Askar Akáyev

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Datos relevantes

Actualización: 16 de Marzo de 2012
Crédito fotográfico: © OSCE/Michal Olejarnik
Askar Akáyevich Akáyev

Kirguizistán

Presidente de la República

Duración del mandato: 25 de Diciembre de 1991 - 24 de Marzo de 2005

Nacimiento: Kyzyl-Bayrak, rayon de Kemin, oblasty de Chüy , 10 de Noviembre de 1944

Partido político: sin filiación

Profesión: Ingeniero físico

Crédito fotográfico: © OSCE/Michal Olejarnik

Resumen

La república ex soviética centroasiática de Kirguizistán estuvo regida de 1990 a 2005 por un antiguo académico de Física que llegó al poder con un perfil de demócrata desapegado del comunismo y respetuoso con los Derechos Humanos. Al frente de un Estado atrasado, inerme y rodeado de países deseosos de ejercer en él su influencia, Askar Akáyev aplicó un programa liberal de reformas económicas que sin embargo no atajó la pobreza de la población, y en su régimen político, abiertamente prorruso, evolucionó desde una tolerancia excepcional en la región a posturas autoritarias y represivas que arruinaron su fama de gobernante ilustrado. El nepotismo, la corrupción y la persecución de los opositores contextualizaron la revolución de los tulipanes de marzo de 2005, cuyo detonante fue una elección legislativa tachada de fraudulenta y que tuvo como desenlace la huida y dimisión de Akáyev.

Biografía

1. Un académico no identificado con la nomenklatura comunista
2. La definición de la política exterior del Kirguizistán independiente
3. Las ambigüedades del régimen político más liberal de Asia central
4. Hundimiento de la credibilidad democrática en un contexto regional convulso
5. Cuenta atrás para las trascendentales elecciones legislativas de 2005
6. La revolución de los tulipanes y el derrocamiento de Akáyev


1. Un académico no identificado con la nomenklatura comunista

Nacido en el seno de una familia de campesinos, tras terminar sus estudios escolares en 1961 se puso a trabajar de mecánico y luego desempeñó cometidos más cualificados en el campo de la ingeniería. En 1967 se graduó por el Instituto de Mecánica de Precisión y Óptica de Leningrado y en 1972 obtuvo un título de posgrado en Ciencia y Tecnología con un estudio sobre métodos de análisis de termodinámica y su aplicación en ingeniería. Entre 1972 y 1982 impartió docencia en el citado centro y desde 1976 a 1986 en el Instituto Politécnico (hoy, Universidad Técnica) de la capital de la entonces República Socialista Soviética Kirguiza (RSSK), Frunze, la actual Bishkek, donde empezó de ingeniero y terminó de jefe departamental.

En 1981 se sacó el doctorado en Ciencias en el Instituto de Ingeniería Física de Moscú con una tesis sobre teoría y métodos de cálculo en sistemas de almacenamiento de información digitalizada. Por sus aportaciones científicas y académicas recibió el premio Lenin del Komsomol y en 1984 tomó asiento en la Academia de Ciencias de la RSSK. En 1986 fue ascendido a jefe del Departamento de Ciencias e Instituciones Académicas Superiores del Comité Central del Partido Comunista de Kirguizistán (PKK). En 1987 se convirtió en vicepresidente y en 1989 en presidente de la Academia de Ciencias, pero a mediados de 1990 renunció a esa oficina de prestigio y a la propia adscripción comunista para presentar su candidatura en las primeras elecciones por sufragio no directo al nuevo puesto de presidente de la RSSK, que sustituía al tradicional cargo de presidente del Soviet Supremo.

Akáyev, que nunca había sido un burócrata identificado con la ideología o el poder, irrumpió en la política en medio de un grave conflicto entre facciones comunistas. Para esta apuesta, jugó la candidatura de la neutralidad y contó con los respaldos decisivos de la poderosa agrupación comunista basada en la ciudad de Naryn y del influyente grupo de presión de comerciantes uzbekos de Osh. El 27 de octubre de 1990, tras varias rondas de votación en el Soviet Supremo que eliminaron a otros cinco aspirantes, Akáyev se alzó con la victoria. Ese mismo día tomó posesión de la suprema magistratura republicana, sucediendo a Absamat Masalíyev, uno de los derrotados.

Akáyev mostró durante el proceso de desintegración de la URSS una actitud continuista y moderada, exenta de pretensiones nacionalistas y favorable, primero al mantenimiento de la Unión, y cuando esta se mostró inviable, a la colaboración con Rusia. El 30 de noviembre de 1990 Kirguizistán, que siempre había recibido del centro moscovita un trato marginal, fue la última república soviética en proclamar la soberanía y el 13 de diciembre removió la condición de socialista de su nombre, gestos del Soviet Supremo más bien cosméticos y que no entrañaron cambios sustanciales en el statu quo.

El 23 de abril de 1991 el antiguo académico figuró entre los ocho presidentes republicanos que pactaron con Mijaíl Gorbachov un nuevo Tratado de la Unión, y en los sucesos involucionistas del 19 al 21 de agosto en Moscú fue uno de los pocos (y el único de los cinco centroasiáticos) que expresó su condena a los golpistas. El 31 de agosto, tras imponerse las fuerzas democráticas en la capital del Estado, el dirigente kirguizo procedió a la nacionalización de los bienes de la rama local del PCUS y a la declaración de la independencia. Ahora bien, como en las demás repúblicas centroasiáticas, el aparato comunista se mantuvo incólume y retuvo todos los resortes del poder.

Al producirse la proclamación de la Comunidad de Estados Independientes (CEI) por Rusia, Ucrania y Bielarús el 8 de diciembre de 1991, Akáyev y sus colegas centroasiáticos solicitaron entrar en la nueva estructura de pretensión confederal, lo que tuvo lugar el 21 de diciembre. En plena cuenta atrás para la extinción de la URSS, el 12 de octubre, Akáyev, en tanto que candidato único, se aseguró con el 95,3% de los votos la reelección en las primeras elecciones presidenciales por sufragio universal. El acceso efectivo de Kirguizistán a la independencia se produjo el 25 de diciembre, cuando el Estado soviético quedó disuelto de manera oficial.


2. La definición de la política exterior del Kirguizistán independiente

Akáyev, cabeza de un Estado pequeño y atrasado, de tradición ganadera y nómada, entreverado de altísimas montañas, muy débil económicamente y que no contaba –ni sigue contando- con medios para garantizar por sí solo su seguridad y la integridad de sus sinuosas fronteras, no dejó de participar en las sucesivas cumbres presidenciales ni de suscribir los principales acuerdos e instrumentos pensados para conferir a la CEI una mínima operatividad. Su rúbrica figuró en el documento de constitución del Banco Interestatal para la zona rublo (9 de octubre de 1992), la cual, sin embargo, decidió abandonar en mayo de 1993 para apostar por una moneda nacional, el som), en la Carta de la Comunidad (22 de enero de 1993), en el Tratado de Unión Económica (24 de septiembre de 1993) y en el Tratado de Seguridad Colectiva (TSC, 21 de octubre de 1994), éste último de la máxima importancia para el Gobierno de Bishkek.

El mandatario trabó relaciones especiales con Uzbekistán y Kazajstán, con los que Kirguizistán compartía cultura turcófona, modelo de Islam secularizado e intereses estratégicos, y de cuyos suministros de petróleo, gas y carbón dependía vitalmente, ya que el país explotaba en muy escaso grado sus recursos energéticos. El potencial hídrico de este país de nieves abundantes estaba intacto, ante la falta de inversiones internacionales. El eje trilateral con Uzbekistán y Kazajstán dio de sí varios acuerdos de integración económica y cooperación militar a partir de 1994. En la cumbre que el 10 de enero de 1997 celebraron en Bishkek, Akáyev, el kazajo Nursultán Nazarbáyev y el uzbeko Islam Karímov suscribieron un tratado que proclamaba la "amistad eterna" entre los tres estados y que incluía un compromiso de defensa mutua si la integridad territorial de uno de ellos era violentada.

Empero, este marco no sirvió para impedir períodos de tensión con los dos teóricos socios y aliados: con Kazajstán, debido a sus decisiones unilaterales en materia de aranceles comerciales en el comercio bilateral; con Uzbekistán, por la situación de la minoría uzbeka concentrada en la región de Osh y que suponía el 13% de la población kirguiza. Unas tensiones que iban a hacerse más fuertes al filo de la década. Pese a todo, Akáyev prolongó una estrecha relación personal con Nazarbáyev.

El vínculo se hizo familiar el 18 de julio de 1998, cuando el primogénito de los dos hijos varones de Akáyev, Aydar, de 23 años, contrajo matrimonio con la hija menor de Nazarbáyev, Aliya, de 18; en otras palabras, los presidentes kirguizo y kazajo se convirtieron en consuegros. Sin embargo, este matrimonio dinástico concertado que parecía simbolizar los deseos de unidad de los dos países, fracasó. El divorcio de la joven pareja afectó indudablemente a las relaciones entre sus padres.

El 3 de noviembre de 1995 Kirguizistán se sumó a la unión aduanera ruso-bielorruso-kazaja y el 29 de marzo de 1996 Akáyev adoptó en Moscú con los presidentes Borís Yeltsin, Alyaksandr Lukashenko y Nazarbáyev un ambicioso plan para el establecimiento de un mercado común de los cuatro socios, el cual debía permitirle a Kirguizistán relanzar sus exportaciones agropecuarias, fundamentalmente lana, carne y algodón.

Las relaciones con Rusia tampoco se libraron de los roces, a pesar de lo trascendental del compromiso adquirido por la potencia heredera de la URSS en la vigilancia de las fronteras que Kirguizistán tiene con China, Kazajstán, Uzbekistán y Tadzhikistán. Los desencuentros ruso-kirguizos se nutrieron tanto de las medidas adoptadas por Akáyev para promocionar el idioma kirguizo, desconocido por los 900.000 rusos que vivían allí (el 21% de la población, en datos de 1991), como de la escasa efectividad de los acuerdos de liberalización comercial. Así, en 1999, las transacciones comerciales con Rusia, Bielarús y Kazajstán solo suponían el 30% del total de los intercambios kirguizos, y seguían una tendencia descendiente.

En 2000 las relaciones con Rusia experimentaron un franca mejoría. En mayo, la concesión por Bishkek del estatus de oficialidad al idioma ruso permitió limar asperezas y conjurar la amenaza de un éxodo masivo de los rusófonos, que a fin de cuentas eran las personas más cualificadas del país, aunque quienes elevaron ahora la voz de protesta fueron los nacionalistas kirguizos. A continuación, el 27 de julio, Akáyev firmó en Moscú con el presidente Vladímir Putin otra declaración de "amistad eterna" entre los dos países y un programa de cooperación económica valedero por una década. Akáyev declaró en ese encuentro que siempre había considerado la "asociación estratégica" con Rusia su principal prioridad exterior.

Con todo, sus desenvolvimientos en este terreno tendieron a evitar la dependencia exclusiva del gran país eslavo y a precaverse contra los déficits de una CEI que parecía condenada a no articularse. Así, el presidente no dejó de explorar el desarrollo de las relaciones internacionales por el flanco oriental, toda vez que consideraba a los países asiáticos del Pacífico, fundamentalmente Japón, China y Corea del Sur, los más prometedores para la recepción de inversiones y el desarrollo del comercio.

Akáyev tejió unas cordiales relaciones con Turquía, por hermandad cultural, y con China, por expectativas económicas, en este caso más por cuanto que los litigios territoriales quedaron en un segundo plano. El 27 de abril de 1996 firmó en Shanghai con sus colegas chino, ruso, kazajo y tadzhiko un acuerdo de seguridad en las fronteras comunes, inaugurando un ámbito de consultas que adoptó el nombre de Grupo de Shanghai y que celebró en Bishkek otra de sus cumbres el 25 de agosto de 1999 (en junio de 2001 el Grupo iba a estructurarse como Organización de Cooperación de Shanghai, OCS).


3. Las ambigüedades del régimen político más liberal de Asia central

A Akáyev le gustaba presentarse como el dirigente de las cinco repúblicas ex soviéticas de Asia central más comprometido con las reformas económicas y democráticas. En el primer capítulo, sus gobiernos adoptaron unas políticas liberales y un cauteloso programa de reformas por etapas, aprobadas en los referendos del 30 de enero de 1994 y el 17 de octubre de 1998, que abrieron las puertas a la privatización del escaso tejido industrial, el levantamiento de los subsidios agrícolas, la libre compraventa de la tierra y la entrada de inversiones foráneas. Kirguizistán fue el primer país de la región que adoptó un programa con el FMI, en 1993.

Ahora bien, las posibilidades del crecimiento de la economía estuvieron varios años lastradas por las secuelas catastróficas de la desarticulación de los mercados internos de la URSS y el final de los flujos financieros rusos. Hasta 1995 el país padeció una caída productiva brutal, con una recesión acumulada en cuatro años del 77% del PIB, mientras que la inflación llegó al pico del 1.300% en 1993, obligando al Gobierno a conceder máxima prioridad a un programa de estabilización que retrasó un tanto la recuperación económica. Con todo, el kirguizo fue el primer PIB del Asia central ex soviético que mostró tasas anuales positivas.

El pago de la deuda externa agravaba la escasa incidencia que los presupuestos del Estado tenían en la vida de la población, mientras que el grueso de la actividad económica corría el peligro de trasladarse al terreno ilegal del muy floreciente contrabando de drogas. Al cumplirse la primera década de la independencia, el 55% de la población, rayana en los cinco millones, seguía viviendo bajo el umbral de la pobreza. En cualquier caso, Akáyev vendió como un éxito nacional la unión de Kirguizistán a la Organización Mundial del Comercio (OMC) en octubre de 1998, siendo el primer país de la CEI en conseguirlo. Indudablemente, Estados Unidos deseaba el éxito del programa de reformas kirguizo, del que esperaba fuera un ejemplo para otros estados centroasiáticos. El 9 de febrero de 1995 se subscribió también un Acuerdo de Asociación y Cooperación con la Unión Europea.

A partir de 1996 la trayectoria política de Akáyev presentó muchos más elementos dudosos que su actuación en el terreno económico, donde su liberalismo era rotundo. Quien a diferencia de los otros cuatro presidentes centroasiáticos no se dotó de un partido propio ni puso al antiguo Partido Comunista a su servicio (de hecho, los comunistas kirguizos se consideraban en la oposición) frenó en los últimos años de la década el aperturismo democrático que con tan buenas perspectivas había impulsado desde 1992, en parte como un intento de atajar los signos de descontento social motivado por el nulo efecto que los balances macroeconómicos tenían en el nivel de vida de los kirguizos. Por ejemplo, aumentaron significativamente los casos de hostigamiento policial y de persecución judicial a periodistas y medios de comunicación críticos con el poder, poniendo en tela de juicio la cacareada libertad de prensa.

Hasta entonces, la oposición que Akáyev venía afrontado tenía fundamentalmente un sesgo de resistencia de los poderes locales tradicionales a las reformas económicas, más que provenir de los partidos, todavía poco implantados en la sociedad, o presentar un plantel de reivindicaciones políticas y sociales, por el momento débilmente articuladas. Se daba la particularidad de que el escaso relieve de las movilizaciones sociales no se debía al temor de la población a la respuesta violenta del poder, ya que el Estado liderado por Akáyev carecía de los rasgos implacablemente represivos del Uzbekistán de Karímov o del Turkmenistán de Saparmurat Niyázov, erigidos en dictadores sin ambages, sino a la propia inacción de la sociedad civil, que procedía de una tradición de obediencia ciega a la autoridad y que sólo ahora estaba abriéndose a las influencias de fuera y a la modernidad. Pero este estado de pasividad iba a cambiar muy pronto, con consecuencias insospechadas, por el empeoramiento del desempleo, la pobreza e incluso el hambre en las regiones más atrasadas del país.

En las elecciones al Joghorku Kenesh o Consejo Supremo bicameral del 5 y 19 de febrero de 1995, primeros comicios legislativos desde la independencia, los candidatos progubernamentales, en su mayor parte presentados como independientes, obtuvieron una amplia mayoría. Al margen de ciertas violaciones, aquellos comicios fueron considerados una verdadera anomalía democrática en la región. Akáyev explicó entonces que el Parlamento electo iba a ser “de transición”, hasta la consecución de la democracia plena, y valoró las elecciones como “libres y competitivas, pero no absolutamente honestas”. En la edición del 20 de febrero y el 12 de marzo de 2000 los candidatos considerados afines a Akáyev se repartieron entre las listas de varios partidos y bloques electorales, siendo el más importante la Unión de Fuerzas Democráticas (SDS), que sin embargo sólo obtuvo el 19,8% de los votos y se situó diez puntos por debajo del Partido de los Comunistas de Kirguizistán (continuador directo del extinto PKK), con diferencia la lista más votada.

Con todo, el grueso de los apoyos al oficialismo en el Myizam Chygaruu Jyiyny o Asamblea Legislativa, la Cámara baja del Joghorku Kenesh, de 60 miembros, se conformó en la bancada de los 45 diputados electos como independientes. El pluralismo y la competitividad del sistema electoral eran de esta manera socavados: la ley establecía que de los 60 diputados, 45 fueran elegidos por el sistema mayoritario en circunscripciones uninominales y los 15 restantes por el sistema proporcional en listas de partidos. Esto daba pie a una bolsa de candidatos independientes muy adecuada para cooptaciones por el oficialismo. Considerando las dos cámaras, los independientes ganaron 73 de los 105 escaños. Los motivos de las censuras de las organizaciones no gubernamentales al desarrollo de las elecciones de 2000 fueron la constatación de numerosas intimidaciones a los candidatos opositores y la descalificación sufrida por dos partidos de la oposición para tomar parte en los comicios.

Akáyev fue reelegido por otros cinco años con el 71,6% de los votos en las presidenciales del 24 de diciembre de 1995, primeras con pluralidad de candidaturas y consideradas por los observadores internacionales, a pesar de las infracciones, básicamente democráticas. Su principal oponente fue Absamat Masalíyev, líder del PKK y que ya fuera primer secretario del mismo en la etapa soviética, así como el último presidente del Soviet Supremo en 1990. El 10 de febrero de 1996 Akáyev obtuvo otro aplastante en el referéndum sobre el refuerzo de sus poderes ejecutivos, y desde 1998 sus partidarios prepararon su reelección en 2000.


4. Hundimiento de la credibilidad democrática en un contexto regional convulso

La controversia sobre la segunda reelección presidencial otorgó un nuevo argumento contestatario a una oposición cada vez más segura de su fuerza. La Constitución de 1993 estipulaba que el mandato presidencial era de cinco años prorrogables una única vez, pero el 13 de julio de 1998 el Tribunal Constitucional dictaminó que ésto era sólo aplicable a partir de la promulgación de la Carta Magna, con lo que Akáyev se encontraba en su primer mandato, el cual no expiraba hasta el 30 de diciembre de 2000. La interpretación de los magistrados era que Akáyev estaba facultado para ser presidente hasta 2005.

En efecto, el 29 de octubre de 2000 Akáyev se presentó a la reelección y ganó de nuevo con el 74% de los votos. Antes y después de las votaciones sus cinco contrincantes denunciaron con aspereza la marginación o el acoso a los que eran sometidos por los medios oficiales, los numerosos episodios de intimidación a activistas de la oposición y los indicios de un fraude organizado. La Organización para la Seguridad y la Cooperación en Europa (OSCE) valoró esta elección como "no conforme a los estándares internacionales". Estos acontecimientos hicieron que el Kirguizistán de Akáyev difuminara las diferencias con las restantes repúblicas centroasiáticas, donde la escasa evolución de los sistemas políticos (quizá con la exclusión de Tadzhikistán) y la petrificación en el poder de las antiguas élites comunistas eran característicos.

El deterioro democrático estaba íntimamente ligado al agravamiento de la inseguridad regional. Akáyev, que venía insistiendo en la viabilidad de un modelo laico y liberal del Estado para un país donde el Islam religioso y político estaba, como en toda la región, en auge, compartió la preocupación del Gobierno ruso por los éxitos militares del régimen teocrático de los talibán en la cercana Afganistán y colaboró en los esfuerzos de kazajos y uzbekos para la pacificación de Tadzhikistán hasta febrero de 1999, cuando necesitó a todos los efectivos militares para la vigilancia de las propias demarcaciones nacionales, tarea hasta entonces asumida por las tropas guardafronteras rusas. Las mayores perturbaciones procedían de las estribaciones del valle de Fergana, superpoblado territorio, uzbeko en su mayor parte, y bastión del pujante movimiento islamista regional.

Akáyev temía los embates del fundamentalismo sunní en su variante wahhabí, profesado por los talibán afganos y sus protectores saudíes, y cuya capacidad de exportación y desestabilización quedó dramáticamente de manifiesto en 1999 y 2000 con numerosas y crecientemente poderosas incursiones de guerrilleros islámicos uzbekos procedentes de Tadzhikistán o de la propia Uzbekistán, muchas veces de paso por Kirguizistán, para entrar o salir del valle de Fergana, más que movilizados en operaciones contra objetivos de este país.

Las irrupciones belicosas de los guerrilleros fundamentalistas del Movimiento Islámico de Uzbekistán (MIU) a través de los oblastys kirguizos de Osh y Batken crearon un inquietante panorama de agitación prebélica que el dispositivo militar ruso amortiguó sólo parcialmente, así que Akáyev demandó un refuerzo de los compromisos defensivos del TSC de la CEI. En respuesta a estas urgencias, el 11 de octubre de 2000 acogió en Bishkek a Putin, Lukashenko, Nazarbáyev y los presidentes Inomali Rajmónov de Tadzhikistán y Robert Kocharyan de Armenia con vistas a la creación de una fuerza de reacción rápida de la CEI que fuera capaz de manejar las situaciones de crisis de seguridad. Por cierto que en la víspera todos los mandatarios salvo Kocharyan proclamaron la Comunidad Económica Euroasiática (CEEA), que nacía con la voluntad de superar la inefectiva Unión Aduanera de la CEI dotándose de personalidad jurídica.

Sin embargo, Nazarbáyev y, sobre todo, Karímov, exigían a Akáyev que fuera menos tolerante con su oposición democrática y con el fundamentalismo islámico doméstico. El dictador uzbeko estaba convencido de que las formas democráticas de Kirguizistán constituían una amenaza para su propio régimen. Para obligar a Akáyev a actuar contra el MIU y sus supuestos aliados kirguizos, suspendió en varias ocasiones a partir de 1999 los suministros energéticos. Los cortes de combustible tuvieron un impacto demoledor en la economía y en la vida de los ciudadanos.

En consecuencia, Akáyev comenzó a reprimir al Islam militante de casa, deteniendo a elementos sospechosos de subversión e interviniendo las actividades en las mezquitas y los seminarios coránicos. Las redadas en los medios islamistas se solaparon a los desafueros contra la oposición democrática aconfesional, lo que aumentó las posibilidades de una alianza general de fuerzas hostiles al poder. Con todo, a comienzos de 2001 Akáyev podía alardear de haber conseguido mantener al país, siempre un escenario potencial de conflictos étnicos por el choque de las reivindicaciones de kirguizos –que como etnia representaba algo más de la mitad de la población-, rusos, kazajos, uzbekos y uigures, a salvo de las sangrientas convulsiones que habían aquejado a varias repúblicas ex soviéticas.

El 11 de diciembre de 2000 Akáyev aceptó la dimisión de su noveno primer ministro desde el acceso a la independencia, Amangeldy Muraliyev, que pagaba, entre otros fiascos, por los cortes del suministro de gas y petróleo y la obstrucción al tráfico transfronterizo impuestos por Uzbekistán. El 21 de diciembre el presidente nombró en su lugar a Kurmanbek Bakíyev, gobernador del oblasty de Chüy y alto funcionario de su plena confianza, con un perfil reformista y liberal. Los observadores enmarcaron la promoción del sureño Bakíyev en los intentos del norteño Akáyev de aplacar a los clanes y categorías sociales de los oblastys sureños de Jalal-Abad, patria chica del nuevo primer ministro, y Osh, que, con todo fundamento, acusaban al poder central de Bishkek de apoyarse exclusivamente en las élites enriquecidas de la capital y el oblasty de Chüy, del que era oriundo el presidente.

Las ondas sísmicas de los atentados terroristas perpetrados el 11 de septiembre de 2001 contra Estados Unidos por la organización Al Qaeda golpearon con fuerza la geopolítica regional. De la noche a la mañana, se plantearon las posibilidades de la remoción de la amenaza indirecta que suponía el régimen talibán afgano y del inicio de una era de cooperación con Estados Unidos en el ámbito de la seguridad a cambio de substanciosos beneficios económicos.

El 3 de diciembre de 2001 Akáyev aceptó sumarse a la coalición antiterrorista global capitaneada por la Administración de George W. Bush, cuya dimensión militar recibió el nombre de Operación Libertad Duradera. La aportación kirguiza consistió básicamente en la cesión al Ejército estadounidense de amplias facilidades operativas en el aeropuerto de Manas, en las cercanías de Bishkek, que se convirtió así en uno de los pivotes de la retaguardia de las operaciones militares en Afganistán.

La presencia de tropas estadounidenses en el corazón de Asia central, aunque tenía una naturaleza temporal y en absoluto entrañaba la dotación de bases permanentes, aseguraba el Gobierno kirguizo, era una novedad con implicaciones estratégicas de alto calado. Aunque Akáyev no dio ese paso sin antes cerciorarse del visto bueno de Moscú, a medio plazo la facilidad de Manas podía levantar las suspicacias rusas. Akáyev recalcó que el acuerdo militar con Estados Unidos era perfectamente compatible con la alianza ruso-kirguiza y con los compromisos con la CEI. Por de pronto, el Estado ingresó un cheque de 50 millones de dólares en concepto de ayuda estadounidense. En septiembre de 2002, cuando Manas acogía a varios escuadrones de aviones y a dos millares de soldados de Estados Unidos, Australia y varios países europeos asignados al teatro de operaciones afgano de Libertad Duradera, Akáyev fue recibido en la Casa Blanca por Bush.

Como medida equilibradora, en diciembre siguiente Akáyev firmó con Putin un acuerdo para el refuerzo de la cooperación en el campo de la seguridad y una declaración en la que se subrayaba el compromiso de combatir codo con codo el terrorismo internacional, el tráfico ilegal de armas y drogas, y la criminalidad organizada. La cita presidencial preparó el terreno para la inauguración de una base aérea rusa en el aeródromo de Kant. El régimen de Bishkek continuaba firmemente asido a la CEI y sus instrumentos. El 7 de octubre de 2002, durante la cumbre de la CEI en Chisinau, Moldova, Akáyev se unió a Putin, Lukashenko, Kocharyan, Nazarbáyev y Rajmónov en la firma de la Carta fundacional de la Organización del Tratado de Seguridad Colectiva (OTSC).

Los disturbios políticos de marzo de 2002, los más graves desde la independencia, pusieron de relieve el punto hasta qué punto había llegado la intolerancia de Akáyev con la oposición. Y es que dirigente kirguizo se aprovechó de la necesidad que Estados Unidos tenía de la instalación de Manas para sacar a relucir su rostro autoritario sin temor a recibir rapapolvos por los abusos de su política interna. Las tentaciones de meter en el mismo saco de los enemigos del Estado a integristas islámicos y opositores parlamentarios eran demasiado fuertes. Para mantener el interés de Washington, los dirigentes kirguizos no cesaban de enfatizar la amenaza que el fundamentalismo protalibán y jihadista suponía para el país.

En marzo de 2000 cristalizó en forma de manifestaciones de protesta el malestar que había causado el año anterior la sentencia judicial de siete años de prisión -por abuso de poder supuestamente cometido en el desempeño de cargos públicos- contra Feliks Kúlov, ex vicepresidente de la República, ex ministro de Seguridad, ex gobernador de Chüy y ex alcalde de Bishkek, a quien se habían puesto todo tipo de obstáculos para impedirle participar en las elecciones presidenciales de octubre de 2000 como el candidato del partido Ar-Namys (Dignidad). Kúlov quedó descalificado al rehusar someterse a un examen de conocimiento del idioma kirguizo, lo que facilitó la reelección de Akáyev por amplia mayoría.

Repercusiones dramáticas tuvo el encarcelamiento del diputado opositor Azimbek Beknazárov, muy popular en Jalal-Abad, al que la fiscalía del Estado acusaba de prevaricación: el 17 de marzo, varios miles de sus partidarios en la ciudad de Kerben, en el distrito de Aksy, se echaron a la calle al grito de la dimisión de Akáyev y se toparon con la represión brutal de las fuerzas de seguridad, que causaron cinco muertos y decenas de heridos. Los enfrentamientos se prolongaron al día siguiente y sumaron la sexta víctima mortal. Para Akáyev, lo sucedido no ofrecía dudas: formaba parte de una “campaña coordinada de fuerzas opositoras para desestabilizar el país”, fuerzas que habían enviado a Kerben a “provocadores y demagogos” para revolver a los habitantes contra las autoridades.

El 19 de marzo, el primer ministro Bakíyev se presentó en Kerben para calmar los ánimos, informando a los lugareños que Beknazárov había sido liberado y prometiendo una investigación gubernamental para esclarecer quién había ordenado disparar contra los manifestantes. Sus parlamentos con sus paisanos de Jalal-Abad indispusieron a Bakíyev con el círculo de Akáyev, que le acusó de haberse extralimitado en su misión. Frustrado, el primer ministro presentó la dimisión el 13 de mayo de 2002, coincidiendo con la jornada de protestas a nivel nacional en contra de la ratificación del nuevo acuerdo fronterizo con China (por el que Kirguizistán cedía a su vecino 95.000 hectáreas de territorio), la permanencia en prisión de Kúlov y la continuidad del proceso criminal contra Beknazárov, pero Akáyev no se la aceptó.

El 22 de mayo Bakíyev volvió a entregar la carta de renuncia y esta vez el presidente se apresuró a nombrar un sustituto en la persona de Nikolay Tanáyev. El gobernante que había intentado, con éxito dispar, una reestructuración y privatización del sector energético, la reanudación de los suministros de gas uzbekos, el reescalonamiento de la deuda externa, la atracción de inversiones y la erradicación de la tendencia alcista de los precios (aquí, su gestión no ofrecía dudas, ya que del 18% de inflación anual registrado a finales de 2000 se pasó a un 2% dos años después), rompió con el oficialismo y engrosó la larga lista de antagonistas de Akáyev.


5. Cuenta atrás para las trascendentales elecciones legislativas de 2005

A partir de los sucesos de Jalal-Abad, que mostraron la determinación de sectores populares de escudar a políticos opositores perseguidos por el poder, Akáyev se colocó a la defensiva y practicó el autismo político, con lo que fue segando la hierba bajo sus pies. Las denuncias de represión política y de acoso a los medios de comunicación que pugnaban por preservar su independencia, y los escándalos de corrupción que afectaban a prebostes regionales y jerarcas de la administración central, se multiplicaron. Con respecto al segundo fenómeno, en octubre de 2004 la ONG Transparencia Internacional iba a colocar a Kirguizistán en la posición 122 de su índice de Percepción de la Corrupción, es decir, un registro pésimo. La valoración que hizo Akáyev de este informe fue cuando menos pintoresca: en su opinión, Transparencia Internacional era una organización “poco transparente”, pues no veía claro a qué se dedicaba la ONG.

Peor para el presidente, las acusaciones de nepotismo cobraron una especial intensidad. El público empezó a percibir con claridad que los beneficios del crecimiento económico –un 5% anual a partir de 2000, descontando la recesión del 0,5% registrada en 2002 y en buena parte causada por la drástica reducción de la producción aurífera en la mina de Kumtor debido a unos desprendimientos- y las ayudas estadounidenses sólo estaban beneficiando a las camarillas del poder afincadas en el norte, empezando por la propia familia del presidente.

La sensación de que la gestión del Estado empezaba a parecerse a un club de parientes y socios era alimentada por las omnipresencias de Aydar Akáyev, que en mayo de 2003 contrajo segundas nupcias con una conocida presentadora de una televisión privada, y su cuñado, Adil Toigonbáyev, un kazajo que no tenía la nacionalidad kirguiza. Al hijo y al yerno del presidente se les atribuía el control de virtualmente todas las esferas productivas de la economía nacional. Un imperio empresarial que incluía la mayor parte de los negocios del ocio (casinos, discotecas, hoteles, restaurantes de lujo), amén de medios de comunicación, bienes raíces de antigua propiedad estatal y amplias parcelas de los mercados del azúcar, el vodka, el tabaco y los combustibles.

A la rapacidad económica del entorno presidencial se le sumaron los indicios del deseo de Akáyev de perpetuar su poder e influencia a través de sus familiares. Aunque desde 2002 Akáyev insistió en que no buscaría la reelección en 2005 y que no habría reforma constitucional para permitir ese escenario, a medida que se acercaban las elecciones generales fueron adquiriendo un perfil político Aydar, quien fue nombrado asesor del Ministerio de Finanzas y presidente del Comité Olímpico Nacional, y la primera dama, Mairam Akáyeva, metida en actividades caritativas y universitarias, de la que se rumoreaba que podría candidatear a la sucesión de su esposo. También la mayor de las dos hijas y de los cuatro hermanos, Bermet Akáyeva, una matemática nacida en 1972 y formada en Suiza que trabajaba para la ONU en Ginebra, se aprestó a participar en los chanchullos político-empresariales con ambiciones manifiestas.

Dos importantes señales de alarma sobre las intenciones de Akáyev tuvieron lugar en el primer semestre de 2003. El 2 de febrero se sometió a referéndum un paquete de enmiendas constitucionales, entre las que descollaba la creación de un Joghorku Kenesh unicameral de 75 escaños, todos los cuales serían elegidos por el sistema mayoritario y en circunscripciones uninominales. Con esta reforma, que minimizaba el peso de los partidos, el oficialismo pretendía favorecer la elección de un Legislativo mayoritariamente adicto que luego bien podría promover reformas constitucionales aún más útiles a sus intereses. Una docena de partidos de la oposición boicoteó la consulta, que según las autoridades registró un índice de participación del 86,4% y un 75,5% de síes.

La oposición volvió a poner el grito en el cielo el 26 de junio, cuando la Asamblea Legislativa aprobó una ley que otorgaba a Akáyev, una vez dejada la Presidencia, garantías de inmunidad vitalicia frente a hipotéticas actuaciones judiciales en su contra por presuntos delitos cometidos en el ejercicio del poder, así como unas prerrogativas de ex presidente consistentes en una oficina, un equipo de secretarios y escoltas, un apartamento en la capital, una dacha en el campo, un vehículo particular con chófer, una pensión equivalente al 80% de su salario presidencial y asistencia médica gratuita. En añadidura, todo miembro de su familia que viviera con él cobraría del Estado una asignación mensual.

Las elecciones parlamentarias del 27 de febrero de 2005 se prefiguraban, pues, como el test decisivo de los designios del poder y el primer acto de la batalla por la Presidencia, que se decidiría en octubre. En septiembre de 2004 la cuestión de la elegibilidad de Akáyev en 2005, pretendidamente zanjada por éste, volvió a generar dudas al rehusar el Tribunal Constitucional emitir un pronunciamiento que vetara expresamente aquella posibilidad. El 26 de octubre el presidente, en su discurso anual a la nación, prometió “invertir cualquier esfuerzo para asegurar que las elecciones legislativas y presidenciales tengan lugar con arreglo a la Constitución y el Código Electoral”. Pero el 25 de diciembre, en una entrevista televisada, afirmó: “Debemos seguir siendo un país de entorno estable, para que podamos mantener a raya a esas fuerzas cuyo objetivo es repetir esas revoluciones al estilo georgiano y ucraniano, que reciben dinero de los organismos financieros occidentales”.

Con su advertencia de tono nacionalista, Akáyev bosquejaba el escenario que ya estaba en la mente de todos: la repetición en el recóndito país de Asia central de los levantamientos populares que, sin derramamientos de sangre, habían tumbado los regímenes de Eduard Shevardnadze en Georgia en noviembre de 2003 y de Leonid Kuchma en Ucrania, allí en un proceso que aún estaba en curso y que iba a completarse en enero de 2005; en ambos casos, a raíz de unas elecciones amañadas, legislativas en el primer país y presidenciales en el segundo. Si el rosa había sido el color emblemático del frente opositor georgiano y el naranja el del ucraniano, aquí, los nueve partidos agrupados en el Movimiento Popular de Kirguizistán (KEK), bajo el liderazgo de Bakíyev, y los tres de la Unión Cívica Por unas Elecciones Limpias, bajo el liderazgo de Misir Ashyrkúlov, parecían decantarse por una paleta multicolor que no tardaría en tomar como símbolo la flor del tulipán.


6. La revolución de los tulipanes y el derrocamiento de Akáyev

En las semanas y días previos a las elecciones, miles de kirguizos de diferentes regiones realizaron marchas y cortes de carreteras en protesta por las decisiones judiciales que de manera arbitraria habían excluido a diferentes candidatos, en algunos casos en circunscripciones donde se presentaban miembros de la familia de Akáyev. Así le sucedió, en Bishkek, a Roza Otunbáyeva, antigua ministra de Asuntos Exteriores, de claras simpatías proestadounidenses y proeuropeas, y copresidenta del movimiento Ata-Jurt (Patria), que perjudicaba las aspiraciones de Bermet Akáyeva.

La hija del presidente estaba decidida a hacerse con el escaño de diputada y para apoyarse en una base organizada fundó un partido llamado Alga Kyrgyzstan (Adelante Kirguizistán). Desvanecidos los rumores sobre las posibilidades sucesorias de su madre, los medios de comunicación críticos apuntaban ahora a Bermet como posible candidata del oficialismo en las presidenciales de octubre, eso si a última hora no se imponían las argucias legales que permitirían al padre concurrir por cuarta vez. Aydar también aspiraba a un escaño, por el distrito de Kemin, el terruño de su padre, y lo mismo sucedía con dos cuñadas del presidente. Durante la precampaña y la campaña electorales, Akáyev elevó el tono de sus avisos. A los “partidarios de realizar una revolución de terciopelo” en Kirguizistán les echó en cara “no darse cuenta de que en Asia central tales esquemas de cambio de poder pueden degenerar fácilmente en una guerra civil”; a sus seguidores les exhortó a “permanecer inmunes frente a la enfermedad extranjera que provocan los virus, rosas, naranjas y amarillos”.

La jornada del 27 de febrero de 2005 transcurrió sin incidentes dignos de consideración, pero tras el cierre de los comicios la confrontación estuvo servida. En varios distritos y también en la capital, algunos miles de votantes de los candidatos opositores salieron a protestar contra el, según ellos, fraude que se estaba cometiendo en los escrutinios con el objeto de declarar a los candidatos oficialistas ganadores del escaño en la primera vuelta o bien los más votados con mayoría simple, prefigurando su victoria en la segunda vuelta. De los 32 escaños adjudicados, sólo dos lo fueron a candidatos opositores.

El 28 de febrero, las denuncias opositoras fueron parcialmente sostenidas por los observadores de la OSCE, que en su informe preliminar declararon a la primera vuelta electoral no conforme con los estándares internacionales, no obstante tratarse de los comicios más competitivos de los celebrados hasta la fecha en el país. Un balance similar realizó la embajada de Estados Unidos. Entre las irregularidades detectadas por la OSCE estaban la descalificación de candidatos, la tendenciosidad de los medios de comunicación públicos y la compra de votos, aunque el organismo rehusó hablar de fraude poselectoral.

Hasta la segunda vuelta del 13 de marzo el país fue presa de una enorme agitación, sobre todo en los oblastys de Osh y Jalal-Abad, donde se produjeron asaltos a edificios administrativos, agresivas manifestaciones y otros disturbios con la violencia a flor de piel. Bakíyev y los otros jefes opositores exigieron la anulación de la primera vuelta, la celebración de nuevas legislativas en seis meses, la dimisión de Akáyev y el adelanto de las presidenciales a julio.

El 10 de marzo, los integrantes del Foro de Fuerzas Políticas, sombrilla que cobijaba a los partidos del KEK y Por unas Elecciones Libres más el Ata-Jurt de Otunbáyeva y otras dos formaciones, anunciaron su “unificación” bajo el liderazgo de Bakíyev: era la génesis del Consejo Coordinador de la Unidad Popular (CCUP), la más vasta coalición de fuerzas opositoras al régimen de Akáyev, si bien su naturaleza era puramente coyuntural. Aquel mismo día Bakíyev y una veintena de diputados aprobaron una “moción de censura” contra el Gobierno de Tanáyev y la Comisión Electoral. La votación revistió un carácter simbólico, por carecer de quórum y por desarrollarse en el exterior del edificio del Parlamento, que se encontraba cerrado por obras.

La crisis entró en una fase de no retorno tras la ronda del 13 de marzo, que la oposición consideró más fraudulenta aún que la de febrero. Con el 90% del voto escrutado, la oposición habría obtenido únicamente cuatro de los 43 escaños en juego, aunque aquella había presentado candidaturas sólo en 12 circunscripciones. Los cuatro parientes del presidente que candidateaban vieron adjudicado el escaño: Aydar, sin sorpresas, barrió en el feudo familiar ya en la primera vuelta; Bermet se puso en cabeza en la primera vuelta y ganó con el 53,6% de los votos en la segunda. A tenor de estos resultados, el Parlamento electo se presentaba copado por los candidatos pertenecientes a los partidos oficialistas Alga y Adilet (Justicia), y por los independientes más o menos progubernamentales, con 69 de los 75 escaños. La OSCE volvió a constatar irregularidades como las observadas en la primera ronda, y tanto Akáyev como Bakíyev endurecieron sus discursos.

Sin saberse muy bien cuánto de espontáneo y cuánto de trazado por los responsables del CCUP tenían estas algazaras, el 14 de marzo comenzó un rosario de actos de protesta, boicot y desobediencia civil que en las ciudades de Jalal-Abad, Osh y Özgön, es decir, en la Fergana, tomó el cariz de una insurrección popular en toda regla. El 20 de marzo, miles de manifestantes asaltaron una comisaría en Jalal-Abad, la incendiaron y rescataron a 70 detenidos que acababan de ser arrestados por participar en las protestas. En la refriega murieron 10 personas al hacer uso de sus armas los policías que defendían el cuartel. Al día siguiente, muchedumbres enardecidas se hicieron con el control de los edificios gubernativos y policiales de la ciudad, y lo mismo sucedió en Osh, la segunda ciudad más importante del país, y otros núcleos urbanos del sudoeste.

Mientras las calles de Osh, Jalal-Abad y Talas eran patrulladas por improvisadas milicias civiles que esgrimían cócteles-molotov y quemaban retratos de Akáyev ante la total inacción de las fuerzas del orden, las cuales, o bien pusieron los pies en polvorosa, o bien confraternizaron con los revoltosos, en Bishkek, los jefes opositores, que parecían un tanto perplejos ante la rápida evolución de los acontecimientos, se afanaron en reconducir la situación en su favor, subrayando su liderazgo para canalizar unas violencias que amenazaban con desbordarse y supervisando las tomas de centros administrativos como el primer paso para la constitución de unas estructuras paralelas de poder.

La dinámica de los hechos consumados impidió cualquier arreglo negociado de la crisis sin arriscar el orden constitucional. El 22 de marzo, el Joghorku Kenesh electo celebró su sesión inaugural con la asistencia de Akáyev, que a lo más que estaba dispuesto era a que la Comisión Electoral y el Tribunal Supremo investigaran las denuncias en las circunscripciones conflictivas, sólo en una de las cuales se admitió la repetición de la votación. Intentando transmitir tranquilidad, Akáyev aseguró que la tensa situación que vivía el país era un “fenómeno transitorio temporal” y que a pesar de las “actividades destructivas y peligrosas de la oposición irreconciliable” no pensaba imponer el estado de excepción ni un cambio en la táctica de la Policía, que tenía órdenes de no causar víctimas. Por supuesto, su dimisión estaba descartada.

La reacción opositora, el 24 de marzo, fue fulminante: en Bishkek, miles de militantes, muchos de ellos uzbekos venidos del sur (realidad que, empero, no reflejaba una revuelta de cariz sectario étnico) asaltaron la sede del Gobierno, la Casa Blanca, los ministerios y el edificio de la televisión estatal, retuvieron brevemente en sus despachos a los titulares de Seguridad, Kalyky Imankúlov, y Defensa, coronel general Esen Topóyev, y sacaron de la cárcel a Kúlov, aunque también se dijo que al antiguo vicepresidente de la República lo pusieron en libertad sus propios guardianes. Megáfono en mano, Bakíyev anunció a los participantes en la toma del complejo presidencial que el CCUP estaba listo para asumir el control del país. Según los despachos de prensa, Akáyev se escabulló precipitadamente del edificio donde había ejercido sus 15 años de presidencia por una puerta trasera.

Las fuerzas del orden, tras comprobar que no podían contener a los manifestantes, y el Ejército, que no recibió la orden de intervenir, se inhibieron, dejando en manos de unos piquetes progubernamentales no uniformados la inútil tarea de reprimir a los opositores. En los enfrentamientos y los destructivos saqueos que les acompañaron murieron tres personas y un centenar más resultaron heridas. Todo en un día, Akáyev, su familia y algunos colaboradores abandonaron el país por vía aérea en dirección a Kazajstán. El primer ministro Tanáyev firmó su dimisión antes de darse también a la fuga, el Tribunal Supremo declaró nulas las dos rondas electorales, luego despojaba de legitimidad al Joghorku Kenesh entrante, y la Cámara alta del antiguo Joghorku Kenesh, reunida con toda urgencia, eligió presidente del hemiciclo, y por ende jefe del Estado en funciones, al diputado opositor Ishenbay Kadyrbekov.

En la jornada siguiente, 25 de marzo, Bakíyev fue investido primer ministro y presidente de la República en funciones por la Asamblea Legislativa saliente. El nombramiento fue certificado por el Tribunal Constitucional. Bakíyev tenía mandato para formar un Gabinete interino de tres meses de duración, hasta la celebración de elecciones presidenciales el 26 de junio, fecha que después se trasladó al 10 de julio.

La insurrección democrática había triunfado, pero la crisis distaba de estar superada. Por una parte, existía un muy grave conflicto legislativo por la existencia de dos parlamentos rivales (sesionando en distintas plantas del mismo edificio), el antiguo bicameral, que se amparaba en la resolución del Tribunal Supremo, y el nuevo unicameral, cuyos diputados electos exigían tomar posesión de sus escaños.

Pero aún más importante, Akáyev se negaba a enviar su carta de dimisión, sin la cual la legalidad de la mudanza en el poder ejecutivo quedaba en la picota. El día 25, nada más poner pie en Borovoye, un centro vacacional próximo a la capital kazaja, Astana, Akáyev arremetió contra el “puñado de irresponsables aventureros políticos y conspiradores” que había “seguido el camino criminal de la toma del poder por la fuerza” y perpetrado un “golpe de Estado anticonstitucional”, y contra la “descontrolada y destructiva ola de anarquía y pogromos”. “Las acciones violentas son obra de extremistas que actúan bajo eslóganes y llamamientos falsamente revolucionarios”, denunció con acritud. El día 26, en respuesta a la invitación del Gobierno ruso, tomó un avión que le trasladó a Moscú.

Parece ser que durante unos días Akáyev concibió la expectativa de una reposición en el poder, al ver que el CCUP se deshacía y que Bakíyev afrontaba serios problemas para afianzarse por la continuación del desorden público y la por aparición de desavenencias con otros jefes opositores sobre el curso que debía tomar la revolución. Sin embargo, la aceptación por Rusia, aunque a regañadientes, de los hechos consumados en Bishkek y su disposición a reconocer el nuevo Gobierno kirguizo liquidaron cualquier esperanza de retorno al statu quo anterior.

Akáyev cambió el tono de sus palabras el 28 de marzo, cuando declaró a una cadena de televisión rusa y a la agencia oficial de noticias kirguiza que había “evitado una guerra civil”, que no se había “manchado las manos de sangre” y que estaba listo para formalizar su dimisión en aras de la paz y con arreglo a la Constitución. Bakíyev, que necesitaba imperiosamente legitimar su presidencia, entró a negociar. El 31 de marzo, Akáyev explicó a la BBC que deseaba regresar a Bishkek para participar en la transferencia del poder, pero sólo si le daban garantías de su seguridad personal y de su familia, a lo que no accedió su antiguo subalterno.

Finalmente, el 4 de abril, Akáyev se resignó a firmar la declaración de dimisión en la Embajada kirguiza en Moscú ante una delegación encabezada por Omurbek Tekebáyev, el líder del partido socialista Ata-Meken (Patria), adversario en las elecciones presidenciales de 2000 y recién elegido presidente del Joghorku Kenesh unicameral, que el 28 de marzo ya había confirmado a Bakíyev como primer ministro. El 5 de abril el ex mandatario dirigió un discurso a la nación en el que expresaba su confianza en que las próximas elecciones presidenciales sirvieran para “cimentar la estabilidad, el entendimiento de la gente y un mayor desarrollo de Kirguizistán”.

El 11 de abril, después de mucho porfiar, el Joghorku Kenesh aprobó por 38 votos a favor, dos en contra y tres abstenciones –los demás diputados no ejercieron el voto- “suspender los poderes presidenciales de Askar Akáyev en relación con su ofrecimiento de dimisión”. Aunque la delegación negociadora encabezada por Tekebáyev había asegurado a Akáyev que gozaría de la inmunidad y las prerrogativas fijadas por ley en 2003, más una serie de privilegios añadidos, los diputados resolvieron el 8 abril despojar a Akáyev de los derechos a hacerse escuchar en las sesiones parlamentarias y del Consejo de Ministros, a tomar asiento en el Consejo de Seguridad, a acceder libremente a los medios de comunicación y a poseer un gabinete privado.

En su biografía oficial como presidente en ejercicio se informaba que Askar Akáyev era miembro titular o honorario de varias academias de ciencias e ingeniería nacionales e internacionales, así como profesor o doctor honorario por las universidades Estatal de Moscú, Dong Guk de Seúl, Gumilev de Kazajstán, Estatal de Tashkent y Estatal de Chisinau. Se halla en posesión también de varios galardones internacionales. Ha publicado los libros (títulos traducidos al español) Memoria holográfica (en coautoría, 1997), La transición económica a través de los ojos de un físico: un modelo matemático de la economía en transición (2000), Kirguizistán: una economía en transición (2001), El Estado kirguiz y la epopeya nacional ‘Manas’ (2003) y Pensando en el futuro con optimismo (2004).

(Cobertura informativa hasta 15/4/2005)