la Universidad de Belgrado.

Trágicas circunstancias familiares rodearon la juventud de Milosevic: cuando tenía 21 años, el padre, separado ya de su esposa, se suicidó de un disparo en la sien cuando se ganaba la vida como docente en su república de origen; un tío, oficial del Ejército, decidió la misma suerte; y, finalmente, la madre se ahorcó a su vez una década después del suicidio de su marido, en 1974.

Licenciado con el título de abogado en 1964, Milosevic inició dos años después una carrera en el aparato administrativo de la República Socialista de Serbia, primero como asesor para asuntos económicos del alcalde de Belgrado y luego como jefe del Servicio de Información municipal. Su amistad con Ivan Stambolic, alto dirigente de la Liga de los Comunistas Serbios (SKS, rama republicana de la SKJ), resultó decisiva para su rápida promoción en los escalafones superiores de la función pública. En 1968 contrató con la compañía energética estatal Technogas, donde ostentó una dirección adjunta antes de convertirse, en 1973, en director general de la empresa.

En 1978 Milosevic fue nombrado director general de Beogradska Banka, o Banco Unido de Belgrado, entonces la mayor entidad financiera del país, una responsabilidad que llevó implícitos múltiples desplazamientos a Estados Unidos para asistir a consejos de gobernadores bancarios y otras reuniones con una agenda financiera. Ya en 1965 contrajo matrimonio con su compañera inseparable desde la escuela, Mirjana (Mira) Markovic, hija de partisanos, bien ubicada en la élite comunista (su padre, Momcilo Markovic, había sido ministro del Interior de Serbia al término de la Segunda Guerra Mundial) y futura profesora de Teoría del Marxismo en la Universidad de Belgrado con el título de doctora. Estrechamente ligada a su marido, en lo sentimental y en lo profesional, Markovic iba a convertirse en la principal asesora y aliada política de Milosevic. La pareja tuvo dos hijos, Marko y Marija.

En 1982 Milosevic abandonó Beogradska Banka para dedicarse a la política, en un período de inquietud expectante por el devenir de la República Federativa Socialista de Yugoslavia (RFSY) tras la muerte en mayo de 1980 de su fundador, el mariscal Tito. En 1983 fue elegido miembro del Presidium del Comité Central de la SKS y en abril del año siguiente presidente del Comité Municipal del partido en Belgrado. Siguiendo siempre los pasos de su mentor, Milosevic sustituyó a Stambolic el 28 de mayo de 1986 en la Presidencia del Comité Central de la SKS, oficina que detentaba el verdadero poder político en la república. Se trató de una escalada fulgurante para un hombre que apenas cuatro años antes estaba apartado de cualquier actividad partidista o ideológica relevante, y que reunía un perfil de burócrata esencialmente técnico.

El 24 de abril de 1987 marcó un antes y un después en la trayectoria política de Milosevic; fue entonces cuando empezó a realizar, con una mezcla de oportunismo, astucia e implacabilidad, sus grandes ambiciones de poder. Aquel día, llegado a la capital de la provincia autónoma de Kosovo, Prístina, se dejó abordar por una muchedumbre de kosovares serbios que, airados, exigían a las autoridades de Belgrado protección frente a los abusos de los que decían ser objeto por la mayoría albanesa (cuyos miembros controlaban tanto los mandos políticos locales como la policía enviada a reprimir las algaradas). Milosevic no sólo les dio la razón, sino que les prometió que nadie volvería nunca más a golpearlos.

Stambolic había enviado a su protegido a la agitada provincia sureña para sosegar los ánimos y preservar la legalidad de las instituciones, pero Milosevic lo que hizo fue asumir la reivindicación nacionalista de la minoría serbokosovar, dando con ello prelación a los intereses de Serbia sobre los de Yugoslavia y desequilibrando el delicado juego de pesos y contrapesos entre las repúblicas diseñado por Tito.

Con tan perturbador ariete ideológico, Milosevic se lanzó a la remoción de quienes estorbaban su proyecto personal y nacional. En octubre de 1987 desató una purga en el SKS y en los medios de comunicación de Serbia, y el 14 de diciembre del mismo año, Stambolic, dejado en minoría en el Comité Central, fue cesado como presidente de la República de Serbia; para sucederle, Milosevic designó a Petar Gracanin, uno de sus partidarios. El 17 de noviembre de 1988 consiguió también las dimisiones de altos responsables de la Liga de los Comunistas Kosovares, acusados de dar pábulo al separatismo albanés, con la secretaria del Comité Central, Kaqusha Jashari, a la cabeza.


2. El conflicto de Kosovo y el caudillaje de Serbia

Explotando el victimismo de los serbios, removiendo los traumas de la Segunda Guerra Mundial (cuando esta nacionalidad padeció matanzas de proporciones genocidas a manos de los fascistas croatas) y exacerbando un sentimiento de frustración colectiva por los años de la dictadura comunista y la rampante crisis económica, Milosevic convenció a buena parte de los ciudadanos de que Serbia, la república más poblada y económicamente más potente de la federación, había sido sistemáticamente marginada durante el régimen de Tito (a la sazón, un croata), y que ahora, numerosos enemigos de dentro y fuera de Yugoslavia conspiraban contra ella.

La retórica nacional-patriótica, aderezada con algunas concesiones a un nebuloso reformismo político, desplazó el verdadero debate, la democratización de las instituciones y la vida pública, a partir de la cual podría renegociarse el futuro de la RFSY. Aunque su proyecto nacional era excluyente, Milosevic aprovechó los devaneos emancipadores y las exigencias de eslovenos y croatas para encaramarse como el paladín de la unidad del Estado, soterrando el discurso de los verdaderos yugoslavistas, que quedaron totalmente arrinconados.

Sin una presencia espectacular ni una oratoria brillante, desenvolviéndose con calma y midiendo el efecto de sus mensajes escuetos aunque contundentes (ni en sus momentos de mayor poder iba a dejar de dosificar las comparecencias públicas y los discursos, prefiriendo siempre el trabajo de puertas adentro), Milosevic acrecentó su carisma de caudillo poco convencional, por frío y parco, pero que seducía al serbio de a pie por su aureola patriótica, providencial y confortadora, de jefe seguro de sí mismo y protector del pueblo. El 19 de noviembre de 1988, en la mayor concentración humana conocida por Yugoslavia desde la liberación de los nazis en 1945, convocó a un millón de personas en Belgrado como muestra de apoyo a los serbios de Kosovo; la muchedumbre fue instada por el líder a ir "a las barricadas, como nuestros antecesores en España", para combatir "por una Serbia unitaria en una Yugoslavia unitaria".

El 28 de junio de 1989 la llanura de Gazimestán, cerca de Prístina, congregó a otro millón largo de serbios para conmemorar el 600º aniversario de la batalla de Kosovo Polje (Campo de Mirlos), en la que el antiguo reino de Serbia perdió su independencia frente al invasor turco. En tan emocional entorno, Milosevic evocó los mitos y agravios, reales o ficticios, de la nación serbia a lo largo de su historia y formuló la demanda de un mayor control por los serbios de las instituciones provinciales dominadas por la mayoría albanesa. Para él, Kosovo se trataba del "puro centro de la historia, la cultura y la memoria" de Serbia, ya que allí comenzó el primer Estado medieval serbio, en el siglo XI, y se hallaban los principales monasterios ortodoxos, custodios multiseculares de la cultura serbia. Milosevic se refirió a una Serbia unida y multiétnica, en reconocimiento implícito de una realidad incuestionable: que con el transcurrir del tiempo, el peso demográfico de los serbokosovares había declinado progresivamente hasta constituir sólo el 13% de la población de la provincia, de acuerdo con el censo de 1981.

La Constitución titista de 1974, cuestionada sin disimulos por Milosevic en su discurso de Gazimestán, había establecido las provincias socialistas autónomas de Kosovo al sur y Vojvodina (habitada por más de 300.000 húngaros étnicos) al norte, y aunque su rango era inferior al de las repúblicas y quedaban bajo la jurisdicción de Serbia, en la práctica gozaban de competencias similares a las de aquellas y funcionaban como entes paritarios en las instituciones federales. Mientras Milosevic agitaba el nacionalismo eslavo en Serbia y Kosovo, Montenegro y Vojvodina eran escenario de manifestaciones antiburocráticas que consiguieron derribar los liderazgos comunistas locales.

Mientras los demás regímenes ideológicamente afines de Europa Central y Oriental se desmoronaban sucesivamente por las exigencias pro democracia y un efecto de contagio estimulado desde la URSS por Mijaíl Gorbachov, el dirigente serbio se mantuvo impertérrito, movilizando masivas manifestaciones nacionalistas para anticiparse a cualquier demanda indeseada y resuelto a asegurar su continuidad en el poder fundando un régimen híbrido, una suerte de nacionalcomunismo que no escatimaba las referencias racistas a los albaneses de Kosovo y los musulmanes del interior de Serbia, concentrados en la región de Sandzak.

El 28 de marzo de 1989 la Asamblea de Serbia aprobó una reforma de la Constitución republicana que reducía drásticamente las autonomías de Kosovo y Vojvodina, incluidas todas las competencias económicas, policiales y educativas, las cuales volvieron a la administración central. El 3 de marzo anterior la Presidencia colectiva de la Federación había allanado el camino para aquella medida declarando que la situación en Kosovo se había deteriorado tanto que había llegado a constituir una amenaza a la integridad de la Federación, lo que hacía necesario la imposición de "medidas especiales".

Los disturbios que estas decisiones generaron en Kosovo dejaron hasta el último día de marzo una treintena de muertos, casi todos manifestantes albaneses abatidos por las fuerzas de seguridad. El 8 de mayo siguiente Milosevic coronó su ambiciosa empresa con su elección para el puesto de presidente de la República Socialista de Serbia, no teniendo reparos en entregar la jefatura de la SKS a uno de sus asociados, Bogdan Trifunovic. El 13 de noviembre la Asamblea le confirmó como presidente de la república. Este mismo año Milosevic publicó un libro autobiográfico titulado Godina Raspleta (Las consecuencias de los hechos).


3. Escalada nacionalista y legitimación en las urnas

El principio del fin de la RFSY se escenificó en el XIV Congreso de la SKJ, inaugurado en Belgrado el 20 de enero de 1990. El día 23, al ver rechazada su moción de convertir la Liga en una estructura confederal de partidos republicanos soberanos con el socialismo democrático como doctrina, la delegación eslovena decidió abandonar el congreso, siendo imitada por la delegación croata.

El bloque legalista, capitaneado por Milosevic, advirtió contra el cuestionamiento de la Federación y se limitó a aprobar la eliminación de la cláusula que consagraba el monopolio político de la SKJ (la SKS, por su parte, había aprobado el 17 de diciembre anterior un pluralismo en Serbia con ciertas reservas). Se trató de una medida tardía, pues Eslovenia y Croacia, con el concurso decidido de sus gobernantes comunistas, estaban ya esbozando un modelo de multipartidismo no excluyente en paralelo al auge del nacionalismo separatista.

Fracasado su intento de mantener la unidad orgánica e ideológica de la SKJ, Milosevic no tuvo ambages en seguir la pauta reformista de las repúblicas occidentales, al menos en las formas. El 7 de junio de 1990 constituyó el Partido Socialista de Serbia (SPS) a partir de la SKS y con la absorción de la pequeña Alianza Socialista del Pueblo Trabajador de Serbia, y el 16 de julio siguiente se hizo elegir presidente de la flamante formación el primer día de su primer Congreso. No se acometió una transformación doctrinal como las interiorizadas por los partidos comunistas del bloque soviético, sino un simple cambio de siglas y otros símbolos externos; en realidad, los socialistas serbios mantuvieron intactos el dogmatismo ideológico y la concepción exclusivista del poder propios de un partido fuerte que se consideraba vanguardia de la sociedad.

El 22 de julio de 1990 el pluripartidismo fue oficialmente instaurado en Serbia, pero con su hábil movimiento, que no precisó hacer hincapié en el compromiso con la democracia parlamentaria y, menos aún, en una vocación de tipo socialdemócrata, rechazada de plano, para el SPS, Milosevic se aseguró una posición hegemónica de partida en la nueva etapa política inaugurada en su país.

A lo largo de 1990 Milosevic dio más argumentos a los que querían apartarse de una RFSY tolerante con las pretensiones serbias de supremacía. El Gobierno serbio decretó el boicot económico contra Eslovenia, que se encontraba lista para salirse de la Federación, mientras que los serbios de Croacia fueron animados a plantar cara a la deriva independentista de los nuevos gobernantes pertenecientes al partido nacionalista y derechista Unión Democrática Croata (HDZ, vencedora en las elecciones parlamentarias de abril y mayo); alentado desde Belgrado y desafiando abiertamente a las autoridades de Zagreb, un denominado Consejo Nacional Serbio proclamó la Región Autónoma Serbia de la Krajina el 1 de octubre.

En cuanto a Kosovo, cobraron fuerza las agitaciones de los albaneses, que un amplio movimiento represivo intentó acallar. Como resultado, las denuncias populares de discriminaciones con trasfondo étnico o religioso se invirtieron radicalmente, pasando a realizarlas la mayoría albanesa. El 2 de julio la Asamblea kosovar decidió por aplastante mayoría elevar el estatus provincial al de república. La reacción de Belgrado fue fulminante: el 5 de julio la Asamblea serbia abrogó la autonomía, disolvió las instituciones y puso la provincia bajo su directa administración.

Lanzados a la clandestinidad, diputados y responsables políticos albaneses, liderados por el intelectual Ibrahim Rugova, líder de la Liga Democrática de Kosovo (LDK), proclamaron el 7 de septiembre la República de Kosovo (RK) dentro de la Federación yugoslava, punto de partida de una resistencia soberanista civil que se aferró a los criterios de no cooperación y no violencia, pese a la multiplicación de los actos hostiles contra los albaneses, como el despido de miles de funcionarios, el acoso a intelectuales y activistas sociales, y las trabas a la expresión cultural del idioma albanés.

El 28 de septiembre de 1990 Serbia imprimió un nuevo giro de tuerca promulgando una nueva Constitución centralista que remataba la disolución de las instituciones autonómicas provinciales. El texto removió también la condición de socialista de la República de Serbia y abrió el camino para la celebración de las primeras elecciones pluralistas el 9 y el 23 de diciembre. En las legislativas, el SPS se adjudicó una rotunda victoria con 194 de los 250 escaños de la nueva Asamblea Nacional (Narodna Skupstina); en las presidenciales, Milosevic fue confirmado en su puesto con el 65,3% de los votos, derrotando a una veintena de candidatos encabezados por Vuk Draskovic, un líder nacionalista genuino que encontró serias dificultades para perfilarse ante el exitoso intrusismo ideológico del dirigente socialista.


4. Apuesta por la guerra contra los nacionalismos centrífugos

Tras su validación en las urnas en diciembre de 1990, Milosevic y el SPS ejercieron un monopolio político de hecho sobre toda Serbia, Kosovo y Vojvodina incluidas, y dispusieron de la alianza incondicional de Montenegro, donde los comunistas locales, encabezados por Momir Bulatovic, fueron igualmente confirmados en las urnas al cabo de un somero maquillaje ideológico. Tardíamente, la oposición no comunista se movilizó contra el acaparamiento por el SPS de los medios de comunicación y su evidente vocación hegemónica, pero la protesta nacional del 9 de marzo de 1991 fue contundentemente reprimida por el Ejército con el saldo de dos muertos. El siguiente paso en el cálculo de Milosevic fue hacerse con el control de la Federación, convirtiéndola en un instrumento dúctil a los intereses nacionales de Serbia.

En las negociaciones interrepublicanas de la primavera de 1991, consideradas la última oportunidad para mantener a flote la RFSY y evitar su desintegración traumática, los representantes de Croacia y Eslovenia en la Presidencia Federal acusaron al bloque serbo-montenegrino de intransigencia y de esconder tras su negativa a una revisión del sistema federal (urgida sobre todo para salvaguardar sus respectivas soberanías económicas y financieras) sus propios proyectos nacionales; bloqueando cualquier posibilidad de arreglo, insistían, se estimulaba una sucesión de actos unilaterales que preludiaba una confrontación de consecuencias impredecibles.

Milosevic replicó a eslovenos y croatas que los liquidadores de Yugoslavia eran exclusivamente ellos, y denunció a los países europeos que, con su velado apoyo a aquellos, instigarían el proceso de descomposición del Estado. Entretanto, proliferaban los choques entre la policía croata y los serbios de la Krajina, que el 28 de marzo de 1991 declararon su intención de permanecer en la RFSY si Zagreb se lanzaba a la secesión.

Las maniobras de Milosevic para cooptar la Presidencia colectiva de la Federación quedaron expuestas cuando el 15 de mayo de 1991 expiró el mandato anual al frente de la misma del esloveno Janez Drnovsek. El representante serbio, Borisav Jovic (un fiel de Milosevic que entre 1991 y 1992 iba a ostentar nominalmente la presidencia del SPS), se negó a que el croata Stipe Mesic sucediera a Drnovsek conforme a lo previsto en el procedimiento rotatorio. Mesic, luego de abandonar el comunismo croata, era un miembro de la HDZ y su colocación en la jefatura del Estado con carácter temporal le habría conferido una autoridad formal sobre el Ejército Popular Yugoslavo (JNA), lo que resultaba inaceptable para Milosevic. El bloqueo institucional serbio produjo una situación extremadamente confusa y sirvió de pretexto a eslovenos y croatas para adoptar la ruptura.

El 25 de junio de 1991 los parlamentos de Ljubljana y Zagreb proclamaron la independencia; automáticamente, las instituciones federales ordenaron al JNA que cumpliera su misión constitucional de defender la integridad territorial de Yugoslavia e impedir los enfrentamientos entre nacionalidades. Se trataba de la guerra civil. El JNA, integrado por reclutas de todas las repúblicas pero con una alta oficialidad mayoritariamente serbia, se enfrentó (27 de junio) con la improvisada Defensa Territorial Eslovena por la posesión de los puestos fronterizos, pero halló una resistencia inesperada y optó por retirarse.

Los observadores opinaron que los generales yugoslavos, actuando de manera más o menos intencional con arreglo a los intereses del bloque serbio, detuvieron los enfrentamientos a las pocas horas de iniciarlos porque Eslovenia era una república casi monoétnica, no albergaba minorías serbias susceptibles de defender y por tanto no entraba en los planes nacionales de Milosevic. La mediación de la Comunidad Europea consiguió que Eslovenia y la RFSY firmaran la paz en la isla adriática de Brioni (Brijuni) el 7 de julio y que el bloque serbio levantara el boicot a la asunción presidencial de Mesic el 30 de junio.

En estas dramáticas jornadas y en las que iban a venir, cobraron visos de realidad las advertencias, aventadas por observadores y politólogos especializados en la cuestión yugoslava, de que el presidente serbio perseguía en realidad construir una Gran Serbia, entidad que supuestamente englobaría a la república y a los territorios de mayoría étnica serbia de Croacia y Bosnia-Herzegovina, más la hermanada Montenegro y, quizá, Macedonia (también con una mayoría de población eslava y ortodoxa), convertidas en repúblicas satélite. Sin embargo, cómo se articularía esta realidad, si a partir de vínculos confederativos entre los distintos entes o con la anexión pura y simple por Serbia de los territorios donde la nacionalidad serbia fuera dominante, era una pura conjetura.

La noción de la Gran Serbia, esbozada en el Memorándum redactado en septiembre de 1986 por la Academia de Arte y Ciencia de Serbia (y cuya difusión fue entonces prohibida), era inseparable de la homogeneidad étnica, como pronto iba a sugerir el rosario de conflictos yugoslavos. Lecturas racial-nacionalistas aparte, lo que sí estaba claro era que Milosevic, quien nunca se refirió explícitamente a sus atribuidas ambiciones panserbias, había decidido ir a la guerra para consolidarse en el poder, canalizando la euforia nacionalista hacia los frentes de batalla en las repúblicas vecinas.

La efímera y casi incruenta guerra de Eslovenia permitió también a Milosevic ensayar el que iba a ser un estilo característico en sus tratos y regateos con los países occidentales, una de las claves que explican su asombroso arraigo en el poder a pesar de la acumulación de fracasos objetivos en Croacia, Bosnia, Kosovo y la propia Serbia: el aplacarles y contentarles con promesas verbales, si acaso con alguna concesión táctica sobre el terreno (invariablemente, una retirada militar), abriendo divisiones decisivas entre gobiernos duros y blandos, confrontándoles con sus contradicciones, exacerbadas por unos intereses nacionales contrapuestos, y, como resultado, convirtiendo en inoperante el frente de animosidad en su contra.

Llegado ese punto, la partida volvía a comenzar. Milosevic, que terminó conociendo a fondo las debilidades e inconsistencias de los dirigentes mundiales, lanzaba nuevos envites, cada vez más audaces e inequívocos, provocaba situaciones límite e incendios cuyo eventual sofoco él se reservaba con exclusividad. Así, comprando tiempo, combinando ambigüedad y desafío, no teniendo reparo en mentir y desdecirse de sus promesas cuantas veces fuera necesario, el dirigente serbio consiguió que la comunidad internacional le considerara un interlocutor imprescindible para llegar a cualquier arreglo pacificador en la ex Yugoslavia; con ello, adquiría legitimidad internacional y de paso fortalecía su aureola doméstica de celador de los intereses de Serbia.

Aunque el juego se basaba en una concepción muy cínica, o por utilizar un término más suave, heterodoxa, de los principios que rigen las relaciones diplomáticas (honorabilidad en el cumplimiento de lo pactado, flexibilidad negociadora a cambio de incentivos), los países europeos occidentales, Rusia, Estados Unidos y la ONU en su conjunto se avinieron a participar en él durante años porque en realidad no deseaban que Milosevic, visto como un dique de contención de las fuerzas ultranacionalistas de extrema derecha y de las turbulencias en la propia Serbia, abandonara la escena.


5. Las campañas bélicas de Croacia y Bosnia; la refundación de Yugoslavia

Croacia, con su 11% de serbios étnicos, sí figuraba en los planes de Milosevic. Nominalmente, todavía eran las autoridades federales las que decidían las medidas a adoptar, y el 27 de julio de 1991 el JNA comenzó a combatir a la Guardia Nacional Croata. Mientras la guerra de Croacia tomaba el cariz de una bárbara campaña de conquista territorial y depuración étnica sólo útil al poder de Serbia (de donde partieron miles de combatientes voluntarios, muchos encuadrados en unidades paramilitares ultranacionalistas que operaban autónomamente pero con la aquiescencia y el apoyo del alto mando federal), Milosevic y sus colaboradores se las arreglaron para copar las instituciones federales.

El 3 de octubre de 1991 el bloque serbo-montenegrino dio un golpe de mano por el que apartó a Mesic de la Presidencia colectiva y se arrogó la capacidad de decidir en nombre de Yugoslavia en ausencia de las otras cuatro repúblicas. Branko Kostic, del SPS, asumió la presidencia del órgano con carácter provisional. Hasta el 5 de diciembre Croacia no retiró a Mesic de la Presidencia, que como institución federal dejó de existir.

El político croata se marchó cubriendo de invectivas a Milosevic, tachándole de "traidor" y "golpista", y responsabilizándole, junto con la cúpula del JNA, de los desafueros perpetrados en su república. El Gobierno Federal de deshizo también luego de que el 21 de noviembre prosperara en la Asamblea Federal una moción de censura impulsada por los diputados serbios y montenegrinos contra el primer ministro Ante Markovic, al que consideraban responsable de "gran parte de la guerra".

Durante meses, el presidente serbio asistió a las reuniones internacionales que intentaron llevar la paz a Croacia y suscribió varios documentos de alto el fuego con su homólogo croata, Franjo Tudjman. Pero sólo cuando consideró seguros los enclaves de mayoría serbia amputados a Croacia (Kordun, Banija, Lika, Knin, Eslavonia Occidental, Baranja y Sirmium Occidental, totalizando un tercio del territorio del Estado y agrupados desde el 19 de diciembre como República Serbia de Krajina, RSK, con Milan Babic de presidente) decidió parar la embestida militar.

El 2 de enero de 1992 se firmó en Sarajevo un alto el fuego, el número quince desde el inicio de la guerra, que estableció una paz muy volátil. El JNA se retiró de Croacia, pero no sin antes dejar convenientemente pertrechados a los serbios locales, y a comienzos de abril empezaron a desplegarse los 14.000 cascos azules de la misión de la ONU, UNPROFOR, interposición internacional que en la práctica apuntaló el hecho consumado de la victoria militar serbia. Cuando el 15 de enero las independencias de Eslovenia y Croacia fueron reconocidas por la Comunidad Europea y otros países del continente, lo que quedaba de las instituciones federales acusó a los poderes europeos de dar muerte a Yugoslavia y de violar el derecho internacional.

El desenlace de la guerra de Croacia se consideró un éxito para los intereses nacionales de Serbia, pero como contrapartida el país había sido castigado con embargos internacionales de alcance parcial (de armas en el caso de la ONU y comercial en el caso de la Comunidad Europea). Esto no arredró al poder de Belgrado, que siguió adelante con sus planes para la reordenación radical de una RFSY en descomposición.

Macedonia había declarado su independencia en septiembre de 1991, pero no así Bosnia-Herzegovina, donde la realidad triétnica de musulmanes (más tarde se extendería el uso del gentilicio bosniak, bosniacos, para diferenciar sin criterios religiosos a esta tercera comunidad nacional bosnia igualmente eslava) serbobosnios y bosniocroatas, dispuesta sobre el mapa en áreas de concentración mayoritaria pero con abundantes manchas de leopardo, era un factor de disuasión de decisiones precipitadas que podría dar pábulo a choques interétnicos de incalculable magnitud.

En Bosnia vivían un 32% de serbios, frente a un 45% de musulmanes, y su expresión política mayoritaria desde las elecciones de 1990 era el Partido Democrático Serbio (SDS) de Radovan Karadzic. Reproduciendo fielmente las cuotas étnico-religiosas, el SDS constituía el segundo grupo de diputados en la Asamblea republicana tras el del Partido de Acción Democrática (SDA) que lideraba el musulmán Alija Izetbegovic, a la sazón presidente de la Presidencia colectiva republicana en Sarajevo.

El 21 de diciembre de 1991 las autoridades de Bosnia occidental sometieron a referéndum la soberanía del territorio y acto seguido proclamaron la República Serbia de Bosnia-Herzegovina, que luego, el 12 de agosto de 1992, pasó a llamarse simplemente República Serbia (Republika Srpska, RS), con Karadzic de presidente y reclamada capital en la misma Sarajevo, pero con las instituciones establecidas en el cercano villorrio de Pale.

Mientras intrigaba con los serbobosnios, Milosevic ofreció al Gobierno de Sarajevo integrarse en una nueva federación yugoslava reducida, pero éste, en parte porque pensó que recibiría el reconocimiento y las garantías internacionales, y en parte porque no se fiaba de la naturaleza igualitaria de esa nueva federación, se lanzó a la independencia. El 29 de febrero de 1992 esta salida fue aprobada en un referéndum boicoteado por los serbios y el 3 de marzo tuvo lugar la proclamación de la misma.

El régimen de Belgrado puso en marcha su maquinaria propagandística, acusando a los bosniomusulmanes, incitados por potencias extranjeras (desde la guerra de Croacia se insistía en un "complot" orquestado por Alemania y el Vaticano), de confabularse contra Serbia y Yugoslavia, y justificando el derecho de los serbobosnios a resistirse a las autoridades nacionalistas de Sarajevo.

El JNA estaba desplegado en Bosnia, república que le había servido de retaguardia en sus ofensivas contra Croacia, y oficialmente adoptó una posición neutral en los acontecimientos, si bien jugó un papel fundamental en la instrucción y el aprovisionamiento de los efectivos de la RS, que pudo levantar con suma rapidez un ejército bien pertrechado sin carencia de armas pesadas, desde artillería hasta aviación.

Además, comenzaron a llegar de Serbia, tras foguearse recientemente en Croacia, voluntarios y unidades paramilitares de partidos y milicias ultranacionalistas, que pronto iban a especializarse en operaciones de limpieza étnica y exterminio contra musulmanes y bosniocroatas. El clima era prebélico y las provocaciones serbias no se hicieron esperar. El 6 de abril el Gobierno bosnio decretó el estado de emergencia en Sarajevo, en la jornada siguiente la Comunidad Europea y Estados Unidos reconocieron la independencia de la república y el mismo día se produjeron los primeros choques en la capital. Para el 21 de abril Sarajevo estaba cercado casi por completo por las fuerzas de la RS, que emplazaron sus baterías artilleras en los montes asomados a la ciudad y dieron comienzo a una brutal campaña de bombardeos.

Mientras la guerra civil devastaba Bosnia, Milosevic procedió a fundar un nuevo Estado con Serbia y Montenegro, las dos repúblicas que no habían proclamado la independencia. El 27 de abril de 1992 nació la República Federal de Yugoslavia (RFY) con la pretensión de heredar automáticamente los asientos de la difunta RFSY en las organizaciones internacionales. Pero la comunidad internacional reaccionó con suma hostilidad: el 12 de mayo la Conferencia de Seguridad y Cooperación en Europa (CSCE) suspendió de pertenencia al país, el 30 de mayo el Consejo de Seguridad de la ONU decretó el embargo total contra Serbia y Montenegro, y el 19 de septiembre la Asamblea General expulsó a la delegación yugoslava.

El 15 de junio Dobrica Cosic, reputado intelectual de la Academia de Arte y Ciencia de Serbia y coautor del famoso Memorándum nacionalista de 1986, fue elegido presidente de la RFY con un elenco de atribuciones de muy escaso fuste político. Los medios regionales indicaron que la función del considerado "padre del nacionalismo serbio" no iba a ser otra que la de factótum del verdadero dueño del flamante Estado, Milosevic.

Puesto que el JNA se retiró oficialmente de Bosnia el 5 de mayo y luego se transformó en las Fuerzas Armadas de Yugoslavia (VJ), Milosevic se permitió tomar la apariencia de un observador exterior de la guerra civil de los bosnios, si acaso mentor y abogado de los serbobosnios, pero no su aliado militar con tropas sobre el terreno.

La comunidad internacional siempre tuvo claro que su ascendencia sobre la RS en todos los aspectos era mucho mayor que la que reconocía tener -un disimulo en el que, todo hay que decirlo, el presidente serbio no se empeñó demasiado en los primeros años-, así que le consideró el actor clave del conflicto bosnio, sin cuya aquiescencia todo intento de paz negociada estaría condenado al fracaso. A lo largo de 1992 y 1993, Milosevic asistió a las sucesivas reuniones de la Conferencia Internacional de Paz para Yugoslavia, mantuvo reuniones con estadistas occidentales y recibió la visita en Belgrado de todos los mediadores, enviados especiales y altos representantes designados por los países y organizaciones implicados en la resolución del conflicto.

Cuando en mayo de 1993 la intervención militar internacional parecía inminente debido a la negativa de la RS a aceptar el primer plan de paz Vance-Owen, que establecía una cantonalización de Bosnia con criterios étnicos, Milosevic convocó una "Asamblea Panserbia" en Belgrado para tratar de convencer al recalcitrante Karadzic de que había llegado la hora de consolidar los éxitos militares y de asentar el nuevo statuo quo territorial, como había sucedido en Croacia en enero de 1992. Pero los serbobosnios querían maximizar las ventajas de la limpieza étnica e insistieron en aumentar sus conquistas antes de firmar nada, creyendo que Milosevic no les iba a abandonar.

El presidente serbio, supuestamente frustrado, ordenó el "bloqueo" de la RS, pero los suministros de armas y hombres no se interrumpieron. Es más, la insistencia de sus ahijados de Bosnia en continuar la guerra sin temor a represalias de una comunidad internacional sumida en la impotencia le brindó una oportunidad de oro para plasmar la idea de la Gran Serbia. Así, el 16 de junio de 1993 Milosevic estableció un inesperado pacto con Tudjman (quien a su vez acariciaba la formación de una Gran Croacia con la incorporación de Herzegovina, a pesar de que un tercio de su propio país estaba segregado) para repartirse Bosnia, propuesta que ninguno de los dos tuvo empacho en ofrecer a los bosniomusulmanes como requisito para una paz definitiva y en notificar a las potencias internacionales para su consideración.

Así, los bosniomusulmanes tendrían que contentarse con el 33% del territorio de una entidad de tipo confederal basada en "tres naciones constitutivas" y que luego recibió la denominación de "Unión de Repúblicas Bosnias", según la expresión asumida en el segundo plan de paz internacional, publicado en agosto de 1993. La asamblea serbobosnia de Pale (así como la de los croatas de Herzegovina, también alzados en rebeldía contra Sarajevo con la incitación de Zagreb) dio su visto bueno esta vez, sólo que ahora la negativa provino del Parlamento de Sarajevo. La guerra, que en realidad no se detuvo en ningún momento, continuó con furia redoblada.

El tercer plan de paz, el diseñado por el Grupo de Contacto de países implicados, que otorgaba a la entidad serbia el 49% del territorio bosnio, fue virtualmente rechazado el 20 de julio de 1994 por la RS, cuyas tropas controlaban ya el 70% del país, al no adjudicársele ciertas áreas consideradas de alto interés estratégico. Milosevic probablemente pensó que la terquedad belicista de los serbobosnios le estaba arruinando sus planes de crear un hinterland serbio internacionalmente reconocido, así que el 4 de agosto anunció el cierre de las fronteras con la RS y la ruptura de todo vínculo político y económico. Precisó que la medida no iba dirigida contra la población, sino contra los líderes de la RS, a los que acusó de anteponer sus "enloquecidas ambiciones políticas" y su "arrogancia cruel" a los "intereses de la vasta mayoría del pueblo serbio".


6. Los instrumentos de un poder autoritario

Pese a los reveses diplomáticos, el cuestionamiento interno de Milosevic era sumamente débil. En la sociedad serbia había prendido el fervor nacionalista, las teorías de una conspiración internacional contra la nación hacían fortuna y los medios de información públicos (en especial la Radio Televisión Serbia) y algunos privados afectos al régimen atizaban el odio étnico y la xenofobia. Los noticieros presentaban el "genocidio" de Bosnia como cometido, no contra los musulmanes, sino contra los serbios, y el bombardeo indiscriminado de la cercada Sarajevo como una operación militar para liberar a los serbios que allí residían.

En los primeros años noventa, la verdadera reacción civil, prodemocrática al tiempo que antibelicista, contra los excesos del régimen de Milosevic la condujeron movimientos sociales como la organización de estudiantes universitarios Otpor (resistencia) o Mujeres de Negro contra la Guerra (el más veterano, fundando en octubre de 1991), más algunas autoridades locales, como el ayuntamiento de Cacak. La diminuta Alianza Cívica de Serbia (GSS), presidida por Vesna Pesic, fue el único partido político que articuló un discurso crítico con las atrocidades cometidas en Bosnia en nombre del pueblo serbio.

Las principales formaciones de la oposición, el Partido Democrático (DS) de Zoran Djindjic y el Movimiento de Renovación Serbio (SPO) de Draskovic, oscilaron entre el compromiso democrático y la denuncia de los abusos internos y externos de Milosevic por un lado, y la asunción de los argumentos populistas de la patria acosada por múltiples enemigos por el otro. Estos posicionamientos obedecían sobre todo a un tacticismo electoral: en la Serbia del momento, predicar el pacifismo y el antibelicismo era garantía de un fracaso en las urnas.

Aunque el DS, el SPO y otros partidos siempre sostuvieron la opinión de que Milosevic, con su áspera retórica patriotera, no servía a los intereses nacionales de Serbia sino a los suyos propios (para los cuales los anteriores eran un mero instrumento), en la práctica su marcado diletantismo discursivo, sus personalismos fratricidas y el trajín de estrategias y alianzas inconsistentes que se trajeron entre manos siguieron el juego trazado por Milosevic, que maniobró con éxito para dividirles y neutralizarles.

El SPS se convirtió en una máquina de ganar elecciones, primero en solitario y luego en compañía de la Izquierda Yugoslava (JUL). Fundado el 23 de julio de 1994, la JUL era un grupúsculo marxista animado por antiguos cuadros de la SKS y terminaría convirtiéndose en el refugio de particulares enriquecidos con negocios ilegales, alcanzando un poder desmesurado que no se correspondía con su ínfimo peso electoral y contribuyendo a forjar la imagen pública del núcleo del poder milosevista como un clan de familiares y leales rodeado de secretismo y turbiedades. La líder de la JUL, como presidenta del Directorio ejecutivo, era la propia Mira Markovic, siempre inconmovible al lado de su esposo, sobre el que ejercía un poderoso influjo, tanto que algunos medios no vacilaban en hablar de una "dictadura conyugal" en Serbia.

En las primeras elecciones, celebradas el 31 de mayo de 1992 con el boicot de la oposición, al Consejo de los Ciudadanos (Vece Gradjana) o Cámara baja de la Asamblea Federal (Savezna Skupstina) de la RFY, el SPS obtuvo el 61% de los votos y 73 de los 108 escaños reservados a Serbia. El 20 de diciembre del mismo año tuvieron lugar nuevas elecciones legislativas federales y también las segundas legislativas y presidenciales serbias, a las que sí se presentaron el SPO, núcleo de la coalición Movimiento Democrático de Serbia (DEPOS), y el DS. En las primeras, el SPS descendió al 31,4% de los votos y los 47 escaños, y en las segundas su representación se redujo también hasta los 101 diputados.

Se trataba en ambos casos de la mayoría simple, pero esta limitación la suplieron con creces dos apoyos externos: en el ámbito federal, el incondicional del Partido Democrático de los Socialistas de Montenegro (DPS, la antigua Liga Comunista local), dirigido por Bulatovic; en el ámbito republicano, el más fluctuante del Partido Radical Serbio (SRS) de Vojislav Seselj, un virulento adalid del ultranacionalismo cuyo expediente de presunto criminal de guerra en los conflictos de Croacia y Bosnia no fue óbice para situarse como el jefe del segundo partido más votado en Serbia.

En las presidenciales serbias, Milosevic, con el 56,3% de los votos, se deshizo de seis candidatos encabezados por el primer ministro federal Milan Panic, un financiero procedente de la diáspora serbia en Estados Unidos que condujo una campaña a la americana, captando numerosos votos entre los estudiantes, las clases altas y medias, y los centros urbanos. Milosevic, que se negó a participar en un debate televisado con Panic, concentró su propaganda en los medios rurales y en los sectores tradicionalistas y de menor instrucción cultural, donde fue votado masivamente.

Panic, políticamente no adscrito, había sido nombrado al frente del Gobierno yugoslavo el 14 de julio de 1992 en un intento del SPS por mejorar la imagen internacional del régimen. Al estrenar el cargo, Panic pensó que podría hablar en nombre de Yugoslavia sin contar con Milosevic y conseguir el levantamiento de las sanciones internacionales, pero muy poco después comprobó que estaba solo y que tampoco era tomado en serio por los gobiernos occidentales, que le negaron la condición de interlocutor. Tras su estéril desafío electoral a Milosevic, su suerte estaba cantada: el 29 de diciembre fue destituido por la Asamblea Federal y el 9 de febrero le tomó el relevo Radoje Kontic, un socialista montenegrino del todo acomodaticio a Milosevic.

La CSCE estimó que entre el 5% y el 10% de los votos depositados en las elecciones presidenciales de diciembre de 1992 pudieron estar afectados por el fraude y la irregularidad, pero estos defectos no pusieron en tela de juicio la victoria de Milosevic, que fue certificada por la organización europea. Aunque Panic y Draskovic denunciaron que el fraude había sido determinante en los resultados finales, lo cierto fue que ni en estas elecciones ni en las siguientes cometieron Milosevic y el SPS pucherazos significativos: no los necesitaban para mantenerse en el poder.

Su apoyo popular era incuestionable y su traslación a las urnas se aseguraba a priori, escatimando los espacios de difusión a los partidos opositores a fuer de un práctico monopolio informativo, sacando provecho de los tumbos de los adversarios y ejerciendo medidas de coerción policiales (también extraoficiales, con intimidaciones y agresiones a cargo de sicarios que quedaban impunes) que no eran compatibles con el Estado de derecho.

Gracias a este entramado de pluripartidismo, elecciones más o menos competitivas e instituciones sólidas, Milosevic mantenía viva la sensación de un Estado democrático y no hacía fácil las simplificaciones sobre la existencia de una "dictadura" en Serbia. Pero un análisis detenido revelaba que el poder real, por encima del Gobierno, el Parlamento y los demás órganos constitucionales del Estado, lo detentaba una urdimbre de camarillas, élites partidistas y fuerzas de seguridad conectadas (sobre todo en los últimos años) con organizaciones parapolíticas de corte mafioso. Amparadas por el clan gobernante, las tramas corruptas y las economías sumergidas florecían en tanto Milosevic obtuviera de ellas ventajas políticas.

El propio hijo varón de Milosevic, Marko, amasó una considerable fortuna privada merced a una serie de negocios dudosos y al desvío de fondos no menos sospechosos a cuentas secretas en Suiza, Grecia y la misma Serbia. En 1999 su hermana, Marija, aparecía como la propietaria de una discoteca en el centro de Belgrado y de la empresa informativa Kosova, consistente en una emisora de televisión y otra de radio. Al finalizar la década, sus detractores convenían en que la familia Milosevic administraba un patrimonio financiero nada desdeñable, repartido en participaciones en diversos medios de comunicación, inversiones inmobiliarias y negocios de variada especie.

En 1992 el pacto del SPS con el SRS todavía no estaba oficializado, pero la aproximación de Milosevic a Seselj para asegurar la mayoría parlamentaria levantó muchos temores sobre la formación de un frente "social-fascista" en Serbia. El moderado presidente federal, Cosic, fue uno de los que advirtió contra esa posibilidad. Como Panic, Cosic se extralimitó en la función de hombre de paja que se esperaba de él: el 1 de junio de 1993, alegando que había violado la Constitución en el nombramiento de algunos jueces del Tribunal Supremo y lanzado iniciativas de paz en Bosnia sin consultar con ella, la Asamblea Federal le cesó en el cargo. El 25 de junio le sucedió Zoran Lilic, descrito por los medios como un oficial del SPS de bajo perfil.

En las legislativas serbias del 19 y el 26 de diciembre de 1993, el SPS se hizo con el 37,2% de los votos y 123 escaños, un resultado que tornó imprescindible el apoyo parlamentario de los radicales de Seselj. Hasta 1994 el SPS monopolizó los gobiernos de Serbia, presididos sucesivamente por Dragutin Zelenovic, Radoman Bozovic, Nikola Sainovic y Mirko Marjanovic, todos hombres de confianza de Milosevic. El minúsculo partido Nueva Democracia (ND) gozó de una cuota ministerial entre 1994 y 1998. En cuanto al Gobierno Federal, los socialistas siempre compartieron los ministerios con el DPS y, eventualmente, con partidos sensibles a las seducciones del poder. Uno de ellos fue el propio DS, presente en el breve Gobierno Panic de 1992.


7. Temporal rehabilitación internacional tras la paz de Dayton

Tras el no de los serbobosnios al plan de paz del Grupo de Contacto en 1994 Milosevic abandonó definitivamente el sueño de una Gran Serbia, si es que llegó a contemplar seriamente la entelequia. La multiplicación de las dificultades internas por efecto de las sanciones aconsejaba aligerar los compromisos con la RS y la RSK. La conclusión de un alto el fuego en Bosnia, más que deseable, se tornó urgente. 1992 acabó registrando una hiperinflación del 8.700% y una recesión económica equivalente al 11% del PIB. La escasez de petróleo y suministros como consecuencia del embargo internacional había hecho descender bruscamente la producción, condenando al paro técnico a cientos de miles de trabajadores, que se sumaron a los ya numerosos desempleados crónicos.

La situación se tornó muy crítica en el segundo semestre de 1993, cuando la inflación entró en una etapa de crecimiento exponencial hasta marcar el índice del 310.000.000% a finales de diciembre, situándose la tasa para el conjunto del año en el 178.000%. Ese año llegaron a imprimirse billetes de 500 billones de dinares. Comenzada la cuarta semana de 1994, la inflación, fuera de control, alcanzó el fantástico valor del 5.000.000.000.000.000%. En otras palabras, los precios de los productos se duplicaban todos los días. La crisis del dinar yugoslavo superó al célebre colapso del marco alemán en los años de la República de Weimar, en 1922-1923.

La pesadilla inflacionaria terminó a partir del 24 de enero 1994 con la puesta en circulación del nuevo dinar yugoslavo, convertible y ajustado paritariamente con el marco alemán, dentro del plan de estabilización elaborado por el director del Banco Nacional de Yugoslavia, Dragoslav Avramovic. Un nuevo dinar equivalía aproximadamente a 13 millones de unidades del antiguo dinar, que había sido revaluado cuatro veces desde enero de 1990, la última hacía tan sólo unos días, el 1 de enero de 1994. Sumando las sucesivas revalorizaciones del nominal monetario, meros artificios para intentar anular la hiperinflación, resultaba que un nuevo dinar de 1994 equivalía a 1.300 cuatrillones (un 1,3 seguido de 26 ceros) de dinares anteriores a 1990. 1994 terminó con un civilizado 8,6% de inflación y un 4% de crecimiento, pero la primera variable no tardó en desmandarse de nuevo, hasta sobrepasar la barrera del 100%.

En Bosnia, después de tres meses de extraña calma, la guerra se reanudó en marzo de 1995 con una ofensiva lanzada por el Ejército de Sarajevo en varios frentes. A finales de julio, luego de vencer Izetbegovic y Tudjman su acerba malquerencia para aliarse contra el enemigo común, las fuerzas gubernamentales bosnias, los bosniocroatas y el propio Ejército regular de Croacia coordinaron en Bosnia central un potente ataque que hizo retroceder a los serbios. La guerra, hasta ahora totalmente favorable a la RS, empezó a cambiar de rumbo.

A comienzos de agosto de 1995 el Ejército croata reconquistó en una campaña relámpago de cuatro días toda la Krajina y la Banija, provocando el derrumbe estrepitoso de la RSK y la huida en masa a Serbia de miles de civiles serbios que habían vivido allí durante generaciones. El entonces presidente de la entidad, Milan Martic, puso los pies en polvorosa, tomando refugio en la RS y luego en Serbia. Los serbocroatas sólo retuvieron una autoridad autónoma en los territorios de Eslavonia Oriental, Baranja y Sirmium Occidental, pero desde enero de 1996 estos territorios lindantes con Vojvodina quedaron sujetos a una autoridad de transición de la ONU antes de ser reintegrados a la soberanía del Gobierno de Zagreb en 1998.

El 30 de agosto, mientras Croacia celebraba el desenlace victorioso de su Operación Tormenta, la OTAN, en respuesta a la última masacre de civiles en Sarajevo provocada por los disparos artilleros, activó una campaña de bombardeos aéreos sostenidos, la denominada Operación Deliberate Force, contra objetivos serbobosnios en Pale, Banja Luka, Sarajevo y otros puntos bajo su control, que duró hasta el 14 de septiembre.

La presión conjunta por tierra de los aliados bosnio-croatas, que continuaban progresando en todos los frentes, y de la OTAN desde el aire forzó a Karadzic y sus colaboradores a retirar el grueso de las armas pesadas del cerco de Sarajevo el 20 de septiembre y a firmar un alto el fuego, el trigésimo séptimo desde el inicio de la guerra, el 11 de octubre, el cual entró en vigor al día siguiente. Milosevic no movió un dedo para defender a los serbios de Croacia y Bosnia ante el acoso general del que eran objeto, pero como los últimos carecían de reconocimiento internacional en la etapa de negociaciones que comenzaba, asumió su representación.

A cambio del fracaso de los objetivos nacionales trazados en 1992, Milosevic ganó la aureola, sostenida sobre todo por los diplomáticos internacionales, de "pacificador" de Bosnia y de estadista razonable, una vez que se avino a adoptar junto con Izetbegovic y Tudjman el Acuerdo General de Paz en la Base Aérea Wright-Patterson de Dayton, Ohio, el 21 de noviembre de 1995, al cabo de tres semanas de intensas presiones del Gobierno de Bill Clinton, que mantuvo prácticamente secuestrados en las instalaciones militares a los tres líderes balcánicos.

El 14 de diciembre de 1995 los mandatarios, bajo la atenta mirada de la plana mayor de liderazgo internacional, rubricaron en París unos acuerdos que enterraban definitivamente la quimera de la Gran Serbia, garantizaban la soberanía y la unidad territorial de Bosnia-Herzegovina, y obligaban a los serbobosnios, que consiguieron preservar la RS como una entidad con soberanía limitada, a integrarse en las instituciones federales de Sarajevo. El 20 de diciembre, los 60.000 soldados de la Fuerza de Implementación de la paz (IFOR) comandada por la OTAN tomaban el relevo a la desacreditada UNPROFOR en la misión de mantener la seguridad en toda Bosnia, dando comienzo la Operación Joint Endeavour.

Milosevic sacó grandes ventajas prácticas de Dayton. Al serle reconocido un papel fundamental en la paz de Bosnia, se sintió legitimado para maniobrar con más soltura en la política doméstica. Además, la comunidad internacional le brindó un argumento objetivo con el que podía anular muchas de las críticas de sus opositores: el levantamiento del ostracismo exterior.

En efecto, el 22 de noviembre de 1995 el Consejo de Seguridad de la ONU aprobó la suspensión paulatina del embargo de armas y del conjunto de sanciones económicas y financieras. Acto seguido, comenzó un proceso de normalizaciones y reconocimientos diplomáticos, pendiente desde la proclamación de la RFY en 1992 y que afectó a todos los países del entorno excepto Albania. Ello incluyó a las antiguas repúblicas yugoslavas, tal que las relaciones se formalizaron con Eslovenia el 30 de noviembre de 1995, con Bosnia-Herzegovina el 14 de diciembre de 1995, con Macedonia el 8 de abril de 1996 y con Croacia el 9 de septiembre de 1996. Asimismo, el 16 de mayo de 1996, la RFY firmó un Tratado Básico con Rumanía.

Como colofón, el 1 de octubre de 1996, la ONU canceló totalmente las sanciones y dos días después Milosevic, en la cima de su caché internacional, fue recibido de buen talante en el Palacio del Elíseo por el presidente francés Jacques Chirac. En la línea moderada que las nuevas circunstancias requerían, a finales de noviembre de 1995 Milosevic aplicó en el SPS una purga de elementos "nacionalistas de la línea dura" que incluyó a personalidades como Borisav Jovic.


8. La deriva autocrática en el interior

En las elecciones legislativas federales del 3 de noviembre de 1996 la alianza formada por el SPS, la JUL y la ND capturó el 42,4% de los sufragios y 64 escaños. Aun sumando los 20 escaños del DPS, Milosevic carecía de la mayoría de dos tercios necesaria para sacar adelante la elección del presidente federal y eventuales reformas constitucionales requeridas para cimentar su poder. Una vez más, la asistencia del partido de Seselj iba a resultar determinante en el mantenimiento del statu quo.

En la misma jornada, y en una segunda ronda disputada el 17 de noviembre, tuvieron lugar elecciones municipales en Serbia. En esta convocatoria, el DS y el SPO, que, tras aparcar Djindjic y Draskovic sus diferencias personales, concurrían de la mano bajo la sigla Zajedno (Unidos) junto con la GSS y el Partido Democrático de Serbia (DSS), lo hicieron mucho mejor, pues la concentración del voto urbano les otorgó sensibles mayorías en las principales ciudades del país, incluidas Belgrado, Nis, Kragujevac, Cacak y Novi Sad. En Belgrado, Zajedno ganó 60 de los 110 escaños de la asamblea municipal y Djindjic se impuso a su rival del SPS en la liza por la alcaldía.

La reacción de Milosevic, sorprendido por esta derrota en un centro de poder fundamental, fue, simplemente, no reconocer el veredicto de las urnas. Djindjic respondió movilizando a sus seguidores en una campaña sostenida de protestas que fue descrita por los medios internacionales como la más seria contestación encajada por el régimen desde los disturbios de 1991. El 4 de febrero de 1997, tras tres meses de manifestaciones multitudinarias y conocer el dictamen concluyente de la Organización para la Seguridad y la Cooperación en Europa (OSCE, nuevo nombre de la CSCE), Milosevic transigió. Como resultado, el 21 de febrero de 1997 Djindjic se convirtió en el primer alcalde belgradense no comunista desde 1945.

Europeos y estadounidenses aumentaron la vigilancia sobre el curso de los acontecimientos en Serbia, pero Milosevic aún disponía de suficiente margen como para salirse con la suya de una manera maquiavélica: sembrar la discordia entre Djindjic y Draskovic, tentando a este último con la obtención de cuotas de poder político si rompía la alianza en el ayuntamiento de Belgrado.

Zajedno saltó en pedazos y en las legislativas serbias del 21 de septiembre de 1997 el SPS y su satélite neocomunista se encontraron con el SPO cómo el único contrincante de la oposición democrática: los demás partidos opositores de cierto peso practicaron el boicot. Con todo, los milosevistas sólo consiguieron 110 escaños, seguidos de cerca por los radicales, que lograron 82. El resonante triunfo del nacionalismo extremista no empeoró la debacle de los demócratas porque Seselj se había enemistado con Milosevic desde la firma de la paz de Dayton, y ahora pugnaba por conquistar el poder.

Entre tanto, había tenido lugar una mudanza institucional trascendente. Como su segundo mandato como presidente de Serbia se hallaba próximo a expirar y la Constitución republicana prohibía un tercero (a diferencia del primero, el mandato iniciado en 1992 sí iba a agotar sus cinco años), Milosevic buscó y halló una fórmula para mantenerse en el poder: presentarse al puesto de presidente federal, que dependía de una elección indirecta, competencia de la Asamblea Federal. El hecho de que la oficina tuviera sobre el papel atribuciones muy limitadas (en esencia, la jefatura nominal de las Fuerzas Armadas) no importaba al caso, pues el aspirante, a diferencia de sus anteriores hombres de paja, ya se encargaría de ejercer un control personal de facto sobre las demás instituciones federales y las de Serbia.

La elección tuvo lugar el 15 de julio de 1997 y Milosevic, único candidato, fue investido casi por unanimidad. El 23 de julio, transcurrido casi un mes desde el final del mandato de Lilic –en el ínterin, el montenegrino Srdja Bozovic, presidente de la Cámara alta, ejerció la jefatura del Estado en funciones-, Milosevic tomó posesión de la Presidencia yugoslava para los próximos cuatro años y cesó en la Presidencia serbia, que pasó a ser ocupada en funciones por Dragan Tomic, el presidente de la Asamblea Nacional.

Tras dos rondas fallidas, debido a la insuficiente participación, el 21 de septiembre –a la vez que las legislativas- y el 5 de octubre, la Presidencia de Serbia continuó en manos del SPS como resultado de las votaciones celebradas el 7 y el 21 de diciembre; el vencedor, Milan Milutinovic, venía de servir como ministro federal de Exteriores, labor en la que había demostrado ser enteramente dócil a Milosevic. El perdedor, Seselj, se deshizo en dicterios contra las maniobras del SPS para mantenerle a raya.

El artero cambio de traje institucional para permanecer en el poder terminó por abrir una crisis en la hasta ahora sumisa Montenegro. El primer ministro del DPS, Milo Djukanovic, se enfrentó al presidente del partido y de la República, Bulatovic, por su insistencia en la alianza irrestricta con Milosevic a pesar del concepto utilitarista que el caudillo serbio tenía de la Federación y de su habilidad para suscitar periódicamente la irritación internacional, todo en perjuicio de los intereses de Montenegro. Djukanovic abrazó un discurso reformista y nacionalista, y el 19 de octubre de 1997 ganó las elecciones presidenciales en Montenegro.

Contra algunos pronósticos alarmistas, Milosevic consintió el relevo de Bulatovic en Podgorica el 15 de enero de 1998, pero resarció generosamente a su más fiel aliado, que el 21 de marzo creó su propia formación proserbia, el Partido Popular Socialista de Montenegro (SNPCG), dándole el puesto de primer ministro federal el 19 de mayo; en la víspera, la Asamblea Federal había aprobado oportunamente una moción de censura contra Kontic, un gestor burocrático que en estos cinco años había pasado prácticamente desapercibido. El nombramiento de Bulatovic se ajustaba a la Constitución federal, que exigía la selección de un primer ministro montenegrino si el presidente era serbio, y viceversa.

La promoción de Bulatovic al frente del Gobierno Federal provocó las iras de las nuevas autoridades montenegrinas, pues Milosevic, al obrar por su cuenta, había subvertido el principio de equidad republicana. Djukanovic consideró ilegal la designación de su archienemigo, se negó a reconocer su Gabinete y amenazó con boicotear las demás instituciones de una federación "herida de muerte por el hegemonismo serbio".


9. El círculo se cierra en Kosovo

Eclipsada por la espectacularidad de las contiendas de Croacia y Bosnia, la crisis de Kosovo se mantuvo durante siete años en un estado de latencia engañoso. El 30 de septiembre de 1991 los albaneses aprobaron separarse de Yugoslavia por mayoría abrumadora en un referéndum que fue declarado ilegal y sin efecto por Belgrado. El 19 de octubre, continuando con el desafío, la Asamblea kosovar proclamó la independencia del territorio, acto unilateral que no pasó de lo simbólico. Y el 24 de mayo de 1992, en unas elecciones generales invalidadas también por Serbia, el LDK ganó todos los escaños y Rugova se convirtió en el "presidente de la República de Kosovo". Las autoridades serbias incrementaron las medidas represivas, aunque no llegaron al punto de detener a los principales líderes políticos kosovares. Las fuerzas de seguridad sí practicaron redadas de elementos sospechosos de incitar a la subversión armada y cometieron exacciones contra civiles.

Las prohibiciones impuestas a los medios culturales y académicos, así como las discriminaciones laborales, obligaron a la comunidad albanesa a dotarse de unos sistemas educativo y asistencial paralelos, que vinieron a sumarse al Gobierno de Rugova y demás órganos políticos repartidos entre el exilio centroeuropeo y Prístina, donde operaban en un estado de semiclandestinidad. Al principio marginales, algunos activistas kosovares, tanto de grupúsculos radicales como de aliados de la LDK en el Gobierno de coalición, comenzaron a hablar de separación total, e incluso, de una "Gran Albania" que incluiría a los albaneses de Montenegro y Macedonia.

No tardó en aparecer un terrorismo kosovar, crecientemente audaz, que atentó contra los cuarteles de la Policía serbia y asesinó tanto a civiles serbios como a albaneses considerados "colaboracionistas con el ocupante", levantando temores entre la minoría serbia y alimentando una sangrienta espiral de represalias. Desde 1996, a medida que la represión se acentuaba, Rugova demandó a Milosevic negociaciones directas para arreglar la situación, a lo que aquel respondió con su ambigüedad habitual: estaba dispuesto a restituir algunos derechos a los albaneses, pero no precisó la naturaleza y el alcance de la contraoferta.

El 28 de noviembre de 1997, semanas después de celebrar Milosevic con el primer ministro albanés, el socialista Fatos Nano, en Creta, en el marco de la primera cumbre de líderes de Europa del Sudeste, una entrevista que fue pródiga en declaraciones positivas, el hasta entonces nebuloso Ejército de Liberación de Kosovo (UCK) se dio a conocer públicamente con una estética guerrillera, llamando a la población a que abandonara a Rugova, se olvidase de una ayuda exterior que no llegaría y se alzase en armas. El 4 de enero de 1998 el UCK anunció que la "lucha armada por la unificación con Albania" había comenzado, dando la justificación perfecta a los medios oficialistas de Belgrado para verter una desaforada propaganda antialbanesa y caldear aún más el ambiente.

A finales de febrero de 1998 la situación era explosiva en diversos puntos de la provincia. Mientras en Prístina eran dispersadas las manifestaciones pacíficas de estudiantes, en el área Srbica-Glogovac-Drenica, baluartes del UCK al oeste de la capital, la policía paramilitar serbia, dotada de vehículos blindados, artillería y helicópteros, atacó varias localidades "en busca de terroristas y separatistas", dejando una veintena de muertos hasta el 2 de marzo. Tres días después, las fuerzas serbo-yugoslavas lanzaron una ofensiva militar en toda regla, que fue presentada como una "operación de limpieza" destinada a "restaurar la seguridad". En abril entró en escena el Ejército Federal, el VJ, con 15.000 soldados que, reforzados con tanques y aviación, iniciaron otro asalto en la región de Decani, fronteriza con Albania y origen según Belgrado de armamento y de tropas de refresco para la guerrilla.

El 29 de mayo, a raíz del bombardeo y destrucción de varias aldeas en Peja y Decani, el cruce de acusaciones con Tirana subió de tono hasta alcanzar un cariz prebélico en torno al 19 de julio, cuando el VJ arrebató al UCK, en la batalla más intensa de la guerra, su bastión sudoccidental de Orahovac. Justamente, esta derrota, más la precedente (el 29 de junio) en Belacevac y la posterior (el 16 de agosto, que culminó la mayor ofensiva federal hasta la fecha) en Junik se trasdujeron en la práctica expulsión del UCK de los núcleos urbanos y en una merma considerable de la capacidad militar de la guerrilla.

Los países occidentales, que habían advertido a Milosevic contra una "nueva Bosnia" pero que no habían vinculado el problema kosovar a los acuerdos de Dayton, reaccionaron como en ocasiones anteriores al ritmo de los acontecimientos y abusaron de los avisos de "última oportunidad" antes de intervenir manu militari. El poder de Belgrado se mostró desafiante y hábil en ganar tiempo, prodigando la táctica de hacer promesas sin fundamento sobre el terreno. Milosevic, desoyendo las exigencias de respeto de los Derechos Humanos y de restauración de la autonomía, declaró que la provincia era "parte integral e inalienable" de Serbia y el conflicto con los albaneses un asunto interno que no admitía injerencias.

En el reparto de sensibilidades, Estados Unidos y el Reino Unido favorecieron la acción militar de la OTAN, numerosos países de la Unión Europea, con Francia y Alemania a la cabeza, se revelaron más prudentes de lo que sus diatribas sugerían, y Rusia se opuso tajantemente a cualquier intervención no autorizada por la ONU y reeditó un lenguaje catastrofista, en una expresión de solidaridad con Serbia paciente pero no exenta de frustraciones. Además, el conflicto, por su potencial desestabilizador, alarmó a todos los países de la zona.

Albania, además de movilizar su muy precario Ejército, solicitó sin éxito el despliegue de un contingente de la OTAN a lo largo de su frontera para garantizar la seguridad nacional, como la que aportaban a Macedonia los cascos azules de UNPREDEP. Aun intuyendo la ineficacia de estos métodos a tenor de la experiencia, las potencias primero presionaron a Serbia por la vía no militar mediante la imposición de un embargo de armas (por la ONU, el 31 de marzo), la prohibición de las inversiones (por el G-7, el 9 de mayo), la congelación de los activos yugoslavos en el exterior (por la UE y Estados Unidos, el 8 y el 9 de junio) y el boicot a sus compañías aéreas (por la UE, el 7 de septiembre).

Pero la confirmación de que las fuerzas serbias estaban perpetrando atropellos contra la población civil y ejecutando una estrategia que podía calificarse de tierra quemada, con la consiguiente oleada de refugiados, obligó a los aliados a amenazar con un castigo militar inminente. El 11 de junio el Consejo Atlántico aprobó un plan militar con varias opciones de intervención por si proseguía la escalada bélica. De ellas se aplicaron con propósito disuasorio las maniobras aéreas Determined Falcon sobre Albania y Macedonia (15 de julio), con la participación de 84 aviones de 13 países de la OTAN, y un ejercicio terrestre en Albania (del 17 al 21 de agosto) desarrollado por 1.700 militares de 14 países de la Asociación para la Paz, Rusia entre ellos.

El 28 de septiembre de 1998, coincidiendo con el anuncio por Belgrado del final de las hostilidades, la OTAN informó que los planes de ataques aéreos sobre objetivos militares yugoslavos en Kosovo ya estaban ultimados, si bien el secretario general de la organización, Javier Solana, había precisado que las opciones máximas -extensión de los bombardeos a Serbia y despliegue de tropas terrestres en Kosovo- sólo se considerarían en caso de producirse un "gran derramamiento de sangre". Tanto Estados Unidos como Albania denunciaron que había una limpieza étnica en marcha y Rugova solicitó la conversión urgente de Kosovo en un "protectorado internacional", fórmula que él veía con un paso previo a la independencia. Ignorando las advertencias, las fuerzas serbias lanzaron otra embestida en el sudoeste el 26 de septiembre.

El 5 de octubre Richard Holbrooke, enviado especial del presidente Clinton, inició en Belgrado un último intento de persuasión. El día 12 el Consejo Atlántico aprobó la activation order, que dejaba todo a punto para desencadenar los ataques aéreos. Al día siguiente, comprendiendo que el peligro ahora sí era inminente, Milosevic aceptó las exigencias internacionales: la retirada de sus fuerzas, la supervisión de este repliegue por la OTAN desde el aire y por 2.000 observadores de la OSCE en tierra, el regreso de los refugiados a sus hogares, el libre acceso de las organizaciones humanitarias y el inicio de conversaciones con los albanokosovares.

La Alianza concedió inmediatamente a Belgrado un plazo de cuatro días para que demostrase con hechos su compromiso verbal antes de iniciar los bombardeos; ante la falta de progresos sobre el terreno, el plazo fue ampliado en diez días más. Finalmente, el 27 de octubre, la OTAN desactivó su ultimátum al considerar suficiente el grado de cumplimiento de los puntos exigidos, si bien mantuvo el dispositivo de vigilancia aérea Eagle Eye.

Comenzó entonces un proceso negociador trufado de incertidumbres. El UCK expresó serias reservas hacia un arreglo del que había sido excluido y advirtió que, puesto que el grueso de las fuerzas serbias permanecía en la provincia, reiniciaría las hostilidades si aquellas se mantenían beligerantes. La LDK consideró insuficiente el borrador del acuerdo interino preparado por los mediadores estadounidenses porque contemplaba la restauración del marco autonómico, no la concesión, que era lo mínimo exigido, del estatuto de república yugoslava. En cuanto a las autoridades de Belgrado, éstas recalcaron que una eventual restitución del autogobierno afectaría más que nada a los niveles locales, y en mucha menor medida al nivel provincial.

Tras "salvar" al país del ataque de la OTAN en octubre de 1998, los medios de comunicación controlados por el poder cubrieron de panegíricos a Milosevic, creándose una campaña de loa al líder rayana en el culto a la personalidad. Los rasgos autoritarios del régimen se acentuaron: cualquier crítica al mismo era susceptible de equipararse a las actitudes derrotistas o a la traición al Estado.

Los escasos medios de información, audiovisuales y escritos, que habían conseguido mantener una línea independiente comenzaron a ser hostigados de manera sistemática o directamente fueron clausurados al amparo de la nueva ley del 21 de octubre, que imponía drásticas restricciones a la libertad de información. Asimismo, la criminalidad con ramificaciones políticas experimentó una escalada sin precedentes que se manifestó en atentados, asesinatos y desapariciones de altos representantes institucionales y dirigentes políticos, tanto en activo como retirados. Los accidentes de tráfico y los suicidios, a cual más sospechoso, de personalidades de la vida pública adquirieron una frecuencia alarmante. De Ivan Stambolic no volvió a saberse más a partir del 25 de agosto de 2000, después de formular críticas contra su antiguo delfín, aunque la familia no dudó de su rapto y eliminación por sicarios a sueldo o –como así fue, según iba a esclarecerse a raíz del descubrimiento del cadáver en marzo de 2003- por agentes secretos del régimen.

Como la mayoría de las víctimas pertenecían al oficialismo o procedían del universo de organizaciones delictivas que lo habían parasitado, la atemorizada opinión pública especuló con que en el régimen, consciente de los tiempos de dificultad extrema que se avecinaban, o se había desatado una guerra de banderías por el usufructo de los lucrativos negocios ilegales, o bien núcleos de poder esencialmente políticos estaban saldando viejas cuentas pendientes y de paso advirtiendo contra eventuales deserciones.

Coincidiendo con la nueva ola de exaltación nacionalista, desde comienzos de 1998 Milosevic cerró filas con el binomio SPS-JUL y el SRS, luego de que el inquieto Seselj, campeón de la retórica antialbanesa, aparcara los rencores aventados en los últimos tiempos. El partido de Mira Markovic, que estaba presente en el Gobierno Federal desde el 20 de marzo de 1997, tomó asiento también en el Gobierno de Serbia el 19 de febrero de 1998. Los radicales se incorporaron a su vez el 24 de marzo siguiente; su jefe se convirtió en viceprimer ministro de Serbia, un nombramiento que resultó esclarecedor. La oposición política y las organizaciones de resistencia cívicas denunciaron que el país se dirigía por la senda "del fascismo, el totalitarismo y la dictadura".

Sin embargo, una vez iniciado 1999, Milosevic encontró grandes dificultades para instrumentar el malestar social en provecho propio. Aunque la producción cuantitativamente crecía y la inflación se había reducido a solamente el 35% anual, la economía estaba de hecho desarticulada por el subdesarrollo del sector privado, por la transferencia de ingentes recursos y capitales a los mercados paralelos no fiscalizados por el Estado y, sobre todo, por el efecto devastador del aislamiento internacional, que además de las sanciones hacía inviable las relaciones normalizadas con el FMI y otras organizaciones crediticias, sin cuya asistencia Serbia no podía despegar.

Pero no transigir en la férula interior era lo esencial para Milosevic. Así que el presidente huyó hacia delante con una nueva y feroz arremetida nacionalista en Kosovo. Para muchos observadores, resultaba inexplicable la contumacia del líder serbio en dilapidar todo el crédito que como estadista había obtenido en Dayton. Al parapetarse en la intransigencia e incurrir en provocaciones gratuitas, Milosevic no hizo sino aproximar el abismo bajo sus pies.


10. La guerra contra la OTAN y la pérdida de Kosovo

Al comenzar 1999 las negociaciones sobre Kosovo se hallaban en un punto muerto con un trasfondo prebélico de escaramuzas y represalias. El 29 de enero, la constatación de que las fuerzas de seguridad serbo-yugoslavas estaban respondiendo a las emboscadas del UCK con tácticas de guerra sucia -captura y ejecución de civiles y presuntos guerrilleros, destrucción de propiedades de paisanos-, condujo al Grupo de Contacto a exigir a las partes a que llegaran a un acuerdo político sobre el futuro de la provincia en unas conversaciones que comenzarían en Rambouillet, Francia, el 6 de febrero y que tendrían que terminar en dos semanas.

Las delegaciones iniciaron las discusiones en la fecha convenida, pero, tras recibir dos prórrogas, las terminaron el 23 de febrero sin llegar a acuerdo alguno, obligando al Grupo de Contacto a convocar otra conferencia, Rambouillet 2, para el 15 de marzo. Sometidas a fortísimas presiones, las partes estudiaron el documento preparado por el Grupo de Contacto, que, con manifiesta ambigüedad, parecía descartar la independencia de Kosovo al invocar la intangibilidad de las fronteras y vetar la celebración de un referéndum -solicitado por Rugova- sobre la cuestión durante tres años.

El territorio sería dotado de un "autogobierno interino" con instituciones democráticas cuyas competencias excluirían la defensa territorial, la política exterior, el comercio internacional, la emisión de moneda, la fijación de impuestos y el control de aduanas. Todo ello seguiría siendo competencia de Belgrado, asegurándose así el control soberano sobre la provincia. El UCK tendría que desarmarse y desmovilizarse, las presencia militar y policial serbias tendrían que reducirse drásticamente y la vigilancia de la seguridad correría a cargo de un gran dispositivo militar de la OTAN similar al desplegado en Bosnia, la Fuerza para Kosovo (KFOR).

La delegación albanesa atisbó en el plan el resquicio para una independencia factible a medio plazo, así que el 18 de marzo estampó su firma en el documento. La delegación de Belgrado se negó a signar la suya por la misma razón, porque apreciaba que el texto contemplaba implícitamente el escenario independentista, y denunció todo el proceso de Rambouillet como un complot antiserbio reforzado con la amenaza de bombardeos de la OTAN. Milosevic agotó la paciencia de los patrocinadores del evento el 19 de marzo, cuando las fuerzas serbias lanzaron una ofensiva general en las regiones de Drenica, Mitrovica y Vushtrri, que tomó todo el cariz de una violenta campaña de limpieza étnica como las conducidas en Bosnia. El 23 de marzo, luego de fracasar una ultima reunión de emergencia en Belgrado entre Milosevic y Holbrooke, Solana ordenó el inicio de la Operación Allied Force.

Los bombardeos aéreos comenzaron el 24 de marzo con la participación de las aviaciones de nueve países aliados y se concentraron en la destrucción de objetivos militares y estratégicos de Kosovo y Serbia. El país balcánico quedó a merced de una maquinaria bélica de última tecnología a la que sólo podía oponer una defensa testimonial. Milosevic, con un estilo baladrón e incendiario que recordaba al empleado ocho años atrás por el dictador irakí Saddam Hussein cuando sufrió las consecuencias bélicas de su invasión de Kuwait, improvisó diversas argucias para intentar evitar un desenlace de derrota y claudicación que, a menos que flaqueara la determinación bélica de los aliados, era inexorable. El presidente yugoslavo pretendió ponerle las cosas más difíciles a la OTAN combinando las tácticas de guerra psicológica para abrir fisuras en la coalición agresora, las operaciones de guerra real contra los albanokosovares y las provocaciones militares a Albania, que buscarían desbordar al tiempo que complicar el conflicto.

De inmediato, Belgrado rompió las relaciones diplomáticas con Estados Unidos, Reino Unido, Francia y Alemania, y recrudeció las operaciones antiterroristas en Kosovo. Cientos de miles de civiles albaneses emprendieron un éxodo masivo a Albania, Macedonia y Montenegro, creándose una crisis humanitaria descomunal que Belgrado imputó a los bombardeos de la OTAN. Milosevic explotó a fondo la falta de autorización, mediante una resolución expresa, por el Consejo de Seguridad de la ONU de los ataques, a los que calificó de "agresión criminal" contra su país, e implicó de su lado a Rusia, aprovechando que el presidente Borís Yeltsin estaba muy enfadado por una acción unilateral de la OTAN que no contaba con su aprobación. Para exacerbar el sentimiento de solidaridad eslava, la Asamblea Federal votó el 12 de abrir solicitar el ingreso de la RFY en la unión económica ruso-bielorrusa, un movimiento más bien extravagante pero que sólo perseguía inquietar a los aliados occidentales.

Cuando a comienzos de abril la OTAN extendió los bombardeos a objetivos económicos de Belgrado, Nis, Novi Sad y otras ciudades de Serbia, y las masacres de población civil se tornaron regulares tanto allí como en Kosovo, la OTAN brindó a Milosevic un excelente argumento para contrarrestar la versión aliada de que su actuación era esencialmente humanitaria, para detener una violación a gran escala de los Derechos Humanos de los albaneses; así, los "errores" y los "daños colaterales" de la aviación aliada no eran tales, sino ataques deliberados contra población civil inerme. La tesis serbia de que nadie más que la OTAN había llevado la desolación y la muerte a Kosovo caló en sectores no pequeños de las opiniones públicas de los países aliados, en particular los vinculados a organizaciones políticas comunistas y de la extrema izquierda.

Sin embargo, la Alianza Atlántica, a diferencia de sus actuaciones en Bosnia y en el mismo Kosovo a lo largo de 1998, se mantuvo inflexible y monolítica: los bombardeos aéreos continuarían hasta que Belgrado no evacuara sus tropas de Kosovo, totalmente, con celeridad y sin subterfugios, una exigencia de naturaleza militar mucho más draconiana que la planteada en las negociaciones de Rambouillet.

Para doblegar a su adversario, la OTAN complementó el asalto aéreo con medidas de presión adicionales, como el endurecimiento de las sanciones hasta alcanzar el nivel de las vigentes en el período 1992-1996 (imposición del embargo petrolero por la UE el 26 de abril y del embargo comercial total por Estados Unidos el 1 de mayo), el bloqueo naval de la costa del Adriático y las bocas del Danubio, y la aportación de datos de inteligencia para avalar las acusaciones de que en Kosovo estaba cometiéndose una limpieza étnica a gran escala.

Así, el Gobierno alemán aseguró que a finales de febrero las fuerzas de seguridad serbias habían elaborado un plan, denominado Operación Herradura, con el objeto de, lisa y llanamente, expulsar a la totalidad de la población albanesa de Kosovo. Las fases preliminares de esta supuesta operación de proporciones nazis o estalinianas habrían comenzado antes de la guerra con la OTAN, para acelerarse desde el primer día de la misma.

Independientemente de si semejante plan era una realidad o un bulo, lo que sí resultaba evidente era que las fuerzas serbias estaban perpetrando muy graves violaciones de los Derechos Humanos en Kosovo al socaire de la lucha contra la subversión del UCK. Para aleccionar a unas ciudadanías desconcertadas y zanjar las dudas que generaba una guerra que provocaba bajas entre aquellos a los que los atacantes aseguraban querer socorrer invocando el derecho de injerencia humanitaria, los gobiernos y muchos medios de comunicación de los países aliados se lanzaron a la demonización de Milosevic, calificándole por primera vez de "dictador" y "genocida", y culpándole de todos los estragos padecidos en la ex Yugoslavia desde 1991.

Pero el instrumento de acoso psicológico a Milosevic más contundente, una verdadera espada de Damocles para el dirigente, fue su incriminación el 27 de mayo por el Tribunal Penal Internacional creado por la ONU para procesar los crímenes de guerra cometidos en la antigua Yugoslavia (TPIY), con sede en La Haya, en cuatro causas por crímenes contra la humanidad y una causa por crímenes de guerra, todos ellas cometidas presuntamente en Kosovo. Por primera vez en la historia, un jefe de Estado o de Gobierno en activo era procesado extraterritorialmente por una corte internacional facultada para impartir justicia penal en materia de Derechos Humanos. El TPIY incoó también acusaciones por los mismos supuestos penales al presidente Milutinovic, al ex primer ministro serbio Nikola Sainovic, al ministro del Interior serbio Vlajko Stojiljkovic y al general Dragoljub Ojdanic, jefe del Estado Mayor del VJ.

Ya el 6 de abril Milosevic ofreció un alto el fuego unilateral en Kosovo, el inicio de conversaciones con los albaneses sobre la restauración de la autonomía y el retorno de los refugiados, todo ello a cambio del cese de los bombardeos, pero la OTAN replicó con la exigencia de la retirada unilateral serbia previa y sin condiciones, y con la multiplicación de sus ataques aéreos. No fue hasta iniciado el mes de junio, al comprender que la OTAN no iba a ceder, que estaba dispuesta a lanzar una peligrosa intervención terrestre en caso extremo, y que la totalidad de las instalaciones militares, fabriles y de comunicaciones del país iban a ser destruidas (con el consiguiente riesgo de perder él el poder, o algo peor), cuando Milosevic sondeó la capitulación.

El 3 de junio el Gobierno y el Parlamento federales aceptaron incondicionalmente las condiciones de paz redactadas por el G-8, al cabo de unas negociaciones sostenidas en Belgrado entre Milosevic y los enviados especiales de los aliados occidentales y Moscú, respectivamente el presidente finlandés Martti Ahtisaari y el ex primer ministro ruso Víktor Chernomyrdin.

El 9 de junio el VJ suscribió el documento de alto el fuego en Kumanovo, Macedonia, y al día siguiente comenzó a retirarse de Kosovo. Al instante, la OTAN cesó sus ataques y puso en marcha la operación de despliegue terrestre de la KFOR, Joint Guardian, que, a diferencia de la fase bélica precedente, sí fue autorizada por el Consejo de Seguridad de la ONU, al igual que una misión civil bajo su bandera, UNMIK.

El 12 de junio comenzaron a penetrar las avanzadas de la KFOR (en la que iban a participar unos 50.000 soldados de una treintena de países, incluido Rusia) en Kosovo, hallado el triunfal recibimiento de la población albanesa. El grueso de los 840.000 refugiados que había escapado a los países limítrofes emprendió el camino de retorno. Simultáneamente, tuvo lugar un éxodo contrario, el de decenas de miles de serbios cuyos antepasados habían vivido en la provincia durante siglos, siguiendo a los soldados de su nacionalidad, que completaron la evacuación en la fecha convenida, el día 20. El UCK se apresuró a tomar las posiciones desocupadas por el enemigo en retirada y las organizaciones políticas albanesas se afanaron también en recobrar el control de las instituciones. El 13 empezó a funcionar la Administración Interina de Kosovo, cuyos cuatro pilares civiles, ejercidos por la ONU, la OSCE y la UE, más la KFOR en el apartado de seguridad, conformaron un protectorado internacional de hecho que, por el momento, salvaguardaba la soberanía serbia de iure.

La derrota militar del Estado serbo-yugoslavo fue rotunda y humillante. Serbia hubo de abandonar Kosovo a sus enemigos con el precio añadido de enormes daños humanos, más de 500 muertos entre civiles y militares, y materiales, con pérdidas no inferiores a los 30.000 millones de dólares, causados por los bombardeos aéreos. La producción nacional se derrumbó y el año conoció una recesión masiva, del 19% (frente al 3,5% de crecimiento experimentado en 1998), contracción tanto más grave cuanto que el descalabro afectaba sobre todo al sector industrial.

El ambiente estaba impregnado de un profundo sentimiento de frustración y hartazgo por tanta calamidad, así que no tardaron en organizarse movilizaciones opositoras en todo el país, que superaron las dimensiones de la campaña de protestas de 1996-1997. Desde principios de julio, semanas después del alto el fuego de Kumanovo, partidos y organizaciones de resistencia tomaron las calles con una serie sostenida de manifestaciones masivas exigiendo a Milosevic la rendición de cuentas por el desastre en Kosovo, denunciando la deriva totalitaria de su régimen y advirtiendo contra el proceso de "irakización" al que el país parecía dirigirse.

Las potencias occidentales multiplicaron las exhortaciones a desalojar a Milosevic del poder -sin precisar cómo sería posible tal mudanza, si bien Estados Unidos llegó a ofrecer una recompensa de cinco millones de dólares a quien aportara información que facilitara el arresto y traslado a La Haya del presidente- como la única solución a los males que afligían a Serbia y la desestabilización del conjunto de los Balcanes.

Milosevic, impasible, se acorazó recomponiendo el frente partidista con el SRS, que el 12 de agosto regresó al Gobierno serbio de Mirko Marjanovic luego de su espantada del 14 de junio, cuando Seselj declaró rota la colaboración con el SPS en protesta por la rendición ante la OTAN. El partido ultraderechista, de paso, entró también en el Gobierno Federal de Bulatovic para cubrir la baja del SPO, que entre el 18 de enero y el 28 de abril había tenido a Draskovic sentado en el Gabinete con la cartera de viceprimer ministro, en la enésima jugada de Milosevic para sembrar cizaña entre la oposición.

El veleidoso dirigente nacionalista fue apartado del Ejecutivo por Milosevic cuando, con sus peticiones de plegarse a la paz condicionada de la OTAN, empezó a regatearle el protagonismo y a cuestionar su arrogado monopolio en la interlocución con los dirigentes extranjeros. Tanto en la victoria como en la derrota, el presidente yugoslavo se reservaba administrar las bazas del país.

El 10 de enero de 2000 Zoran Djindjic auspició la formación por 16 partidos de una plataforma anti Milosevic que adoptó el nombre de Oposición Democrática de Serbia (DOS). La más amplia coalición de fuerzas fraguada en el país galvanizó de nuevo las movilizaciones populares, que habían perdido fuelle desde finales del año anterior. El 14 de abril 100.000 serbios respondieron al llamamiento de la DOS a la población para que se manifestara en Belgrado en exigencia del anticipo electoral.

Entretanto, desde Podgorica, el presidente Djukanovic, que no había condenado los bombardeos de la OTAN (Montenegro prácticamente salió indemne de la guerra por una decisión política de los aliados), redobló sus apremios a redefinir las relaciones con Serbia y a transformar la Federación en una asociación de tipo confederal, que garantizara la soberanía montenegrina como sujeto de Derecho internacional. Si Belgrado no accedía a negociar bajo estas premisas, a escisión y la independencia de Montenegro serían inevitables, amenazó.


11. Confrontación final con la oposición, insurrección popular y derrocamiento

Milosevic, cuyo mandato federal vencía en julio de 2001, estaba dispuesto a librar el enfrentamiento definitivo con la oposición. Con la animosidad en su contra generalizada dentro y fuera del país, el autócrata descartó (si es que llegó a considerar alguna vez esta opción) anular a sus enemigos domésticos con la represión policial, el estado de emergencia o la instauración de una dictadura sin tapujos, quizá porque no tenía segura la lealtad de todos los mandos del Ejército. Decidió, pues, aceptar el reto de las urnas, donde estaba convencido de que podía ganar, como lo había hecho siempre, así que el 27 de julio convocó elecciones federales anticipadas para el 24 de septiembre.

Pero antes, el 6 de julio, la coalición de partidos fieles aprobó en la Asamblea Federal una serie de enmiendas constitucionales que reforzaban sobremanera los atributos del presidente, dejando a las claras que el titular del cargo quería perpetuarse en el poder. En adelante, el jefe del estado yugoslavo sería elegido por sufragio universal en vez de por la Asamblea y no se exigiría un mínimo de participación para validar los comicios.

El cambio iba a impedir, teniendo presente el peso demográfico de Serbia en la Federación (el 94% de sus 10 millones largos de habitantes), la victoria de un candidato montenegrino, pero también a inutilizar un hipotético boicot masivo de la oposición. El mismo Consejo de las Repúblicas (Vece Republika), la Cámara alta de la Asamblea Federal, pasaría a ser elegido directamente en lugar de designar sus miembros a partes iguales, 20 cada una, las asambleas serbia y montenegrina. La medida estaba claramente dirigida contra el partido de Djukanovic, que ya no podría vetar ninguna disposición legislativa.

Más aún, el mandato presidencial podría prolongarse hasta ocho años partiendo de un cuatrienio renovable, y, obviamente, se entendía que esto valía para Milosevic al no tener la enmienda efecto retroactivo. Los analistas foráneos interpretaron que con la nueva artimaña legal, diseñada para asegurar la reelección de Milosevic, el régimen dejaba atrás los últimos vestigios de pudor legalista y se aprestaba a enrocarse con todas las consecuencias. De hecho, al autócrata sólo le valía ganar, pues su paso a la oposición traería inevitablemente el arreglo de cuentas, la persecución judicial y quien sabía si su extradición a La Haya.

A Milosevic le habría gustado tener como contrincante al prooccidental Djindjic, al que habría vilipendiado sin recato presentándole como una marioneta de europeos y estadounidenses. Pero la DOS eligió como candidato unitario a Vojislav Kostunica, el reservado presidente del DSS, cuya reputación de demócrata y legalista a la vez que patriota resultaba grata a buena parte de la opinión pública y, aunque con reservas, a la comunidad internacional. Milosevic era consciente de la peligrosidad de la candidatura de Kostunica, ya que el taciturno jurista era uno de los pocos líderes de la oposición que no había dado bandazos ideológicos y se había alejado de los personalismos fratricidas azuzados por el régimen, revelándose como una convincente alternativa de poder.

Tan pronto como se anunció su candidatura, Kostunica recibió las adhesiones de los serbios moderados de Kosovo y Bosnia, de la Iglesia Ortodoxa Serbia (que ya hacía tiempo que había abandonado a Milosevic) y, pese al boicot electoral, del Gobierno de Montenegro. En el exterior, sólo la incondicional Bielarús del presidente Alyaksandr Lukashenko y la menos entusiasta Rusia, conducida ahora por Vladímir Putin, apostaron por Milosevic.

Con las encuestas preelectorales decididamente en contra, Milosevic, bien personalmente, bien a través de sus adláteres, lanzó una nada convincente campaña de desprestigio contra Kostunica, presentándolo como el "candidato de la OTAN" y vaticinando desastres sin cuento para Serbia si ganaba. Por su parte, el dirigente de la DOS, combinando pacifismo y nacionalismo, echó en cara a Milosevic que hubiese perdido todas las guerras que había emprendido, abandonado a su suerte a los serbios de Croacia y Bosnia, abierto las puertas a las sanciones internacionales y los bombardeos de la OTAN, entregado Kosovo a los ejércitos extranjeros y el UCK, y manipulado a su antojo las instituciones de la República y de la Federación, hasta conducir al país a un ruinoso callejón sin salida.

El 24 de septiembre de 2000, tan pronto como los colegios electorales cerraron sus puertas, se hizo evidente que el oficialismo había perdido las votaciones, pero que Milosevic no iba a aceptar la derrota. La DOS aseguró que había vencido sin asomo de duda tanto en las legislativas como en las presidenciales, y rechazó las cifras finales facilitadas el día 27 por la Comisión Electoral Federal, que, aún reconociendo la victoria del candidato de la oposición con el 48,9% de los votos, frente al 38,6% de Milosevic, le obligaba a disputar una segunda vuelta el 8 de octubre al no alcanzar el preceptivo 50%. En cuanto a las legislativas, la DOS obtuvo en el Consejo de los Ciudadanos de la Asamblea Federal una mayoría simple de 58 escaños, pero SPS-JUL, el SNPCG y el SRS sumaron 75 actas, lo que significaba que el oficialismo iba a seguir teniendo la sartén por el mango en este ámbito.

En esta ocasión, la retórica nacionalista no le funcionó a Milosevic. Por primera vez, el presidente yugoslavo había errado en un cálculo a corto plazo, no había previsto el surgimiento de un candidato fuerte de la oposición y no había calibrado el grado del malestar incubado en la población tras años de privaciones y sufrimientos.

La DOS, respaldada por la comunidad internacional, rechazó los datos del escrutinio y llamó a la movilización en las calles, Kostunica se proclamó vencedor y Djindjic convocó la huelga general y la desobediencia civil indefinidas hasta que Milosevic no reconociera su derrota. Desde el 29 de septiembre, el país fue paralizándose por el cese de la actividad laboral en comercios, fábricas y minas, el abandono de las aulas por los estudiantes y el bloqueo de las vías de comunicación por los transportistas.

La crisis se precipitó del 4 al 5 de octubre cuando el Tribunal Constitucional invalidó, primero parcialmente y luego en su totalidad, la ronda del 24 de septiembre. Los magistrados, sin duda teleguiados por el mando político, desconvocaron la segunda vuelta del 8 de octubre y forzaron la repetición de las elecciones en una fecha que no especificaron. El día 5 por la tarde, furiosos por la última y más escandalosa maniobra del régimen, miles de partidarios de la DOS se echaron a las calles de Belgrado y, tras sostener algunos choques con las fuerzas de seguridad antes de dividirse éstas entre la pasividad y la confraternización, asaltaron y ocuparon el edificio del Parlamento, diversos medios de comunicación adictos a Milosevic y otros símbolos del poder.

La sublevación popular del 5 de octubre, escenario que muy pocos habían creído factible en Serbia una década después de las revoluciones anticomunistas en la Europa del Este, puso a Milosevic contra las cuerdas. Que en esas horas críticas llegase a considerar o no dar un contragolpe y aplastar a los insurrectos fue y sigue siendo una incógnita, aunque con posterioridad a los hechos afloraron evidencias de que el núcleo duro del régimen, representado por Mira Markovic y altos mandos de la Policía, intentó en efecto plantar cara a los revoltosos.

La clave era, desde luego, el Ejército, pero ni el ministro de Defensa, Ojdanic, ni su sucesor en la jefatura del Estado Mayor, Nebojsa Pavkovic (dos generales promocionados por Milosevic en febrero anterior, en la última purga de mandos castrenses, luego considerados leales) movilizaron a unas tropas cuya composición por reclutas las convertía en poco fiables. La confusión reinante aumentó al difundirse unas noticias que aseguraban que Milosevic y su familia se disponían a abandonar el país por vía aérea.

Ya de noche, Kostunica compareció ante medio millón de enardecidos manifestantes para presentarse como el "presidente de la Yugoslavia liberada", pero también para pedir calma a los que exigían el arresto inmediato de Milosevic en su residencia en el opulento suburbio belgradense de Dedinje, que quedó bajo la protección de un dispositivo de seguridad para prevenir las incursiones de exaltados. El fantasma de la guerra civil o de un colofón a la rumana se desvaneció al día siguiente, 6 de octubre, cuando el Tribunal Constitucional, en un prudente giro de 180 grados, confirmó la victoria de Kostunica en la primera vuelta con el 50,2% de los votos frente al 37,2% de Milosevic, y el alto mando militar informó que "podría trabajar" con las nuevas autoridades.

El mismo día, Kostunica visitó a Milosevic, poco menos que atrincherado en su mansión, y éste le notificó su aceptación del recuento electoral, agradeciéndole de paso la "liberación de las responsabilidades del cargo". La prensa aventó luego la hipótesis de que en este inesperado encuentro, criticado en los cuarteles de la DOS, Milosevic había exigido determinadas garantías personales para él y su familia a cambio de reconocer la derrota electoral.

El día 7 Milosevic dejó de ser oficialmente presidente de Yugoslavia al prestar juramento Kostunica en el pleno de la Asamblea. A continuación, el ex mandatario dirigió a la nación una breve alocución televisada en la que felicitó a su adversario en las urnas e indicó su intención, después de "descansar un poco" y "pasar más tiempo con mi familia", de reincorporarse a la actividad política para "ayudar a mi partido a ganar fuerza y contribuir a la futura prosperidad del país". En apariencia, Milosevic consideraba estrenar el rol, insólito en él, de jefe de la oposición en la nueva era democrática de Serbia, como si nada hubiese pasado.

Puesto que la DOS aún estaba lejos de completar el control de las instituciones estatales –su poder se limitaba por el momento a la Presidencia Federal- y que la batalla política estaba lejos de terminar, Milosevic, para estupefacción general, se atrevió a plantear lo más parecido a un borrón y cuenta nueva. Ahora bien, en los días subsiguientes, quedó de manifiesto que el otrora todopoderoso dirigente perdía con rapidez ascendiente sobre el nuevo curso político del país, e incluso sobre su propia gente.

El SPS, tras algunas resistencias de la línea dura milosevista, se resignó a gobernar en coalición con la oposición tanto en la Federación como en la República, y a convocar elecciones anticipadas en Serbia. Las mudanzas institucionales, impensables hasta hacía apenas unos días, se ejecutaron con presteza. Ya el 9 de octubre dimitió Bulatovic, cuya posición tras el mutis de su director serbio era indefendible, como primer ministro federal; el 4 de noviembre le tomó el relevo su paisano y conmilitón Zoran Zizic, quien se puso al frente de un Gabinete integrado por ministros del SPS, el SNPCG, la DOS y el grupo independiente de economistas G17 Plus. Goran Svilanovic, de la GSS, recibió el Ministerio de Exteriores, Zoran Zivkovic, del DS, se hizo cargo del Ministerio de Interior y el socialista montenegrino Slobodan Krapovic reemplazó al general Ojdanic en Defensa.

Tras Bulatovic le tocó renunciar a su colega en Serbia, Marjanovic, el 21 de octubre. En Serbia sólo se invirtieron tres días en la formación del nuevo Gobierno de coalición, que a la vez era de transición hasta las elecciones: el 24 de octubre se constituía éste con Milomir Minic, ex secretario general del SPS, de primer ministro y 20 ministros de la DOS y el SPO.

Paralelamente a estos procesos, destacados oficiales que habían servido a Milosevic en el mando de los cuerpos armados, bien desaparecieron de la escena, bien mudaron sus lealtades, ofreciendo sus servicios a los nuevos dirigentes civiles. El general Ojdanic, como se anticipó arriba, fue descabalgado como ministro de Defensa el 4 de noviembre, antes de ser dado de baja del Ejército el penúltimo día del año. El 25 de enero de 2001, el primer Consejo de Ministros de la DOS presidido por Djindjic, tras la arrasadora victoria opositora (el 64,1% de los votos y 176 de los 250 escaños) en las elecciones legislativas serbias del 23 de diciembre, cesó fulminantemente a otro destacado pretoriano del anterior régimen, Rade Markovic, responsable del aparato de seguridad en el Ministerio del Interior; un mes más tarde, el 24 de febrero, Markovic fue arrestado. En cuanto al jefe del Estado Mayor, el general Pavkovic, Kostunica le mantuvo en el puesto a cambio de su colaboración con el nuevo poder democrático.

Por lo que se refiere al SPS, el traumático apartamiento del poder desató fuertes turbulencias en su seno. Personalidades como Lilic y Jovic demandaron un cambio de liderazgo, ya que el presente carecía de "cualquier noción de la práctica democrática" y estaba "divorciado de la realidad". El 12 de octubre dimitieron Lilic en la Vicepresidencia y Gorica Gajevic en la Secretaría General de la formación, siendo reemplazados respectivamente por Milutinovic y Zoran Andjelkovic, pero Milosevic continuó firme en la Presidencia. Luego, en las elecciones parlamentarias serbias, el partido iba a desplomarse hasta el 13,2% de los votos y 37 escaños.


12. El dilema del enjuiciamiento por crímenes políticos y de guerra

Con el paso de las semanas, la situación y el destino del mandatario derrocado se tornaron sumamente inciertos. En la DOS los diversos cabezas de facción no se ponían de acuerdo sobre la oportunidad de iniciar acciones judiciales en su contra. Algunos preferían procesarle por delitos cometidos en Serbia, pero otros pensaban que el Gobierno no podía escabullirse de la demanda de extradición del TPIY para que respondiera de las imputaciones criminales sobre Kosovo.

Kostunica, pese a que le habían intentado hurtar las elecciones, era sumamente reacio tanto a lo uno como a lo otro. El presidente indicó que no procedía emprender acciones contra Milosevic en acatamiento del auto de La Haya por razones jurídicas, ya que la legislación nacional prohibía la extradición de ciudadanos yugoslavos a tribunales extranjeros, así como políticas, pues tal medida generaría tensión y desestabilizaría la recién conquistada democracia.

Djindjic era partidario de procesar al ex presidente, pero preferiblemente por tribunales serbios y por delitos cometidos en Serbia. La cuestión era sumamente delicada, pues la Unión Europea y Estados Unidos condicionaban el levantamiento total de las sanciones y la liberación de sustanciosas ayudas financieras al envío de Milosevic a La Haya, cuya Fiscalía intensificó las requisitorias.

El 25 de noviembre Milosevic se apuntó un tanto al ser reelegido sin oposición presidente del SPS, en un congreso extraordinario del partido al que asistió en Belgrado interrumpiendo brevemente su voluntaria reclusión domiciliaria. Allí, Milosevic aleccionó a sus desorientadas huestes, arremetiendo contra el "envío de héroes serbios a la nueva Gestapo en La Haya" y el "genocidio cometido por una parte de la comunidad internacional contra los serbios". En diciembre, una televisión de Belgrado difundió una entrevista en la que un Milosevic desafiante aseguraba tener la "conciencia limpia" y "dormir bien por las noches". El resurgir político del veterano caudillo parecía indudable.

Al comenzar 2001 se intensificó el debate en la DOS sobre qué hacer con Milosevic. Mientras Kostunica insistía en que su arresto "no figuraba entre las prioridades", varios líderes partidistas y ministros confirmaron que la detención no se haría esperar una vez que la justicia nacional formulara los pertinentes cargos, aunque la mayoría negó que pudiera ser procesado en La Haya.

El cerco se fue estrechando. El 1 de febrero las autoridades sometieron a Milosevic a una vigilancia domiciliaria permanente para prevenir cualquier intento de fuga y el último día del mes la Fiscalía de Belgrado abrió una investigación para esclarecer unas informaciones periodísticas en las que se acusaba al ex presidente de transferir 172 kilogramos de oro a Suiza entre el 21 de septiembre y el 2 de noviembre del año anterior. El Congreso de Estados Unidos recordó que el 31 de marzo vencía el ultimátum que ligaba la entrega de Milosevic a la justicia internacional a la certificación de 50 millones de dólares en ayuda económica a Serbia,

En la mañana del 1 abril, tras una dramática resistencia de 36 horas planteada por sus guardaespaldas y una nube de incondicionales vociferantes que frustraron con tiroteos y tumultos dos intentos de asalto policial, Milosevic fue detenido en su villa de Belgrado. Acompañado por su esposa y su hija –quien llegó a disparar con una pistola a los policías-, antes de rendirse amenazó, siguiendo la tradición familiar, con suicidarse, lo que indudablemente le habría convertido en un mártir para una parte sustancial de la población, pero esta vez primó en él el instinto de supervivencia. En la vivienda la Policía se incautó de un pequeño arsenal de armas de fuego de diversos calibres.

El ex presidente fue internado bajo sedación en la prisión central de Belgrado, en una celda, indicaron los medios, de las destinadas a los delincuentes comunes, en cumplimiento de una orden de detención preventiva de 30 días emitida por un juez que le consideraba sospechoso de unos delitos de malversación de fondos, corrupción y abuso de poder, cargos a los que ahora se añadió el de resistencia a la autoridad. La rendición de Milosevic sobrevino tras una ardua negociación entre representantes del Gobierno serbio y altos funcionarios del SPS, y, según todos los indicios, incluyó la garantía de que no habría extradición a La Haya. Así, el 5 de abril el TPIY envió a Belgrado una orden de arresto y traslado, pero el Ministro de Justicia de Serbia, el democristiano Vladan Batic, se negó a tramitarla.

Desde su celda, Milosevic emitió el 2 de abril un texto de recurso para el juez en el que negaba la acusación de enriquecimiento personal y explicaba que las ingentes sumas de dinero sustraídas del erario público y objeto de investigación judicial, en parte, se habían destinado a armar a los ejércitos serbobosnio y serbocroata, financiación que "por razones de interés nacional" se había realizado en secreto, sin reflejo en los presupuestos del Gobierno. En cuanto a las colectas de fondos para el SPS, eran responsabilidad de altos funcionarios del partido como Nikola Sainovic y Dusan Matkovic, pero no tenía constancia de que estas personas se hubiesen metido dinero a los bolsillos. Tampoco él, que nunca había destinado a usos privados "un solo dinar ni un solo vehículo" propiedad del SPS.

La sorprendente franqueza de Milosevic, que no tenía empacho en reconocer motu proprio las asistencias militares de Belgrado a los serbios de Bosnia y Croacia, confirmando espectacularmente lo que ya era bastante más que una sospecha general, fue un inesperado regalo para la Fiscalía de La Haya, que tomó debida nota, por si hubiera que abrir al imputado nuevos cargos por crímenes de guerra.

Tratando de zafarse de la abrumadora presión internacional de que era objeto, el Gobierno serbio informó que la justicia nacional podría añadir a la lista de cargos contra Milosevic los de traición y complicidad en relación con los abundantes asesinatos políticos cometidos en Serbia en los últimos años, todos por esclarecer, como el del ministro federal de Defensa, Pavle Bulatovic, impunemente tiroteado en un restaurante de Belgrado el 7 de febrero de 2000, o el del infame jefe paramilitar y presunto criminal de guerra Zeljko Raznatovic, alias Arkan, perpetrado el 15 de enero anterior, amén de la más que probable liquidación de Stambolic. El 7 de abril Milosevic autorizó al ex ministro de Exteriores y vicepresidente del SPS, Zivadin Jovanovic, a coordinar los trabajos del partido en su nombre.


13. Entrega y procesamiento por el Tribunal Penal de La Haya

El Gobierno fue ultimado por los países occidentales para que extraditara a Milosevic a La Haya antes del 29 de junio, día en que iba a tener lugar una conferencia internacional de donantes liderada por la UE. Estados Unidos dejó claro que la RFY no vería un sólo dólar de su bolsillo si no acataba sus "obligaciones" como el Estado miembro de la ONU que era.

En las semanas siguientes, las diferencias dentro de la DOS, y entre ésta y el SNPCG, por el destino final de Milosevic avivaron la tensión institucional y amenazaron con polarizar de nuevo a la opinión pública, que se debatía entre la suspicacia nacionalista frente al diktat exterior y el reconocimiento, teñido a veces de un incipiente sentimiento de culpa, de la auténtica dimensión de los crímenes cometidos en Croacia, Bosnia y Kosovo.

Para conciliar la disposición colaboradora con La Haya del Gobierno serbio de Djindjic y, en el otro lado, el celo legalista de Kostunica y el primer ministro federal Zizic, quienes subrayaron la imposibilidad de despachar a Milosevic por las buenas a la ciudad holandesa sobre la base de la legislación vigente (resistencia tras la que, en realidad, asomaba la repugnancia a que un ciudadano yugoslavo fuera procesado por un tribunal extranjero, por mucho aval internacional que tuviera), el Gobierno Federal elaboró un proyecto de ley que permitía la entrega al TPIY de un nacional imputado en crímenes de guerra siempre que la demanda de extradición superara el escrutinio de la justicia de casa. La fórmula, un tanto alambicada, impedía las extradiciones directas por orden ejecutiva, pero satisfacía el reconcomio legal de Kostunica. Los socialistas montenegrinos dijeron que también estaban conformes.

Ahora bien, el 4 de junio los diputados del SNPCG unieron sus votos a los del SPS y sus aliados serbios para bloquear el proyecto de ley en la Asamblea Federal, poniendo a los líderes de la DOS en un serio compromiso ante los interlocutores internacionales y airando muy particularmente a Djindjic, que advirtió que el país no podía supeditar una ayuda financiera vital a la protección del hombre responsable de sus calamidades; en consecuencia, advirtió el primer ministro serbio, la extradición de Milosevic a La Haya se produciría en los próximos días, "con o sin ley".

El 23 de junio de 2001 el Gobierno Federal aprobó a instancias de la DOS un decreto-ley que facultaba la extradición de ciudadanos yugoslavos por la vía ejecutiva. Los abogados del ex presidente apelaron al Tribunal Constitucional contra la legalidad de esta normativa y el 28 de junio, para júbilo de los milosevistas, la corte les dio la razón. La suspensión por el Constitucional, cuyos jueces habían sido nombrados por el antiguo régimen, del decreto de extradición para estudiar si se ajustaba a derecho precipitó el desenlace del embrollo: el mismo día 28 de junio, una fecha de tanta significación para la historia de Serbia y que vino a marcar el alfa y el omega de Milosevic, 14 de los 15 ministros del Gobierno serbio reunidos en consejo de emergencia aprobaron proseguir con el proceso de extradición, puenteando a las instituciones federales.

El Gobierno serbio se declaró competente para asumir determinadas funciones de su homólogo yugoslavo, para lo que invocó sendos artículos de las constituciones de Serbia y Yugoslavia, y dispuso el inmediato traslado de Milosevic, en un helicóptero serbio pero bajo custodia de funcionarios del TPIY, desde la prisión central de Belgrado hasta el acuartelamiento estadounidense de la Fuerza de Estabilización de la paz (SFOR, sucesora de la IFOR) en Tuzla, al norte de Bosnia, y de ahí a bordo de un avión militar británico hasta la base de la OTAN de Folken, en Eindhoven.

En las primeras horas del día 29, Milosevic, esposado y flanqueado por dos oficiales de la ONU, fue bajado del helicóptero que le traía de Folken y conducido a la cárcel de máxima seguridad de Scheveningen, en las afueras de La Haya, donde estaban internados todos los procesados y condenados por el TPIY, que ya había dictado algunas sentencias. Irónicamente, Milosevic pasó a compartir reclusión, pudiendo mezclarse con ellos en las dependencias comunes de la cárcel, con reos por crímenes de guerra de otras nacionalidades que le habían combatido mortalmente en Croacia y Bosnia.

Milosevic dejó Belgrado sumido en un fenomenal alboroto político, con Djindjic justificando su expeditivo movimiento para "evitar a Serbia la ruina", Kostunica calificando de "ilegal e inconstitucional" la medida -de la que, aseguró, se enteró a través los medios de comunicación- y Zizic anunciado su dimisión irrevocable, aun cuando Occidente premió la difícil decisión con una ayuda de 1.300 millones de dólares. Conforme al procedimiento, el 3 de julio Milosevic se sentó en el banquillo del TPIY, que presidía el juez francés Claude Jorda, para escuchar la lectura de su acta de acusación y la comunicación de su derecho a ser asistido por un abogado.

En la histórica sesión judicial se esperaba de Milosevic una declaración de no culpabilidad de los cargos que se le imputaban, por el momento limitados a la responsabilidad directa en la ejecución de al menos 340 albanokosovares y en la deportación de otros 740.000 entre el 1 de enero y el 20 de junio de 1999, así como a la instigación y planificación de las operaciones de limpieza étnica en Kosovo. Los hechos imputados eran constitutivos de unos delitos de crímenes de guerra y crímenes contra la humanidad. Ahora bien, la fiscal general, la suiza Carla Del Ponte, pronosticó la ampliación del sumario con la acusación de genocidio, el cargo más grave del Tribunal, en relación con las atrocidades cometidas en Croacia, Bosnia y la misma Kosovo desde 1991.

Los otros cuatro imputados, Milutinovic, Ojdanic, Sainovic y Stojiljkovic, aguardaban acontecimientos en Belgrado; en los meses y años siguientes, los tres primeros iban a reunirse con su antiguo jefe en Scheveningen, mientras que el último, el ex ministro del Interior, escapó a su destino quitándose la vida el 13 de abril de 2002.

El 3 de julio de 2001, Milosevic, impertérrito y desafiante, lo que hizo fue negar la legitimidad del Tribunal para procesarle, calificar su comparecencia allí de maniobra para justificar los "crímenes cometidos por la OTAN contra Yugoslavia" y renunciar a la defensa por sus cuatro abogados, presentes en La Haya sólo como "asesores legales". El juez de la sala, el británico Richard May, tras espetarle con un "este no es momento para discursos", endosó una petición de "no culpabilidad" en nombre del acusado. El 23 de agosto los abogados de Milosevic demandaron ante un juez de distrito holandés la excarcelación de su cliente con la tesis de que la jurisdicción del TPIY no podía prevalecer sobre la protección jurídica dispensada por el Estado holandés a todas las personas ubicadas en su territorio.

Milosevic insistió en boicotear la fase procesal en las siguientes comparecencias ante el juez, el 30 de agosto, el 29 de octubre y el 11 de diciembre, cuando de nuevo rehusó declararse culpable o no de los delitos que se le imputaban y tachó de "ilegal" al TPIY. La comparecencia de octubre fue en relación con la nueva acusación, dictada por Del Ponte el 27 de septiembre, por graves violaciones de las Convenciones de Ginebra de 1949 (nueve causas), crímenes de guerra (13 causas) y crímenes contra la humanidad (10 causas), cometidos presuntamente entre el 1 de agosto de 1991 y junio de 1992 durante la guerra de Croacia. El acta de acusación mencionaba "la expulsión forzosa de la mayoría de la población no serbia de aproximadamente un tercio del territorio de la República de Croacia" y precisaba que fuerzas militares regulares bajo el mando del acusado habían "asesinado a cientos de civiles" en las deportaciones.

La comparecencia de diciembre fue para escuchar el tercero y más grave pliego de acusaciones, por crímenes cometidos en Bosnia-Herzegovina entre 1992 y 1995, en particular la matanza de miles de prisioneros bosnios en Srebrenica y la muerte de gran número de civiles en Sarajevo, sin distingos de edad o de sexo, en los disparos indiscriminados de artilleros y francotiradores. La responsabilidad individual de Milosevic, en tanto que presidente de Serbia, no disminuía por el hecho de haber estado presuntamente involucrado en una "empresa criminal colectiva". Los cargos se sustentaban en 29 causas y eran por graves violaciones de las Convenciones de Ginebra, crímenes de guerra, crímenes contra la humanidad y, finalmente, genocidio. La acusación de genocidio, admitida el 23 de noviembre, fue calificada de "suprema absurdidad" por el procesado, quien añadió: "deberían darme un premio por la paz y no por la guerra".


14. Las complicaciones del juicio internacional y repentino fallecimiento

El 12 de febrero de 2002 dio comienzo el juicio a Milosevic sobre la base de una acusación que englobaba todas las causas, las de Kosovo, Croacia y Bosnia, aunque del conjunto de las mismas, opinaban algunos juristas, sólo las concernientes a la provincia serbia, y no todas, eran susceptibles de arrojar evidencias admisibles por el Tribunal para emitir un veredicto de culpabilidad.

La impresión inicial era que a la fiscal Del Ponte le iba a resultar más que arduo probar la responsabilidad del acusado en los crímenes de guerra y contra la humanidad que sin lugar a dudas se habían cometido en las contiendas de Croacia y Bosnia, ya que entonces era presidente de una república, Serbia, que oficialmente no participó con fuerzas regulares en ninguno de los dos países: en el primero, el secesionismo croata fue combatido por el Ejército Federal yugoslavo, mientras que en el segundo, la guerra al Gobierno de Sarajevo fue librada por el Ejército serbobosnio. Por lo que se refiere a los crímenes perpetrados en Kosovo en 1999 por las fuerzas de seguridad serbo-yugoslavas, la implicación de Milosevic parecía más demostrable, pero el cargo de mayor gravedad, el de genocidio, se antojaba particularmente dificultoso de probar.

Formulando sus intervenciones en inglés o en serbio cuando le venía en gana, con un tono altivo, irónico y muy retador, Milosevic puso en práctica su formación profesional como abogado –de hecho nunca ejercida- asumiendo su propia defensa y contraatacando a los testigos de la acusación que fueron desfilando ante él, a algunos de los cuales amilanó y redujo al titubeo con sus punzantes interrogatorios. Objetivamente, se hizo notar la endeblez de algunos de los testimonios escuchados en la sala, fácilmente rebatibles por cualquier abogado competente.

La exposición de las causas del sumario de Kosovo se prolongó hasta el 11 de septiembre de 2002, tiempo en el cual el ex presidente intentó desmontar las tesis de la fiscalía y representó el rol de acusado acusador, endilgando a su vez los delitos de crímenes de guerra, crímenes de lesa humanidad y genocidio a los dirigentes occidentales que decidieron la campaña de bombardeos de 1999 y replicando los testimonios de ataques deliberados de las fuerzas serbias contra población albanokosovar con material gráfico que mostraba los impactos de bombas de la OTAN caídas sobre convoyes de refugiados.

El 3 de mayo, dos meses después de constituirse en Kosovo unas instituciones autónomas albanesas pero supeditadas al protectorado interino internacional, el estrado del testigo fue ocupado por Ibrahim Rugova, quien mantuvo con Milosevic un intenso careo en el que le acusó de mentir y de haber pretendido "destruir Kosovo mediante la violencia y la guerra". En junio, la fiscalía presentó un informe en el que daba cuenta detallada de una vasta red financiera tejida clandestinamente por Milosevic y sus asociados en la década anterior para burlar el embargo internacional de armas y pertrechar al Ejército y el Ministerio del Interior. El entramado había abarcado 50 países, asentándose en numerosos paraísos fiscales a través de empresas tapadera.

El 26 de septiembre de 2002 Del Ponte inició la presentación de las causas relativas a las guerras de Croacia y Bosnia; días después, un hombre que conocía bien al acusado, Stipe Mesic, ahora mismo presidente de Croacia, acudió a La Haya para emitir su testimonio relevante. Confrontados en un durísimo careo, los dos antiguos colegas en las instituciones federales de la Yugoslavia socialista se echaron mutuamente en cara la responsabilidad por la sangrienta desintegración estatal iniciada en 1991. El serbio acusó al croata de ser un "fascista" que había "traicionado" a Yugoslavia y "contribuido a su disolución" incitando al odio antiserbio, mientras que el segundo acusó al primero de haberse hecho con el control de las instituciones federales, tanto políticas como armadas, mediante sucesivas purgas y golpes de mano, y de haber orquestado una guerra de agresión contra su república.

El celo de Milosevic incluía la férula sobre el SPS, del que seguía siendo presidente pero que experimentaba serias discrepancias internas, con un ala disidente y otra oficialista y mayoritaria. Desde su celda, Milosevic retiró la confianza a Jovanovic y luego al ex primer ministro Marjanovic como sus factótum partidistas en Belgrado, y en agosto de 2002 designó a Bogoljub Bjelica nuevo representante personal.

De cara a las elecciones presidenciales serbias del 29 de septiembre y el 13 de octubre de 2002 (a la postre, fracasadas, así como las rondas ulteriores del 8 de diciembre del mismo año y el 16 de noviembre de 2003, debido a la baja participación, lo que prolongó la vacancia presidencial abierta por Milutinovic, quien se entregó voluntariamente al TPIY poco después de expirar su mandato el 29 de diciembre), Milosevic recomendó al partido que respaldara la candidatura del radical Seselj, pero sus teóricos subordinados no le hicieron caso y presentaron un postulante propio, el actor Velimir Bata Zivojinovic, que sólo cosechó el 3,3% de los votos.

La situación en el SPS se complicó en enero de 2003 cuando el VI Congreso de la formación, celebrado contra la voluntad del interesado, resolvió reelegir a Milosevic en la presidencia y, contrariando su opinión también, nombró como representante suyo en la dirección a Ivica Dacic, anterior portavoz oficial del SPS y un oficial cuya expulsión el prisionero de La Haya reclamaba, a pesar de haber sido Dacic uno de sus protegidos más fervorosos. Luego, los socialistas serbios, para apaciguar al enfadado jefe, registraron a Milosevic como su cabeza de lista para las elecciones legislativas del 28 de diciembre

Los comicios anticipados acontecían en unas circunstancias políticas bastante agitadas tras la ruptura entre el DS y el DSS y la desintegración de la DOS, el asesinato de Djindjic por un antiguo policía paramilitar (el 12 de marzo) y los cuatro intentos fallidos para elegir al presidente de la República, oficina que quedó vacante. La propia Federación, que el 4 de febrero había abandonado la denominación de Yugoslavia para llamarse simplemente Serbia y Montenegro, vivía una crisis de identidad ante el auge del sentimiento soberanista en Podgorica.

En las legislativas de 2003, ganadas con mayoría simple por el SRS (cuyo caudillo, Seselj, también se había entregado voluntariamente a La Haya) y que dieron lugar a un Gobierno de coalición presidido por Kostunica pero sin ministros del DS, el SPS se hundió hasta el 7,6% de los votos y 22 diputados; Milosevic ganó su escaño, pero en enero de 2004 la ejecutiva del partido, en un nuevo desaire, decidió no asignárselo con la explicación de que no iba a poder ejercer el mandato parlamentario.

A pesar de su exhibición de lucidez y forma física, Milosevic tenía la salud resentida por una hipertensión arterial y su propensión a contraer resfriados y gripes. Ya en julio de 2002 un equipo de médicos dictaminó que el prisionero tenía un alto riesgo de sufrir un ataque al corazón y recomendó descanso. Las subidas de tensión, indisposiciones y chequeos obligaron a interrumpir el juicio una veintena larga de veces, dilatando un proceso que ya era complejo de por sí.

El 31 de agosto de 2004, tras sufrir el enésimo retraso y ser rechazada una moción de la defensa para que se levantaran todos los cargos por "falta de evidencias", el juicio quedó reanudado con una furibunda alocución del acusado, mitad alegato defensivo, mitad diatriba política, en la que tachó de "mentiras sin escrúpulos" y "traicionera distorsión de la historia" las acusaciones de la fiscalía y volvió a presentar el colapso de Yugoslavia como una conspiración occidental antiserbia. Los gobiernos europeos y estadounidense, manifestó, "apoyaron a una élite totalitaria y chovinista, terroristas, fundamentalistas islámicos y neonazis cuyo objetivo era el Estado étnicamente puro, que es lo mismo que decir un Estado sin serbios".

Además, reclamó que se llamara a testificar a nada menos que 1.600 personas, entre ellas el ex presidente Clinton, el canciller alemán Gerhard Schröder y el primer ministro británico Tony Blair.

El 2 de septiembre de 2004, después de confirmar los informes médicos que el acusado no estaba en condiciones de ejercer su defensa en solitario, el Tribunal le impuso a Milosevic unos abogados de oficio, los británicos Steven Kay y Gillian Higgins, quienes aceptaron el cometido sólo para encontrarse con que su defendido no quería saber nada de ellos. La no cooperación del ex presidente no impidió que empezaran a declarar los testigos de la defensa. El 12 de febrero de 2006 el juicio cumplió su cuarto año tras haberse escuchado el testimonio de casi 300 personas, una sexta parte de las cuales había sido interrogada por el acusado. Para junio, una vez terminada la exposición de la defensa, el caso debía quedar visto para sentencia. Cuando se dictara ésta, el fallo sería único, para los tres sumarios y las 66 causas.

La culpabilidad o la inocencia de Milosevic nunca fue establecida por el TPIY. El 11 de marzo de 2006, seis días después de cometer suicidio en la misma cárcel el que fuera primer presidente de la RSK, el serbocroata Milan Babic –quien cumplía una condena de 13 años como criminal de guerra y que había testificado contra el antiguo mandamás de Belgrado-, y al poco también de pedir para él su hermano mayor, Bronislav, el traslado a Moscú –donde se encontraban su esposa, su hijo y otro hermano- para recibir tratamiento contra la hipertensión, el cuerpo de Milosevic fue encontrado sin vida, recostado en la cama de su celda, por uno de los guardianes de la penitenciaría de Scheveningen.

Una vez confirmado por el retén médico de la Unidad de Detención que el prisionero, de 64 años, estaba muerto, el TPIY ordenó un examen toxicológico y una autopsia completa al cadáver para determinar la causa precisa del fallecimiento, que a primera vista parecía un infarto de miocardio. Los análisis forenses, practicados por médicos holandeses, serbios y uno ruso, perseguían sobre todo descartar las hipótesis del suicidio y, más turbadora, por escandalosa, del asesinato, que los socialistas serbios pregonaron de inmediato.

El hallazgo meses atrás en la sangre de Milosevic, según divulgó la televisión holandesa, de trazas de rifampicina, un antibiótico habitualmente prescrito contra la lepra y la tuberculosis que puede anular el tratamiento farmacológico contra las disfunciones cardiovasculares, disparó las dudas en el propio Tribunal. La fiscal Del Ponte, que expresó su pesar por la muerte del acusado antes de recibir sentencia, no descartó el suicidio. El abogado de la familia Milosevic, Zdenko Tomanovic, fue más allá al revelar que el prisionero le había confesado justamente el día anterior al deceso su temor a ser envenenado.

Uno de los toxicólogos holandeses encargados de la investigación, sin embargo, sugirió que Milosevic habría estado tomando el antibiótico inhibidor durante años de manera deliberada, más que con intención suicida, para provocar un agravamiento de su estado de salud que paralizase el juicio y forzase su hospitalización fuera de la prisión, presumiblemente en Rusia. En ese caso, las preguntas eran quién y cuándo había facilitado tan contraproducente medicamento al prisionero. La polémica aumentó al revelar un guardián de Scheveningen que su custodiado había estado tomando a escondidas fármacos no prescritos y alcohol, en abierta violación de las normas de seguridad del centro.

La viuda y el huérfano, Mira y Marko Milosevic, vieron rechazada su petición de que la necropsia fuera realizara en Moscú, ciudad en la que residían para excusar malos encuentros con la justicia serbia. Sobre todo ella, sobre la que pesaba una acusación formal de malversar propiedad estatal y la sospecha de instigar la liquidación de Stambolic, cuya autoría intelectual por Milosevic ya había quedado establecida en el juicio al ex agente paramilitar Milorad Legija Ulemek, condenado a 40 años de prisión por el asesinato de Stambolic y por el intento de asesinato de Vuk Draskovic, así como acusado también del asesinato de Djindjic.

La muerte del ex presidente serbio y yugoslavo, producida tras las de sus grandes antagonistas en tiempos de guerra (Tudjman, en diciembre de 1999, Izetbegovic, en octubre de 2003, y Rugova, hacía apenas unas semanas, el 21 de enero), desató una cascada de reacciones nacionales e internacionales. En su país, en particular, la noticia generó sentimientos encontrados, una disparidad que se manifestó incluso entre los partidos que habían integrado la primera DOS, donde se escucharon desde expresiones de pesar hasta condenas sin paliativos.

Como la realizada por Draskovic, ahora ministro federal de Exteriores, quien evocó implícitamente todas las sevicias, desde palizas a intentos de asesinato, que el anterior régimen le había infligido –lo que no le impidió ceder a sus seducciones por temporadas-, al manifestar su "vergüenza" porque "el duelo de sus partidarios por un hombre que es responsable de innumerables muertes se haya transformado en un panegírico por el difunto y su política, que sólo engendró muerte, desgracia y odio".

El 14 de marzo, a la espera del resultado definitivo de las pruebas toxicológicas, el presidente de la Cámara del TPIY, el jamaicano Patrick Robinson, declaró cerrado el juicio por defunción del encausado. En la misma jornada, Marko Milosevic llegó Ámsterdam para hacerse cargo del cuerpo de su padre y gestionar su repatriación. Al día siguiente, los restos mortales de Milosevic partieron de la capital holandesa a bordo de un avión de la aerolínea nacional JAT con destino a Belgrado, donde fueron recibidos por dirigentes del SPS.

Las exequias y el entierro de Milosevic tuvieron lugar el 18 de marzo en Pozarevac, en el jardín de la casa donde había nacido, sin presencia de ningún familiar (Mira Markovic se quedó en Moscú pese a suspender la justicia serbia la orden de arresto en su contra), sin representantes gubernamentales y sin ningún tipo de honor oficial, aunque con la asistencia de 20.000 admiradores, personas de edad en su mayoría, algunas vestidas de uniforme y portando símbolos del nacionalismo serbio.

Horas antes, respondiendo a la convocatoria del SPS, entre 50.000 y 100.000 personas estuvieron concentradas ante el edificio del Parlamento de Serbia y Montenegro en Belgrado para rendir un tributo postrero que magnificó las expresiones de duelo observadas en la víspera y la antevíspera, cuando sólo unos pocos miles de dolientes desfilaron tumultuosamente ante el féretro en la capilla ardiente instalada por el SPS en el salón de entrada del Museo de la Historia Yugoslava, en el barrio de Dedinje, casi a tiro de piedra del mausoleo de Tito, la conocida como Casa de las Flores, y de la propia antigua residencia del finado.

Éste fue el formato fúnebre pactado por el primer ministro Kostunica y el presidente Boris Tadic, que se negaron a permitir, tal como reclamaba la familia y el partido, un entierro en Belgrado y un funeral de Estado. El prooccidental Tadic, sucesor de Djindjic en el liderazgo del DS, se encargó de explicar porqué las autoridades no querían conceder ningún tipo de honores oficiales: "Milosevic era la cabeza de un régimen que casi destruye Serbia y sus ciudadanos ya dieron su veredicto el 5 de octubre de 2000".

Horas antes de la inhumación de Milosevic fueron divulgados los resultados preliminares de las pruebas toxicológicas efectuadas en su cadáver: la muerte sobrevino por un infarto súbito y en la sangre no aparecían ni venenos ni restos de rifampicina. El 5 de abril el Instituto Forense Nacional, en su informe elaborado para la Fiscalía General del Estado holandés, confirmó que Milosevic había tenido un deceso natural sin sombra de sospecha. El 31 de mayo el TPIY, en el informe de su propia investigación interna, certificó que no había un trasfondo criminal en la muerte del procesado, pero reconoció que los privilegios concedidos para poder ejercer la abogacía de su propia causa, con un régimen de visitas más flexible y amplias posibilidades de comunicación con el exterior, habían comprometido su vigilancia, lo que, por ejemplo, pasó por alto su automedicación.

(Cobertura informativa hasta 1/1/2008)