Yasser Arafat

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Datos relevantes

Actualización: 24 de Marzo de 2014
Crédito fotográfico: © World Economic Forum
Muhammad `Abd ar-Raouf Arafat al-Qudwa al-Husseini

Palestina

Presidente de la Autoridad Ejecutiva del Consejo Palestino; presidente de la OLP

Duración del mandato: 05 de Julio de 1994 - 11 de Noviembre de 2004

Nacimiento: El Cairo, Egipto , 24 de agosto de 1929

Defunción: Clamart, Hauts-de-Seine, Île-de-France, Francia , 11 de Noviembre de 2004

Partido político: Fatah/OLP

Profesión: Ingeniero y empresario de construcción

Crédito fotográfico: © World Economic Forum

Resumen

La muerte en París el 11 de noviembre de 2004 del histórico dirigente palestino aconteció cuando se cumplían cuatro años desde el colapso del proceso de paz iniciado con Israel en 1993, tiempo en el cual imperó en Palestina un dramático estado de guerra y asedio que le mantuvo confinado en su destrozado cuartel de Ramallah. Guerrillero y terrorista. Líder y símbolo nacional idolatrado, pero autoritario, tolerante con la corrupción y lleno de enemigos. Huésped incómodo de estados árabes. Negociador tortuoso y embajador volante de su pueblo. Político de presencia paramilitar y estadista in péctore. Superviviente por antonomasia. El fundador de Fatah, jefe de la OLP, Premio Nobel de la Paz y presidente de la Autoridad Palestina desde 1994 sucumbió a una misteriosa enfermedad a los 75 años de edad y no llegó a ver la creación de un Estado palestino con capital en Jerusalén, meta de toda una vida de luchas desarrolladas en muchos frentes y con distintos medios.

Biografía

1. Prolegómenos egipcios y creación de Al Fatah
2. Años sesenta: hacia el liderazgo de la OLP
3. La consagración del guerrillero y el Septiembre Negro jordano de 1970
4. Años setenta: la vía terrorista y los éxitos diplomáticos en pro del Estado palestino
5. Intromisión en el conflicto de Líbano y el impacto de los Acuerdos de Camp David
6. Años ochenta: las dos expulsiones de Líbano y los choques con las facciones palestinas radicales
7. Del estallido de la Intifada al viraje posibilista de 1988
8. Comienza el proceso de paz: la Conferencia de Madrid de 1991 y los Acuerdos de Oslo de 1993
9. Los hitos y los retrocesos de los tres primeros años de la Autonomía Palestina
10. Aumentan los desencuentros con Israel y las críticas internas a la gestión del rais
11. La parálisis del proceso de Oslo y la disputa de Jerusalén
12. El colapso de 2000: segunda Intifada e imposición de los extremismos
13. Violencia sin cuartel al ritmo del terrorismo palestino y el contraterrorismo israelí
14. Una guerra asimétrica y no declarada con el Gobierno de Ariel Sharon
15. La destrucción de la infraestructura de la ANP y el acorralamiento de Arafat
16. Delegación parcial de poderes a un primer ministro por prescripción de la Hoja de Ruta
17. Impugnación del liderazgo y amenazas israelíes como antesala del ocaso vital
18. Una muerte rodeada de confusión e incertidumbre


1. Prolegómenos egipcios y creación de Al Fatah

Aunque algunas fuentes palestinas hablan de Khan Younis, en Gaza, y a pesar de que él mismo siempre insistió, con escasa credibilidad, en ser oriundo de Jerusalén, la mayoría de las biografías sitúan el nacimiento de Muhammad Abdel Raouf al-Qudwa al-Husseini, que tal era su verdadero nombre, en El Cairo, el 24 de agosto de 1929, en el seno de una acomodada familia palestina de ilustre linaje y musulmana sunní, como el quinto de siete hermanos.

La madre, Hamida Khalifa al-Husseini, fallecida cuando él tenía cuatro años, hacía remontar su ascendencia a Fátima, la hija del Profeta Mahoma, y, según parece, era prima carnal del Gran Muftí de Jerusalén, Muhammad Amín al-Husseini, virulento paladín del nacionalismo árabe-palestino que en la Segunda Guerra Mundial estableció con Hitler una alianza antibritánica y antijudía para proclamar el Estado árabe en Palestina. El padre, Abdel Raouf al-Qudwa, comerciante de textiles vinculado al partido de los Hermanos Musulmanes, pertenecía a una rica familia de mercaderes y terratenientes que en parte era egipcia.

Es muy probable que los padres de Arafat naciesen en Palestina y se instalasen en Egipto unos años antes de nacer él. Hay que advertir que la genealogía y las circunstancias que rodearon los años mozos del personaje nunca han sido suficientemente esclarecidas, y que quienes han intentado un ejercicio biográfico no tendencioso han solido topar con dificultades para separar el dato objetivo de la mera propaganda panegirista o denigratoria, divulgada durante décadas por partidarios y enemigos. En vida, como se apuntó arriba, Arafat gustó de alimentar su leyenda, así que tampoco facilitó las cosas a los historiadores. El joven adoptó como nombre propio Yasser, término que en árabe viene a significar sencillo o libre de complicaciones, y más tarde el apellido Arafat, que es como se llama una colina próxima a La Meca incluida en el recorrido ritual de los peregrinos que realizan el Hadj.

Su infancia discurrió en El Cairo, Jerusalén y Gaza. En la Ciudad Santa pudo tener como preceptor religioso y político a su famoso pariente materno, al menos hasta 1937, cuando Husseini huyó a Líbano en medio de la revuelta popular que él mismo había lanzado el año anterior contra el mandato británico. Las informaciones al respecto son fragmentarias y algunas fuentes ni siquiera aceptan que Husseini y Arafat tuvieran parentesco. Sea como fuere, el muchacho fue instruido en los preceptos coránicos y desde edad muy temprana tomó parte en los movimientos de resistencia contra la colonización judía y la ocupación británica, primero en los Hermanos Musulmanes y luego en el Partido Árabe de Palestina que dirigía el Gran Muftí desde el exilio.

Durante la primera guerra árabe-israelí, entre 1948 y 1949, Arafat estuvo movilizado en la Futuwah (Vanguardia de la Juventud), una brigada de combatientes palestinos organizada por Husseini a modo de brazo armado de su partido, y desempeñó tareas logísticas en las filas del Ejército egipcio. Con la derrota de los países árabes y el engrandecimiento territorial del recién nacido Estado de Israel a costa del Neguev, Galilea occidental y Jerusalén occidental, más Beer-Sheva, Ramle, Lidda y otras áreas de la Palestina central, territorios todos que habían sido adjudicados por la ONU a un, ahora inviable, Estado árabe en su plan de partición de 1947, la familia de Arafat se sumó al éxodo de refugiados palestinos (750.000 en total) que se desperdigaron por los países árabes de la región, mientras que él retornó a la capital egipcia. Atrás quedaban unas relaciones tormentosas con los partidarios del Gran Muftí, el cual había proclamado en Gaza un Estado palestino independiente que jamás vio la luz.

Hacia 1950 Arafat comenzó estudios de Ingeniería Civil en la Universidad cairota Rey Fuad, donde se reveló como un dirigente nato. En 1952, el año del golpe militar revolucionario que derrocó a la monarquía conservadora y probritánica del rey Faruk I, Arafat se afilió a la Federación de Estudiantes Palestinos (FEP), de cuya sección paramilitar se erigió en líder, y tras ser expulsado de la misma en 1953 fundó su propia organización, la Unión General de Estudiantes Palestinos (UGEP), que se vinculó a los Hermanos Musulmanes e incorporó a elementos sirios.

Con el permiso del coronel Gamal Abdel Nasser, que acababa de desembarazarse del ala moderada del Consejo del Mando Revolucionario y asumido todo el poder en la flamante República de Egipto, Arafat creó células de fedayin (combatientes) y planificó ataques de tipo guerrillero y terrorista contra Israel desde la franja de Gaza, incorporada a la administración egipcia en 1949. En 1955 un hermano mayor, Badir, murió en una represalia militar israelí contra el campo de refugiados de Khan Younis.

En julio de 1956 Arafat obtuvo el título de ingeniero y fundó la Unión de Graduados Palestinos (UGP), de la que se autodesignó presidente y que le brindó la tapadera para sus actividades políticas y guerrilleras, desarrolladas en estrecha colaboración con el Ejército y los servicios de inteligencia egipcios. Profesionalmente, fue contratado por una empresa de la construcción de El Cairo. Al estallar en octubre de 1956 la segunda guerra árabe-israelí a raíz de la nacionalización por Nasser del Canal de Suez, Arafat se enroló como voluntario en el cuerpo de ingenieros del Ejército egipcio con la misión de desactivar bombas. Se asegura que tomó parte en los combates de Abukir y Port Said contra las fuerzas de invasión franco-británicas que intentaron apoderarse del Canal, y tras la contienda recibió el galón de teniente.

El debut internacional de Arafat se remonta a 1957, cuando asistió como delegado de la UGEP a una convención de estudiantes en Praga. Tras su experiencia en Checoslovaquia recaló en la ciudad alemana occidental de Stuttgart antes de afincarse en Kuwait. En el emirato del Golfo, que aún se hallaba bajo el protectorado británico, Arafat retomó sus actividades profesionales como ingeniero y pequeño empresario de la construcción.

Asimismo, revisó su estrategia de lucha contra Israel, convencido de que la misma debían de librarla autónomamente los propios palestinos, los cuales no podían confiar en demasía en la solidaridad de los estados teóricamente aliados y no tenían otra salida que afirmar y diferenciar su especificidad nacional en el conjunto de los pueblos árabes. El problema palestino no iba a solucionarse a rebufo de la unificación política del mundo árabe, en aquellos días incierta y unos años después decididamente utópica. Arafat, además, estaba acumulando resentimiento contra Nasser porque el rais egipcio venía reprimiendo duramente a los Hermanos Musulmanes.

Consecuencia de estas conclusiones fue la creación en Kuwait en octubre de 1957, junto con sus colaboradores Jalil al-Wazir, Salah Jalaf, Jalid al-Hassan y Farouq al-Qaddumi, del movimiento Al Fatah, palabra que en árabe significa La Victoria -o La Conquista- a través de la Jihad, si bien el término es también un acrónimo invertido de la expresión Movimiento para la Liberación Nacional de Palestina (Harakat At Tahrir Al Watani Al Filastini). El programa de Fatah se resumía en tres puntos: la destrucción del Estado judío por la vía militar, el retorno a sus hogares de los refugiados de 1949 y el establecimiento de un Estado árabe en Palestina que incorporarse a Cisjordania, ahora bajo la tutela del reino hachemí de Jordania, y todo Jerusalén, su capital irrenunciable e indivisible.

Desde el principio, los rostros señeros de Fatah fueron Arafat, Wazir y Jalaf. Los tres adoptaron sendos noms de guerre compuestos con la partícula abu, que significa padre de, aunque fuera de este contexto político la fórmula es un sobrenombre tradicional árabe que toman los cabezas de familia cuando tienen a su primogénito: Arafat se hizo llamar Abu Ammar (Padre Constructor), Wazir Abu Jihad (Padre de la Jijad) y Jalaf Abu Iyad (en este caso, sí se refería al primer vástago varón). De los tres, sólo Arafat iba a sobrevivir a los numerosos atentados perpetrados por sus abundantes enemigos de dentro y fuera del campo palestino. Por otro lado, cabe señalar que su hermano menor, Fathi Arafat, pediatra de profesión, ingresó en la organización, donde alcanzaría puestos directivos al tiempo que el escaño en el Consejo Nacional Palestino antes de convertirse en presidente de la Sociedad Palestina de la Media Luna Roja.

Fatah celebró su congreso constitutivo en el Emirato el 10 de octubre de 1959 y ese mismo año Arafat viajó a Beirut para reunirse con su familia. En 1963 el partido abrió en Argel su primera oficina informativa en un país árabe. El Gobierno de Ahmed Ben Bella fue el primero en reconocer a Fatah, que hasta entonces había sido tachada de organización subversiva en Jordania, Siria y el mismo Egipto nasserista. También en 1963, Arafat se trasladó de Kuwait a Siria, donde el triunfante régimen militar-baazista del general Muhammad Amín al-Hafez le proporcionó de buena gana bases de retaguardia para las incursiones guerrilleras contra Israel. El 1 de enero de 1965 el brazo militar de Fatah, Al Asifah (La Tormenta), reivindicó su primera acción hostil contra el enemigo jurado, perpetrada en la frontera libanesa el día anterior.

Los líderes de Fatah no tardaron en percatarse del escaso fuste y de lo precario de sus valimientos internacionales. La mayoría de los gobiernos interlocutores se mostraban más interesados en hacerse publicidad anticolonial o antisionista a su costa que en empeñarse a fondo con una organización armada de liberación nacional que apenas podía picotear en la coraza de las formidables Fuerzas de Defensa Israelíes (FDI), no se ubicaba bien en los esquemas geopolíticos de la Guerra Fría y no parecía dispuesta a servir de peón dócil en los tableros de ajedrez de las potencias no occidentales. Con los gobiernos de los países árabes vecinos de Israel, las relaciones iban a oscilar entre las proclamas más fraternas y las hostilidades más acérrimas.

Así, en marzo de 1964 Arafat y Abu Jihad viajaron a China Popular en busca de asistencia, pero la decepción fue grande: Mao Zedong y Zhou Enlai no se dignaron a recibirles, y el Gobierno de Beijing les dio largas sobre el dinero y las armas solicitadas. Wazir, llamado a convertirse en el cerebro de las operaciones armadas del grupo, aprovechó para empaparse de doctrina y tácticas de la guerra popular revolucionaria, y prolongó el periplo asiático en Vietnam del Norte. Luego, en febrero 1966, Arafat se encontraba en Siria cuando se produjo un violento cambio de guardia en el régimen del partido Baaz. Las nuevas autoridades baazistas adoptaron una línea radicalmente izquierdista y menos complaciente con Fatah. Así que no fue casual el estallido a los pocos días de una seria disensión en el Comité Central de Fatah con sede en Kuwait.

Un sector del partido contrario a Arafat intentó deponerle como responsable del mando militar y reemplazarle por Yussuf al-Urabi, al que los partidarios del anterior acusaban de ser un agente sirio. En mayo se produjo un enfrentamiento en el campo de refugiados a las afueras de Damasco donde tenía su cuartel la plana mayor del aparato militar de Fatah del que salió muerto Urabi, quien habría intentado dar un golpe interno. La Policía siria, siguiendo órdenes del Gobierno prosoviético de Nur ad-Din al-Atassi, arrestó y encarceló a Arafat y Wazir. En agosto, la intervención del entonces ministro de Defensa y comandante en jefe de las Fuerzas Aéreas sirias, Hafez al-Assad (irónico rescate, tratándose de un futuro mortal enemigo), devolvió la libertad a Arafat con vistas a una renovación de la alianza entre Damasco y Fatah.


2. Años sesenta: hacia el liderazgo de la OLP

En 1966 Fatah era sólo uno más entre los grupos y banderías de la resistencia palestina, y estaba lejos de prevalecer sobre los demás en cuanto a número de militantes y capacidad guerrillera, aunque sí llevaba cobrada una considerable popularidad entre las masas de refugiados. Dos años atrás, Arafat había observado con desdén la reunión en Jerusalén oriental del I Consejo Nacional Palestino (CNP), también llamado "Parlamento palestino en el exilio", del 28 de mayo al 2 de junio de 1964.

La asamblea, dominada por nasseristas, comunistas y panarabistas del Movimiento Nacionalista Árabe (MNA), tenía el mandato de la Liga Árabe para fundar la primera plataforma común de los palestinos diseminados por todo Oriente Próximo y el Magreb, la Organización para la Liberación de Palestina (OLP), y proclamar una Ley Fundamental y una Carta Nacional Palestina, la cual declaraba ilegal el Estado de Israel y consideraba palestinos a todos los ciudadanos árabes que habían vivido en Palestina hasta 1947, así como los nacidos después de esa fecha de padre palestino, tanto dentro como fuera del país.

El abogado Ahmad ash-Shuqeiri, que había prestado servicios diplomáticos a varios gobiernos árabes, fue elegido primer presidente de la OLP el último día del I CNP, el 2 de junio, fecha que se considera el punto de partida de la organización. En agosto se estableció el Comité Ejecutivo de la OLP (CEOLP), de 14 miembros, y en septiembre la cumbre de líderes árabes de Alejandría validó a la OLP como la "depositaria de la voluntad del pueblo palestino". La OLP se dotó de una organización de masas, la Organización Popular Palestina, y de un brazo armado regular, el Ejército de Liberación Palestino (ELP), cuyos efectivos pasaron a ser reclutados y adiestrados por el Ejército sirio, en el que de hecho se encuadró como una unidad auxiliar.

Arafat consideraba que la OLP no era más que un instrumento de Nasser, cuyas ambiciones panarabistas habían incluido el manejo de los palestinos en provecho propio, y ni fue invitado a unirse ni él quiso solicitar el ingreso. Pero la Guerra de los Seis Días, o tercera guerra árabe-israelí, en junio de 1967, alteró drásticamente el status quo. Rompiendo por lo sano con los tomas y dacas de baja intensidad que se venían repitiendo desde la crisis de Suez y precaviéndose contra una hipotética agresión, Israel lanzó un ataque fulminante en tres frentes contra Egipto, Siria y Jordania, que se saldó en una espectacular victoria para sí y en un desastre para sus enemigos.

El Ejército egipcio, mal adiestrado, pobremente armado y peor mandado, se hundió en el Sinaí y sufrió miles de bajas. En menos de una semana, las FDI, a las órdenes de los generales Yitzhak Rabin y Moshe Dayan, se apoderaron de Gaza y de toda la península hasta el Canal, amén de los Altos del Golán, arrebatados a Siria, y Cisjordania y Jerusalén oriental, evacuados por las fuerzas del rey Hussein. Arafat se encontraba entonces en Jerusalén, y cuando llegaron los soldados israelíes hubo de escapar a Jordania a la par que miles de sus connacionales.

Para los palestinos, la guerra de 1967 fue la segunda Nakba, la segunda catástrofe. Alrededor de 325.000 habitantes de Cisjordania, Jerusalén oriental y Gaza, muchos de los cuales ya eran refugiados de la oleada de 1949, esto es, aproximadamente un tercio del conjunto de la población árabe residente en los tres territorios –que quedaron bajo la administración marcial israelí-, huyeron inmediatamente a Jordania, Siria y Líbano, donde engrosaron los campos de refugiados ya existentes. Atrás dejaban unas propiedades que comenzaron a ser expropiadas por el Gobierno israelí.

Los regímenes de El Cairo, Damasco y Ammán habían fracasado estrepitosamente en su obligación de proteger a unos ciudadanos que pertenecían a su jurisdicción. El prestigio de Nasser, que hizo un dramático ofrecimiento de dimisión, quedó tocado irremisiblemente y Arafat supo que había llegado la hora de desasir la lucha de liberación de los palestinos, y por ende la OLP, de la tutela de los estadistas árabes. De ser necesario, los palestinos lucharían contra Israel en solitario y compensarían –quimérica pretensión- su apabullante inferioridad militar con la motivación del fedayín, su convicción de que luchaba por una causa justa, para expulsar a los judíos de una tierra que no les pertenecía y que habían ocupado ilegalmente.

La situación era propicia para el salto de Arafat al mando supremo de la resistencia palestina. Estremecida por una crisis de liderazgo y de estrategia, la OLP encajó la resignación de Shuqeiri, que el 24 de diciembre fue sustituido por Yahya Hammuda, y vio cómo se deshacía el otrora omnipresente MNA, demasiado vinculado al líder egipcio. El jefe de Fatah atizó la conmoción interna con duras críticas a la dirigencia de la OLP, en su mayoría profesionales liberales e intelectuales un tanto desconectados de la realidad que afligía a las masas palestinas, a los que acusó de haber desprestigiado el movimiento de liberación nacional e hipotecado su futuro echándose en brazos de Nasser.

Con todo, a Arafat le faltaba un gran golpe de efecto en el terreno de la acción directa que coronara la reputación combativa de su grupo y la suya en particular. Los israelíes, que ya hacía años que le tenían en el punto de mira en tanto que uno de sus máximos enemigos, se lo pusieron en bandeja. El 21 de marzo de 1968 la atención del público internacional, que hasta ahora había seguido el conflicto de Oriente Próximo como si éste consistiera únicamente en un antagonismo irreconciliable entre el Estado de Israel y los estados árabes (fundamentalmente, Egipto y Siria), fue captada por la que vino a llamarse la batalla de Al Karameh, un choque militar a campo abierto en esta localidad jordana, sede de un centro de mando de Fatah, entre las FDI y un grupo de 300 fedayines encabezados por Arafat.

Según cuentan las crónicas (no las israelíes, que pintan un cuadro de Karameh desprovisto de matices heroicos y en el que, al contrario, su protagonista no sale bien parado), Arafat y sus hombres resistieron el embate de una brigada blindada y la Aviación israelíes con la providencial ayuda de la artillería jordana, que a buen seguro impidió su aniquilación. En la furiosa refriega perecieron 28 soldados israelíes, 61 soldados jordanos y un centenar largo de combatientes de Fatah y el ELP, y, aunque la instalación de Karameh fue destruida, el grueso de la columna de Arafat salió con vida para ufanarse de las bajas infligidas al enemigo (seguramente, casi todas fueron provocadas por la artillería jordana) y cuestionar la invencibilidad de las FDI.

Los palestinos se convirtieron a los ojos del mundo en un actor de peso en el conflicto de Oriente Próximo, no ya sólo como refugiados o como tropa auxiliar de los ejércitos árabes, sino como fuerza guerrillera autónoma. En junio, Arafat realizó su primer viaje a Moscú como miembro de una delegación egipcia –su pasaporte era el de este país- y allí fue agasajado por los jerarcas del Partido Comunista. A diferencia de los chinos en 1964, los soviéticos, aunque seguían albergando dudas sobre la estrategia de Fatah, aceptaron concederle adiestramiento militar. El KGB se hizo cargo del entrenamiento de unidades especiales de fedayines en tácticas de comando.

El episodio de Karameh (término que, a mayor abundamiento, significa dignidad en árabe) puso a la OLP a los pies de Arafat y Fatah, que de la noche a la mañana vio multiplicarse su militancia por el reclutamiento masivo de jóvenes palestinos deseosos de combatir a Israel. El IV CNP, reunido en El Cairo del 10 al 17 de julio de 1968, tomó dos decisiones cruciales: el ingreso de Fatah y el Frente Popular para la Liberación de Palestina (FPLP, surgido el año anterior de las cenizas del MNA, cuyo componente panarabista reemplazó por un nacionalismo de tipo marxista revolucionario) que dirigía Georges Habash, y la revisión de la Carta Nacional, para afirmar el carácter central de la lucha armada, presentada como "la única manera de liberar Palestina", y la identidad separada del pueblo palestino, sin dejar por ello de creer en la unidad árabe, "complementaria" de la liberación nacional.

Fatah y el FPLP, el cual estaba a punto de sufrir dos escisiones de extrema izquierda (el FPLP-Comando General del prosirio Ahmad Jibril y el Frente Democrático Popular para la Liberación de Palestina –FDPLP-, luego Frente Democrático para la Liberación de Palestina –FDLP- del maoísta Najef Hawathme, alias Abu an-Nuf), recibieron la mitad de los asientos en el CNP y un rol de vanguardia en el movimiento de liberación y la revolución nacionales. El rápido ascenso de Arafat culminó en el V CNP, reunido de nuevo en El Cairo, del 1 al 4 de febrero de 1969, que le eligió, el 2 de febrero, presidente del CEOLP en sustitución de Hammuda. Antes de terminar el año, Arafat asistió a sus primeras cumbres de los jefes de Estado árabes como cabeza de la delegación palestina.


3. La consagración del guerrillero y el Septiembre Negro jordano de 1970

El nuevo hombre fuerte de la OLP adquirió una fama mundial. Los medios informativos que simpatizaban con la causa palestina le retrataban como el más genuino resistente de su pueblo. Su singular estampa de guerrillero panzudo, de barba rala y rasgos faciales desproporcionados, luciendo a veces unas gafas ahumadas, en uniforme verde oliva, pistola al cinto o subfusil al hombro, formando el signo de la victoria con los dedos y tocado casi siempre con la kefiah, el paño de algodón blanquinegro a cuadros sacado de la indumentaria tradicional palestina y que él convirtió en un símbolo identificativo, tenía remembranzas de iconos revolucionarios como el Che Guevara o Fidel Castro (por cierto, un dirigente amigo con el que sostuvo varios encuentros), aunque con menos glamour y más controversia sobre la naturaleza de su lucha guerrillera: para los israelíes, los judíos de la diáspora y los numerosos amigos del sionismo en Occidente, Arafat, en el mejor de los casos, practicaba una violencia poco escrupulosa; en el peor, se trataba de un peligroso criminal del que había que deshacerse a toda costa.

Con todo, en 1969 Arafat era visto más como un guerrillero, con toda la legitimidad que aportaba esa condición arrogada o adjudicada, que como un terrorista, en una época en que el concepto de terrorismo, practicado por subversivos, revolucionarios o gobiernos (terrorismo de Estado), no se desligaba de las motivaciones políticas que servían para justificarlo. Un gran estadista israelí, Menahem Begin, primer ministro de 1977 a 1983, a la sazón, perseguidor implacable de Arafat y partidario recalcitrante del Eretz Yisrael (el Gran Israel, en sus fronteras bíblicas, ignorando sin más ni más la realidad palestina), había comenzado su carrera política colocando bombas contra intereses británicos y haciendo volar edificios enteros antes de la independencia, y, sin embargo, ello no iba a ser óbice para que recibiera el premio Nobel de la Paz por firmar con Egipto los acuerdos de Camp David.

Palestinos y judíos llevaban décadas acusándose mutuamente de perpetrar masacres contra población civil inerme y de todo tipo de tropelías. Los dos pueblos se consideraban maltratados por la historia y esgrimían sus derechos, al parecer mutuamente excluyentes: los palestinos, a tener su propia entidad política nacional y a recuperar sus hogares y sus tierras; los israelíes, a existir como Estado sin amenazas a su seguridad.

Para el Gobierno de Israel, los palestinos eran meramente árabes sin cualidad nacional concreta que podían, bien irse a vivir a los países del entorno, bien quedarse dentro de los límites del Estado como ciudadanos israelíes (aunque, en la práctica, de segunda fila) o en los Territorios Ocupados en 1967 (complicada perspectiva, ante el proceso de expropiaciones y más desde 1977, cuando Begin levantó las restricciones a la colonización judía de Cisjordania, también llamada Judea y Samaria). Los hechos sugerían más bien que el Estado de Israel apostaba por potenciar la demografía judía en todos los territorios bajo su control, no haciendo ascos a métodos propios de una limpieza étnica o de un apartheid legal.

Por su parte, La OLP proclamaba en la Carta Nacional -que en ningún momento hacía menciones al Islam o a Dios, luego se trataba de un documento estrictamente laico- los objetivos de "repeler la agresión sionista e imperialista contra la patria árabe" y "destruir la presencia sionista en Palestina", lo que implícitamente invocaba la eliminación del Estado de Israel, en tanto que "instrumento del sionismo". Por lo que se refiere a los habitantes judíos, y únicamente aquellos que habían "residido en Palestina hasta el comienzo de la invasión sionista", la Carta les negaba cualquier atributo nacional, ya que "el judaísmo, siendo una religión, no es una nacionalidad independiente", y, por ende, eran "palestinos" a efectos de ciudadanía, que no de etnia. Se deducía por tanto que, para la OLP, los judíos emigrados de Europa desde finales del siglo XIX no tenían derecho ni a vivir allí. Para los unos, no había pueblo palestino, sino árabes israelíes, jordanos, sirios o egipcios. Para los otros, no había israelíes, sino judíos palestinos o de cualquier otra nacionalidad. En resumidas cuentas, palestinos e israelíes se desaforaban mutuamente.

Con todo, ya antes de tomar Arafat al mando del CEOLP, Fatah había matizado las proclamas de la Carta Nacional. En octubre de 1968 Abu Iyad declaró que el grupo perseguía un "Estado democrático, progresista y no sectario en el que judíos, cristianos y musulmanes convivan en paz y gocen de los mismos derechos". La glosa era importante, ya que la Carta no se pronunciaba sobre la igualdad jurídica de los habitantes de Palestina; tan sólo, establecía el libre acceso a los Santos Lugares "sin discriminación de raza, color, idioma o religión". El propio CNP avanzó en por este terreno en su V plenario, cuando se propuso construir una "sociedad democrática" para los fieles de las tres religiones monoteístas, y en el VI, del 1 al 6 de septiembre de 1969, cuando acuñó el concepto del Estado Democrático en Palestina, que era incompatible con el Estado de Israel.

Disquisiciones semánticas, que apuntaban al escenario posterior a la liberación nacional, aparte, Arafat y los suyos siguieron concentrados en golpear a Israel hasta hacerle claudicar. La OLP intensificó las operaciones de hostigamiento desde sus bastiones en la Jordania del rey Hussein y las nuevas bases adquiridas en Líbano, lo que provocaba destructivas represalias de las FDI contra ambos países, poniendo en una situación altamente comprometida a dos gobiernos que no estaba ni de lejos en condiciones de guerrear con Israel. La monarquía hachemí de Jordania, en particular, estaba resuelta a someter a su autoridad a los combatientes palestinos, unos huéspedes crecientemente díscolos e incómodos.

Antes de acoger con gran generosidad a los cientos de miles de refugiados que produjo la primera guerra árabe-israelí, la antigua Transjordania ya era el lugar de residencia permanente de un número significativo de palestinos, unos 340.000, venidos del otro lado del río Jordán hacía generaciones y que estaban perfectamente integrados en la sociedad jordana. Estos palestinos autóctonos eran unos súbditos no menos leales que los miembros de la mayoría árabe-beduina, y muchos de ellos ocupaban puestos cimeros en el servicio público y la actividad económica. Luego, en 1950, la anexión por el rey Abdallah I de Cisjordania y Jerusalén oriental incrementó la población palestina en casi un millón de personas. La Guerra de los Seis Días supuso la pérdida de ambos territorios, pero entre 250.000 y 300.000 de sus habitantes árabes huyeron a Jordania oriental.

Jordania había sido el único país árabe en otorgar la ciudadanía a todo refugiado palestino que la quisiera y el Gobierno venía esforzándose en integrar en la sociedad a este colectivo desarraigado, asimilándolo al carácter jordano, en una palabra, despalestinizándolo. En realidad, el rey Hussein no quería saber nada de un Estado palestino pegado a la frontera y sus relaciones con la OLP desde 1964 habían estado presididas por la desconfianza, cuando no por la hostilidad. Tras el desastre de junio de 1967, a su pesar, el reino se convirtió en el nuevo cuartel general de la OLP. En noviembre de 1968 huéspedes y anfitrión negociaron un acuerdo por el que los miembros de las organizaciones palestinas renunciaban a pasearse uniformados y armados, practicar controles viarios y reclutar jóvenes. El documento se convirtió en papel mojado nada más firmarse, y al despuntar 1970 la paciencia del monarca parecía a punto de agotarse.

Temeroso de las furibundas réplicas israelíes y más inquieto aún por la consolidación dentro de Jordania de un verdadero protoestado palestino, con fuerzas armadas, administración civil y liderazgo autónomos, Hussein se aprestó a desarticular las estructuras de la OLP en el reino. En febrero de 1970 comenzaron a registrarse choques entre fedayines y fuerzas del Gobierno que dejaron 300 muertos sólo en Ammán. En junio, Hussein llegó a ofrecer a Arafat nada menos que el puesto de primer ministro con tal de que renunciara a sus veleidades sediciosas, pero la propuesta parecía una finta y Arafat dijo que no.

El movimiento de liberación palestino se radicalizaba de día en día y Fatah veía cómo el FPLP –grupo obsesionado con derrocar a todo régimen árabe considerado derrotista o contemporizador con Israel, una lista negra que encabezaba la monarquía jordana-, el FDPLP y el FPLP-CG libraban una guerra por su cuenta. En 1968 el grupo de Habash, pequeño pero extremadamente agresivo, había inaugurado una táctica puramente terrorista y de enorme impacto propagandístico: el secuestro de aviones de línea, preferentemente aquellos cuyos pasajes incluían a ciudadanos israelíes o judíos europeos y estadounidenses. Además de la piratería aérea con reivindicaciones –típicamente, el canje de los rehenes por prisioneros-, el extremismo palestino se lanzó a cometer atentados con bomba contra aeropuertos de Israel y Europa occidental.

El 6 de septiembre de 1970, al cabo de varias semanas de refriegas que un precario alto el fuego había conseguido detener y cinco días después de salir con vida Hussein de un intento de magnicidio perpetrado por asaltantes no identificados, el secuestro de tres aviones occidentales por comandos del FPLP y su desvío al aeropuerto de Zarqa, al nordeste de Ammán, en pleno desierto, desató el pandemónium. Arafat protestó enérgicamente por la clara provocación de Habash y exigió la suspensión del FPLP en la OLP. Pero el día 16 Hussein decretó la ley marcial, nombró un Gobierno militar y ordenó al Ejército Real que aplastara sin contemplaciones a las fuerzas de Fatah, el ELP y el FPLP, dando lugar a choques de envergadura en Ammán y los campos de refugiados. Era el estallido del Septiembre Negro, de infausto recuerdo entre los palestinos.

Arafat fue nombrado por el CEOLP "general en jefe de las fuerzas de la revolución palestina" y unió sus fuerzas a las del FPLP para repeler la embestida del Ejército jordano, que no escatimó el empleo de artillería pesada para reducir a escombros barriadas enteras. Los combates fueron extraordinariamente cruentos y provocaron miles de víctimas, fundamentalmente entre los combatientes y los civiles palestinos, bando en el que pudieron morir hasta 10.000 personas. Para la OLP, el Septiembre Negro de 1970 fue su golpe más rudo entre la Guerra de los Seis Días y la crisis de Beirut de 1982.

La situación se complicó cuando el Ejército sirio penetró en Jordania con la intención de auxiliar a los palestinos, pero la advertencia de Israel de que estaba listo para destruir la columna blindada desde el aire empujó al mando de Damasco a ordenar la retirada (el episodio tuvo profundas repercusiones políticas para el régimen baazista sirio, y de hecho estuvo directamente relacionado con el golpe de Estado dado en noviembre por Hafez al-Assad, que había sido arrastrado a la aventura jordana contra su voluntad antes de negar el apoyo aéreo al cuerpo expedicionario de tierra).

La oportuna mediación de Nasser, alarmado ante esta verdadera guerra civil entre dos pueblos árabes hermanos que, de paso, hacía frotarse las manos de contento a Israel, consiguió traer a Arafat y a Hussein a una cumbre urgente de líderes árabes el 27 de septiembre en El Cairo, donde los dos firmaron el cese de las hostilidades y un acuerdo de principios sobre un modus vivendi básico entre jordanos y palestinos. Este último y agotador activismo hizo sucumbir al presidente egipcio, fulminado por un ataque cardíaco pocas horas después de estrechar la mano a dos dirigentes que nunca habían sido acomodaticios con sus ambiciones.

El 13 de octubre Arafat se plegó en Ammán a un documento, similar al de 1968, que precisaba las condiciones de la tenencia por la OLP de su cuartel general en Jordania: los refugiados palestinos y sus dirigentes debían acatar las disposiciones del Gobierno, desmantelar sus estructuras paralelas y no portar armas ni vestir uniformes en las áreas públicas del reino. Sin embargo, el FPLP y el FDPLP rechazaron el acuerdo e hicieron una contrapropuesta que a las autoridades de Ammán les pareció un dislate: la constitución de un Estado palestino en lugar de los estados israelí y jordano. La tregua empezó a resquebrajarse y en enero de 1971 el estado de guerra era un hecho de nuevo. En marzo, Arafat fue puesto por el VIII CNP al frente del nuevo Mando General Unificado de las Fuerzas de la Revolución Palestina, y luego, en junio, emitió por Radio Bagdad una proclama abiertamente subversiva: Hussein debía ser derrocado "para prevenir un acuerdo de paz entre Jordania e Israel".

Esto era más de lo que el monarca estaba dispuesta a tolerar, así que ordenó a su ejército que liquidara toda forma de resistencia palestina. Por otra parte, el nuevo hombre fuerte de Egipto, Anwar as-Sadat, carecía del liderazgo y la autoridad panárabes de su predecesor, así que el Gobierno de El Cairo perdió capacidad de moderación e intermediación. En julio, mientras la plana mayor de la OLP asistía en El Cairo al IX CNP, las fuerzas jordanas asaltaron las últimas posiciones del ELP y los fedayines supervivientes se desbandaron por Siria, Líbano e incluso Israel.

Derrotado y humillado, Arafat acusó al monarca hachemí de haber pactado con Israel y Estados Unidos -cuyo Plan Rogers sobre el establecimiento de un alto el fuego en firme entre árabes e israelíes seguido de la restitución de los Territorios Ocupados y la paz duradera había sido rechazado por el Gobierno laborista de Golda Meir- la liquidación de la OLP en el reino a cambio de la devolución de Cisjordania.

En su continuo peregrinar, Arafat y sus diezmadas huestes se trasladaron a Líbano, concretamente a Nabatiyé, al sur del valle de la Békaa. Esta república asomada al Mediterráneo, conocida como la Suiza de Oriente por su prosperidad comercial y el cosmopolitismo de sus clases urbanas, mantenía un delicado equilibrio interconfesional. Antes de la expulsión de Jordania ya se habían producido serios enfrentamientos armados entre fedayines y milicianos de dos partidos cristianos maronitas, el Kataeb o la Falange, de Pierre Gemayel, y el Nacional Liberal, que dirigía el ex presidente Camille Chamoun.

Estas fuerzas de la extrema derecha nacionalista, antipalestina y antisiria temían que la comunidad cristiana perdiera cuotas de poder político e influencia social si la comunidad musulmana sunní admitía en su seno a los extranjeros palestinos. Otra vez, la OLP era causa de graves perturbaciones internas en un país oficialmente solidario con su causa. En Líbano, la cuestión palestina estimulaba los odios interconfesionales e iba a terminar siendo decisiva para el desencadenamiento de la guerra civil general en abril de 1975.


4. Años setenta: la vía terrorista y los éxitos diplomáticos en pro del Estado palestino

La amarga experiencia jordana, en que un gobierno árabe había descargado toda su furia contra la OLP ante la pasividad de la Liga Árabe y el resto del mundo, empujó a Arafat y sus comandantes a cambiar de táctica. Descrita por algunos comentaristas del momento como una decisión desesperada para impedir que la voz de los palestinos cayera en el vacío, Fatah se decantó por las acciones terroristas espectaculares, al estilo de las practicadas por el FPLP, para propagar su causa por el mundo y arrancar del público internacional un estado de opinión sensible con los padecimientos del pueblo palestino.

A tal fin, el partido de Arafat, que contaba con 25.000 militantes en situación de empuñar las armas, reestructuró sus fuerzas armadas en dos grupos: los fedayines propiamente dichos, varios miles de hombres encargados de librar la lucha de guerrillas en Palestina y encuadrados en Asifah, y la Organización Septiembre Negro (OSN), mandada por Abu Iyad y especializada en los atentados y los secuestros terroristas. La OSN, más conocida como simplemente Septiembre Negro, se trataba de una suborganización secreta y Arafat y sus lugartenientes negaron una y otra vez que tuviesen que ver con ella, haciendo suponer a muchos analistas que sus integrantes eran disidentes descontrolados.

Sin embargo, el Gobierno israelí, alarmado con este viraje, tenía muy claro que los activistas de la OSN no hacían más que seguir las órdenes de la plana mayor de Fatah, luego decidió recurrir a la guerra sucia. La ley del talión se aplicaría a rajatabla –en realidad, multiplicada y en brutal desproporción- y el terrorismo subversivo sería respondido por el terrorismo de Estado. En 1972 los agentes del Mossad empezaron a asesinar a representantes de la OLP en Europa y Oriente Próximo a la vez que unidades de operaciones especiales del Ejército se dedicaban a lanzar mortíferas incursiones contra campos de refugiados e instalaciones de los partidos palestinos en Líbano y Siria.

La víctima más notoria de la OSN, y de paso el objeto de su debut criminal, no fue, empero, israelí, sino árabe: el primer ministro jordano, Wasfi at-Tall, asesinado en El Cairo el 28 de noviembre de 1971 como venganza por los dramáticos sucesos de meses atrás. Para el mundo, la acción más espectacular y sangrienta de la OSN, que provocó conmoción e ira en el Estado judío, fue la toma el 5 de septiembre de 1972 por un comando de encapuchados de la villa olímpica de Munich, en plena celebración de los XX Juegos.

Los ocho asaltantes mataron a dos deportistas israelíes y apresaron a otros nueve con la pretensión de intercambiarlos en Egipto por 234 correligionarios encarcelados en Israel. Terroristas y rehenes fueron trasladados en helicópteros al aeropuerto militar de Fürstenfeldbruck y allí se produjo un intento de la Policía alemana de liberar a los atletas, que acabó en tragedia: entablado el tiroteo, los palestinos detonaron una granada y dispararon a bocajarro contra los deportistas, matándoles a todos. Cinco terroristas y un policía también perecieron.

Como venganza, Israel bombardeó reductos de la OLP en Líbano y Siria, causando muchas decenas de muertos. Aunque no hizo una condena explícita, Arafat, atribulado por la cascada internacional de reacciones negativas, intentó desmarcarse del atentado de Munich declarando que "los combatientes palestinos han tomado las armas para defender su civilización, su cultura y su tierra, no para causar baños de sangre". Nunca quedó aclarado el grado de responsabilidad de Arafat en el asalto de Munich, si lo ordenó él en persona o si fue cosa de Abu Iyad, aunque cuesta creer que no estuviera al tanto de una operación que, a la postre, no le reportó ningún beneficio a la causa palestina.

El sangriento rosario de secuestros aéreos, asaltos a embajadas y atentados contra objetivos, preferentemente judíos, en diversos lugares de Oriente Próximo, África y Europa, tuvo consecuencias diversas. Por una parte, hizo que el ciudadano medio de los países occidentales identificara la lucha nacional palestina con el terrorismo puro y simple a cargo de organizaciones confusamente envueltas en fraseología marxista, algunas tan dudosamente palestinas como el misterioso y ultrarradical Ejército de la Estrella Roja, formado por japoneses y habitualmente reclutado por el FPLP para sus brutales golpes. Por otra parte, al presentarse la OSN como una entidad ambiguamente desligada de Fatah, Arafat estuvo en condiciones de recabar apoyos y reconocimientos de gobiernos y organizaciones a su estructura político-militar, que, aseguraba, luchaba honorablemente contra el enemigo sionista en la línea de los movimientos de liberación nacional que se arrogaban un papel de vanguardia en los procesos de descolonización.

Por de pronto, la decisión de Sadat en 1972 de reducir progresivamente la cooperación militar con la URSS y de aproximarse a Estados Unidos hizo que la superpotencia comunista se fijara cada vez más en países como Siria e Irak, así como en la OLP, para basar en ellos su influencia en la región. En diciembre de 1970 el primer ministro soviético, Aléksei Kosygin, había reconocido a la OLP como movimiento de liberación nacional y a los palestinos como nación. En julio de 1972 Arafat viajó a Moscú y allí se le comunicó el inicio inmediato de suministros de armas a la OLP a través de Siria.

Ahora bien, al tiempo que mantenía abiertas todas sus opciones de lucha armada, Arafat evolucionó sutilmente en el grado de exigencia de una patria palestina desde la acepción maximalista original. Como se recordará, el pronunciamiento de Fatah en 1968 y los plenarios del CNP en 1969 habían formulado la noción del Estado democrático, laico y multiconfesional en Palestina. En apariencia, esto suponía aparcar la promesa demagógica de "echar a los judíos al mar", pero, por el momento, el nuevo enfoque no les resultaba muy convincente a quienes, mayormente fuera del mundo árabe, consideraban que la extinción del Estado de Israel era una utopía.

Siendo fundamentalmente un hombre de armas, Arafat empezó a prestarle atención también a la interlocución política. El XI CNP, del 1 al 12 de enero de 1973, enfatizó la movilización de los palestinos en los Territorios Ocupados y decidió lanzar un Frente Nacional Palestino en Cisjordania y Gaza, y de paso nombró a Arafat jefe del Departamento Político de la OLP, luego puso en sus manos la gestión de los asuntos internacionales de la organización. Antes de terminar el año, la Guerra del Yom Kippur o cuarta contienda árabe-israelí, que básicamente fue un arriesgado –y, desde el punto de vista político, que no militar, exitoso- órdago de Sadat para obligar a Israel a negociar la reversión de las usurpaciones territoriales de 1967 y una paz global, no tuvo un impacto inmediato en la OLP, ya que no se produjeron movimientos de refugiados.

El 22 de octubre el Consejo de Seguridad de la ONU aprobó la resolución 338, que instaba a Israel, Egipto y Siria a cesar en las hostilidades y a implementar la resolución 242 del 22 de noviembre de 1967, el cual era un pronunciamiento extraordinariamente controvertido sobre los resultados de la Guerra de los Seis Días. Texto fundamental para los debates en torno al conflicto de Oriente Próximo, la resolución 242, en su versión en inglés, exigía a Israel la "retirada de territorios conquistados", frase que iba a hacer correr ríos de tinta polemista en los años siguientes. Así, Israel y Estados Unidos opinaron que la gramaticalidad no era ambigua y dieron por sentado que el Consejo no obligaba a la restitución del status quo previo a junio de 1967. De acuerdo con esta interpretación del mandato, Israel debía acometer "ajustes fronterizos menores", no más.

En cambio, los países árabes y la OLP insistieron en que el Consejo había ordenado sin lugar a dudas la retirada completa y sin excepciones, y que el determinativo los (el the que no aparecía en el documento en inglés) para referirse a los Territorios Ocupados estaba implícito en la redacción y, en cualquier caso, explícito en las versiones elaboradas en francés, español, ruso y chino.

Ciertamente, en la versión francesa aparecía el articulo, des, y puesto que el francés comparte con el inglés la cooficialidad como idiomas de trabajo en la ONU, los defensores de la segunda acepción no entendían porqué la israelo-estadounidense valía y ésta otra no. La polémica arreció cuando se supo que la frase en inglés había sido cuidadosamente escogida por Estados Unidos, que impuso esta imprecisión semántica para no perjudicar a su protegido en Oriente Próximo. La resolución 242 demandaba también que se garantizase "la inviolabilidad territorial y la independencia política de todos los estados de la zona", y no recordaba a los palestinos mas que de soslayo y sin citarlos, cuando expresaba la necesidad de "alcanzar un arreglo justo del problema de los refugiados". La OLP se quejó amargamente por esta omisión.

Mientras Egipto e Israel se disponían a negociar un acuerdo sobre la separación de tropas en el Canal, y a pesar del silencio de la resolución 338 sobre el problema palestino, Arafat y los suyos emprendían una impresionante secuencia de éxitos diplomáticos. El 28 de noviembre de 1973, en Argel, la VII Cumbre de la Liga Árabe reconoció a la OLP como la única representante del pueblo palestino, con la abstención, eso sí, de Jordania. El 22 de febrero de 1974 tomó la misma decisión la Organización de la Conferencia Islámica (OCI) con motivo de su II Cumbre, en Lahore, por iniciativa del primer ministro pakistaní, Zulfiqar Ali Bhutto.

En la VIII Cumbre de la Liga Árabe, celebrada en Rabat del 26 al 29 de octubre de 1974, el rey Hussein dio la sorpresa al aceptar el derecho del pueblo palestino a dotarse de un "poder nacional independiente bajo la dirección de la OLP, su único representante legítimo". Con este reconocimiento, el monarca jordano daba carpetazo a su propuesta del 15 de marzo de 1972, ignorada por todos los miembros de la Liga, sobre un "reino árabe panjordano" que habría integrado a Cisjordania como "provincia palestina autónoma" en un marco federal. Era el principio de la reconciliación con Arafat, aunque la superación de los resquemores mutuos iba a costar una década.

Poco antes de la cita de Rabat, la OLP, en el XII CNP, celebrado en El Cairo del 1 al 9 de junio de 1974, había insinuado la admisión de la existencia del Estado de Israel en las fronteras del plan de partición de 1947. Es lo que parecía desprenderse del programa de diez puntos aprobado en la capital egipcia, el cual contemplaba poner en marcha una "autoridad nacional palestina en cualquier parte de la Palestina liberada o que Israel evacue". Ahora bien, la OLP no renunciaba al "objetivo estratégico" de fundar el Estado democrático de Palestina a través de una "guerra de liberación".

El FPLP interpretó que Fatah y la OLP estaban dispuestos a tolerar el Estado judío tal como había sido en 1948, antes de las primeras adquisiciones territoriales, a conformarse con un "mini Estado" palestino que se iría construyendo paulatinamente y a no hacer "total" esa guerra de liberación de Palestina. Enfurecido, Habash tachó a Arafat de "traidor", sacó al FPLP del CEOLP y formó un Frente del Rechazo Palestino con el FPLP-CG bajo el paraguas protector del Irak de Hassan al-Bakr y la Libia de Muammar al-Gaddafi. En agosto, Arafat recaló en Moscú y, por primera vez, sostuvo conversaciones de carácter oficial con el Gobierno soviético. Kosygin le anunció que la URSS veía con buenos ojos el Estado palestino y que la OLP podía abrir una oficina en la capital (esto último se materializó en 1976).

Todo en un año, la potestad de los palestinos para adquirir la autodeterminación y ser representados por la OLP fue asumida sucesivamente por la Organización para la Unidad Africana (OUA) en junio, la UNESCO en octubre y, con especial significación, la Asamblea General de la ONU, que en su resolución 2535 del 10 de diciembre de 1969 ya había reafirmado los "derechos inalienables" del pueblo palestino. Semanas después de reponer, tras 22 años de omisión, la cuestión de Palestina en su agenda, el 14 de octubre de 1974 la Asamblea General reunida en su XXIX sesión aprobó la resolución 3210, por la que reconocía a la OLP como la representante legítima del pueblo palestino y le invitaba a participar en las deliberaciones sobre aquel punto.

Al cabo de un mes, el 13 de noviembre, Arafat, en su consagración internacional y protagonizando lo que habría parecido impensable hasta hacía bien poco, se dirigió al pleno de la Asamblea, uniformado y tras haber dejado en la entrada su pistola -que no la funda ni el cinturón-, e hizo la alocución más famosa de su carrera: "Vengo con el fusil del combatiente de la libertad en una mano y la rama de olivo en la otra. No dejen que la rama de olivo caiga de mi mano. Repito: no dejen que la rama de olivo caiga de mi mano". También, pidió que no se calificara de terroristas a aquellos que "luchan por la liberación de su tierra de los invasores y los colonialistas", término aquel que, al contrario, relacionó con el sionismo.

El 22 de noviembre, mediante las resoluciones 3236 y 3237, la Asamblea General, respectivamente, reconoció los derechos del pueblo palestino a la autodeterminación, la independencia y la soberanía nacionales, y al retorno de su población refugiada, y admitió a la OLP con el estatus de observador permanente. Como miembro de pleno derecho, la OLP fue admitida en la OCI el 22 de febrero de 1974, en el Movimiento de países No Alineados el 17 de agosto de 1976 y en la Liga Árabe –no dejó de causar perplejidad esta tardanza de los países supuestamente más comprensivos con las aspiraciones de los palestinos- el 9 de septiembre de 1976.

Por otro lado, el 10 de noviembre de 1975 la Asamblea General resolvió que el sionismo era "una forma de racismo y de discriminación racial" y estableció el Comité sobre el Ejercicio de los Derechos Inalienables del Pueblo Palestino. Israel, Estados Unidos y otros países expresaron su consternación, pero, sin duda, se trataba de otro gran triunfo de la OLP, que tenía de su parte a los países del bloque comunista y los no alineados de África y Asia.

Aparte de los éxitos internacionales de la OLP como organización, Arafat acertó en su nueva faceta diplomática de embajador volante en el terreno intergubernamental y comenzó a ser recibido por los líderes europeos, como el canciller socialista austríaco Bruno Kreisky, con motivo de la reunión en Viena de la Internacional Socialista, el 7 de julio de 1979, o el presidente del Gobierno español Adolfo Suárez, respondiendo a la primera invitación oficial de una capital occidental, Madrid, el 13 de septiembre de 1979. Con el sueco Olof Palme tuvo un encuentro pionero en Argel el 12 de noviembre de 1973, aprovechando una escala de camino a Nueva York.

Dicho sea de paso que el de España, uno de los países más proárabes de la Europa no comunista, fue el primer gobierno occidental del continente que otorgó a la OLP el estatus diplomático, en lo que fue secundado por los gobiernos de Portugal, Austria, Francia, Italia y Grecia. Hacia mediados de 1976, la OLP había sido reconocida ya por un centenar de países, obligando a Fatah a desvincularse de las actuaciones terroristas más denigradas por la opinión pública internacional. De hecho, la OSN fue disuelta como "unidad auxiliar" en diciembre de 1974, si bien grupos de radicales ajenos a Fatah continuaron cometiendo atentados al amparo de esa etiqueta. El 17 de febrero de 1979 Arafat viajó también a Teherán, donde un triunfante ayatollah Jomeini le comunicó que el nuevo Gobierno revolucionario aupado sobre los escombros de la dictadura del sha rompía cualquier relación con Israel y brindaba un apoyo total a la causa palestina.

En la segunda mitad de la década de los setenta Arafat continuó dosificando el aperturismo programático de la OLP, aunque a costa de generar fortísimas tensiones con los sectores maximalistas. En el XIII CNP, reunido del 12 al 22 de marzo de 1977 en El Cairo, Arafat fue reelegido al frente del CEOLP y consiguió la aprobación de un plan de quince puntos que ya no otorgaba a los palestinos el monopolio del proceso de constitución del futuro Estado, toda vez que afirmaba la necesidad de trabajar conjuntamente con los israelíes que fuesen contrarios a la ocupación militar de los Territorios Ocupados y receptivos a las demandas de autodeterminación de los palestinos.

Haciendo encaje de bolillos discursivo, el CNP se ratificó en el objetivo del "Estado laico y democrático en todo el territorio de Palestina", pero apostilló que se mostraría "flexible" con la formación inicial de un Estado reducido en Cisjordania y Gaza. Se trataba de un nuevo paso hacia la asunción, resignada pero realista, del hecho histórico del Estado de Israel, incluso en las fronteras existentes entre 1949 y 1967.

En enero de 1976 el representante de Estados Unidos en el Consejo de Seguridad de la ONU vetó un borrador de resolución avalado por la URSS y los países árabes que instaba a la creación de un Estado palestino sin menoscabo de soberanía para los países vecinos. De acuerdo con esta fórmula, la entidad palestina conviviría al lado de Israel. Al apoyar Arafat la propuesta, volvía a aceptar implícitamente la existencia del Estado judío. El 16 de marzo del año siguiente, coincidiendo con el XIII CNP, el presidente Jimmy Carter sentó un precedente en la política de Estados Unidos para Oriente Próximo al abogar por la creación de una "patria palestina", con o sin marco federal jordano, anuncio que provocó conmoción en Israel. En junio, la Comunidad Económica Europea (CEE) hizo suyo ese objetivo y el Departamento de Estado demandó la evacuación por Israel de los Territorios Ocupados.


5. Intromisión en el conflicto de Líbano y el impacto de los Acuerdos de Camp David

De todas maneras, entre los aperturismos propios y los éxitos diplomáticos por un lado, y la obtención de resultados materiales por el otro, existía un foso. La histórica visita de Sadat a Jerusalén, donde se reunió con Begin y habló ante la Knesset o Parlamento israelí, en noviembre de 1977 fue un elemento de distorsión que hizo saltar por los aires la pretendida unidad de criterio en la Liga Árabe y ajó las expectativas estatalistas de la OLP.

Desde la Guerra del Yom Kippur, el presidente egipcio venía negociando con Israel la desmilitarización del conflicto (separación de tropas, reapertura del Canal de Suez, devolución de algunas áreas del Sinaí) al tiempo que sustituía a la URSS por Estados Unidos como la superpotencia en que basar una clientela, pero, acuciado por los problemas económicos internos, optó por pasar a la negociación política de manera unilateral, sin los lastres de la Liga Árabe. Sus objetivos: recuperar el Sinaí y poner fin a un estado de guerra que resultaba ruinoso para las maltrechas finanzas nacionales; a cambio de la paz, Israel obtendría de Egipto garantías de seguridad y el reconocimiento diplomático. La estrategia antiisraelí perseguida en los últimos 30 años por la Liga Árabe era impugnada ahora precisamente por el país que había liderado e impulsado el concierto de los estados árabes, así que la audaz y arriesgadísima jugada de Sadat fue sentida en la región como un terremoto.

Poco antes del impactante viaje de Sadat a Jerusalén, Arafat se había pronunciado a favor de mantener una puerta abierta a "una solución en Oriente Próximo en la que sean reconocidos nuestros derechos". El jefe de la OLP no quería arreglos de alcance con Israel, ni multilaterales ni bilaterales, que fuesen impuestos "a expensas" de los palestinos. Esto era precisamente lo que parecía plantear la iniciativa de Sadat, cuya propuesta a Israel de otorgar una autonomía a los palestinos en los Territorios Ocupados fue rechazada automáticamente por la OLP.

La OLP se unió a Libia, Siria, Argelia y Yemen del Sur en el llamado Frente del rechazo o Frente de la Firmeza, anunciado por iniciativa de Gaddafi –el paladín de la acrimonia antiisraelí en aquellos años- en una conferencia de emergencia celebrada en Trípoli del 2 al 5 de diciembre. A Arafat, la declaración de hostilidades a Egipto y su pretensión de negociar con Israel la paz por separado le acarreó la ruptura de los contactos con la administración de Estados Unidos, pero también la disolución del Frente del Rechazo Palestino formado un trienio atrás, toda vez que el FPLP se avinó a suscribir un "documento de unidad" con las principales formaciones palestinas, y la reversión de la animosidad de Siria contra sus fuerzas en Líbano.

En opinión de muchos observadores del momento, el giro hacia la moderación dado por Arafat en 1977 respondió a las presiones conjuntas de Egipto, Siria y Arabia Saudí –el principal aportador de fondos a la OLP- tras la dinámica desmilitarizadora que siguió a la Guerra del Yom Kippur y las derrotas sufridas por los fedayines en la guerra civil libanesa.

Líbano se sumergió el 13 de abril de 1975 en una conflagración a gran escala que empezó como un enfrentamiento entre milicias de, por un lado, los partidos cristianos maronitas de extrema derecha y, por el otro, las formaciones palestinas extremistas (FPLP-CG, FDLP y Saika, siendo ésta última en realidad un instrumento del partido Baaz de Siria) y sus aliados libaneses, principalmente los drusos del Partido Socialista Progresista (PSP), que lideraron Kamal Jumblatt hasta su asesinato en 1977 y luego su hijo, Walid Jumblatt, y los populares nasseristas de Mustafa Maarouf Saad. Los gobernantes civiles, el presidente cristiano Soleiman Franjieh, moderado y prosirio, y el pequeño Ejército nacional, abocado a la instrumentación sectaria y a la desintegración, se vieron incapaces de sofocar el incendio.

Fatah se involucró en la guerra a principios de 1976, después de suscribir sendas alianzas con el PSP y Amal, el partido de los shiíes prosirios que dirigía Nabih Berri. La conversión de Arafat y sus fedayines en un actor bélico inclinó ostensiblemente la balanza a favor del bando palestino-musulmán-izquierdista, pero en abril de 1976, cuando la derrota de los cristianos falangistas parecía inminente, el Ejército sirio, con el visto bueno de Franjieh, entró en tromba en el país e invirtió las tornas. Se conformó entonces la paradoja de una OLP triplemente acosada por los árabes cristianos libaneses, los árabes musulmanes sirios y el Ejército israelí.

Esta inopinada alianza era tácita y se sometía al dicho de "el enemigo de mi enemigo es mi amigo". Para Assad, guiado por sus propios intereses y ambiciones estratégicos, lo prioritario era mantener y afianzar la tutela de Siria sobre Líbano, con arreglo a una fachada de comandita interconfesional –un presidente cristiano maronita, un primer ministro musulmán sunní y un presidente parlamentario musulmán shií- y sin permitir que facción armada alguna, ya fuera palestina o falangista, adquiriera demasiado poder y trastocara el equilibrio de fuerzas.

El resto de 1976 y durante 1977, Fatah, instalado con su estado mayor alternativamente en las ciudades costeras de Sidón y Tiro, y la OLP sufrieron gravísimos quebrantos en Líbano, siendo los más mortificados los habitantes de los campos de refugiados, que, con la cobertura militar de Israel y Siria, quedaron prácticamente a merced de las milicias cristianas. En estos ataques perecieron muchos cientos de palestinos inermes. Las cosas se pusieron más sombrías para el bando de Arafat con la entrada en acción de una milicia fuertemente armada por Israel, coordinada con las milicias cristianas y dirigida por el comandante Saad Haddad.

Por fortuna para la OLP, la reacción unitaria del mundo árabe a la defección de Sadat empujó a Assad a volverse contra sus aliados de la víspera, lo que supuso un sensible alivio del cerco militar de Arafat en Líbano, aunque la intensificación o activación de otros frentes de acoso vino a malograr aquella mejoría. En febrero de 1978 estallaron los primeros enfrentamientos entre tropas sirias y milicianos falangistas como antesala de la violenta división del campo cristiano y el acercamiento de la Falange a Israel, el cual, a su vez, comenzó a lanzar contundentes raids aéreos contra bases guerrilleras de la OLP desde las que partían las incursiones de fedayines, con su rastro de atentados y sabotajes, contra Galilea.

Al mismo tiempo, a modo de secuela del parón de las hostilidades entre la OLP y Siria, Irak, donde detentaba el poder una rama baazista antagónica de la gobernante en Damasco, teledirigió a sus protegidos en la constelación de facciones palestinas para que libraran una feroz guerra subterránea contra Fatah en Europa y diversos países de Oriente Próximo, inclusive Líbano. De entre las diversas bandas de renegados adquirió un triste relieve Fatah-Consejo Revolucionario, escindida de la OLP en 1974 y a cuyo frente figuraba Abu Nidal (de verdadero nombre, Sabri al-Banna), uno de los más sanguinarios terroristas palestinos y enigmático patrón de una organización terrorista trasnacional que en los años siguientes, con los mecenazgos sucesivos de Irak, Siria y Libia, se iba a dedicar a asesinar a personalidades de prácticamente cualquier campo, siendo los moderados de la OLP sus blancos predilectos.

El 4 y el 5 de noviembre de 1978, urgida por la dinámica de las negociaciones egipcio-israelíes (Acuerdos de Camp David firmados por Sadat y Begin el 17 de septiembre, previos a la firma del Tratado de Paz el 26 de marzo de 1979), la Liga Árabe celebró en Bagdad su XI Cumbre, la última antes de la expulsión formal de Egipto, que para la OLP entrañó el incremento de la dotación económica de los países miembros, la reconciliación con Irak, merced a una entrevista entre Arafat y el nuevo presidente (aunque hombre fuerte del país desde hacía años), Saddam Hussein, y un nuevo paso en la normalización de sus relaciones con Jordania. Así, Arafat y Hussein acordaron formar un comité bipartito de apoyo a los habitantes de Cisjordania, que en abril de 1976 habían votado en las primeras elecciones municipales convocadas por el ocupante israelí –las cuales ya no volverían a repetirse en vida de Arafat-, siendo la victoria para los candidatos de la OLP y del frente nacionalista civil.

En los Acuerdos de Camp David Israel se comprometió a otorgar a los habitantes de los Territorios Ocupados una "autonomía plena" cuyos términos serían negociados por Israel, Egipto y Jordania, países estos dos que podrían incluir en sus delegaciones a notables palestinos de Cisjordania y Gaza. En su momento, los responsables de la "autoridad del autogobierno" serían elegidos en comicios por los propios palestinos, Israel evacuaría a sus tropas y sus funcionarios civiles, y la toma de posesión de dicha autoridad marcaría el inicio de un período de transición de cinco años en el que israelíes, egipcios, jordanos y representantes palestinos elegidos democráticamente negociarían el estatus definitivo de la entidad.

Sin embargo, el Gobierno de Begin dejó claro que la prohibición de los contactos con la OLP seguiría inalterable. Al negar a la OLP cualquier capacidad de interlocución, Israel vetaba en la práctica a la gran mayoría de los representantes municipales que habían sido elegidos en su nombre en 1976 y que con seguridad volverían a serlo de nuevo en las futuras elecciones autonómicas. La previsión de autonomía palestina en Camp David nació muerta por el boicot de Jordania y la OLP, que no quería otra cosa que no fuera el Estado independiente en las condiciones fijadas por ella, y por la actitud obstruccionista y la estrechez conceptual de Israel, que nunca mostró voluntad de hacerla realidad. Begin, lo más que ofrecía era una autonomía de tipo administrativo, sin jurisdicción sobre la seguridad. Saltaba a la vista que el Gobierno derechista israelí jamás aceptaría la concreción de una entidad palestina susceptible de evolucionar a un protoestado.

Las conversaciones bilaterales con Egipto sobre el particular terminaron después de que la Knesset, el 30 de julio de 1980, adoptara una ley básica que proclamaba a Jerusalén la "capital completa y unificada de Israel". La OLP puso el grito en el cielo y el Consejo de Seguridad de la ONU condenó el movimiento, que suponía la anexión de hecho de la Ciudad Santa en su integridad por el Estado judío (el repudio fue universal y ningún país del mundo, ni siquiera Estados Unidos, reconoció la capitalidad jerosolimitana), pero el llamamiento del Consejo, como todos los dirigidos en los meses anteriores a detener la expansión de los asentamientos de colonos en Cisjordania y Gaza, no surtió el mínimo efecto. La represión militar israelí se recrudeció en los Territorios Ocupados a la vez que acumulaba hechos consumados la política de colonización, ilegal a la luz del derecho internacional.

Arafat culpó a Sadat de estos infortunios, así que cuando en octubre de 1981 el rais fue asesinado por un comando islamista en el curso de una parada militar, el jefe de la OLP reaccionó como la mayoría de los líderes árabes que estaban resentidos por su unilateralismo, con una mezcla de desprecio y satisfacción, aunque sin llegar al regocijo casi sádico de Gaddafi, por citar la reacción más extrema. Según Arafat, el magnicidio sirvió para probar que la causa palestina "estaba viva en la conciencia del gran pueblo de Egipto, que nunca perdonó a su presidente que violara Jerusalén, vendiera la causa palestina y suscribiera la conspiración traicionera de Camp David".


6. Años ochenta: las dos expulsiones de Líbano y los choques con las facciones palestinas radicales

En el cambio de década, la OLP e Israel libraban en suelo meridional libanés, llamado por la prensa hebrea Fatahlandia, lo más parecido a una guerra no declarada. En estas circunstancias, a Arafat no le sirvieron de nada la Declaración de Venecia de la CEE (junio de 1980), que subrayaba la autodeterminación de los palestinos, solicitaba la convocatoria de negociaciones de paz multilaterales sin exclusión de la OLP y demandaba la desocupación de Cisjordania y Gaza, ni la propuesta soviética, formulada personalmente por Leonid Brezhnev, sobre la plasmación del derecho de los palestinos a la estatalidad sin menoscabo de la integridad y la seguridad de Israel (febrero de 1981, la cual fue bienvenida por el XV CNP en Damasco en el mes de abril), ni el anuncio por el Foreign Office británico de que la OLP no le merecía la consideración de organización terrorista.

En agosto de 1981 el entonces príncipe heredero de Arabia Saudí, Fahd Al Saud, presentó un plan de paz global para Oriente Próximo que generó unas elevadas expectativas al preconizar la creación de un Estado palestino independiente en Cisjordania y Gaza y con capital en Jerusalén oriental, la retirada militar israelí de los Territorios Ocupados, el desmantelamiento de las colonias judías y el retorno de los refugiados, y, en su punto siete, la confirmación del "derecho de los estados de la región a vivir en paz", lo que era un claro reconocimiento implícito de Israel.

El conocido como Plan Fahd satisfacía todas las demandas palestinas importantes, así que Arafat lo acogió calurosamente. Los gobiernos moderados y la OLP terminaron endosándolo en la XIV Cumbre de la Liga Árabe, celebrada en la ciudad marroquí de Fez del 6 al 9 de septiembre de 1982, pero ya bajo el nombre de Plan de Fez, consistente en una versión remozada que aligeraba la carga interpretativa del punto siete y que además declaraba a la OLP representante única y legítima del pueblo palestino. En febrero de 1983 el CEOLP y el CNP, reunido en su XVI plenario en Argel, se aferraron al plan de los países árabes y rechazaron el plan alternativo ofertado por el presidente Ronald Reagan, que incidía en una autonomía en asociación con Jordania.

Los planes Fahd y de Fez nunca llegaron a aplicarse por el boicot de los regímenes árabes y las organizaciones palestinas radicales y, sobre todo, por el rechazo inmediato que concitó en los gobernantes israelíes, quienes vislumbraron en el primero "la destrucción de Israel por etapas" y cuya verdadera paternidad, incluso, adjudicaron a Arafat y sus colaboradores. Claro que entonces, en 1982 y 1983, Arafat luchaba sobre todo por la supervivencia, la de la OLP, embestida militarmente por Israel y, de nuevo, Siria, y pasto de las disidencias y las luchas fácticas, así como la suya propia.

Ya en julio de 1981 la Aviación israelí realizó un bombardeo masivo contra el cuartel general de la OLP en Beirut, matando a casi 200 personas entre civiles libaneses y militantes palestinos, como represalia por los continuos ataques con lanzacohetes contra la Alta Galilea, que también causaban víctimas entre la población israelí. Estas agresiones palestinas desde el otro lado de la frontera se producían a pesar de estar desplegados tierra de por medio los cascos azules de la Fuerza Interina de Naciones Unidas (FINUL), que servía desde marzo de 1978, a raíz de la primera invasión de las FDI, como pretendida tropa de interposición en la cuenca meridional de río Litani, y más al sur, hasta la frontera, las fuerzas del comandante Haddad.

En aquella ocasión, Begin aceptó negociar un alto el fuego con el Gobierno libanés, que de hecho actuó como el representante de la OLP. La tregua duró casi un año –aunque sólo por lo que se refiere a las acciones más visibles, los bombardeos aéreos y los ataques con lanzacohetes, ya que los atentados y las acciones de tipo comando no se detuvieron- y para muchos observadores encerró una novedad cualitativa que el Gobierno israelí, naturalmente, publicitó en un sentido diferente: al comprometerse con la contención militar en Líbano, Israel, en cierta medida, reconocía implícitamente en la OLP, de siempre calificada de "banda de forajidos y terroristas", el estatus de parte beligerante. La contención israelí terminó el 6 de junio de 1982. Ese día, como colofón de una cadena de sucesos inmediatos en el tiempo -el intento de asesinato por la banda de Abu Nidal del embajador israelí en Londres, un furioso bombardeo aéreo contra Beirut y la reanudación, como venganza, de los ataques artilleros de la OLP-, las FDI desencadenaron la invasión a gran escala de Líbano.

Presentada por el Gobierno del Likud como una operación preventiva y reactiva, Paz de Galilea llegó a involucrar a 100.000 soldados, 1.300 carros de combate y otros tantos vehículos blindados, amén de las flotas aérea y naval. La columna principal rebasó el río Litani, el límite que constriñó la penetración de 1978, y, siguiendo la línea de la costa, se dirigió en derechura a Beirut. Begin y su gabinete desvelaron sus propósitos: erradicar las bases de fedayines en el sur, destruir la potencia de fuego de la OLP, cortar sus líneas de suministro y liquidar a los dirigentes palestinos y sus huestes allá donde se encontraran, bien fuera en los campos de refugiados, bien en el corazón de las grandes ciudades. De paso, el Ejército israelí se proponía expulsar a las tropas sirias del valle de la Békaa, destruir sus baterías de misiles tierra-tierra SAM y reducir la influencia de Damasco en el país de los cedros.

En menos de una semana, las FDI, emulando su blitzkrieg de 1967 contra Egipto, Siria y Jordania, tomaron o aislaron Tiro, Sidón, Jezzin, Nabatiyé y el antiguo castillo cruzado de Beaufort, todos ellos baluartes de la coalición de palestinos y musulmanes progresistas, barrieron a los milicianos que los defendían, arrasaron campos de refugiados, hicieron miles de prisioneros y se plantaron en Beirut, a la que sometieron a un diluvio de fuego por tierra, mar y aire. Los soldados israelíes contactaron con la Fuerzas Libanesas, la coalición de milicias cristianas, en las barriadas orientales y el 16 de junio la capital quedó enteramente rodeada. Arafat, la cúpula militar de Fatah y la OLP, y unos 13.000 combatientes y funcionarios palestinos, amén de grupos menores de soldados sirios y milicianos libaneses de diversas filiaciones, quedaron atrapados en la parte occidental de la ciudad, a espaldas del mar.

Israel exigió la capitulación incondicional de Arafat, pero éste aseguró estar dispuesto a "luchar hasta la muerte" y amenazó con convertir Beirut en un "segundo Stalingrado". Bravatas aparte, sabía perfectamente que su vida y las de sus hombres pendían de un hilo, y que la batalla militar estaba perdida, pero también que el tiempo, a pesar de la crítica situación, jugaba a su favor. Esto era así porque cuanto más se prolongase el cerco de las FDI, más se extendería por el mundo la imagen de un Estado judío agresor e imperialista que no reparaba en medios para llevar hasta el paroxismo sus operaciones militares en aras de la autodefensa y su seguridad.

La eliminación física de la OLP, considerada legítima representante del pueblo palestino por una mayoría de estados y con estatus de observador permanente en la ONU, planteaba una serie de problemas diplomáticos, sobre todo con Estados Unidos, que el Gobierno israelí no se atrevió a arrostrar. A Arafat sólo podía salvarle una acción internacional, y eso fue precisamente lo que sucedió, merced a la mediación de Philip Habib, enviado especial de Reagan. Severamente advertido por Washington, que quería desescalar el conflicto por temor a que degenerara en una guerra abierta sirio-israelí y espoleara la influencia soviética en la región, Begin, a regañadientes, puesto que veía cómo su archienemigo iba a escapársele de entre los dedos, transigió.

El 21 de agosto de 1982, al cabo de 77 días de bombardeos sistemáticos e indiscriminados que llevaron a Beirut un apocalipsis de muerte y destrucción (en un abrumador todo vale, la aviación israelí empleó bombas de fósforo, de fragmentación y hasta napalm, todas ellas armas convencionales prohibidas o restringidas en su uso por la ONU, si bien Israel no había firmado la Convención reguladora de 1980), desembarcó en Beirut la avanzadilla de una Fuerza Multinacional de Interposición formada por 2.100 soldados estadounidenses, franceses e italianos con la misión de proteger, desde ese mismo día, la evacuación por mar en buques griegos y chipriotas y por tierra a través del valle de la Békaa de más de 14.000 resistentes de Beirut occidental, entre fedayines de Fatah, comandos sirios del ELP (el cual fue aniquilado y nunca se rehizo) y soldados regulares de esa nacionalidad, algunos de ellos heridos. Los palestinos se distribuyeron por siete países árabes.

Arafat y 60 hombres de su círculo personal partieron el 30 de agosto, el antepenúltimo día de la operación, a bordo del mercante griego Atlantis y escoltados por un navío francés y otro de la VI Flota. La comitiva de la OLP atracó en Pireo antes de ser recibida cordialmente en Atenas por el primer ministro Andreas Papandreou. Luego, Arafat se dirigió a Túnez, donde, acogido a la hospitalidad del presidente Habib Bourguiba, inauguró su nuevo cuartel general. El 6 de septiembre viajó a Fez para participar en la XIV Cumbre de la Liga Árabe y nueve días después se desplazó a Roma, donde se reunió con el presidente italiano, Sandro Pertini, y fue recibido en audiencia por el Papa Juan Pablo II.

Eso fue el 15 de septiembre, un día después del asesinato en la sede del Kataeb en Beirut del presidente electo de Líbano, Bashir Gemayel, hijo del patriarca falangista Pierre Gemayel y jefe de las Fuerzas Libanesas. Arafat manifestó su "disgusto" por la muerte del joven señor de la guerra del campo cristiano maronita, responsable de algunas de las peores atrocidades contra los refugiados palestinos en los últimos años setenta, y calificó el magnicidio de "justificación para legitimar la ocupación de Líbano", en contra de los acuerdos negociados por Habib. Ciertamente, las FDI tuvieron en bandeja la disculpa para emprender, al día siguiente, la ocupación de Beirut occidental.

Aunque los palestinos no eran responsables de la muerte de Gemayel (antes bien, las miradas acusadoras se volvieron a Damasco, donde el intrigante e implacable Assad parecía dispuesto a cualquier cosa –excepto a enfrentarse directamente con las FDI- para evitar que Líbano firmara un acuerdo de paz con Israel), las Fuerzas Libanesas decidieron vengarse con ellos. Durante tres días, del 16 al 18 de septiembre, milicianos cristianos perpetraron una terrible matanza de refugiados, sin distingos de sexo y edad, en los campos de Sabra y Shatila, al sur de Beirut. Con posterioridad a los hechos, la OLP estableció el número de asesinados entre 3.000 y 3.500, aunque la Cruz Roja y la Policía libanesa contaron únicamente 460 cuerpos, mientras que la inteligencia israelí cifró los muertos entre 700 y 800.

Arafat imputó lo sucedido a Israel y de paso a Estados Unidos, sumando su voz al furioso clamor internacional, el cual tuvo en Israel características de una tormenta política y social sin precedentes. La implicación de Israel, como mínimo indirecta, en tan terrible crimen pareció incuestionable desde el primer momento, ya que las FDI y los servicios de inteligencia controlaban el sector y no pudieron menos que conocer tanto los planes de las Fuerzas Libanesas como su parsimoniosa ejecución. El ministro israelí de Defensa, Ariel Sharon, se vio forzado a dimitir en febrero de 1983 después de que la Comisión Kahan le hallara culpable de negligencia e imprevisión y recomendara su destitución, y el propio Begin, tocado irremisiblemente por el escándalo, cesó en agosto siguiente. En diciembre de 1982 la Asamblea General de la ONU determinó que lo sucedido en Sabra y Shatila había sido un acto de genocidio. Los cientos de asesinados allí debían sumarse a los 18.000 muertos, entre palestinos y libaneses, amén de las decenas de miles de heridos y de desplazados, que Paz de Galilea había causado desde junio.

Arafat, tal como había prometido en el momento de su partida de Beirut, regresó a Líbano, pero contra su voluntad y en calidad de perseguido de su tercer enemigo mortal desde 1970: el régimen sirio de Hafez al-Assad. Ciertamente, esta vez, Israel (que, desgastado por el alto número de bajas militares, el coste económico de la ocupación y las repercusiones políticas negativas, iba a terminar retirando, entre marzo y junio de 1985, a la mayoría de sus tropas de Líbano con la excepción de una "zona de seguridad" de 15 km de profundidad desde la frontera, de la que pasó a ser covigilante el Ejército del Sur del Líbano, la antigua milicia del comandante Haddad, fallecido en 1984, y que mandaba ahora Antoine Lahad) desistió de darle caza. Quienes asumieron ese cometido, y con saña insospechada, fueron el dictador damasceno y sus protegidos en el bando palestino.

A finales de 1982 Arafat empezó a ser criticado en el seno de la OLP, donde algunos mandos medios demandaron a la cúpula responsabilidades por el desastre de Líbano. El 9 de mayo de 1983 un coronel de Fatah, Said Musa Muragha, alias Abu Musa, encargado de la defensa en el asedio de Beirut occidental el año anterior, se declaró en abierta rebelión contra el liderazgo de Arafat, al que acusó de nombrar para puestos clave a personas que destacaban más por su lealtad y docilidad que por sus capacidades organizativas y operativas, y de haber sido un comandante supremo incompetente a lo largo de la agresión israelí. La revuelta de Abu Musa revistió por momentos un cariz mucho más grave que el del Frente del Rechazo Palestino de 1974-1977.

La disidencia fracturó a las fuerzas de Fatah que se habían infiltrado en Líbano desde la frontera siria. Los rebeldes, llamados a sí mismos Fatah-Alzamiento, se hicieron fuertes en la Békaa, donde tenía su centro de operaciones Abu Jihad, con el soporte del Ejército sirio y ganaron para su causa al FPLP-CG y a Saika, quienes arremetieron contra Arafat por haber "renunciado a la liberación de Palestina". Los tiroteos y los primeros muertos no se hicieron esperar. El 24 de junio de 1983, Arafat, prácticamente a punta de pistola, fue metido en un avión en el aeropuerto de Damasco, a donde había llegado días atrás para entrevistarse con representantes de la oposición prosiria, y mandado de vuelta a Túnez por haber dicho que el régimen sirio estaba negociando secretamente con la administración Reagan la desocupación de la Békaa a cambio de la devolución por Israel de los Altos del Golán, y que estaba entrometiéndose activamente en las pendencias palestinas.

El Gobierno de Assad tachó estas declaraciones de "mentiras y calumnias", pero, por lo menos en la segunda imputación, el sector oficialista de la OLP decía la verdad. En un ejercicio de maquiavelismo característico, Assad reeditaba su táctica libanesa de 1976-1978: no podía tolerar que una fuerza armada, de tamaño considerable y hostil a todo intento de ser controlada, estorbase sus aspiraciones hegemónicas sobre Líbano y, a corto plazo, hiciera peligrar su plan (culminado con éxito en marzo de 1984, al cabo de varias cumbres bilaterales) para que el presidente Amín Gemayel (hermano de Bashir) abrogara el tratado de paz adoptado con Israel en mayo y se plegara a una alianza con él. La prensa internacional se preguntó sobre si no estaría a punto de repetirse en Siria, repleta de refugiados palestinos, un drama como el del Septiembre Negro jordano de 1970. Assad, en lo que fue secundado por Gaddafi, empezó a cuestionar abiertamente el liderazgo de Arafat e instigó su remoción al frente del CEOLP.

El 17 de septiembre de 1983, tras un peregrinar por Marruecos, Irak, Argelia, Yemen del Sur y otros países árabes en busca de solidaridad y apoyo, Arafat se reunió con sus hombres en Trípoli, ciudad costera al norte de Beirut, para dirigirles personalmente en los combates que les enfrentaban con los prosirios y para expresar su respaldo a los drusos de Jumblatt, que libraban su guerra particular con lo que quedaba del Ejército libanés, básicamente cristiano, leal a Gemayel. Se trataba de otra campaña perdida de antemano. En noviembre, acorralado en el campo de Badawi, anexo a Trípoli, por una coalición de fuerzas muy superior cuyo espinazo era el Ejército sirio, Arafat solicitó el auxilio internacional.

Las potencias de la ONU diseñaron un plan de evacuación de Líbano, la segunda en menos de año y medio -y, a la postre, la definitiva-, del presidente de la OLP cuya ejecución correspondió al contingente francés de la Fuerza Multinacional tripartita, que había retornado como consecuencia de la masacre de Sabra y Shatila. El 20 de diciembre de 1983 Arafat y 4.000 leales se subieron a una flotilla griega escoltada por buques de la Armada gala que les puso a salvo en Túnez, Argelia, Yemen del Norte y Sudán. Arafat y las planas directivas de Fatah y la OLP se asentaron en la capital tunecina, mientras que el maltrecho aparato militar intentó recomponerse en Yemen del Norte con la protección del presidente amigo Ali Abdullah Saleh. Pero sin bases desde las que lanzar incursiones con continuidad territorial, la guerra de guerrillas, mero terrorismo para Israel, no era posible. Los tiempos de los fedayines embutidos en la kefiah y de los comandos uniformados tocaban a su fin.

En el quinquenio siguiente, la actividad de Arafat estuvo absorbida por la repulsión de los ataques de sus enemigos en el campo palestino y de Siria, los cuales parecieron estar a punto de aplastarle en múltiples ocasiones, el empecinamiento en mantenerse al mando de una organización que parecía navegar a la deriva y los esfuerzos para evitar el desvalimiento de los gobiernos árabes. Contra el pronóstico de multitud de observadores de la pugna, Arafat consiguió superar estos verdaderos años de plomo, tal que en 1988 podía hablarse de la resurrección política del líder palestino.

Por de pronto, cuando en diciembre de 1983 abandonó Líbano, Arafat viajó directamente a El Cairo para encontrarse con el sucesor de Sadat, Hosni Mubarak, el cual había heredado intacto el ostracismo regional concitado por el mandatario asesinado. Por parte de Arafat se trató de un ejercicio de pragmatismo que buscaba hallar un contrapeso de la persecución siria y que, de paso, abrió la primera brecha en el boicot árabe a Egipto (Hussein de Jordania fue el siguiente dirigente de la Liga Árabe que reanudó las relaciones, meses después), con la consiguiente alegría de Mubarak. La iniciativa de Arafat en pro de la reconciliación con Egipto no sólo municionó la argumentación de los sectores prosirios, sino que enfadó a no pocos dirigentes del ala oficialista de la OLP, inclusive Abu Iyad.

El otro adalid de la moderación era Hussein de Jordania, y a él acudió Arafat, en una entrevista preliminar discurrida en Ammán el 26 de febrero de 1984. Justo un mes después, la crisis en la OLP se exacerbó con la formación de una Alianza Democrática por el FPLP, el FDLP, el Frente de Liberación de Palestina (FLP, escisión del FPLP-CG) de Muhammad Abbas, alias Abu Abbas, y el Partido Comunista Palestino (PCP), los cuales atacaron los "continuos intentos de Arafat de dialogar con Israel, Egipto y Jordania", aunque tampoco quisieron alinearse con Fatah-Alzamiento, el FPLP-CG y Saika, los cuales, a su vez, replicaron formando una Alianza Nacional.

En el XVII CNP, celebrado en la capital jordana del 22 al 29 de noviembre de 1984 con el boicot de las facciones prosirias, la OLP rechazó la dimisión que Arafat había presentado de manera teatral. El plenario marcó también la reconciliación definitiva entre Arafat y Hussein, que el 11 de febrero de 1985 adoptaron el llamado Acuerdo de Ammán. Concebida como un borrador de oferta de negociación multilateral de los países árabes a Israel y acogida con sumo interés por Estados Unidos, Egipto y los países europeos por su contenido posibilista, la propuesta apuntaba a una "confederación jordano-palestina" dotada de un "gobierno palestino asociado", lo que traía a las mientes aquella fallida noción del "reino árabe panjordano" acuñada por Hussein en 1972.

Habían pasado 12 años desde entonces, y Arafat, a fuerza de encajar varapalos, había evolucionado significativamente en alguno de sus enfoques. Que Arafat pareciera contentarse con una entidad de autogobierno de rango inferior al del Estado como sujeto de derecho internacional reavivó las suspicacias de los dirigentes menos transigentes del CEOLP, el cual aprobó el Acuerdo, y de paso la aceptación en principio de las resoluciones 242 y 338 de la ONU, con la interpretación de que la confederación sería entre dos entidades iguales en soberanía.

La Alianza Nacional respondió formando, el 25 de marzo de 1985, el Frente de Salvación Nacional Palestino (FSNP), a cuyo frente se puso un peso pesado del sector oficialista de la OLP recién pasado a la disidencia, Jalid al-Fahum, presidente del CNP y del Consejo Central de la OLP hasta noviembre, cuando dimitió en protesta por la reconciliación con Hussein. El carácter, tantas veces, volátil e inextricable de las maniobras políticas en la zona se puso bien de manifiesto en mayo, en la guerra civil de Líbano, cuando fuerzas del FSNP ayudaron eficazmente a sus antagonistas, los lealistas pro Arafat, para repeler juntos la brutal agresión lanzada contra los campos de refugiados beirutíes por los shiíes de Amal, milicia que, paradójicamente, era tan tributaria de Damasco como podía serlo la rebelión palestina capitaneada por Abu Musa y Jalid al-Fahum.

El Acuerdo de Ammán, además de merecer el desinterés del Gobierno israelí de unión nacional presidido por el laborista Shimon Peres (quien lanzó una contrapropuesta consistente en negociaciones de paz directas con Jordania y, a través de ella, con representantes palestinos desvinculados de la OLP. sobre la base de las resoluciones 242 y 334 de la ONU y preparadas por una conferencia internacional), quedó herido de muerte en el último trimestre de 1985 por una sucesión de convulsiones que los interlocutores moderados percibieron como una salva de torpedos dirigida contra las expectativas de diálogo en Oriente Próximo. De estas inoportunas provocaciones militares y terroristas fueron responsables tanto gobiernos (directamente, el israelí, e indirectamente, el sirio, el libio y probablemente el irakí) como los lunáticos del campo palestino.

Con Líbano, Irán e Irak desangrándose en dos furiosos campos de batalla, la tensión regional subió como la espuma tras el raid aéreo israelí contra la sede de la OLP en Hamman Shatt, a 35 km de Túnez, el 1 de octubre, que mató a 56 palestinos y 15 tunecinos, el secuestro del barco de pasajeros italiano Achille Lauro por un comando terrorista del FLP, el 7 de octubre, y los brutales atentados de Fatah-CR contra los aeropuertos de Roma y Viena el 27 diciembre, con un saldo de 18 muertos.

Entre los zarpazos de Abu Abbas y Abu Nidal, el 7 de noviembre, en el curso de una visita a Mubarak en El Cairo, Arafat declaró que su organización había "renunciado a emplear la violencia" fuera de los Territorios Ocupados, cuyos habitantes, ahora bien, tenían el "derecho de recurrir a la resistencia armada". Este intento de desvincularse del terrorismo internacional resultaba obligado toda vez que un terrorista sin matices como Abu Abbas, partidario de seguir practicando la "lucha armada" contra Israel a la –supuestamente- antigua usanza, tenía asiento en el CEOLP.

Además, se sabía que, no obstante sus diatribas contra los oficialistas de Fatah, Abu Abbas estaba siendo financiado por el partido de Arafat, todo lo cual planteaba embarazosos interrogantes. El secuestro del Achille Lauro, que incluyó el asesinato de un judío estadounidense, rememoró los días de la OSN y Munich, y aunque no había indicios de otra cosa que no fuera un asalto terrorista perpetrado sin el conocimiento y contra la voluntad de Arafat, el caso fue que la imagen de la OLP se resintió.

Al ambiente estaba tan enrarecido que la coordinación entre el presidente de la OLP y el rey de Jordania se hizo insostenible. Arafat, además, asistía receloso al inopinado acercamiento entre Hussein y Assad, a punto de ser sellado con el restablecimiento de las relaciones diplomáticas. El 19 de febrero de 1986 el monarca dio virtualmente por fracasado el Acuerdo de Ammán y culpó a Arafat de la inercia negativa. Aunque disfrazado de generalidades, el reproche de Hussein a Arafat era uno: su negativa a aceptar explícitamente, de una vez y sin medias tintas, la resolución 242, lo que abriría las puertas al diálogo palestino-estadounidense y al consenso sobre una fórmula de declaración en la que la OLP reconociese el derecho del Estado de Israel a existir. En julio siguiente, el Gobierno jordano clausuró todas las oficinas de la OLP en el país y deportó a Abu Jihad a Túnez. Un año después, la parte palestina dio también carpetazo al proyecto confederal en el XVIII CNP.


7. Del estallido de la Intifada al viraje posibilista de 1988

El paulatino acercamiento entre sí de Egipto, Siria, Libia, Jordania y Arabia Saudí repercutió muy positivamente en el campo palestino. El XVIII CNP congregó en Argel del 20 al 26 de abril de 1987 a todas las facciones principales, que enterraron sus letales querellas cainitas y se pusieron de acuerdo en torno a la convocatoria de una conferencia internacional de paz para Oriente Próximo con los auspicios de la ONU y la participación de los cinco miembros permanentes del Consejo de Seguridad. Las relaciones con Egipto fueron formalmente reestablecidas y las luchas interpalestinas en Líbano cesaron (aunque rebrotaron brevemente el año siguiente). El 11 de septiembre Amal suscribió la paz con Fatah y el 25 de abril de 1988 Arafat abrazó a Assad, su archienemigo en los últimos cinco años, en el palacio presidencial de Damasco.

Pero antes de escenificar el caudillo palestino y el dictador sirio su reconciliación, y ésta tenía una relación directa con ello, un enorme disturbio vino a complicar el panorama: el estallido, el 9 de diciembre de 1987, con el detonante inmediato del funeral de unos trabajadores palestinos fallecidos en Gaza en un accidente de tráfico con un vehículo militar israelí, de la Intifada (literalmente, insurrección), o revuelta general de la población civil en Cisjordania y, especialmente, Gaza, donde los disturbios fueron más virulentos.

Desde 1967, los Territorios Ocupados ya habían sido escenario de numerosas protestas, huelgas y algaradas de mayor o menor calado, pero esta fue la primera rebelión masiva, destinada a convertirse en el más firme y persistente clamor nacionalista, de sus habitantes, en cuyo nombre, así como en el de los refugiados de la diáspora, la OLP había guerreado en el extranjero. Ahora, eran los palestinos del interior quienes asumían el rol protagonista de una lucha que sobrepasó el ámbito de la autoridad de la OLP, si bien Arafat y los suyos hicieron lo posible por controlar y tutelar la impetuosa dinámica de la calle en un sentido propicio a su estrategia y su propaganda políticas.

El fenómeno tenía bastante de espontáneo, con motivaciones políticas y también socioeconómicas (explosión demográfica, hacinamiento, desempleo, pobreza), aunque después de prender, Arafat y otras figuras de la OLP empezaron a decir que lo habían organizado ellos. Las crudas imágenes procedentes de Gaza recordaron al público internacional que en Palestina existía un conflicto no resuelto, que había un problema de ocupación territorial y una descolonización pendiente, con una realidad cotidiana de desplazamientos forzosos, castigos colectivos, destrucción de viviendas, veda de cultivos y torturas y maltratos en los centros de detención.

A principios de 1988, Fatah, el FPLP, el FDLP y los comunistas constituyeron el Liderazgo Nacional Unido de la Intifada a modo de puente entre la dirección política del exterior y la generación más joven del interior. Este mando, de carácter nacionalista laico –por no decir arreligioso- se disputó el apoyo de los cabecillas populares que la Intifada había sacado del anonimato con la Jihad Islámica Palestina y el Movimiento de Resistencia Islámico (Harakat Al Muqawama Al Islamiyya), este último creado por los Hermanos Musulmanes justo al iniciarse la revuelta y más conocido por su acrónimo en árabe, Hamas (Celo). Los revoltosos de Gaza y las ciudades cisjordanas demandaban lisa y llanamente la marcha de los soldados y la creación del Estado palestino.

La Intifada, con su impactante imagen internacional de genuino alzamiento popular y juvenil, incluso infantil, puso en un serio aprieto al Gobierno israelí de Yizthak Shamir, ya que difícilmente podía presentarse esta violencia practicada por muchachos palestinos que arrojaban piedras o, con menos frecuencia, cócteles molotov contra soldados armados hasta los dientes y los imponentes tanques Merkava como una manifestación de terrorismo. Las FDI respondieron a los ataques de que eran objeto con una fuerza absolutamente desproporcionada, ignorando la cascada de reacciones de repudio internacionales: al cumplirse el primer aniversario de la revuelta, los soldados habían matado entre 300 y 400 palestinos, y practicado 18.000 arrestos, encarcelamientos y deportaciones. Las bajas israelíes, entre militares y civiles, no llegaban a la decena.

El largo brazo del Mossad se entrevió el 16 de abril de 1988 tras el asesinato, en su residencia en las afueras de Túnez, de Abu Jihad, comandante militar adjunto de la OLP, brazo derecho de Arafat y número dos de la organización. El atentado terrorista, precedido por la incursión de un comando palestino en territorio israelí que mató a seis militares –un teniente coronel entre ellos-, indicó que los gobernantes israelíes culpaban a la OLP en un ciento por ciento de la Intifada y que seguían considerándola organización terrorista, cuyos jefes eran susceptibles de ser eliminados en cualquier momento. En junio, los presidentes árabes se reunieron con carácter extraordinario en Argel para dar su bendición a la Intifada y concretar una generosa financiación.

La muerte de Abu Jihad fue un golpe para Arafat, que poco después, el 31 de julio, acogió con perplejidad el anuncio por Hussein de que Jordania cortaba "todos los lazos legales y administrativos" con Cisjordania, territorio sobre el que había ejercido la soberanía entre 1950 y 1967, y que, de iure, seguía siendo suyo, con el objeto, aseguraba el rey, de facilitar la formación del Estado palestino y permitir a la OLP, desde ya mismo, extender su jurisdicción.

La histórica renuncia debía entenderse con un regalo inapreciable del monarca hachemí al pueblo palestino, pero que el Gobierno de Ammán dejara de abonar los salarios a los funcionarios de la administración pública y a los maestros de escuela, y cancelara la partida del presupuesto anual para Cisjordania, eran unos hechos que ponían a la OLP ante el compromiso de hacerse cargo de la situación. Además, en las filas de Arafat causó suspicacia la reacción positiva del Gabinete de Shamir, que interpretó el anuncio de Hussein como su resignación a la ocupación militar. El 3 de agosto la OLP informó que "asumía responsabilidades" en Cisjordania y en Gaza, igualmente entregada por Egipto.

La Intifada, la renuncia a los Territorios Ocupados por Jordania y Egipto, el retroceso de las posturas recalcitrantes en el conjunto de los gobiernos árabes y, muy importante, las exigencias de Estados Unidos, todo ello, indujo a Arafat a dar el salto, a veces amagado, y nunca realizado, en la filosofía de la organización que lideraba, y seguramente también en la suya personal. Arafat creía que ningún proceso pacificador era viable en Oriente Próximo sin la participación y el estímulo de Estados Unidos, que en 1975 había formulado una política muy clara con respecto a la organización que encabezaba: a menos que reconociera el derecho de Israel a existir y las resoluciones 242 y 338 del Consejo de Seguridad de la ONU, la OLP no sería aceptada como interlocutor bilateral del Gobierno ni como parte en una conferencia internacional de paz. En 1985, el Congreso aprobó un tercer requisito para recibir la legitimación de Estados Unidos: la OLP debía renunciar al terrorismo.

No fue, por tanto, una casualidad que el 15 de noviembre de 1988 el XIX CNP adoptara en Argel tres decisiones de gran trascendencia, la primera en clave interna, y las otras dos en clave externa: la "Declaración de independencia del Estado de Palestina" con capital en Jerusalén, a pesar de que la OLP no controlaba ningún territorio allá (hasta el fin de mes, empero, 60 países reconocieron este Estado inexistente); la aceptación de las resoluciones 181, 242 y 338 de la ONU (la 181 era asumida en la Declaración de Independencia y las otros dos en un comunicado político anexo) como base de negociación, lo que suponía reconocer el Estado de Israel en las fronteras, no ya de 1947, sino de 1949-1967; y, el rechazo a "la amenaza o el uso de la fuerza, la violencia y el terrorismo contra la integridad territorial del Estado Palestino o de cualquier otro Estado", existiendo de nuevo aquí una referencia implícita a Israel.

Había habido otros pronunciamientos de esta índole, más o menos implícitos, más o menos vagos, pero éste era el más visible y solemne. Con todo, seguía sin haber un reconocimiento explícito de Israel, amén de que la Carta Nacional Palestina, texto antisionista a ultranza, no se modificaba por el momento. La administración saliente de Reagan informó a Arafat que lo declarado en Argel no era suficiente, pero que Estados Unidos emprendería un diálogo oficial con la OLP tan pronto como ésta deshiciera sus últimas ambigüedades.

Arafat quería exponer sus propuestas ante el XLIII pleno de la Asamblea General de la ONU en Nueva York, pero el Gobierno estadounidense le denegó el visado de entrada. Los miembros de la Asamblea decidieron entonces reunirse en la sede de Ginebra, y allí fue donde Arafat, el 13 de diciembre, repitió y enfatizó las claves del nuevo discurso pacifista de la OLP. En la ciudad suiza, Arafat se abstuvo de portar al cinto la pistolera vacía, que sí había exhibido en su comparecencia de 1974, como gesto simbólico del alejamiento del militarismo. Luego, en una rueda de prensa, para rebatir a quienes le acusaban de estar haciendo un mero ejercicio de relaciones públicas, fue machacón: "Queremos la paz (…) Nuestro deseo de paz es estratégico y no una mera táctica provisional (…) Dije ayer, y lo repito para que conste, que rechazamos total y absolutamente todas las formas de terrorismo individual, de grupo o de Estado".

Las reacciones internacionales no se hicieron esperar, recordando aquella cascada de éxitos diplomáticos de 1974: dos días después del vehemente discurso en Ginebra, la Asamblea General aprobó en sendas resoluciones la instancia a la convocatoria de una conferencia internacional de paz para Oriente Próximo y la sustitución del término OLP por el de Palestina en el sistema y la documentación de Naciones Unidas, con los únicos votos en contra de Israel y Estados Unidos. A pesar de todo, la administración de Washington decidió pasar de los contactos secretos al diálogo diplomático formal con la OLP, a través de su embajador en Túnez.

Coronando esta racha triunfal, el 2 de abril de 1989 Arafat fue proclamado por el Consejo Central de la OLP reunido en sesión extraordinaria "presidente del Estado Árabe de Palestina". Poco después comenzaron los primeros encuentros a la luz entre representantes de la OLP y el Gobierno de Estados Unidos, pero este diálogo oficial quedó suspendido el 20 de junio de 1990 por no condenar expresamente Arafat un ataque cometido el 30 de mayo anterior por el FLP en Israel.

Arafat tenía propuestas propias para negociar con Israel, pero tres factores, más o menos accidentales, cercenaron dramáticamente su margen de maniobra. El primero fue la crisis y, luego, la guerra en el golfo Pérsico, entre agosto de 1990 y febrero de 1991, a raíz de la invasión irakí de Kuwait. Entonces, Arafat salió a respaldar, podría decirse que neciamente, a Saddam, un dictador megalómano cuyo atropello imperialista le hizo acreedor de la execración universal.

El 3 de agosto de 1990, al día siguiente de la entrada del Ejército irakí en el Emirato, la Liga Árabe celebró en El Cairo una sesión de emergencia en la que aprobó una declaración de condena con los votos en contra de Jordania, Yemen, Sudán y la OLP. Libia y Mauritania se abstuvieron, pero Egipto, Siria, Líbano, Marruecos, Túnez, Argelia y las seis monarquías del Golfo votaron a favor. Siete días después, la OLP volvió a marcar el contrapunto, pero menos arropada, en la cumbre de la Liga en la capital egipcia, donde se decidió el envío para participar en la defensa de Arabia Saudí de una fuerza egipcio-sirio-marroquí de 52.000 soldados. Sólo Irak, Libia y la OLP votaron en contra. Se abstuvieron Argelia y Yemen, mientras que Mauritania, Jordania y Sudán votaron afirmativamente, pero con reservas.

En esta crisis, Jordania mantuvo una lealtad forzada por la dependencia económica de su vecino, pero la OLP no se jugaba gran cosa por negarle el apoyo a Saddam y, al contrario, mucho si se lo brindaba, por más que aquel tuviera un valor meramente diplomático. Se trató de un tremendo error de cálculo de Arafat, ya que enfadó a Egipto, perdió puntos ante Occidente y, sobre todo, disipó la pingüe ayuda financiera de las monarquías conservadoras del Golfo, que no estaban dispuestas a pasar por alto este posicionamiento. Riad no demoró su represalia y expulsó a decenas de miles de palestinos que residían en el reino saudí y cuyas remesas familiares eran una fuente importante de cuotas y de donaciones para la causa. A ellos se les sumaron los más de 300.000 palestinos que trabajaban en Kuwait y que como resultado de la invasión huyeron precipitadamente. Después de la guerra, la práctica totalidad de estos nuevos desplazados no retornó.

Quizá, Arafat pensó que la crisis podía resolverse en el seno de la Liga, sin recurrir a las armas y sin una intervención occidental al socaire de la cual Israel podría tomarse unas cuantas revanchas. Quizá, de haber sabido que Estados Unidos iba a tener tanto éxito en la urdimbre de una vasta coalición internacional contra Irak, habría matizado o invertido su postura. O quizá, se obnubilló con la posibilidad de un Saddam convertido en una suerte de nuevo Nasser, en el amo de una nueva potencia regional capaz de, esgrimiendo el arma del petróleo, forzar un nuevo orden en Oriente Próximo completamente favorable a los palestinos.

Al principio de la crisis, Arafat ni siquiera comedió las formas, desempolvó la retórica panarabista de otros tiempos y no tuvo ambages en decir, por ejemplo, que "nosotros únicamente podemos estar en la trinchera hostil al sionismo y a sus aliados imperialistas que hoy movilizan sus tanques, sus aviones y toda su sofisticada maquinaria de guerra contra nuestra nación árabe". Cuando se percató de que a Saddam le pintaban bastos, se embarcó en una infructuosa ofensiva diplomática para intentar detener la guerra. Su propuesta de vincular la desocupación de Kuwait a algún tipo de solución para el conflicto de Palestina fue acogida con interés variable por los países árabes y la URSS, pero ignorada por Estados Unidos y Europa.

También era cierto que la calle palestina prorrumpió en encendidas loas a Saddam, y disociarse de esta realidad, con la Intifada activa, podría resultar contraproducente para los políticos en el exilio. Había oportunismo, pero sin lugar a dudas Arafat actuaba guiado también por un sentimiento de gratitud al régimen de Bagdad, forjado en la década anterior. Esto podía causar perplejidad a un observador de fuera. El taimado y maniobrero Saddam había sido un amigo declarado y un financiador cierto de los palestinos, pero en absoluto desinteresado.

Sin llegar a los niveles de manipulación e insidia de su antagonista regional, Assad, Saddam había hecho en el pasado flacos favores a la unidad de las diversas facciones palestinas, a las que tendió a ver como peones intercambiables en sus complicadas partidas estratégicas en Líbano, Siria y Jordania. Había intentado descabezar a Fatah en 1978, y actualmente continuaba dando cobijo a un adalid del terrorismo palestino como Abu Abbas, al igual que antes a Abu Nidal, ahora bajo la protección de Gaddafi, cuyos métodos lesionaban la imagen de los palestinos.

Precisamente, todo el mundo atribuyó a la banda de Abu Nidal el asesinato en Túnez el 14 de enero de 1991, esto es, en vísperas del inicio por Estados Unidos de la Operación Tormenta del Desierto contra Irak, de Abu Iyad, que discrepaba de Arafat sobre la cuestión de Kuwait (y no era el único, pues Jalid al-Hassan, Walid Jalidi, Faysal al-Husseini y otros se enfrentaron a Arafat y Qaddumi por la estrategia proirakí), y de Hayil Abdel Hamid, alias Abu al-Hul. Las desapariciones del otrora número tres y luego, desde la muerte de Abu Jihad, el segundo de abordo en la organización, y del jefe de seguridad de la OLP parecían malos presagios.

En segundo lugar, Arafat encajó la desintegración en los últimos meses de 1991 de la URSS, que había sido el tradicional valedor de las causas árabe y palestina en la ONU, y el necesario contrapeso de la indisoluble alianza de Estados Unidos e Israel. La OLP se quedaba sin superpotencia abogada. Y en tercer lugar, estaba el auge de los movimientos islamistas integristas, que, al calor de la Intifada, amagaban con relanzar la vía del terrorismo, ahora de características urbanas, focalizado en los Territorios Ocupados y dentro del Estado de Israel, y ejecutado por militantes suicidas altamente fanatizados.

Después de la derrota de Irak en Kuwait, Hamas y la Jihad Islámica estuvieron en condiciones de reemplazar a las viejas organizaciones de la izquierda revolucionaria y laica, paulatinamente marginadas del proscenio, en la defensa del discurso radical y maximalista, a saber: combate a ultranza a Israel, expulsión de las FDI y de los colonos, y nada menos que no fuera el Estado palestino en Cisjordania y Gaza con capital en Jerusalén. Para estos grupos, los métodos violentos de "legítima resistencia" no estaban periclitados, a diferencia de lo proclamado por la OLP en 1988.


8. Comienza el proceso de paz: la Conferencia de Madrid de 1991 y los Acuerdos de Oslo de 1993

Afortunadamente para él, Arafat se ahorró las derivaciones políticas negativas de su postura en la crisis de Kuwait porque después de la guerra la administración de George Bush se tomó muy en serio la convocatoria de una conferencia internacional de paz, llegando a amenazar al muy renuente Gobierno de Shamir con cortarle la ayuda económica si no acudía a negociar.

En junio de 1991 James Baker, secretario de Estado de Bush, desveló las líneas maestras del plan que adoptó su nombre: celebración de una conferencia internacional previa al arranque de negociaciones multilaterales y bilaterales entre Israel, Siria, Líbano y una delegación mixta jordano-palestina; los delegados palestinos no podrían ser miembros de la OLP ni residentes en los Territorios Ocupados; el objeto de negociación para los palestinos sería un marco de autogobierno interino de cinco años de duración; en una segunda fase, pasaría a discutirse el estatus definitivo de la entidad palestina. La base negociadora serían las resoluciones 242 y 338, y el principio subyacente el de paz por territorios. Según Baker, a los palestinos se les ofrecía la posibilidad de adquirir un estatus "por debajo del Estado, pero por encima de la autonomía". Bush y el líder soviético Mijaíl Gorbachov se pusieron de acuerdo para copatrocinar la conferencia internacional.

A pesar de las fuertes restricciones impuestas a los palestinos, las cuales eran, de hecho, la moneda de cambio que pagaba la participación israelí en el proceso, Arafat asintió, en parte por convicción y en parte por pura necesidad, ya que tras el mutis soviético, la apabullante derrota de Saddam y el dramático achicamiento de los recursos financieros de la organización, fruto de su torpe provocación a saudíes y kuwaitíes, la OLP no estaba en condiciones de regatear gran cosa. Con todo, solicitó a Estados Unidos que la OLP pudiera nombrar a los delegados palestinos, que algunos de ellos fueran de Jerusalén oriental, que la agenda negociadora incluyera la cuestión de Jerusalén en tanto que territorio ocupado, que se reconociera el derecho de los palestinos a la autodeterminación y que Israel detuviera la actividad colonizadora en Cisjordania y Gaza.

Primero el CNP, reunido en su XX plenario en Argel del 21 al 28 de septiembre, y, luego el CEOLP, el 3 de octubre, aceptaron el Plan Baker y decidieron que los palestinos de la delegación mixta fueran personalidades independientes, pero supervisados fuera de la sala de conferencias por un equipo de expertos de la OLP del que iban a formar parte Nabil Shaath, presidente del Comité Político del CNP, y dos notorios activistas de Jerusalén, Faysal al-Husseini y Hanan Ashrawi.

La decisión de Argel distó de ser unánime. Destacados miembros del CNP como el literato Edward Said y el antropólogo Ibrahim Abu Lughod anunciaron su renuncia al escaño porque, en su opinión, el plan dejaba en el aire el problema de los refugiados y no era claro sobre la evacuación militar israelí. Habash y Hawathme encabezaron los ataques a la celebración de la conferencia en las actuales condiciones, pero no rompieron con la OLP por el momento, mientras que Abu Abbas dimitió de su puesto en el CEOLP.

Arafat, por tanto, estuvo ausente de la histórica Conferencia de Madrid, del 30 de octubre al 1 de noviembre de 1991, que dio el banderazo de salida al proceso de paz en Oriente Próximo. El cabeza de la subdelegación palestina fue Haider Abdel Shafi, un eminente médico de Gaza y ex miembro de la OLP que tenía a sus espaldas muchos años de servicio a la causa palestina. A pesar de lo pactado por Estados Unidos y la URSS, Shafi tuvo asignado un tiempo de intervención de 45 minutos al igual que los cabezas de la subdelegación jordana y las demás delegaciones estatales, lo que airó a los israelíes, encabezados por un adusto Shamir. Se trató, sin duda, de un punto a favor de los palestinos, que se afanaron en producir la impresión de que quien discurseaba en Madrid era la OLP. En realidad, en los dos días que duró el magno evento, cada parte se dedicó a exponer sus planteamientos con propósito propagandístico.

El 3 y el 4 de noviembre se celebró en la capital española la primera ronda de conversaciones entre israelíes y jordano-palestinos, y luego la mesa bilateral se trasladó a Washington. Hasta final de año, a lo largo de todo 1992 y en la primera mitad de 1993 las negociaciones oficiales estuvieron estancadas la mayor parte del tiempo antes de terminar por bloquearse, debido a un sinfín de discrepancias sobre cuestiones de procedimiento y de agenda.

Las propuestas y contrapropuestas puestas sobre la mesa por cada parte toparon en la parte contraria con una escasa voluntad de entendimiento sobre cuestiones teóricamente menos complicadas que, por ejemplo, el estatus de Jerusalén, como podían serlo la celebración de elecciones municipales y legislativas, o la definición de las competencias y responsabilidades del futuro autogobierno palestino. Las asechanzas subversivas de los partidos palestinos islamistas y la multiplicación de las coacciones israelíes a los palestinos de los Territorios Ocupados –deportaciones en masa al sur de Líbano, erección de barreras a la libre circulación dentro de Cisjordania, prohibiciones de acceso a Jerusalén- contribuyeron poderosamente al impasse negociador en su formato público y oficial.

El único avance cualitativo en este período, y fundamental para el inesperado viraje que el proceso iba a dar dentro de muy poco, fue la decisión de la Knesset, en enero de 1993, de levantar el veto legal, vigente desde 1986, a los contactos con la OLP. Esto permitió a los delegados palestinos, Husseini, Ashrawi y Saeb Erekat, negociar abiertamente en nombre de la OLP, lo que potenció el carácter político de las discusiones con Israel. Desde Túnez, Arafat, conjuntamente con el CEOLP y el Comité Central de Fatah, decidía lo que la delegación palestina debía proponer y rechazar en el diálogo con Israel y Estados Unidos.

Hasta la fecha, Arafat había cultivado la imagen de un hombre entregado en cuerpo y alma a una causa política, y nunca había dado pábulo a informaciones sobre su vida privada, de la que prácticamente no se sabía nada. Ante biógrafos y periodistas, Arafat se complacía en resaltar su soltería como un sacrificio en aras de la lucha nacional palestina, y expresaba sus dudas sobre la compatibilidad entre sus compromisos políticos y la formación de una familia, lo que, no obstante, le atraía, ya que era "un hombre como cualquier otro". En cierta ocasión, declaró: "Uno no necesita más que una esposa. Y yo estoy casado con la revolución palestina".

Así que en febrero de 1992 sorprendió conocer, a través de fuentes anónimas de la OLP, que el rais se había casado en noviembre anterior en su residencia de Túnez con su secretaria de 27 años, Suha Tawil, una palestina de Ramallah bautizada cristiana, políglota y perteneciente a una familia de clase alta: su padre era un banquero educado en Oxford y su madre una activista nacionalista, poetisa y periodista a la que la Policía israelí había impuesto varios arrestos domiciliarios antes de tomar el camino del exilio tunecino. Un hermano de Suha, así como dos cuñados, desempeñaban funciones representativas en la sección internacional de la OLP.

Antes de la boda, celebrada en el más riguroso secreto y con la asistencia de un puñado de familiares y amigos, Suha se convirtió al Islam. Las mismas fuentes informaban que la pareja se había conocido en 1988 en Túnez, cuando ella estudiaba Ciencias Políticas en la Universidad de la Sorbona y ejercía de periodista freelance en París, a través de su madre, que tenía una amistad con Arafat pero que en ningún momento habría querido hacer de celestina, ya que los esponsales se celebraron contra su voluntad.

Suha retornó a Francia para completar sus estudios y a su vuelta a Túnez en 1989 fue contratada por su futuro esposo como relaciones públicas de la OLP y luego como asesora económica. En julio de 1995, en París, iba a nacer el único retoño de esta unión, una niña, Zawha, quien conocería a su padre básicamente por las conversaciones telefónicas y por fotografías.

Mujer de carácter independiente, lengua viva, inquietudes feministas y mentalidad europea por los cuatro costados, Suha nunca iba a ser bien vista por los hombres que rodeaban a su marido ni, a pesar de sus labores de asistencia entre los refugiados, a ganarse el corazón de los palestino de los Territorios. Sus relaciones conyugales con Arafat parece que discurrieron por un cauce insatisfactorio, al menos para ella. En 1994 declaró a un diario egipcio que apenas hacían vida en común y que él seguía viviendo "como si estuviese soltero". En 2000, convencida de estar unida "a un mito, a un hombre sólo casado con la revolución palestina", Suha y su hija se trasladaron a París.

En un suceso aparte, que reforzó su aureola de afortunado superviviente de mil peripecias, Arafat sobrevivió casi ileso a un accidente de aviación en el desierto libio el 8 de abril de 1992. Ese día, Arafat y su séquito volaban de Jartum a Túnez a bordo de un Antonov 26, regalo del Gobierno argelino. Cuando se disponían a hacer escala para repostar en el oasis de Kufrah, no muy lejos de la frontera egipcia y donde la OLP tenía un campo de adiestramiento, el aparato se vio envuelto en una violenta tormenta de arena que le obligó a efectuar un aterrizaje de emergencia. No pudiéndolo hacer en Kufrah, el piloto se desvió hacia Matan as-Sarah, al oeste, cerca de la frontera chadiana, donde había un pequeño aeródromo militar.

A unos 70 km del punto de destino, sin apenas combustible y con visibilidad nula, el piloto se vio forzado a tomar tierra en una zona de dunas y no pudo evitar el choque con un talud de arena. Los tres tripulantes murieron, pero los nueve pasajeros salvaron la vida. Localizado por una patrulla de salvamento libia, Arafat fue ingresado por unas horas en el hospital de Mesrata, donde ya le estaba esperando Gaddafi y le atendieron las magulladuras. En Túnez y en los Territorios Ocupados, los palestinos celebraron el enésimo cumplimiento en Arafat de su proverbial baraka, que para los musulmanes es el socorro que Dios dispensa a sus elegidos. Los gobiernos de los países involucrados en el proceso de paz –salvo Israel- expresaron su alivio porque Arafat hubiese salido bien parado de este siniestro, ya que su brusca desaparición, a falta de un sucesor designado en el liderazgo palestino, habría arrojado sobre las negociaciones una incertidumbre de consecuencias impredecibles.

Para entonces, como se vio arriba, las negociaciones bilaterales entre israelíes y palestinos estaban empantanadas. Ante lo infructuoso de los contactos oficiales, hubo que recurrirse, a partir del 20 de enero de 1993 y en Oslo, a la negociación secreta, que por la parte palestina estuvo conducida por Mahmoud Abbas, más conocido como Abu Mazen, el pragmático responsable de las relaciones exteriores de la OLP y uno de los más estrechos colaboradores de Arafat desde los años sesenta, y Ahmad Qureia, alias Abu Alá, el jefe del aparato financiero de la organización.

Los buenos oficios de las diplomacias noruega y estadounidense hicieron posible la ruptura del bloqueo. Ello, más la voluntad de las partes de explorar los puntos de posible acuerdo más que de contrastar sus diferencias, se tradujo en un logros inopinados que fueron filtrados a los medios el 27 de agosto y anunciados oficialmente tres días después. Así, en vísperas del comienzo en Washington de la undécima ronda oficial de conversaciones bilaterales, la opinión pública internacional se enteró con estupefacción de que palestinos e israelíes llevaban medio año discutiendo en el más riguroso secreto. El borrador final de la llamada Declaración de Principios sobre los Acuerdos del Autogobierno Interino había sido ultimado en Oslo en la residencia del ministro de Exteriores noruego, Johan Jørgen Holst, el 19 de agosto, en la catorceava ronda de negociaciones. El histórico acuerdo, no sólo debía poner término a la Intifada y detener una confrontación que apelaba a las armas, sino que abría paso a la solución definitiva del más prolongado, doloroso e intratable conflicto entre naciones del mundo.

La Declaración de Principios, equivalente de hecho a un tratado de paz, abarcaba seis grandes cuestiones. Se establecería una Autoridad de Autogobierno Interino Palestino con jurisdicción sobre Cisjordania y Gaza, aunque inicialmente sólo sobre la franja y en la ciudad cisjordana de Jericó, por un período transitorio de cinco años como máximo. Se celebrarían elecciones democráticas a un Consejo Palestino, del que emanaría la Autoridad de Autogobierno. Israel procedería a transferir a los palestinos poderes y responsabilidades en las áreas de educación y cultura, salud, bienestar social, impuestos directos y turismo.

Las FDI se replegarían por etapas de Cisjordania y Gaza, y la vigilancia de la seguridad sería compartida con la Autoridad Palestina, que podría dotarse de fuerzas policiales. Las partes adoptarían con rapidez un Acuerdo Interino que permitiese iniciar la autonomía y donde se especificarían la estructura y las atribuciones del Consejo, y todo lo relacionado con la transferencia de poderes. En el tercer año del período interino arrancarían negociaciones centradas en las cuestiones restantes, a saber: el estatus permanente de la entidad palestina, el estatus de Jerusalén, la situación de los refugiados y de los asentamientos de colonos, los acuerdos bilaterales de seguridad, las relaciones de cooperación con los estados vecinos y la definición de las fronteras.

Arafat, el 9 de septiembre, y el primer ministro israelí y líder del Partido Laborista, Yitzhak Rabin -quien comandara el Estado Mayor de las FDI cuando la Guerra de los Seis Días-, al día siguiente, suscribieron sendos documentos de reconocimiento recíproco: el líder de la OLP reconocía "el derecho del Estado de Israel a existir en paz y con seguridad", acataba las resoluciones 242 y 338, y renunciaba "recurrir al terrorismo y otros actos de violencia", mientras que el estadista judío reconocía a la OLP como el "representante del pueblo palestino". Simultáneamente, el presidente Bill Clinton revocaba la directiva de 1990 que había dejado en suspenso el diálogo entre el Gobierno de Estados Unidos y la OLP.

El 13 de septiembre de 1993 el césped de la Casa Blanca en Washington brindó el escenario para la firma solemne de la Declaración de Principios. Para Arafat, fue, probablemente, el punto culminante de su carrera política. Los encargados de rubricar el documento fueron los respectivos responsables diplomáticos, Mahmoud Abbas por la parte palestina y Shimon Peres por la israelí, pero todo el protagonismo recayó en Arafat y Rabin, que, impelidos por Clinton, simbolizaron el comienzo de la superación de cinco décadas de hostilidades con un apretón de manos lleno de dramatismo y electricidad; no en vano, los dos habían sido enemigos jurados hasta prácticamente la víspera.

Arafat aprovechó su ya de por sí histórica estancia oficial en Estados Unidos para sostener una entrevista particular con Clinton, que era el primer mandatario norteamericano que le recibía, y para volver, el 14 de septiembre, tras 19 años de ausencia, a la Asamblea General de la ONU en Nueva York. El 11 de octubre el Consejo Central de la OLP, reunido en Túnez, deliberó sobre lo firmado en Washington y por una amplia mayoría de votos (63 contra ocho, más nueve abstenciones, si bien 25 miembros no asistieron) autorizó a Arafat y el CEOLP para que comenzaran a aplicar las previsiones de los Acuerdos de Oslo. El 25 de octubre el Gobierno laborista israelí emprendió la liberación de 660 de los 15.000 palestinos presos en las cárceles israelíes. El 14 de diciembre Arafat inició su primera visita oficial al Reino Unido.


9. Los hitos y los retrocesos de los tres primeros años de la Autonomía Palestina

La trayectoria de Arafat desde la ceremonia de Washington hasta el año 2000 conoció momentos de triunfo, pero también numerosos y amargos sinsabores, que no fueron sino los del mismo proceso de paz, mucho más tortuoso de lo que sus artífices hubieran llegado a imaginar en los momentos de euforia. Por de pronto, 1994 fue el año de la recogida de los primeros frutos sembrados en Oslo.

El 9 de febrero Arafat y Peres suscribieron en El Cairo un acuerdo sobre seguridad fronteriza, delimitación de la extensión de la autonomía en Jericó y definición de las comunicaciones por carretera con Gaza. Dos semanas después, un colono judío provocó la matanza de 29 fieles musulmanes en la Cueva de los Patriarcas de Hebrón (recinto sagrado para las dos religiones), el primero de los muchos reveses de consideración que, entre avance y avance, iban a dislocar con efectividad creciente el cronograma previsto en Oslo. El 6 de abril la provocación vino de la parte palestina con la voladura por Hamas de una parada de autobuses en Afula, matando a ocho civiles israelíes. Siete días más tarde, coincidiendo con el final del plazo, incumplido, para la retirada de las FDI de Gaza y Jericó, un acuerdo palestino-israelí adoptado en la víspera sobre la creación de una fuerza policial autonómica de 9.000 agentes fue saludado con otro atentado terrorista en territorio israelí, en Hadera, con el resultado de seis muertos.

El proceso de paz, firmemente impulsado por Arafat y Rabin, aunque retrasado, no se detuvo. El 4 de mayo los dos estadistas firmaron en El Cairo el llamado Acuerdo Gaza-Jericó (Oslo I), último instrumento previo a la creación de la autonomía. El 10 de mayo los primeros policías palestinos entraron en Gaza desde Egipto por el puesto fronterizo de Rafah y el 13 las FDI entregaron a la conocida como Brigada Al Aqsa las funciones de vigilancia de la seguridad en Jericó.

Para Arafat, que el 11 de mayo había enfurecido a los israelíes por decir desde Johannesburgo que era necesaria una "jihad" para liberar Jerusalén, julio de 1994 sería su mes de gloria: el 1 entró triunfalmente en Gaza por Rafah, poniendo fin a 27 años de exilio de Palestina; el 5, junto con los doce miembros de su primer Gabinete ministerial, prestó juramento en Jericó como presidente de la Autoridad Ejecutiva del Consejo Palestino, esto es, el Gobierno de la Autoridad Nacional Palestina (ANP), que echó a andar en ese momento al igual que el período interino de cinco años; y, el 12 estuvo de vuelta en Gaza para inaugurar su residencia permanente.

El 29 de agosto Israel y la ANP firmaron en Erez, Gaza, el Acuerdo Preparatorio de la Transferencia de Poderes y Responsabilidades en las cinco áreas definidas en la Declaración de Principios, el 31 de octubre y el 1 de noviembre la ANP se hizo cargo de los puestos fronterizos de Rafah con Egipto y Puente Allenby con Jordania, y el 16 de noviembre el CEOLP celebró su primera reunión en territorio palestino. El 18 de noviembre la Policía palestina lanzó en Gaza una agresiva batida contra círculos integristas de Hamas y la Jihad Islámica que degeneró en un violento tiroteo con el resultado de 13 muertos.

El boicot de los grupos extremistas al proceso de Oslo porque no satisfacía unas reclamaciones de máximos de inmediata ejecución, empezando por la completa evacuación militar israelí de toda Cisjordania y Jerusalén oriental, auguraba serias disensiones en la ANP y no menos serios problemas con Israel, pero ahora era el tiempo del optimismo. 1994 concluyó para Arafat, el guerrillero y terrorista reciclado en político y estadista, con una satisfacción añadida, un honor y un reconocimiento que en el pasado habrían resultados inconcebibles y que en el futuro iban a tender a ser olvidados, como si no se hubiesen producido: la concesión, el 14 de octubre, del premio Nobel de la Paz, que compartió con los otros dos forjadores del proceso de Oslo, Rabin y Peres. Los tres recogieron el Nobel en la capital noruega el 10 de diciembre. El 24 de noviembre anterior, Arafat y Rabin hicieron lo propio en Oviedo, España, con el premio Príncipe de Asturias a la Cooperación Internacional.

Un rosario de golpes terroristas contra ciudades israelíes, ataques contra colonias judías y centros transferidos a la ANP, y refriegas armadas que involucraban a soldados, policías palestinos, activistas islamistas y colonos acompañó el discurrir de 1995. Sin embargo, estas perturbaciones, no obstante ocasionar un buen número de víctimas, eran de baja intensidad –más que nada si se las compara, en retrospectiva, con lo que iba a venir años después-, y las partes, todavía, preferían explorar las fórmulas de acción conjunta para repeler y evitar las que, mayormente, eran vistas como provocaciones de los extremistas de cada lado.

Las respectivas protestas oficiales por la prosecución israelí de las obras de expansión de los asentamientos judíos en el contorno de Jerusalén, previas confiscaciones de tierra a sus legítimos propietarios palestinos, y por la ineficacia de los servicios de seguridad de la ANP en el impedimento de los atentados no menoscabaron la voluntad de negociar y de dialogar, incluso el diálogo personal, expresado en varias citas, de Arafat con Rabin y Peres. El 2 de febrero Arafat, Rabin, Hussein y Mubarak celebraron en El Cairo una cumbre cuatripartita sin precedentes para analizar la situación del proceso de paz y reafirmar su apoyo al mismo a pesar de la acumulación de imponderables.

Arafat y su gabinete, por otro lado, empezaron a ser acusados por ONG y activistas palestinos independientes de no estar sentando las bases de un estado de derecho y un imperio de la ley, habida cuenta de la proliferación de abusos y arbitrariedades de las fuerzas de seguridad, las cuales, al socaire de la lucha antiterrorista en los ambientes de los partidos enemigos del proceso de paz, reprimían el ejercicio de derechos fundamentales como la libertad de expresión.

El 1 de julio expiró otro plazo sin cumplimiento, la extensión de la ANP al resto de Cisjordania. El proceso acumulaba ya importantes atrasos, pero siguió su curso. El 27 de agosto se acordó en El Cairo la transferencia de otras ocho competencias civiles (agricultura, comercio interior, industria, empleo, asuntos municipales, correos, combustibles y el censo de población) y el 28 de septiembre Arafat y Rabin suscribieron en Washington el Acuerdo Interino sobre Cisjordania y Gaza, más conocido como Acuerdo de Taba, por el balneario egipcio a orillas del mar Rojo donde lo habían ultimado Arafat y Peres cuatro días atrás, y también por Oslo II, el cual implementaba la segunda fase del autogobierno.

El Acuerdo de Taba dividió Cisjordania y Gaza en tres zonas jurisdiccionales. La zona A, que comprendía la mayoría de la franja de Gaza y las ocho ciudades cisjordanas más áreas adyacentes a sus perímetros urbanos, lo que, de todas maneras, suponía sólo el 4% de Cisjordania; en esta zona, la ANP adquiría plenos poderes sobre la administración civil y la seguridad interior. La zona B, que abarcaba casi todos los restantes núcleos de población urbanos y rurales cisjordanos, es decir, el 23% del territorio; aquí, la ANP asumía sólo la administración civil, siendo la seguridad de competencia israelí.

Y la zona C, calificada de "interés estratégico" para la seguridad de Israel, que por el momento iba a seguir manteniendo sobre ella el control exclusivo en todas las áreas; consistía en el 73% de Cisjordania y algunos puntos de Gaza, reuniendo a las zonas despobladas y todos los asentamientos de colonos judíos. "Posteriores repliegues" militares tendrían lugar en tres etapas de seis meses de duración cada una a partir de la inauguración del Consejo Palestino electo. Al final de esta operación, las FDI sólo estarían presentes en las colonias, las bases militares y otras áreas declaradas de interés estratégico, meramente un 12% de Cisjordania, según cálculos de la ANP.

El 25 de octubre comenzó en Jenín el repliegue de las FDI, por primera vez desde 1967, y la extensión de la autonomía palestina. El 19 de noviembre Arafat se personó en Jenín y la declaró "ciudad liberada". Hasta el último día de 1995, la ANP se hizo cargo de Tulkarem, Nablus, Qalqilya, Belén, Ramallah y, parcialmente, Hebrón, donde se quedó una guarnición de las FDI para proteger a 450 colonos judíos. Los brutales atentados suicidas de Hamas y la Jihad Islámica contra civiles y militares (21 asesinados en octubre de 1994 en Tel Aviv; 19 cerca de Netanya en enero de 1995; ocho en el asentamiento de Kfar Darom, Gaza, en abril de 1995; 27 en Jerusalén y Ashkelón en febrero de 1996, y 33 en Jerusalén y Tel Aviv en marzo de 1996, por citar sólo los ataques más mortíferos), así como el magnicidio de Rabin a manos de un fanático judío el 4 de noviembre de 1995 en un acto pacifista en Tel Aviv, pueden identificarse hoy, con la debida perspectiva, entre las provocaciones extremistas de ambos lados que imprimieron una deriva aciaga a un proceso que, no obstante desarrollarse a trancas y barrancas, apuntaba a un desenlace exitoso.

Al conocer la muerte de Rabin, Arafat se manifestó conmocionado por "este atroz crimen contra un gran dirigente de Israel y un artífice de la paz". En un primer momento se mostró dispuesto a asistir a los funerales del primer ministro en Jerusalén el 6 de noviembre, pero su presencia fue descartada por el Gobierno israelí y la propia OLP, que adujeron motivos de seguridad. La ANP estuvo representada en el sepelio de Rabin por seis ministros, aunque el 9 de noviembre Arafat se desplazó discreta y fugazmente para ofrecer personalmente sus condolencias a la viuda, Leah. Se trató de su primera estancia en el Estado de Israel.

Los atentados indiscriminados, respondidos por las FDI con cierres temporales de los Territorios Autónomos y Ocupados, demoliciones de las viviendas de los familiares de los terroristas y arrestos masivos, crearon en la alarmada sociedad israelí un estado de opinión en el que hallaron tierra abonada los mensajes de los partidos derechistas y religiosos más intransigentes con las concesiones territoriales a los palestinos, en tanto que la muerte de Rabin privó a la ANP, y en particular a Arafat, de su interlocutor más razonable.

Otrora un partidario, como militar y como político, de aplicar la mano dura a los palestinos, el malhadado estadista israelí llegó a convencerse de lo insoslayable de la paz, si bien en los últimos meses había estado proponiendo la "separación total" entre ambos pueblos para proteger a los israelíes del terrorismo palestino. Con todo, entonces, Estados Unidos e Israel no tenían ambages en incluir a Arafat en el frente antiterrorista, así que el presidente palestino fue uno de los líderes internacionales que participaron en la cumbre especial sobre la cuestión que se celebró en Sharm el-Sheikh, Egipto, el 13 de marzo de 1996.

El 19 y 20 de enero de 1996 tuvieron lugar las primeras elecciones al Consejo Palestino, tanto a la presidencia de la Autoridad Ejecutiva como al Consejo Legislativo. La convocatoria electoral no sólo daba cumplimiento a una de las previsiones de los Acuerdos de Oslo, sino que marcaba un hito en las trayectorias de Arafat y el partido que había fundado, hasta ahora nunca sometidos al veredicto de unas urnas abiertas al sufragio universal, luego faltos de la legitimación que otorga un ejercicio de democracia representativa.

No hubo sorpresas. Fatah se hizo con 55 de los 88 escaños, siendo los restantes para candidatos disidentes del partido en el poder, e independientes musulmanes, cristianos o sin confesión declarada. Todos los partidos y grupos opuestos al proceso de paz –Hamas, Jihad, FPLP, FDLP, etc.- boicotearon los comicios, aunque también sabían que Fatah era imbatible. En las presidenciales, Arafat sólo tuvo que vérselas con un contrincante, mujer a la sazón, la septuagenaria Samiha Jalil, una miembro original del CNP y veterana activista en el área social. Aunque respetada por todos, Jalil sólo podía plantear una rivalidad testimonial con Arafat, quien se proclamó vencedor con un abrumador 88,2% de los votos. Con todo, el 11,5% que recabó Jalil, dado su nulo peso político, pareció muy meritorio.

Había quedado a las claras la inexistencia de cualquier reto, ni grande ni pequeño, al liderazgo de Arafat, que el 12 de febrero tomó posesión de su primer cargo electo. El Consejo Legislativo fue inaugurado el 7 de marzo en Gaza, con Ahmad Qureia presidiendo el hemiciclo, y el 10 de mayo siguiente el rais formó su segundo gabinete, integrado por 20 ministros con cartera y cinco ministros de Estado, y que entró en funciones una semana más tarde en Ramallah.

El 5 de mayo de 1996 arrancaron en Taba las negociaciones sobre la tercera fase del proceso de paz, el 2 de junio Arafat declaró concluidas las obras del aeropuerto internacional de Gaza y tres días después celebró en Aqaba con Hussein y Mubarak una cumbre trilateral que subrayó lo "inevitable" del establecimiento del Estado palestino (posibilidad que acababa de reconocer el propio Partido Laborista israelí en su programa) con capital en Jerusalén. Según el primer censo de población, provisional, publicado por la ANP en febrero, a finales de 1995 vivían en los Territorios 2.267.000 palestinos, 934.000 en Gaza y 1.333.000 en Cisjordania. El 46% tenía menos de 15 años, lo que daba una día de la explosión demográfica.

El 29 de junio se produjo la victoria electoral del derechista Likud, partido que defendía el levantamiento de las restricciones a la construcción de colonias judías. Ello iba a aumentar los quebraderos de cabeza de Arafat, que desde su campo veía multiplicarse las críticas a su estilo de gobernar, con imputaciones de autoritarismo, tolerancia con la corrupción instalada en el Ejecutivo y pasividad frente a las violaciones de los Derechos Humanos cometidas por el aparato de seguridad. Desde la parte israelí, el nuevo primer ministro, Binyamin Netanyahu, que supeditaba todo a los imperativos de la seguridad nacional, le acusó de no hacer lo suficiente para impedir las acciones terroristas, muchas de las cuales -no todas- se fraguaban en territorio de la ANP. Con todo, saliendo al paso de la creciente tensión de las relaciones bilaterales y la situación alarmante que se vivía en Palestina, Arafat y Netanyahu se vieron las caras y se estrecharon las manos por primera vez en Erez el 4 de septiembre. Cinco días después se reanudaron las negociaciones sobre las cuestiones finales de los Acuerdos de Oslo.

El 24 de abril del año en curso el XXI CNP, reunido en Gaza (fue la primera celebración de un plenario en territorio palestino desde hacía 30 años, exactamente desde mayo de 1966, cuando el III CNP se reunió, también, en la franja, entonces bajo soberanía egipcia), había eliminado por fin de la Carta de la OLP, con 504 votos a favor, 54 en contra y 14 abstenciones, las referencias a la destrucción de Israel y a la lucha armada de los palestinos, pero esto no impresionaba al Gobierno del Likud, que se atuvo a su programa electoral de reafirmación del carácter judío de todo Jerusalén, inclusive la parte oriental, donde se levanta la Ciudad Antigua, conquistada en 1967 y anexionada en 1980.

El 24 de septiembre el Gobierno de Netanyahu inauguró un acceso septentrional al controvertido túnel subterráneo que, mezcla de vestigios arqueológicos del antiguo reino judío y de obras de ingeniería acometidas en los últimos años, comunica la Vía Dolorosa, en el Barrio Musulmán, y el Muro de las Lamentaciones, en el Barrio Judío, en paralelo al lienzo occidental de la Explanada de las Mezquitas o Monte del Templo. Aunque las autoridades israelíes informaron que la nueva entrada al túnel por la Vía Dolorosa tenía una finalidad meramente turística, sectores árabes militantes y la autoridad musulmana custodia de las Mezquitas, la Wafq, la entendieron como una acción de alto contenido político y, por ende, como una provocación, abriéndose la caja de los truenos. Arafat mismo inflamó los ánimos entre los palestinos al calificar la inauguración de "gran crimen contra nuestra religión y los Santos Lugares".

Durante tres días, del 25 al 27 de septiembre, Jerusalén, Gaza y diversos puntos de Cisjordania registraron los peores enfrentamientos desde el final de la Intifada entre manifestantes palestinos y las fuerzas israelíes, que no se privaron de abrir fuego desde helicópteros artillados. Por primera vez desde 1967, hacía 29 años, tanques israelíes penetraron en Cisjordania. Efectivos policiales de la ANP se pusieron de parte de los revoltosos y entablaron combates cuerpo a cuerpo con las FDI. El balance del más rudo golpe al proceso de paz hasta la fecha fue de 57 palestinos, entre civiles y agentes, y 15 soldados israelíes muertos.

Los ánimos se apaciguaron en vísperas de la reunión de Arafat y Netanyahu, patrocinada por Clinton y en la que terció el rey Hussein, el 1 y el 2 de octubre en Washington. El 16 de octubre se reanudaron las negociaciones en Taba, pero lo cierto era que no se percibían progresos de ningún tipo. Las FDI seguían ocupando Hebrón, que según el calendario debieron haber evacuado el 28 de marzo, alegando la necesidad de proteger la colonia judía local, objeto de repetidos ataques palestinos y ella misma origen de un cúmulo de agresiones contra la población árabe. El 8 de octubre el presidente israelí Ezer Weizman -como Rabin y Netanyahu, otro ex militar fogueado en las luchas con árabes y palestinos-, antiguo dirigente laborista, recibió en Cesárea a Arafat en la primera visita de carácter público y oficial de éste a Israel.

El primer ministro no quiso encontrarse en esta ocasión con el mandatario palestino. Por momentos se hacía notar que en la relación personal entre Arafat y Netanyahu anidaba una profunda desconfianza, cuando no una hostilidad apenas contenida, que nada tenía que ver con el vínculo que el palestino había conseguido establecer con Rabin, estrictamente cortés en las formas y sin expresiones de complicidad, aunque relajado y constructivo en el fondo. Por otro lado, del 21 al 23 de junio de 1996 Arafat asistió en El Cairo a la cumbre extraordinaria de líderes árabes convocada por Mubarak para analizar la complicada situación en la región, cita que aprovechó para sostener sus primeros encuentros desde hacía tres años con Gaddafi y con Assad, al que el 25 de julio siguiente visitó en Damasco para obtener una declaración de respaldo al futuro Estado palestino con capital en Jerusalén a cambio del apoyo igualmente firme de la ANP a la exigencia de Siria de que se le devolvieran los Altos del Golán.


10. Aumentan los desencuentros con Israel y las críticas internas a la gestión del rais

El comienzo de la construcción, en abierto desafío a la ANP y la comunidad internacional, el 18 de marzo de la urbanización judía de Har Homa (en árabe, Jabal Abu Ghneim), en territorio municipal de Jerusalén oriental anexado de Cisjordania, que desató una ola de violencia y que fue respondido por la ANP con la suspensión de las negociaciones, el terrible atentado islamista contra un mercado en Jerusalén, que mató a 15 personas, el 30 de julio y la dimisión el 1 de agosto de 16 miembros del Ejecutivo de Consejo después de que una comisión de investigación del propio Consejo detectara abundantes actos de corrupción –desde malversación de fondos a abuso de poder- en virtualmente todos los ministerios y recomendara la destitución en bloque de sus responsables, fueron tres sucesos que colocaron a Arafat en estos meses de 1997 ante una situación sumamente delicada, otra más en su azarosa trayectoria desde el reconocimiento internacional de 1974.

El aprieto era de índole política, pues ahora no se hallaba en juego su supervivencia física: nadie le perseguía con la intención de liquidarle (por más que muchos, y no sólo israelíes, desearan su muerte) y, antes bien, lo que preocupaba era su renqueante salud. De lo que se trataba era de salvar el proceso de paz, dado por moribundo en numerosas ocasiones a partir de entonces o, peor aún, por fenecido y quedado a la espera de una incierta vivificación. Sus interlocutores israelíes, estadounidenses, europeos y árabes preferían creer que el rais seguía comprometido con el espíritu de Oslo. La creencia predominante era que, fuera de Arafat, no había líderes de talla comparable. Gustara o no, Arafat seguía siendo el portavoz insustituible de los palestinos. Sin embargo, causaba profunda desazón comprobar cómo Arafat se rodeaba de una camarilla de aduladores y corruptos pertenecientes a los cuadros de la OLP y Fatah, y al alto funcionariado del Gobierno y los servicios de seguridad de la ANP. Sin duda, Arafat era directamente responsable de, al menos, uno de los factores de distorsión ambientales: el mal funcionamiento de la ANP.

En esta atmósfera de pesimismo, y él mismo proclive a las depresiones, Arafat sostuvo una serie de encuentros con los líderes implicados en el proceso de paz en otros tantos intentos de sacarlo de su estado comatoso. Con Netanyahu se reunió cuatro veces en 1997. En la primera reunión, el 15 de enero en Erez, se concluyó un Protocolo (firmado dos días después en Jerusalén) sobre la evacuación inmediata por las FDI de Hebrón y la entrega del 80% de la ciudad a la ANP, y se definió un calendario de retrocesiones adicionales de áreas de Cisjordania, de conformidad con lo estipulado en el Acuerdo Interino de Oslo II. A principios de marzo el Gobierno israelí aprobó entregar a la ANP un 9% extra de territorio cisjordano (un 7% de la Zona B y un 2% de la Zona C), pero el inicio de las obras en Har Homa, denunciado por Arafat como un acto unilateral, dejó todo empantanado.

Arafat y Netanyahu despacharon de nuevo el 2 de febrero en Davos, Suiza, el 9 de febrero en Erez y el 8 de octubre en Erez otra vez, cita que al menos tuvo la virtud de reanudar el diálogo al nivel más elemental, en torno a los aspectos de seguridad. El 22 de enero de 1998 Arafat se reunió con Clinton en Washington y el 5 de julio siguiente con Mubarak y Hussein en El Cairo. Un esfuerzo mediador conjunto del primer ministro británico, Tony Blair, en representación de la Unión Europea, y de la secretaria de Estado de Estados Unidos, Madeleine Albright, fracasó en Londres el 4 y el 5 de mayo de 1998, ocasión en la que Arafat y Netanyahu, éste firme en su postura intransigente en el asunto de la expansión de las barriadas judías jerosolimitanas, ni siquiera se reunieron a título personal.

De todas maneras, en 1998 el gran caballo de batalla fue el porcentaje de territorio cisjordano que Israel debía entregar a la ANP en cumplimiento de lo suscrito. Arafat, basándose en la letra de los acuerdos, exigía la entrega inmediata del 30% de territorio como Zona A, pero en abril, de mala gana, aunque sabedor de que eso era lo único a lo que podía aspirar dadas las circunstancias, rebajó su pretensión al 13%, ajustándose a la cifra barajada en la última propuesta de Estados Unidos.

El 24 de junio de 1998 Arafat encajó un nuevo revés para su legitimidad en el campo palestino con la dimisión en bloque del Ejecutivo, manchado otra vez por las fundadas sospechas de corrupción que recaían en muchos de sus miembros. El Consejo Legislativo exigió a Arafat que limpiara el Gabinete de nombres puestos en la picota, pero el presidente no se dio por enterado. Las acusaciones se vieron reforzadas el 6 de agosto, cuando prestigiosos miembros del Gabinete encabezados por la independiente Ashrawi, figura señera de las delegaciones negociadoras, portavoz, diputada por Jerusalén y ministra de Educación Superior, rehusaron continuar en el mismo como protesta por la "cosmética" remodelación efectuada en la víspera.

Éstas y otras voces de diferentes tendencias dentro del movimiento palestino coincidieron en acusar directamente a Arafat de gobernar despóticamente, de despilfarrar la copiosa ayuda internacional, en especial la incluida en la cooperación de la UE (con la que la ANP había iniciado el 24 de febrero de 1997 un diálogo político regular y un Acuerdo de Asociación euromediterráneo provisional por un periodo de cinco años), de alimentar el nepotismo y el favoritismo, y de hacer la vista gorda con la corrupción administrativa y aun el crimen organizado. Semejante cúmulo de denuncias generaba amplios interrogantes sobre la viabilidad de un autogobierno que aspiraba a la soberanía estatal.

En 1999 Amnistía Internacional cuantificó en 450 las personas (presuntos activistas de Hamas y la Jihad, sospechosos de "colaboracionismo" con Israel, o simples críticos con la ANP) arrestadas por las autoridades autonómicas el año anterior por motivos políticos. Algunas de ellas eran consideradas por la ONG presos de conciencia y permanecían detenidas sin cargos ni juicio. El informe daba cuenta de casos de torturas en centros de detención, muertes bajo custodia policial y posibles ejecuciones extrajudiciales, amén de dos condenas a muerte, de las cuales dos fueron aplicadas. Políticos, periodistas y activistas sociales de signo crítico u opositor eran víctimas frecuentes de los desafueros policiales.

Ahora bien, el 7 de julio de 1998 Arafat se apuntó un éxito diplomático en la ONU, indicativo de que una gran mayoría de gobiernos centraban en Israel las culpas del virtual fracaso del proceso de paz y de que el concepto del Estado palestino se abría paso en la comunidad internacional, cuando la Asamblea General aprobó por mayoría aplastante una resolución que otorgaba a la delegación palestina los derechos de intervención y réplica en los debates concernientes a la situación en Oriente Próximo. A falta de los derechos de voto y elegibilidad para determinados cargos en el funcionariado de la ONU, la delegación palestina reforzó su estatus de observador con prerrogativas propias de las delegaciones estatales.

A finales de aquel mes Arafat sufrió otra contrariedad cuando Washington, cansado de la obstinación del Gobierno israelí, anunció su renuncia a seguir enviando representantes a la región, en aparente desentendimiento del proceso. No obstante, el 28 de septiembre Clinton volvió a reunir a Arafat y Netanyahu en la Casa Blanca y el 7 de octubre Albright hizo lo mismo en Erez.

Por fin, el 15 de octubre comenzaron en el complejo residencial de Wye Plantation, en Wye River, Maryland, unas negociaciones a puerta cerrada entre los tres estadistas que el día 23, tras fatigosas sesiones, culminaron con la firma de un Memorándum que establecía un calendario revisado de ejecución de las etapas primera y segunda de los repliegues posteriores a que se refería Oslo II. El documento afectaba al 13% del territorio cisjordano hasta ahora considerado Zona C y, en líneas generales, daba satisfacción a las interpretaciones y exigencias israelíes. De ese 13%, adquiría el estatus de Zona B, luego caía bajo la jurisdicción parcial de la ANP, el 12% (un 3% sería declarado "reserva natural") y de Zona A el 1%. Además, un 14,2% de la Zona B se convertía en Zona A, luego, en total, la ANP extendería su jurisdicción íntegra a un 15,2% adicional de Cisjordania.

Nada más regresar, Arafat ordenó la inmediata aplicación de los Acuerdos de Wye en lo que obligaba a la ANP, es decir, la detención de elementos sospechosos de estar detrás de los atentados contra Israel. Se trataba de demostrar a Estados Unidos su voluntad cumplidora, aun al precio de enemistarse todavía más con Hamas y con los sectores radicalizados de Fatah. El Gobierno israelí activó la aplicación del Memorándum el 20 de noviembre con el comienzo del repliegue militar de la Zona C, pero en diciembre suspendió el proceso tras acusar a la parte contraria de no estar trabajando a fondo para erradicar el problema de la inseguridad. Israel sólo ejecutó la primera de las tres etapas (para la tercera no se habían dado fechas) de la evacuación establecidas en Wye.

Otro de los puntos de los Acuerdos de Wye establecía la entrada en servicio del aeropuerto internacional de Gaza y el 24 de noviembre éste fue inaugurado por un eufórico Arafat, que presentó el evento como el último hito antes de la proclamación del Estado palestino. El presidente palestino prometió que tal cosa tendría lugar, pese a las advertencias israelíes, el 4 de mayo de 1999, el día que vencía el Acuerdo Gaza-Jericó y, por tanto, el cronograma estipulado en Oslo.

El 14 de diciembre de 1998 Arafat tributó en Gaza un espectacular recibimiento a Clinton, en su primera visita oficial a la ANP. El anfitrión se apresuró a interpretar el gesto de su huésped como la aceptación tácita por Washington de la aspiración palestina a la estatalidad a corto plazo. En un golpe de efecto propagandístico, los miembros del CNP, en respuesta a la petición de Arafat y ante un Clinton muy complacido, expresaron en pie su voto favorable a la remoción de la Carta Nacional de las cláusulas antisionistas, pese a que este paso ya lo habían adoptado dos años atrás. En realidad, revistió más importancia la votación efectuada cuatro días atrás por el CEOLP, que aprobó lo mismo y con una amplia mayoría.

El 8 de febrero de 1999 un entristecido Arafat acudió a Ammán a los funerales del rey Hussein, otro gran superviviente de la región, que una vez pretendió aplastarlo pero que terminó convirtiéndose en confidente y compañero de fatigas, a lo largo de un proceso de paz con Israel paralelo que para Jordania culminó sin novedad el 27 de noviembre de 1994 con el establecimiento de las relaciones diplomáticas. Cuatro días después de las exequias de Hussein y probablemente con el objeto de conferir mayores posibilidades a su proyecto nacional, Arafat sacó a colación la vieja propuesta, recurrente en las últimas décadas, de articular un Estado confederal jordano-palestino.

A finales de abril de 1999 Arafat recibió de Clinton una misiva en la que el presidente norteamericano le instaba a postergar la proclamación del Estado palestino el 4 de mayo a cambio del compromiso de su Gobierno de apoyar a los palestinos en el afán de "determinar su porvenir como pueblo libre sobre su propio territorio". El 28 de abril, el CEOLP, con la aquiescencia de Hamas, aceptó aplazar la proclamación del Estado hasta después de las elecciones legislativas del 17 de mayo en Israel, a fin de no perjudicar las posibilidades de los laboristas y su nuevo líder, Ehud Barak, de quien Arafat esperaba que fuese más dúctil que Netanyahu y capaz de retomar el ímpetu cercenado tras la muerte de Rabin.

Como parte de este renacido clima de entendimiento en el dividido campo palestino, y a fin de aunar fuerzas ante la inminencia de un acuerdo final con Israel, en agosto de 1999 Arafat se reunió, por primera vez en 23 años, con Hawathme, el líder del FDLP, que junto con el FPLP de Habash y otras ocho organizaciones radicales opuestas al proceso de paz había formado en 1993 en Damasco una Alianza de Fuerzas Palestinas. Precisamente, Arafat asistió el 13 de junio de 2000 al entierro en Damasco de Hafez al-Assad, quien nunca quiso dar validez a los acuerdos que desembocaron en la ANP ni tampoco, pese a dejar de lado los viejos rencores, terminó de amistar con su presidente tal como pudo llegar a hacerlo el difunto Hussein.

Arafat sostuvo su primer encuentro con Barak en Erez el 11 de julio de 1999, cinco días después de convertirse en el primer ministro de Israel. La victoria electoral de los laboristas frente al Likud llenó de contento a la jefatura de la ANP, que vio llegada la hora de obtener cesiones sustanciales del Estado judío. La segunda reunión tuvo lugar en Rabat el 25 de julio con motivo del funeral por el rey Hasan II de Marruecos, otro viejo amigo de la causa palestina, y la tercera dos días más tarde, otra vez en Erez. Tan briosa reanudación de los contactos al más alto nivel despertó un sentimiento general de optimismo y escenificó la restauración de la confianza entre las partes.

El 4 de septiembre de 1999 los dos líderes firmaron en Sharm el-Sheikh un Memorándum (Wye II) sobre la implementación de la segunda etapa de los repliegues posteriores contemplada en Wye I, en suspenso desde hacía nueve meses, documento que según Barak constituía una versión "ampliada y corregida" del primer memorándum. Israel se comprometía a culminar antes del 20 de enero de 2000 y en tres fases la retrocesión del 10% de Cisjordania sólo en los aspectos administrativos (de la Zona C a la Zona B) y de otro 8,1% en todas las áreas (de las zonas C y B a la Zona A), con lo que para esa fecha la ANP pasaría a controlar, con distintos grados de soberanía, el 41% de Cisjordania, aunque la jurisdicción en todas las áreas se iba a reducir al 17,2%. Barak aceptó también liberar a unos 350 de los 2.000 palestinos recluidos en las cárceles israelíes. A cambio, Arafat se comprometió a no declarar el Estado palestino con carácter inmediato.

Nuevos signos alentadores para Arafat fueron el inicio de la construcción del puerto marítimo de Gaza (1 de octubre), la apertura de un corredor que, a través de la red de carreteras israelí, iba a permitir la comunicación entre la franja y Cisjordania (5 de octubre) y el paso de los primeros palestinos por esa vía, si bien bajo estrictas condiciones de seguridad (25 de octubre). El 8 de noviembre recomenzaron en Ramallah, tres años después de su interrupción, las conversaciones sobre las cuestiones, excluidas del período interino, relacionadas con el estatus final.


11. La parálisis del proceso de Oslo y la disputa de Jerusalén

El 15 de febrero de 2000 Arafat fue recibido en audiencia por el Papa Juan Pablo II para la firma de un histórico acuerdo con la Santa Sede, comparable a un concordato, por el que la ANP se aseguraba el reconocimiento vaticano de un futuro Estado palestino con capital en Jerusalén oriental. Al pronunciarse a favor de dotar a Jerusalén de un estatuto especial, internacionalmente avalado (extraoficialmente, de sugirió declararla "ciudad de Dios", entre otras fórmulas imaginativas para dar satisfacción a todas las partes), el Vaticano rechazaba la anexión de la ciudad por Israel así como su partición, y se aseguraba el reconocimiento de la Iglesia Católica como sujeto jurídico en la administración de los Santos Lugares cristianos, los cuales el Papa visitó en su gira regional de marzo, en el curso de la cual fue recibido por un alborozado Arafat en Belén el día 22.

El 21 de marzo las FDI culminaron la tercera fase de la segunda etapa de los repliegues posteriores establecida en Wye II, luego Barak, a diferencia de Netanyahu, acató los compromisos asumidos ante los palestinos. Sin embargo, dentro de poco se cumpliría un año del vencimiento de Oslo I y la ANP tenía prisa por rematar las negociaciones sobre el estatus final. Multitud de observadores y analistas exteriores, y los propios actores del zarandeado proceso de paz estaban advirtiendo que el arreglo definitivo pasaba inexcusablemente por una solución para el agudísimo problema de Jerusalén oriental. Arafat, que siempre había promovido la identificación de los avatares de Al Qods (Jerusalén) con los de la causa palestina, y también un vínculo suyo como persona de tipo emocional, se consideraba directamente concernido por lo todo lo que acontecía allí.

El meollo de la discordia era la Ciudad Antigua, que alberga los Santos Lugares de las tres religiones monoteístas y está dividida en cuatro sectores (judío, musulmán, cristiano y armenio), y, con mayor precisión todavía, el kilómetro cuadrado escaso, encajado entre el Barrio Musulmán al norte y el Barrio Judío al sur, que mide una plataforma elevada donde en su día estuvieron el Primer y el Segundo templos del antiguo reino judío. Sobre esta imponente meseta de piedra se yerguen el Santuario de Omar, o Domo de la Roca, de cúpula dorada, y la Mezquita de Al Aqsa, de cúpula plateada.

Los musulmanes llaman al lugar el Noble Santuario (Al Haram Al Sharif), los judíos, el Monte del Templo (Har Habayit) y el resto del mundo lo conoce mayormente como la Explanada de las Mezquitas. Para los primeros, el Domo de la Roca, levantado por el califa omeya Abdelmalik en 687, es especialmente sagrado porque en su interior está la roca (Sajrah) que, según la tradición, sirvió de santuario y altar a Abraham, Jacob y otros patriarcas venerados, y, más importante para la fe, porque recubre el emplazamiento donde al Profeta Mahoma le fueron reveladas las puertas del cielo y el infierno en el curso de su legendario Viaje Nocturno, emprendido en La Meca a lomos de un animal alado.

Los judíos reverencian el Monte del Templo, el epicentro de su milenaria historia y religión, también por el ara pétrea, que la tradición hace coincidir con el promontorio rocoso llamado Moriah, donde Abraham se dispuso a sacrificar a su hijo Isaac por mandato divino, y, principalmente, porque en otro tiempo allí estuvo, siempre según la tradición piadosa, el Sanctasanctórum (Kadosh Kadoshim) del Sagrado Templo (Beit Hamikdash), edificado por el rey Salomón en el siglo X a. C. De este Primer Templo, destruido por el rey babilonio Nabucodonosor II en el 587 a. C., no queda nada, pero del Segundo Templo, levantado décadas más tarde por los judíos retornados del exilio babilónico y realzado por la dinastía herodiana en tiempos de Jesucristo, subsiste parte del lienzo occidental de cimentación, que es el célebre Muro de las Lamentaciones o Muro Occidental (Kotel HaMa’aravi). Para los judíos ortodoxos, además, el Monte del Templo es el lugar donde tendrá lugar la Redención cuando llegue el Mesías prometido en la Biblia, pero siempre que se construya en él el Tercer Templo. En resumidas cuentas, esencias religiosas e históricas de primer orden manan del mismo y exiguo recinto, el más disputado del planeta.

Cuando en 1967 las FDI conquistaron Jerusalén oriental, las autoridades laicas laboristas, para consternación de los sectores confesionales, entregaron la custodia de la Explanada a la Wafq musulmana, si bien la soberanía israelí sobre la misma quedó fijada en la ley básica de 1980. Desde entonces, el acceso de los judíos al lugar ha estado sometido a fuertes restricciones –se limitan las visitas o se suspenden por completo en situaciones de inseguridad, y a los afortunados que consiguen entrar no ven permitida la oración- de índole política, aunque también es cierto que una tradición rabínica dominante prohíbe a los judíos pisar determinadas áreas del lugar, o todo él, por temor a invadir el espacio donde estuvo el Sanctasanctórum (habitáculo tabú cuya ubicación exacta se ignora), luego, paradójicamente a los ojos del no judío, también existen barreras religiosas establecidas por el propio judaísmo.

A lo largo del proceso de paz, sectores islámicos intransigentes demandaron el control exclusivo por el Islam del Noble Santuario inclusive el Muro de las Lamentaciones. Arafat aseguró que el futuro Estado palestino con capital en Jerusalén preservaría el derecho de los judíos a orar ante el Muro, pero rehusó ofrecer lo mismo con respecto al Monte del Templo. Más aún, Arafat, en lo que no difería del resto de autoridades políticas y religiosas árabe-palestinas, ponía en duda que el templo salomónico hubiera estado emplazado en la Explanada, opinión que contravenía las evidencias arqueológicas. Finalmente, en Israel preocupaba la constatación de que la población árabe de Jerusalén creciera a un ritmo francamente superior a como lo hacía la hebrea, la cual, con todo, seguía constituyendo amplia mayoría: en torno al 66% de los 660.000 jerosolimitanos eran judíos. Ahora bien, los vecinos judíos suponían menos de la mitad en la parte oriental y no llegaban al 10% en la Ciudad Antigua.

Clinton, que deseaba coronar su presidencia con un acuerdo de paz final, llevó a Arafat y a Barak al complejo residencial de Camp David el 11 de julio de 2000 en un intento de repetir, mediante maratonianas jornadas de negociación cerradas a la prensa, la fórmula aplicada con éxito por Jimmy Carter con Sadat y Begin en 1978. El 25 de julio los negociadores se marcharon de Camp David sin conseguir acercar las posturas en una serie de cuestiones que ambos consideraban irrenunciables, sellando el fracaso de la enésima "última oportunidad" para la paz.

Frustrado y temeroso de las consecuencias de un nuevo retorno a casa con las manos vacías, toda vez que consideraba a Estados Unidos decidido a pergeñar un borrador de paz favorable a las tesis israelíes, Arafat se embarcó en una exhaustiva gira por Europa y Oriente Próximo para explicar su postura sobre el estatus final, que en parte no hacía otra cosa que demandar el cumplimiento de las resoluciones de la ONU: los refugiados de todas las guerras habidas desde 1948 tenían que regresar, Israel debía retirar a las FDI del resto de Cisjordania y tomarse en serio la cuestión de la evacuación de las colonias (desde 1993, ningún asentamiento había sido cerrado y, antes bien, su número en Cisjordania había crecido de 150 a 170), Jerusalén oriental tenía que ser la capital del futuro Estado palestino y éste, de no satisfacer Israel sus demandas, sería proclamado unilateralmente el 13 de septiembre del año en curso.

La campaña de Arafat para recabar apoyos acabó con discretos resultados. Países hermanados como Egipto y Jordania, y otros nada sospechosos de apegos proisraelíes como Rusia y China, le aconsejaron prudencia en sus actuaciones, si bien en la reunión del Comité Al Qods, presidido por el joven rey de Marruecos Mohammed VI, se rechazó sin ambages la pretensión de los partidos israelíes ultraortodoxos y ultranacionalistas de hacer irreversible la capitalidad "eterna e indivisible" de Jerusalén en el Estado judío.

Consciente de lo precario de su posición, Arafat propuso posponer sine díe la proclamación del Estado palestino y el 10 de septiembre el CEOLP aceptó el aplazamiento. Esto facilitó otra reunión con Barak, que había advertido de las consecuencias de aquella acción unilateral, en Kojav Air, cerca de Tel Aviv, el 25 de septiembre. Entonces, el proceso de paz estaba absolutamente paralizado, sin perspectivas de reanimación, mientras que en los Territorios Ocupados reinaba una engañosa calma, expectante y extremadamente tensa.


12. El colapso de 2000: la segunda Intifada e imposición de los extremismos

Todo saltó por los aires el 28 de septiembre de 2000 cuando Ariel Sharon, líder provisional del Likud, el ministro de Defensa que mandó la invasión de Líbano en 1982 y veterano halcón en las luchas con los palestinos, subió al Monte del Templo y, rodeado de agentes de seguridad, se paseó por la explanada con ademanes un tanto prepotentes. La población civil palestina consideró esta visita una provocación y la convirtió en la espita de una cólera contenida por la actitud cicatera o retardataria de Israel en el proceso de paz y por lo deplorable de sus condiciones de vida, triplemente golpeadas por la gravísima crisis económica de la ANP, la represión militar israelí y los abusos de la Policía autonómica.

Los cinco muertos habidos en la Explanada el 29 de septiembre, cuando unos abucheos y apedreamientos a los judíos que oraban pacíficamente frente al Muro de las Lamentaciones terminaron con la intervención de los soldados y la disolución de la muchedumbre a tiro limpio, marcaron el primer acto de una revuelta general palestina, una segunda Intifada, llamada por sus partícipes la Intifada de Al Aqsa, que se extendió a toda la ANP y al resto de la Cisjordania ocupada. La Explanada de las Mezquitas fue cerrada a cal y canto a los no musulmanes para prevenir más enfrentamientos.

El empleo por Israel de armamento pesado, con fuego de blindados, misiles y aviación, la participación abierta o encubierta de las fuerzas de seguridad de la ANP y la movilización de las numerosas milicias y bandas armadas palestinas, convergieron en los días y semanas siguientes en una situación de guerrilla urbana, con su típica secuencia de paroxismos de violencia, treguas volátiles y provocaciones mutuas, siempre planteadas como actos legítimos de "resistencia a la ocupación" (los palestinos) o de "defensa frente al terrorismo" (los israelíes). Arafat, como Barak, alternó caóticamente las advertencias incendiarias y las propuestas conciliadoras, trasluciendo su falta de estrategia y lo limitado de su margen de maniobra, actuando a remolque de la escalada de represalias y contrarrepresalias.

Para buena parte de la opinión pública israelí, el presidente palestino era el responsable de la ola de violencia, por no poner coto, y aun autorizar (según se deducía de la excarcelación por la ANP de activistas juramentados en la lucha sin cuartel contra Israel) a las celadas terroristas de las organizaciones radicales, además de que las propias fuerzas paramilitares de Fatah alentaban a la venganza por las agresiones de las FDI. Con el paso de los días, la opinión pública israelí llegó a la conclusión de que esta segunda Intifada, lejos de ser espontánea, había sido minuciosamente preparada por la OLP para poner al Gobierno de su país contra las cuerdas y obligarle a soltar prenda en las reclamaciones principales.

La tesis de la plana mayor palestina era la inversa de la esgrimida en la deflagración de 1987: entonces, se jactó de haber organizado una revuelta que comenzó más bien de manera autónoma antes de ser encauzada por la OLP; ahora negaba categóricamente la paternidad de lo que no pocas voces fuera de Israel consideraban una enorme algarada, como mínimo, instigada desde arriba sobre la marcha.

Para Arafat, el Gobierno de Barak era el culpable de todo, por haber dejado pudrir la situación con su intransigencia negociadora en lo relacionado con el estatus final, por no detener la colonización de Cisjordania y por lanzarse, a partir del 29 de septiembre, a la liquidación de altos oficiales en los organismos de fuerza palestinos según la práctica de los asesinatos selectivos. Por todo ello, se negó a firmar cualquier documento vinculante para regresar a la situación anterior hasta que se constituyera una comisión internacional que investigase los desencadenantes de la presente crisis, ya que la ANP y la OLP no tenían nada que ocultar.

El Gobierno israelí no estaba por esa labor, si bien, como se comentó arriba, tenía su propia teoría sobre lo sucedido: Arafat y Fatah habían planeado la rebelión con gran antelación y la pusieron en marcha nada más producirse la visita de Sharon a la Explanada de las Mezquitas. Y esto aconteció, proseguía el ejecutivo laborista, justo cuando Barak manejaba la idea, en un enfoque sin precedentes desde 1948, de un Estado palestino con capital en Jerusalén oriental.

En octubre, los encuentros bilaterales (en París, el día 4) y multilaterales (en Sharm el-Sheikh, los días 16 y 17) fracasaron estrepitosamente, no ya en el intento de concertar un principio de acuerdo de paz, sino en traer, más allá de unos días de calma por la aplicación de medidas de contención, un alto el fuego medianamente duradero. El 30 de noviembre Arafat, en una decisión que luego le iba a ser muy recriminada dentro y fuera de Israel, rechazó una oferta de Barak, cuyo Gobierno había naufragado y agotaba el último intento de llegar a un compromiso antes de dimitir y jugársela en unas elecciones anticipadas, con dos concesiones importantes: la entrega de un 10% adicional de Cisjordania y, por primera vez de manera oficial y sin atenuantes, el reconocimiento del Estado palestino.

A cambio, la ANP debía renunciar durante "uno, dos o tres años" al acuerdo de paz definitivo, incluidas las cuestiones de Jerusalén, los refugiados y las colonias judías. Para Barak, de lo que se trataba era de desactivar la Intifada, retroceder a la situación anterior al 28 de septiembre para, a partir de ahí, empezar a negociar. Para Arafat, que parecía no poder -o no querer, según fuera quien le valorara- controlar a su gente, ya no había tiempo para otra cosa que no fuera rematar, con un año de retraso ya por las pertinaces reluctancias israelíes, los acuerdos de 1993: la ANP debía dar paso sin más demora al Estado palestino con capital en Jerusalén oriental.

La actividad diplomática fue frenética entre finales de diciembre de 2000 y principios de enero de 2001, esto es, en las semanas anteriores a la toma de posesión en Washington de la Administración republicana de George W. Bush. A ésta le siguieron unos contactos ministeriales de alto nivel en Taba en los que se alcanzaron unos prometedores acuerdos de principio sobre la soberanía compartida de Jerusalén y el reconocimiento de las fronteras de 1967 como la delimitación entre el Estado israelí y el futuro Estado palestino. Nunca antes habían estado las partes tan cerca de llegar a un arreglo final, pero lo consensuado en Taba no fue firmado y su carácter, por tanto, no pasó de oficioso.

La victoria de Bush frente al demócrata Al Gore fue bien acogida por Arafat, quien recordaba cómo su padre había amenazado en 1991 a Israel con cerrarle el grifo económico si boicoteaba la Cumbre de Madrid. Muy pronto iba a darse cuenta de cuán enormemente errada estaba esa esperanza. En vísperas de su despedida, Clinton, considerado por la OLP el presidente más proisraelí en la historia de Estados Unidos, presionó duramente a la ANP para que aceptara un documento de paz que en sentido estricto no se atenía al espíritu de Oslo porque dejaba en el tintero el retorno de los refugiados de 1967.

La terrible espiral de violencia, con más de 400 muertos, palestinos la gran mayoría, hasta principios de febrero, adquirió un pronóstico más sombrío si cabía cuando Sharon, adversario de cualquier cesión a los palestinos y que había tachado a Arafat de "asesino" y de "mentiroso", ganó las elecciones a primer ministro en Israel y el 7 de marzo formó un Gobierno de unidad nacional con los laboristas y buena parte de los partidos religiosos ortodoxos y nacionalistas de derecha.

Arafat, si bien había advertido contra el "desastre" que supondría la llegada al poder de Sharon, el "carnicero de Sabra y Shatila", se declaró abierto a hablar con él. Éste diálogo, de producirse, no se sabía a qué podía conducir, toda vez que el presidente palestino se negó a ordenar el final de la Intifada mientras durase la ocupación israelí, y que el primer ministro israelí condicionó dicho diálogo precisamente al cese de la violencia palestina al tiempo que se declaró desligado de todos los acuerdos de extensión de la ANP firmados por Barak: por lo que a él respectaba, las FDI se quedarían en ese 59% de Cisjordania considerado Zona C y no se produciría, por tanto, la tercera etapa de los repliegues posteriores especificada en el Acuerdo de Taba de 1995. Sharon dijo estar congraciado con la idea un Estado palestino desmilitarizado, pero reducido a la actual expresión territorial de la ANP y sin capital en Jerusalén.


13. Violencia sin cuartel al ritmo del terrorismo palestino y el contraterrorismo israelí

En todo el año 2001 prevalecieron en el drama de Palestina el lenguaje de las armas, la cerrazón política y los intentos, siempre fructuosos, de sabotear cualquier posibilidad de entendimiento, situando a la ya de por sí larga y dolorosa ocupación israelí en unos niveles de opresión insoportables para la población civil palestina, que sólo podían generar desesperación, ansias de venganza y fanatismo homicida. La sociedad israelí también padeció los estragos de la violencia terrorista palestino, que daba pábulo a justificaciones de fundamento ultranacionalista, militarista, apocalíptico-religioso y hasta racista, poniendo en peligro los mismos principios democráticos y laicos del Estado judío.

Tal como había advertido Arafat, el primer ministro Sharon, que en muchos momentos pareció dejarse llevar exclusivamente por su aversión inveterada al dirigente palestino, se atrincheró en la intransigencia, llegando a renegar de todos los compromisos adquiridos por Israel desde los Acuerdos de Oslo y a ofrecer la alternativa de un nebuloso marco de paz de nuevo cuño, en el que la ANP podría acceder a la estatalidad siempre que se desmilitarizara, cooperara eficazmente en la lucha antiterrorista y renunciara a nuevas adquisiciones territoriales, al retorno de los refugiados, a la evacuación de las colonias judías y, por supuesto, a la capitalidad en Jerusalén oriental.

Arafat había rechazado antes la incomparablemente más sustanciosa oferta de Barak, así que las dudosas aseveraciones de Sharon ni las tomó en consideración. Los canales de comunicación con el Gobierno de Israel fueron cerrándose y el presidente palestino se embarcó en una inconsistente dinámica de resistencia armada que, por primera vez desde el arranque del fenecido proceso de Madrid y Oslo, restauró la retórica antiisraelí de los años sesenta y setenta. Abiertamente, asumió el derecho de la población palestina a alzarse contra el ocupante y amenazó con llevar la Intifada "hasta las Mezquitas de Jerusalén".

Ahora bien, en lo que algunos observadores calificaron de falta de realismo político y de proceder suicida, Arafat pareció no ser muy consciente de que la comunidad internacional era incapaz de reaccionar consecuentemente ante los padecimientos de su pueblo, que la nueva administración Bush, en su papel de mediador desidioso y errático, tendía invariablemente a asumir las posturas israelíes, que los gobiernos árabes, presos de sus contradicciones y una inercia expectante, no estaban tampoco en condiciones de prestar un auxilio como bloque, y que, en definitiva, la ANP estaba sola ante la poderosa maquinaria bélica de Israel.

A lo largo de los meses quedó medianamente claro que la estrategia del Gobierno Sharon, obligado por la opinión pública nacional a responder contundentemente a la oleada de ataques terroristas contra las ciudades israelíes, se dirigía a desarticular la Intifada pero también a hundir las estructuras políticas medradas desde la inauguración de la ANP, con la pretensión de convencer a los palestinos de que todo acto de hostilidad contra Israel era inútil y de conducirles a una capitulación en las condiciones del vencedor: un Estado superreducido en Gaza y las ciudades y algunas poblaciones menores de Cisjordania, privado de fuerzas armadas, el control de las fronteras y los recursos hídricos, económicamente subordinado y moteado de un sinfín de zonas de seguridad, áreas cerradas, asentamientos judíos y discontinuidades en las comunicaciones terrestres. Convertido en una inextricable piel de leopardo, el hipotético Estado palestino parecería cualquier cosa menos viable.

Al amparo de la respuesta militar a las agresiones terroristas, que la comunidad internacional aceptaba como legítima en todo Estado siempre que no fuera desproporcionada, las FDI intensificaron el acoso contra los centros de poder de la ANP y sus infraestructuras de comunicaciones, así como los métodos de castigo colectivo como la demolición de viviendas de particulares acusados de pertenecer o albergar a militantes buscados por terrorismo, la destrucción de instalaciones agrícolas, el cegado de canalizaciones de agua o el desarraigo de árboles. Estas actuaciones expeditivas podían ir precedidas de mandatos administrativas para expropiar terrenos a sus legítimos propietarios a fin de levantar asentamientos de colonos o ampliar barrios urbanos. En los primeros meses de 2001, con lo peor aún por venir, los analistas de una u otra simpatía coincidían en señalar el estado agonizante en que se hallaba la "entelequia palestina", estrangulada económicamente, acosada militarmente y situada en un callejón sin salida, con catastróficos efectos sobre la población que administraba.

Si era evidente que el ya septuagenario Arafat estaba desbordado por una dinámica de violencia que se alimentaba a sí misma y no atendía a razones, existían discrepancias sobre hasta qué punto esa situación se debía a la impotencia fáctica para impedir los atentados terroristas, a la ineptitud para ejercer un liderazgo político -y militar, llegado el caso-, con consignas y estrategia sólidas y coherentes, o a la falta de voluntad para pararles los pies a unas organizaciones extremistas resueltas a expulsar a las FDI de los Territorios Ocupados sin reparar en los terribles (si no suicidas, y no meramente en los términos de la vida de los fanáticos que se inmolaban) costes humanos y políticos. Mes a mes, la escalada ganaba en audacia y violencia desde las dos partes, en una continua creación de precedentes.

El 28 de marzo, helicópteros israelíes bombardearon sin avisar posiciones de la Fuerza 17, la guardia personal del Arafat, en Gaza y Ramallah. Al día siguiente, la propia vivienda de Arafat en Gaza fue atacada como advertencia por su declaración sobre que la Intifada solo se detendría en Jerusalén. El 1 de junio un suicida de Hamas se voló por los aires en una discoteca de Tel Aviv, asesinando a 21 personas. El 9 de agosto, a rebufo de una serie de ataques aéreos contra cuarteles policiales y edificios oficiales, y de breves ocupaciones terrestres con carácter punitivo –lo que violaba flagrantemente los Acuerdos de Oslo y Wye-, en Gaza, Ramallah y Nablus, otro hombre-bomba asesinó a 15 personas en una pizzería en Jerusalén. Al día siguiente, las FDI adoptaron una represalia de alto contenido político: la ocupación de la sede de la ANP y la OLP en Jerusalén oriental, la Orient House, que cerraron con carácter indefinido tras confiscar sus archivos y documentación.

La segunda quincena de agosto y la primera de septiembre fueron especialmente convulsas y conocieron: las ocupaciones temporales de Jenín y Hebrón; el primer ataque palestino, a cargo de un comando del FDLP, contra una base israelí, en Gaza, acción en la que resultaron muertos tres soldados; los nuevos ataques por cazabombarderos F-15 y F-16, y helicópteros Apache contra diversos edificios de la ANP en Cisjordania; el asesinato (27 de agosto) con un certero disparo de misil del secretario general del FPLP, Abu Ali Mustafa, la víctima más notoria hasta el momento de la política de asesinatos selectivos en las dirigencias de las organizaciones palestinas implicadas en la violencia; y, como colofón, las mayores operaciones terrestres de las FDI hasta la fecha, las incursiones contra Jenín y Jericó (del 11 al 13 de septiembre) y contra Gaza y Ramallah (15 y 16 de septiembre), las dos sedes del Ejecutivo autonómico.

Los atentados del 11 de septiembre contra Estados Unidos cometidos por la organización Al Qaeda del integrista saudí Osama bin Laden tuvieron funestas consecuencias para la ANP, pues desde entonces la comunidad internacional se movilizó contra el terrorismo como nunca antes lo había hecho y Sharon no desaprovechó la oportunidad de rentabilizar la consternación internacional por aquellos hechos y presentar a Arafat como el "Osama bin Laden de Israel" y el "cabeza de una coalición de terroristas", permitiéndose, con la actitud condescendiente, si no amparadora, de la administración Bush, multiplicar las operaciones destructivas de la ANP al socaire de la lucha antiterrorista global.

En todo este tiempo, las solicitudes árabes de convocatorias urgentes y resoluciones del Consejo de Seguridad de la ONU para proteger a los palestinos y enviar una fuerza internacional de observadores a los Territorios sólo obtuvieron negativas a debatir a nada o declaraciones formales de condena a la violencia ejercida por ambas partes. Particularmente patético resultó contemplar a Arafat donando sangre a las víctimas del World Trade Center de Nueva York en una suerte de desagravio simbólico por las demoledoras imágenes televisivas de una población palestina festejando en las calles los atentados contra Estados Unidos. Transcurridos 11 años desde la invasión irakí de Kuwait, se repetía la identificación, por más que existiera una intencionalidad de juzgar el todo por la parte, entre palestinos y órdagos criminales a la paz y la seguridad. Arafat se apresuró a desmarcarse del inoportuno vínculo que bin Laden trazó entre su declaración de guerra contra la "alianza de cruzados y sionistas" y la solidaridad con la causa palestina, y comunicó a Bush su disposición a unirse a la coalición internacional contra el terrorismo que éste estaba levantando.

Las presiones de Estados Unidos y la UE consiguieron que Arafat y Sharon declararan un alto el fuego el 18 de septiembre. El 26 septiembre Arafat y Peres, ministro de Exteriores del Gobierno de unidad nacional encabezado por el Likud, se reunieron en Gaza para intentar consolidar la tregua como antesala del levantamiento del asedio a las ciudades palestinas y del arresto por la ANP de los responsables de los atentados. Pero el día 27, las FDI, aduciendo un ataque de Hamas contra sus posiciones que no causó víctimas mortales, arremetieron contra el campo de refugiados de Rafah, en Gaza, provocado 12 muertos y reactivando la situación de guerra fluctuante. Los islamistas reanudaron a su vez la ofensiva terrorista contra las ciudades israelíes. En estas circunstancias dramáticas discurrió el primer aniversario de la nueva Intifada.

Hasta diciembre, la sangría inacabable en Palestina e Israel registró como más graves sucesos la incursión terrestre contra Hebrón, el asesinato en un hotel de Jerusalén por el FPLP de Rehavam Zeevi, ministro israelí de Turismo y líder del partido ultraderechista Unión Nacional (17 de octubre), y la gran operación de castigo de las FDI por aquel magnicidio. Del 18 al 28 de octubre fueron ocupados Belén, Ramallah, Jenín, Tulkarem y Qalqilya con el objeto, según Tel Aviv, de capturar o eliminar a los asesinos de Zeevi.

Arafat no dejó de atender los ultimatos de Sharon para que detuviera a militantes incluidos en las listas negras de los servicios de inteligencia israelíes y proscribiera las organizaciones radicales, pero tales iniciativas nunca tuvieron crédito a los ojos del primer ministro y el presidente palestino no apaciguó sus iras. En octubre, las redadas de miembros del FPLP y el anuncio de la ilegalización de los brazos armados de todas las facciones activas en la Intifada tropezaron con una viva resistencia popular y, lo que era más significativo, fueron contestadas desde el propio Fatah.

Y es que a las milicias de Hamas, Ezzedín Al Qasam, y de la Jihad Islámica, Al Qods, que no tenían ningún problema para urdir sus ataques terroristas en la clandestinidad dentro de la ANP, se les unieron las Brigadas de los Mártires de Al Aqsa, reclutadas en las filas de Fatah para la comisión coordinada de ataques de tipo comando y terrorista suicida. Hasta la milicia popular del partido de Arafat, el Tanzim, arengó al combate activo contra el ocupante israelí. El pacto de colaboración entre Hamas, la Jihad y las Brigadas de Al Aqsa era cosa aparte del Comité de Fuerzas Nacionales e Islámicas, que sobre el papel dirigía la revuelta y al que se encontraban vinculadas no menos de 13 organizaciones políticas, prácticamente todo el espectro de la sociedad palestina. Esta plataforma, controlada por el Tanzim, constituía una versión remozada del Liderazgo Nacional Unido de la primera Intifada.

La imparable atomización, de tintes anárquicos, del bando palestino contribuyó a descalificar a Arafat ante el Gobierno de Estados Unidos, siempre presto a exigirle responsabilidades por lo que a él concernía mientras que con Sharon la tolerancia era máxima. El 10 de noviembre Bush fue más explícito que nunca antes un presidente de Estados Unidos y habló ante la Asamblea General de la ONU del futuro Estado palestino, pero rehusó encontrarse con Arafat en el foro para evitar que un apretón de manos inédito distrajera la atención sobre el contenido principal del discurso, que era la advertencia de no bajar la guardia en la lucha antiterrorista. Semanas atrás, Arafat había escuchado en Londres de boca de Blair la defensa del Gobierno británico de un Estado palestino viable. Y unos días después de la intervención de Bush, Peres defendió en la misma ágora internacional el derecho de los palestinos a la estatalidad.

Ninguno de estos pronunciamientos sirvió para detener la funesta dinámica. El 29 de noviembre un palestino hizo la víctima 1.000 (800 palestinos y 200 israelíes, en números redondos) desde el comienzo de la Intifada, aunque esa cifra se iba a duplicar en los meses siguientes en menos de la mitad del tiempo. El 2 de diciembre Israel sufrió un baño de sangre cuando un coche bomba y tres ataques suicidas de Hamas segaron la vida de 25 ciudadanos en Jerusalén y Haifa. Arafat declaró el estado de emergencia en la ANP por primera vez desde 1994, pero eso no le ahorró el furioso desquite de las FDI, consistente en masivos bombardeos aéreos contra centros oficiales y símbolos del autogobierno en Cisjordania y Gaza.

La residencia de Arafat en Gaza volvió a ser golpeada y una salva de misiles cayó sobre la vivienda del ministro palestino del interior en Ramallah, a escasos metros del despacho de Arafat, donde éste estaba trabajando. El presidente salió ileso, pero la severa advertencia no dio lugar a dudas. Las bombas destruyeron también la dotación aérea civil de la ANP basada en Gaza: el helipuerto -más los dos aparatos que se encontraban aparcados- privado de Arafat, y la torre de control y las pistas del aeropuerto internacional, cuya dispendiosa construcción habían sufragado la UE y los gobiernos árabes.

El Gobierno israelí declaró a la ANP "entidad que respalda el terrorismo" y el 13 de diciembre, al día siguiente del atentado contra un autobús de colonos en el asentamiento de Emmanuel, entre Nablus y Qalqilya, con el resultado de 10 muertos, anunció que rompía toda relación con Arafat. Gaza, Rafah, Jenín, Nablus, y Ramallah sufrieron una nueva ola de bombardeos, los dinamiteros y bulldozers israelíes arrasaron las instalaciones de telefonía móvil de la ANP, y Arafat, por primera vez, quedó cercado en el cuartel gubernamental de Ramallah, conocido como la Mukataa.


14. Una guerra asimétrica y no declarada con el Gobierno de Ariel Sharon

Palestina comenzó 2002, pues, en estado de guerra, y el transcurrir del año, seguramente el más negro en la vida de un histórico dirigente de Oriente Próximo que se deslizaba inexorablemente pendiente abajo, se encargó de demostrar que todo era susceptible de empeorar en esta martirizada parte del mundo. El 3 de enero las FDI se retiraron de todas las ciudades de Cisjordania excepto de Ramallah, donde no quitaban ojo a Arafat, pero seis días después Hamas rompió su tregua en Gaza y mató a cuatro soldados.

El 10 y el 12 Israel bombardeó lo que quedaba del aeropuerto y también la instalación portuaria de la ANP en Gaza, mientras comandos de la Armada interceptaban en el mar Rojo un buque con 50 toneladas de armamento y munición que, según Tel Aviv, iban destinadas a la ANP. Días más tarde, el Ejército, siguiendo el proceder habitual de asaltar las instalaciones y confiscar equipo y documentación previamente a su voladura, dinamitó los edificios de la Corporación de Radiodifusión Palestina en Ramallah y los estudios de la Televisión y de la Radio Voz de Palestina en Ash-Shijaieh, Gaza. Tulkarem sufrió otra invasión el 21 y el 22.

En febrero se vivieron 48 horas, los días 19 y 20, especialmente sangrientas con la muerte de 43 personas, entre ellas seis soldados israelíes, en Arik, y los 17 palestinos abatidos en la represalia militar contra acuartelamientos de la ANP. El 28 de febrero las FDI lanzaron una brutal arremetida contra campos de refugiados en Nablus, Jenín y Belén, y asesinaron a tres decenas más de palestinos hasta el 2 de marzo.

La actitud de Arafat, enclaustrado en la Mukataa desde diciembre, ante esta infernal vorágine de violencia osciló entre las airadas declaraciones de condena –inclusive a algunos atentados terroristas- y la pasividad de quien parecía incapaz de reaccionar, si es que contaba con algún margen de actuación. En marzo, los israelíes, crecientemente hartos de Arafat, dieron nuevos giros de tuerca en su política de hacer directamente responsables a la ANP y a su presidente de la explosión del terrorismo, más por cuanto que las Brigadas de los Mártires de Al Aqsa emanadas de Fatah estaban reivindicando un número creciente de atentados, y de castigarles en consecuencia.

El 6 de marzo, en el quinto día de un pandemónium de atentados antijudíos y de bombardeos contra poblaciones y campamentos palestinos con un balance provisional de 62 muertos, helicópteros Apache israelíes atacaron con misiles la Mukataa en el preciso momento en que Arafat despachaba con el enviado especial de la UE a Oriente Próximo, el español Miguel Ángel Moratinos. Al parecer, uno de los proyectiles impactó a poco menos de 20 metros de la sala donde tenía lugar la reunión.

El 10 de marzo fue hecho añicos otro símbolo de la ANP y de la autoridad de Arafat, su vivienda particular en Gaza, ya dañada en los ataques anteriores. Una pila de cascotes fue todo lo que quedó del dormitorio y de la sala de la planta baja donde, con una gran fotografía de la Mezquita de Omar decorando el fondo, Arafat había recibido a sus abundantes huéspedes internacionales antes de estallar la segunda Intifada, desde Clinton hasta el presidente chino Jiang Zemin, pasando por el rey Abdallah II de Jordania y los presidentes francés Jacques Chirac (en octubre de 1996, luego de pronunciar en Ramallah el primer discurso de un estadista extranjero ante el pleno del Consejo Legislativo) y español José María Aznar.

Entre uno y otro bombardeos de alto contenido político, las FDI mataron a 60 palestinos, y sendos atentados suicidas de Hamas y las Brigadas de los Mártires de Al Aqsa se llevaron por delante a 14 israelíes en Jerusalén y Netanya. El 11 de marzo el Gobierno israelí anunció que la ANP había cumplido las exigencias de detener a los asesinos del ministro Zeevi y que Arafat recobraba la libertad de movimientos por el territorio de la ANP. Un día más tarde, el Consejo de Seguridad de la ONU aprobó una resolución, la 1.397, en la que expresaba su "apoyo al concepto de una región donde dos Estados, Israel y Palestina, vivan uno junto al otro dentro de fronteras seguras y reconocidas", y exigía "el cese inmediato de todos los actos de violencia, incluidos todos los actos de terrorismo, provocación, incitación y destrucción".

El pronunciamiento de la ONU pasó prácticamente desapercibido no obstante su semántica sin precedentes y fue despreciado por Israel, pero la ANP tampoco le prestó mucha atención. Igual suerte corrió el ofrecimiento hecho por la Liga Árabe en su cumbre extraordinaria de Beirut los días 27 y 28 de marzo, consistente en el establecimiento de la paz y el reconocimiento diplomático de Israel a cambio de la retirada total de los Territorios por las FDI, el retorno de los refugiados y la creación del Estado palestino independiente con capital en Jerusalén oriental. La histórica propuesta era una iniciativa del príncipe heredero saudí y regente de hecho, Abdullah Al Saud, y venia a ser una actualización, más explícita y audaz al tiempo que realista, del añejo plan confeccionado en 1981 por su hermanastro, el rey Fahd. El Gobierno Sharon hizo como que no iba con él la cosa.

Casi holgaría decirlo, pero en las semanas posteriores al 11 de marzo las portadas informativas fueron copadas por las noticias de la violencia: asalto de las FDI al campo de Jabaliya en Gaza; masiva incursión militar en Ramallah, que elevó a 40 los muertos entre los palestinos en sólo dos días; tres ataques suicidas que mataron a 20 israelíes hasta el día 21; y, una masacre, el día 27, llamada a desencadenar terribles represalias: el asesinato por un kamikaze de Hamas de 29 comensales en el restaurante del hotel de Netanya donde un grupo de judíos celebraba el inicio de la Pascua.

Cuando se enteró de este incalificable atentado, Arafat, que dos días atrás había recibido en la Mukataa la visita solidaria de una delegación internacional de escritores encabezados por el portugués José Saramago, se apresuró a comunicar que aceptaba un alto el fuego en el marco del plan propuesto en junio de 2001 por el director de la CIA, George Tenet, y de las recomendaciones contenidas en el informe elaborado por el ex senador demócrata George Mitchell. El Plan Tenet fijaba las condiciones de la administración de Estados Unidos –en síntesis, la detención de las hostilidades y la abstinencia de provocaciones- para que las partes pudieran reanudar las negociaciones relativas a un arreglo político, y su aplicación había sido reclamada por la ONU en la resolución 1.397.

El 29 de marzo el Gobierno israelí desestimó la propuesta de Arafat por parecerle huera, certificó que el presidente palestino era "un enemigo" y ordenó a las FDI que restablecieran su confinamiento. Fue el comienzo de la Operación Muro Defensivo, que dejó un vasto erial de tierra quemada, material y políticamente, en la ANP, y que habría puesto término al mandato autonómico, si no, tal vez, a la propia vida, de Arafat de no haberlo impedido la administración Bush, el único poder exterior susceptible de modificar el proceder israelí.

La más agresiva operación de las FDI desde el comienzo de la guerra empezó con la enésima invasión de Ramallah y la ocupación o destrucción de la Mukataa a excepción del núcleo donde se hallaban acuartelados Arafat y sus allegados. Las tropas israelíes, apostadas a tiro de piedra, sellaron herméticamente el recinto, impidieron el acceso de ambulancias para evacuar a los heridos y cortaron la luz, el agua y el teléfono. El Gabinete israelí exigió a Arafat que se rindiera y Sharon dio rienda suelta a su visceralidad: "Todo lo que recibimos fue terrorismo, terrorismo y más terrorismo, y contra el terrorismo hay que luchar sin concesiones para extirpar a estos bárbaros de raíz" (…) "Este terrorismo es fomentado, dirigido y promovido por una sola persona, el presidente de la Autoridad Palestina, Yasser Arafat".

El incriminado se aprestó a hacer numantinismo de su situación, ciertamente desesperada. En una comunicación a la cadena qatarí Al Jazeera, Arafat reclamó socorro internacional para frenar "la escalada criminal israelí, aseguró que estaban "defendiendo Palestina y el honor de la nación árabe", y de paso "a todos los luchadores por la libertad del mundo", y, con todo guevarista, advirtió "bien alto, a todo el mundo", que no había "palestino ni árabe dispuesto a rendirse al terrorismo israelí o a ponerse de rodillas: caeremos como mártires o liberaremos nuestra tierra". El 30 de marzo, mientras Belén era ocupado, el Consejo de Seguridad de la ONU, en la resolución 1.402, exigió a Israel la retirada de las ciudades invadidas y a las dos partes el cese de la violencia. Al día siguiente, otro palestino se inmolaba en un restaurante de Haifa y mataba a 14 civiles.

Las FDI ampliaron Muro Defensivo a Qalqilya y Tulkarem el 1 de abril, a Jenín el 3, a Nablus el 4 y a Hebrón el 5, hallando fuerte resistencia en algunos barrios y sufriendo cuantiosas bajas. En la Basílica de la Natividad de Belén quedaron atrapados 200 palestinos y Jenín se convirtió en un furioso campo de batalla. Sharon desafió la exigencia de Bush de que detuviera las invasiones y levantara los cercos "inmediatamente", y la comunidad internacional fue testigo pasivo de cómo la ofensiva "antiterrorista" de Israel tomaba la forma de una operación de destrucción sistemática y deliberada de la ANP.

El Gobierno israelí vetó también una reunión entre Arafat y una delegación europea de alto nivel integrada por el enviado especial Moratinos, el alto representante de la Política Exterior y de Seguridad Común (PESC), Javier Solana, y el ministro de Exteriores español, Josep Piqué, pero sí autorizó el encuentro con el enviado especial de Estados Unidos, Anthony Zinni, después de que Bush responsabilizara a Arafat de haber "traicionado las esperanzas de su pueblo" y le considerara "no merecedor de confianza" porque "jamás" había "cumplido su palabra".

Más que hacer gala de una tolerancia infinita con los desmanes ordenados por Sharon, quien, sabedor de que el presidente estaba bajo la fuerte influencia de un núcleo duro de políticos y funcionarios neoconservadores simpatizantes del sionismo más recalcitrante –de hecho, algunos de estos altos cargos de la Casa Blanca y el Pentágono eran judíos-, le desafiaba con pasmoso descaro, Bush, y de paso el Departamento de Estado, se pusieron a modular sus enfoques y su lenguaje en un sentido tan proisraelí que la larga tradición diplomática de la superpotencia como mediador creíble en el conflicto palestino-israelí saltó en pedazos.

Si algo en Oriente Próximo obsesionaba a la administración Bush era el régimen irakí de Saddam Hussein, no el conflicto de Palestina, donde la implicación de antaño basada en una diplomacia activa, enérgica con la parte israelí si era necesario, y en la asunción del principio de la retirada de los Territorios Ocupados desde 1967 como condición para una paz justa fueron sustituidas por una visión maniquea según la cual Arafat y sus próximos eran el mal que había que sacar del tablero y el Gobierno de Tel Aviv poco menos que el bien, o al menos la parte victimizada, en cuyo respaldo y justificación nada debía escatimarse. Washington empezaba a aceptar la tesis israelí de que Arafat no podía ser el interlocutor de nada.

El 10 de abril, mientras arreciaba la batalla de Jenín, Arafat asistió expectante a la constitución en Madrid por los cabezas de las diplomacias de Estados Unidos, Rusia, la UE y la ONU de un marco multilateral, llamado el Cuarteto, con la pretensión de plantear una mediación efectiva en la crisis. El secretario de Estado Colin Powell, el ministro de Exteriores Igor Ivanov, el ministro de Exteriores Piqué, el alto representante Solana y el secretario general Kofi Annan expusieron de manera conjunta un pliego de demandas y expectativas en torno el conflicto, aunque como esfuerzo de coordinación la iniciativa no consiguió acercar los planteamientos de fondo, que eran radicalmente diferentes. El Cuarteto solicitó a Arafat que se comprometiera en firme en la lucha contra el terrorismo y a Sharon que ordenara a las FDI el repliegue de la ANP y el cese de las operaciones de castigo.

Horas después, Powell partió para la zona en calidad de jefe de la diplomacia de su país y de emisario portador de las propuestas del Cuarteto. El 11 de abril cesó toda resistencia palestina en Jenín y al punto se amontonaron las denuncias de que en la devastada ciudad las FDI habrían perpetrado una auténtica carnicería de palestinos. Testigos de ONG humanitarias y periodistas hablaron de numerosas decenas de cadáveres diseminados entre las ruinas y fuentes palestinas aseguraron que los soldados israelíes habían practicado "ejecuciones sumarias masivas" para luego deshacerse de los cuerpos, enterrándolos en fosas comunes o bien trasladándolos a parajes desconocidos.

La Cruz Roja y la Secretaría General de la ONU recibieron testimonios de posibles "crímenes contra la humanidad" cometidos en la ciudad, la Agencia de la ONU de Socorro y Trabajo (UNRWA) dedicada a asistir a los refugiados palestinos calificó lo sucedido de "matanza" y el coordinador especial de la ONU en los Territorios Ocupados, el noruego Terje Rød-Larsen, se refirió a un "horror que supera el entendimiento" y a una "situación moralmente repugnante". Debido al obstruccionismo israelí, no pudo cuantificarse sin lugar a dudas el número de palestinos muertos en Jenín, aunque todo apuntaba a que era elevado. Yasser Abed Rabbo, ministro de Información de la ANP y destacado miembro moderado del CEOLP, citó la cifra de 900 abatidos, pero Amnistía Internacional y Human Rights Watch documentaron únicamente 54 palestinos muertos, entre combatientes y civiles, amén de 23 soldados israelíes.

Estas ONG no hallaron pruebas incontrovertibles de que las FDI hubiesen practicado ejecuciones sumarias, aunque sí denunciaron la habitual despreocupación de los militares israelíes por las vidas de los civiles atrapados en el fuego cruzado cuando se trataba de reducir a combatientes atrincherados, con su cohorte de violaciones de la legislación humanitaria internacional. Human Rights Watch concluyó que se habían producido asesinatos de civiles al utilizárseles como escudos humanos y hacerles blanco de bombardeos indiscriminados, lo que para la ONG era constitutivo de "crímenes de guerra".

Para estupefacción de Arafat y la OLP, los sucesos de Jenín tuvieron una resonancia internacional limitada y el escándalo que se suscitó fue incomparablemente inferior al levantado por las atrocidades de Sabra y Shatila en 1982, y eso que ahora los perpetradores de las muertes eran los soldados israelíes. El 19 de abril el Consejo de Seguridad aprobó en una resolución, la 1.405, poner en marcha una comisión de investigación de las posibles matanzas en Jenín. Aunque en un principio aseguró que no tenía "nada que ocultar" y que iba a colaborar con la ONU en el esclarecimiento de los hechos, el 30 de abril el Gobierno de Sharon emitió su veto a la misión y el 1 de mayo la ONU no tuvo otro remedio que cancelarla.

Contrariando a Sharon, Powell aceptó entrevistarse con Arafat en la Mukataa a condición de que el presidente palestino hiciera pública su condena al terrorismo. La declaración de Arafat se produjo el 13 de abril y al día siguiente Powell se personó en Ramallah. La reunión fue tormentosa y a su término responsables de la ANP la calificaron de "desastre", al acudir Powell sólo con exigencias para ellos y con ninguna concesión de Sharon bajo el brazo, una situación tanto más pasmosa por cuanto que el edificio continuaba rodeado por los tanques israelíes.

Sin embargo, esto no era del todo cierto, ya que a Powell Sharon le había comunicado un impreciso calendario de retirada militar de las ciudades autónomas de Cisjordania que, en efecto, comenzó a aplicarse el 18 de abril. Tres días después, el mando israelí declaró terminada la Operación Muro Defensivo, si bien los asedios de Ramallah y la Basílica de la Natividad de Belén no se levantaron hasta el 1 y el 10 de mayo, respectivamente. El 7 de mayo Hamas asesinó a 16 israelíes en un atentado en Rishon Le-Zion, cerca de Tel Aviv.


15. La destrucción de la infraestructura de la ANP y el acorralamiento de Arafat

El alivio del cerco de la Mukataa funcionó también como un sifón de las tensiones políticas que se venían incubando en la maltrecha ANP, haciendo emerger con virulencia el conflicto soterrado que enfrentaba a los reformadores y a los continuistas vinculados a Arafat. El 16 de mayo de 2002, el presidente, presionado por los elementos aperturistas de su propio campo, la oposición palestina democrática y, sobre todo, el Cuarteto, anunció la convocatoria de elecciones "lo antes posible" y la puesta en marcha de una serie de reformas políticas en todos los sectores de la administración y el Gobierno.

El esquema de las transformaciones era nebuloso y, según su promotor, se proponía la separación efectiva de los tres poderes, ejecutivo, legislativo y judicial. El 29 de mayo el rais promulgó la Ley Fundamental o Ley Básica de la ANP, un texto constitucional aprobado por el Consejo Legislativo en octubre de 1997 y que había mantenido bloqueado desde entonces. Durante un lustro, Arafat se había negado a estampar su firma a la Ley Fundamental, sin la cual la ANP no podía legitimarse como un sujeto político de derecho.

Con la entrada en vigor de la Ley Fundamental parecía abrirse el camino de unas reformas reclamadas por el Cuarteto y con especial énfasis por Estados Unidos, quien, secundando a Israel, exigía a Arafat cambios profundos en la ANP como condición imprescindible para restablecer el diálogo político y resucitar el proceso de paz. El 9 de junio Arafat presentó su nuevo gabinete y, por primera vez desde la creación de la ANP, abandonó el mando directo de las fuerzas policiales, unos 30.000 hombres distribuidos en una docena de cuerpos, y cedió su control a un nuevo ministro del Interior, el general Abdel Razzak al-Yahya. La mudanza iba a revelarse más formal que real. En realidad, Arafat no estaba por la labor de desconcentrar los poderes del Consejo que dirigía con celo absolutista y de delegar responsabilidades, sobre todo en los ámbitos de la seguridad, a ningún funcionario que no se plegara a sus designios con esas lealtad y sumisión características de los veteranos de la vieja guardia de la OLP. Esta actitud cicatera de Arafat contribuyó, junto con la obcecación belicista de Sharon, a empantanar la situación.

El caso fue que en junio la guerra volvió por sus fueros: brutales atentados terroristas de Hamas y la Jihad, destructivas ocupaciones por las FDI de las ciudades autónomas y bombardeos aéreos de cuarteles –inclusive la Mukataa-. La voladura el 18 de junio de un autobús urbano en Jerusalén, con un saldo de 19 muertos, tuvo como respuesta fulminante la Operación Camino Firme, que apuntaba a la reconquista militar de Cisjordania y sugería la intención israelí de hacer tabla rasa de todo lo negociado desde 1993, poniendo fin al experimento autonómico. Después de todo, la reocupación de Cisjordania iba a ser sólo temporal y parcial, y la ANP iba a continuar existiendo, pero su presidente empezó a encajar un varapalo detrás de otro. Arafat nunca iba a recuperarse de estos reveses políticos.

En primer lugar, el 16 de junio las FDI emprendieron la construcción del llamado muro de seguridad, una muralla de hormigón armado concebida para impedir la entrada de terroristas en Israel desde Cisjordania. Con una longitud total prevista de 350 km y un tramo inicial que discurría a lo largo del límite septentrional de Cisjordania, desde la ribera del Jordán hasta Qalqilya, esta aparatosa valla militarizada, tal era la pretensión de Sharon, que retomaba así la idea formulada por el difunto Rabin en 1995, conseguiría separar físicamente al Estado judío de los territorios palestinos.

La ANP puso el grito en el cielo: semejante construcción agravaría la inviabilidad económica y la desconexión de los territorios de la autonomía y el futuro Estado. Se denunció otro atropello, de fuerte contenido político: al alzarse varios kilómetros en el interior de Cisjordania, es decir, dentro de la línea del alto el fuego (línea verde) de 1967, el muro amparaba la anexión de hecho por Israel de porciones sustanciales del territorio, de entrada todos los terrenos confiscados para las obras. Para Arafat y sus colegas, el muro de la discordia no era otra cosa que un trazado unilateral de las fronteras de 1967, un acto completamente ilegal.

Poco después, el 24 de junio, Bush anunció que Estados Unidos condicionaba la creación del Estado palestino a un recambio democrático en la dirección de la ANP. Arafat no era citado por su nombre, pero el mensaje era nítido: Washington había decidido que el viejo caudillo palestino era más un estorbo que un referente en la interlocución con los palestinos. Se trataba de una victoria resonante de Sharon y de un descalabro para Arafat, que se apresuró a anunciar su postulación para la reelección en los comicios, a celebrar en enero de 2003. Enfurecido y desafiante, el presidente palestino replicó a Bush: "será mi pueblo quien elija a su líder".

Una cosa era que Arafat cesara al frente de la ANP y otra que lo hiciera en la OLP, aunque apenas podía concebirse esta separación de funciones. Objetivamente, la sucesión en el liderazgo de la organización, el que contaba en definitiva, no parecía factible a corto plazo. Todos los observadores coincidían en la opinión de que no había a la vista candidatos a reemplazar a Arafat como elemento de cohesión entre la vieja guardia y la nueva, entre los dirigentes históricos del exilio tunecino y los del interior, en permanente balanceo entre todos los clanes de Cisjordania y Gaza. Muchos de los que censuraban sin paliativos el proceder de Arafat reconocían que su desaparición de la escena podría generar un vacío tal que el sucesor o los sucesores no fueran capaces de llenar, multiplicando el riesgo de implosión de las instituciones o de anarquía total en las calles.

Los hipotéticos aspirantes a la sucesión mentados en las quinielas políticas, fundamentalmente los veteranos Abbas y Qureia, y los más jóvenes Muhammad Dahlan, coronel de la Seguridad Preventiva en Gaza, y Jibril Rajoub, responsable del mismo cuerpo en Cisjordania, carecían de algo fundamental: apoyo popular. De todas maneras, en julio, para curarse de espantos y zanjar unas especulaciones que no podía soportar, Arafat desató una purga de mandos policiales cuyas víctimas más notorias fueron Dahlan y Rajoub. La aparatosa cascada de destituciones avivó las tensiones políticas en la ANP, pero con esta demostración de autoridad Arafat deseaba sobre todo escarmentar a dos oficiales que habían acumulado poder y que presentaban ambiciones políticas.

La decisión de Arafat de luchar por su supervivencia política fue respaldada, con mayor o menor reserva, por una parte importante de la comunidad internacional, empezando por los gobiernos de la UE, los de los países árabes y el secretario general de la ONU, pero el peso de estos actores venía revelándose, con machacona insistencia, muy escaso (en el caso de los árabes, el ascendiente era prácticamente nulo). Estados Unidos llevaba la batuta y Bush, de hecho, con su declaración unilateral, dejó al resto de componentes del Cuarteto ante la disyuntiva de secundarle o quedar relegados. Así que, capitaneado por Powell y sobre la base del discurso de Bush, el Cuarteto elaboró un plan de paz para reemplazar al fracasado Acuerdo Gaza-Jericó de 1994, si bien el nuevo plan salvaguardaba parte del espíritu de Oslo al insistir en el principio general de paz por territorios e invocar las resoluciones 242 y 338.

El plan fue desvelado por el Cuarteto el 17 de septiembre en Nueva York. En sinopsis, la llamada Hoja de Ruta, también referida como el Mapa de Ruta (Road map, en inglés), contemplaba la formación de un Estado palestino independiente y soberano, y la resolución de los sempiternos problemas que eran la médula del conflicto (Jerusalén, refugiados, asentamientos y fronteras) hacia finales de 2005, al cabo de un proceso de tres etapas que pasaba por la superación de la situación de violencia, la reorganización profunda de las instituciones autonómicas, la elaboración de una verdadera Constitución palestina, la celebración de elecciones y la celebración también de dos conferencias internacionales de paz para Oriente Próximo, una de lanzamiento del proceso y la otra de consolidación de lo logrado.

La primera conferencia de paz, a la que serían invitados sirios y libaneses, tendría lugar entre junio y diciembre de 2003, período que cubría la segunda etapa del proceso y en el curso del cual la ANP daría lugar a un "Estado palestino independiente con fronteras provisionales y atributos de soberanía". En la tercera etapa, desde principios de 2004, se celebrarían la segunda conferencia internacional de paz y las negociaciones sobre el estatus final.

Desde luego, todo esto, sobre el papel, ya que Sharon, que el 6 de septiembre no tuvo ambages en dar por muertos los acuerdos de Oslo, planteó tantas y tan radicales enmiendas a la Hoja de Ruta que, en la práctica, la refutaba. De entrada, el primer ministro dejó claro que cualquier proceso negociador quedaba supeditado a la ausencia total de terrorismo, violencia e incitación a los mismos por la parte palestina. Si la ANP quería hablar de paz, antes y durante el proceso de diálogo, debía introducir reformas legislativas, institucionales y judiciales de alcance, y desmantelar completamente la infraestructura de las organizaciones extremistas, a partir de una cadena de detenciones, interrogatorios, juicios y encarcelamientos de activistas.

Por su parte, el Cuarteto condicionó la puesta en marcha del plan a la creación del puesto de primer ministro de la ANP, que era una de las medida de "construcción institucional" especificadas en la Hoja de Ruta, y aquí, Arafat, refractario a las reformas internas y más aún a ceder parcelas de poder, se aferró a una actitud obstruccionista que dejó en suspenso la presentación oficial del documento a las dos partes. La UE rechazaba que Arafat fuera un interlocutor prescindible y un actor "irrelevante", por emplear una expresión de Sharon, pero, como los países árabes moderados, era receptiva a la idea de relegarle a una presidencia simbólica de la ANP, de manera que el poder ejecutivo real quedase en manos del primer ministro. Así que hasta los valedores internacionales del presidente palestino empezaron a trabajar en una estrategia post Arafat.

El 19 de septiembre de 2002 los tanques israelíes irrumpieron en el cuartel general de Arafat en Ramallah, restableciendo el asedio de proximidad y reclamando por megafonía la entrega de 20 colaboradores refugiados en el complejo, entre ellos el responsable de la guardia presidencial, el general Mahmoud Dambra, y el jefe de los servicios secretos de Cisjordania, Tawfik Tirawi, por su presunta responsabilidad en un atentado suicida cometido horas antes en Tel Aviv, que había matado a cinco personas.

Arafat se negó a acatar la exigencia y las FDI se pusieron manos a la obra en la demolición metódica de la Mukataa, edificio por edificio, de los que quedaban en pie de anteriores acometidas. Al cabo de unas horas de explosiones en cadena sólo subsistía un bastión, el edificio que acogía los aposentos y las oficinas del presidente. Arafat y un número indeterminado de miembros de su escolta, funcionarios autonómicos y algunos ministros del Consejo se hacinaban en la segunda planta de la casa. Daba la sensación de que los israelíes pretendían, si no matarle, al menos obligarle a rendirse y a exiliarse.

Nuevamente, la intervención de Estados Unidos libró de este angustioso acoso físico y psicológico a Arafat, que a través de su teléfono móvil declaró: "antes de entregarme prefiero pegarme un tiro". El 23 de septiembre, oída la severa reprimenda de Bush, Sharon ordenó a los zapadores y las excavadoras que cesaran en su actividad destructiva, mientras en las calles de Ramallah y el resto de los Territorios miles de palestinos desafiaban el toque de queda en manifestaciones de apoyo al rais. El 24 de septiembre el Consejo de Seguridad de la ONU, con la resolución 1.435, exigió a Israel que finalizara el cerco militar a Arafat y se retirara a las posiciones previas al comienzo de la Intifada.

Sintiéndose vindicado, Arafat continuó porfiando: el 6 de octubre, en respuesta a una sorpresiva moción del Congreso de Estados Unidos que instaba a la Casa Blanca a reconocer la capitalidad israelí en Jerusalén y a mudar allí la embajada sita en Tel Aviv, el presidente palestino firmó una ley que otorgaba esa misma capitalidad, la ciudad oriental, para el futuro Estado palestino. Más aún, Arafat plantó cara al Cuarteto y descartó instituir la figura del primer ministro de la ANP.

Arafat echó algo parecido a una palada de arena poco después, al confirmar que habría elecciones generales el 20 de enero y al declarar (10 de noviembre) que acataba el plan de la Hoja de Ruta, pero con la siguiente interpretación: a finales de 2003 se creaba el Estado provisional sin frontera definidas y justo dos años después veía la luz el Estado independiente definitivo. El 21 de noviembre las FDI lanzaron la enésima operación de castigo, Reacción en Cadena, que supuso las reocupaciones de Belén y Jenín, y un segundo cerco a la Basílica de la Natividad, para impedir que sirviera de refugio a activistas palestinos.

El 22 de diciembre, con la violencia haciendo estragos en Israel y los Territorios, el Consejo Ejecutivo echó un jarro de agua fría a las expectativas del Cuarteto al decidir posponer indefinidamente las elecciones. Según la cúpula de la ANP, era "imposible" celebrar los comicios "debido a la ocupación, los bloqueos o las obstrucciones israelíes".


16. Delegación parcial de poderes a un primer ministro por prescripción de la Hoja de Ruta

En enero de 2003, mientras las FDI centraban sus ataques en las infraestructuras de Hamas y la Jihad en Gaza, Arafat autorizó al número dos de la organización, Mahmoud Abbas, el alto dirigente de la OLP más proclive al diálogo con Israel, el arreglo de un encuentro con Sharon. La reunión se celebró ese mes con carácter secreto en Jerusalén y en ella se abordó la cuestión del futuro Estado palestino provisional. Se trataba de un encuentro de características similares al realizado hacía justamente un año.

Ahora, la parte palestina entendía que dicha entidad no podía ser viable con menos del 65% de la superficie de Cisjordania y sin una red de carreteras uniendo las numerosas manchas de leopardo en que en realidad iba a consistir; además, demandaba una fórmula de cogobierno jordano-palestino para Jerusalén oriental. Sharon habló de otorgar el 53% de territorio cisjordano y de un lento proceso de repliegue militar de las áreas ocupadas a lo largo de una década; en cuanto a Jerusalén, el líder israelí zanjó que no era objeto de negociación. No hubo, pues, acercamiento de posturas. En febrero fue Qureia quien celebró por cuenta de Arafat un encuentro secreto con Sharon, que acababa de ganar las elecciones generales israelíes, en el rancho que el primer ministro tenía en el desierto de Neguev. El representante de Arafat sondeó si era posible establecer un alto el fuego, pero retornó con las manos vacías.

Las fortísimas presiones internas y externas lograron doblegar a Arafat en marzo de 2003 en lo tocante a los cambios institucionales en la ANP prescritos por la Hoja de Ruta. El 6 de ese mes, cumpliendo las previsiones, el presidente palestino propuso al CEOLP la candidatura de Abbas para el puesto de primer ministro de la ANP y el interesado expresó su conformidad de principio, pero se reservó emitir una aceptación definitiva hasta conocer su elenco de competencias respaldadas por ley. Inmediatamente después, el Consejo Central de la OLP dio luz verde a la reforma de la Ley Fundamental palestina para crear la figura del primer ministro con poderes ejecutivos y a que fuera Abbas el primer ocupante de ese puesto, tal que el 8 de marzo Arafat designó formalmente a su viejo colaborador.

Quedaba por conocer el rango de atribuciones del primer ministro, cuya sanción legal correspondía al Consejo Legislativo de la ANP, si bien la decisión política concernía a los protagonistas de esta trascendental mudanza en la jefatura palestina, y todo indicaba que, tras varios días de negociaciones, Arafat y Abbas ya habían pactado lo esencial del reparto de funciones. El 10 de marzo el Consejo Legislativo, reunido en Ramallah -aunque algunos de sus miembros participaron desde Gaza- aprobó por 64 votos a favor, 3 en contra y 4 abstenciones la enmienda de la Ley Fundamental de la ANP sobre la introducción del cargo de primer ministro y su rango de atribuciones.

Éstas consistieron en plenos poderes en la política interior, con control exclusivo sobre los ámbitos del Gobierno y la administración civiles, la seguridad interior y el orden público, amén de la potestad de nombrar y destituir a los ministros. Arafat se aseguró el mando supremo de las fuerzas no policiales implicadas en la salvaguardia de la "seguridad nacional" (léase, las fuerzas armadas directamente relacionadas con la Intifada) en tanto que cabeza del "liderazgo palestino", y la última palabra en la política exterior de la ANP, inclusive en un eventual proceso de paz. Puesto que era la OLP y no la ANP la responsable de conducir las negociaciones con Israel, Arafat y Abbas, este último como jefe del Departamento específico de la OLP, continuarían dirigiendo esta área al margen de las transformaciones en el sistema del autogobierno. Ni que decir tiene que la reserva del ascendiente de Arafat en estos dos terrenos clave, la seguridad y la interlocución, provocó decepciones en Estados Unidos e Israel.

No obstante haber salido mejor parado de lo previsto en la transacción, ya que el sistema de gobierno que se configuraba era de tipo mixto, con áreas decisivas en manos del presidente, y él no iba a quedar como una figura simbólica o decorativa en la ANP (además de que sus jefaturas sobre la OLP y Fatah ni siquiera se ponían en tela de juicio), Arafat se animó a presentar varias impugnaciones al instrumento legal reclamando su derecho a suspender al primer ministro, vetar a cada uno de los miembros del Gabinete, establecer el orden del día del Consejo de Ministros y, en definitiva, seguir controlando al Ejecutivo palestino.

La mayoría de los diputados, por 49 votos contra 22, rechazó el 17 de marzo todas esas pretensiones a excepción de la primera. Ventilada esta última disputa, el 19 de marzo Arafat nombró oficialmente a Abbas y éste, luego de expresar su conformidad con la reforma legal que le atañía, entró inmediatamente en funciones. Abbas alcanzó la jefatura del Gobierno de la ANP entre duros forcejeos y con una misión tan prioritaria como complicada, por no decir cuasi imposible: convencer a los grupos radicales, sin obligarles por la fuerza (fuerza que, de todas formas, no obstante el elenco nominal de atribuciones, no estaba en sus manos), para que renunciaran a los por ellos llamados "legítimos actos de resistencia contra el ocupante"

Entonces, nadie quería dejarse vencer por el pesimismo más negro, y en las semanas siguientes se prefirió no reconocer que el Gobierno de Abbas comenzaba con el estrechísimo margen de maniobra que le dejaban tres hipotecas fundamentales: las maniobras y regateos de Arafat, que se resistía a perder peso en las decisiones de la Autoridad Ejecutiva de la ANP; la impunidad con que siguieron perpetrando sus atentados los comandos de Hamas, la Jihad Islámica y las Brigadas de los Mártires de Al Aqsa; y la actitud despreciativa y prepotente del Gobierno Sharon, que no cesó de alimentar tampoco la espiral de ataques, represalias y contrarrepresalias, y que reactivó su política de asesinatos selectivos mientras seguía construyendo tramos del muro de seguridad y asentamientos de colonos.

El 29 de abril, después de que Arafat y Abbas solventaran en un sentido favorable al segundo su enésima pugna, ahora por el control de la cartera clave de Interior, que asumió personalmente Abbas mientras que el favorito, del presidente, Dahlan, era nombrado ministro delegado para la Seguridad, el Consejo Legislativo confirmó el Gabinete por 51 votos a favor, 18 en contra y tres abstenciones. En la investidura de su equipo de gobierno en Ramallah, Abbas declaró que no había una "solución militar al conflicto palestino" y expresó su compromiso de terminar con el "caos armado", luchando contra el terrorismo, controlando a las milicias y confiscando las armas ilegales. Se suponía que Abbas hablaba en nombre del Consejo Ejecutivo cuyo presidente continuaba siendo Arafat.

Ésta era la señal que la impaciente comunidad internacional, en el contexto de la invasión y ocupación de Irak, estaba esperando, así que el 30 de abril el Cuarteto presentó oficialmente el plan de la Hoja de Ruta a Sharon y Abbas. El 17 de mayo, dos semanas después de que el Ejército israelí asesinara a 14 palestinos en una operación antiterrorista contra Hamas en Gaza y de que, a pesar de lo prometido a Powell por el Gobierno, no había aflojado su tenaza sobre la franja, Abbas y Sharon sostuvieron su primera entrevista oficial en Jerusalén, el encuentro de más alto nivel con luz y taquígrafos entre responsables de las dos partes desde el estallido de la Intifada hacía 32 meses y que, a pesar de que no produjo absolutamente nada, fue saludado como la "reanudación del diálogo palestino-israelí". En las 48 horas siguientes, las organizaciones extremistas palestinas estuvieron muy ocupadas en reventar cualquier posibilidad de distensión cometiendo cuatro atentados suicidas que costaron la vida a siete israelíes.

Aunque desde su baluarte-prisión de la Mukataa seguía manejando los hilos, Arafat, qué remedio para él, fue cediendo el protagonismo a Abbas. El 29 de mayo los dos primeros ministros se encontraron de nuevo en Jerusalén occidental y esta vez sí asomaron resultados concretos en forma de medidas de distensión prometidas por Sharon, fundamentalmente reducciones de presencia militar en los Territorios y la excarcelación de un centenar de presos palestinos.

El 3 de junio Abbas fue invitado a una minicumbre árabe en Sharm el-Sheikh en la que participaron Mubarak, Abdallah II, Abdullah Al Saud y el rey de Bahrein, Hamad Al Khalifah, los cuales, ante Bush, se comprometieron a combatir el terrorismo y a apoyar la Hoja de Ruta como la fórmula idónea para poner término al inveterado conflicto entre israelíes y palestinos. Al día siguiente, Abbas celebró una cumbre tripartita con Bush y Sharon en Aqaba y allí los dos primeros ministros realizaron compromisos específicos: el palestino, a luchar de manera efectiva, "empleando todos nuestros esfuerzos", contra el terrorismo de los radicales, y el israelí, a desmantelar asentamientos de colonos en Cisjordania, a liberar prisioneros y a aliviar el cerco de las ciudades de la ANP.

De vuelta a casa, Hamas, la Jihad y las Brigadas de Al Aqsa acusaron a Abbas de claudicar ante los israelíes, por asumir implícitamente su tesis de que toda forma de resistencia armada no era sino terrorismo y por ofrecer el final de la Intifada sin denunciar los padecimientos del pueblo palestino ni sus reivindicaciones principales, a saber, el retorno de los refugiados y la capitalidad del futuro Estado en Jerusalén oriental, así como la situación de encierro en que se encontraba Arafat en Ramallah. Por todo ello, resolvieron ignorar las órdenes de Abbas y proseguir con sus acciones armadas.

En los días siguientes, siempre con la justificación de la venganza por la afrenta previa, prolongando la macabra cadena de réplicas y contrarréplicas en cuyo origen estaría una hipotética provocación inicial que no se sabía quién la había hecho y cuándo, la violencia con regusto a boicot a cualquier salida negociada campó por sus respetos, empujando al atribulado primer ministro a lanzar una urgente y patética petición de ayuda al Cuarteto y a Estados Unidos muy en especial.

El 8 de junio, un comando atacó el puesto fronterizo de Erez y mató a cuatro soldados y a un colono israelíes; el 10 de junio, helicópteros israelíes intentaron matar en Gaza al principal dirigente político y portavoz de Hamas, Abdel Aziz Rantisi, conocido por su línea dura, quien salvó la vida con heridas, pero no así dos peatones; el 11 de junio, un suicida palestino se hizo volar en un autobús en Jerusalén, asesinando a 16 ciudadanos israelíes, y, como reacción fulminante, helicópteros israelíes dispararon sus misiles en Gaza con el resultado de dos jefes de Hamas y cinco civiles muertos.

Cuando el espasmo de violencia remitió, Abbas consiguió reanudar sus mesas de diálogo, con el Gobierno israelí por un lado y con Hamas y sus aliados por el otro, para intentar aplicar la Hoja de Ruta. No se percibía que Arafat, desde la Mukataa, tocara todos los resortes que estaban a su alcance para ayudar en este esfuerzo, aunque con las comunicaciones con el exterior drásticamente disminuidas la influencia del presidente en los acontecimientos resultaba incierta.

El alto el fuego de los radicales era una condición sine qua non, y aquí la perseverancia de Abbas tuvo un fruto no por precario menos meritorio, ya que el 27 de junio los tres grupos radicales palestinos anunciaron una tregua de tres meses, efectiva desde el 29 de junio y susceptible de ser renovada si Israel ofrecía una serie de contrapartidas: el final de los asesinatos selectivos; el repliegue de sus tropas a las líneas previas al comienzo de la Intifada; liberaciones sustanciales de presos -muchos de los cuales se encontraban recluidos, sin cargos ni sentencias judiciales, en campos de internamiento en el Neguev- y en particular de una serie de dirigentes; y, el levantamiento efectivo de los asedios y el toque de queda decretados sobre la población palestina.

El primer alto el fuego en 33 meses de Intifada favoreció una tímida retirada de las FDI de algunos puntos de la ANP y estimuló los contactos con Israel, pero incluso antes de llegar a su ecuador ya empezó a tambalearse, poniendo a Abbas, viva estampa de la impotencia, contra las cuerdas. El 8 de julio, el primer ministro anunció su dimisión como miembro del Comité Central de Fatah y amenazó con hacer lo mismo en el Consejo Ejecutivo de la ANP si continuaba recibiendo críticas desde su partido, posiblemente inspiradas por Arafat, donde se le acusaba de hacer reiteradas concesiones a los israelíes sin recibir a cambio nada asible. La resignación no le fue aceptada por Arafat y días después los dos hombres acordaron una componenda para cerrar la enésima crisis interna.

Los terroristas palestinos y los militares israelíes ponían constantemente en peligro el alto el fuego y para comienzos de agosto volvió por sus fueros la dinámica implacable de las provocaciones. Israel, en particular, volvió sin rebozo a los asesinatos selectivos, no avanzó en la excarcelación de prisioneros palestinos más allá de unas pocas decenas, paralizó el levantamiento de los controles militares en las poblaciones autonómicas y siguió adelante con el polémico muro de seguridad, haciendo oídos sordos a las protestas de la comunidad internacional al completo, inclusive, aunque con sordina, Estados Unidos.

El 19 de agosto de 2003 la tregua recibió un golpe mortal con el brutal atentado suicida contra un autobús lleno de judíos ortodoxos cerca de Jerusalén, que dejó 22 muertos y más de cien heridos; dos días después, Israel rehusó dar tiempo a Abbas para demostrar su capacidad de arrestar a cabecillas de las organizaciones extremistas involucrados en los atentados y no se privó de matar al líder de Hamas en Gaza, Ismail Abu Shahab, a la sazón considerado uno de los mas moderados de la organización, abogado del alto el fuego ahora destruido.

En estas circunstancias, la suerte política de Abbas estaba echada. El 6 de septiembre, después de exigir en vano al Consejo Legislativo plenos poderes para unificar bajo su mando los diversos órganos de seguridad de la ANP y desmantelar las estructuras terroristas de las organizaciones extremistas, el primer ministro materializó su enésima amenaza de dimitir, horas antes de que Israel intentara asesinar en Gaza al anciano fundador y líder espiritual de Hamas, el jeque Ahmad Yassín. Terminada en un estrepitoso fracaso la fórmula de Abbas, a Arafat no le quedaba otra alternativa de peso más que el presidente del Legislativo, Qureia, que partía con el poso de legitimidad de poseer un mandato electivo. Pero también parecía más acomodaticio al rais.

Así, el 7 de septiembre el presidente palestino designó a Qureia primer ministro con el visto bueno del CEOLP. Tres días después Qureia aceptó la encomienda, pero puso como condición que el Cuarteto abandonara su diletantismo, tan inicuo para Abbas, y le diera garantías "prácticas, no retóricas" de que el proceso de paz era viable y de que Israel iba a adoptar una actitud constructiva.

Al Gobierno Sharon, Qureia le demandó el final de la campaña de asesinatos de líderes radicales, el levantamiento del estado de sitio en las áreas autónomas y el relajo del confinamiento físico y el acoso mediático que sufría su jefe, todo a cambio de un "un verdadero acuerdo de alto el fuego", en vez de la tregua unilateral tan laboriosamente arrancada por Abbas en junio, y la reactivación de la Hoja de Ruta. Qureia, además, empleando el lenguaje caro a Arafat, puntualizó que no estaba dispuesto a gobernar "bajo los dictados israelíes". El Ejecutivo judío se limitó a responderle que lo que tenía que hacer era luchar en firme contra el terrorismo antes ser aceptado como socio en una mesa de diálogo, y que iba a ser juzgado "por sus hechos, no por sus palabras".

El 11 de septiembre Qureia obtuvo lo que no había logrado su predecesor, la unificación de todos los cuerpos de seguridad, aunque no bajo el mando exclusivo del primer ministro, sino compartiéndolo en el seno de un organismo ya existente, el Consejo de Seguridad Nacional, del que formaban parte los dos cabezas de la Autoridad Ejecutiva, los ministros de Interior, Exteriores y Finanzas, representantes del CEOLP y del Consejo Legislativo, y los comandantes de la Seguridad en Gaza y Cisjordania. Abbas se mantuvo en el puesto con carácter provisional hasta el 5 de octubre, cuando Arafat, impelido por el dramático deterioro de la situación, decretó el nombramiento y la toma de posesión automática de Qureia al frente de un gabinete de emergencia formado casi en su integridad por miembros de Fatah.

Y es que el mismo 11 de septiembre el Gabinete israelí había aprobado un plan para deportar de los Territorios a Arafat, por suponer un "obstáculo para la paz". Sharon explicó que la decisión política estaba tomada, pero que el Gobierno se reservaba el momento oportuno de ejecutarla. El plan quedaba "en suspenso", hasta que las FDI determinaran la táctica de una operación que no presentaba imponderables en lo militar, pero sí graves interrogantes en lo político. La Casa Blanca, cogida por sorpresa por el nuevo trágala de Sharon, fue muy enfática en la recomendación de máxima prudencia al mandatario israelí.

De nuevo, la calle palestina entró en un hervor de manifestaciones a favor de Arafat, con pancartas donde se le equiparaba con una "línea roja" que los israelíes no deberían rebasar, "o todo el territorio se teñirá de rojo", rezaban. Uno de los consejeros del rais alertó sobre las "consecuencias catastróficas, que conducirían a la región al borde del abismo". Peor aún, en el Gabinete israelí empezaron a oírse voces pidiendo, lisa y llanamente, el asesinato de Arafat. Así lo propugnaron el viceprimer ministro, Ehud Olmert, y, con menos publicidad, el ministro de Defensa, Shaul Mofaz, lo cual no podía menos que calificarse de apología del terrorismo de Estado.

Que Olmert, la mano derecha de Sharon, considerara lícito "desde un punto de vista moral" matar a Arafat dejó atónitos a los miembros del Cuarteto y concitó la furia palestina. Powell advirtió que semejante acción "provocaría la cólera del mundo árabe", mientras que el ministro palestino Saeb Erekat aseguró que "el Gobierno israelí piensa y actúa como una organización de mafiosos y gángsteres". El 15 de septiembre tuvo que salir el ministro de Exteriores, Silvan Shalom, a desmentir categóricamente que entre las opciones contempladas por el Gobierno estuviera la "eliminación" de Arafat.

El clamor invadió también la ONU, pero el día 16 Estados Unidos vetó un texto de resolución del Consejo de Seguridad que exigía la retractación israelí porque no incluía ninguna condena al terrorismo palestino. Donde sí prosperó la resolución fue en la Asamblea General, y con un resultado de lo más contundente (133 votos a favor, 15 abstenciones y 4 votos en contra, los de Estados Unidos, Israel, Micronesia e Islas Marshall), si bien el instrumento no tenía fuerza vinculante. El 18 de septiembre Bush quiso echarle un capote a Sharon tachando a Arafat de "fracasado como dirigente". El 6 de octubre el presidente estadounidense dijo que Israel tenía todo el "derecho a defenderse".

En estas circunstancias tan negativas, aunque propicias para la retórica del martirio, se produjo la resurrección -a la postre, efímera- de Arafat, que en los meses en que Abbas fungió de primer ministro había estado marginado en los tratamientos informativos. El súbito incremento de su popularidad era un balón de oxígeno providencial, así que Arafat desafió las mirillas de los artilleros israelíes y el mismo 11 de septiembre por la noche, con aspecto debilitado, avejentado y más ojeroso que nunca, arengó a los miles de palestinos que acudieron a la Mukataa con el ánimo de formar una barrera humana por si se producía el asalto de las FDI: "Nadie me cazará. Ésta es una tierra santa y nadie me podrá echar. Podrán matarme con sus bombas, pero no me marcharé".


17. Impugnación del liderazgo y amenazas israelíes como antesala del ocaso vital

El declive físico de Arafat se aceleró justo después de su efímero resurgimiento en septiembre de 2003. A lo largo del otoño, los medios de comunicación internacionales pintaron una atmósfera de lo más ominosa en la Mukataa. Al parecer, en el ambiente flotaba una sensación de impotencia absoluta. Al abatimiento por la constatación de que la solidaridad internacional con la ANP, expresada masivamente en la ONU, no se correspondía con acciones eficaces que obligasen a recular a Israel, se le sumaron los misteriosos achaques de Arafat, evidenciados por un continuo ir y venir de ambulancias de la Media Luna Roja, y la presencia de un comité de doctores egipcios y jordanos.

Los despachos de prensa internacionales y los comunicados de la ANP, emitidos para negar o matizar lo que decían las agencias foráneas, se hacían eco de graves indisposiciones que tenían a Arafat postrado en cama la mayor parte del día, con un cuadro sintomático que incluía dolores en las articulaciones, vómitos de sangre, mareos, disfunciones digestivas e insomnio. Se habló de problemas del corazón, úlcera intestinal, cáncer de estómago, insuficiencia hepática, gripe y agravamiento del mal de Parkinson que le había sido diagnosticado hacía una década y de cuyo característico temblor, particularmente en los labios, los televidentes de todo el mundo ya tenían constancia, pero ahora no se emitió ningún parte médico.

También trascendió que, cada vez con más frecuencia, Arafat perdía los estribos en las reuniones de la plana mayor: sufría tremendos estallidos de ira, cubría de improperios o escupía a los que osaban contradecirle y en ocasiones amagaba con llegar a las manos o con desenfundar su pistola. El gesto consistente en apuntar al discrepante con el arma personal era el colmo del acaloramiento violento e intimidatorio, pero, de creer los relatos divulgados, Arafat lo había empleado en alguna ocasión para zanjar disputas dialécticas y cuestionamientos de su liderazgo. Lo más suave que puede decirse de este talante es que Arafat pudo ser muchas cosas en su azarosa vida, pero no un político imbuido de cultura democrática. Tal vez, ni siquiera un demócrata a secas, aunque, a diferencia de la mayoría de los dirigentes árabes, sí gozaba de legitimidad electoral.

La naturaleza y el alcance de las dolencias del rais fueron cubiertas de secretismo, en la más pura tradición de los estadistas árabes atacados por la enfermedad. Toda esta incertidumbre en torno a la salud física y mental del presidente palestino lo único que consiguió fue alentar la confusión, el alarmismo y las intrigas políticas. En la cúpula palestina se olisqueaba el próximo final de una era, y los dirigentes llamados a pilotar el mañana sin Arafat empezaron a tomar posiciones.

El 9 de octubre el primer ministro Qureia, que aún no había recibido el voto de confianza del Legislativo a su gabinete de emergencia y a su programa de gobierno, anunció que dimitía ante la negativa de Arafat a ceder al oficial designado para dirigir el Ministerio del Interior, el mayor general Nasser Yussuf, quien se había atrevido a decirle al presidente a la cara que era "el peor y más fracasado líder de la revolución palestina", el control de los 13 cuerpos de seguridad y los servicios de espionaje, para poner así fin al "caos armado" en la ANP y pactar un alto el fuego con Israel. Se repetía el conflicto que había obligado a Abbas a arrojar la toalla hacía tan sólo un mes, pero un nuevo fiasco dejaría a Arafat sin alternativas –del gusto de Israel y Estados Unidos, se entendía-, así que no tuvo otro remedio que negociar con Qureia.

Mientras duraron en la Mukataa los conciliábulos para resolver esta crisis institucional, el aparato de seguridad quedó en manos, como hasta ahora, del Consejo de Seguridad Nacional, luego Arafat ejerció interinamente como ministro del Interior de facto. El 8 de noviembre se cerró un acuerdo favorable a Arafat, quien, a través del Consejo de Seguridad Nacional, iba a seguir dirigiendo los principales cuerpos armados y los servicios de información en detrimento del nuevo titular del Interior, Hakam Balawi, cuyas atribuciones quedarían circunscritas a la Seguridad Preventiva de Cisjordania y Gaza y la represión de la delincuencia común.

El 12 de noviembre el Consejo Legislativo aprobó el nuevo Gobierno de Qureia, que se manifestó partidario de proclamar unilateralmente un Estado binacional en todo el territorio de la Palestina histórica, incluido Israel. Por su parte, el CEOLP anunció su intención de proclamar el Estado sólo en Cisjordania y Gaza con capital en Jerusalén oriental. Uno y otro anuncios no llegaron a materializarse y más parecieron ser expresiones de frustración ante la ausencia total de progreso en la implementación de la Hoja de Ruta. Arafat convocó también a la movilización popular en contra del muro de seguridad, presentado como un "muro del apartheid" cuya erección había convertido "nuestras ciudades y pueblos en campos de detención y prisiones", y que hacía "imposible la paz y la seguridad".

El 9 de julio de 2004 el Tribunal Internacional de Justicia de La Haya iba a terminar fallando a favor de los palestinos: la construcción era ilegal e injustificable, incluso en aras de la seguridad. El fallo era contundente y no admitía interpretaciones. El 20 de julio la Asamblea General de la ONU, por 150 votos a favor, 10 abstenciones y 6 votos en contra, iba a demandar a Israel que derribara los kilómetros de muro ya levantados. Se trató de una doble victoria moral para Arafat y los palestinos, un triunfo resonante que puso eufórico al presidente. Pero, como tantas veces en el pasado, su dimensión se redujo a lo meramente simbólico. El Gobierno israelí, en un ejercicio de desdén inaudito al criterio de la corte internacional, aseguró que la sentencia acabaría directamente "en el cubo de la basura de la historia".

Al comenzar 2004 Arafat encajó un doble órdago de Sharon: por un lado, el llamado Plan de Desconexión de Gaza, consistente en la renuncia definitiva a la franja y el desmantelamiento de todos los puestos militares y los 21 asentamientos judíos, donde residían 7.500 colonos rodeados por más de un millón de palestinos; y, al mismo tiempo, la escalada en la política de asesinatos selectivos de los cabezas de los partidos palestinos extremistas.

El Plan de Desconexión, merecedor de encendidas alabanzas desde la administración Bush, quien lo calificó de paso "histórico y valiente", estaba resuelto a aplicarlo Sharon con o sin el beneplácito de los palestinos, luego era de carácter unilateral. No iba en su ánimo negociar nada, así que la totalidad de Gaza, más que entregada, iba a ser abandonada a la ANP, salvo la frontera con Egipto. La reacción del Consejo palestino fue extremadamente negativa porque el gobernante israelí pretendía borrar toda presencia judía en Gaza a la vez que, como contrapartida, retenía de manera permanente los mayores asentamientos de Cisjordania (cuatro colonias "ilegales" y aisladas en Samaria sí serían obligadas a cerrar), lo que, objetivamente, constituiría una violación flagrante de las resoluciones de la ONU. La UE, salvo el Reino Unido, también rechazó este proyecto que, como el muro de seguridad, amparaba sustanciosas anexiones territoriales de facto.

Si el plan no prosperó por el momento fue únicamente por la oposición que suscitó entre los partidos de la extrema derecha y en el seno del propio Likud, donde la potente facción de Netanyahu acusó al primer ministro de "premiar a los terroristas" con la descolonización de Gaza, obligando a aquel a remozar el borrador inicial y a negociar su aprobación por el Gabinete. Al dar su visto bueno al plan, el Gobierno de Estados Unidos abandonaba dos posturas básicas esgrimida por todas las administraciones, ya fueran demócratas o republicanas, desde 1967, a saber, que la colonización de los Territorios era incompatible con la paz en Palestina y que toda alteración de las fronteras anteriores a la Guerra de los Seis Días tenía que ser negociada por las partes.

Bush, movido por sus deseos electoralistas de atraerse el voto judío y fundamentalista cristiano en las elecciones de noviembre, no vaciló en minar su propia Hoja de Ruta, que hacía hincapié en la necesidad de poner fin a la expansión de las colonias. Claro que este proceso, con o sin Plan de Desconexión de Gaza, seguía adelante en Cisjordania, ya que Sharon interpretaba que una cosa era levantar asentamientos desde cero y otra el "crecimiento natural" de los existentes. Bush, además, pidió a los refugiados palestinos de la guerra de 1949 que renunciaran a volver a sus antiguos hogares en lo que ahora era territorio israelí y que aceptaran establecerse en el futuro Estado palestino, una entidad que se presentaba más achicada, troceada e incierta que nunca.

En resumidas cuentas, el Plan de Desconexión de Sharon era una catástrofe para Arafat, condenado a no conocer el Estado por el que, en sus múltiples versiones, había luchado durante medio siglo. Como desastrosos para la autoridad del Consejo de la ANP, a la par que de lo más inquietantes para su presidente, resultaban los asesinatos extrajudiciales de las FDI. Siguiendo órdenes del primer ministro y el ministro de Defensa, el 22 de marzo, en el curso de una gran operación militar contra campos de refugiados en Gaza que sumaba 50 palestinos muertos hasta entonces, la Aviación israelí mató al jeque Yassín, junto con otras ocho personas, cuando se dirigía en su silla de paralítico a hacer las oraciones matutinas en una mezquita cercana.

El 17 de abril le tocó el turno a Rantisi, el máximo jefe político de Hamas y por tanto el terrorista más conspicuo para Israel, mortalmente alcanzado también en Gaza por los misiles de un helicóptero, al igual que su hijo y un guardaespaldas. Arafat denunció los "crímenes bárbaros" y Hamas anunció un "terremoto" y un "volcán de venganza" para Israel, pero estas amenazas de ribetes apocalípticos no se materializaron. Las durísimas reacciones internacionales no impresionaron a Sharon, que recibió mensajes de comprensión y hasta de justificación de la administración Bush.

Una resolución de condena al asesinato de Yassín no prosperó en el Consejo de Seguridad de la ONU gracias a Estados Unidos. Envalentonado, Sharon amenazó a Arafat con ser el siguiente en el macabro parte de liquidaciones. Bush le tuvo que recordar su promesa de hacía tres años de que nunca atentaría contra el líder palestino. El 25 de abril el Gobierno israelí puntualizó que Arafat no era un "objetivo inminente" y que su integridad física estaba fuera de discusión.

El 18 de mayo las FDI lanzaron una ofensiva contra Rafah, la mayor contra Gaza desde 1967. La masiva operación, de nombre clave Arco Iris, buscaba destruir instalaciones, en particular los túneles subterráneos que cruzaban hasta Egipto y que eran empleados por los terroristas para el trasiego de hombres y de armas, y demoler unas 40 viviendas lindantes con la frontera para ampliar el llamado corredor Filadelfia, un dispositivo de seguridad esencial para el Plan de Desconexión.

En dos días fueron asesinados 30 palestinos a golpe de misil, 10 de ellos cuando un helicóptero disparó indiscriminadamente contra una manifestación de civiles desarmados. Para Arafat, lo perpetrado por las FDI en Rafah era un "crimen de guerra" y un "genocidio", mientras que la Liga Árabe, convertida en el paradigma de la irrelevancia y la impotencia, denunció una "limpieza étnica". El desmán israelí estaba siendo tan aparatoso que el 19 de mayo Estados Unidos prefirió no ejercer el veto, sino abstenerse, en la votación de una resolución de condena, la 1.544, del Consejo de Seguridad de la ONU. Tres días después terminó Arco Iris con un panorama desolador de destrucción y muerte: 43 palestinos perdieron la vida en el curso de la operación.

Para Arafat, todo eran calamidades. El 16 de julio estalló la crisis política más seria en la historia de la ANP cuando un comando de las Brigadas de los Mártires de Al Aqsa secuestró al general Ghazi Jabali, jefe de la Policía Civil en Gaza, hombre del círculo de confianza del rais y uno de los responsables autonómicos más impopulares de la franja. A las pocas horas, Jabali fue liberado después de confesar ante un magnetófono que se había apropiado de 8 millones de dólares de las arcas públicas y había abusado sexualmente de varias mujeres. Nada más conocer esta grabación, el Consejo anunció que Jabali estaba destituido y que tendría que enfrentarse a la justicia por los presuntos delitos de corrupción y violación.

Al día siguiente, 17 de julio, Qureia presentó la dimisión "por la falta de seguridad, la indisciplina, el caos, el deterioro de la economía, la difusión del paro y la incapacidad de asegurar los servicios asistenciales mínimos para todo el pueblo que está afectado por la agresión israelí". Como en las ocasiones anteriores, Arafat se negó a admitir la carta de renuncia de su primer ministro y a cambio cesó por "inepto", al no haber sido capaz de frustrar la captura de Jabali, al responsable de la Seguridad General en toda la ANP, Abdel Razzak al-Majaideh. A toda prisa, Arafat cometió la enorme torpeza de sustituir a Majaideh por su primo, Moussa Arafat, hasta ahora al frente de la Seguridad Militar y que concitaba más odios todavía entre las milicias irregulares y la calle palestina en general, ya que simbolizaba lo peor de la corrupción y la represión en la ANP.

Activistas de Hamas y las Brigadas respondieron al nombramiento de Moussa Arafat tomando las calles, provocando disturbios y enfrentándose a tiros con la Policía en Rafah y Khan Younis. La tempestad política motivó también los anuncios de dimisión del jefe de los servicios de inteligencia, general Amín al-Hindi, el comandante de la inexistente Fuerza Naval, general Juma Ghali, y el presidente del Consejo Legislativo, Rauhi Fattouh. Visto el panorama, Arafat dio marcha atrás; revocó la destitución de Majaideh y la designación de su primo, pero se mantuvo firme en no aceptar la dimisión de Qureia.

El 20 de julio, al cabo de una discusión a grito limpio, Qureia se retractó parcialmente también y aceptó seguir temporalmente en el cargo, a la espera de que el Gabinete realizara las reformas anunciadas en el aparato de seguridad, es decir, la fusión de los 13 servicios en tres. Al día siguiente, los diputados del Legislativo echaron más leña al fuego con una resolución aprobada por amplia mayoría en la que exigían a Arafat que admitiera la dimisión de Qureia, asumiera las reformas institucionales y de la seguridad, y formara un gobierno "capaz de llevar a cabo sus responsabilidades".

La barahúnda sumaba y seguía. El día 22, como si se tratara de un golpe de Estado, centenares de brigadistas de los Mártires de Al Aqsa, cubiertos con pasamontañas y blandiendo todo tipo de armas, tomaron durante dos horas la sede del Parlamento en Gaza y desde esa tribuna privilegiada exhortaron a Arafat a que encabezara la "lucha contra la ocupación israelí", pero al mismo tiempo y sobre todo contra la corrupción que gangrenaba la administración autonómica. El 27 de julio la peligrosa crisis se cerró definitivamente: Qureia rompió su carta de dimisión y Arafat, a cambio, le dio garantías de que no invadiría sus parcelas de poder de acuerdo con la Ley Fundamental y ordenó al fiscal general que abriera una investigación sobre las denuncias de corruptelas. Un mes largo después, el 31 de agosto, dos atentados suicidas de Hamas contra unos autobuses en Beer-Sheva segaron la vida a 16 israelíes.


18. Una muerte rodeada de confusión e incertidumbre

La crisis política de julio dejó exhausto a Arafat, que poco después, desde el 28 de septiembre, a punto de entrar la Intifada en su quinto año, con un balance de más de 3.000 muertos entre los palestinos (por 940 israelíes), tuvo que asistir a la más letal de las operaciones llamadas antiterroristas por Israel, Días de Penitencia, centrada esta vez en el atestado campo de Jabaliya en Gaza, aunque los bombardeos golpearon también a los cercanos Beit Hanoun y Beit Lahia. El 2 de octubre Arafat declaró el estado de emergencia y realizó un desesperado llamamiento: "llamo a todo el mundo a que actúe inmediata y rápidamente para detener este ataque salvaje, criminal e inhumano contra nuestro pueblo".

La petición de auxilio cayó en sacó roto. Tres días más tarde Estados Unidos ejerció el consabido veto al texto de condena en el Consejo de Seguridad de la ONU. El 16 de octubre el mando castrense israelí declaró terminada Días de Penitencia con un balance estremecedor: 134 palestinos muertos, 90 viviendas destruidas y entre 350 y 500 heridos graves. Por lo menos un tercio de las víctimas eran niños. Estas cifras eran, con mucho, más elocuentes que las verificadas en el desastre de Jenín de abril de 2002, pero ahora ni siquiera hubo escándalo internacional. Las matanzas en Palestina se habían vuelto tan rutinarias que la opinión pública mundial –más pendiente ahora de la aún más nefasta situación en el vecino Irak- tendía a encogerse de hombros cuando recibía este tipo de noticias. La incursión de las FDI contra el campo de Khan Younis el 25 de octubre, con otra quincena de moradores muertos, y la aprobación por la Knesset al día siguiente del Plan de Desconexión de Gaza fueron los últimos acontecimientos que jalonaron el periplo vital de Arafat.

El 27 de octubre portavoces de la ANP informaron que la salud de Arafat, con 75 años, había experimentado ese mismo día una súbita recaída, pero que su vida no peligraba y que tan sólo necesitaba "más descanso y más supervisión". Sin embargo, la hospitalización parecía ineludible. Un equipo médico palestino del hospital de Ramallah y los especialistas egipcios, jordanos y tunecinos que ya venían atendiéndole se reunieron para intentar determinar qué enfermedad aquejaba al paciente y decidir dónde, si en Ramallah o en un centro del extranjero, debía ser internado para hacerle las pruebas oportunas y, eventualmente, recibir tratamiento.

Uno de los facultativos adelantó que Arafat podría sufrir una "disfunción de las células sanguíneas" que podía deberse a "una infección de origen viral, un cáncer o un envenenamiento en la sangre". Sin embargo, los asesores del presidente se aferraron al diagnóstico de un resfriado común al que le habían salido complicaciones. La confusión sobre la verdadera situación de Arafat era máxima, pero saltaba a la vista que el quebranto de su salud era grave, si no muy grave.

El Gobierno israelí notificó que no se oponía al traslado de Arafat fuera de la Mukataa y dio garantías de que, una vez restablecido, le sería permitido retornar, aunque para someterse a las mismas condiciones de confinamiento. Su esposa Suha, a la que no veía desde 2001, viajó a Ramallah desde París vía Ammán, mientras que los máximos responsables autonómicos, de la OLP y Fatah entraron en una fase de consultas ininterrumpidas.

El objetivo de estas reuniones y contactos, que incluyeron a los partidos islamistas y radicales laicos, era asegurar una transición pacífica, impedir que la noticia de la muerte de Arafat generara un estallido de violencia en los Territorios y mantener las inevitables luchas por el poder entre las diversas familias políticas dentro de unos cauces estrictamente democráticos. La tarea se presentaba harto complicada, ya que las escaramuzas entre la vieja guardia y la nueva ya habían comenzado.

Los clanes más jóvenes liderados por Dahlan querían abrir un proceso aperturista, mientras que desde su celda de prisionero en Israel, Marwan Barghouti, dirigente de Fatah y líder del Tanzim, encarcelado en abril de 2002 por liderar la Intifada en Cisjordania y conocido también por condicionar la paz con Israel a la desocupación y la descolonización íntegras de los Territorios, se perfilaba como el principal rival de Abbas, éste un candidato meramente oficioso, en las elecciones presidenciales que, de acuerdo con la ley, tendrían que convocarse en caso de vacancia en la Presidencia de la Autoridad Ejecutiva del Consejo.

Al final, se decidió trasladar al enfermo a Francia, al hospital militar Percy, en Clamart, en el extrarradio de París, donde podría recibir los cuidados de un elenco de especialistas en hematología y oncología. El escueto parte médico de Ramallah pretendía invitar a la tranquilidad: Arafat tenía un nivel anormalmente bajo de plaquetas en la sangre –lo que alimentó las sospechas de leucemia- y su estado era "grave, pero estable".

El 29 de octubre, por la mañana temprano, Arafat, vestido con un pijama azul y un gorro de lana en lugar de las habituales guerrera y kefiah, fue sacado de la Mukataa y subido a un helicóptero de la Fuerza Aérea Jordana en dirección a Ammán, desde donde partió hacia la base militar de Villacoublay, próxima a París, a bordo de un avión enviado por el Gobierno francés. En el momento de la despedida en la Mukataa, Arafat, arropado por una nube de médicos, asistentes y guardaespaldas, mostraba un aspecto físico muy fragilizado, aunque sonreía a espuertas y lanzaba besos a diestro y siniestro, como queriendo transmitir a la agitada muchedumbre que estaría de vuelta en breve. Pero la convicción íntima de propios y extraños era que éste se trataba de un viaje sin retorno.

En Francia, el presidente Chirac y el ministro de Exteriores, Micher Barnier, se encargaron personalmente de la complicada logística que requería la hospitalización de Arafat. Consciente y capaz de caminar y de ingerir alimentos todavía, Arafat fue velado celosamente a pie de cama por Suha y el grupo familiar se completó con la llegada desde Túnez de su hija Zawha. En los días siguientes, se agudizaron el misterio y la confusión, y rumores de todo tipo inundaron los despachos de prensa. Los médicos descartaron la leucemia y cualquier tipo de cáncer tumoral, pero no diagnosticaron otra enfermedad. Lo más que hicieron fue describir un cuadro de "trastornos digestivos" y "anomalías en la sangre".

Fuentes del CEOLP, reunido en la Mukataa para articular una fórmula de dirección colegiada y ofrecer un "consenso nacional" a Hamas y la Jihad, se hicieron eco de una hablilla que estaba recorriendo la calle palestina como la pólvora, que el rais podría haber ser sido envenenado intencionalmente, por los servicios secretos israelíes, se suponía. Por otro lado, Se dio la casualidad de que sólo dos días después de ingresar Arafat en Percy, su hermano menor Fathi, el miembro de la familia a quien más unido se sentía, fue admitido en un hospital de El Cairo aquejado de un cáncer incurable y terminal.

El 3 de noviembre, justo después de hablarse de una "mejora sustancial" y de una "lenta recuperación", el hospital Percy informó que la salud de Arafat se había deteriorado de golpe y que el paciente había tenido que ser trasladado a la Unidad de Cuidados Intensivos. Comenzaba una larga semana, a lo largo de la cual una cascada de partes clínicos de fiabilidad dudosa fue subrayando la extrema gravedad del paciente, lo irreversible de su estado y la inminencia del fatal desenlace. La insistencia en el "estado crítico", la "muerte cerebral" o el "coma irreversible", y los mentís del fallecimiento, según fueran la fuente, el día y la hora, indicaban que, a partir de algún momento, la vida de Arafat había pasado a depender exclusivamente de la animación artificial, y que si no se desconectaban los aparatos era por la necesidad de resolver antes una serie de complicaciones jurídicas, políticas y logísticas.

Religiosos musulmanes y los propios responsables autonómicos recordaron que el Islam prohibía la eutanasia pasiva, así que quedaba "en manos de Dios" la duración de la agonía del presidente palestino, pero los medios franceses recordaron que, según la legislación gala, era la esposa quien tenía la potestad de decidir cuándo se dejaba morir a Arafat. Más aún, el cuerpo moribundo de Arafat se convirtió en el epicentro de unas nada decorosas intrigas que involucraron a Suha y a la cúpula palestina.

Primero, la ANP e Israel entablaron un regateo sobre el lugar donde debía ser enterrado Arafat. La voluntad de éste, expresada con insistencia en los últimos tiempos, era que le inhumaran en Jerusalén, concretamente en la Mezquita de Al Aqsa. Por razones religiosas, políticas y de seguridad (si se enterraba a Arafat en la Explanada de las Mezquitas, las reivindicaciones de la comunidad musulmana sobre la ciudad se verían galvanizadas, el lugar podría convertirse en un foco de exaltación nacionalista palestina y las manifestaciones de duelo podrían degenerar en graves incidentes), pero también porque no le apetecía ser magnánimo con su archienemigo ni después de muerto, Sharon se negó de plano a la opción de Jerusalén y ofreció como alternativas cualquiera de los cementerios de Gaza –donde estaban sepultados su padre, una hermana y un hermano- o un país árabe.

El Ejecutivo judío tampoco aceptó la opción del barrio árabe de Abu Dis, al este de Jerusalén, desde donde se divisan la Ciudad Antigua y las Mezquitas. Finalmente, Israel y la ANP se pusieron de acuerdo en que la tumba de Arafat estuviera en Ramallah, en la plaza exterior de la Mukataa. Las exequias se celebrarían en El Cairo, la ciudad que vio nacer a Arafat por más que él se negara a reconocerlo, y su organización correría a cargo del Gobierno egipcio.

Al mismo tiempo, saltó el rumor de que Arafat, desde el lecho de muerte, había transmitido a Suha y a su primo y embajador ante la ONU, Nasser al-Qudwa, un testamento político consistente en la designación como su sucesor al veterano Farouq al-Qaddumi, actualmente jefe de la oficina política de la OLP y residente en Túnez, quien nunca había querido viajar a Palestina por oponerse a los Acuerdos de Oslo, luego un político intransigente con Israel. Se estaba librando una liza por el poder entre los posibilistas moderados Abbas, Qureia y, circunstancialmente, Dahlan, por un lado, y Qaddumi y Barghouti, es decir, los defensores del ideario prístino de la organización, por el otro. Abbas debía sentirse intranquilo, ya que Arafat siempre se había negado a legitimarle como delfín de nada y una desautorización expresa en estos momentos podría resultar muy lesiva para sus aspiraciones sucesorias.

El 8 de noviembre, el conocimiento de que Suha había entregado el día anterior a Dahlan una carta cuyo contenido se desconocía, pero que bien podría contener aquella supuesta última voluntad del rais, precipitó el anuncio del viaje a París de Abbas, Qureia, Fattouh y el ministro de Exteriores, Nabil Shaath, que querían comprobar por sí mismos el estado de Arafat y qué se estaba cociendo en Percy. Suha intervino al punto y, rompiendo su mutismo de años, realizó unas explosivas aunque baldías declaraciones a la televisión Al Jazeera en las que llamaba al pueblo palestino a "ser consciente" de que la dirección palestina estaba "conspirando para enterrar vivo" a su esposo.

En un primer momento, el secretario general de la OLP y el primer ministro decidieron suspender el desplazamiento, pero luego se lo volvieron a pensar y el mismo día 8 por la tarde partieron a la capital francesa. En París, donde fueron recibidos por Barnier y Chirac, Abbas y Qureia se enteraron de que Suha, que controlaba el severo régimen de visitas, no quería verles aparecer por Percy. En medios palestinos fue el momento para retomar los reproches hechos en el pasado a Suha, criticada por no haberse dignado a visitar a Arafat en la Mukataa en estos casi cuatro años de encierro y por su afición a comprarse vestidos y zapatos de lujo en las boutiques parisinas.

El 9 de noviembre esta polémica fue acallada por la confirmación de que Arafat, tras sufrir una hemorragia cerebral, estaba sumido en un coma profundo e irreversible. Se esperaba el óbito en cualquier momento. La luctuosa noticia la difundió el ministro Erekat al despuntar la mañana del jueves, 11 de noviembre; 15 minutos después vino la confirmación del hospital Percy. En su escueto comunicado, el portavoz del centro, general Christian Estripeau, informó que la defunción de Arafat se había producido a las 3,30 horas, en horario local, pero no facilitó datos médicos. Según los palestinos, su corazón había dejado de latir sin necesidad de desconectar la respiración y la alimentación asistidas. Oficialmente, al cadáver de Arafat no se le aplicó ningún tipo de autopsia, lo que impidió conocer la causa exacta de la muerte.

De inmediato, se activaron los mecanismos sucesorios y los operativos concertados en los últimos días y horas. Con arreglo a la Ley Fundamental palestina, Fattouh prestó juramento en una sesión especial del Consejo Legislativo como presidente en funciones de la ANP; su primera decisión iba a ser convocar elecciones presidenciales, a celebrar en el plazo de 60 días. Abbas se hizo cargo de la presidencia del CEOLP. La ANP declaró 40 días de duelo nacional. E Israel cerró Cisjordania y reforzó los controles militares como medidas de seguridad.

En las ciudades y los campos de refugiados de Cisjordania, Gaza y Líbano, decenas de miles de palestinos salieron a manifestarse con banderas nacionales y retratos de Arafat, dando vivas muestras de tristeza y dolor. A las instituciones y delegaciones palestinas comenzaron a llegar los mensajes de pésame de todo el mundo. Frente a la Mukataa de Ramallah, las excavadoras y la brigada de obreros, que habían emprendido los trabajos la víspera, se afanaron en la construcción del mausoleo de Arafat y en despejar de chatarra y vehículos calcinados la explanada que al día siguiente iba a congregar a los asistentes al entierro, que se prometía multitudinario.

Por la tarde, tras recibir el "último homenaje" de Chirac, que transmitió las condolencias a la familia en nombre del Estado francés, el féretro de Arafat fue conducido en helicóptero a la cercana base de Villacoublay, donde tuvo lugar una sobria pero solemne ceremonia con tributo de honores militares y a la que asistieron, además de la desconsolada viuda, Shaath y el primer ministro del país anfitrión, Jean-Pierre Raffarin. Acto seguido, los restos mortales de Arafat partieron a El Cairo en un Airbus del Gobierno francés en el que viajaron también Suha y Shaath. En el aeropuerto de la capital egipcia, ya de noche, el ataúd de Arafat, cubierto con una bandera palestina, fue escoltado por un destacamento de gala de la guardia del presidente Mubarak, quedando todo listo para los funerales del día siguiente.

El 12 de noviembre se celebraron las exequias en El Cairo y a continuación el entierro en Ramallah, siguiendo el ritual islámico. Por la mañana, comenzaron los actos fúnebres en el complejo castrense de Al Galaa, en Heliópolis. En la cercana mezquita del mismo nombre tuvo lugar una ceremonia, muy breve, de apenas unos minutos, a base de responsos coránicos y oraciones que fue oficiada por el gran jeque Muhammad Sayed at-Tantawi, imán de la mezquita cairota de Al Azhar y máxima autoridad religiosa del país, y presidida por Mubarak.

Allí estaban la viuda y la huérfana, la plana mayor palestina, encabezada visiblemente por Abbas, y los representantes de más de 60 países y organizaciones, entre ellos varios jefes de Estado y de Gobierno de países árabes y musulmanes, concretamente los presidentes de Siria, Túnez, Sudán, Argelia, Yemen, Líbano, Somalia, Bangladesh e Indonesia, y los primeros ministros de Turquía, Malasia y Pakistán, amén de los monarcas de Jordania, Brunei y Arabia Saudí (el príncipe Abdullah). De África subsahariana, figuraban los presidentes de Zimbabwe y Sudáfrica. Se hizo notar la ausencia de máximos dirigentes de países europeos, cuyos gobiernos optaron por enviar a ministros, mayormente de Exteriores, salvo Suecia y Malta, representados respectivamente por su primer ministro y su presidente.

No acudió Annan en nombre de la ONU, pero sí Solana por la UE. Rusia mandó al presidente de la Duma y Estados Unidos a un funcionario de bajo rango, el asistente del secretario de Estado. Israel, como se esperaba, no envió delegación. Desde Tel Aviv, Sharon se abstuvo de hacer valoraciones sobre la vida del finado, pero aseguró que la muerte de Arafat podía "marcar un punto de inflexión histórico para Oriente Próximo".

El funeral egipcio de Arafat, aunque presentó la pompa reservada a los jefes de Estado (y Egipto no conocía un acotecimiento de estas características desde 1981), dio en todo momento una sensación de frialdad. La población local fue disuadida de acudir en masa a los servicios o de expresar su pésame en actos colectivos al estar vigente el estado de excepción, que prohibía las manifestaciones públicas.

Finalizado el desfile ante Mubarak, Abbas y Fattouh de los cabezas de delegación para expresarles sus condolencias, se procedió a trasladar el féretro hasta la base aérea de Al Mazah, donde aguardaba el avión de carga egipcio que debía transportarlo al helipuerto de Al Arish, en el Sinaí, última escala en el viaje a Ramallah. Tras el armón de artillería, tirado por seis caballos negros y flanqueado por una guardia de honor, se puso en marcha la comitiva de dignatarios, soldados y policías.

El helicóptero con el cuerpo de Arafat y el séquito llegó en las primeras horas de la tarde a la Mukataa. Allí encontró un panorama caótico, con miles de civiles exaltados y milicianos armados disparando al aire, los cuales, tras franquear las barreras de seguridad, habían invadido el recinto y se habían mezclado con los desbordados agentes policiales.

La marea humana, entre llantos, gritos de dolor, consignas en favor del líder desaparecido, Abu Ammar, El Viejo, y desmayos por el calor sofocante, convirtió en una odisea las tareas del aterrizaje, la bajada del féretro y su traslado en el techo de un vehículo todoterreno al mausoleo abierto en el patio exterior de la Mukataa, a unas decenas de metros de distancia. El descomunal disturbio en torno al ataúd abanderado de Arafat, que a punto estuvo de venirse al suelo por los empujones de quienes querían tocarlo y arrebatarlo para llevarlo ellos mismos a hombros a su morada final, recordó los tumultuosos funerales de Nasser en 1970 y Jomeini en 1989, y puede decirse que aportó a la jornada de luto el calor humano y la emotividad desgarrada que habían faltado por la mañana en El Cairo.

Superados los obstáculos que ponía el gentío y sin detenerse a cumplimentar la mayor parte del protocolo y el rito funerario (así, el cadáver no pudo ser lavado y amortajado por los imanes, ni recibir el homenaje de las autoridades y los representantes diplomáticos), los porteadores consiguieron depositar el féretro en el hipogeo, confeccionado en mármol y cemento, de tal forma que la tumba fuera temporal, a la espera de que un día Israel autorizara el traslado de los restos a Jerusalén. El cadaver de Arafat fue colocado ladeado a la derecha, mirando a La Meca, sobre un lecho de tierra traída expresamente por el Muftí de Jerusalén, Akram as-Sabri, de la Explanada de las Mezquitas.

(Cobertura informativa hasta 1/1/2005)