Dilma Rousseff

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Datos relevantes

Actualización: 21 de Julio de 2011
Crédito fotográfico © Dilma Rousseff, en Flickr.com con licencia de Creative Commons
Dilma Vana Rousseff

Brasil

Presidenta de la República

Duración del mandato: 01 de Enero de 2011 - En funciones

Nacimiento: Belo Horizonte, estado de Minas Gerais , 14 de diciembre de 1947

Partido político: PT

Profesión: Economista

Crédito fotográfico © Dilma Rousseff, en Flickr.com con licencia de Creative Commons

Resumen

La ganadora de las presidenciales de 2010 en Brasil debió su empuje electoral menos a una reputación de gestora eficiente y pragmática que al respaldo entusiasta de su padrino político y superior institucional, Luiz Inácio Lula da Silva, quien despidió su segundo e improrrogable mandato en el cenit de popularidad. Antigua subversiva contra la dictadura con fama de mujer dura, Dilma Rousseff se convirtió en la protegida y heredera de Lula, quien la escogió frente a otros miembros del Partido de los Trabajadores (PT, socialista) con más recorrido militante a la luz de sus cualidades ministeriales, ejercitadas en su etapa como titular de Energía y jefa de la Casa Civil, en la que ejecutó y coordinó los programas desarrollistas del Gobierno.

El 1 de enero de 2011 Dilma se convirtió en la primera presidenta de un país "en racha", al que ofrecía la continuidad, reforzada en lo social, de un modelo de crecimiento sostenible e inclusivo que concilia la estabilidad financiera, el clima pro mercado y las políticas distributivas y de aumento de la renta. Recostada en la amplia mayoría parlamentaria que le brindan los once partidos de la coalición oficialista, sus primeros pasos se han dirigido a erradicar la pobreza extrema –completando en 2014 la vasta empresa social iniciada en 2003-, a moderar el gasto presupuestario y, de cara al exterior, donde Brasil aspira a hacer irreversible su emergencia como potencia mundial, a reformular el diálogo con Estados Unidos con un mayor grado de acercamiento pero "de igual a igual", como corresponde entre los dos líderes americanos. También, ha articulado un discurso más consistente en materia de Derechos Humanos, lo que se ha traducido en un alejamiento de Irán.

Las tensiones inflacionistas y la inquietante sobrevaloración del real, expresiones de una economía recalentada, ponen a prueba la pericia del Gobierno Rousseff, quien por otro lado no oculta sus deseos de demostrar que es una presidenta por méritos propios, capaz de imponer su autoridad y autónoma de su anterior mentor y aún referencia ineludible, Lula, al que tanto debe. En este sentido, las tempranas dimisiones de dos ministros lulistas acusados de corrupción, en particular el poderoso jefe de la Casa Civil, Antonio Palocci, han podido beneficiar, más que perjudicar, a la gobernante, al permitirle subrayar, en los subsiguientes cambios de cartera, el aspecto personal de su proyecto para el país.

Biografía

1. Los años en la guerrilla contra la dictadura militar
2. Primera carrera política en el PDT de Rio Grande do Sul
3. Fuga al PT, encuentro con Lula y fichaje para el Gobierno Federal
4. Del Ministerio de Energía a la Casa Civil de la Presidencia
5. Heredera para suceder a Lula tras 2010
6. Una campaña presidencial en subida libre y victoria electoral
7. Una mujer en el Palacio de Planalto


1. Los años en la guerrilla contra la dictadura militar

Hija de Pedro Rousseff, un inmigrante búlgaro completamente asimilado al país de acogida, en el que se labró una próspera trayectoria como abogado y hombre de negocios, y de Dilma Jane Silva, maestra de escuela, nació y creció en Belo Horizonte, capital del estado de Minas Gerais, junto con sus hermanos Igor y Zana Lúcia. Pedro Rousseff, cuyo nombre eslavo original era Petur Rusev, estuvo afiliado al Partido Comunista en su Bulgaria natal, donde enviudó de su primera cónyuge y dejó un hijo mayor, e hizo carrera profesional en São Paulo antes de establecerse con su esposa brasileña, mucho más joven que él, en Belo Horizonte; allí trabajó para la Compañía Siderúrgica Mannesmann e invirtió en el mercado inmobiliario.

Dilma se educó en el colegio de señoritas Nossa Senhora de Sion y luego realizó la secundaria en el Colegio Estatal Central, hoy Escuela Estatal Governador Milton Campos. Su infancia discurrió en un ambiente familiar burgués, en una espaciosa vivienda que contaba con servicio doméstico. Los Rousseff observaban las convenciones sociales de las clases medias acomodadas y no dejaron de proporcionar a sus hijos una formación en humanidades que incluyó la música, la danza, la lectura de los clásicos literarios y las clases de francés. Huérfana del padre desde los 14 años, la muchacha no tardó en mostrar inquietudes sociales y en moverse en los ambientes políticos de izquierda.

Su ingreso en el Colegio Estatal en 1964 la metió de lleno en el movimiento estudiantil más reivindicativo, coincidiendo con el golpe de Estado militar que derrocó al Gobierno trabalhista (laborista) de João Goulart y liquidó la democrática República Nova, fundada en 1945. Ese mismo año, con 16 años, se introdujo en Política Operária (POLOP), una organización de extrema izquierda, surgida años atrás de sendas disidencias juveniles de los partidos Comunista (PCB), Socialista (PSB) y Trabalhista (PTB), y que se sumergió en una disputa interna sobre la estrategia a seguir para expulsar a la dictadura y avanzar hacia la creación de un Gobierno de tipo socialista. El sector posibilista apostaba por la vía política, mientras que el radical se decantaba por la lucha armada.

Dilma se alineó con los radicales y en 1967, a los 19, pasó a formar parte del Comando de Liberación Nacional (COLINA), modesto grupo subversivo que inició una campaña de asaltos a bancos y ataques con bomba en Minas Gerais. Aunque no participaba directamente en la comisión de los atentados (si bien fue instruida en el manejo de armas de fuego y en el enfrentamiento callejero con la Policía), su capacidad de liderazgo y su enérgica personalidad le permitieron descollar en el aparato político del COLINA, como enlace con los sindicatos, instructora ideológica y editora del periódico clandestino O Piquete. Su ideario en estos años era abiertamente marxista y prosoviético. Según antiguos compañeros de militancia, Dilma se hizo guerrillera urbana tras leer el célebre ensayo del intelectual francés Régis Debray Revolución en la revolución.

Antes de terminar 1967, Rousseff contrajo matrimonio civil con un camarada del COLINA, Cláudio Galeno Linhares, periodista veinteañero con contactos entre la tropa de marinería y una experiencia carcelaria a sus espaldas. También por entonces, inició la carrera de Economía en la Universidad Federal de Minas Gerais. A principios de 1969, evadiéndose de una redada general lanzada por las fuerzas de seguridad a raíz del asesinato por su organización de dos policías, la pareja se refugió en Rio de Janeiro, donde los avatares políticos y personales les separaron. Él fue enviado a Porto Alegre y ella permaneció en la urbe carioca para ayudar en la recomposición del COLINA, el cual aunó fuerzas con otra organización emanada del POLOP, la Vanguardia Popular Revolucionaria (VPR), surgiendo como resultado la Vanguardia Armada Revolucionaria-Palmares (VAR-Palmares).

Tras separarse de Galeno de manera amistosa, Dilma entabló relaciones sentimentales con otro compañero de la lucha armada, Carlos Franklin de Araújo, al que conoció durante las reuniones con el grupúsculo comunista disidente que éste lideraba para estudiar la fusión que dio lugar al VAR-Palmares. En su seno, Rousseff, bajo distintos nombres de guerra, tuvo una actuación oscura e incierta. Antiguos guerrilleros y cronistas de las luchas contra la dictadura en aquellos años le atribuyen un rol dirigente y la condición de cerebro de varios golpes sonados, como robos y asaltos, y de hecho los ejecutores de la represión la tenían por una terrorista astuta, carismática y de alto rango, pero otros testimonios con conocimiento personal niegan que jugara un papel destacado en la guerrilla, más allá de algunas contribuciones logísticas. Ella misma, cuando se le ha preguntado por estos tenebrosos años, se ha limitado a desmentir su atribuido peso en el COLINA y el VAR-Palmares, eludiendo entrar en detalles.

Sea como fuere, en enero de 1970, preludiando la desarticulación de su organización tras la captura o muerte de los sucesivos cabecillas, Rousseff cayó en una encerrona policial en un bar de São Paulo y fue aherrojada en los calabozos de la Operação Bandeirante (OBAN), un centro de información e interrogatorios montado por las inteligencias militar y policial para combatir la insurgencia y el terrorismo. Allí, la "Juana de Arco de la subversión", como la calificó un fiscal del Ejército, fue sometida a intensas sesiones de tortura, ora mediante golpes, ora con descargas eléctricas, dirigidas por oficiales cuyos nombres ella denunció posteriormente, en las vistas judiciales que siguieron a la restauración democrática.

De acuerdo con su testimonio a la ONG Tortura Nunca Mais, su suplicio en la OBAN se prolongó durante 22 días, un extremo que ha sido puesto en duda, bien que con un tono irónico y denigratorio, por medios militares, los cuales estiman que no es posible que pudiera sobrevivir tanto tiempo. Según el periodista Luiz Maklouf Carvalho, Dilma reveló a sus torturadores los nombres de algunos camaradas del VAR-Palmares, pero no facilitó información sobre Araújo, quien de todos modos fue apresado poco después.

Puesta bajo la jurisdicción del Departamento de Orden Político y Social (DOPS) y procesada en tres estados por la Justicia Militar, fue hallada culpable del delito genérico de subversión, ya que la acusación no halló pruebas de su participación en acciones armadas concretas. Recibió una condena de seis años de prisión que empezó a cumplir en el presidio Tiradentes de São Paulo. Posteriormente, el Superior Tribunal Militar le redujo la pena a dos años y un mes, de manera que la estancia carcelaria llegó a su fin a finales de 1972.


2. Primera carrera política en el PDT de Rio Grande do Sul

Tras recobrar la libertad, y, según parece, con la salud física bastante mermada –aunque algunas fuentes indican lo contrario-, Rousseff pasó una temporada en Minas Gerais para recuperarse junto con su familia antes de regresar a São Paulo y de instalarse definitivamente en Porto Alegre, donde se reencontró con Carlos Araújo, quien se hallaba preso allí, hasta ser liberado también en 1974. La pareja inició una nueva vida en la capital de Rio Grande do Sul. Él retomó la abogacía y ella hizo lo mismo con los estudios de Economía, que había dejado interrumpidos en Belo Horizonte, siendo admitida en la Facultad de Ciencias Económicas de la Universidad Federal de Rio Grande do Sul (UFRGS).

En 1975, rigiendo la presidencia del general Ernesto Geisel, Rousseff pasó a simultanear sus estudios con un trabajo remunerado en la Fundación de Economía y Estadística (FEE), dependiente del gobierno del estado. En marzo de 1976 tuvo con Araújo a su única hija, Paula, y al año siguiente se sacó la licenciatura en la UFRGS. Entre 1978 y 1983 la antigua guerrillera intentó sacarse una maestría económica de posgrado en la Universidad Estatal de Campinas (UNICAMP), pero dejó los estudios sin terminar.

Su primera militancia política dentro de la legalidad discurrió en el Instituto de Estudios Políticos y Sociales (IEPES), casa de debate intelectual vinculada al único partido opositor autorizado por el régimen militar, el Movimiento Democrático Brasileño (MDB, centrista), el cual participaba en el remedo de parlamentarismo electoral instaurado por la dictadura junto con la oficialista Alianza Renovadora Nacional (ARENA, derecha promilitar), que a su vez ostentaba la gobernación de Rio Grande do Sul. A finales de 1977, una investigación del Ministerio del Ejército sacó a la luz pública el pasado subversivo de Rousseff y la joven, a punto de cumplir la treintena, fue despedida de la FEE.

Este episodio parece que hizo reverdecer en Rousseff el activismo de izquierdas. Tomó parte en las campañas a favor de la amnistía para las miles de personas que habían perdido sus derechos políticos y civiles por su oposición a la dictadura –la cual fue efectivamente concedida en agosto de 1979 por el nuevo presidente militar, João Batista Figueiredo, favorable a la apertura política- y, conjuntamente con su pareja, participó en los trabajos que condujeron a la fundación, en junio de 1980, del Partido Democrático Trabalhista (PDT), de orientación socialdemócrata, bajo el liderazgo del veterano político gaúcho Leonel Brizola, quien fuera gobernador del estado con el PTB. En realidad, Brizola intentó primero resucitar el viejo PTB, pero de la sigla histórica se apoderó, ganando una batalla legal, el grupo rival de la ex diputada federal Ivete Vargas Tatsch.

Militante activa del PDT, Rousseff se involucró a fondo en la vasta movilización nacional Diretas Já, que exigió al general Figueiredo, infructuosamente, la recuperación de la elección presidencial directa en la Constitución, sin la cual la transición a la democracia quedaría incompleta, y participó en las campañas electorales del partido en los niveles municipal, estatal y federal. En la votación del 15 de noviembre de 1982 Araújo ganó el escaño en la Asamblea Legislativa de Porto Alegre, donde iba a ser reelegido en 1986 y 1990. Allí, su pareja ejerció de asesora del grupo de asambleístas del partido.

El arranque de la carrera parlamentaria de Araújo proyectó a Rousseff a la profesión política también. En enero de 1986, como premio a su dedicación en la campaña pedetista de las elecciones de noviembre de 1985 a la Prefectura (alcaldía) de Porto Alegre, el titular electo, Alceu Collares, la incluyó en su equipo de gobierno como secretaria municipal de Hacienda. Se trataba de su primer cargo ejecutivo, de hecho su primera responsabilidad en la función pública. En las elecciones locales del 15 de noviembre de 1988, el PDT, con Araújo de candidato, perdió la Prefectura frente al postulante del Partido de los Trabajadores (PT, socialista), Olívio Dutra, tal que el primero de enero de 1989 Rousseff abandonó el puesto municipal. Su sucesor, Políbio Braga, denunció haber hallado la Secretaría de Hacienda sumida en el "caos", si bien Collares puso a su subalterna como un ejemplo de competencia y transparencia.

A continuación, Dilma fue nombrada directora general de la Cámara Municipal de Porto Alegre, pero al cabo de unos meses fue destituida por el presidente de la entidad, el concejal Valdir Fraga, según él porque solía llegar tarde al trabajo. La victoria de su mentor pedetista en las elecciones del 3 de octubre de 1990 a la gobernación del estado convirtió a Rousseff en la presidenta de la FEE en marzo de 1991, 14 años después de ser expulsada de su plantilla a causa de su historial guerrillero. El 1 de diciembre de 1993 Collares volvió a promocionarla incluyéndola en su Gabinete como secretaria estatal de Energía, Minas y Comunicaciones. Durante el cuatrienio de gobierno (1995-1999) de Antônio Britto, del PMDB (ex MDB), Rousseff, se mantuvo activa en la FEE, donde editó la revista Indicadores Econômicos, e hizo una fugaz incursión en la pequeña empresa privada.

En cuanto a su relación con Araújo, ésta quedó interrumpida a finales de 1994 tras descubrir Dilma que el diputado había dejado embarazada a otra mujer (el fruto de esta aventura extramatrimonial, Rodrigo, nació en 1995). En 1996 se reconciliaron y volvieron a vivir juntos, hasta que una nueva separación les condujo a la ruptura definitiva, sellada en divorcio, en 2000. Hasta 1999 ella portó como segundo apellido el sobrenombre de su primer marido, Linhares. Por otro lado, en 1998 Rousseff inició un doctorado de Economía Monetaria y Financiera impartido por la UNICAMP, pero no llegó a sacarse el título.

El 1 de enero de 1999, coincidiendo con el arranque en Brasilia del segundo mandato presidencial del socialdemócrata (PSDB) Fernando Henrique Cardoso, Rousseff estuvo de vuelta en la Secretaría de Energía, Minas y Comunicaciones de Rio Grande do Sul merced al acuerdo de coalición alcanzado por el ganador de la segunda vuelta de las elecciones estatales, el petista Dutra, con el PDT, cuya candidata a gobernador, Emília Fernandes, había quedado tercera en la primera ronda del 4 de octubre de 1998. En su segundo período de gobierno, Rousseff apuntó en su haber un ambicioso programa de obras públicas, con participación del capital privado, para la expansión de la generación y la distribución energéticas en el estado más meridional del país, que padecía serios problemas de desabastecimiento eléctrico por la falta de inversiones en infraestructuras.


3. Fuga al PT, encuentro con Lula y fichaje para el Gobierno Federal

Para 1999, la política sul-riograndense ya no se encontraba cómoda en el PDT, donde el viejo caudillo, Brizola, hacía gala de un populismo imprecisamente izquierdista que a un número creciente de electores les parecía trasnochado, según se desprendía del paulatino desvanecimiento electoral del partido desde 1989, cuando aún quedó tercero en las presidenciales y las legislativas.

Rousseff dirigió su interés al pujante PT de Luiz Inácio Lula da Silva, el carismático ex obrero metalúrgico y líder sindical que blandiendo un discurso fuertemente socialista había quedado segundo en las elecciones presidenciales de 1989, 1994 y 1998, cuando concurrió aliado con Brizola. De cara a su cuarto intento presidencial, en las elecciones del 6 de octubre de 2002, Lula había decidido cambiar de estrategia y, sin renunciar a lo esencial del discurso petista de de izquierdas crítico con las políticas económicas liberales y comprometido con las causas sociales, pasó a abrazar los enfoques pragmáticos y aceptó dulcificar su imagen de socialista hosco y radical, que limitaba su potencial en las urnas.

La secretaria de Energía se pasó a la disidencia del trabalhismo gaúcho encabezada por Sereno Chaise, un antiguo prefecto de Porto Alegre que en 1994 había fracasado estrepitosamente en la elección a gobernador y que cuatro años después, presidiendo el partido en el estado, había dispuesto el apoyo al petista Dutra en la segunda vuelta frente al pemedebista Britto. Las divergencias con Brizola y sus lugartenientes en el estado se agudizaron en la antesala de las elecciones municipales de octubre de 2000, cuando Rousseff, en lugar de apoyar al candidato de su partido para prefecto de Porto Alegre, Collares, el hombre que le había abierto las puertas de la política local, se decantó por el postulante del PT, Tarso Genro, a la postre ganador. A principios de 2001, Chaise, Rousseff, Emília Fernandes y otros militantes opuestos a la decisión del aparato brizolista de sacar al PDT del Gobierno Dutra culminaron su rebeldía pasándose a las filas del PT, que les recibió con los brazos abiertos.

La labor de Rousseff en el sector eléctrico de Rio Grande do Sul, donde estaba diversificando e incrementando la producción de energía con la implantación de las plantas eólicas, suscitó el interés del equipo de campaña de Lula, que reclutó a la secretaria para asistir en la elaboración del programa energético del candidato. A Lula le produjo una grata impresión aquella "compañera con un ordenadorcillo en la mano" que con un conocimiento más práctico que teórico, fruto de su experiencia gubernamental, debatía sobre la manera de solucionar el problema de los apagones en Brasil con los expertos técnicos de la plataforma del PT.

El 27 de octubre de 2002 el líder petista, con el apoyo de todo el arco de la izquierda, se proclamaba presidente de Brasil en segunda vuelta ante al oficialista José Serra, del PSDB, y a mediados de noviembre Rousseff se integraba en el equipo técnico de transición entre los gobiernos saliente y entrante, concretamente como coordinadora de uno de los seis grupos de área, el de Infraestructuras. Incluso antes de esta participación, Lula ya había decidido sentar a Rousseff en su Gobierno como ministra de Minas y Energía si llegaba al Palacio de Planalto. El 20 de diciembre hizo el nombramiento y este se hizo efectivo el 1 de enero de 2003 con la inauguración de la nueva Administración federal.


4. Del Ministerio de Energía a la Casa Civil de la Presidencia

En los dos años y medio siguientes, Rousseff trabajó para establecer un nuevo modelo en el sector energético brasileño con el objetivo de acabar con el crónico déficit en la generación eléctrica y las consiguientes medidas de racionamiento o interrupción del suministro, que perjudicaban a los usuarios y dañaban la actividad económica. Tomando como base su labor en Rio Grande do Sul, la ministra combinó las inversiones públicas y privadas para construir plantas hidroeléctricas, centrales térmicas y parques eólicos a lo largo y ancho del país. El Programa de Incentivo a las Fuentes Alternativas de Energía Eléctrica (PROINFA), instituido en 2004, se enmarcó en este esfuerzo.

El nuevo marco regulador, más liberal, redujo sustancialmente el peso del Estado en el sector eléctrico, mientras que el Programa Nacional de Universalización del Acceso y Uso de la Energía Eléctrica, más conocido como Luz Para Todos, lanzado el 11 de noviembre de 2003, tenía por finalidad llevar la electricidad a más de 10 millones de habitantes de las zonas rurales en un plazo de cinco años, dando prioridad a las áreas con menor índice de desarrollo humano y a las familias con rentas más bajas. Ampliamente subvencionado por el Estado y materializado por las compañías operadoras privadas, Luz Para Todos, a diferencia de anteriores programas gubernamentales, no iba a suponer coste alguno para los nuevos conectados a la red.

Al mismo tiempo, Rousseff confirió un impulso formidable a la producción de combustibles obtenidos de la biomasa, de los que Brasil se convirtió en la principal referencia mundial, para su uso generalizado por el parque automovilístico. Se trataban del bioetanol, o alcohol etílico producido por la fermentación de cosechas (en el caso de Brasil, la caña de azúcar), alternativo a la gasolina, y del biodiésel, sintetizado a partir del tratamiento industrial de diversos aceites vegetales obtenidos de oleaginosas, como la soja y el ricino, alternativo al gasoil. El Programa Nacional de Producción y Uso de Biodiésel (PNPB) fue inaugurado por el Ministerio de Minas y Energía el 6 de diciembre de 2004.

Al apostar por unos combustibles de origen no fósil, Brasil pretendía reducir al máximo su dependencia del petróleo y así adquirir la autosuficiencia en este ámbito; de paso, se desarrollarían las pequeñas economías familiares del agro (en el caso del biodiésel) y se contribuiría a la reducción global de las emisiones contaminantes de efecto invernadero. Se aspiraba a surtir cuanta demanda interna hubiera, la actual y la creada por las nuevas normativas, y destinar una parte muy importante de la producción (fundamentalmente, la de etanol) a la exportación.

Años después, en clave electoral aunque dando cifras irrebatibles, Rousseff iba a jactarse de haber aumentado significativamente el suministro nacional de electricidad así como la producción energética de fuentes renovables. Su gestión, considerada enérgica, eficiente y con visión, fue alabada por políticos, empresarios locales y operadores extranjeros.

Ahora bien, sus disposiciones en el Ministerio le acarrearon un reguero de encontronazos con la titular de Medio Ambiente, Marina Silva, preocupada por el impacto ecológico de las obras de construcción de centrales eléctricas, y con los ejecutivos de las compañías semipúblicas Eletrobras y Petrobras, molestos con los cambios de organización y estrategia introducidos en las mismas, sobre todo en la segunda, que desde diciembre de 2003 tuvo que adaptarse al Programa de Movilización de la Industria Nacional de Petróleo y Gas Natural (PROMINP), concebido para priorizar la participación de la industria nacional de bienes y servicios en los negocios de los hidrocarburos. La oposición política criticó también el rendimiento parcial de Luz Para Todos, que se había impuestos unos plazos demasiado cortos para cumplir los ambiciosos objetivos.

Por otro lado, grupos conservacionistas, ONG sociales y medios gubernamentales (Unión Europea, Venezuela), en lo que fue más un toque de atención a la estrategia colectiva del Gobierno Lula que un reproche particular a su principal abanderada en este terreno, formularon dudas y denuncias de diverso calibre en torno a las atribuidas bondades del etanol, pues si bien se trataba de un carburante renovable, no era en absoluto "limpio", ya que su proceso de fabricación y su misma combustión (pese a las menores emisiones carbónicas en comparación con la gasolina) producían abundantes agentes contaminantes del suelo y el aire, exigía el cultivo exclusivo de vastas superficies de terreno susceptibles de ser arrebatadas a la selva virgen (recicladora por excelencia del anhídrido carbónico atmosférico) y empujaba al alza el precio de los alimentos agrícolas, con el consiguiente perjuicio social. En cualquier caso, Rousseff gozó en todo momento del aliento y la estima del presidente Lula y de algunos de sus principales colaboradores, como Antonio Palocci, el ministro de Hacienda, y José Dirceu, el poderoso ministro jefe de la Casa Civil de la Presidencia y ex presidente del PT, amén de antiguo guerrillero marxista también.

Fue precisamente a raíz de la caída de Dirceu por su implicación en un estruendoso escándalo de corrupción que Rousseff se vio catapultada, para sorpresa de propios y extraños, a la Casa Civil. El 16 de junio de 2005, el oficial que gozaba de la máxima confianza de Lula y le servía como su mano derecha se vio obligado a dimitir tras ser denunciado, junto con otros altos miembros del PT, por Roberto Jefferson, diputado federal y presidente del PTB, como el responsable de una extensa red de sobornos a congresistas de partidos vinculados al oficialismo para asegurar su fidelidad a la hora de votar los proyectos de ley del Gobierno. El escándalo del mensalão, llamado así porque los sobornos se pagaban a los legisladores corruptos cada mes, abrió una crisis sin precedentes en el PT y puso a Lula, exonerado por Jefferson de cualquier culpa, en un tremendo aprieto.

El 21 de junio, mientras el mensalão seguía creciendo por la revelación de nuevas implicaciones personales y convulsionando las filas petistas -en los días y semanas siguientes renunciaron a sus cargos orgánicos el secretario nacional, Silvio Pereira, el tesorero, Delúbio Soares, y el mismo presidente de la formación, José Genoino, involucrados por Jefferson en la trama-, Lula se decantó por Rousseff para dirigir su Casa Civil, convirtiéndola en la primera mujer en ocupar este alto puesto ejecutivo, equivalente a una jefatura de Gabinete y con rango ministerial. Su sustituto en Minas y Energía fue Silas Rondeau.

Considerada a estas alturas una servidora pública más técnica que política, y bastante conocida ya por su carácter fuerte, incluso irascible en determinadas situaciones, Rousseff pasó a asumir un elenco de responsabilidades, a la cabeza de las cuales estaban la asistencia y asesoría diarios del presidente, la supervisión de los actos y programas presidenciales, la coordinación del trabajo de los ministerios y, eventualmente, el diálogo interinstitucional con el Congreso, los partidos y los gobiernos estatales. En agosto siguiente, la ministra de la Presidencia cesó al frente del Consejo de Administración de Eletrobras, aunque se mantuvo en la presidencia del Consejo de Administración de Petrobras, donde representaba al accionista controlador, esto es, el Estado.

Como jefa de la Casa Civil, Rousseff siguió en la coordinación de Luz Para Todos, que fue prorrogado hasta 2010 para satisfacer las nuevas demandas de enganche eléctrico en el medio rural, y del resto de programas del Ministerio de Minas y Energía. El 22 de enero de 2007, a las tres semanas de arrancar la segunda Administración del primero como resultado de su triunfal reelección en las presidenciales del 1 y el 29 de octubre, Lula, Rousseff y el ministro de Hacienda, Guido Mantega (reemplazo de Palocci, enésima víctima de las acusaciones de corrupción), presentaron en un gran cónclave político en Brasilia al que asistieron todos los ministros federales, los gobernadores de 22 estados y los líderes de una decena de partidos parlamentarios el Programa de Aceleración del Crecimiento (PAC), un ambicioso conjunto de políticas económicas a cuatro años vista e inversiones previstas de 504.000 millones de reales.

Con Rousseff como máxima planificadora y gestora, el PAC se proponía obtener una tasa promedio de crecimiento del PIB en torno al 5% hasta 2010, pero un crecimiento inclusivo, acompañado de una distribución de los ingresos y las oportunidades para reducir las desigualdades sociales y regionales, sacar de la pobreza y el desempleo a más brasileños, y, en suma, acelerar el desarrollo nacional, conforme a los grandes objetivos contenidos en el programa electoral del PT. Para este fin, el Estado invertiría masivamente en infraestructuras públicas y sociales (transporte, energía, vivienda, saneamiento, recursos hídricos) y estimularía el buen clima para las inversiones y los negocios otorgando facilidades crediticias, exenciones tributarias y otros incentivos fiscales a largo plazo, en particular a las industrias de bienes y servicios con peso tecnológico y más competitivas.

La participación de Rousseff en las acciones estratégicas del Gobierno y en el empuje hacia arriba de Brasil, un país grande que mejoraba y crecía en múltiples terrenos ante la mirada atenta del resto del mundo, no se limitaba a las directrices energéticas y el PAC. Así, la ministra era la principal impulsora del igualmente ambicioso programa Mi Casa, Mi Vida, oficializado en marzo de 2009 con la participación de la Caixa Económica Federal, para la construcción de un millón de viviendas subvencionadas destinadas a familias con bajos ingresos. Además, tomaba parte en el desarrollo del modelo de televisión digital, adoptado en 2006, y en la implantación de la banda ancha de Internet en las escuelas públicas.

En tanto que presidenta del Consejo de Administración de Petrobras, la jefa de la Casa Civil fue la encargada de anunciar al país el 8 de noviembre de 2007 –precisamente en un momento de racionamiento del servicio doméstico de gas en Río de Janeiro y São Paulo- el descubrimiento de un gigantesco yacimiento de petróleo de alta calidad en la cuenca submarina de Santos, frente al estado de São Paulo. A bombo y platillo, Rousseff explicó que las reservas del hidrocarburo en el campo de Tupi, estimadas entre 5.000 y 8.000 millones de barriles y localizadas a 250 km de la costa y bajo un lecho de sal a unos 6 km de profundidad, permitirían a Brasil incrementar su producción petrolera un 50%, garantizar su autosuficiencia en este producto –alcanzada por primera vez en 2006 con el comienzo del bombeo en otro yacimiento más pequeño en la cuenca de Santos- y convertirse en un exportador neto. "Brasil va a pasar de ser un país petrolero medio a otro de primer orden. Nos estamos elevando al nivel de los países árabes y Venezuela", proclamó la ministra, llevada por el entusiasmo.


5. Heredera para suceder a Lula tras 2010

Cuando se aproximaba al ecuador de su segundo y, con la Constitución en la mano, improrrogable mandato de cuatro años, la Administración Lula vivía un momento extrañamente singular: aunque el partido que la sustentaba arrastraba el descrédito ético del mensalão y sus epígonos, que habían fundido a varias de sus luminarias (Dirceu, Genoino, Pereira, Palocci, mientras que el actual presidente orgánico, Ricardo Berzoini, también había visto cuestionada su honorabilidad en la campaña electoral de 2006), el presidente disfrutaba de una luna de miel con sus conciudadanos, que le veían por encima y al margen de todo chanchullo y corruptela, y a cuyos carisma, liderazgo y autoridad moral se rendían con variadas muestra de devoción, afecto o respeto.

En el país ya se hablaba del fenómeno del lulismo, una especie de afinidad simpática que reconocía los méritos y trascendía ideologías o militancias partidistas. Además, Lula se había convertido en el más influyente y respetado estadista de América Latina, a tenor de lo visto en los procesos intergubernamentales del subcontinente, en la cooperación con las economías emergentes de Asia y en la interlocución con los país ricos del Norte. Lula no dudó en valerse de esta extremada personalización de su Gobierno para imponer sus criterios a los petistas más reticentes de cara a la elección presidencial de 2010, que sin él como candidato se presentaba abierta dentro de la competencia formal en democracia. El presidente ya tenía decidido su delfín y dejó poco margen para la incertidumbre.

El 8 de septiembre de 2008, en una entrevista al diario argentino Clarín, el mandatario manifestó que "con mucha humildad" él iba a escoger a su sucesor y que, aunque por el momento no podía desvelar su identidad, había "muchas posibilidades" de que fuera una mujer. Lo implícito debía hacerse explícito y las insinuaciones fueron cobrando fuerza en los dos meses siguientes. El 23 de septiembre el ministro de Educación, Fernando Haddad, expresó su "creencia" de que el presidente, en efecto, se había decantado por la gobernanta de su Casa Civil. El 9 de octubre, el oficialismo dio un paso más por boca del ministro de Justicia, Tarso Genro, quien aseguró a la Agência Brasil que la opción preferencial de Lula era "visible", tratándose sin duda de Rousseff.

El presidente se pronunció definitivamente el 13 de noviembre en una rueda de prensa en Roma, donde se hallaba en visita oficial. "Querría que Brasil, después de mí, fuera gobernado por una mujer, y ya existe la persona adecuada: es Dilma Rousseff", declaró el huésped sudamericano. Un mes más tarde, Lula insistió en que su colaboradora era la persona "mejor preparada" para sucederle en el cargo, pero admitió que, pese a su alta función ejecutiva, debía hacerse "más conocida" dentro y fuera del país, animándola entre líneas a que se diera publicidad. Pese a todos sus elogios, Lula aseveró que aún no había conversado "ni una sola vez" con la interesada sobre su posible candidatura presidencial, afirmación que suscitó perplejidad y escepticismo. Asimismo, indicó que la posibilidad de volverse a postular él en 2014 le parecía una "hipótesis absurda".

Rousseff guardó reserva durante unos meses, después de haber negado en reiteradas ocasiones que tuviera ambiciones presidenciales. Aunque contaba con un padrino político de excepción y probablemente decisivo, sus hándicaps personales no eran nimios. En efecto, distaba de ser un personaje público con fuerte tirón popular, su imagen era más bien la de una tecnócrata adusta y fría dentro de su eficacia y no tenía ninguna experiencia en campañas proselitistas con su nombre al frente. En el PT, había no pocas dudas sobre su idoneidad, mientras se barajaban, con escaso fundamento, las alternativas de Tarso Genro y de la ex ministra de Turismo Marta Suplicy, cuya reciente derrota en la tentativa de recuperar la prefectura de São Paulo, de la que había sido descabalgada en 2004, la hacía inviable de hecho.

Otrosí, en los últimos tiempos la ministra de la Presidencia había tenido que defenderse de dos denuncias contra la Casa Civil, sobre que había elaborado un dossier sobre los gastos económicos del ex presidente Cardoso y su familia, y que había presionado a la Agencia Nacional de Aviación Civil (ANAC) para que vendiera la división de logística de la quebrada aerolínea Varig, Variglog, a un consorcio estadounidense-brasileño cuya composición de capital podía violar la normativa nacional sobre la adquisición por extranjeros de compañías aéreas.

Todos estos factores pesaban, así que al finalizar 2008, quien seguía al frente de las preferencias de los electores, proclamaban los sondeos, era el aspirante del PSDB, José Serra, el candidato que perdiera frente a Lula en 2002, fuera luego prefecto de São Paulo y desde 2007 gobernaba el estado paulista. Ahora mismo, Rousseff, con apenas un 10% de intención de voto, iba 30 puntos por detrás de Serra y estaba a la zaga también de Ciro Gomes, del PSB, y de Heloísa Helena, del Partido Socialismo y Libertad (PSOL). La ministra tenía por delante un arduo trabajo de remontada y sus opciones no estaban en absoluto aseguradas.

El 2 de marzo de 2009, en un encuentro con prefectos paulistas en Campinas, Rousseff admitió que era "precandidata" presidencial del PT, pero que, a pesar de la multiplicación de sus actividades públicas y su trajín viajero en las últimas semanas, no estaba en campaña. Aún faltaba año y medio para las elecciones, y se desconocía si el PT iba a definir a su candidato por aclamación, como había hecho siempre con Lula, o a través de unas primarias en las que la favorita del jefe del Estado tendría que competir con otros aspirantes.

El 25 de abril de 2009, cuando su candidatura ya empezaba a animarse en los sondeos, Dilminha, como cariñosamente la llamaba Lula –o la Dama de Hierro de su Gabinete, como con más frialdad la motejaban otros-, sobresaltó el curso político al revelar que acababan de extirparle un tumor linfático maligno, detectado semanas atrás en un nódulo de la axila izquierda, y que tenía por delante unos cuantos meses de tratamiento con quimioterapia bastante agresivo, lo que no iba a impedirle desempeñar sus funciones oficiales. El linfoma había sido removido y la convaleciente ya parecía estar fuera de peligro, pero el 19 de mayo Rousseff hubo de ser ingresada por unas horas en un hospital de São Paulo al presentársele una dolorosa miopatía, una inflamación muscular, en las piernas, al parecer producida por la terapia química.

La inesperada alarma médica, bien que fugaz, de la pretendiente oficialista revivió las especulaciones, alentadas por ciertos movimientos de congresistas petistas y pemedebistas, sobre la posibilidad de enmendar la Constitución para permitir a Lula presentarse por tercera vez y enfrentarse a Serra, quien en tal caso sería derrotado casi con toda certeza, pero el mandatario se apresuró a enterrar la hipótesis: una nueva postulación por su parte estaba descartada en cualquier circunstancia.

El presidente y varios altos responsables del partido reiteraron su apoyo a la jefa de la Casa Civil, que el 25 de junio, antes de lo previsto, comunicó el final de sus sesiones de quimioterapia, si bien siguió recibiendo radioterapia hasta principios de septiembre; entonces, dio cuenta de su completa curación. Dicho sea de paso, la política se afeitó la cabeza antes de que el pelo empezara a caérsele y durante más de medio año llevó una peluca. Para finales de diciembre ya le había crecido el cabello, que en lo sucesivo lució más corto y fijado, dándole, junto con un nuevo tratamiento cosmético, un toque más juvenil y sofisticado.


6. Una campaña presidencial en subida libre y victoria electoral

Tras su pleno restablecimiento físico al finalizar el verano de 2009, Rousseff, aunque sin confirmar todavía si aceptaría ser la candidata del PT, se volcó en su empresa proselitista oficiosa, donde su contrincante tucano seguía llevándole la delantera. Incrementó las declaraciones optimistas con guiño electoral, como que la nueva riqueza petrolera en las aguas profundas del Atlántico permitiría "anticipar la salida del país de la pobreza" y que, a la luz de los últimos datos económicos y sociales, "en 2014 no vamos a reconocer este país". Se hicieron más ostensibles el soporte y la promoción personales de Lula, que intentaba "transferir" su popularidad y su prestigio a su heredera política, al tiempo que el partido del presidente negociaba con el PMDB, primera fuerza del Congreso, su apoyo a la opción electoral petista.

El 29 de enero de 2010, en Minas Gerais, la ministra disolvió las últimas ambigüedades manifestando que le "gustaría mucho" ser escogida la "sucesora" de su superior en el Gobierno. Finalmente, el PT iba a darle a Dilma el espaldarazo por aclamación, sin competición interna. Al IV Congreso Nacional del partido, a celebrar entre el 18 y el 20 de febrero en el Centro de Convenciones Ulisses Guimarães de Brasilia, Rousseff llegó avanzando algunas de sus propuestas del programa, en proceso de elaboración por el partido. De entrada, subrayó su total sintonía con Lula, cuyo Gobierno había hecho "muchas cosas buenas" que era menester "continuar".

Así, mantendría la política exterior "volcada" a América Latina, África y los países BRIC e IBSA (además de Brasil, Rusia, India, China y Sudáfrica), aunque no a costa de las fructíferas relaciones con Estados Unidos y Europa, puesto que la diplomacia brasileña se regía por el multilateralismo. Lo mismo sucedería con las directrices macroeconómicas, alabadas por los mercados y los organismos de crédito por su compromiso con la estabilidad fiscal, el control de la inflación y la flotación del tipo de cambio del real.

Con todo, la precandidata parecía exponer una visión del crecimiento y el desarrollo ligeramente más estatista y más social, según se desprendía de su entrevista-manifiesto Un país para 190 millones de brasileños, donde contemplaba las políticas inclusivas como el camino correcto para alcanzar un "bienestar social al estilo brasileño". Para Rousseff, la intervención subsidiaria del Estado resultaba imprescindible para integrar en la red de servicios básicos a los millones de ciudadanos cuyo bajísimo nivel de renta les convertía en sujetos invisibles a los ojos del mercado.

Los comentaristas apuntaron que estaba por ver si estas matizaciones suponían un giro a la izquierda en la plataforma de Rousseff, tal como pedía la tendencia más socialista del PT, en la que desde luego ella no se ubicaba. Por otro lado, fuentes gubernamentales dieron por hecho que Rousseff, si conquistaba el sillón presidencial, mantendría a varios arquitectos del modelo económico de Lula, descrito por los críticos de izquierda como "social liberal", pero a quienes también se daba el crédito de haber conducido al gran país de América del Sur con bastante acierto por las turbulentas aguas de la crisis global: tras un breve período de recesión a caballo entre 2008 y 2009, el PIB brasileño ya estaba creciendo de nuevo por encima del 5%, un ritmo inimaginable en la gran mayoría de los estados desarrollados.

El 20 de febrero de 2010 Rousseff, tras prometer "profundizar en la visión social de Lula" y serle fiel a su "bendita herencia", fue proclamada candidata presidencial por el IV Congreso del PT, que estrenaba a José Eduardo Dutra como conductor orgánico. El 29 de marzo Lula y la todavía jefa de su Casa Civil presentaron, en un acto que fue tachado de electoralista por la oposición, el segundo Programa de Aceleración del Crecimiento (PAC II), que contemplaba la inversión de 1,59 billones de reales en obras y servicios públicos de 2011 a 2016, luego se trataba de un proyecto estratégico que heredaría la próxima Administración. En su discurso, el presidente recordó que Rousseff era "la madre del PAC I", sin cuya "dedicación" no habría podido lanzarse el PAC II.

El 19 de marzo Rousseff se desprendió de su puesto al frente del Consejo de Administración de Petrobras y el último día del mes, de acuerdo con la ley electoral, cesó como ministra jefe de la Casa Civil. En mayo, coincidiendo con su radical cambio de estilo (el nuevo peinado, las formas más cálidas y el discurso más directo y accesible), la petista adelantó a Serra en los sondeos, arrebatando una condición de favorita que con el transcurrir de las semanas no iba más que a agrandarse. El 13 de junio, el PT, en una convención nacional celebrada en Brasilia, lanzó oficialmente la candidatura a la Presidencia.

El Programa de Gobierno, titulado Para que Brasil siga cambiando, fue registrado ante el Tribunal Superior Electoral (TSE) el 6 de julio. El documento, bastante sintético, amalgamaba las propuestas del PT, en opinión de los comentaristas, de intenso sabor izquierdista, y las de nueve partidos vinculados al oficialismo –cuatro de los cuales contaban con ministros en el Gobierno- y que apoyaban la candidatura de Rousseff.

Los integrantes de esta variopinta coalición, que abarcaba desde la extrema izquierda hasta el centro-derecha liberal, eran, además del PT: el PMDB de Michel Temer, a la sazón el compañero de fórmula como aspirante a la Vicepresidencia; el Partido Comunista de Brasil (PCdoB) de Renato Rabelo; el PDT de Carlos Lupi; el Partido Republicano Brasileño (PRB) de Vitor Paulo dos Santos; el Partido de la República (PR) de Alfredo Nascimento; el PSB de Eduardo Campos; el Partido Social Cristiano (PSC) de Vitor Nósseis; el Partido Laborista Cristiano (PTC) de Daniel Tourinho; y el Partido Laborista Nacional (PTN) de José de Abreu. El Partido Progresista (PP) de Francisco Dornelles anunció su respaldo "informal" a Rousseff, sin llegar a sumarse al Programa de Gobierno.

Seis formaciones aliadas a la Administración Lula rehusaron apoyar a su candidata: el PTB, el Partido de Movilización Nacional (PMN), el Partido Laborista de Brasil (PTdoB), el Partido Verde (PV) y el Partido Humanista de la Solidaridad (PHS); los tres primeros se decantaron por Serra, mientras que el PV postuló a la ex ministra Marina Silva, quien se había pasado a sus filas tras romper con el PT.

En su folleto de campaña 13 certezas de que Brasil va a seguir cambiando, Rousseff enumeraba una serie de razones por las que había que votarla. Así, con ella en la Presidencia se avanzaría hacia el "fin de la miseria", profundizando en el camino recorrido por Lula, bajo cuyo Gobierno "31 millones de personas entraron en la clase media y 24 salieron de la pobreza absoluta". El programa Bolsa Familia, destinado a cumplir los objetivos de la estrategia Hambre Cero de seguridad alimentaria y nutricional, así como el programa Mi Casa, Mi vida, serían ampliados y reforzados. Lo mismo cabía decir de las políticas específicas de salud, educación, empleo y reajustes salariales por encima de la inflación.

Rousseff llegó al arranque oficial de la campaña instalada en una cómoda primacía en las encuestas y guarnecida por las constantes muestras de aprecio y sustento del omnipresente Lula, quien se refería a ella con tonos incluso paternales (pese a ser sólo dos años mayor, la aleccionó llamándola "hija mía") y que fue multado reiteradamente por el TSE, al igual que su protegida, por realizar propaganda encubierta o anticipada.

A finales de agosto, la petista superó la barrera mágica del 50% y al comenzar septiembre trepó en algún sondeo hasta el 56%. Sin embargo, a tres semanas de las votaciones, el surgimiento de nuevos escándalos por casos de sobornos y tráfico de influencias en el oficialismo, en particular el que afectó a su sucesora en la Casa Civil, Erenice Guerra, quien se vio obligada a renunciar, puso el punto de inflexión a la trayectoria alcista de Rousseff.

Al mismo tiempo, entablaron un polémico cruce de acusaciones Lula y cabeceras de la prensa nacional sobre los supuestos abusos de poder del primero y la supuesta manipulación política de las segundas. Rousseff ya venía rechazando los comentarios sobre que era poco más que una marioneta de su mentor y defendiendo su aspiración por méritos propios ("he trabajado íntimamente con el presidente Lula los últimos cinco años y medio. Su éxito es el mío. He sido su brazo derecho e izquierdo. Él no será ministro si yo llego al Gobierno, pero siempre estaré abierta a sus propuestas", declaró al diario español El País). Ahora, el arropamiento por el presidente tenía un lado abrasivo que le estaba haciendo perder votos.

El 3 de octubre de 2010 estas erosiones de última hora pasaron factura a Rousseff, que vio escapársele la victoria en la primera vuelta al obtener el 46,9% de los votos, un porcentaje algo menor que el proyectado por los últimos sondeos, los cuales, de todas maneras, ya habían puesto en seria duda un desenlace sin segunda vuelta, a disputar el 31 de octubre. Serra se apuntó el 32,6%, igualando el nivel de apoyos prospectado por última vez en agosto. La gran sorpresa de la jornada la protagonizó la verde Silva, que con el 19,3%, casi 20 millones de votos, mejoraba con creces sus expectativas más optimistas y se convertía en un factor muy probablemente determinante: su público respaldo a uno u otro contendientes en la segunda vuelta bien podía decantar el resultado final. Así que, de manera inmediata, tanto Rousseff como Serra se pusieron a cortejar a la ex ministra de Medio Ambiente.

Silva, sin embargo, rehusó respaldar a uno u otro candidato y el PV optó por dar libertad de voto a sus afiliados y simpatizantes. La postura de neutralidad de los verdes permitió a Rousseff y Serra concentrarse en los ataques mutuos. En su primer cara a cara televisado, los candidatos se acometieron con agresividad, con la petista llamando al tucano "títere de los inversores extranjeros" y urdidor de una campaña de "mentiras, calumnias y difamaciones", y este echándole en cara a aquella su "doble moral" y su "incoherencia" por su cambio de postura sobre el aborto, cuya despenalización ahora no aceptaba, a la vez que había pasado de deslizar sus dudas sobre la existencia de Dios a expresar su fe religiosa.

La estrategia de Serra de resaltar las mudanzas en el discurso de su adversaria, claramente preocupada por la hostilidad de las iglesias católica y evangélica (para apaciguarlas, Rousseff se echó atrás también en el apoyo al matrimonio homosexual), tuvo su reflejo en las encuestas, que recortaron drásticamente la ventaja de la antigua jefa de la Casa Civil. Transcurridas dos semanas desde la primera vuelta, Rousseff, empero, volvió a despuntar en los sondeos.

En su último acto de campaña, la candidata oficialista prometió gobernar "para todos los brasileños sin hacer discriminación de partidos", pero aseguró que mantendría un vínculo especial con el mandatario saliente: "El presidente Lula será siempre una persona con la que voy a contar. Tengo una inmensa confianza política y personal con él (…) Siempre que pueda, conversaré con el presidente. Tendré con él una relación muy íntima y muy fuerte. No hay nadie en este país que nos vaya a separar", afirmó.

El 31 de octubre de 2010, confirmando la ventaja de 12 puntos que le otorgaban los pronósticos postreros, Rousseff se proclamó presidenta de Brasil con el 56,05% de los votos. El porcentaje era más modesto que los obtenidos por Lula en las segundas vueltas de 2002 (el 61,3%) y 2006 (el 60,8%). Serra reconoció de inmediato la derrota.

Por la noche, en su primer discurso pronunciado en el hotel capitalino que le servía de cuartel general, la ganadora, con tono emotivo, proclamó: "Sabré honrar el legado de Lula. Sabré avanzar y consolidar su obra". "Erradicar la miseria" iba a ser la empresa cardinal de su mandato, ya que "no podemos descansar mientras haya brasileños con hambre, mientras niños pobres estén abandonados a su propia suerte", aseguró.

El visaje sobrio de la política se manifestó cuando aludió a la necesidad de cimentar el crecimiento económico sostenido de Brasil menos en el comercio exterior que en la demanda interna, y de poner coto a la especulación en los mercados cambiarios. La presidenta electa se comprometió asimismo a controlar el gasto público, a respetar la seguridad jurídica y la libertad de expresión, y a mejorar la sanidad y la educación. El manejo cuidadoso de las cuentas públicas se daba por descontado, pero en ningún caso habría ajustes que afectaran a "los programas sociales, los servicios básicos y las inversiones necesarias".

Hasta el nombramiento de su equipo de gobierno, Rousseff se puso a la diestra de Lula como acompañante en algunas de sus últimas citas internacionales, deseosa de adiestrarse en el terreno donde su tutor era una estrella y ella una neófita. La gira de presentación mundial la emprendió Rousseff, tras unos días de descanso, el 11 de noviembre en Seúl, donde se reunió con Lula, procedente de Mozambique, para representar a Brasil en la V Cumbre del G20; en su reunión en la capital surcoreana, los líderes mundiales instaron a evitar las devaluaciones monetarias competitivas como instrumento de estímulo del comercio nacional en tiempos de crisis.

Una vez en casa, Rousseff se concentró en la formación del Gabinete, cuya alineación desveló a cuentagotas, en sucesivos comunicados, a partir del 23 de noviembre. El continuismo lulista asomó en la relación de los 37 ministros, donde destacaban los nombres de Guido Mantega, ratificado en el Ministerio de Hacienda, Antonio Palocci, el jefe de la campaña presidencial petista, nombrado jefe de la Casa Civil, y Miriam Belchior, hasta ahora coordinadora general del PAC y en adelante ministra de Planificación. En total, 16 rostros de los gobiernos de Lula fueron repescados y nueve titulares del Gabinete saliente se mantuvieron en el nuevo, aunque algunos con cambio de cartera.

El PT se quedó con 17 ministerios, la mayoría de peso. El PMDB obtuvo seis carteras, el PSB dos y una cada uno el PDT, el PCdoB, el PR y el PP. Estas siete formaciones reunían 326 diputados en la Cámara baja, a los que debían sumarse los 26 de los otros tres partidos (PSC, PRB y PTC) que habían suscrito el programa electoral de Rousseff y, potencialmente, los siete de otras cuatro pequeñas agrupaciones pro Lula. En otras palabras, el nuevo Ejecutivo tenía asegurada una aplastante mayoría absoluta en la Cámara de Diputados, y de paso en el Senado. Dicho sea de paso, las elecciones legislativas del 3 de octubre habían devuelto al PT, con 88 escaños, la condición de primera fuerza de la Cámara de Diputados, ganada en 2002 pero perdida a manos del PDMB en 2006.

Independientes eran ocho miembros del Gabinete, incluidos el ministro de Exteriores, Antonio Patriota, y el presidente del Banco Central, Alexandre Tombini. La elección de este tecnócrata de prestigio para reemplazar al ortodoxo Henrique Meirelles, el favorito de Lula, fue interpretada como un deseo de la mandataria de someter la autonomía de la entidad financiera a su marcaje político.

En los últimos tiempos, Rousseff había llamado la atención sobre los elevados tipos de interés, hoy de un 10,75%, entre los más altos del mundo y un imán para los capitales especulativos, y se había referido a la necesidad de empujar hacia abajo la cotización del real, muy sobrevalorado en los mercados. Pero sin relajar por ello la vigilancia de la inflación, que, espoleada por el fuerte ritmo del crecimiento (el 7,5% en 2010, la tasa del PIB más lustrosa en el último cuarto de siglo), estaba trepando por encima del 5% anual. En contrapartida, el mantenimiento de Mantega, al que Rousseff habría preferido cambiar, debía verse como una cesión a Lula, para el que la intangibilidad de la estrategia macroeconómica, bastante liberal, era imprescindible. La principal novedad del Gobierno Rousseff radicó en el incremento de las mujeres ministras: su número se triplicó, pasando de tres a nueve.

La absorbente tarea de dar forma a su Gabinete obligó a Rousseff a cancelar su prevista asistencia junto con Lula a la IV Cumbre Extraordinaria de UNASUR en Georgetown, Guyana, el 26 de noviembre. Lo mismo sucedió con la XX Cumbre Iberoamericana, en Mar del Plata, Argentina, el 3 y el 4 de diciembre, y con XL Cumbre del Mercosur el 16 de diciembre, a pesar de celebrarse en casa, en Foz de Iguazú. Estas tres cancelaciones sucesivas empañaron la puesta de largo internacional de Rousseff, que prefirió esperar hasta después de asumir el puesto.


7. Una mujer en el Palacio de Planalto

El 1 de enero de 2011 Dilma Rousseff, a los 63 años, tomó posesión en Brasilia como trigésimo sexto presidente de la República Federativa de Brasil y con un mandato de cuatro años. Ante el pleno del Congreso Nacional, prestó juramento del cargo y a continuación pronunció un primer discurso institucional. Terminado este acto y flanqueada por miles de ciudadanos, se dirigió en coche descubierto al cercano Palacio de Planalto, donde un feliz Lula la esperaba para colocarle la banda presidencial. Así engalanada, la antigua guerrillera marxista leyó una segunda alocución.

La flamante jefa del Estado destacó el hito político que suponía su condición de mujer, rindió tributo a la persona y el legado de su predecesor, y reiteró su promesa electoral de librar "la lucha más obstinada" por "la erradicación de la pobreza extrema y la creación de oportunidades para todos". La inclusión social sólo sería plenamente alcanzada "con la universalización y la cualificación de los servicios esenciales". "Este es un paso, decisivo e irrevocable para consolidar y ampliar las grandes conquistas obtenidas por nuestra población en el período del Gobierno del Presidente Lula", explicó. Rousseff anunció también una reforma simplificadora del sistema tributario como medida requerida para "dar longevidad al actual ciclo de crecimiento", lo cual pasaba asimismo por "garantizar especialmente la estabilidad de precios", y las inversiones necesarias para mejorar las infraestructuras del país de cara a los Mundiales de Fútbol de 2014 y las Olimpiadas de Río de Janeiro en 2016.

Tras las fanfarrias inaugurales, Rousseff tuvo un debut presidencial ingrato. A los pocos días de constituirse, el Ejecutivo afrontó las lluvias torrenciales que arrasaron buena parte del interior del estado de Río de Janeiro y que tiñeron de luto el país. Las inundaciones y las avalanchas de lodo se llevaron por delante miles de viviendas, destruyeron vías públicas, contaminaron el agua y, lo peor de todo, mataron a 900 personas, la mayoría residentes en las ciudades anegadas de Nova Friburgo y Teresópolis.

La presidenta, acompañada de varios ministros, comprobó in situ los efectos de la catástrofe, declaró el estado de emergencia en los municipios afectados, movilizó al Ejército y destinó a la reconstrucción una partida presupuestaria federal de 780 millones de reales. Sin embargo, los daños materiales provocados por la, posiblemente, peor calamidad natural en la historia de Brasil ascendieron a no menos de 2.000 millones. A posteriori, la sensación mayoritaria fue que Rousseff había superado con aprobado tan temprano y aciago reto, aunque el Gobierno federal no se libró de las críticas, por los fallos de previsión y por la lentitud inicial de las labores de salvamento.

En las semanas y meses siguientes, Rousseff comenzó a aplicar su agenda doméstica e internacional, en el segundo terreno con unas orientaciones novedosas que sugirieron la rectificación o abandono de determinadas posturas de Lula. A finales de enero, en vísperas de su primera salida oficial al exterior –a la Argentina de Cristina Fernández de Kirchner-, una mudanza se atisbó en las relaciones con Irán, polémicamente cultivadas por el ex presidente. Fue en un discurso en Rio Grande do Sul ante la asociación judía Confederación Israelita de Brasil (CONIB); en el mismo, Rousseff aseguró que su Gobierno sería "un incansable defensor de la igualdad y los Derechos Humanos en cualquier parte del mundo”, e invocó la memoria del Holocausto, negado por las autoridades de Teherán.

El viraje en las relaciones irano-brasileñas quedó confirmado el 23 de marzo, cuando la delegación sudamericana, por primera vez en una década, votó en el Consejo de Derechos Humanos de la ONU a favor de una resolución propuesta por Estados Unidos para que se enviara un relator especial a Irán e investigara las denuncias de violaciones de los Derechos Humanos cometidas por el Gobierno de Mahmoud Ahmadinejad, con quien Lula, que se ofreció como interlocutor en las negociaciones internacionales para frenar el programa nuclear iraní, había hecho buenas migas.

La prensa destacó el hecho de que el voto afirmativo de Brasil en Ginebra se produjera cuatro días después de recibir Rousseff al presidente Barack Obama, de gira regional. En su encuentro, la anfitriona pidió a su huésped respaldo para la pretensión brasileña de obtener un asiento permanente en el Consejo de Seguridad de la ONU, y este, al parecer, le animó a realizar un gesto sobre Irán. En Washington había satisfacción con el reciente anuncio por la presidenta de que prefería la oferta de contrato estadounidense frente a la francesa para modernizar con 36 cazas F/A-18 Super Hornet la Fuerza Aérea Brasileña, si bien las restricciones presupuestarias no iban a permitir tan dispendiosa adquisición este mismo año.

Por lo demás, la visita de Obama a Brasilia estuvo marcada por el inicio en Libia de la campaña de bombardeos aéreos de Francia, Estados Unidos y el Reino Unido contra las fuerzas represivas del régimen de Muammar al-Gaddafi. Aunque Brasil se unió a Estados Unidos en la condena de la cruenta respuesta de los gaddafistas a la revuelta civil contra la dictadura, su delegación se abstuvo –al igual que las de China, Rusia, Alemania e India- en la votación del Consejo de Seguridad, el 17 de marzo, que autorizó a la comunidad internacional el uso de la fuerza para proteger a la población civil libia.

Sin abandonar la escena internacional, Rousseff asistió el 14 de abril en Sanya, China, a la tercera cumbre de los países BRICS, esto es, Brasil, Rusia, India, China y Sudáfrica. La cita multilateral se solapó a una visita bilateral al gigante asiático, que ya había superado a Estados Unidos como principal cliente de las exportaciones brasileñas. A finales de mayo hizo su primer desplazamiento a Uruguay y el 28 de junio tomó parte en Asunción en su primera cumbre del Mercosur, evento que aprovechó para hacer la pendiente visita oficial a Paraguay.

A últimos de marzo, la presidenta y Lula recalaron en Portugal, primera salida de ella a Europa. Fue en un momento crítico para la antigua metrópoli colonial, empujada al socorro crediticio de la Unión Europea y el FMI por el exorbitante déficit y el empeoramiento del riesgo país. Las apuradas autoridades lusas no ocultaban su esperanza de que el Banco Central de Brasil, siguiendo la iniciativa de su homólogo chino, comprara bonos de deuda soberana, muy castigados por las agencias de calificación. Rousseff se mostró abierta a "ayudar" a Portugal, aunque no se comprometió a ninguna asistencia concreta.

El 7 de junio arribó a Brasil la premio Nobel de la Paz y abogada disidente iraní Shirin Ebadi. Rousseff prefirió no reunirse con ella, decepcionando a quienes pensaban que a la presidenta se le ofrecía una oportunidad de oro para demostrar su compromiso con la defensa de las causas humanitarias en todo el mundo. El Gobierno explicó que recibir a Ebadi en Planalto podría transmitir, se suponía que a las autoridades iraníes, un "mensaje equivocado".

De puertas adentro, Rousseff se apuntó su primer tanto parlamentario el 16 de febrero al obtener de la Cámara de Diputados luz verde a una subida del salario mínimo, ajustada a la inflación, hasta los 545 reales (240 euros). Los once partidos del bloque dilmista denegaron sendas propuestas salariales de 600 y 560 reales presentadas respectivamente por el PSDB y los Demócratas (DEM).

El Gobierno alegó que añadir un peso más a esa subida, minuciosamente calculada, desbarataría el presupuesto federal de 2011, fijado en 2,07 billones de reales. El mismo, pensado para contener la presión inflacionista (la fuerte demanda interna de bienes de consumo estaba poniendo la tasa interanual del Índice Nacional de Precios al Consumidor Amplio en el 6%) y enfriar el crecimiento del PIB hasta un nivel, en palabras del ministro Mantega, "manejable y sustentable" del 5%, suponía una poda de 50.000 millones.

Las preocupaciones fiscales e inflacionistas no disuadieron a la mandataria de hacer pronto honor a su promesa electoral más emblemática. El 2 de marzo anunció la puesta en marcha del Plan Brasil sin Miseria, pensado para completar el radio de alcance y ampliar la cobertura de Bolsa Familia y otros programas sociales: su objetivo, eliminar para 2014 la pobreza extrema, que todavía afectaba a unos 16 millones de personas que vivían con menos de 70 reales al mes. La ministra de Desarrollo Social y Lucha contra el Hambre, Tereza Campello, subrayó que si el Plan cumplía su objetivo, Brasil se convertiría en el primer país en desarrollo del mundo en alcanzar una meta principal de los Objetivos del Milenio trazados por la ONU.

Por lo demás, la aparatosa operación policial-militar, con numerosos muertos, para liquidar el control por las mafias del narcotráfico de los barrios de favelas de Río de Janeiro, presentada por las autoridades como una estrategia de "pacificación" de cara a los Juegos Olímpicos, siguió dominando la política de seguridad del Gobierno federal.

Pero llegado mayo, a la presidenta le estalló un prematuro escándalo político que trastornó su accionar gubernamental. El 28 de ese mes, el procurador general de la República, Roberto Gurgel, anunció la apertura de una investigación formal por posible enriquecimiento ilícito con tráfico de influencias contra Antonio Palocci, en el punto de mira desde hacía dos semanas luego de publicar el periódico Folha de São Paulo que el jefe del gabinete presidencial había adquirido unos inmuebles por una cantidad, casi cinco millones de dólares, que excedía con creces su patrimonio declarado y su salario como diputado en la legislatura 2007-2010.

Palocci explicó que los abultados ingresos extra los había obtenido limpiamente de una consultora de inversiones inmobiliarias fundada en 2006, tras dejar el Ministerio de Hacienda, pero se negó a revelar qué empresas y personas habían sido sus clientes. Aquel año, el poderoso político petista, artífice del elogiado saneamiento y despegue de la economía nacional, había tenido que dimitir al ser asociado a prácticas corruptas en su anterior etapa de alcalde de Ribeirão Preto (posteriormente fue procesado, pero la justicia le exoneró por falta de pruebas). Ahora, la historia se repitió: el 7 de junio, tras escuchar unas ecuánimes palabras de apoyo de su superiora y pese a archivar la fiscalía, en la víspera, la investigación del aumento de su patrimonio al no hallar indicios de delito, el ministro de la Casa Civil presentó la renuncia al cargo.

Rousseff aceptó al punto la dimisión del liberal Palocci y en su lugar nombró a la senadora petista Gleisi Hoffmann, una política apenas conocida y de limitada experiencia cuyo marido era el ministro de Comunicaciones, Paulo Bernardo. Perder en estas circunstancias a su mano derecha, encargado en la práctica de armonizar las posturas de los integrantes de la coalición oficialista y de gestionar las relaciones con las fuerzas parlamentarias (un campo minado, como acababa de demostrar la reciente aprobación por la Cámara baja, con el apoyo del PMDB y contra el criterio de la presidenta, de un proyecto de Código Forestal que concedía la amnistía a los responsables de las talas amazónicas), era un revés de entrada que Rousseff se apresuró a convertir en virtud: le permitió desprenderse de una personalidad intensamente política que dificultaba su deseo de consolidar su perfil de estadista heredera pero autónoma del lulismo, con ideas y argumentos propios.

Sacrificar a Palocci incluso contra el parecer expreso de Lula se tradujo en un aumento de popularidad de la presidenta, según una encuesta de opinión. Pero Rousseff aprovechó la mudanza en la Casa Civil para hacer cambios también en la Secretaría de Relaciones Institucionales, tercer órgano en importancia en el organigrama de la Presidencia y responsable de la coordinación política del Gobierno, de sus relaciones con el Congreso y los partidos, y de la interlocución con los estados. El 10 de junio, el titular de la Secretaría, Luiz Sérgio Nóbrega de Oliveira, intercambió el puesto con la hasta ahora ministra de Pesca y Agricultura, Ideli Salvatti. La nueva ministra-jefe de Relaciones Institucionales asumió algunos de los cometidos fundamentales del versátil Palocci, aunque su perfil era más técnico. Que los tres cargos más importantes del Ejecutivo los ostentaran mujeres llevó a la prensa a referirse a la formación de un virtual "triunvirato femenino" en Brasilia.

El 5 de julio, no se habían desvanecido los ecos de la marcha forzosa de Palocci cuando Rousseff encajó un nuevo escándalo de corrupción en el Gabinete. El afectado esta vez fue el ministro de Transportes y presidente del PR, Alfredo Nascimento, otro de los titulares recuperados de los Gabinetes lulistas, al que la presidenta obligó a renunciar ipso facto, el 6 de julio. Nascimento cayó al día siguiente de dar cuenta la prensa de una supuesta trama de cobro de comisiones por funcionarios del Ministerio de Transportes a empresas adjudicatarias de obras públicas, dineros que habrían ido a las arcas del PR. Para suplir a Nascimento, Rousseff se decantó por Paulo Sérgio Passos, un colega republicano con el que el cesado venía alternándose en la conducción del ministerio desde 2004.

(Cobertura informativa hasta 15/7/2011)

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