1. SEMBLANZA BÁSICA Y DESCRIPCIÓN DEL MANDATO (2005-2012)
1.1. La conformación de un liderazgo improbable
Nacida en Hamburgo aunque criada y educada en la RDA, hija de pastor luterano y casada en segundas nupcias con un reservado catedrático que fue su tutor en la Universidad, Merkel es una doctora en Física y especialista en Química Cuántica que durante doce años no pasó de humilde operaria de laboratorio. Sólo después de la caída del Muro de Berlín se metió en política, ingresando en el micropartido Despertar Democrático, luego absorbido por la CDU del Oeste.
Colocada bajo la protección patriarcal de
Helmut Kohl,
La Muchacha, que así la llamaba el canciller de la unificación, fue adiestrándose en las tareas de gobierno como ministra de Mujer y Juventud, y luego de Medio Ambiente, puesto donde despuntó su interés por los problemas de la ecología. Con tesón y laboriosidad fue ascendiendo en la dirección de los democristianos, sobreponiéndose a las reservas que suscitaba en el ala más tradicionalista su singular condición de mujer y
ossie, para más señas divorciada y viviendo con un hombre sin matrimonio de por medio, pues hasta 1998 no formalizó su relación con el profesor Joachim Sauer (de quien no tomó apellido de casada, conservando el de su anterior cónyuge).
1998 fue el año de la debacle electoral de la CDU y de la subida al poder del Gobierno
roji-verde de
Gerhard Schröder. Aupada a la secretaría general del partido, Merkel superó intacta el traumático escándalo de la financiación ilegal de la CDU, que tiznó la reputación de Kohl y tumbó también a su sucesor en el mando, Wolfgang Schäuble. Merkel no vaciló en exigirle cuentas a su antiguo mentor y en romper amarras con el pasado encarnado por Kohl, decisiones que el histórico dirigente encajó con amargura pero que resultaban imprescindibles para el renacimiento del partido.
En 2000, con 45 años y por aclamación, la formación le concedió su presidencia. En el lustro que siguió, la jefa de la oposición germana dio bandazos ideológicos, desde la reclamación del centro al abrazo de una plataforma liberal como alternativa a la Agenda 2010 del SPD, y tuvo serios problemas para consolidar su liderazgo interno. Así, para las elecciones de 2002 hubo de ceder la candidatura a la Cancillería a Edmund Stoiber, jefe del partido hermano de Baviera, al no conseguir desprenderse de la imagen de amateurismo frente a un político tan bregado como el socialdemócrata Schröder, de todas maneras reelegido en aquella ocasión.
1.2. Dos gobiernos de coalición, dimisiones sonadas y el impacto restringido de la crisis
Vencido el frente de reticencias a su dirección partidaria, Merkel encabezó la lista para las elecciones de 2005 con un programa que incidía en la bajada de los impuestos para vigorizar el consumo y la inversión, el cumplimiento de los criterios de Maastricht sobre déficit y deuda, y la desregulación del mercado laboral. En lugar de la gran victoria que prometían las encuestas, las urnas depararon a la CDU/CSU un desolador empate técnico con el SPD. La ajustada aritmética parlamentaria impuso un Gobierno de gran coalición, fórmula inédita desde 1969, que llevó a Merkel a la Cancillería en noviembre sobre la base de un programa común, muy parecido de hecho a la Agenda 2010 de Schröder, para implementar una serie de reformas estructurales que hacían de la reducción de los costes del sistema de protección social el quid del crecimiento económico y la creación de empleo.
La
grosse koalition, facilitada por el buen entendimiento personal entre Merkel y el vicecanciller del SPD, Franz Müntefering, empezó funcionando mejor de lo esperado. Hablando indistintamente de "nueva economía social de mercado", la primera ministra y sus socios acometieron una reforma del Estado federal, invirtieron en I+D, subieron el IVA y el tipo máximo del IRPF, retrasaron la edad de jubilación de los 65 a los 67 años, y simplificaron la Seguridad Social con alzas en las cotizaciones. Las realizaciones económicas no se hicieron esperar, con un crecimiento del PIB del 3% anual, la moderación del paro por debajo del 10% y los cuatro millones de afectados, y el regreso, ya en 2006, de los
números verdes al déficit, tras haber superado el tope del 3% fijado por el Pacto de Estabilidad y Crecimiento (PEC) de la UE durante cuatro años seguidos; la deuda pública, en cambio, siguió por encima del 60%. El país recuperó su papel como locomotora de la economía europea y empezó a hablarse del "segundo milagro económico alemán", pero a finales de 2007 los nubarrones empezaron a cernirse sobre la canciller.
Por de pronto, la sorpresiva dimisión de Müntefering convirtió en número dos del Ejecutivo a
Frank-Walter Steinmeier, quien retuvo el Ministerio de Exteriores e imprimió un giro a la izquierda en su partido. Fue el final de la sintonía entre Merkel y el SPD, agitado a su vez por un problema de liderazgo. En 2008, los desencuentros en el seno del Gabinete se vieron sorprendidos por las ondas sísmicas del naufragio de Lehman Brothers en Estados Unidos, que estremecieron a la banca privada germana entre las que más en Europa. La producción se desplomó. Los aprietos acuciaron a Merkel en octubre con la pérdida por la CSU de la mayoría absoluta en el Landtag de Múnich y la inminente quiebra del banco hipotecario Hypo Real Estate (HRE), que hubo de ser rescatado con aportaciones del Bundesbank. En los meses siguientes, el Gobierno garantizó todos los depósitos de particulares, presentó un plan de ayudas a la banca con problemas de liquidez por valor de 500.000 millones de euros, nacionalizó el 25% del Commerzbank y aprobó dos paquetes anticrisis de 81.000 millones.
El masivo socorro bancario frenó las amenazas al sistema financiero, pero las medidas de estímulo, consideradas cicateras por la opinión pública y la patronal, llegaron muy tarde: Alemania se declaró en recesión en el tercer trimestre de 2008 y entre enero y marzo de 2009 el retroceso del PIB alcanzó el 3,5% intertrimestral (el 6,7% interanual). Los números negativos acabaron pronto, en el segundo semestre del año, si bien 2009 cerró con una contracción media del 5%, la mayor desde la Segunda Guerra Mundial, mientras que el déficit, luego de alcanzarse el equilibrio presupuestario en el ejercicio anterior, volvió a rebasar el 3%. De cara a la renovación del Bundestag, Merkel decidió apostar por los liberales del FDP, viejos conocidos en estas lides, como socios de coalición. Los comicios purgaron el amargor de la edición de 2005, pues el SPD fue el que cargó con el descontento por la crisis. Así las cosas, en octubre de 2009 Merkel repitió de la mano de
Guido Westerwelle, nuevo vicecanciller y titular de Exteriores, y con el veterano Schäuble en la cartera de Finanzas.
La experiencia de gobierno con un partido teóricamente más cercano ideológicamente dio a Merkel tantos o más quebraderos de cabeza que su anterior alianza con los socialdemócratas, situación que era más chocante si se tenía en cuenta la nueva hornada de datos económicos (crecimiento otra vez por encima del 3% a partir de 2010) y laborales (menos de tres millones de parados y bajando), que podían considerarse fastos, nada que ver con lo que sucedía en la mayoría de miembros de la UE. El objetivo central de podar el déficit, más imperativo desde la aprobación por el Bundestag, en vísperas de las elecciones, de una enmienda a la Ley Fundamental que prohibía al Gobierno Federal manejar un déficit estructural superior al 0,35% del PIB más allá de 2016, imposibilitó el compromiso común de bajar impuestos por un total de 24.000 millones, con el consiguiente disgusto de los liberales.
Los sobresaltos domésticos asaltaron en esta segunda legislatura a Merkel, que de entrada hubo de lidiar con el escándalo del bombardeo de la OTAN ordenado por un oficial alemán que mató por error a decenas de civiles en la provincia afgana de Kunduz. El terrible suceso provocó las dimisiones del jefe del Estado Mayor del Bundeswehr y del recién nombrado ministro de Trabajo y titular de Defensa cuando los hechos, Franz-Josef Jung. El sucesor de este último, Karl-Theodor zu Guttenberg, resignó a su vez en 2011, pero por un asunto totalmente distinto, el plagio de su tesis doctoral.
En 2010 sobrevinieron el batacazo electoral en Renania del Norte-Westfalia, el land más poblado de Alemania, que acarreó la pérdida del control del Bundesrat, el rosario de renuncias de dirigentes del partido y la complicada elección parlamentaria de
Christian Wulff,
barón de la CDU en Baja Sajonia, para el puesto de presidente de la República. Fue a raíz de la dimisión del también democristiano
Horst Köhler, tras haber sugerido que la misión militar en Afganistán obedecía a intereses comerciales.
Poco le duró a Wulff el mandato de jefe del Estado: en febrero de 2012, unas consistentes acusaciones de corrupción le obligaron a imitar a su predecesor en el cargo. La caída deshonrosa de Wulff puso en un brete a Merkel, que había sido su máxima valedora y que en esos mismos momentos afrontaba fuertes divergencias en el Gabinete por el coste y la oportunidad del segundo rescate financiero a Grecia a fin de evitar su quiebra desordenada y por ende su salida del euro. A continuación, Merkel aceptó a regañadientes la candidatura presidencial de
Joachim Gauck, respaldada por el SPD y Los Verdes, e impuesta por el FDP con atisbos de desquite.
A lo largo de 2010 y 2011 la canciller fue muy criticada dentro y fuera de Alemania por su gestión de las impopulares ayudas a Grecia y por su decisión, tachada de ideológica aunque inseparable de los nuevos condicionantes constitucionales, de endurecer el recorte del gasto público, un montante de 80.000 millones entre 2011 y 2014, más allá de lo razonable por la delicada coyuntura económica en el resto de la UE. Con el tijeretazo presupuestario en marcha, el erario germano vio evaporarse en sólo un ejercicio más de tres puntos de déficit, hasta quedar el descubierto en el 1% en 2011, índice que superó con creces la previsión más optimista del Gobierno y que amplió el diferencial con el promedio de la Eurozona.
Por otro lado, la tasa oficial de desempleo siguió encogiendo hasta caer por debajo del 5% de la población activa, la mitad de la media europea. El dato, con ser sobresaliente, obedecía en parte a la enorme proliferación de los llamados
minijobs, trabajos a tiempo parcial que sacaban de las listas del paro a mano de obra muy precaria y muy barata, con salarios máximos de 450 euros al mes, libres de impuestos pero también de cotizaciones.
La austeridad reforzada no afectó al principio al crecimiento, empujado por el sector exterior, en concreto por las fortísimas exportaciones a China, Estados Unidos (precisamente, las dos potencias que desbancaron en este período a Alemania como principales exportadores del mundo en términos absolutos) y los países emergentes, las cuales compensaron el descenso de las ventas en la UE y coadyuvaron a los abultados superavits de la balanza comercial y la cuenta corriente. La debilidad de la demanda interna terminó pasando factura en el último trimestre de 2011, cuando hubo una ligera contracción del 0,2%, pero Berlín confiaba en eludir la recesión técnica en el arranque de 2012.
La imputación habitual a Merkel de ser una política demasiado tozuda en una serie de cuestiones clave no se cumplió en el capítulo nuclear, donde su pragmatismo alcanzó lo tornadizo o lo oportunista. Así, en septiembre de 2010, poco antes de aprobar el fin del servicio militar obligatorio a partir del año siguiente, la coalición de democristianos y liberales anuló la moratoria acordada por el Gobierno Schröder en 2000 y prolongó la vida útil de las 17 centrales nucleares en servicio más allá de 2022. Sin embargo, el desastre de Fukushima dio un giro de 180 grados a la postura de la canciller: en marzo de 2011, cuatro días después del accidente en Japón, Merkel aplazó en tres meses la medida anterior y anunció la desconexión inmediata de siete reactores.
La súbita ojeriza nuclear de Merkel no convenció a los votantes, que propinaron un recio varapalo al bipartito gobernante en las regionales de Baden-Württemberg y se volcaron con Los Verdes. Pese a todo, el Gobierno dio un paso más y repuso el año 2022 como la fecha del apagón nuclear. Los comicios de Baden, que interrumpieron 58 años de hegemonía democristiana en el land, arrastraron a Westerwelle, pero la coalición federal fue preservada por el nuevo líder del FDP, Philipp Rösler, en adelante vicecanciller y ministro de Economía. En otro orden de cosas, en octubre de 2010 la canciller, partidaria de revisar el espacio de Schengen en un sentido restrictivo, avivó la controversia nacional desatada por el libro-denuncia del político socialdemócrata Thilo Sarrazin al asegurar que la sociedad multicultural había "fracasado por completo" en Alemania.
1.3. La Europa alemana de Merkel y el directorio con Sarkozy
En su primer Consejo Europeo, en diciembre de 2005, la debutante Merkel sorprendió a todo el mundo con su constructiva mediación entre el presidente francés,
Jacques Chirac, y el primer ministro británico,
Tony Blair, para sacar adelante las Perspectivas Financieras 2007-2013, pendientes de cerrar desde el fracasado Consejo de junio. La sensación de que Europa había encontrado por fin un estadista de talla para llenar el vacío de liderazgo palpable desde el colapso del Tratado Constitucional por los
noes en los referendos francés y holandés de 2005 se vio reforzada cuando la gobernante alemana se declaró dispuesta a conferir un nuevo impulso a la malparada construcción europea; en principio, mano con mano con Chirac, aunque resultaba evidente que el veterano dirigente galo estaba ya políticamente amortizado y bien poco podía aportar.
El verdadero copiloto de Merkel para poner término al "período de reflexión" abierto en la UE y volver a la carga con un nuevo tratado "simplificado" que como mínimo estableciera la imprescindible reforma institucional iba a ser Nicolas Sarkozy, colega del Partido Popular Europeo y ganador de las presidenciales francesas de mayo de 2007. Además, la canciller, reconocida paladín de la lucha contra el cambio climático, quería implicar a los 27 en un ambicioso compromiso para reducir las emisiones de gases de efecto invernadero y apostar decididamente por las energías renovables y limpias.
Merkel preparó minuciosamente su ofensiva europea, a ejecutar durante la presidencia de turno alemana del Consejo en el primer semestre de 2007, la cual inauguraron los ingresos de Bulgaria y Rumanía en la UE y de Eslovenia en la Eurozona. El primer aldabonazo vino en marzo, con motivo del 50º aniversario del Tratado de Roma. En su Declaración de Berlín, Merkel y los presidentes de la Comisión,
José Manuel Durão Barroso, y el Parlamento,
Hans-Gert Pöttering, se fijaron el objetivo de sacar a la UE de la parálisis política sobre unas “bases comunes renovadas” en el plazo de dos años.
El siguiente toque de protagonismo, en el Consejo de Bruselas del mes de junio y haciendo piña con el recién llegado Sarkozy, fue ya un ejercicio de autoridad en toda regla: tras mucho porfiar, el nuevo eje franco-alemán doblegó la resistencia de los gemelos
Kaczynski, los líderes de Polonia, que aceptaron suscribir el borrador del nuevo Tratado de Reforma manteniendo el sistema de voto de la doble mayoría (ampliamente favorable a Alemania en las cuotas de poder), pero a cambio de retrasar su entrada en vigor hasta 2014-2017. En diciembre de 2007 los líderes europeos firmaron el Tratado de Reforma en Lisboa y en mayo siguiente Merkel fue galardonada con el prestigioso Premio Carlomagno, reservado a los que prestan servicios distinguidos a la unidad europea.
Europa contempló la andadura, con formidable potencia motriz, del cojinete binacional formado por Merkel y Sarkozy. El tándem llegó a ser conocido como
Merkozy, término que despedía un retintín irónico desfavorable al líder francés. Si bien era cierto que los dos estadistas compartían la voluntad indeclinable de sacar adelante el trabajoso Tratado de Lisboa -finalmente en vigor en diciembre de 2009, tras obtener el preceptivo
sí en el segundo referéndum irlandés y arrancar las ratificaciones postreras a polacos y checos-, lo cierto era que al dúo no le faltaban temas de desacuerdo. El menor peso económico, la desventaja comercial y la peor situación financiera de Francia impidieron cualquier anhelo de paridad jerárquica por parte de París.
Durante 2008 y 2009, la mayoría de las divergencias entre Merkel y Sarkozy quedaron zanjadas porque el segundo dio su brazo a torcer. Así sucedió con el proyecto galo de la Unión Mediterránea, que en su formulación original excluía a Alemania por no ser país ribereño y que vio la luz como Unión por el Mediterráneo –una asociación política de 43 estados incapaz de hacerle sombra a la UE-, con el monopolio monetario del Banco Central Europeo, que siguió sin tocar, y con el deseo de convertir al Eurogrupo en un "gobierno económico" de la Eurozona, aunque aquí Merkel aceptó la celebración de cumbres periódicas exclusivas de los países con la moneda única. Como se señaló arriba, Berlín se movió con lentitud a la hora de lanzar estímulos fiscales para conjurar la recesión y de paso descartó un plan europeo para auxiliar a los bancos en riesgo.
"Cada país debe asumir responsabilidades a escala nacional", afirmó la canciller en octubre de 2008 en relación con la propuesta de evitar bancarrotas con una intervención coordinada a gran escala, al estilo de Estados Unidos, reclamando a cambio un mayor control sobre las transacciones financieras. Aquella aseveración de Merkel podía valer perfectamente para definir su reacción cuando en 2010 se declaró la tercera fase del desbarajuste global, luego de la tormenta bancaria de 2008 y de la Gran Recesión de 2009: la crisis de las deudas soberanas de la Eurozona, que tuvo como epicentro a Grecia.
En parte por convicciones propias, en parte por las intensas presiones domésticas (de las que no eran ajenas el FDP y buena parte de la CDU) para que las ayudas a los países incumplidores no fueran a costa de la chequera de los cumplidores sin recibir un mínimo de garantías, Merkel puso abundantes pegas y condiciones a la concesión a la insolvente Grecia, incapaz de hacer frente a sus próximos vencimientos de deuda, de un rescate crediticio urgente de 110.000 millones de euros, cuya liberación por tramos quedó sujeta a un durísimo ajuste estructural monitorizado por la troika de la Comisión Europea, el BCE y el FMI.
El plan para Grecia, acordado en abril de 2010, llegó con retraso, lesionó la soberanía nacional y crispó la sociedad del país intervenido, se ejecutó con cicatería y en última instancia fracasó estrepitosamente, pues ni atajó el riesgo de colapso heleno ni devolvió la confianza a los mercados del euro, donde los movimientos especulativos pasaron a cebarse con las deudas de Irlanda e Portugal, y luego con las de España e Italia. Los dos primeros países, con sus erarios exangües, tampoco pudieron resistir los exorbitantes intereses exigidos a sus bonos y tuvieron que ser rescatados en noviembre de 2010 y abril de 2011, respectivamente. La astronómica galopada de la prima de riesgo de estos países significaba que el
bund pagaba unas rentabilidades cada vez menores; el bono alemán a diez años alcanzó mínimos históricos y los títulos a corto plazo llegaron a colocarse incluso con intereses negativos, es decir, de cobro, con ganancia para el Estado: hasta tal punto se convirtieron las emisiones del tesoro germano en valor refugio.
En mayo de 2010 Merkel accedió a crear dos recursos crediticios temporales para los países del euro ahogados por las deudas, la Facilidad Europea de Estabilidad Financiera (FEEF), surtida por aportaciones de los 17 de la Eurozona (y con una cuota alemana del 27%), y el Mecanismo Europeo de Estabilización Financiera (MEEF), con cargo al presupuesto comunitario y gestionado por la Comisión. La insuficiencia de estos recursos quedó inmediatamente de manifiesto y en Bruselas se planteó la necesidad de establecer un fondo más grande y permanente, el Mecanismo Europeo de Estabilidad (MEDE). La canciller, actuando al alimón con Sarkozy, asumió la pertinencia del MEDE, pero a cambio impuso una serie de exigencias al resto de gobiernos y a las instituciones comunitarias.
Para empezar, alumbró el Pacto por el Euro, o Euro Plus, un compromiso de competitividad ligado a la contención salarial que fue adoptado por el Consejo Europeo en marzo de 2011 como una versión suavizada del Pacto de Competitividad inicialmente acariciado por Berlín. Además, Merkel reiteró una y otra vez una batería de negaciones: no a las compras sistemáticas por el BCE de deudas soberanas acorraladas por los mercados, no a la emisión de eurobonos por una Agencia Europea de Deuda (una "solución artificial", según ella) y no, en suma, a cualquier intento de "colectivizar" las deudas nacionales, pues eso supondría violar el principio de
no corresponsabilidad financiera (
no bail-out) contenido en el Tratado de Funcionamiento de la Unión Europea.
Las reticencias, las dilaciones y el tono endurecido, hasta sonar a
diktat, caracterizaron la actuación europea de Merkel en los críticos meses de 2011 y en el incierto comienzo de 2012. La actitud retardataria de la dirigente y sus argumentos ortodoxos para contener la crisis del euro fueron generando un runrún de descontento que sumó las voces críticas de dos predecesores en el cargo, Helmut Kohl y Helmut Schmidt.
Alemania, arropada por un grupo de gobiernos afines –Austria, Holanda, Finlandia-, el llamado "núcleo duro europeo", fue inflexible con los eurobonos, pero transigió en la elevación de la dotación del FEEF y en las compras masivas de deudas española e italiana por el BCE, antes de advertir, sin embargo que este procedimiento de emergencia no podía ser ilimitado y bajo ningún concepto podía depender de la emisión inflacionista de dinero. Con respecto al segundo rescate financiero de Grecia, que contemplaba una fuerte reestructuración de la deuda soberana, Merkel dejó de exigir la participación obligatoria de los principales acreedores (bancos) privados, aunque de todas maneras se aseguró su implicación en los futuros canjes de bonos con quita, que tendrían un carácter "voluntario".
1.4. Las relaciones con Estados Unidos y Rusia
Mientras afianzaba su hegemonía en el concierto –o desconcierto- europeo, Merkel, considerada una estadista mucho más proamericana que Schröder, condujo unas relaciones estables con Estados Unidos. Hasta el día de hoy, el diálogo Berlín-Washington ha tenido fluidez pese al gran número de desacuerdos en un abanico de temas, la mayoría de los cuales encerraban en potencia un serio conflicto. El estilo tranquilo de la canciller y su capacidad para hacerse respetar han tenido su peso en los tratos con las administraciones
Bush y
Obama.
Cuando llegó a la Cancillería en 2005, Merkel dejó clara su voluntad de recuperar la excelencia de las relaciones transatlánticas y superar los últimos resquemores por la negativa del anterior Gobierno a participar en la invasión y ocupación de Irak en 2003; en realidad, antes de abandonar el poder, Schröder ya había iniciado la normalización de las relaciones bilaterales. La nueva gobernante reclamó a Bush una solución para los prisioneros de Guantánamo y el respeto a los Derechos Humanos y a la soberanía de los estados (escándalo de las prisiones secretas y los vuelos ilegales de la CIA) en su guerra global contra el terrorismo. En 2006 la canciller dejó de insistir en estas cuestiones y coincidió plenamente con Bush en que no debía permitirse a Irán seguir adelante con su programa nuclear. Sin embargo, la visión que del mundo y sus problemas tenía Merkel difería sustancialmente de las del republicano Bush y, en menor medida pero también, de su sucesor, el demócrata Obama. La lista de divergencias ha sido amplia.
Así, estaba el proyecto del escudo antimisiles, parte del cual Washington quería instalar en Polonia y Chequia previo acuerdo bilateral con ambos gobiernos pero que Berlín prefería discutir en el seno de la OTAN y dialogando con Rusia (he aquí otro de los puntos de fricción entre Merkel y los
Kaczynski). También, la cruzada contra el cambio climático de diagnóstico antropogénico, con exhortaciones a Estados Unidos para que ratificara el Protocolo de Kyoto y asumiera objetivos vinculantes para la reducción de emisiones en el escenario post-Kyoto, pretensión que se estrelló en la Cumbre del G8 de 2007 en Heiligendamm. Otro tema de debate fue el papel del Bundeswehr en Afganistán, para Berlín circunscrito a las tareas de seguridad y reconstrucción, y separado del enfrentamiento bélico con los talibanes. A la par que sus aliados, Alemania decidió retirar a sus 4.800 soldados en un proceso por etapas entre 2013 y 2014.
Las cuestiones económicas, lógicamente, escribieron muchos capítulos de la agenda bilateral. Se hizo notar la falta de sintonía en las primeras cumbres del G20 para dar una respuesta coordinada a la crisis global, pues Alemania defendió con ahínco una regulación drástica del sistema financiero que erradicara los paraísos fiscales, limitara e incluso prohibiera las operaciones de alto riesgo, y tasara los flujos especulativos de capital. El argumento de la canciller era que para superar el huracán que zarandeaba el sistema capitalista, el mundo desarrollado debía atacar las causas de su desencadenamiento.
Estados Unidos, a su vez, mostró su disgusto por cómo estaba reaccionado la UE bajo la batuta de Alemania frente al triple embate de la iliquidez bancaria, la recesión y la crisis de las deudas soberanas, donde echó faltar respectivamente más inyección de dinero público, más estímulo fiscal y más solidaridad europea. Hasta la actualidad, las autoridades políticas y financieras de la superpotencia, temerosas de las repercusiones de una hipotética extinción del euro, han reclamado a Merkel mayores audacia y prontitud en las medidas de contingencia.
En otro ámbito, en Libia en 2011, la Alemania de Merkel protagonizó una chirriante automarginación durante la campaña de bombardeos aéreos (liderada por Sarkozy) contra objetivos del régimen de
Gaddafi. La misma incluyó la postura abstencionista en la votación de la resolución del Consejo de Seguridad de la ONU que autorizó la zona de exclusión aérea para impedir la masacre de civiles y rebeldes, y la retirada de una dotación naval de apoyo en el Mediterráneo. La inhibición de Merkel en Libia, que según ella no debía confundirse con "neutralidad", y asegurada desde la diplomacia por el ministro Westerwelle con talante pacifista, desató una tormenta política en casa y desairó a los aliados de la OTAN, fundamentalmente Francia, Estados Unidos y el Reino Unido, que tuvieron que hacer un gran esfuerzo militar para invertir el curso de la guerra civil y conseguir la caída del dictador.
Con respecto a Rusia, Merkel terminó reconociendo el cariz estratégico, fundado en las necesidades energéticas, que en la etapa de Schröder habían adquirido las relaciones con Rusia. De la frialdad inicial, con llamadas de atención por la situación en Chechenia y el distanciamiento de las familiaridades prodigadas por Schröder y
Putin, la canciller pasó a una actitud más condescendiente que se reflejó en la cautela durante la guerra de agresión a Georgia y con las aspiraciones georgiana y ucraniana de ingresar en la OTAN. Las
guerras del gas entre Moscú y Ucrania, país de tránsito entre el este y el oeste, empujaron a Alemania a asegurarse por su cuenta el suministro de este hidrocarburo mediante el proyecto Nord Stream, un gasoducto ruso-alemán tendido en el lecho del mar Báltico, que Merkel y el presidente
Medvédev inauguraron en 2011.
En añadidura, bajo Merkel, Alemania ha sido la anfitriona de una serie de conmemoraciones para el reencuentro europeo y transatlántico. Los actos de la memoria histórica se concentraron en 2009, con los aniversarios 60º del Tratado del Atlántico Norte, 65º del desembarco de Normandía, 70º del comienzo de la Segunda Guerra Mundial y 20º de la caída del Muro de Berlín. Merkel ha hecho también varios gestos en relación con la comunidad judía e Israel; en 2008 se convirtió en el primer jefe de Gobierno germano que pronunció un discurso en la Knesset de Jerusalén.
1.5. El pacto fiscal europeo y la irrupción del efecto Hollande
En diciembre de 2011, la tesis de Merkel de que la interminable crisis del euro sólo podía resolverse si la Unión Económica y Monetaria (UEM) nacida en 1999 se complementaba con una unión fiscal -pero no de la deuda- que consagrara la regla del equilibrio presupuestario encontró una contundente plasmación en el Tratado de Estabilidad, Coordinación y Gobernanza en la Eurozona. El mismo debía suceder al PEC de Maastricht, violado sistemáticamente por casi todo el mundo (también por Alemania, en el caso del tope de deuda pública, sin cesar desde 2005) y desde hacía tiempo papel mojado.
Considerado la muestra cumbre del poderío de Merkel en la UE y rodeado de polémica, el Pacto Fiscal Europeo alumbraba una "arquitectura reforzada" para la UEM con la armonización de las políticas fiscales, la supervisión de los presupuestos por el Tribunal de Justicia de Luxemburgo (ahora mismo, Berlín quería arrebatar al atribulado Gobierno griego el control de sus cuentas colocándolas bajo la tutela de un enviado europeo), la fijación constitucional del tope de déficit estructural del 0,5% (
regla de oro) y la aplicación de sanciones casi automáticas a los países que superasen el umbral del 3%.
Los descuelgues de Chequia y el Reino Unido, cuyo primer ministro, David Cameron, vio ignorada su exigencia de salvaguardias para el poder financiero de la City londinense, no arredraron a Merkel, que hizo de la falta de unanimidad virtud: en marzo de 2012, el Pacto Fiscal fue firmado por 25 gobiernos para ser tramitado no como una reforma directa de los tratados europeos, sino por la vía rápida del tratado intergubernamental, de manera que pudiera entrar en vigor en enero de 2013. Para hacerse legalmente vinculante, al Tratado le bastaban las ratificaciones de 12 de los 17 estados de la moneda única; en el caso de Alemania, el Gobierno iba a necesitar el apoyo del SPD para el visto bueno del Bundestag con la preceptiva mayoría de dos tercios.
La canciller ignoró dos tipos de mensajes de aviso por el formato jurídico y el contenido del Pacto Fiscal: por un lado, que abría las puertas a una Europa de varias velocidades y complicaba su geometría variable en relación con la UEM al favorecer la articulación de tres círculos, el del euro fuerte, el del euro débil y el del euro ausente; por otro lado, que condenaba a los socios estrangulados por las penurias financieras a sacrificarlo todo en aras de la consolidación fiscal, objetivo que sin ingresos fruto de la reactivación económica parecía prácticamente irrealizable.
El 22 de abril de 2012, las voces disonantes, tímidas y amortiguadas, fueron espoleadas por un acontecimiento fundamental, la derrota de Sarkozy en la primera vuelta de las presidenciales de Francia ante el socialista François Hollande, partidario declarado de renegociar el Pacto Fiscal antes de su ratificación para que incorporase un "pacto por el crecimiento", y favorable también a los eurobonos y a la implicación sin reservas del BCE en la recuperación económica. Al día siguiente, la posición de Berlín se debilitó más claramente con la caída de Gobierno holandés.
En los días siguientes, y más tras la victoria definitiva de Hollande en la segunda vuelta del 6 de mayo, el argumento de que era menester conferir un impulso inmediato al crecimiento fue asumido y pregonado por varios gobernantes de la UE y por los máximos responsables institucionales (Durão Barroso, Van Rompuy, Draghi), aunque con énfasis y matices diversos. Merkel se mostró rotunda con que no era posible tocar una coma del Pacto Fiscal, aunque se mostró abierta a discutir un acuerdo político, una "agenda del crecimiento" ejecutada por la Comisión Europea y financiada por el Banco Europeo de Inversiones.
El 13 de mayo la CDU sufrió una estrepitosa derrota en las elecciones anticipadas de Renania del Norte-Westfalia. El 15 de mayo se produjo el cambio de guardia en el Elíseo y llegó la hora de la verdad para la alianza franco-germana, cuya nueva configuración de fuerzas iba a marcar el destino de la UE. Esa misma jornada, Merkel recibió a Hollande en Berlín para una cumbre más bien protocolaria, de mutua presentación. En la víspera, la canciller había hecho votos por una "alianza estable" con el socialista galo, que no lo tenía nada fácil para hacer valer sus tesis de cambio de rumbo en la política europea. Entre tanto, la Eurozona se asomaba al abismo con la instalación del caos político en Grecia, las especulaciones sobre su inminente salida del euro y el descontrol del riesgo país en España.
2. BIOGRAFÍA EN DETALLE Y TRAYECTORIA HASTA LA LLEGADA A LA CANCILLERÍA
2.1. Una científica luterana criada y formada en la RDA
Hija del reverendo luterano evangélico Horst Kasner y de la maestra de escuela y profesora de idiomas Herlind Kasner (de apellido de soltera Jentzsch), nació en julio de 1954 en Hamburgo, la gran ciudad portuaria de la República Federal de Alemania (RFA), pero sólo mes y medio después la familia cruzó la frontera de la República Democrática Alemana (RDA) y se estableció en Templin, una pequeña población del distrito de Neubrandenburgo, al norte de Berlín, que desde la unificación pertenece al condado de Uckermark del land de Brandenburgo.
La razón de este cambio de residencia, dejando atrás un país democrático y de libertades para emprender una nueva vida en otro donde imperaba el totalitarismo comunista no era de índole ideológica (aunque se ha sugerido que Kasner sí podría tener simpatías por el régimen prosoviético), sino religiosa y pastoral: el clérigo fue destinado por su Iglesia para hacerse cargo de una parroquia en el pueblo de Quitzow, cerca de Perleberg, al oeste de Templin. El reverendo, que de hecho era oriundo de Berlín y aún no había cumplido la treintena de edad, partió a la RDA imbuido de un espíritu de misión. Allí, los Kasner iban a ampliar su descendencia con los nacimientos de un chico, Marcus, en 1957, y otra chica, Irene, en 1964.
La hija mayor cursó el bachillerato en Templin y en 1973, con un brillante expediente escolar bajo el brazo en el que sobresalían las asignaturas de matemáticas e idioma ruso, emprendió estudios de Física en la Universidad de Leipzig. Aunque su padre ejercía una labor que no era apreciada por las autoridades comunistas y que estaba permanentemente en el punto de mira del Ministerio de Seguridad del Estado, la temida
Stasi, o precisamente debido a ello, Angela se enroló en las Juventudes Alemanas Libres (FDJ), una de las organizaciones de masas conducidas por la fuerza política que ostentaba el monopolio del poder desde 1949, el Partido de la Unificación Socialista de Alemania (SED).
Si bien llegó a desempeñar la función de secretaria de agitación y propaganda de las FDJ en su distrito, la relación de la futura canciller de la RFA con el oficialismo germanooriental parece que tuvo menos que ver con unas genuinas convicciones comunistas que con el deseo de no dar pábulo a las sospechas de desafección que su familia, venida del Oeste y religiosa, podía alentar en la Stasi, aunque también es cierto que hasta el mismo derrumbe de la dictadura a finales de 1989 ella no hizo el menor gesto de disidencia u oposición.
La fe luterana fue una constante en la etapa de Angela Kasner como ciudadana de la RDA, donde el Estado, rígidamente aconfesional aunque no oficialmente ateo, fomentaba la secularización de la sociedad, discriminaba a los practicantes religiosos a la hora de conceder los mejores puestos profesionales y sometía a estrecha vigilancia policial a las diversas iglesias cristianas, que debían mostrarse leales y cooperativas. Significativamente, la joven, pese al riesgo de sufrir represalias educativas o laborales, hizo la confirmación religiosa en lugar de la
Jugendweihe, un rito civil practicado en la Alemania del siglo XIX y restablecido por el Gobierno de la RDA que simbolizaba el paso de la infancia a la adultez. La actitud aparentemente ambigua, o cuando menos tibia, de los Kasner ante el poder establecido fue suficiente para que sobre la madre cayera la prohibición de ejercer la docencia; cuando vivió en la RFA, después de la guerra, Herlind Kasner se ganaba la vida como profesora de latín e inglés.
En 1977, a los 23 años, Angela contrajo matrimonio civil con Ulrich Merkel, un compañero de estudios de la Facultad, de casi su misma edad. Los recién casados entraron a vivir en un minúsculo apartamento, formado por un único habitáculo de 20 metros cuadrados, en Leipzig, confiando en que sus futuros ingresos profesionales les permitirían acceder con el tiempo a una vivienda más digna. En 1978, completados los estudios de Física en la capital sajona, la pareja se trasladó a Berlín Oriental, donde ella se puso a trabajar de colaboradora científica en el Instituto Central de Química Física de la Academia de Ciencias de la RDA.
Allí ejerció durante doce años, tiempo en el que amplió su currículum académico y se convirtió en una especialista en Química Cuántica, rama de la Química Teórica que estudia las propiedades físicas de los átomos y las moléculas como aplicación de la mecánica cuántica. Estos méritos empero, no le abrieron las puertas de un ascenso en el escalafón profesional, ya fuera en la investigación, ya en la docencia. Según parece, la científica no pasó del nivel de operaria de laboratorio, un estancamiento que seguramente tuvo que ver con su filiación familiar. A pesar de su cualificación y de su contrato fijo con la Academia de Ciencias, Angela percibía un salario humilde que acarreaba alguna que otra estrechez a la economía doméstica. También, no debe olvidarse que en la RDA el acceso a comodidades y lujos estaba restringido a la
nomenklatura del partido y a los funcionarios de alto rango.
La relación conyugal con Ulrich Merkel se fue al traste y la pareja firmó el divorcio en 1982. Cuatro años después, en 1986, Angela obtuvo el doctorado en Física por la Academia de Ciencias berlinesa con una tesis titulada
El cálculo de las constantes de velocidad de las reacciones elementales en los hidrocarbonos simples y bajo la tutoría del profesor Joachim Sauer, asimismo divorciado y además padre de dos hijos, con quien inició una relación sentimental que no sería formalizada en segundas nupcias hasta el 30 de diciembre de 1998. La pareja no tuvo descendencia y ella, por razones que no han sido elucidadas, no adoptó nuevo nombre de casada sino que siguió apellidándose como su primer esposo, Merkel. Por lo que se refiere a Sauer, en 1993 coronó su trayectoria académica con una cátedra de Química Teórica y Física en la Universidad Humboldt de Berlín, a cuyo frente hoy en día sigue ejerciendo.
2.2. Carrera política en la CDU bajo la protección de Helmut Kohl
La faceta política de Merkel despertó después de la caída del Muro de Berlín, tras 28 años de existencia, el 9 de noviembre de 1989, hito que marcó el principio del fin del sistema comunista en la Alemania del Este y del propio Estado germanooriental. La doctora no tomó parte en las movilizaciones populares que precedieron y sucedieron a aquel acontecimiento, pero se afilió a Despertar Democrático (DA), un pequeño partido puesto en marcha a finales de octubre en Leipzig, la ciudad motor de la revolución cívica, por círculos contestatarios de las iglesias protestantes. Sus principales dirigentes eran el abogado seglar Wolfgang Schnur, vicepresidente del Sínodo de la Iglesia Evangélica de Mecklenburgo, y el pastor y antiguo preso político Rainer Eppelmann. Merkel se encargó de la secretaría de prensa del DA. Su madre, por el contrario, optó por adherirse al Partido Social Demócrata (SPD).
Partidaria de proceder a la unificación rápida con la RFA, la agrupación de Merkel celebró su congreso fundacional el 17 de diciembre y participó en las negociaciones multipartitas, llamadas de la Mesa Redonda, con el primer ministro reformista del SED, Hans Modrow. De cara a las elecciones libres del 18 de marzo de 1990 a la Volkskammer, el DA formó coalición con la Unión Cristiano Demócrata de Alemania (CDUD) de Lothar de Maizière y la Unión Social Alemana (DSU) de Hans-Wilhelm Ebeling. El tripartito conservador, llamado Alianza por Alemania, se impuso con rotundidad a socialdemócratas y poscomunistas y el 12 de abril de Maizière pasó a presidir un Gobierno de coalición, a la sazón el último ejecutivo de la RDA, que incorporaba a los tres socios de la Alianza más el SPD y los Liberales Demócratas (BFD). Merkel fue reclutada para el Gabinete como viceportavoz del primer ministro, una función que pese a su brevedad le permitió salir del anonimato y empezar el rodaje en la política institucional.
El 5 de agosto de 1990, el DA, bajo la presidencia de Eppelman –el primer presidente, Schnur, había tenido que dimitir tras ser denunciado como informante de la Stasi- se disolvió en el seno del partido hermano de la CDUD en la RFA, la Unión Cristiano Demócrata (CDU) del canciller
Helmut Kohl. Con este movimiento, Merkel y sus conmilitones se adelantaron al propio partido de de Maizière, que no culminó su fusión orgánica hasta el 1 de octubre, en la víspera de la unificación.
Una vez convertida en militante de la CDU, Merkel se abrió paso con rapidez en su organización interna. Incluida en las listas de candidatos al Bundestag o Cámara baja del Parlamento Federal para las elecciones panalemanas del 2 de diciembre de 1990, se hizo con el escaño en representación de una circunscripción del nuevo land de Mecklenburgo-Pomerania Occidental, que incluía los distritos de Nordvorpommern (Pomerania Noroccidental) y Rügen, así como la ciudad de Stralsund. En el nuevo Bundestag ampliado los democristianos sacaron 268 escaños, que unidos a los 51 de su partido hermano de Baviera, la Unión Social Cristiana (CSU), y los 79 de su socio de gobierno, el Partido Liberal Demócrata (FDP), permitieron a Kohl renovar en la Cancillería apoyado en una confortable mayoría parlamentaria.
Para formar su nuevo Gobierno, el cuarto desde 1982, Kohl debía cubrir la cuota de representación pactada con los democristianos
ossis (gentilicio popular de los alemanes de la extinta RDA, a veces empleado con tono peyorativo por los alemanes del oeste, a su vez llamados informalmente
wessis), y a Merkel le correspondió un ministerio creado para la circunstancia y que supuestamente le venía al dedo, el de la Mujer y la Juventud. La doctora en física portó esta cartera de poco lucimiento desde el 18 de enero de 1991 hasta el final de la legislatura casi cuatro años después, pero su labor gubernamental fue menos llamativa que su desenvolvimiento en el aparato del partido, donde desde el principio estuvo identificada como una predilecta de Kohl.
En fecha tan temprana como el 15 de diciembre de 1991, Merkel, con 37 años y por decisión de un congreso celebrado en Dresden, accedió al Comité Ejecutivo o Presidium de la CDU y se convirtió en vicepresidenta federal del partido. Reemplazó en este puesto destacado a de Maizière, que había caído en el descrédito a raíz de ser acusado por la prensa de haber trabajado para la Stasi en los años en que la CDUD funcionaba como una marioneta del SED dentro del llamado Frente Nacional, una fachada pseudopluralista pensada para disimular la dictadura del partido único de hecho. Con esta promoción orgánica, Merkel no hizo exactamente historia en una formación cuya jefatura la integraban mayoritariamente hombres, pues antes que ella ya habían sido vicepresidentas Aenne Brauksiepe (1967-1969), Hanna-Renate Laurien (1984-1987) y la ex presidenta del Bundestag Rita Süssmuth (1987-1991).
Ella era
das Mädchen,
la Muchacha, como la llamaba su padrino y mentor. En mayo de 1993 Kohl hizo nombrar a su protegida jefa del partido en Mecklenburgo-Pomerania Occidental, en sustitución del dimitido ministro federal de Transportes Günther Krause, y el 17 de noviembre de 1994, tras renovar el escaño en el Bundestag, la retuvo a su lado en el quinto Gobierno consecutivo de la CDU como ministra de Medio Ambiente, Conservación de la Naturaleza y Seguridad Nuclear. Esta era una cartera de más peso y con mayor proyección pública que la de Mujer y Juventud, aunque también susceptible de generar agrias polémicas, como la que en mayo de 1998 envolvió los transportes por tren de residuos radioactivos procedentes de las centrales atómicas. Entonces, Los Verdes demandaron su dimisión, pero Kohl salió a escudarla.
Indiferente a los cuchicheos maliciosos, a veces aventados por compañeros del partido, de quienes la minusvaloraban por ser mujer,
ossi y, aún peor, divorciada y viviendo en concubinato con otro hombre (en 1993, el cardenal de Colonia, monseñor Joachim Meisner, se refirió a ella cuando desaprobó que en el Gobierno hubiera "una ministra con formación cristiana que vive fuera del matrimonio"), pero sobre todo por ser, a sus ojos, una paniaguada del todopoderoso y patriarcal Kohl, Merkel fue consolidando su posición en la CDU y ganándose la confianza de algunos de sus pesos pesados, con lo que se aseguró un trampolín para nuevos ascensos.
Esta trabajadora tenaz, austera, discreta y con un toque de sufridora, en la mejor tradición luterana, que también habría modelado su estilo taciturno bajo la influencia del régimen prusiano-estalinista de Walter Ulbricht y Erich Honecker en la RDA, fue uno de los pocos dirigentes democristianos que salieron indemnes de la aparatosa derrota sufrida por el binomio CDU/CSU ante el SPD de
Gerhard Schröder, después de cuatro victorias seguidas, en las elecciones generales del 27 de septiembre de 1998. A estos comicios, Kohl, pese a su inmenso prestigio personal, llegó renqueante tras 16 años de cancillería que no fueron inmunes al desgaste natural de todo ciclo político.
Aunque regresar a la oposición después de tan largo ejercicio de poder ininterrumpido podía considerarse honroso, el partido, que tuvo que digerir sus peores resultados en unas federales desde 1949 (el 28,4% de los votos y 198 diputados), quedó abocado a una etapa de trauma y desconcierto. Kohl dimitió como presidente de la CDU la misma noche de las elecciones y el 7 de noviembre, con Schröder ya instalado en la Cancillería y gobernando en coalición con Los Verdes de
Joschka Fischer, un congreso extraordinario del partido celebrado en Bonn eligió para sucederle al veterano Wolfgang Schäuble, jefe del grupo parlamentario y delfín del estadista renano en la última década. Desde 1990, cuando era ministro del Interior, Schäuble se hallaba postrado en una silla de ruedas como resultado de los disparos que le realizó un desequilibrado mental.
El mismo 7 de noviembre los congresistas eligieron secretaria general de la formación a Merkel, que desde el 27 de octubre, día de la asunción del Gabinete
roji-verde de Schröder, estaba fuera del Gobierno federal, aunque conservaba su escaño parlamentario. En la Secretaría General de la CDU sustituyó a Peter Hintze, quien pagó por los errores de mensaje y de estilo cometidos en la campaña electoral. Schäuble había sido un fiel escudero de Kohl y sus relaciones con Merkel eran excelentes, así que se avino de buena a gana a trabajar con ella codo con codo por la recuperación del partido.
2.3. Ascenso a las jefaturas del partido y la oposición parlamentaria al Gobierno Schröder
Nadie podía imaginar entonces que antes de año y medio Merkel, a rebufo de un vendaval interno tan inesperado como falto de precedentes, iba a convertirse en la presidenta de la CDU y por ende en la jefa de la oposición parlamentaria de Alemania. Sus dotes para la organización de campañas electorales quedaron brillantemente de manifiesto a lo largo de 1999, cuando los democristianos batieron a los socialdemócratas en cinco de las siete votaciones estatales celebradas aquel año, en los länder de Hessen, Sarre, Turingia, Sajonia, y Berlín, amén de las europeas de junio, en las que la CDU/CSU le sacó al SPD nada menos que 18 puntos de voto y 20 eurodiputados de ventaja.
El gran escándalo de la financiación ilegal de la CDU y la desautorización de Kohl
Las sacudidas del terremoto que sumió a la CDU en la peor crisis de su historia y que, como si de un efecto bascular se tratara, catapultó a Merkel hasta la cumbre se empezaron a sentir a comienzos de noviembre de 1999, cuando el público conoció las ramificaciones corruptas de una investigación parlamentaria sobre la donación de alrededor de un millón de marcos realizada al partido en 1991 por un fabricante de armas, transferencia que presumiblemente no había sido declarada al fisco y que fue relacionada con la aprobación por el Gobierno de Kohl, aquel mismo año, de una operación de venta de 36 carros de combate a Arabia Saudí.
Merkel, en una postura que benefició mucho su crédito como política, estuvo entre los dirigentes que se abstuvieron de refutar como meras calumnias las acusaciones de que el partido había usado durante años una red de cuentas secretas para ocultar donaciones ilegales, así que exhortó a Kohl, que conservaba el título de presidente de honor del partido, a que aclarase el asunto "rápidamente y sin ambigüedad", para impedir que la imagen de la CDU se deteriorara más de lo que ya estaba. Más tímidamente, Schäuble pidió también a su anterior jefe que diese la cara y que contase lo que sabía sobre la financiación irregular del partido.
Irritado y emocionalmente herido, Kohl se revolvió contra las imputaciones –por el momento sin implicaciones judiciales-, que la secretaria general, con su tono inquisitivo, parecía suscribir. Sin embargo, el peso de las evidencias sacadas a la luz por los diputados era demasiado fuerte, así que el 30 de noviembre, en una dramática comparecencia, el ex canciller asumió su responsabilidad política por la existencia de una contabilidad paralela y confesó la recepción por la CDU en el período comprendido de 1993 a 1998 de entre millón y medio y dos millones de marcos en concepto de donativos y comisiones no declarados. Según Kohl, consciente de que su prestigio sufría un golpe devastador, este dinero tuvo como objeto compensar la pésima situación en que se encontraban las cajas oficiales del partido, exangües por los gastos que ocasionaban las secciones regionales del Este.
El tono crítico de Merkel con la actitud de Kohl tomó características de motín después de que este se negara a revelar a la comisión parlamentaria de investigación los nombres de los donantes anónimos de la CDU, los cuales de entrada ya habían incurrido en delito, para poder determinar si sus ayudas se dirigían a influenciar las decisiones del Gobierno, en cuyo caso se estaría ante un supuesto de cohecho. Las alegaciones de Kohl de que no podía dar nota de esas identidades por razones de lealtad y honor personales no satisficieron a su antigua protegida. Al afirmar que la era Kohl estaba "terminada sin remedio" y sugerir que el veterano dirigente debería retirarse de la política, Merkel tomó el paso, doloroso pero valiente (o desleal, visto con otras gafas), de romper amarras con quien lo había sido todo en la CDU durante un cuarto de siglo y uno de los mayores estadistas alemanes de la posguerra, pero que ahora amenazaba con arrastrar al conjunto del partido en su caída.
La ola sumó y siguió. El 29 de diciembre de 1999 la Fiscalía de Bonn incoó contra Kohl un sumario que abría las puertas a su procesamiento por presunta malversación. El 10 de enero de 2000 Schäuble, luego de romper públicamente con Kohl en un desesperado intento de no verse engullido por la vorágine, se vio obligado a reconocer que él también había cobrado una donación ilegal de 100.000 marcos en 1994, y nada menos que de un comerciante de armas que ahora mismo era un fugitivo de la justicia alemana sobre el que pendía una orden de detención y extradición desde Canadá por evasión fiscal. El 14 de enero, el ministro-presidente de Hessen, Roland Koch, y el anterior jefe del partido en el land (y ex ministro federal del Interior), Manfred Kanther, confesaron que la CDU seguía teniendo cuentas bancarias secretas en Suiza y otros países, y que el gobierno estatal había realizado transferencias financieras ilegales.
El 18 de enero Kohl dimitió como presidente de honor del partido, pero se aferró a la inmunidad que le brindaba su acta de diputado. El drama político adquirió tintes literalmente trágicos dos días después al conocerse el suicidio del responsable de las finanzas del grupo parlamentario en el Bundestag, Wolfgang Hüllen. Desde la mesa del hemiciclo, Schäuble pidió perdón a la Cámara en su nombre y en el de su partido por todo lo que estaba sucediendo.
La consternada opinión pública hablaba del mayor escándalo político en la historia de la RFA y algunos medios de información no descartaban que la unidad orgánica de la CDU saltara en pedazos. Como mínimo, coincidían todos los análisis, los democristianos ya podían olvidarse de ganar las generales de 2002, perspectiva con la que se habían ilusionado a tenor del magnífico rendimiento electoral en 1999.
Merkel, que no quiso dejar de hacer su propia aportación a la transparencia de la situación al informar de la existencia de mecanismos de blanqueo de dinero en la CDU –si lo sabía de antes o si lo había descubierto ahora, no quedó claro- fue señalada por todos como la capitana de los "jóvenes salvajes" o los "jóvenes turcos" que estaban resueltos a meter bulla y a espolear la catarsis para apartar a la tocada
vieja guardia y hacerse ellos con las riendas del partido. El 16 de febrero de 2000, horas después de que el Bundestag multara a la CDU por violar la ley que regulaba la financiación de los partidos, Schäuble, colocado en una posición insostenible, arrojó la toalla como presidente del partido y jefe del grupo parlamentario.
Sucesión de Schäuble en la presidencia de los democristianos
La carrera por el reemplazo de Schäuble se abrió de inmediato y Merkel no disimuló de ningún modo su ambición, aunque por el momento se abstuvo de hacer un anuncio público y oficial. Si bien había ganado mucho y positivo protagonismo, tenía delante a un rival de peso, Volker Rühe, un experimentado cincuentón que le había precedido en la Secretaría General entre 1989 y 1992, y que desde ese último año y hasta el final del Gobierno Kohl había conducido el Ministerio de Defensa. Rühe era, con mucho, más conocido que ella en el extranjero.
Por otro lado, en algunos círculos democristianos se dudaba sobre la capacidad de liderazgo de Merkel, a la que veían todavía un poco bisoña, y más en tiempos de tribulación como el presente. Su triple condición de mujer,
ossi y protestante (el componente católico seguía predominando en la CDU y en su seno funcionaba un Grupo de Trabajo Evangélico, el cual, precisamente, Merkel había presidido entre 1992 y 1993) no parecía ser tan problemática, exceptuando tal vez para los sectores más tradicionalistas. Menos dudas había con la opinión de la muy conservadora y ultracatólica CSU, cuyo presidente, Edmund Stoiber, a la sazón ministro-presidente de Baviera desde 1993, se permitió airear el comentario de que Merkel no le gustaba como jefa del partido hermano, por más que él no tenía voz ni voto en los procesos internos de la CDU.
Sin embargo, a comienzos de marzo, los nubarrones fueron despejándosele a la aspiración de Merkel. Destacados dirigentes del partido salieron al paso para asegurar que los democristianos, contrariamente a lo especulado, sí estaban preparados para tener a una mujer al mando. Las bases hicieron saber que la preferían a ella en lugar de Rühe, un rostro demasiado identificado con un pasado que se quería superar. Tras tomar nota de unos sondeos periodísticos que le ponían a la zaga de su colega femenina en popularidad, Rühe se retiró de la contienda soterrada, aunque propuso como alternativa al ministro-presidente de Sajonia, Kurt Biedenkopf, no obstante tener sus buenos 70 años.
Finalmente, el 20 de marzo, después de asentir los
barones regionales, la dirección nacional se mostró de acuerdo en que la secretaria general era idónea para presidir la formación. Stoiber se retractó de lo dicho y hasta Kohl, inopinadamente, se deshizo en alabanzas. Con todos estos parabienes, la elección de Merkel para el puesto el 10 de abril de 2000, en el segundo de los tres días del congreso celebrado en Essen, fue un acto de aclamación: el 95,4% de los delegados votó por ella.
El discurso inaugural de Merkel, la mujer que más alto había llegado en el liderazgo político en Alemania desde la fundación del Estado en 1871 (de hecho, había que remontarse hasta Ruth Fischer, quien fuera por poco tiempo presidenta del Partido Comunista Alemán (KPD) a mediados de los años veinte, o bien hasta Rosa Luxemburgo, la líder marxista revolucionaria del SPD que durante la Primera Guerra Mundial fundó la Liga Espartaquista y luego el KPD, para encontrar unos casos comparables, no en la ideología, sino en el estatus de relevancia), contenía las directrices del nuevo curso del partido.
Así, la nueva líder apeló a la integración orgánica y al cierre de las heridas abiertas por el escándalo de la financiación ilegal, deseo que ilustró con unas elogiosas palabras para su predecesor ("Querido Helmut Kohl, su obra tiene una permanencia histórica"). Se reafirmó en la vigencia de los valores conservadores y socialcristianos del partido, con la defensa de la familia y el derecho a la vida desde el momento de la concepción, y en la matización social del liberalismo económico.
Asimismo, señaló la necesidad de buscar el centro político por ser la clave del retorno al poder, luego la CDU, a la chita callando y a su manera, se pondría a imitar la estrategia de los socialdemócratas del
Neue Mitte (
Nuevo Centro), conceptuada y ejecutada por Schröder con el éxito conocido. La fijación centrista ya había sido expuesta por el propio Kohl en mayo de 1998, en el congreso de Bremen, sólo que entonces ya era demasiado tarde para invertir los vientos electorales. Otras tomas de postura de Merkel en el congreso de Essen fueron el doble rechazo a la entrada de Turquía en la Unión Europea (UE) y a la liberalización de las políticas nacionales de inmigración y asilo.
2.4. Dificultades para cimentar el liderazgo interno y la campaña electoral de 2005
En los días y semanas que siguieron a su encumbramiento, la flamante presidenta de la CDU fue subrayando sus intenciones, que se resumían en el ejercicio de una oposición contundente al Gobierno de la izquierda, el cual no debía recibir el menor respiro, y en la culminación de la mudanza generacional, que no ideológica, del partido. Ahora bien, ante sí no tenía un camino de rosas. El 27 de septiembre de 2000 escenificó la reconciliación con Kohl en un acto organizado por la Fundación Konrad Adenauer, pero en noviembre, la publicación por el ex canciller de un libro en el que contaba sus impresiones sobre el turbulento período político comenzado en 1998 volvió a agitar los ánimos: allí, Kohl, derrochando vitriolo y rencor, arremetía contra Merkel y Schäuble, a los que presentaba como un par de conspiradores dedicados a desacreditarle y a destruirle políticamente.
A lo largo de 2001 se escucharon en las filas democristianas abundantes voces que achacaban a Merkel falta de garra y carisma. En el partido, y también fuera de él, muchos tenían la sensación de que la cúpula de la CDU no estaba explotando a fondo los crecientes problemas del Gobierno de Schröder, que afrontaba la deceleración de la economía, el crecimiento del déficit público y el repunte del paro. En octubre, el partido perdió las elecciones estatales de Berlín. A finales de año, lo que hasta entonces había resultado obvio, que ella sería la candidata a la Cancillería en las elecciones de septiembre de 2002, empezó a no serlo. Aunque el congreso celebrado en Dresden el 3 y el 4 de diciembre confirmó su liderazgo orgánico, y allí ella arengó a los conmilitones con llamamientos a tener confianza en la victoria, la cita en la ciudad sajona no zanjó la incertidumbre sobre el cabeza de lista.
De hecho, a raíz del congreso de Dresden, las opiniones de la CDU se deslizaron a favor del socialcristiano Stoiber, que se autopromocionaba de manera descarada. El líder bávaro presentaba el inconveniente de esgrimir un discurso fuertemente derechista, muy duro por ejemplo en cuestiones de inmigración, que era susceptible de espantar a votantes de centro, pero terminó prevaleciendo la convicción de que sólo él tenía el nervio para batir al potente Schröder en el cara a cara electoral. Enfrentada a un fuerte rechazo en sus propias filas, Merkel, en aras de la "cohesión del partido", plegó velas y dejó la candidatura en manos de Stoiber el 11 de enero de 2002.
La tendencia de la campaña electoral de la CDU/CSU a personalizarse en Stoiber y el rol casi auxiliar que en la misma jugó Merkel impidieron que esta saliera escaldada del fracaso cosechado por aquel, que vio evaporarse la ventaja holgada con que había iniciado la campaña. Tal fue así que el 22 de septiembre de 2002 la CDU/CSU y el SPD empataron en el 38,5% de los sufragios (el 29,5% la CDU, sólo 1,1 puntos más que en 1998), lo que se tradujo en 248 diputados para los primeros (190 la CDU, ocho menos que en 1998) y en 251 para el segundo en el nuevo Bundestag de 603 miembros. Con los 55 escaños ganados por Los Verdes del vicecanciller Fischer, Schröder pudo seguir gobernando apoyando en una ajustada mayoría absoluta. Entre los democristianos cundió la sensación de que quizá se habían equivocado con Stoiber y que si Merkel, de perfil menos derechista, hubiese sido la candidata a canciller, el resultado habría podido ser otro.
Serena y convencida de que a ella nada podía achacársele de la amarga derrota en las urnas, Merkel reforzó su liderazgo al hacerse cargo personalmente de la bancada conjunta con la CSU en el Bundestag, sustituyendo a Friedrich Merz. Así lo decidieron los diputados de los dos partidos en una votación celebrada el 24 de septiembre. A continuación, el 11 de noviembre, un congreso extraordinario celebrado en Hannover la reeligió en la presidencia del partido con el 93,7% de los votos. Aunque el ambiente era más bien fúnebre, Merkel instó a los presentes a no caer en el abatimiento y a trabajar duro de cara a las próximas citas electorales en los länder. Rehusó hacer autocrítica, pese a que días atrás había apuntado la necesidad de renovar ciertos mensajes que podían parecer excesivamente conservadores a muchos votantes potenciales, y se contentó con arremeter contra el Gobierno de Schröder.
Al cabo de un año, Merkel se mostraba más combativa que nunca. Fueron unos meses, a lo largo de 2003, en los que la CDU cosechó unas estimulantes victorias en las estatales de Baja Sajonia y Hessen (en el primer caso arrebató a los socialdemócratas el gobierno perdido en 1990), y su presidenta se despachó con un reguero de catilinarias contra el Ejecutivo de Schröder. La jefa opositora arremetió contra la coalición
roji-verde por su "irresponsabilidad" en el manejo del déficit de las administraciones públicas, que ya rebasaba el 3% del PIB y que por tanto violaba el Pacto de Estabilidad y Crecimiento (PEC) de la UE, por la falta de respuestas efectivas para frenar el paro rampante y escapar de la recesión económica, y por la política antibelicista por principios aplicada durante la crisis de Irak, postura que a su juicio había debilitado el vínculo transatlántico con Estados Unidos y dañado la posición internacional de Alemania. Estas censuras, empero, no impidieron un pacto con el SPD para aprobar en el Bundesrat, la Cámara alta de representación territorial, una impopular reforma sanitaria que recortaba las prestaciones médicas.
Los dos primeros días de diciembre de 2003 tuvo lugar en Leipzig un congreso que fue como un toque a rebato de los democristianos. En el cónclave partidario, Merkel sacó adelante sin apenas resistencias el documento programático
Transformar con limpieza Alemania. Un nuevo contrato generacional para nuestro país, que suponía un cambio de rumbo en la doctrina tradicional del partido en su apartado asimilado al modelo económico del capitalismo renano, llamado habitualmente de "rostro humano" por su componente social. Así, la ponencia de Merkel incidía en los recortes del gasto público, la flexibilización del mercado de trabajo y el abaratamiento del despido para asegurar el futuro de la Seguridad Social y, en general, en las transformaciones estructurales del sistema para hacer frente a los retos de la globalización.
La plataforma liberal de Merkel, que era la respuesta a la ambiciosa pero criticada, a derecha e izquierda, Agenda 2010 del SPD (un paquete de reformas sanitarias, laborales, fiscales y de las pensiones que en conjunto achicaban drásticamente el Estado del bienestar alemán), dio pábulo a comparaciones con Margaret Thatcher, una analogía que en ese momento no parecía acertada por las claras diferencias de estilo y de fondo, y que la propia Merkel se encargó de refutar, entre otras razones porque la primera ministra británica "se opuso a la unidad alemana", arguyó. Si la jefa democristiana no se veía a sí misma como una implacable
Dama de Hierro teutona, el caso fue que estimuló la polémica al citar durante su intervención congresual a Ronald Reagan. Además, su lenguaje se estaba endureciendo hasta un nivel insospechado. Así, afirmó que en Alemania se estaban batiendo "todas las marcas de paro y endeudamiento", y acusó al canciller Schröder de "destruir el país, luego el partido [el suyo propio] y luego todo".
La zozobra que vivía el Ejecutivo de socialdemócratas y verdes disparó las expectativas de reconquistar el poder en la CDU, que no creía llegado el momento de formar un Gobierno de gran coalición para sacar adelante reformas estructurales consensuadas y compartir riesgos en esta etapa de crisis nacional. El 29 de febrero de 2004 la CDU arrasó al SPD en las votaciones de la ciudad-estado de Hamburgo, la cuna de Merkel, y el burgomaestre desde 2001, Ole von Beust, revalidó la alcaldía con mayoría absoluta. Más alharacas levantaron las elecciones del 13 de junio al Parlamento Europeo, en las que la CDU y la CSU sumaron el 44,5% de los sufragios y más que duplicaron la misérrima cuota sacada por el SPD, marcando una diferencia sin parangón en unas elecciones de ámbito nacional. El mismo día, la CDU retuvo el land de Turingia, pese a perder votos.
Pero a finales del verano, el viento que había soplado de espaldas de la CDU se puso a soplar de frente. El 19 de septiembre el partido perdió la mayoría absoluta en Sajonia y cayó al tercer puesto en Brandenburgo, un bastión de las izquierdas; allí donde habían discurrido la infancia y la primera juventud de Merkel los democristianos nunca habían tenido mucho predicamento, pero esta vez recibieron menos votos que el poscomunista Partido del Socialismo Democrático (PDS), el vástago no socialdemócrata del SED, lo que tuvo visos de humillación. El SPD también perdió votos, pero los retrocesos de la CDU fueron más acusados. Los estudios electorales rebajaron en diez puntos, del 50% al 40%, la intención de voto de la CDU en el tramo que iba de enero a septiembre. Estos datos podían interpretarse como que el electorado, si bien estaba frustrado e irritado con los socialdemócratas, temía los más drásticos tijeretazos de los democristianos al tejido social.
En octubre y noviembre de 2004 el liderazgo de Merkel pareció quedar en entredicho por las discrepancias con Stoiber sobre el grado de los recortes en la cobertura sanitaria, por las dimisiones de Friedrich Merz como vicepresidente del grupo parlamentario y miembro del Presidium de la CDU, y de Horst Seehofer como portavoz de Sanidad y Asuntos Sociales y vicepresidente socialcristiano en la misma bancada, por el rechazo de Schäuble a su oferta de hacerse cargo de la portavocía parlamentaria de Economía y Hacienda dejada vacante por Merz, y por el paso en falso que supuso apoyar una campaña de recogida de firmas contra el ingreso de Turquía en la UE antes de que la furibunda reacción de la comunidad turca en Alemania y las advertencias de sus propios compañeros de filas, sobre que este tipo de iniciativas demagógicas, más propias de la ultraderecha, únicamente perjudicaban al partido, le obligaran a retractarse.
Durante semanas, se conjeturó sobre la existencia de una "intriga" o "complot" de los enemigos de Merkel en la CDU, que estarían planeando defenestrarla porque nunca les había gustado su perfil y también por la acumulación de errores en el último año. Sin embargo, el 6 de diciembre, un congreso celebrado en Düsseldorf borró de un plumazo las especulaciones al reelegir a Merkel en la presidencia con el 88,4% de votos. Los mensajes lanzados por Merkel en Düsseldorf tuvieron un fuerte componente patriótico y de derechas: Alemania debía ser "el motor" y no "el enfermo de Europa", la sociedad multicultural estaba "condenada al fracaso", el velo islámico no tenía lugar en las escuelas públicas y los imanes de mezquitas "predicadores del odio" debían ser expulsados del país.
Parecía que Merkel, por fin, había disipado las dudas sobre su jefatura. Pero la dimisión el 22 de diciembre del secretario general del partido, Laurenz Meyer, tras el escándalo provocado por las revelaciones periodísticas de que había seguido percibiendo emolumentos injustificados de una empresa privada después de dejar su plantilla y de hacer carrera en la política profesional -renuncia que se produjo sólo 48 horas después de que ella le ratificara su confianza-, volvió a suscitar interrogantes sobre la pericia de Merkel para conducir a los democristianos hacia la victoria. Al finalizar el año, la ventaja de la CDU/CSU sobre el SPD se había reducido a cinco puntos.
2.5. Canciller federal al frente de un Gobierno de gran coalición
El recorrido de Merkel, viva estampa de la obstinación y la paciencia, al frente de su partido era como una montaña rusa, y ahora, en la primavera de 2005, tocaba subir. El 30 de mayo, bajo el impacto euforizante del gran triunfo cosechado en las elecciones estatales de Renania del Norte-Westfalia, que condujeron a Jürgen Rüttgers a un puesto, el de ministro-presidente del land, que había sido esquivo al partido desde 1966, y que otorgaron a la CDU/CSU, en alianza con el FDP, una mayoría operativa en el Bundesrat, las cúpulas democristiana y socialcristiana designaron a Merkel candidata a la Cancillería en unas elecciones legislativas que iban a tener lugar este mismo año por decisión de Schröder.
En efecto, con el argumento de que necesitaba una sólida mayoría parlamentaria para sacar adelante los aspectos pendientes de la Agenda 2010, el canciller provocó el 1 de julio el final anticipado de la legislatura mediante el extravagante procedimiento de someterse a una moción de confianza para perderla de manera deliberada gracias al voto abstencionista de parte de los diputados del SPD. Así, Schröder colocó a sus opositores ante la perspectiva inesperada de una elección adelantada a finales del verano. Los comicios tendrían lugar el 18 de septiembre.
El
Programa de Gobierno 2005-2009 de la CDU/CSU presentaba como pilares: el estímulo de la producción (2004 había cerrado con un crecimiento del PIB del 1,7%, una tasa poco satisfactoria y que además no iba a poder igualarse en 2005) y la inversión mediante sendas rebajas del impuesto de sociedades del 25% al 22%, y de los tipos máximo y mínimo del impuesto sobre la renta del 42% al 39% y del 15% al 12%, respectivamente, acompañadas de la eliminación de una serie de exenciones fiscales para que la hacienda del Estado siguiera recaudando lo mismo; la lucha contra el déficit y la deuda públicos hasta situarlos por debajo de los topes del 3% y el 60% del PIB fijados por el PEC; la desregulación del mercado laboral para crear empleo (en enero se había superado la barrera psicológica de los cinco millones de parados y, ahora, en julio, la tasa de paro manejada por el Eurostat, más menguada, marcaba el 9,3%, todavía por encima de la media europea) y, en relación con ello, la rebaja de la contribución de los trabajadores al seguro del desempleo del 6,5% al 4,5%, compensada con una subida del IVA del 16% al 18%.
En política exterior, tendrían prioridad la recuperación de la excelencia en las relaciones con el aliado estadounidense, pero dejando por sentado que Alemania en ningún caso aportaría tropas a la Fuerza Multinacional de Irak, y la preservación del eje europeo con Francia.
El errático comportamiento de las encuestas a lo largo de la precampaña y la campaña, que de una semana para otra ampliaban o recortaban la horquilla ventajosa para la CDU/CSU y que terminaron por presagiar la insuficiencia del voto combinado con el FDP para formar la clásica coalición de gobierno
negra-amarilla, ponía nerviosa a la oposición y creaba una enorme presión ambiental sobre Merkel, cuyos mínimos pasos eran escrutados con tono fiscalizador. Mientras tanto, el curtido Schröder, lleno de recursos y de desparpajo, hasta el punto de conseguir convertir la campaña electoral en un juicio al programa de la CDU/CSU y colocar el balance negativo de su Gobierno en el segundo plano, se crecía a pasos agigantados.
Las limitaciones de su oratoria, la comisión de lapsus verbales (como hacerse un lío con los salarios brutos y los salarios netos en relación con la bajada de los costes laborales), la brusquedad de sus cambios de apariencia física (nuevo peinado y esmerado maquillaje facial, en una mujer que nunca se había sometido a las servidumbres de la estética femenina), la confusión sobre los planes fiscales de la CDU (el asesor legal de la presidenta y candidato a ministro de Hacienda, Paul Kirchhof, echó a muchos votantes indecisos en brazos del SPD con su propuesta de introducir el tipo único en el impuesto sobre la renta, el polémico
flat fax, aquí llamado
Einheitssteuer, cuando el Programa de Gobierno apostaba por mantener el sistema lineal progresivo) y el efectivo discurso socialdemócrata del miedo a los estragos que pudieran causar los conservadores en el
Wohlfahrtsstaat, recortaron dramáticamente la ventaja de Merkel en la recta final hasta el mismo día de las elecciones.
En el cara a cara televisado que sostuvo con Schröder, la aspirante a canciller, con sus tics de inseguridad, no pudo competir con un contrincante que se movía ante las cámaras como pez en el agua y que conocía mil argucias para ganar un debate.
El embrollo poselectoral de 2005: forcejeo con el SPD y solución salomónica
La suma de, por un lado, los aciertos de campaña de un partido oficialista que había encarado las elecciones con casi un certificado de derrota y, por el otro lado, los errores de una fuerza opositora que había tenido todo a su favor para hacer del retorno al poder un paseo triunfal, produjo el 18 de septiembre de 2005 un resultado de empate técnico que iba a hacer de la formación del próximo Gobierno una tarea diabólicamente complicada.
Siendo la participación del 77,7%, el SPD fue la lista más votada con el 34,2% de los sufragios (sólo un retroceso del 4,3% con respecto a 2002, no obstante la erosión del Gobierno y la deserción del grupo izquierdista de
Oskar Lafontaine), seguida por la CDU con el 27,8% y el FDP con el 9,8%. La CSU, que sólo concurría en Baviera –en tanto su partido hermano lo hacía en el resto de la federación-, obtuvo el 7,4%. En conjunto, las dos formaciones conservadoras hacían el 35,2% de los votos y 226 escaños del Bundestag, lo que representaba una pérdida de 3,3 puntos porcentuales, repartidos a partes iguales, y 22 diputados con respecto a 2002.
Para Merkel, cabía hablar como mínimo de una victoria pírrica y como máximo de un fracaso sin atenuantes, ya que su partido, con 180 escaños, obtenía el nivel más bajo de representación desde la institución del Bundestag ampliado en 1990. Más todavía, el porcentaje sacado en la elección de listas cerradas por el sistema proporcional era el peor desde las elecciones de 1953, en los lejanos tiempos de Adenauer. Alianza 90/Los Verdes se estabilizó en el 8,1% y el Partido de la Izquierda (Die Linkspartei), nueva denominación del PDS y en cuyas listas concurrían sus aliados de la Alternativa Electoral para el Trabajo y la Justicia Social (WASG, partido recientemente formado por socialdemócratas y sindicalistas disidentes, con Lafontaine a la cabeza), sacó el 8,7%.
De inmediato, tanto Merkel, que esgrimía la ligera primacía del binomio CDU/CSU, como Schröder, aferrado al argumento de que el SPD, en puridad, había ganado como fuerza individual, reclamaron su derecho a formar un gobierno de mayoría y con las debidas garantías de estabilidad sin tener que recurrir a la
grosse koalition, cuyo único precedente era el Gabinete Kiesinger-Brandt de 1966-1969. Pero la aritmética electoral era hostil a ambas pretensiones.
Por de pronto, Merkel no podía confiar su investidura a una coalición
negra-amarilla porque los 61 diputados del partido liberal de
Guido Westerwelle, con el que tenía un pacto desde el 1 de septiembre, eran del todo insuficientes: en el Bundestag, ese bipartito (a efectos institucionales, la CDU y la CSU, cuyo color tradicional es el azul, debían verse como una única fuerza) se quedaría a 21 escaños de la mayoría absoluta (308). La única solución sería agregar como tercer socio a Los Verdes, que tenían 51 escaños, conformando una
coalición Jamaica (por dibujar los tres colores partidistas la bandera de este país), pero, habida cuenta de las grandes diferencias de programa entre sus miembros, esta combinación resultaba poco verosímil.
Schröder, con los 222 escaños de su partido, se hallaba en las mismas: además de Los Verdes, necesitaba al FDP, una hipotética
coalición semáforo, para renovar en la Cancillería. De nuevo, ecologistas y liberales tendrían que ponerse de acuerdo en una serie de temas donde las divergencias eran máximas. Aunque aquí el SPD podría desempeñar el papel de puente, Westerwelle dejó claro que los liberales no harían nada que permitiera a Schröder seguir en el poder, luego tampoco esta vía era factible. La opción de una coalición entre el SPD, Los Verdes y el Linkspartei de Gregor Gysi y Lothar Bisky, que poseía 54 diputados, era considerada inconcebible por casi todo el mundo. Por Schröder en primer lugar, ya que su Agenda 2010 no era compatible con el programa intensamente izquierdista del Linkspartei y la WASG, y porque la mera idea de convertirse en rehén del grupo de Lafontaine, quien fuera su mayor enemigo dentro del SPD antes de dar portazo al partido, le producía escalofríos.
La testarudez de Schröder en su deseo de volver a ser canciller, pese a no disponer de medios al margen de la CDU/CSU, generó un confuso
impasse poselectoral que agrandó la debilidad de Merkel. Fischer declaró que la jefa democristiana ya podía olvidarse de Los Verdes como socios de gobierno. En las filas de la CDU/CSU la gente se preguntaba cómo habían podido esfumarse en las 48 horas anteriores a la apertura de las urnas siete de los 42 puntos de la intención de voto que los últimos sondeos concedían al bipartito. Con todo, el 20 de septiembre, en una necesaria escenificación del cierre de filas, Merkel fue reelegida casi por unanimidad en la dirección del grupo parlamentario.
En el transcurso de los días, Merkel y Schröder fueron asumiendo que la única opción viable, les gustase o no, era gobernar en gran coalición. Pero entonces, la pelotera se trasladó a las cuestiones de quién sería el canciller y qué cuotas de poder tendría cada formación. Varias rondas de fatigosas conversaciones fueron deshaciendo las dudas en la primera quincena de octubre. El 5 de ese mes, las dirigencias, Merkel y Stoiber por la CDU/CSU, y Schröder y el presidente del partido, Franz Müntefering, por el SPD, ultimaron un acuerdo general sobre las cuestiones de programa en el común convencimiento de que sin reformas fiscales, sanitarias y laborales, en otras palabras, sin reducir los costes del sistema de protección social, Alemania no volvería a ser la locomotora económica de antaño. El día 10 los socialdemócratas dieron su brazo a torcer en el punto fundamental: la Cancillería la ocuparía Merkel. Asimismo, se decidió el reparto equitativo de los ministerios, aunque los nombres de los titulares no terminaron de conocerse hasta principios de noviembre.
La CDU, además de la Cancillería, obtenía cinco carteras, incluidas las de Interior, para el incombustible Schäuble, y Defensa, para Franz Josef Jung, responsable del partido en Hessen. La CSU poseería dos, inclusive Economía, para Michael Glos. Y el SPD conduciría ocho ministerios, entre ellos los de Asuntos Exteriores, para
Frank-Walter Steinmeier, Finanzas, para Peer Steinbrück, Justicia, para Brigitte Zypries, y Trabajo y Asuntos Sociales, para Müntefering, de paso vicecanciller y
número dos del Gabinete. Por cierto que Müntefering, en una decisión que se temió pudiera repercutir negativamente en la formación del Gobierno, renunció a la presidencia del SPD; para la misma se postuló Matthias Platzeck, como Merkel,
ossi y brandenburgués. Contrariamente a lo supuesto, ni Schröder, quien dijo adiós a la política para iniciar una lucrativa actividad en el sector privado, ni Stoiber, quien se había perfilado como el titular de Economía, quisieron estar en el Ejecutivo.
Los analistas destacaron que Merkel tuvo que pagar a su partido el peaje de aceptar en el Gabinete a dos dirigentes, Schäuble y Jung, que bien podían pasar por sus rivales internos. Y aunque Stoiber se autoexcluyó, así fue presentado, como reacción a la dimisión de Müntefering al frente del SPD –si bien las malas lenguas aseguraron que el verdadero motivo de la espantada era que no estaba dispuesto a recibir órdenes de una mujer canciller, y menos de Merkel-, dejó dispuesto que el ministro de Agricultura y Consumo fuera su segundo de a bordo, Horst Seehofer, el dimitido vicepresidente socialcristiano del grupo parlamentario en la pasada legislatura, conocido por sus ácidas críticas al modelo liberal que Merkel auspiciaba.
Verse obligada a gobernar con unos socialdemócratas dispuestos a defender con uñas y dientes sus amplias parcelas de poder, y con una mayoría de compañeros del bando propio, perros viejos de la política, que harían su trabajo sin actitud subordinada y que no dudarían en hacer escuchar sus criterios, suponía para Merkel una doble limitación que invitaba a pronosticar un Gobierno menos personalizado en el canciller y más horizontal en cuanto a la geometría de la autoridad.
El 12 de noviembre Merkel presentó en Berlín el contrato de Gobierno consensuado con los socialdemócratas, de nombre
Unidos por Alemania con coraje y humanidad. El texto presentaba cuatro grandes puntos: la recuperación del crecimiento robusto, pues 2005 iba a terminar con una tasa anémica, el 0,9%, aportada fundamentalmente por el sector exterior; el cumplimiento del PEC y de la propia Ley Fundamental (la cual prohibía al Estado endeudarse por encima del gasto en inversiones) para 2007, después de cuatro años consecutivos con números rojos, siendo la previsión de déficit para el año en curso del 3,5%; la creación de empleo, cuando el paro alcanzaba ya el 11%; y el acometimiento de las reformas estructurales pendientes para disminuir las cargas del Estado.
Entre las medidas concretas estaban el encarecimiento del IVA del 16% al 19%, el descenso de la presión fiscal directa salvo en las rentas más altas, que tributarían más (aunque no se especificaba cuánto más), la elevación paulatina de la edad de jubilación laboral de los 65 a los 67 años, la congelación de las pensiones, la supresión de los subsidios a la adquisición de primera vivienda y la extensión de la precariedad laboral de los seis meses actuales a los 24 meses, es decir, que los trabajadores nuevos no tendrían derecho al contrato indefinido hasta transcurridos dos años. La canciller in péctore reconoció que el ajuste de cinturón iba a ser doloroso, pero afirmó que no había otro remedio si el objetivo era "detener la tendencia hacia atrás e invertirla".
El último paso antes de la investidura parlamentaria era la aprobación del plan gubernamental por los tres partidos, el 14 de noviembre. En la conferencia de la CDU, sólo tres de los 150 delegados votaron en contra. Por fin, el 22 de noviembre de 2005, Merkel fue investida octava canciller de la RFA por el Bundestag con 397 votos a favor (51 menos de los sumados por la gran coalición, pero 89 por encima de la mayoría requerida), 202 en contra, 11 abstenciones y un voto nulo. En el hemiciclo, pendientes de la sesión, estaban sus ancianos padres y su hermano menor Marcus, pero, protagonizando una ausencia que dio mucho que
hablar, no su esposo desde hacía siete años, Joachim Sauer, quien se había tomado muy en serio su decisión de restringir al máximo sus apariciones públicas, tanto que ya empezó a hablarse del "consorte invisible". Posteriormente, el presidente de la República,
Horst Köhler, nombró formalmente a Merkel, que sin más trámites tomó posesión. A continuación, los restantes miembros del Gabinete juraron también sus puestos.
La jornada fue triplemente histórica para Alemania, ya que Merkel era la primera mujer, el primer antiguo ciudadano de la RDA y el más joven titular en alcanzar la Cancillería desde la creación de la RFA en 1949. En el contexto europeo, era la decimocuarta jefa de Gobierno desde que Margaret Thatcher abriera el camino en el Reino Unido en 1979, aunque sólo la cuarta que llegaba al puesto como resultado de una elección y como jefa del partido ganador, siendo las anteriores la propia Thatcher, la noruega
Gro Harlem Brundtland, en 1993, y la finlandesa
Anneli Jäätteenmäki, en 2003.
2.6. Publicaciones y reconocimientos
Apenas se ha traducido del alemán, ni siquiera al inglés, la bibliografía personal de la canciller Merkel, que integran algunos libros de ensayo sobre pensamiento político y cierto número de artículos, ponencias y discursos. Se citan los siguientes títulos:
In unruhiger Zeit. Reden und Aufsätze aus drei Jahren deutscher Einheit (1994);
Das vereinte Deutschland in der Europäischen Union: Neue Chancen für Frauen und Jugendliche (1994);
Ist unser Klima noch zu retten? (en coautoría con Hartmut Grassl, 1995);
Der Preis des Überlebens. Gedanken und Gespräche über zukünftige Aufgaben der Umweltpolitik (1997);
Umwelt und Wirtschaft (en coautoría con August Oetker y Hubert Peter Johann, 1998);
Europa und die deutsche Einheit. Zehn Jahre Wiedervereinigung: Bilanz und Ausblick (obra colectiva, 2000);
Mein Weg (libro de entrevistas con Hugo Müller-Vogg, 2004); y
Machtworte: die Standpunkte der Kanzlerin (con edición de Robin Mishra, 2010).
El palmarés de premios y distinciones de la estadista alemana está encabezado por el prestigioso Premio Internacional Carlomagno (Karlspreis), otorgado en 2008 por la ciudad de Aquisgrán en reconocimiento a sus servicios distinguidos a la unidad europea. Además, ha sido galardonada con: el Vision for Europe Award, por la Edmond Israel Foundation (EIF) de Luxemburgo (2006); la Gran Cruz de la Orden al Mérito de la República Italiana (2006); la Gran Cruz de la Orden al Mérito de la República Federal de Alemania (2008); el Award of Merit de la organización judía B’nai B’rith Europe (2008); el Jawaharlal Nehru Award for International Understanding del Gobierno de India (2009); el Global Leadership Award del American Institute for Contemporary German Studies (AICGS) de la Universidad John Hopkins de Washington D.C. (2010); la Leo Baeck Medal del Leo Baeck Institute de Nueva York (2010); y la Presidential Medal of Freedom de Estados Unidos (2011).
Asimismo, posee doctorados honoríficos por las universidades Hebrea de Jerusalén (2007), Leipzig (2008), Politécnica de Wroclaw (2008), New School de Nueva York (2009), Berna (2009), Ruse (2010), Babes-Bolyai de Cluj-Napoca (2010), Ewha para Mujeres de Seúl (2010) y Tel Aviv (2011).
(Cobertura informativa hasta junio de 2012)