1. Un profesor de ciencias exactas devenido fenómeno polÃtico y electoral
2. Del fujishock de 1990 al autogolpe de 1992
3. Diseño de un traje institucional a medida y golpe letal a Sendero Luminoso
4. La Guerra del Cenepa con Ecuador y la crisis de los rehenes de la Embajada japonesa
5. El expediente de los Derechos Humanos y la figura de Montesinos
6. Luces y sombras del neoliberalismo económico
7. Contestada segunda reelección en 2000
8. El escándalo de los vladivideos como detonante de la renuncia al poder
9. Autoexilio en Japón y demanda de cuentas por la justicia peruana
10. Traslado a Chile y extradición al Perú
1. Un profesor de ciencias puras devenido fenómeno polÃtico y electoral
Sus padres, Naoichi Fujimori y Mutsue Inomoto, campesinos de extracción pobre, emigraron desde la prefectura japonesa de Kumamoto en 1934 como una pareja de recién casados. Naoichi ya llevaba años afincado en el Perú, donde se habÃa ganado la vida como jornalero recolector del algodón antes de abrir un humilde negocio de sastre en Huacho, ciudad costera al norte de Lima. El matrimonio fijó su residencia en la capital del paÃs. El pequeño Alberto nació cuatro años después, en un momento particularmente adverso para la familia, que habÃa visto arruinarse la sastrerÃa y a continuación los cultivos de algodón que tenÃa arrendados en el distrito limeño de Miraflores. El padre probó fortuna con la reparación de neumáticos de vehÃculos, negocio que le fue razonablemente bien hasta que el estallido de la Segunda Guerra Mundial disparó los sentimientos xenófobos de los peruanos autóctonos contra la comunidad de origen japonés y el Gobierno proestadounidense de Manuel Prado Ugarteche confiscó las propiedades económicas de esta última.
El segundo de los cinco vástagos de los Fujimori (siendo la primogénita Juana y los más jóvenes Pedro, Rosa y Santiago) realizó los estudios primarios en el colegio Nuestra Señora de la Merced y en la escuela pública La Rectora, y los secundarios en la gran unidad escolar Alfonso Ugarte. Los padres, aprovechando la posibilidad legal, le registraron como ciudadano japonés en el Consulado nipón, lo que proporcionó al niño la doble nacionalidad, peruana y japonesa. Educado en los valores de laboriosidad y superación personal tÃpicamente orientales, e influenciado por las tareas agrÃcolas familiares, Fujimori ingresó en 1957 en la Universidad Nacional Agraria La Molina (UNALM), en el departamento de Lima, y en 1961 se graduó con el tÃtulo de ingeniero agrónomo como el número uno de su promoción. En 1962 empezó a dar clases de Matemáticas en la recién creada Facultad de Ciencias, especialidad que junto con la FÃsica estudió en Francia en 1964 en un curso de posgrado impartido por la Universidad de Estrasburgo.
Becado por la Fundación Ford, cursó otro posgrado de Matemáticas en la Universidad de Wisconsin en Milwaukee, Estados Unidos, donde recibió el tÃtulo de máster en Ciencias en 1969, tras lo cual reanudó sus actividades docentes en el Perú. En julio de 1974 contrajo matrimonio con Susana Higuchi Miyagawa, otra peruana con ascendiente japonés y titulada en ingenierÃa también, con la que iba a tener cuatro hijos, Keiko SofÃa, Hiro Alberto, Sachi Marcela y Kenji Gerardo.
En 1984, al cabo de más de dos décadas produciendo méritos cientÃficos y académicos, Fujimori fue nombrado rector de la UNALM y de paso decano de la Facultad de Ciencias. En 1987 se convirtió en presidente de la Asamblea Nacional de Rectores, y ese año y el anterior recibió sendos doctorados honoris causa por la Universidad AgrÃcola de Gembloux (Bélgica) y la limeña Universidad de San MartÃn de Porres. Las mismas inquietudes sobre la situación del agro y la universidad peruanos que le llevaron a dirigir durante año y medio, entre 1987 y 1989, el programa de la televisión pública
Concertando, le acercaron a los cÃrculos polÃticos de la Alianza Popular Revolucionaria Americana (APRA, o Partido Aprista Peruano, PAP), histórica formación de orientación socialdemócrata que entonces dirigÃa el Gobierno nacional con el presidente
Alan GarcÃa Pérez.
En 1988, apoyándose en un grupo de colaboradores universitarios y hombres de negocios, Fujimori comenzó a preparar su propia fuerza polÃtica, Cambio 90 (C90), que registró oficialmente el 5 de octubre de 1989, una vez liberado de sus responsabilidades regidoras académicas, como un movimiento cÃvico independiente y sin una ideologÃa definida. En su estatuto, el partido se presentaba como una fuerza "democrática y nacionalista, que se sustenta básicamente en los adelantos tecnológicos para lograr el desarrollo nacional trazado en el ideario". Cambio 90 ofrecÃa una composición social heterogénea, con representantes de la pequeña y mediana empresa, las profesiones liberales y las iglesias evangélicas. Más aún, Fujimori, derrochando autoconfianza e ilusión, se inscribió para competir en las elecciones presidenciales de 1990, de las que debÃa salir el sucesor de GarcÃa, quien agotaba su mandato con la credibilidad hundida por el desastroso balance de sus cinco años de gobierno. El ingeniero se subió al proscenio polÃtico con un perfil pragmático y tecnocrático, de hombre de números y planes solventes al que no le interesaban lo más mÃnimo el estéril debate de ideologÃas y el politiqueo tradicional.
Candidato marginal y anecdótico al comienzo de la campaña, Fujimori, con su lema de
Honestidad, TecnologÃa y Trabajo, sus mensajes sobre la necesidad de moralizar las instituciones democráticas y de ofrecer una alternativa a los polÃticos y partidos tradicionales, y sus promesas imprecisas de prosperidad y seguridad a espuertas, apenas despertó el interés de los medios de comunicación, que le consideraron un aventurero sin más argumentos que la capacidad persuasiva de sus acentos populistas. Él aceptó gustosamente y explotó el apelativo de
El Chino, que espontáneamente le habÃan endilgado sus en apariencia escasos seguidores, para recalcar su ascendiente no europeo y, por tanto,
mestizo. Bien diferenciado, por tanto, del "blanquito pituco", como despectivamente era tildado, Mario Vargas Llosa, candidato del centroderechista Frente Democrático (FREDEMO, nucleado en torno a la Acción Popular, AP, y el Partido Popular Cristiano, PPC) y al que apoyaban unánimemente las élites económicas y empresariales por su plataforma reformista neoliberal. Otro lema de Cambio 90 apelaba directamente a esta suerte de complicidad mestiza y social:
Un presidente como tú.
Fujimori parecÃa no contar para una liza electoral cuyo máximo favorito era el célebre literato y candidato al Premio Nobel. Sin embargo, a escasas jornadas de la primera vuelta electoral, el 8 de abril,
El Chino ascendió meteóricamente en las encuestas y el dÃa de los comicios dio la campanada al adjudicarse el 29,1% de los sufragios y ganar el paso a la segunda vuelta, la cual acaso forzó. El sonriente postulante de Cambio 90 no sólo le pisaba los talones, con sólo tres puntos menos, a Vargas Llosa, sino que dejó en la estacada al aspirante del oficialismo aprista, Luis Alva Castro, quien habÃa sido primer ministro, y a otros polÃticos curtidos como Henry Pease GarcÃa, de la Izquierda Unida (IU), y el ex alcalde limeño Alfonso Barrantes Lingán, de la Izquierda Socialista.
Finalmente, el
Tsunami Fujimori, en expresión de un alias electoral, barrió en la segunda vuelta del 10 de junio con un sorprendente 62.5% de los votos –excluyendo las papeletas inválidas, que rozaron el 10%- a un Vargas Llosa contra el que se movilizaron los apristas y la izquierda en bloque, y que sólo recabó el 37,5% de los sufragios. En las legislativas, Cambio 90 capturó 32 de los 180 escaños de la Cámara de Diputados y 14 de los 60 escaños del Senado, quedando en tercer lugar tras el FREDEMO y el PAP, lo que auguraba una difÃcil coyuntura parlamentaria para el nuevo mandatario.
La inopinada victoria electoral de un hombre surgido del virtual anonimato poco antes de los comicios, carente de cualquier experiencia polÃtica, sin un soporte partidista digno de llamarse tal y con escasos medios para financiar su campaña proselitista, es decir, un completo
outsider que irrumpÃa desde cero, fue interpretada como un voto de censura sin precedentes a la clase polÃtica, desacreditada ante los ojos de buena parte de los peruanos por su venalidad e incompetencia, y despertó el interés de politólogos de todo el mundo. Los 4,5 millones de votos idos a Fujimori procedÃan del electorado pobre, indÃgena y mestizo que se ilusionó con la expectativa de soluciones poco menos que milagrosas, pero también de las clases urbanas medias y medias-bajas, antaño cortejadas con éxito por el PAP, e incluso de minorÃas no asalariadas por cuenta ajena con un estatus más pudiente. El presidente electo preparó un Consejo de Ministros dominado por profesionales y técnicos que no pertenecÃan a Cambio 90.
2. Del fujishock de 1990 al autogolpe de 1992
El 28 de julio, el dÃa de su quincuagésimo segundo aniversario, Fujimori tomó posesión de la Presidencia de la República del Perú con un mandato de cinco años no renovables. La ceremonia en el Palacio Legislativo, sede del Congreso, discurrió tumultuosamente por los abucheos que se intercambiaron los diputados del PAP y el FREDEMO, y a la misma asistieron cinco presidentes latinoamericanos. En su primera alocución a la nación después de recibir la banda presidencial de manos del nuevo presidente del Senado y a continuación primer vicepresidente de la República, Máximo San Román Cáceres –un industrial
cholo, cuzqueño y quechuahablante, con un perfil muy apropiado para la imagen de partido interclasista, popular y antielitista que Cambio 90 buscaba difundir-, Fujimori se lamentó del "desastre" que heredaba de la administración alanista y resumió el negro estado de cosas con estas palabras: "Nos toca afrontar la crisis más profunda que ha vivido el paÃs en toda su historia republicana; una economÃa entrampada en una hiperinflación y una depresión, una sociedad escindida por la violencia, la corrupción, el terrorismo y el narcotráfico. En una palabra, casi una economÃa de guerra".
En efecto, 1989 habÃa terminado con una recesión masiva, del 12% del PIB, una inflación anual del 2.773%, una deuda externa recrecida hasta los 20.000 millones de dólares y el dólar cotizando a 4.800 intis en el cambio oficial. El flamante presidente cuantificó la inflación acumulada en todo el quinquenio en la "espeluznante tasa" de más del 2.200.000%. Ahora, la mayorÃa de esas variables seguÃan empeorando, en particular la inflación, que sólo en julio creció un 100%. El déficit fiscal equivalÃa ya al 7,5% del PIB. Fujimori añadió que únicamente el 15% de la población activa tenÃa un "empleo adecuado", mientras existÃan un 10% de desocupados y un 75% de subempleados.
En el terreno de la seguridad interna, ésta era violentada sistemáticamente por las potentes guerrillas de la extrema izquierda, Sendero Luminoso (maoÃsta) y el Movimiento Revolucionario Túpac Amaru (MRTA, marxista-leninista), que seguÃan una estrategia de conquista revolucionaria del poder. Sus atentados terroristas, asesinatos y emboscadas llevaban una década ensangrentando el paÃs, involucrando a las fuerzas armadas del Estado en una contienda sucia donde los Derechos Humanos eran violados por todos los combatientes. Esta verdadera guerra civil se habÃa cobrado hasta el momento varios miles de muertos y desaparecidos, de los cuales la insurgencia senderista era la primera responsable.
Al manifestar su intención de crear "una verdadera economÃa social de mercado", simplificar la administración pública, derogar los monopolios e "insertar al Perú en la comunidad financiera internacional" Fujimori ya introducÃa matices correctores en el fácil populismo social del que habÃa hecho gala durante la campaña electoral, aunque parecÃa que mantenÃa la fe en las medidas graduales y no traumáticas para enfrentar la descomunal crisis económica. Se trataba de una impresión falsa, ya que el presidente se disponÃa a aplicar, y sin temblarle el pulso, precisamente las recetas neoliberales que habÃa propugnado el FREDEMO, diana favorita de los ataques de Cambio 90 y causa fundamental de la derrota de Vargas Llosa; es más, sus medidas iban a ser más radicales, yendo más allá de lo que el FMI se habrÃa atrevido a prescribir.
El 8 de agosto, un dÃa después de decretar el estado de emergencia por 30 dÃas en Lima y en nueve provincias en respuesta a los últimos ataques perpetrados por Sendero Luminoso y el MRTA, que habÃan dejado una treintena de muertos, el primer ministro y ministro de EconomÃa y Finanzas, Juan Carlos Hurtado Miller, anunció un drástico plan de ajuste y austeridad que perseguÃa yugular la hiperinflación, frenar el acaparamiento de mercancÃas por comerciantes especuladores y las compras compulsivas fruto del pánico -comportamientos que estaban agravando la penuria general de alimentos-, subsanar la angustiosa carestÃa de fondos en la tesorerÃa del Estado y recomponer el nivel de divisas del Banco Central de Reserva del Perú (BCRP). Para ello, se suprimÃan las subvenciones a productos de primera necesidad como el pan, la leche, el azúcar y la pasta, que duplicaban, triplicaban o quintuplicaban sus precios, asà como al galón de gasolina, que se encarecÃa nada menos que un 3.000%. El ministro, tras anunciar también medidas de compensación como la apertura de comedores populares y subsidios al agua y el transporte público, terminaba su anuncio televisado con un lapidario "que Dios nos ayude".
El vulgarmente llamado
paquetazo o
fujishock cogió por sorpresa al PAP y a la izquierda parlamentaria, que inmediatamente se revolvieron contra el Gobierno y acusaron a Fujimori de "traición" y "agresión al pueblo", y colmó la desesperación de quienes ya vivÃan en una situación lÃmite. En las horas siguientes al anuncio gubernamental, Lima sufrió una ola de disturbios y saqueos que fue atajada por la PolicÃa con un balance de varios muertos y más de 6.000 detenidos. Hasta finales de año Fujimori hizo frente a varias huelgas obreras, a una ofensiva terrorista y a insistentes rumores de malestar en las Fuerzas Armadas a raÃz de su pronta decisión de cesar y pasar al retiro a los comandantes en jefe de la Fuerza Aérea y la Marina (arma esta última muy conservadora y que habÃa recibido la subida a la Presidencia de un hijo de inmigrantes con visible malestar), pero no del Ejército. A la espera de los efectos positivos que la terapia de choque debÃa surtir en la economÃa, 1990 cerró con un crecimiento negativo del PIB del 6% y una cota máxima de inflación, de diciembre a diciembre, del 7.600%.
La dimisión el 14 de febrero de 1991 de Juan Carlos Hurtado, principal arquitecto y ejecutor del draconiano ajuste fiscal, como resultado de una trifulca con el ministro de Industria, Guido Pennano Allison, no afectó a la lÃnea ultraliberal inaugurada el 8 de agosto, que siguió siendo sostenida por sus sucesores en la presidencia del Consejo de Ministros, Carlos Torres y Torres Lara, y el Ministerio de EconomÃa y Finanzas, Carlos Alberto Boloña Behr, un monetarista ortodoxo que era el primer peruano doctor en EconomÃa por la Universidad de Oxford.
Perú fue adentrándose en una nueva era económica en la que señoreaban la desnacionalización de la banca privada, la privatización parcial del parque empresarial del Estado, la liberalización de las tasas de interés y la flexibilización del régimen de cambios monetarios. Piedra angular de la transición económica fue la sustitución del desahuciado inti (introducido por el Gobierno acciopopulista de
Fernando Belaúnde Terry en febrero de 1985) por el nuevo sol el 1 de julio de 1991. El tipo de canje quedó establecido en un nuevo sol por un millón de intis.
Al mismo tiempo, Fujimori desarrolló una agresiva diplomacia económica, realizando numerosos viajes y reuniones destinados a renegociar el pago de la deuda externa, obtener nuevas ayudas financieras y favorecer la inserción del Perú en los esquemas de cooperación e integración regionales e internacionales. El Gobierno daba por finalizada la pesadilla de la
stagflation, pero el impacto social de las medidas de choque estaba siendo brutal.
Mientras la inflación avanzaba por la senda descendente, hasta caer a los tres dÃgitos -el 139%- que iba a marcar el promedio anual de 1991 y ya sólo a dos –el 57%- en 1992, la prioridad más urgente del Gobierno pasó a ser la contención del violento brote de cólera que en cuestión de semanas mató a más de 500 personas en diversos puntos del paÃs. La epidemia, favorecida por el consumo de agua corriente contaminada por culpa de unos sistemas potabilizadores ineficientes, y que puso un broche particularmente dramático a la realidad de subdesarrollo y falta de inversiones públicas que afligÃa al Perú, ocasionó al paÃs pérdidas económicas por valor de 770 millones de dólares debido a los embargos impuestos al comercio exterior de alimentos, sobre todo los productos pesqueros, y al retroceso del turismo. La calamidad sanitaria, unida a los estragos causados al sector primario por el fenómeno climático del
Niño, repercutió muy negativamente en la incipiente recuperación económica: tras el 2,4% de tasa positiva anotada en 1991, la recesión iba a volver por sus fueros en 1992 marcando una tasa negativa del 2,7%.
Desde finales de 1991, el PAP y el FREDEMO comenzaron a ejercer en el Congreso una oposición coherente al Gobierno, el cual, por ejemplo, vio bloquearse una serie de decretos legislativos que conferÃan al Ejecutivo y a las Fuerzas Armadas el monopolio absoluto de la lucha contra la insurgencia y el narcotráfico. Con respecto a este punto, el 14 de mayo el Gobierno se plegó a la presiones de Estados Unidos, que tenÃa retenida su ayuda económica, y firmó una declaración sobre la ejecución de una estrategia conjunta para combatir con medios militares el enorme trasiego de coca y cocaÃna. En cuanto al Poder Judicial, se descalificó a sà mismo al liberar a decenas de narcotraficantes y a más de 200 senderistas, y al reducir arbitrariamente la duración de las penas carcelarias de otros reos.
Fujimori se sentÃa frustrado con el corsé legal que le imponÃan la división y la limitación de los poderes del Estado, y con las decisiones que tomaban los miembros del Legislativo y la judicatura. Decidido a remover los obstáculos a sus planes de gobierno, y luego de asegurarse el acatamiento de las Fuerzas Armadas, el presidente quebró el orden constitucional con un golpe de Estado institucional, un
autogolpe, perpetrado en la noche del 5 al 6 de abril de 1992.
En su mensaje televisado a la nación, Fujimori anunciaba que, ante "la inoperancia del Parlamento", "la corrupción del Poder Judicial" (responsable de la "liberación inexplicable de narcotraficantes" y de la "masiva puesta en libertad de terroristas convictos y confesos"), y la "evidente actitud obstruccionista y conjura encubierta contra los esfuerzos del pueblo y del Gobierno por parte de las cúpulas partidarias", procedÃa a tomar las siguientes medidas: uno, "disolver temporalmente" el Congreso, hasta la aprobación de una "nueva estructura orgánica" del Poder Legislativo que serÃa aprobada mediante un plebiscito nacional; dos, "reorganizar totalmente" el Poder Judicial, el Consejo Nacional de la Magistratura, el Tribunal de GarantÃas Constitucionales y el Ministerio Público, "para una honesta y eficiente administración de justicia"; tres; "reestructurar" la ContralorÃa General de la República; y cuatro, crear un "Gobierno de Emergencia y Reconstrucción Nacional", cuyos principales objetivos iban a ser, entre otros, "modificar" la Constitución en lo que atañÃa a la estructura de poderes, "moralizar radicalmente" el Poder Judicial, "pacificar el paÃs" y "promover la economÃa de mercado" dentro de unos marcos jurÃdicos apropiados.
Fujimori terminaba su bando con estas palabras: "El paÃs debe entender que la suspensión temporal y parcial de la legalidad existente no es la negación de la democracia real sino, por el contrario, es el punto inicial de la búsqueda de una auténtica transformación que asegure una democracia legÃtima y efectiva; que permita a todos los peruanos convertirse en constructores de un Perú más justo, más desarrollado y respetado en el concierto de las naciones".
La asunción por Fujimori de plenos poderes, la suspensión en la práctica de la Constitución PolÃtica de 1979 y el nombramiento del Gobierno de Emergencia, sustituyendo al Gabinete que desde noviembre encabezaba Alfonso de los Heros Pérez Albela, con el también abogado Óscar de la Puente Raygada de primer ministro, obtuvo el respaldo sin fisuras de la cúpula castrense, que sacó a las tropas a patrullar las calles y a ocupar las sedes de los principales diarios y emisoras de radio y televisión, y tuvo un eco favorable en el grueso de la población limeña -según un sondeo de Peruana de Opinión Pública (POP), un 73% de los encuestados se mostraba de acuerdo con el
fujigolpe-, pero la clase polÃtica, todos los partidos salvo Cambio 90, se opuso casi unánimemente. El Ejército puso bajo arresto domiciliario temporal a los presidentes de la Cámara de Diputados, Roberto RamÃrez del Villar, y del Senado, Felipe Osterling Parodi, ambos dirigentes del PPC, e intentó capturar a Alan GarcÃa, quien escapó por los pelos y pasó a la clandestinidad antes de acogerse al asilo que le brindó la Embajada de Colombia, de donde partirÃa para el exilio.
El 9 de abril, clandestinamente reunidos, 99 diputados y 36 senadores declararon vacante la jefatura del Estado por "incapacidad moral" de su titular e invistieron presidente constitucional de la República al segundo vicepresidente, el pastor evangélico Carlos GarcÃa GarcÃa, ante la ausencia del paÃs del primer vicepresidente. El nombramiento quedó en agua de borrajas, ya que pocas horas después GarcÃa corrÃa a refugiarse en la Embajada argentina. El 18 Máximo San Román aterrizó en Lima procedente Estados Unidos y tres dÃas después pudo jurar el cargo presidencial en el Colegio de Abogados. Se trató de un testimonio de la resistencia polÃtica al golpe que sin embargo no tuvo consecuencias.
Más motivo de preocupación que los inocuos desafÃos de los partidos tenÃa para Fujimori, quien invirtió varios dÃas a darse verdaderos baños de multitudes afectas en Lima, la actitud de la comunidad internacional, que en lÃneas generales reaccionó muy negativamente al golpe, aunque el enfado se disipó pronto. El Grupo de Apoyo al Perú, formado por Estados Unidos, Canadá y España, congeló su cooperación económica, Venezuela rompió las relaciones diplomáticas, Argentina retiró a su embajador y Chile reclamó que se suspendiera al Perú de membresÃa en la Organización de Estados Americanos (OEA). Ésta emitió una condena sin paliativos, pero evitó imponer sanciones a Lima y posteriormente aceptó las garantÃas dadas por Fujimori sobre el próximo retorno a la normalidad constitucional. La negativa de Estados Unidos a reconocer el fantasmal contragobierno de San Román se tradujo rápidamente en una aquiescencia oficial al nuevo orden polÃtico peruano, guiado con mano firme por Fujimori.
Al comenzar 1993 era ya un hecho la normalización de las relaciones exteriores del Perú, salvo con Venezuela, cuyo presidente,
Carlos Andrés Pérez, no perdonaba el asilo concedido a los militares sediciosos miembros del movimiento bolivariano que lideraba el teniente coronel
Hugo Chávez, entonces encarcelado a raÃz de su propia intentona golpista, y que intentaron derrocarlo en noviembre de 1992. Fujimori no dejó de asistir a numerosas asunciones presidenciales y a cumbres hemisféricas, como las anuales del Grupo de RÃo y las Iberoamericanas. El 9 y el 10 de marzo de 1996 el mandatario iba a dirigir en Lima la VIII Reunión del Consejo Presidencial Andino, cita especialmente relevante por suponer el arranque de la Comunidad Andina de Naciones (CAN) y el Sistema Andino de Integración como el nuevo marco jurÃdico que tomaba el relevo al sistema surgido del Pacto Andino suscrito en 1969 y 1973 por Perú, Colombia, Venezuela, Ecuador y Bolivia.
3. Diseño de un traje institucional a medida y golpe letal a Sendero Luminoso
La idea original de Fujimori, legitimar su nuevo régimen del gobierno por decreto mediante un plebiscito que estaba programado para el 5 de julio –y que muy probablemente habrÃa ganado-, fue prontamente desechada ante las presiones de la OEA, que le reclamaba un calendario preciso para la normalización democrática. El presidente presentó entonces un cronograma polÃtico que pasaba por tres convocatorias electorales: primero, en noviembre del año en curso, se elegirÃa un Congreso Constituyente Democrático (CCD) que tendrÃa como misión elaborar una nueva Carta Magna; segundo, en enero de 1993, los peruanos votarÃan a alcaldes y concejales; y tercero, cuando el CCD terminara sus trabajos, la población serÃa llamada a refrendar la nueva ley suprema.
Antes de cruzar este calendario su primer y más importante hito, el 12 de septiembre de 1992, Fujimori se apuntó un tanto espectacular con la captura, anunciada a la nación a bombo y platillo, en una vivienda del distrito limeño de Surquillo por agentes de la Dirección Nacional contra el Terrorismo (DINCOTE) de la cúpula del Partido Comunista del Perú-Sendero Luminoso. Los aprehendidos fueron el máximo jefe de la organización, Abimael Guzmán Reynoso, alias
Presidente Gonzalo, la
número dos y segunda cónyuge del anterior, Elena Iparraguirre Revoredo, alias
Camarada Miriam, y otros siete dirigentes senderistas. Odiado por la población por su terrorismo indiscriminado, el mesiánico lÃder guerrillero fue exhibido a la exultante opinión pública vestido con el clásico traje a rayas de presidiario y enjaulado en una celda de barrotes.
La decapitación de Sendero Luminoso, que tenÃa a más de 20.000 hombres alzados en armas, imponÃa su ley en extensas zonas del sur del paÃs y mantenÃa intacta su capacidad de hacer daño (como acababa de mostrar en julio con el coche bomba explosionado en la calle Tarata, en el distrito de Miraflores, con el resultado de 25 muertos), tuvo un impacto fulminante en la guerrilla, que redujo drásticamente sus ataques y comenzó a desintegrarse. Guzmán fue sometido a juicio sumarÃsimo por una corte militar formada por jueces encapuchados, condenado a cadena perpetua y encarcelado en la prisión de la base naval de la isla de San Lorenzo, frente a Callao. En octubre de 1993, en un movimiento pactado con el Gobierno, probablemente a cambio de unas mejores condiciones carcelarias, Guzmán pidió a los senderistas que aún seguÃan activos que depusieran las armas y de paso ofreció un acuerdo de paz con el Estado que finalmente no se concretó. En cuanto al MRTA, sufrió también un severo golpe con la detención el 9 de junio de su lÃder, VÃctor Polay Campos, alias
Comandante Rolando.
El hundimiento de Sendero Luminoso disparó la popularidad de Fujimori, pero en el estamento militar algunos elementos descontentos del Ejército se pusieron a conspirar. El 13 de noviembre el Gobierno informó de la detención de un grupo de altos oficiales, algunos en situación de retiro y entre los que se encontraban los generales de división Jaime Salinas Sedó, José Gabriel Pastor Vives y Luis Palomino RodrÃguez, asà como el general de brigada Manuel Obando Salas, cuando se disponÃan a tomar el Palacio de Gobierno y el Cuartel General del Ejército, conocido tradicionalmente como el
Pentagonito, con el propósito de "asesinar" al jefe del Estado y hacerse con el poder. En un principio se dijo que Fujimori y su familia habÃan sido trasladados por seguridad al Pentagonito, sito en el distrito limeño de San Borja, pero luego se supo que habÃa llegado a tomar refugio en la Embajada japonesa. Después de todo, sà habÃa habido una conspiración golpista, dirigida por oficiales que decÃan actuar en defensa del orden democrático quebrado por el movimiento presidencial de abril.
Nueve dÃas después de este sobresalto, el 22 de noviembre, tuvieron lugar las elecciones al CCD. En nombre del oficialismo concurrió la alianza formada por Cambio 90 y una nueva formación progubernamental, la Agrupación Independiente Nueva MayorÃa (NM), fundada el 11 de septiembre, cuya composición, caracterizada por la presencia de empresarios y antiguos altos funcionarios del Gobierno y la Administración que en 1990 habÃan respaldado a Vargas Llosa pero que ahora mudaban sus lealtades con sentido oportunista, permitió compensar al fujimorismo la pérdida de apoyo de los grupos que habÃan abandonado Cambio 90, en particular las iglesias evangélicas, y ampliar la base del Gobierno entre los sectores sociales más acomodados y tradicionalmente conservadores.
El boicot practicado por el PAP, AP y otros partidos tradicionales, que esgrimieron los argumentos de la falta de garantÃas constitucionales y las sospechas de fraude y manipulación, puso en bandeja la mayorÃa absoluta a C90-NM, que se hizo con 44 de los 80 escaños en juego con el 38,3% de los votos. Entre los partidos opositores que sà participaron fueron los más votados el PPC de Luis Bedoya Reyes y el Frente Independiente Moralizador (FIM) de Fernando Olivera Vega, con 15 escaños entre los dos. Los votos nulos y en blanco alcanzaron el 22,7% y la abstención fue del 23,3%. El cabeza de lista de C90-NM, Jaime Yoshiyama Tanaka, dirigente de Nueva MayorÃa, se convirtió en presidente de la asamblea constituyente. La siguiente cita electoral, las municipales del 29 de enero de 1993, supuso un rotundo fracaso para C90-NM, ya que hicieron fortuna las candidaturas independientes que, siguiendo el ejemplo dado por el propio Fujimori en el plano nacional, estaban proliferando en la polÃtica local.
El 31 de octubre de 1993 los peruanos ratificaron con un nada relumbrante 52,2% de votos favorables la nueva Carta Magna elaborada por el CCD, que contó entre sus disposiciones más importantes el regreso al sistema parlamentario unicameral, consistente en un Congreso de 120 miembros elegidos proporcionalmente en una sola circunscripción nacional, y la introducción de la posibilidad de reelección del presidente por un segundo mandato de cinco años. El texto fue promulgado el 29 de diciembre y dos dÃas después entró en vigor. Fujimori no anunció inmediatamente si pensaba presentarse a la reelección en 1995, pero nadie tenÃa la menor duda de que la nueva disposición constitucional la iba a estrenar su artÃfice.
Entonces no lo sabÃa, pero Fujimori acababa de sentar un precedente, la reforma de la Constitución para permitir la reelección consecutiva del presidente en ejercicio, que en el transcurso de una década iba a hacer fortuna –y a levantar ásperas controversias- a lo largo y ancho del continente sudamericano: Argentina, Brasil, Venezuela y Colombia iban a seguir los pasos del Perú. A Fujimori le salieron imitadores incluso en la fórmula del autogolpe para poder gobernar a sus anchas: fue el caso del guatemalteco
Jorge Serrano, que lo intentó de manera chapucera, fracasando en el intento, en mayo de 1993.
Imperturbable ante las crecientes acusaciones de autoritarismo y de desprecio a las más elementales fórmulas de diálogo y consenso polÃticos en democracia, más habiendo un proceso constituyente de por medio, Fujimori siguió adelante con su cronograma polÃtico unilateral. El 10 de octubre de 1994 inscribió ante el Jurado Nacional de Elecciones (JNE) su candidatura para acudir a unos comicios presidenciales en los quiso participar como candidata opositora nada menos que Susana Higuchi, quien vio frustrada su pretensión al prohibir la nueva ley electoral, aprobada ex profeso, aspirar a la Presidencia a los familiares del mandatario en ejercicio. Para entonces, Higuchi ya estaba separada del su todavÃa esposo, al que desde marzo de 1992 venÃa acusando de lucrarse, él y su familia carnal, con prácticas corruptas. Higuchi denunció en particular un supuesto negocio de venta de ropa de segunda mano donada por ONG japonesas que habrÃa lucrado a sus cuñados Rosa y Santiago Fujimori, y a los cónyuges de éstos, VÃctor Aritomi Shinto y Clorinda Ebisui.
La tormentosa relación conyugal llegó a su clÃmax en agosto de 1994, cuando Higuchi denunció ante la justicia como presuntos corruptos a dos ex ministros y al actual viceministro de Justicia, y de paso manifestó que su marido era un "tirano" que la tenÃa "encerrada" en el Palacio de Gobierno, lo que no le impidió abandonar el edificio e irse a vivir a otro inmueble de Lima; en represalia, Fujimori le despojó del papel simbólico pero privilegiado de primera dama y del cometido de presidir la Fundación por los Niños del Perú, y se los entregó a su primogénita, Keiko SofÃa, que entonces tenÃa 17 años. Fujimori tachó de "desleal" e "inestable" a Higuchi, quien a su vez le acusó de ejercer contra ella "violencia fÃsica y moral" y de impedirle ver a sus cuatro hijos. El deseo de la todavÃa señora de Fujimori de emprender una carrera polÃtica con una organización propia, ArmonÃa Siglo XXI, resultó infructuoso, pero en mayo de 1996 obtuvo el divorcio de Fujimori.
El escandaloso
culebrón marital no dañó las posibilidades electorales de Fujimori, quien de hecho, luego de la derrota de Sendero Luminoso, el final del desbocamiento de los precios (la inflación se aproximaba ya al 10%) y el brinco sensacional de la economÃa (en 1994 el PIB habÃa aumentado el 12,9%, una de las tasas más briosas del mundo), se encontraba en el cenit de su popularidad. AsÃ, el 9 de abril de 1995 el ingeniero se deshizo en la primera vuelta de un contrincante opositor que era virtualmente el paisano más prestigioso que Perú tenÃa en el terreno de las relaciones internacionales, el ex secretario general de la ONU (1982-1991) Javier Pérez de Cuéllar, cabeza del nuevo partido Unión por el Perú (UPP). La contención formal, las suaves maneras diplomáticas y el aura elitista de Pérez de Cuéllar no tenÃan nada que hacer frente al desparpajo popular de Fujimori, que arrasó con el 64,4% de los votos frente al 21,8% obtenido por el embajador. La candidata del PAP, Mercedes Cabanillas Bustamante, sólo arañó el 4,1% de los sufragios. En las legislativas al Congreso unicameral, C90-NM consiguió una mayorÃa absoluta de 67 diputados con el 52,1% de los votos, seguido por la UPP con 17. Los tres partidos con más solera, el PAP, AP y el PPC, quedaron laminados.
Los observadores de la OEA y de la ONG Transparencia refrendaron los resultados como incontestablemente válidos, disuadiendo a quienes en el desmoralizado campo opositor amagaban con denunciar fraude. Las sospechas habÃan sido alentadas en la vÃspera de los comicios por el descubrimiento de 3.000 actas electorales que recogÃan 600.000 votos falsos preparadas para ser integradas en el sistema de cómputo; según la oposición, tres cuartas partes de la documentación amañada favorecÃan a Fujimori. Asimismo, causaba pesadumbre el hecho de que las elecciones tuvieran lugar con el estado de emergencia vigente en buena parte del territorio nacional, con las consiguientes suspensión de garantÃas constitucionales y prelación de la autoridad militar, pese a que la actividad senderista habÃa quedado circunscrita a la región del Alto Huallaga, en el departamento de Huánuco, y a bastiones aislados.
El 28 de julio de 1995 Fujimori y sus dos compañeros de plancha, Ricardo Márquez Flores, presidente de la Sociedad Nacional de Industrias (SNI), y César Paredes Canto, presidente de la Asamblea Nacional de Rectores (ANR), tomaron posesión de sus cargos con mandato ejecutivo hasta 2000. La asistencia a la ceremonia de nueve mandatarios latinoamericanos fue una elocuente demostración de hasta qué punto habÃa superado Fujimori sus problemas de legitimidad democrática a los ojos de los gobiernos vecinos, que con tanta acritud se habÃan revuelto contra su autogolpe de 1992.
Coronada la renovación de las instituciones a la medida precisa de su impulsor, estabilizada la economÃa y domeñado el terrorismo, no pocos analistas se rindieron a los éxitos de Fujimori, presentados como un ejercicio de ingenierÃa polÃtica práctica y utilitarista, aunque tuviera que quedar en la estacada toda una cultura democrática de respeto al pluralismo y diálogo con el discrepante; para Fujimori, sólo contarÃan la prosecución de unos objetivos y la obtención de unos resultados sin apoyarse en nadie. Con una oposición parlamentaria achicada y fragmentada, con el respaldo entusiasta del Ejército, las instituciones financieras internacionales, el mundo de los negocios y los principales medios de comunicación, y con la adhesión de unas masas populares que seguÃan confiando en su talante resolutivo para ayudarles a salir de unas penurias que el ajuste neoliberal de hecho habÃa agudizado, Fujimori inició su segundo mandato.
4. La Guerra del Cenepa con Ecuador y la crisis de los rehenes de la Embajada japonesa
En abril de 1995 Fujimori, luego de capear las posibles repercusiones negativas del escándalo generado por Susana Higuchi, se las arregló para enjuagar también el sabor a derrota que en la opinión pública peruana habÃa dejado el enfrentamiento bélico mantenido con Ecuador en los dos primeros meses del año en la región selvática del Alto Amazonas, última expresión armada, después de los choques librados en 1941 y 1981, del vetusto contencioso territorial por culpa de la sección sin demarcar, 78 km, de la frontera que separa el departamento peruano de Amazonas y las provincias ecuatorianas de Morona-Santiago y Zamora-Chinchipe. La enemistad se remontaba al Protocolo de Paz, Amistad y LÃmites de 1942, que fijaba como frontera natural la cordillera del Cóndor y que tenÃa como garantes a Brasil, Argentina, Chile y Estados Unidos. Ecuador habÃa impugnado el acuerdo a posteriori con el argumento de que le fue impuesto por la fuerza y desde entonces reclamaba la soberanÃa sobre una amplia extensión de territorio comprendido entre las estribaciones meridionales de la cordillera del Cóndor y el rÃo Cenepa.
El 9 de enero de 1992 Fujimori, en la primera visita oficial en la historia de un mandatario peruano a Ecuador, ofreció en Quito al presidente anfitrión,
Rodrigo Borja, el acceso ecuatoriano a la navegación fluvial por los afluentes septentrionales del Amazonas y un peritaje de la Santa Sede para fijar los lÃmites de la frontera. Con este gesto de buena voluntad, Fujimori reconocÃa la existencia de un problema fronterizo sin resolver entre las dos naciones, aunque se guardó de hacer concesiones territoriales. De todas maneras, el espÃritu de diálogo decayó y la solución diplomática se quedó en el tintero.
El 26 de enero de 1995, lo que en ocasiones anteriores no habÃa pasado de ser leves escaramuzas e intercambios de disparos entre patrullas de soldados degeneró en una contienda bélica en toda regla que reclamó la movilización general de ambos ejércitos e involucró a miles de soldados de las fuerzas de tierra y a las respectivas flotas aéreas. Los combates terrestres tuvieron lugar en las penosas condiciones de un entorno inhóspito, en Cueva de los Tayos, Coangos, Tiwintza y otros destacamentos disputados, y en ellos las armas peruanas, que demostraron estar peor entrenadas y equipadas que las ecuatorianas, llevaron la peor parte. Al alto el fuego unilateral declarado por Durán-Ballén el 31 de enero le siguió, el 13 de febrero, un ofrecimiento similar hecho por Fujimori que fue secundado por su homólogo ecuatoriano, pero los combates prosiguieron, en buena parte debido a la determinación de Fujimori a extender el control peruano sobre Tiwintza antes de que las presiones diplomáticas obligaran a suspender las hostilidades.
La intervención de los paÃses garantes del Protocolo de RÃo, como no podÃa ser de otra manera, forzó a los contendientes a firmar sendas declaraciones de cese de hostilidades y desmovilización en el palacio Itamaraty de Brasilia, sede del Ministerio de Relaciones Exteriores de Brasil, el 17 de febrero, y en Montevideo, el 28 del mismo mes. Los ministros de Exteriores adoptaron la Declaración de Montevideo mientras Fujimori y Durán-Ballén cenaban en la capital uruguaya con el presidente
Luis Alberto Lacalle, a cuyo relevo en el poder por
Julio MarÃa Sanguinetti iban a asistir al dÃa siguiente.
Según distintas estimaciones independientes, la guerra habÃa costado al Perú entre 100 y 400 bajas (si bien el Gobierno sólo reconoció 38 soldados muertos, un número similar al reportado por el Ejército ecuatoriano), y el derribo de una decena de cazabombarderos y helicópteros, luego habÃa que hablar de cuantiosas pérdidas humanas y materiales. Con todo, ambas partes clamaron victoria y abundaron en la confusión sobre quién habÃa mantenido el control o conquistado qué posiciones, máxime cuando en los respectivos partes de guerra se daba cuenta de operaciones relacionadas con una
Falsa Tiwintza y una
Falsa Cueva de los Tayos
Lo que no habÃa zanjado el campo de batalla lo hizo la mesa de negociaciones, impulsada por un sincero espÃritu de reconciliación: el 26 de octubre de 1998, tras sostener seis reuniones en dos meses, Fujimori y el nuevo presidente ecuatoriano,
Jamil Mahuad, sellaron la paz definitiva en Brasilia. El acuerdo, más satisfactorio para las tesis peruanas, reconocÃa la delimitación fronteriza trazada por los garantes del Protocolo de RÃo de Janeiro de 1942, es decir, la que señalan las cimas de la cordillera del Cóndor, y reconocÃa que el área de Tiwintza pertenecÃa al Perú, aunque Ecuador obtuvo allà una jurisdicción simbólica de 1 km². En mayo de 1999 quedó completada la demarcación de los 78 km de frontera con la colocación del último mojón.
Fujimori cultivaba la imagen de estadista expeditivo, de hombre de acción poco dado a sutilezas o a atender prédicas sobre el respeto de los Derechos Humanos, pero en sus apariciones públicas hacÃa gala de una jovialidad y un transformismo sorprendentes; fuera para visitar remotas poblaciones indÃgenas del Altiplano o a los soldados destacados en el frente, el presidente peruano se colocaba la indumentaria más a tono para la ocasión, con total naturalidad, dispensando sonrisas y sin temer caer en el ridÃculo. AsÃ, durante la guerra del Cenepa acudió a Cueva de los Tayos, rodeado de soldados y periodistas, para izar la bandera nacional y conceder una rueda de prensa al tiempo que se tomaba un baño en un estanque natural junto a la gruta conquistada.
Posteriormente, en enero de 1997, compitió con el presidente huésped, el ecuatoriano
Abdalá Bucaram -en una cordial visita que allanó el camino para el posterior acuerdo con Mahuad-, en la exhibición de excentricidades mediáticas, como la ejecución de danzas folclóricas y una festiva ingesta de pollo asado, vestidos los dos a la usanza tradicional de los indÃgenas de la región, en el antiguo asentamiento inca de Vilcashuamán, en Ayacucho, a la sazón un antiguo baluarte de Sendero Luminoso.
Máxima expresión de este pintoresco pero eficaz populismo de cuidada puesta en escena fue la dirección personal el 22 de abril de 1997, enfundado en un chaleco antibalas y radiotransmisor en mano, del asalto a la Embajada japonesa en Lima y la liquidación del comando del MRTA que la tenÃa secuestrada desde el 17 de diciembre de 1996. Aquel dÃa, 14 emerretistas burlaron los cordones de seguridad y se infiltraron en el edificio en el curso de una fiesta que celebraba el sexagésimo tercer aniversario del emperador
Akihito.
El comando, armado hasta los dientes, tomó como rehenes al embajador, Morihisa Aoki, a sus pares de otros 11 paÃses, al ministro de Exteriores, Francisco Tudela Van Breugel-Douglas, a su colega de Agricultura, Rodolfo Muñante Sanguinetti, al presidente de la Corte Suprema de Justicia, Carlos Ernesto Giusti Acuña, al director ejecutivo de la DINCOTE, general Máximo Rivera DÃaz, al ex candidato presidencial del partido opositor Perú Posible,
Alejandro Toledo Manrique, al congresista izquierdista Javier DÃez Canseco y asà hasta más de 600 personas entre diplomáticos, funcionarios del Gobierno, oficiales castrenses, hombres de negocios y personal subalterno. Entre los secuestrados figuraban la propia madre del presidente, su hermano menor Pedro y un hermano de su cuñado VÃctor Aritomi, a la sazón embajador del Perú en Tokyo.
Los terroristas, no sin antes minar el edificio, fueron liberando rehenes por grupos hasta finales de año, empezando por las mujeres (inclusive la anciana Mutsue Fujimori, a la que al parecer no identificaron), y al final se quedaron con un grupo de 72 hombres, cuya entrega condicionaron a la excarcelación de 450 miembros de su organización y a la modificación de la polÃtica económica liberal del Gobierno. La postura de Fujimori a lo largo de toda la crisis fue invariablemente firme: el Estado no accederÃa a las demandas de los responsables de una acción que tachó de "repugnante". Las amenazas con comenzar a ejecutar cautivos, empezando por el canciller Tudela, no hicieron mella en Fujimori, quien no obstante designó un equipo neutral de mediadores y movilizó hilos diplomáticos para sondear la disposición de los emerretistas a entregarse sin condiciones o tal vez a partir a un exilio con garantÃas.
La paciencia de Fujimori fue agotándose y el 22 de abril, tras 126 dÃas de secuestro y desoyendo las voces que le reclamaban máxima prudencia dentro y fuera del paÃs –en particular la del primer ministro nipón, Ryutaro Hashimoto-, el presidente ordenó la activación de la operación
ChavÃn de Huantar, es decir, el asalto de la embajada y el rescate de los prisioneros por 140 soldados de élite del Ejército al cabo de una breve pero furiosa secuencia de disparos y explosiones. La acción antiterrorista, que habÃa sido planificada con toda minuciosidad desde el principio de la crisis –y que al parecer contó con algo más que la asesorÃa de la CIA estadounidense- por el jefe de Operaciones Especiales del Ejército, el entonces coronel José Williams Zapata, se saldó con la muerte de dos soldados, el juez Giusti y los 14 emerretistas, incluido su jefe, Néstor Cerpa Cartolini.
Aunque habÃa que lamentar el fallecimiento de uno de los rehenes,
ChavÃn de Huantar fue considerada por Fujimori y la mayor parte de la opinión pública peruana un gran éxito, ya que la operación habrÃa podido terminar en un baño de sangre con muchas vÃctimas inocentes. Sin embargo, medios periodÃsticos extranjeros y ONG locales no dejaron de hablar, precisamente, de masacre, y se preguntaron porqué ninguno de los captores habÃa salido con vida. El secretismo que rodeó las autopsias de los cadáveres –fueron realizadas en la morgue del Hospital de la PolicÃa Nacional, que no reclamó la identificación corporal por los familiares y clasificó los informes forenses resultantes- y la inhumación de los mismos –efectuada de manera clandestina en diferentes cementerios de Lima- alimentó las sospechas de que algunos terroristas habrÃan sido ejecutados después de ser reducidos o de rendirse. Hasta después de abandonar Fujimori el poder, la justicia peruana no iba admitir a trámite las denuncias por presunto homicidio cualificado interpuestas por la Asociación Pro Derechos Humanos (APRODEH), dando lugar a órdenes judiciales de arresto contra varios oficiales que posteriormente fueron procesados y absueltos por la justicia militar.
Pero ahora, Fujimori saboreó su último momento de gloria, con la inmensa mayorÃa de la población, según indicaban las encuestas, aplaudiendo el desenlace de la crisis y sus cuatro colegas CAN, que celebraban el mismo dÃa en Sucre su IX Consejo Presidencial, saliendo a arroparle con una declaración ad hoc en la que expresaban su "beneplácito" por la liberación de los rehenes y condenaban el terrorismo. Una jornada después del asalto, Fujimori quiso ser captado por las cámaras de televisión mientras inspeccionaba el destrozado interior de la Embajada; por ejemplo, pudo vérsele subiendo por una escalera en la que se tendÃan los cadáveres ensangrentados de algunos emerretistas.
En cualquier otro paÃs formalmente democrático un presidente no se habrÃa atrevido a ser inmortalizado en medio de un escenario tan macabro –y desde luego sus asesores de imagen lo habrÃan considerado algo descabellado-, pero Fujimori parecÃa conocer el terreno por el que pisaba y las fibras emocionales que tocaba. El 22 de abril fue una jornada para la exultación patriótica, con el mandatario acompañando a los liberados a un hospital militar, montado en un autobús y enarbolando la bandera nacional mientras exclamaba al equipo de televisión que cubrÃa el acontecimiento: "¡El Perú es libre!". Con sentido didáctico ahora, se explayó en describir a la prensa cómo se habÃa realizado la operación de rescate valiéndose de una maqueta de la legación y un bastón indicador.
5. El expediente de los Derechos Humanos y la figura de Montesinos
La vana exhibición de fuerza del MRTA y su supresión expeditiva por el Gobierno revivieron el interés de los observadores en la situación de la seguridad interna y de los Derechos Humanos en el Perú cinco años después del autogolpe. El caso era que la vigencia de los regÃmenes de excepción constitucional y las amplias prerrogativas concedidas al Ejército y al Servicio de Inteligencia Nacional (SIN) para actuar contra el terrorismo estaban dando pábulo a graves abusos y violaciones que sólo más tarde, desvanecido el idilio entre la población y su presidente, iban a conocerse con rigor. El hecho de que las presidencias de Belaúnde Terry y Alan GarcÃa presentaran un balance bastante más sombrÃo en este terreno no restaba gravedad a los hechos denunciados ahora.
Los peores atentados contra los Derechos Humanos durante el régimen fujimorista fueron perpetrados por una unidad paramilitar denominada Grupo Colina, que se comportaba como un verdadero
escuadrón de la muerte. Integrado por miembros del Ejército y la PolicÃa Nacional, y encabezado por el capitán Santiago Rivas MartÃn, el grupo tenÃa asignada la misión de colaborar en la persecución del terrorismo y la subversión armada, pero su siniestra ejecutoria se centró en la intimidación, el secuestro, la tortura y el asesinato de simpatizantes de Sendero Luminoso y el MRTA, universitarios de ideas izquierdistas, dirigentes sindicales, periodistas crÃticos y, en general, activistas opuestos al Gobierno.
Obras suyas fueron las llamadas masacres de Barrios Altos, en Lima, en la que fueron asesinadas 15 personas que participaban en una fiesta privada de familias humildes, el 3 de noviembre de 1991, y La Cantuta, denominación popular de la Universidad Nacional de Educación Enrique Guzmán y Valle, sita en la capital, donde el 18 de julio de 1992 fueron secuestrados para posteriormente ser asesinados y enterrados en cal viva nueve estudiantes y un profesor sospechosos de senderistas. Dos meses antes de esta atrocidad, Rivas y sus hombres hicieron desaparecer a nueve campesinos en el valle ancashino de Santa, cerca de en Chimbote. Además, entre 1990 y 1993, 67 estudiantes de la Universidad de Huancayo sufrieron también desaparición forzada.
Todo apunta a que las órdenes concretas para cometer éstos y otros desmanes no partÃan de Fujimori, sino de un grupo de altos oficiales, militares y civiles, a los que el presidente, simplemente, dejaba actuar con una especie de carta blanca y felicitaba una vez cometidas las violaciones. Los más relevantes miembros de esta camarilla eran el general Nicolás de Bari Hermoza RÃos, jefe del Comando Conjunto de las Fuerzas Armadas (CCFA) desde enero de 1992, el general Julio Salazar Monroe, jefe del SIN desde enero de 1991, y, sobre todo, el asesor presidencial y jefe de facto del SIN Vladimiro Illich Montesinos Torres, intrigante, sigiloso pero omnipresente personaje cuya presentación merece un punto y aparte.
Nacido en 1945 en Arequipa y bautizado con los sonoros nombres que le puso su padre marxista, el tocayo de Lenin era un antiguo capitán del arma de ArtillerÃa que durante la dictadura del general Francisco Morales Bermúdez, en la segunda mitad de los años setenta, tuvo que colgar el uniforme tras un proceso militar por traición a la patria en relación con unos nebulosos contactos con la CIA estadounidense, que le costó dos años de prisión. Posteriormente se formó como abogado y en la década siguiente amasó una gran fortuna llevando la defensa legal de narcotraficantes y policÃas acusados de corrupción. Sus relaciones con Fujimori se remontaban al paréntesis de la doble vuelta en la elección presidencial de 1990, cuando fue contratado por el candidato de Cambio 90 para que le defendiera de unas acusaciones falsa declaración de haberes instigadas por el FREDEMO.
Tras constituirse el Gobierno, Fujimori nombró a Montesinos asesor principal del SIN, empleo auxiliar que en sus manos devino un verdadero imperio en la sombra, convirtiéndose con rapidez en la eminencia gris del Ejecutivo en todo lo relacionado con la seguridad interna y las lucha contra el terrorismo y el narcotráfico, y en el jefe del SIN de hecho. Apodado el
RasputÃn andino por su perfil maquiavélico y de urdidor de todo tipo de tramas con matices siniestros, en abril de 1992 Montesinos fue el encargado de comunicar a los jefes de las Fuerzas Armadas la decisión del presidente de asumir la plenitud de poderes y de coordinar la logÃstica del autogolpe. Con posterioridad al mismo, ejecutó la censura informativa, amedrentó a los periodistas independientes y forzó la renuncia de los magistrados afectados por la reorganización del Poder Judicial. Asimismo, advirtió a Fujimori de la conjura del general Salinas y tuvo un papel principal en el diseño y ejecución de la
Operación ChavÃn de Huantar, a cuyo término pudo vérsele flanqueando al presidente en la inspección de la embajada recién liberada. A mayor abundamiento, se le atribuÃan responsabilidades en la formación del Grupo Colina, algunos de cuyos golpes criminales acaso ordenó personalmente.
El influjo tentacular de Montesinos, cuya sed de poder parecÃa no conocer lÃmites pese a no ostentar cargo oficial alguno, se extendió a la misma cúpula de las Fuerzas Armadas en agosto de 1998, cuando Fujimori, completamente dúctil a las codicias de su subalterno, sustituyó al general Hermoza al frente del CCFA y de la Comandancia General del Ejército por el hasta ahora ministro de Defensa y anteriormente responsable de Interior, el general César Saucedo Sánchez, quien a su vez entregó su cartera gubernamental al jefe nominal del SIN, el general Salazar. Junto con Hermoza fueron cesados en puestos clave varios altos mandos militares, la mayorÃa de los cuales fueron reemplazados por oficiales que pertenecÃan a la misma promoción castrense de Montesinos.
La remoción de Hermoza y la transformación del virtual triunvirato de poder que habÃa existido hasta entonces en un duopolio Fujimori-Montesinos fue acogida con profundo malestar por sectores del Ejército a los que desagradaba el imparable ascendiente del asesor presidencial, convertido a sus ojos en un arribista civil sin escrúpulos que se injerÃa constantemente en la polÃtica de retiros y ascensos. Las maniobras extrañas incluyeron el regreso de Alberto Pandolfi Arbulú a la jefatura del Consejo de Ministros tan solo dos meses después de haber entregado el puesto a un sucesor efÃmero, el abogado aprista Javier Valle Riestra, quien presentó la dimisión por "incompatibilidad de caracteres". Pandolfi era el noveno primer ministro desde julio de 1990.
Pero la capacidad de Montesinos para mover hilos no se detenÃa ahÃ. El asesor presidencial orquestaba una gigantesca red de corrupción que cubrÃa los organismos del Estado, el mundo empresarial, los medios de comunicación y los partidos polÃticos, y que le reportaba cuantiosas ganancias idas directamente a su bolsillo. CorrÃa el rumor de que Montesinos tenÃa amarrados a muchos polÃticos, funcionarios, militares, empresarios y periodistas merced a una videoteca y una fonoteca que sumaban miles de grabaciones clandestinas de reuniones y conversaciones. Más aún, el ex capitán mantendrÃa unas lucrativas relaciones con
capos de la droga peruanos y colombianos, los mismos individuos a los que el Estado consideraba enemigos y a los que el servidor público supuestamente debÃa combatir: a cambio de su protección polÃtica, como la destitución de generales de la PolicÃa que golpeaban exitosamente a sus organizaciones criminales, los narcotraficantes entregarÃan a Montesinos importantes sumas de dinero. Todo esto se hacÃa con la aquiescencia, expresa o tácita, de Fujimori, el mismo que en 1990 habÃa llegado al poder con la promesa de librar una "implacable lucha contra la corrupción".
6. Luces y sombras del neoliberalismo económico
Fujimori llegó a la reelección presidencial de 1995 con dos éxitos incontestables de su polÃtica económica bajo el brazo: la recuperación del crecimiento, que en 1994 registró la tasa sensacional del 12,9%, un ritmo de crecimiento más propio de paÃses como China, y la extinción de la hiperinflación, habiendo crecido los precios aquel año
sólo el 15,4%. Menos aparentes para la población eran la espectacular recuperación de las reservas internacionales del BCRP, que de los escuálidos 150 millones de dólares de 1990 saltaron a los 10.000 millones en 1997, y la reducción del déficit presupuestario, en razón de una enérgica reorganización del servicio de recaudación de tributos, que permitió triplicar los ingresos fiscales del Estado.
Las privatizaciones reportaron al tesoro público 5.940 millones de dólares hasta 1998. La desestatalización fue especialmente intensa en el sector minero, que se hallaba muy endeudado. AsÃ, entre 1992 y 1997 fueron vendidas las compañÃas HierroPerú –otorgada a la metalúrgica estatal china Shougang por 120 millones de dólares-, MineroPerú, Minpeco-USA, CentromÃn, Cerro Verde y Condestable. También resultaron afectados el sector quÃmico (Quimpac), el siderúrgico (SiderPerú), los astilleros (Inasa), los ferrocarriles (Enafer), la aerolÃnea AeroPerú, la generación y distribución de electricidad, y el sector de la energÃa con las privatizaciones totales de Solgas, Transoceánica y Petromar, y parcial de PetroPerú, que en junio de 1996 se deshizo del 60% de las acciones de la RefinerÃa La Pampilla, subastadas a favor de un consorcio liderado por la española Repsol y la argentina YPF. Ese mismo año el Gobierno otorgó al consorcio formado por Shell y Mobil el contrato de explotación del vasto yacimiento de gas de Camisea, en el departamento de Cuzco.
La operación más importante, por el monto recaudado y el compromiso de inversión de la empresa adjudicataria, fue la adquisición en 1994 por Telefónica de España de la CompañÃa Peruana de Teléfonos (CPT) y la Empresa Nacional de Telecomunicaciones del Perú (ENTEL), dando lugar a Telefónica del Perú. La compañÃa española fue la que más alto pujó, al ofrecer 2.000 millones de dólares, cuatro veces más que el precio de salida fijado por el Gobierno.
El régimen fujimorista invirtió también grandes esfuerzos en reestructurar el pago de la deuda externa, que en 1996 ascendÃa a los 33.500 millones de dólares (de los que 5.700 correspondÃan a tramos a corto plazo), cantidad equivalente al 55% del PIB, y obtener nuevas lÃneas de crédito del FMI, el Banco Mundial, el Banco Interamericano de Desarrollo (BID), el Club de ParÃs y el Club de Londres, lo que se saldó con relativo éxito, máxime teniendo en cuenta los ecos negativos del autogolpe de 1992.
En 1995 la economÃa todavÃa creció un 8,6%, marcando la inflación ese año el 10,3%. En junio de 1996 el Gobierno firmó con el FMI una nueva declaración de intenciones sobre las polÃticas económica y financiera hasta 1999 basada en el compromiso de priorizar la atenta vigilancia de los precios, achicar más todavÃa el déficit presupuestario y rebajar el déficit por cuenta corriente, que ascendÃa al 7,6% del PIB. En otras palabras, el Gobierno aceptó recortar las inversiones públicas y enfriar la economÃa, que en 1996 sólo creció un 2,5%. En abril y mayo Fujimori aceptó la dimisión del primer ministro, Dante Córdova Blanco, y cesó al presidente del Instituto Peruano de Seguridad Social (IPSS), Luis Castañeda Lossio -un servidor muy respetado por su competencia-, al defender ambos la elevación del tope de gasto público y la devaluación monetaria para proteger a la producción nacional de la avalancha de mercancÃas de importación.
En el siguiente ejercicio, 1997, el PIB rebotó al 6,8% gracias a las inversiones del sector privado y la inflación fue del 6,5%, pero en 1998 sobrevino una fuerte degradación económica por la coincidencia de las crisis financieras rusa y asiática, la caÃda de los precios internacionales del cobre y los estragos ocasionados en las pesquerÃas por el
El Niño. El derrumbe de la producción nacional a cero (el año registró de hecho una recesión del 0,6%) puso al descubierto la fragilidad del modelo de crecimiento, que en parte estaba ligado a la afluencia masiva de capital foráneo a corto plazo, atraÃdo por una moneda sobrevalorada y unos elevados tipos de interés. La distorsión del mercado cambiario se vio agravada por la inundación de dinero negro procedente de un narcotráfico y una corrupción rampantes, fenómenos que altos dignatarios como Montesinos no hacÃan sino estimular con la rapacidad propia de regÃmenes pseudodemocráticos. Los ingresos obtenidos de las privatizaciones fueron parcialmente reinvertidos en un gasto social que tendÃa a estar politizado por la profusión de gestos populistas y maniobras clientelistas.
Peor para las perspectivas electorales del presidente, el final del corto
boom económico desnudó de oropeles una gestión ortodoxa que habÃa tenido un coste social elevado, con un aumento desmesurado del desempleo, como consecuencia de las regulaciones de plantilla en las empresas privatizadas y de las quiebras de negocios autóctonos que no podÃan competir con el comercio entrante, y una pérdida de poder adquisitivo por las familias. La pobreza, recortada hasta el 50% en 1997 gracias a la labor realizada por el Fondo Nacional de Cooperación para el Desarrollo (FONCODES), el Programa Nacional de Asistencia Alimentaria (PRONAA) y el Programa Nacional de Manejo de Cuencas Hidrográficas y Conservación de Suelos (PRONAMACHS), volverÃa a aumentar hasta el año 2000, cuando recobró los niveles, en torno al 55%, de 1990, lo que traducido a las cifras de población actuales suponÃa mas de 13 millones de pobres. Las malas noticias empezaron a surgir allà donde anteriormente todo habÃa sido fasto: en julio de 1998 el consorcio Shell-Mobil anunciaba su renuncia a seguir invirtiendo en el Proyecto Camisea; la espantada suponÃa la evaporación de 3.000 millones de dólares destinados a un negocio eminentemente productivo.
En el plano exterior, el 11 de abril de 1997 Fujimori anunció la retirada del Perú de la CAN como culminación de una serie de desacuerdos que se remontaban a la autoexclusión por Lima cinco años atrás del acuerdo de libre comercio entre los estados miembros. Ahora, Perú tenÃa menos intenciones aún de embarcarse en la siguiente fase del proceso de integración, la unión aduanera sobre la base de un sistema común de aranceles a las importaciones de fuera de zona, que habÃa sido puesta en marcha en febrero de 1995 y que los cuatro socios participantes esperaban tener plenamente operativa en 1998. Pero el 25 de junio, inesperadamente, el Gobierno se retractó y aceptó integrarse en el área de libre comercio a condición de que se satisficieran ciertas exigencias arancelarias y se le permitiera una inserción gradual de ocho años de duración.
En las relaciones con los socios de la subregión habÃa tenido un obvio efecto negativo la ruptura de las relaciones diplomáticas con Venezuela; éstas fueron totalmente restablecidas en noviembre de 1993 merced a la presentación de credenciales por el nuevo embajador peruano al entonces presidente venezolano,
Ramón José Velásquez, pero los tratos no se tornaron cálidos hasta la asunción presidencial en febrero de 1999 de Hugo Chávez, cuyo movimiento bolivariano tenÃa sólidos motivos para estarle agradecido a Fujimori.
Por otro lado, Fujimori obtuvo la admisión de su paÃs en la Cooperación Económica de Asia-PacÃfico (APEC) en la V Cumbre de mandatarios del foro, celebrada en Vancouver el 24 y el 25 de noviembre de 1997. El ingreso, que proporcionaba facilidades comerciales en las transacciones con una veintena de paÃses (entre ellos Estados Unidos, China, Japón, Rusia y Canadá) que en conjunto representaban más de la mitad del comercio mundial, se materializó en la VI Cumbre, en Kuala Lumpur el 17 y el 18 de abril de 1998.
7. Contestada segunda reelección en 2000
Apenas habÃa transcurrido un año desde el inicio de su segundo mandato cuando Fujimori, que hasta entonces nunca se habÃa echado atrás en una decisión ni reparado en sus posibles secuelas, insinuó su intención de optar a un tercer ejercicio, para lo que lanzó las reformas legales necesarias. Según la polémica
Ley de Interpretación Auténtica de la Constitución, aprobada por el Congreso el 23 de agosto de 1996, el primer perÃodo quinquenal reelegible se habÃa iniciado en 1995 bajo la nueva Constitución ("interprétase auténticamente que en el cómputo no se tienen en cuenta retroactivamente los perÃodos presidenciales iniciados antes de la vigencia de la Constitución"), luego el presidente en ejercicio estaba facultado para optar a un segundo perÃodo a partir de 2000.
Esta interpretación discutible del artÃculo 112 de la Carta Magna de 1993 levantó un clamor de rechazo en los partidos de la oposición e incluso topó con una declaración de "inaplicabilidad" emitida por el Tribunal Constitucional en enero de 1997 con los votos favorables de tres magistrados y la abstención de los cuatro restantes. El fallo, sin embargo, no consiguió torpedear los planes del presidente y la mayorÃa parlamentaria afecta. El oficialismo primero defendió la vigencia de la ley porque técnicamente no habÃa sido declarada inconstitucional y derogada –se necesitaban seis votos para ello- y luego, en mayo de 1997, zanjó el problema por la vÃa expeditiva de destituir a los tres jueces que habÃan declarado inaplicable la norma. Dos meses después la revista
Caretas reveló que la partida de nacimiento de Fujimori presentaba unos borrones y conjeturó que el presidente podrÃa no haber nacido aquÃ, sino en Japón, lo que de ser cierto le convertirÃa en inelegible para la Presidencia, y en una fecha diferente del 28 de julio. Los servicios jurÃdicos del jefe del Estado reaccionaron de inmediato repartiendo copias del documento natalicio para demostrar que todo estaba en regla.
Fujimori seguÃa sin anunciar su deseo de candidatear en abril de 2000, aunque todo el mundo lo daba por hecho. El 6 de junio de 1997, tras el fracaso de la vÃa constitucional, los partidos opositores (PAP, AP, PPC, UPP, FIM, IU) decidieron reagruparse como Bloque Parlamentario de Oposición Democrática y plantear una batalla polÃtica y social contra el proyecto reeleccionista. Su plan pasaba por el respaldo a la campaña nacional de recogida de firmas que desde noviembre del año anterior venÃa promoviendo el Foro Democrático, un movimiento civil antifujimorista, para llevar al Congreso una iniciativa de referéndum sobre el futuro del presidente.
El bloque era consciente del creciente malestar de la ciudadanÃa por la incertidumbre económica, el aumento del desempleo, las maniobras gubernamentales para domesticar a los medios de comunicación, las denuncias a agresiones arbitrarias de las fuerzas de seguridad y la sensación general de impunidad que proyectaban los oscuros entresijos de dignatarios como Montesinos, uno de los hombres más detestados del paÃs. En este sentido, Fujimori parecÃa no percatarse del enorme daño polÃtico que su asesor podÃa causarle, ni tampoco de los signos de cansancio en la población por sus teatrales golpes de efecto y sus maneras de autócrata autocomplaciente y paternal. El espÃritu patriótico que
ChavÃn de Huantar habÃa impulsado hasta la estratosfera se estaba disipando con rapidez.
El Foro Democrático consiguió recoger 1.440.000 firmas, 240.000 más de las que exigÃa la ley (el 10% del censo electoral), hasta julio de 1998, pese a los obstáculos puestos por la Oficina Nacional de Procesos Electorales (ONPE). Pero el 27 de agosto siguiente, en una atmósfera de tensión por los enfrentamientos callejeros entre opositores y policÃas, el Congreso, por 67 votos contra 45 (tres menos de los requeridos para sacar adelante la iniciativa), dio carpetazo a la cuestión: no habÃa lugar para convocar un referéndum sobre la derogación de la Ley de Interpretación Auténtica. La decisión adoptada por la mayorÃa fujimorista se tradujo automáticamente en un recorte de la popularidad de su jefe, que ya venÃa malparada, según informaron varios sondeos demoscópicos. Los vientos eran cada vez más desfavorables para el oficialismo, y las elecciones municipales del 11 de octubre, en las que la lista de Vamos Vecino, movimiento progubernamental lanzado el 17 de marzo anterior, y su candidato a la alcaldÃa limeña, el ex ministro Hurtado Miller, fueron batidos por el movimiento Somos Lima del independiente Alberto Manuel Andrade Carmona, alcalde en ejercicio, no hicieron más que confirmar ese diagnóstico.
1999 fue un año tenso en el que se multiplicaron las protestas sociales con planteamientos polÃticos, como la huelga general convocada por la Confederación General de Trabajadores del Perú (CGTP) el 28 de abril, afloraron nuevas tensiones en el Gobierno, como la denuncia por el ministro de Trabajo y Promoción Social, Jorge Yamil Mufarech Nemy, de una "red de corrupción" entre altos funcionarios, lo que le acarreó su destitución el 15 de abril junto con otros cuatro ministros del Gabinete que presidÃa desde enero VÃctor Joy Way (quien, por su parte, aguantó en el puesto hasta octubre), y se recibieron reprimendas del exterior, como la acusación hecha al Congreso peruano por la Comisión Interamericana de Derechos Humanos (CIDH) de "violación abierta de un tratado internacional" luego de aprobar el Legislativo una resolución que apartaba al paÃs de la jurisdicción de la CIDH.
Nada de ello restó energÃas a Fujimori, que el 14 de julio anunció con su efectismo inveterado (ataviado con chullo y poncho, rodeado de gran aparato militar y en el mismo teatro de operaciones) la captura en Huancayo de Óscar RamÃrez Durand, alias
Feliciano, el último y más recalcitrante comandante de Sendero Luminoso, rebautizado por él Sendero Rojo, que seguÃa activo en la lucha armada. A últimos de año, el 27 de diciembre, el presidente anunció su deseo de tomar parte en las elecciones generales del año siguiente al frente de la coalición Perú 2000, que integraban Cambio 90, Nueva MayorÃa, el Movimiento Independiente Vamos Vecino y el Frente Independiente Perú 2000. Fujimori justificó su decisión de presentarse a un nuevo periodo de gobierno porque la estabilidad económica alcanzada podÃa ser arriscada por "grupos neopopulistas". Para secundarle en las vicepresidencias concurrÃan Francisco Tudela y Ricardo Márquez.
No por esperada dejó la noticia de provocar airadas reacciones de rechazo. La oposición polÃtica insistió en que el paÃs estaba sufriendo un "nuevo golpe a la Constitución" y un intento de perpetuar el régimen "espurio". El Foro Democrático interpuso ante el JNE un recurso de inconstitucionalidad contra la candidatura del jefe del Estado. Las encuestas sugerÃan un escenario abierto: el presidente contaba con un nivel de aprobación que oscilaba entre el 46% y el 49%, pero gozaba del primer lugar en las preferencias electorales, por delante de opositores destacados como Luis Castañeda, fundador y jefe del centroderechista Partido Solidaridad Nacional (PSN), el alcalde Alberto Andrade, al frente de la formación centrista Somos Perú, y el economista cholo Alejandro Toledo, de Perú Posible, quien se convirtió en el principal abanderado del
no al proyecto reeleccionista. En un paÃs que presentaba claros signos de polarización electoral, la incapacidad de la oposición para presentar un candidato unitario facilitaba grandemente la aspiración de Fujimori.
En la campaña electoral, crispada por las denuncias de falsificación de firmas para avalar la candidatura del oficialismo, del uso partidista de la televisión y de presiones tendenciosas de todo tipo, las amenazas de la OEA con no monitorizar los comicios si el Gobierno no corregÃa las irregularidades detectadas, los rumores de descontento militar en los cuarteles y los conatos de agresión de antifujimoristas furibundos en mÃtines de Perú 2000, el mandatario hizo recuento de sus logros económicos (ahora mismo, la producción estaba recuperándose del batacazo de 1998 y la inflación ofrecÃa la tasa históricamente baja del 3,5%) y de seguridad interna (ufanándose de "todo un trabajo de inteligencia para ir capturando vivito y sanito, sin utilizar balas, a diferencia de la metodologÃa utilizada en otros paÃses") en una década de mandato, y se dio baños de masas populistas en regiones donde habÃa una sólida base de apoyos populares, vestido a la guisa más adecuada para el lugar, entregado a un público entusiasta y a los sones del
Ritmo del Chino, una alegre canción acompasada que él mismo gustaba bailar sobre los entarimados. Más optimista que nunca, Fujimori aseguraba con rotundidad que era "imposible" la comisión de un fraude y que acudÃa a las urnas decidido a "ganar de forma clara; no en la primera ni en la segunda vuelta, sino en media vuelta".
Asà las cosas, con el paÃs sumido en una tensión polÃtica y social desconocida desde 1990, Fujimori disputó la votación del 9 de abril de 2000 convencido de su triunfo sobre un peligroso adversario, Toledo, que habÃa sabido capitalizar el rechazo al escenario continuista y experimentado un ascenso cometario en los sondeos. La jornada electoral fue problemática, con la detección de papeletas electorales en las que no se habÃa impreso la casilla de Perú Posible y de urnas con papeletas ya marcadas a favor de Perú 2000, obstáculos a la labor de los observadores y actos de proselitismo prohibidos. El escrutinio, rodeado de extrañas dilaciones, dio pábulo a graves sospechas de fraude. El 12 de abril la ONPE anunció los resultados definitivos: Fujimori habÃa sido el más votado con el 49,8% (5,5 millones de votos), cifra que por los pelos no alcanzaba la mayorÃa absoluta y que por lo tanto le obligaba a disputar una segunda y definitiva vuelta con su inmediato perseguidor, Toledo, que recibió el 40,3%. En las legislativas, Perú 2000 cosechó una mayorÃa más nÃtida, al ganar 52 congresistas con el 42,2% de los sufragios.
El 18 de mayo un airado Toledo anunció que no irÃa a la segunda vuelta a menos que su fecha de celebración, el 28 de mayo, fuera retrasada al 18 de junio con el fin de corregir las múltiples irregularidades que, según la misión de observadores de la OEA, iban a impedir una elección ajustada a los estándares internacionales de transparencia y limpieza. La ONPE, en su enésima demostración de politización interna, se negó. En consecuencia, el lÃder de Perú Posible ratificó su boicot. Ni el formidable movimiento de protesta acaudillado por Toledo en la calle, bautizada como "La Marcha de los Cuatro Suyos", ni la retirada de la OEA del proceso ante la falta de garantÃas (22 de mayo), ni la velada amenaza de sanciones por Estados Unidos (26 de mayo) arredraron a Fujimori, que, inconmovible, concurrió en la fecha señalada como candidato único.
Según la ONPE, el presidente habÃa ganado la reelección con el 74,3% de los votos válidos, mientras que la papeleta de Toledo, mantenida en los colegios electorales porque el aspirante opositor no habÃa formalizado su renuncia ante el JNE, marcó el 25,7%. El 29,9% de las papeletas fueron declaradas nulas por presentar escrita la frase "No al fraude" solicitada por el candidato retirado a los electores que no deseaban abstenerse. La consumación de la operación electoral, que presentaba consistentes signos de mascarada, desató graves disturbios en todo el paÃs. Toledo instó al Ejército a que abandonara al presidente, llamó a la movilización y a la resistencia pacÃfica de la población frente a la "dictadura", y anunció la creación de un Frente Democrático Nacional por la Unidad para aglutinar a todas las fuerzas contrarias al fujimorismo.
Pese a todo, por el momento, Fujimori parecÃa tener firmemente controlada la situación. En los dÃas siguientes volvieron a lloverle censuras del exterior, sobre todo de Estados Unidos y la Unión Europea, pero las negaciones de legitimidad verbales no pasaron a mayores, creándose una situación todavÃa más indulgente que el epÃlogo del autogolpe de 1992. En la OEA, paÃses tan influyentes como Brasil y México no fueron capaces de emitir una condena. El 9 de junio las Fuerzas Armadas y la PolicÃa manifestaron su acatamiento al presidente, y el mismo dÃa Rusia, Japón y Venezuela hicieron un reconocimiento expreso de su victoria electoral. Un importante espaldarazo, flanqueado por los presidentes de Bolivia (
Hugo Banzer), Colombia (
Andrés Pastrana), Ecuador (
Gustavo Noboa) y Venezuela (un especialmente afectuoso Hugo Chávez), supuso el XII Consejo Presidencial Andino, que Fujimori dirigió en Lima el 10 y 11 de junio.
El 28 de julio de 2000, el dÃa que cumplÃa 62 años, y con una segunda y más violenta ola de disturbios asolando Lima con el resultado de seis vÃctimas mortales y destrozos en edificios oficiales, Fujimori juró su tercer mandato en un Congreso protegido por un impresionante dispositivo de seguridad y ante una representación internacional reducida a los presidentes vecinos Noboa y Banzer.
8. El escándalo de los vladivideos como detonante de la renuncia al poder
Fujimori inauguró su tercer mandato intentando transmitir dominio y normalidad, pero también lanzó algún guiño apaciguador. Para reemplazar a Alberto Bustamante Belaúnde, primer ministro desde octubre, el presidente se decantó por Federico Salas Guevara, alcalde de Huancavelica y cuarto aspirante presidencial más votado al frente de la coalición Avancemos, un conocido rostro opositor. Toledo desconvocó la movilización nacional y asumió el principio de la solución de la crisis mediante el diálogo.
Sin embargo, la situación experimentó un dramático viraje el 14 de septiembre. Ese dÃa, el congresista Fernando Olivera, uno de los más acerbos fustigadores de Fujimori -y con cuyo partido, el FIM, acababa de ganar el acta de congresista Susana Higuchi- divulgó un video en el que se veÃa a Montesinos entregar 15.000 dólares en billetes sacados de su propio bolsillo al congresista Luis Alberto Kouri Buchamar, quien, como otros 16 legisladores de la oposición, habÃa desertado de Perú Posible y tomado asiento en el bloque fujimorista después de las elecciones de abril, permitiendo a Perú 2000 alcanzar la mayorÃa absoluta. El acto de soborno, del que los actuantes dejaban constancia por escrito en un contrato firmado allà mismo y con fecha de 5 de mayo, tenÃa lugar en el despacho de Montesinos en la sede del SIN, al hilo de una conversación relajada. Según Olivera, el video le habÃa sido entregado a su partido por gente de dentro del SIN y formaba parte de una colección particular de 2.500 cintas de las que el jefe de espÃas se valÃa para extorsionar a sus potenciales vÃctimas.
La difusión del primer
vladivideo levantó un gigantesco escándalo y un clamor general, con voces autorizadas de todos los ámbitos del Estado y la sociedad civil exigiendo la inmediata destitución de Montesinos. En la noche del 16, sábado, Fujimori rompió su mutismo y empleó su tono más templado, intentando no perder la sonrisa, para anunciar a una nación estupefacta dos decisiones de trascendencia que habÃa tomado "tras una profunda reflexión y objetiva evaluación de la coyuntura": primero, "desactivar" el SIN, y segundo, convocar "en el inmediato plazo posible" nuevas elecciones generales, a las que él no participarÃa y a cuyo ganador entregarÃa la Presidencia. Reconociendo que la grabación clandestina habÃa provocado "un fuerte impacto en la estabilidad del paÃs", el mandatario justificó su retirada para no constituir "un factor de perturbación y, menos aún, un obstáculo para fortalecer el sistema democrático".
El presidente, sin embargo, enmarcó la crisis desatada en la labor de zapa realizada por "fuerzas e intereses polÃticos que no aceptan, ni aceptarán, quedarse al margen por cinco años más, fuerzas e intereses que representan polÃticas de gobierno distintas a la nuestra, que pretenden un cambio de Gobierno en el más breve plazo". La situación generada era sumamente extraña: Fujimori parecÃa anteponer su suicidio polÃtico al castigo de Montesinos, a quien de hecho no se refirió en la alocución.
Los siguientes dos meses fueron una ceremonia de la confusión, con rumores para todos los gustos, ruidos de sables en los cuarteles, tiras y aflojas entre poder y oposición, más transfuguismo parlamentario (ahora, en perjuicio de la desconcertada bancada de Perú 2000) y situaciones esperpénticas. Declarado en paradero desconocido desde el primer momento, Montesinos se las arregló para abandonar el paÃs el 24 de septiembre y recalar en Panamá, donde obtuvo un asilo temporal. Pero el 23 de octubre aterrizó en una base de la Fuerza Aérea Peruana en Pisco, tras lo cual se le perdió la pista. La espectacular noticia desató la alarma en el paÃs, con la oposición preguntándose qué se escondÃa tras este trasiego. Por ejemplo, se aseguraba que Montesinos disponÃa de información comprometedora tal, quizá alguno de sus infames documentos videográficos, que obligarÃa a Fujimori a protegerle con inmunidad legal. Justamente, Montesinos se decidió a regresar con la obvia aquiescencia del presidente justo cuando el Gobierno solicitaba al Congreso la aprobación de una ley de amnistÃa general que incluyese, además de violaciones de los Derechos Humanos, los casos de narcotráfico, como condición previa para la realización de las elecciones anticipadas.
El presidente tuvo que recorrer los acuartelamientos para asegurarse la lealtad de los mandos; al parecer, entre la alta oficialidad cundÃa el nerviosismo por la posible aparición de más
vladivideos y la divulgación de inconfesables trapos sucios. El primer vicepresidente, Tudela, renunció en protesta por cómo se estaba gestionando la crisis. A finales de octubre Fujimori destituyó a la cúpula del Ejército (empezando por el jefe del CCFA desde el año anterior, general José Villanueva Ruesta) para excusar hipotéticas asonadas y para apartar del mando a los generales montesinistas, los mismos que estarÃan dándole cobijo. Asimismo, escenificó la caza, "dÃa y noche", del renegado, impartiendo órdenes a diestro y siniestro, moviéndose de un lado para otro en automóvil o en helicóptero, y dando parte de la situación de las pesquisas megáfono en mano. Pero el presidente no terminaba de aclarar su ambigua relación con el, oficialmente desde ahora, fugitivo más buscado del paÃs. De hecho, no tuvo ambages en reconocer que habÃa sostenido varias conversaciones telefónicas con él el mes que habÃa estado refugiado en Panamá. El 29 de octubre la Interpol emitió una orden internacional de búsqueda y captura contra el escurridizo ex asesor presidencial.
Para Toledo, Olivera y las demás figuras de la oposición, el aparatoso operativo montado para "ubicar" (en expresión de Fujimori) a Montesinos era una farsa que apuntaba a la descomposición del régimen. A su entender, al presidente no le quedaba otra salida que la renuncia inmediata para permitir el nombramiento de un gobierno interino. Pero por otro lado apelaron a la prudencia y accedieron a negociar bajo los auspicios de la OEA una serie de reformas legales destinadas a apuntalar en un sentido democrático la transición polÃtica hasta el traspaso de poderes el 28 de julio de 2001. Un cambio fundamental, que debió de resultar humillante a Fujimori, fue la derogación de la reelección presidencial consecutiva, de acuerdo con la disposición transitoria especial contenida en una ley que fue promulgada el 5 de noviembre. Cuatro dÃas después, el Ejecutivo, conforme a lo pactado en la mesa Gobierno-oposición y tras retirar de la agenda su proyecto de ley de amnistÃa, convocaba a elecciones generales el 8 de abril de 2001. Con grandes dificultades, las negociaciones prosiguieron en torno a las demandas opositoras, fundamentalmente la despolitización de la judicatura, la independencia de los medios de comunicación y el desmantelamiento efectivo del SIN.
El 7 de noviembre el domicilio de Montesinos en Lima, conde continuaba viviendo su esposa, Trinidad Becerra, fue allanado por un grupo de agentes que se incautó de numerosas cajas cargadas de papeles y material videográfico, probablemente los infames
vladivideos. El procurador especial nombrado por Fujimori para investigar al perseguido tras el descubrimiento de tres cuentas bancarias en Suiza con 48 millones de dólares confirmó la orden judicial de detención y la presentación de ocho denuncias por los delitos de corrupción, enriquecimiento ilÃcito, lavado de dinero por narcotráfico, obstrucción a la justicia, fraude tributario, tráfico de influencias, tortura y asesinato. Pero el encausado ya no se encontraba en el paÃs: el 29 de octubre habÃa partido por mar a bordo de un velero y dÃas después recaló en Venezuela, donde se escabulló de nuevo.
De nuevo, Fujimori decidió anticipar drásticamente el final de su mandato. El 13 de noviembre viajó a Brunei para asistir a la VIII Cumbre de la APEC, los dÃas 15 y 16. El 18 debÃa estar en Panamá para participar en la X Cumbre Iberoamericana (donde el Perú tomarÃa el relevo en la organización de la cita del año siguiente), pero en lugar de ello se dirigió a Japón y se quedó allÃ, encerrándose en una habitación del hotel New Otani de Tokyo. El 20 de noviembre, confirmando los rumores de una renuncia inminente, envió por fax la carta de dimisión al Congreso peruano, insólito proceder cuya primera consecuencia fue la renuncia en pleno del Gabinete que encabezaba Federico Salas. En la jornada siguiente, el Congreso, por 62 votos a favor, nueve en contra y nueve abstenciones, rechazó la misiva de dimisión y a cambio declaró al mandatario "moralmente incapacitado" para el desempeño de sus funciones, destituyéndole con efecto el dÃa 22.
La vacancia dejada por Fujimori, además de estupefacción e indignación generales por las circunstancias clandestinas en que habÃa tenido lugar, creó un vacÃo de poder de varias horas de duración. La confusión institucional se debÃa a que los congresistas habÃan aceptado la dimisión de Tudela y su sucesión por el segundo vicepresidente, Ricardo Márquez, que hacÃa las funciones de jefe del Estado en la ausencia de Fujimori, pero tal mudanza no era aceptada por la oposición, que consideraba a Márquez un fujimorista de la lÃnea dura. El dÃa 22 Márquez dimitió a su vez, despejando el camino para la asunción presidencial de
ValentÃn Paniagua Corazao, presidente del Congreso desde hacÃa una semana (cuando sustituyó a la fujimorista Martha Luz Hildebrandt Pérez-Treviño) y dirigente de AP. Todo en un dÃa, el Congreso invistió presidente constitucional con mandato interino, hasta la transmisión poselectoral de julio, a Paniagua y tres dÃas después se constituyó un Gobierno de unidad nacional encabezado por Javier Pérez de Cuéllar.
9. Autoexilio en Japón y demanda de cuentas por la justicia peruana
En los dÃas siguientes a su escapada y renuncia, Fujimori negó las imputaciones de que tenÃa cuentas bancarias secretas en Japón, donde se encontraba meramente "de visita", como "un ciudadano corriente". Aseguró también ser vÃctima de una "campaña psicosocial" organizada por Montesinos, quien intentarÃa implicarle en una trama de corrupción ficticia incluyendo la "fabricación" de un imaginario desvÃo de varios millones de dólares a cuentas suyas en el extranjero. Ahora bien, el 28 de noviembre el procurador especial encargado de investigar los tejemanejes de Montesinos informó que existÃa una "conexión demostrable" entre las actividades ilegales del ex asesor presidencial y Fujimori, las cuales irÃan desde el lavado de dinero hasta el enriquecimiento ilÃcito.
El 12 diciembre el Gobierno japonés (que no olvidaba el rescate de los rehenes en 1997) confirmó que Fujimori tenÃa la doble nacionalidad, luego podÃa permanecer en el paÃs tanto tiempo como quisiese. Tokyo recordó además que entre Japón y Perú no existÃa tratado de extradición. La noticia suscitó una nueva ola de indignación en la otra orilla del océano, de la que no se sustrajeron dirigentes de Perú 2000. A finales de mes, el ex presidente volvió a salir a la palestra para anunciar su regreso a la polÃtica peruana, si bien no hasta que cesase contra él la "persecución polÃtica", digna de la "Inquisición medieval", de la que esta vez culpó directamente a Paniagua.
El 13 de febrero de 2001 la FiscalÃa de la Nación imputó a Fujimori los delitos de enriquecimiento ilÃcito y malversación de fondos públicos, y seis dÃas después una comisión de investigación del Congreso decidió abrirle procedimiento constitucional por incumplimiento de su deber de hacer cumplir las leyes y la Constitución peruanas, usurpación de funciones y abandono injustificado de la función pública. El 23 de febrero el pleno del Congreso aprobó una acusación constitucional por los casos de corrupción, lo que significaba que Fujimori perdÃa su inmunidad en tanto que ex jefe del Estado y podÃa ser llevado ante la justicia, asà como una resolución legislativa con la que le inhabilitó para el desempeño de cualquier cargo público durante diez años.
Cinco dÃas más tarde, la fiscal general Nelly Calderón Navarro elevó la denuncia por corrupción a la Corte Suprema y a finales de mayo llevó al Congreso una nueva denuncia contra su perseguido, ahora por su presunta "coautorÃa" de la masacre de Barrios Altos. Entre medio, en marzo, el procurador adjunto para los casos de Derechos Humanos, Ronald Gamarra, denunció al ex presidente por los delitos de homicidio calificado y abuso de autoridad por la presunta ejecución extrajudicial de terroristas durante el operativo
ChavÃn de Huantar. Luego, en abril, el procurador especial José Ugaz Sánchez Moreno promovió una acusación constitucional por los delitos de rebelión, asociación para delinquir y fraude al Tesoro Público.
El movimiento fujimorista acudió dividido y desmoralizado a las elecciones generales del 8 de abril de 2001. Perú 2000 se deshizo y en su lugar concurrieron, por una parte, Cambio 90 y Nueva MayorÃa, y sólo en las legislativas, y por otra Vamos Vecino, animado por Absalón Vásquez Villanueva, que trabó alianza con el partido Con Fuerza Perú (creado en mayo de 2000) de MarÃa Jesús Espinosa Matos, dando lugar a Solución Popular. Los partidarios más o menos firmes de Fujimori sufrieron una derrota electoral que dada su magnitud pareció mortal: en las presidenciales, el aspirante de Solución Popular, el ex ministro Carlos Alberto Boloña, quedó en un distante quinto lugar con el 1,7% de los votos; en las legislativas, C90-NM sólo cosechó el 4,8% de los sufragios y 3 congresistas, mientras que Solución Popular obtuvo el 3,6% y 1.
Tres semanas después de la segunda vuelta del 3 de junio, que dio la victoria a Alejandro Toledo frente a Alan GarcÃa, Montesinos fue encontrado en Venezuela y deportado al Perú, donde afrontaba abultadas penas de prisión tras el previsible desenlace condenatorio de los numerosos juicios que se le avecinaban por una pléyade de acusaciones que reunÃan más de 70 cargos. El otrora todopoderoso capitoste del
Pentagonito fue puesto a recaudo en una celda de máxima seguridad en la Base Naval del Callao (compartiendo cautiverio, irónicamente, con Abimael Guzmán y VÃctor Polay).
El 2 de agosto de 2001 la Corte Suprema, al no comparecer el acusado para declarar, declaró a Fujimori "reo en rebeldÃa" y emitió en su contra una orden de captura dentro del proceso por abandono del cargo e incumplimiento de deberes institucionales. El 27 de agosto el Congreso aprobó por unanimidad una segunda acusación constitucional, ésta por los delitos de homicidio calificado, lesiones graves y desaparición forzada, en relación con las matanzas de Barrios Altos y La Cantuta, en las que Fujimori aparecÃa como "coautor". El informe presentado al pleno de la Cámara por la subcomisión de investigación señalaba que el ex presidente habÃa establecido "una polÃtica encubierta de implantación de un programa de violación sistemática de Derechos Humanos, como parte de la estrategia contra la subversión", y que conocÃa al detalle las operaciones de exterminio que efectuaba el Grupo Colina, extremo confirmado por el general Hermoza, preso en una cárcel limeña, pero negado por Montesinos. El 6 de septiembre la fiscal general cursó denuncia ante la Corte Suprema por "delitos de lesa humanidad". En consecuencia, el 13 de septiembre, el alto tribunal volvió a dictar orden de captura nacional e internacional en relación con este pliego de cargos.
En todo este tiempo, Fujimori, desde Tokyo, primero desde su plaza hotelera y luego desde un apartamento particular proporcionado por sus contactos polÃticos locales, no dejó de emitir comunicados, voceándolos en los medios de comunicación o bien publicándolos en la página que abrió en Internet en julio de 2001, en los que defendÃa sus actuaciones e insistÃa una y otra vez en la tesis del acosamiento por motivos polÃticos. El ex presidente no se resignaba al papel de vÃctima pasiva de la justicia de su paÃs y lanzó una verdadera contraofensiva de fuerte regusto polÃtico, dando a entender que su objetivo a medio o largo plazo no era sino regresar al Perú para retomar la carrera que con tan sensacionales resultados habÃa emprendido en 1990.
AsÃ, en noviembre, con motivo del primer aniversario de su renuncia al poder, divulgó un video en el que justificaba su fuga disimulada porque se trataba de "salvaguardar mi vida", máxime habiendo entonces en marcha un "complot" golpista de Montesinos, cuyo nombramiento en 1990, eso sÃ, habÃa sido un "grave error polÃtico". De todas maneras, continuaba el ex presidente, antes del fatÃdico mes de septiembre de 2000 él ya habÃa "decidido separarlo del cargo y alejarlo del Gobierno en forma definitiva", luego de comprobar que el infatigable asesor se estaba dedicando a la "extorsión a empresarios procesados por narcotráfico". El objetivo de su complot era "esconder sus millones mal habidos, lavarse las manos, hacerme desaparecer fÃsica o polÃticamente y vivir felices para siempre". Y añadÃa: "Aquel análisis me llevó a una conclusión: estaba en un callejón sin salida. No podÃa aparecerme en la boca del lobo y decir: señores, pongo a su disposición mi renuncia... mi vida y mi libertad".
El 10 de enero de 2002 Fujimori levantó su autorreclusión de hecho con un acto académico en la universidad tokyota de Takushoku, que le concedió el tÃtulo honorÃfico de
sensei o profesor y le dispensó un trato de gran boato. El ex presidente convirtió el discurso de agradecimiento, pronunciado ante un aforo de 2.000 personas, en un vehemente alegato en su defensa, presentándose como un cruzado que salvo al Perú del terrorismo y la ruina económica y se anticipó a la nueva actitud internacional tras los atentados del 11-S, y valiéndose incluso de un proyector de video con el que ilustró las atrocidades cometidas por Sendero Luminoso. Un mes más tarde apareció en las librerÃas niponas un libro de memorias presidenciales de 237 páginas editado exclusivamente en el idioma japonés. Titulado (en traducción al español)
Alberto Fujimori lucha contra el terrorismo, en el libro el autor incidÃa en la comparación entre su lucha contra Sendero y el MRTA, y la guerra que Estados Unidos libraba actualmente contra la red terrorista de Al Qaeda.
Fue también en febrero de 2002 cuando una antigua agente del Servicio de Inteligencia del Ejército (SIE), Leonor La Rosa Bustamante –quien aseguraba haber sufrido ella misma crueles vejaciones infligidas por sus entonces superiores-, declaró haber visto en 1995 a Susana Higuchi desnuda, postrada y llorando en los calabozos del SIE. El testimonio reforzaba la credibilidad de lo denunciado por la congresista del FIM por activa y por pasiva desde hacÃa meses, sobre que habÃa sido torturada gran número de veces, "hasta 500" según ella, desde 1992 hasta el final del régimen en 2000 por esbirros de los servicios de inteligencia acatando órdenes expresas de Fujimori, que querrÃa silenciarla a toda costa.
La ex primera dama relató ante la televisión cómo sus torturadores le aplicaban cigarrillos y descargas eléctricas en cuello y espalda, y para demostrarlo no tuvo ambages en mostrar las cicatrices ante las cámaras. Además de esta gravÃsima acusación, Higuchi y sus abogados imputaron a Fujimori la tenencia de varias "cuentas secretas" en bancos del extranjero por un valor de "40 ó 50 millones de dólares", parte de los cuales procedÃan de un cheque-donativo obtenido de una colecta realizada en Japón en julio de 1990 para ayudar a los niños pobres del Perú; según Higuchi, su entonces esposo depositó la suma en una cuenta particular en el Banco de Tokyo.
Nada de todo esto mitigó las ganas de batallar de Fujimori, que en julio de 2002, a través de un portavoz, anunció su intención de presentarse a las elecciones presidenciales peruanas de 2006 y con la intención de ganarlas. La estrategia para "contrarrestar la campaña sucia" y, en una segunda fase, recuperar el poder incluÃa la apertura en Lima de una oficina de prensa,
Fujiprensa, y, más importante, la organización de una nueva plataforma polÃtica al servicio de un ex presidente que se consideraba "completamente inocente" de los delitos que se le imputaban. Para tal fin, el 28 de julio de 2003, tres dÃas antes de presentar el Gobierno de Lima la primera petición formal de extradición –un documento de 700 páginas- a su homólogo de Tokyo, Fujimori anunció desde la capital japonesa la fundación de un partido enteramente sometido a su persona, Sà Cumple, cuya inscripción en la Oficina de Registro de Organizaciones PolÃticas (OROP) del JNE logró el 22 de marzo de 2004 merced a unos simples cambio de nombre y reescritura estatutaria de Vamos Vecino, con él de presidente y Carlos Orellana Quintanilla de secretario general.
Entonces, la autoridad electoral se mostró contradictoria sobre una eventual postulación presidencial de Fujimori: mientras el JNE estimaba que ésta estarÃa habilitada siempre que no se interpusiera una sentencia condenatoria en los procesos judiciales abiertos, la ONPE negó de plano tal posibilidad al pesar la inhabilitación por el Congreso para desempeñar cargos públicos hasta 2011. La confusión aumentó en abril de 2004 al anular el JNE la inscripción partidaria admitida el mes anterior, pero la evicción fue pasajera: en febrero de 2005 el JNE no excluyó a Sà Cumple de la lista de los 15 partidos autorizados a participar en las elecciones legislativas. En esos momentos, Fujimori, protagonizando una inopinada recuperación y a pesar de que tenÃa vedada la candidatura presidencial, encabezaba levemente las preferencias de voto según unos sondeos realizados en Lima.
Las negociaciones para recomponer la antigua base polÃtica fujimorista resultaron complicadas por la defección de Nueva MayorÃa, que bajo el liderazgo de Martha Gladys Chávez Cossio de Ocampo, ex presidenta del Congreso y uno de los pesos pesados del oficialismo durante la década en el poder, se refundó a sà mismo en septiembre de 2004 como partido independiente. En 2005, estando aún en Japón, Fujimori iba a conseguir convencer a su antigua colaboradora para que coaligara Nueva MayorÃa con Cambio 90, entonces presidido por Andrés Reggiardo Sayán, y Sà Cumple, dando lugar a la Alianza Sà Cumple-Cambio 90-Nueva MayorÃa el 21 de octubre de aquel año.
Esta febril actividad polÃtica la desarrolló Fujimori mientras su saga judicial añadÃa nuevos capÃtulos. El 27 de marzo de 2003 encajó una orden internacional de captura de la Interpol como acusado de delitos de lesa humanidad, si bien al dÃa siguiente el Gobierno nipón comunicó que, sobre la base de las leyes del paÃs, tal orden no serÃa ejecutada. Ese mismo mes, el Congreso, por quinta vez en dos años y sobre la base de testimonios de incriminación hechos por Montesinos y otros oficiales del anterior régimen, le acusó constitucionalmente, al igual que a ocho de sus ministros de EconomÃa, Interior y Defensa, por los delitos de enriquecimiento ilÃcito, peculado y asociación ilÃcita para delinquir en relación con el desvÃo de fondos públicos, procedentes de las partidas reservadas al Ministerio de EconomÃa, a favor del SIN por un total de 500 millones de soles y desde 1992 hasta 2000. A continuación, la fiscal Calderón denunció a todos ellos ante la Corte Suprema. En el caso de Fujimori, la acusación fiscal comprendÃa los tres delitos citados más el de falsedad material e ideológica. Calderón habÃa detectado indicios de un enriquecimiento personal del ex presidente, cuyo balance declarado de ingresos y gastos no cuadraba con las cifras rastreadas.
Entre abril de 2003 y enero de 2004 el Congreso volvió a acusar constitucionalmente a Fujimori por su implicación y responsabilidad en mayor o menor grado en una constelación adicional de irregularidades y crÃmenes: el allanamiento de la casa de Montesinos en noviembre de 2000; el espionaje telefónico a polÃticos, empresarios y periodistas; la compra irregular de acciones de un canal de televisión; el tráfico de armas procedentes del Ejército jordano y destinadas a la guerrilla colombiana de las FARC; las 76 desapariciones forzadas de estudiantes y paisanos en Huancayo y el valle de Santa entre 1990 y 1993; el desvÃo para uso indebido de donaciones japonesas; la detención arbitraria y la tortura de personas en las instalaciones del SIE (con mención expresa de la congresista Higuchi); la adquisición de maquinaria agrÃcola sin el requisito de licitación pública; y el asesinato del dirigente sindical Pedro Huillca Tecse en diciembre de 1992. Fujimori vio levantada su inmunidad también por haber permitido que Montesinos dirigiera en la práctica el SIN.
En añadidura, el ex presidente fue acusado de haber impartido instrucciones al Ministerio de Salud para que sometiera a esterilización forzosa, "bajo presiones, coacciones e incentivos con alimentos", a 200.000 mujeres y 16.000 hombres de familias indÃgenas en áreas rurales entre 1996 y 2000, al amparo de la Ley de Planificación Familiar. Por su parte, Toledo hizo del sometimiento de su predecesor a las autoridades judiciales una causa personal; en septiembre de 2004 el entonces mandatario realizó en la Asamblea General de la ONU una apelación "a la conciencia de la comunidad internacional" para lograr la extradición del prófugo de la justicia peruana desde Japón. El Gobierno del paÃs asiático desoyó sendas solicitudes oficiales peruanas de extradición en julio de 2003, por los asesinatos del Grupo Colina en 1991 y 1992, y en octubre de 2004, por el pago ilegal de 15 millones de dólares a Montesinos.
Las peripecias judiciales también asaltaron a Keiko Fujimori, quien a finales de junio de 2004, nueve dÃas antes de contraer matrimonio en Lima con el estadounidense Mark Vito Villanella, fue acusada por la fiscal Marta Salinas de apropiarse en 1998, cuando fungÃa como primera dama, de una donación de ropa enviada por una organización de caridad estadounidense y destinada a los damnificados por
El Niño, por lo que pedÃa contra ella un proceso por el delito de usurpación de funciones y una pena de cinco años de prisión. El disgusto de la recién casada, alumna de la Escuela de Negocios de la Universidad de Columbia en Nueva York, tocó a su fin en septiembre del mismo año, al levantar un juez los cargos por falta de evidencias. Menos fortuna tuvieron los hermanos Rosa, Juana y Pedro Fujimori, instalados en Japón y Estados Unidos, contra los que en marzo de 2005 un juez dictó sendas órdenes de arresto por su presunto robo de 21 millones de dólares procedentes de donaciones caritativas japonesas.
Por otro lado, en 2002 Fujimori inició un nuevo capÃtulo de su vida sentimental al emparejarse con Satomi Kataoka, una adinerada empresaria japonesa de 35 años que administraba el hotel de lujo Princess Garden en Tokyo y que traÃa tras de sà una reputación dudosa por sus problemas con el fisco y por codearse, según informaban medios locales, con turbios hombres de negocios y jefes de la mafia japonesa. Echándose de novia a Kataoka, una de las solteras más pretendidas de Japón, Fujimori potenciaba su cartera de contactos de alto nivel en la polÃ